miércoles, mayo 06, 2026

Iglesias

Ya es casi de noche, aunque es probable que apenas sean las siete de la tarde. Camino tranquilo, sin prisa, sin pensamientos que merezcan ser considerados tales, cuando paso frente a una iglesia. En rigor, se trata de una basílica. No es la primera vez que me fijo en ella: sus dos torres enormes, de unos 75 metros de altura, destacan desde lejos en el barrio. Las centenarias puertas de bronce están abiertas de par en par y la mirada inevitablemente ingresa por un instante en el recinto, incluso cuando mis piernas insistan, afuera, en proseguir su marcha. Me doy cuenta, sin embargo, que he aminorado un poco el paso.

No soy una persona creyente (me tienta la humorada de añadir: "gracias a Dios"), pero algo me llama la atención. Entiendo que allí dentro se está celebrando misa. Veo al sacerdote en el altar, haciendo uso de la palabra. Unos pocos feligreses lo acompañan, prestando atención a lo que dice, o aparentándolo, al menos. El recinto es enorme, pero está mayormente vacío. Insisto: no soy una persona creyente. ¿Si es por decisión propia? Es una pregunta interesante. ¿Se puede elegir creer o no creer? ¿Es algo que se puede querer hacer o es algo que simplemente sucede, como cuando se escucha un sonido, sin que importe que uno quiera o no escucharlo? La primera y última vez que quise entrar a una iglesia por tener necesidad de consuelo, en todo caso, alguien me negó la entrada. Me dijo que ya estaban por cerrar las puertas. Y así lo hicieron, delante de mis narices. Serían, también aquel día, cerca de las siete de la tarde. Hace muchos años de eso, pero el recuerdo, todavía vívido, me enseñó a mantenerme distante de los templos. Sin embargo, algo me impacta de lo que veo ahora a través de estas puertas, en este caso abiertas  de par en par. Es el vacío lo que destaca en la escena. La ausencia. Macedonio Fernández podría haber dicho que los feligreses eran tan pocos que si faltaban diez más ya no hubiesen tenido sitio. 

Imagino a los constructores de este edificio centenario haciendo números, calculando dimensiones, imaginando un espacio colosal capaz de albergar a una multitud de fieles, varios cientos, inspirando a través de la magnificencia arquitectónica ideas relativas al reino divino. ¿Qué pensarían si fuesen testigos de tan menguada asistencia? Me pregunto por cuánto tiempo más tendrá sentido mantener esta colosal mole edilicia abierta y me asombra percibir en mí mismo una especie de nostalgia. ¿Nostalgia de qué, si en definitiva los creyentes más bien me han fastidiado siempre con esa necia fe ciega a todo serio argumento? Sigo caminando, mientras me alejo, ahora sí, pensando en este asunto. Al cabo de unas cuadras me termino de dar cuenta de que la añoranza no tiene que ver con la fe, sino con el hecho de haberse perdido, en definitiva, un lugar de encuentro comunitario. La idea de la comunión, finalmente, guarda relación con la comunidad, como la reunión de los que se juntan porque tienen algo en común, así sea una creencia o la tradición de un rito. Es por ahí que viene mi nostalgia. Hoy todos andamos solos, ensimismados ante nuestras pantallas, aislados del entorno con nuestros auriculares o, en el mejor de los casos, en nuestros íntimos pensamientos, esos que no compartimos con nadie. Será por eso que los escribo aquí, incluso sin expectativa de que nadie los lea. De pronto recuerdo una frase que en algún momento decidí guardarme, para un momento como éste: el problema no es que los hombres crean o dejen de creer en dios, o en los dioses, sino que dios, sea cual sea su nombre o su rostro, siga creyendo en los hombres.

Una frase lleva a otra, así son las cosas siempre. Hace unos días leí en mi pantalla: "Todo ateo añora en secreto un Dios que pudiera refutarlo". La idea me impactó, resonó como un eco en mí, que no soy ateo, sino agnóstico. Presumo que los ateos acaso tengan la secreta pretensión de convertirse en algo así como antidioses, con el poder de hacer que algo no exista con su sola negación, tal como según se dice Dios hizo existir el mundo con su sola afirmación. En todo caso, debo confesar que me hago cargo de la sentencia. Mejor dicho: doy plena fe de ello, expresión especialmente adecuada en este caso, tratándose de lo que se trata. Digo que Dios probablemente no exista. Pero espero estar equivocado.