martes, junio 02, 2026

Son tantos...

A veces hay un nombre.
Puede ser Agostina, Chiara, Úrsula, Micaela, Olga...
O también Lucio, Ulises, Loan, León, Sofía...
Los nombres pueden ser tantos...
A veces hay una fotografia.
En ocasiones, una cruz en una tumba.
En la mayoría de los casos
solo existe un dolor sordo y anónimo
del que no se entera nadie.
Solamente en Argentina una mujer o una niña
son asesinadas cada treinta y algo de horas.
En el número se extravían los nombres.
En los guarismos, los porcentajes, los índices
desaparece el verdadero espanto.
Y, sin embargo, los números están allí, presentes.
¿Qué significa ser una víctima?
Hablemos de víctimas y de números:
Un 7 de octubre, unos 1.200 inocentes
fueron asesinados por el terrorismo de Hamas.
Un 11 de septiembre, casi 3000 personas
fueron asesinadas por el terrorismo de Al Quaeda.
En Gaza ya son 40.000 los niños y las mujeres
víctimas del genocidio que perpetra Netanyahu.
Un 6 de agosto, entre 140.000 y 166.000 almas
aniquiló el terrorismo yankee en Hiroshima.
Nadie supo jamás cuántos miles murieron
en la masacre de Tiananmen en junio de 1989.
Entre 700.000 y 925.000 vidas se perdieron
en el campo de exterminio de Treblinka entre 1942 y 1943,
pero Auschwitz se cobró más de un millón.
Otro millón y medio de seres humanos fue ultimado
durante el genocidio armenio entre 1915 y 1923.
Y que nada de esto opaque a nuestros 30.000 desaparecidos
o a una sola de las víctimas que no llegamos a contar,
porque la dimensión del horror no tiene límites,
así sean sean cientos de miles o sólo una.
Observa sus fotografías, sus cruces, sus tumbas
cuando las hubiere, pronuncia sus nombres.
A menudo se desprecia la vida del ser humano
por su religión, su nacionalidad, el color de su piel,
sus ideales políticos, el monto de sus ingresos.
A veces se lo desprecia solo por ser mujer.
El ser humano es algo horrible.
Horrible es la violencia de unos cuantos
y la indiferencia de tantos otros.

lunes, mayo 25, 2026

Dos sueños: La eternidad del presente (260520)

Esto no lo soñé ahora, sino hace un par de días. Era de noche y viajábamos en un micro semivacío que marchaba a toda velocidad, esquivando autos y derrapando en cada curva. Allí estábamos los tres amigos que nos habíamos conocido de pequeños en el colegio: J.J., A.A. y yo. El micro intenta doblar por una callejuela, pero es demasiado grande y no pasa. El chofer nos dice que vamos a tener que bajarnos y seguir a pie por la vereda. Nos dice que vamos a estar bien. El comentario, lejos de tranquilizarme, me inquieta. Corremos por ese callejón y entramos en un edificio que parece estar abandonado, aunque sabemos que no es así. A.A. se adelanta y lo perdemos de vista.  Con J.J. seguimos caminando por un laberinto de pasillos y recodos. Escuchamos que A.A. llora detrás de alguna de esas paredes. Su padre ha muerto y estamos ahí para acompañarlo. Pero de pronto, como suele suceder en los sueños, quien ha fallecido ya no es su padre, sino su hermana, aquella muchacha que hace muchísimos años fue mi primera novia. Cuando me desperté, me costó recordar si de verdad ella había muerto o no. Hasta pensé en llamar a J.J. por teléfono para preguntarle.

Si traigo aquel sueño a este texto es porque una confusión similar, pero al revés, tuvo lugar anoche. Yo discutía con mamá, porque ella se quejaba amargamente mientras decía no entender por qué mi padre no quería volver a vivir con ella. Recuerdo que yo le respondía algo así como "dejalo en paz a papá, que él está feliz viviendo solo, y tratá de ser feliz vos también". Es verdad que mamá y papá vivieron unos años separados, aunque después la vida los llevó a estar juntos otro tiempo. Creo que en ese momento me desperté, aunque a medias. Fue como si hubiese soñado que despertaba, en realidad. Lo cierto es que me costó precisar si de verdad papá seguía vivo o no. Lloré, por supuesto, al recuperar la respuesta. Fue como haberlo perdido de nuevo. Y en algún momento me quedé dormido otra vez.

Hay quienes dicen que no es posible leer en sueños. Que para saber si se está despierto o soñando basta con agarrar un libro e intentar leer en una página cualquiera. Casi siempre estoy dispuesto a aceptar que eso es cierto. Sin embargo, justo antes de despertar del todo, pude leer con total claridad, en lo que creo era la página de un diccionario, el sentido de la palabra felicidad. "Es la ilusión de que es posible recuperar lo irrecuperable", decía el texto, que era un poco más extenso, pero justo hasta ese punto llegó mi lectura, porque ahí sí me desperté.

Mi primera interpretación de aquel texto no me agradó. Quiero creer que la felicidad existe. De a ratos, por supuesto. Entonces me di vuelta en la cama y puse mi mano sobre la piel de mi mujer.  Le dije: "Vos sos mi felicidad", y un poco volví a dormirme. Pensé en la fugacidad del momento, que no era más que la fugacidad del tiempo presente, siempre evasivo. ¿Cuánto dura el presente? Hago la pregunta y ese momento ya se ha convertido en pasado. Ahí está lo irrecuperable. Sin embargo, el presente es también algo en lo cual estamos sumidos permanentemente. Siempre es ahora; otra cosa no hay: el pasado es un recuerdo que se desvanece y el futuro no es sino un tal vez, algo que vendrá, pero sin garantías de que estemos allí para verlo. Sin embargo, no importa cuándo uno piense las cosas, ese momento siempre es presente. Así que, aunque cada momento sea irrecuperable, porque solo es pasible de ser vivido una única y fugaz vez, el presente es también siempre, al menos mientras estemos. Y cuando ya no estemos... no tendrá sentido pensar en tiempos, ni en recuperos, ni en sueños, ni en nada. Carpe diem, entonces. Que lo único que hay es este momento. Y este momento acaso esté lleno de maravillas.

lunes, mayo 18, 2026

Mandarinas


Pegriloso
. Así dicen que decía. Yo no lo recuerdo, por supuesto. Era demasiado chico. Pe gri lo so... No, no, así no era. Es que esto viene a ser algo así como el recuerdo de una vieja fotografía que hemos extraviado hace rato. Algo impreciso, inconfirmable. Mejor dicho: es como el recuerdo del relato del recuerdo de otro. De otros, que ni siquiera se han puesto de acuerdo sobre los detalles de la misma brumosa añoranza. Porque unos dicen que yo decía pegriloso; y otros, que la palabra en cuestión era otra: peliglosho. Digo dicen, en presente, cuando en realidad debería decirlo en pasado. La mayoría de quienes decían ya no están, como tampoco está ya aquel niño, el que así decía, aunque seguramente aún quede algo de él en el hombre que escribe ahora mismo estas líneas.

Pe li glo sho. Me gusta más esta versión. Porque es así como me lo contaba mi padre, y me gusta recordarlo así, sonriendo y con un brillo entre orgulloso y nostálgico en su mirada, cuando relataba la repetida anécdota de cómo el niño que yo había sido decía esa palabra, graciosamente deformada, para señalar que una fruta pasada no debía ser comida. "Esta mandarina está peliglosha", decía mi padre que decía yo, señalando la fruta en cuestión, para que nadie la comiese ni se le ocurriese dármela a mí para comer. Podrida. Esa era la palabra, en realidad. Pero la brutalidad de este término, que resuena a cadáver, que remite a carroña, esa palabra que ya llegaría con el correr del tiempo, no era adecuada para un niño de... ¿Cuánto? ¿Cuatro años, tal vez? Inconfirmable. Pero no importa, porque decido creerle al recuerdo de la sonrisa de mi padre, a sus ojos iluminados. 

Imagino que él me contaría aquella escena mínima, mientras me miraba asombrado, preguntándose adónde habría quedado la criatura que había sido su protagonista. Es lo que siempre sucede con la evidencia del paso de los años: es algo que nos desconcierta, que nos desarma. Ahora mismo yo no logro comprender la ausencia de aquel hombre. ¿Adónde se fue? No me parece posible que simplemente ya no esté. Entonces, en cualquier momento de cualquier día de este presente, sé que me miraré en el espejo, asombrado, y descubriré un rostro parecido al de mi padre, pero a la vez distinto, y me preguntaré si acaso no hay todavía algún rastro de aquel niño que denunciaba mandarinas que no debían comerse. ¿Existen todavía en nosotros los niños que fuimos? ¿Qué pasó con aquellas mandarinas? ¿En qué momento es que dejamos de crecer para comenzar a envejecer?

miércoles, mayo 06, 2026

Iglesias

Ya es casi de noche, aunque es probable que apenas sean las siete de la tarde. Camino tranquilo, sin prisa, sin pensamientos que merezcan ser considerados tales, cuando paso frente a una iglesia. En rigor, se trata de una basílica. No es la primera vez que me fijo en ella: sus dos torres enormes, de unos 75 metros de altura, destacan desde lejos en el barrio. Las centenarias puertas de bronce están abiertas de par en par y la mirada inevitablemente ingresa por un instante en el recinto, incluso cuando mis piernas insistan, afuera, en proseguir su marcha. Me doy cuenta, sin embargo, que he aminorado un poco el paso.

No soy una persona creyente (me tienta la humorada de añadir: "gracias a Dios"), pero algo me llama la atención. Entiendo que allí dentro se está celebrando misa. Veo al sacerdote en el altar, haciendo uso de la palabra. Unos pocos feligreses lo acompañan, prestando atención a lo que dice, o aparentándolo, al menos. El recinto es enorme, pero está mayormente vacío. Insisto: no soy una persona creyente. ¿Si es por decisión propia? Es una pregunta interesante. ¿Se puede elegir creer o no creer? ¿Es algo que se puede querer hacer o es algo que simplemente sucede, como cuando se escucha un sonido, sin que importe que uno quiera o no escucharlo? La primera y última vez que quise entrar a una iglesia por tener necesidad de consuelo, en todo caso, alguien me negó la entrada. Me dijo que ya estaban por cerrar las puertas. Y así lo hicieron, delante de mis narices. Serían, también aquel día, cerca de las siete de la tarde. Hace muchos años de eso, pero el recuerdo, todavía vívido, me enseñó a mantenerme distante de los templos. Sin embargo, algo me impacta de lo que veo ahora a través de estas puertas, en este caso abiertas  de par en par. Es el vacío lo que destaca en la escena. La ausencia. Macedonio Fernández podría haber dicho que los feligreses eran tan pocos que si faltaban diez más ya no hubiesen tenido sitio. 

Imagino a los constructores de este edificio centenario haciendo números, calculando dimensiones, imaginando un espacio colosal capaz de albergar a una multitud de fieles, varios cientos, inspirando a través de la magnificencia arquitectónica ideas relativas al reino divino. ¿Qué pensarían si fuesen testigos de tan menguada asistencia? Me pregunto por cuánto tiempo más tendrá sentido mantener esta colosal mole edilicia abierta y me asombra percibir en mí mismo una especie de nostalgia. ¿Nostalgia de qué, si en definitiva los creyentes más bien me han fastidiado siempre con esa necia fe ciega a todo serio argumento? Sigo caminando, mientras me alejo, ahora sí, pensando en este asunto. Al cabo de unas cuadras me termino de dar cuenta de que la añoranza no tiene que ver con la fe, sino con el hecho de haberse perdido, en definitiva, un lugar de encuentro comunitario. La idea de la comunión, finalmente, guarda relación con la comunidad, como la reunión de los que se juntan porque tienen algo en común, así sea una creencia o la tradición de un rito. Es por ahí que viene mi nostalgia. Hoy todos andamos solos, ensimismados ante nuestras pantallas, aislados del entorno con nuestros auriculares o, en el mejor de los casos, en nuestros íntimos pensamientos, esos que no compartimos con nadie. Será por eso que los escribo aquí, incluso sin expectativa de que nadie los lea. De pronto recuerdo una frase que en algún momento decidí guardarme, para un momento como éste: el problema no es que los hombres crean o dejen de creer en dios, o en los dioses, sino que dios, sea cual sea su nombre o su rostro, siga creyendo en los hombres.

Una frase lleva a otra, así son las cosas siempre. Hace unos días leí en mi pantalla: "Todo ateo añora en secreto un Dios que pudiera refutarlo". La idea me impactó, resonó como un eco en mí, que no soy ateo, sino agnóstico. Presumo que los ateos acaso tengan la secreta pretensión de convertirse en algo así como antidioses, con el poder de hacer que algo no exista con su sola negación, tal como según se dice Dios hizo existir el mundo con su sola afirmación. En todo caso, debo confesar que me hago cargo de la sentencia. Mejor dicho: doy plena fe de ello, expresión especialmente adecuada en este caso, tratándose de lo que se trata. Digo que Dios probablemente no exista. Pero espero estar equivocado.

martes, marzo 24, 2026

Nunca Más

Nunca más, repiten las gentes buenas
Las que no quieren que se repitan
Las torturas, las desapariciones, las muertes
El terror como lógica de gobierno
El mal encarnado en armas, uniformes
El desprecio a la condición humana
La prohibición del pensamiento
Nunca más, repiten, como un mantra

Sin embargo, la realidad nos desafía
Los déspotas vuelven a instalarse
Los malnacidos se multiplican, los corruptos
Enchastrados hasta el cuello hablan de moral
Vociferan "libertad" mientras lo arrasan todo
La razón ha sido otra vez la primera víctima
Una conformidad imbécil nos adormece
La memoria se disuelve en la nada

Quizás hoy sea más grave que hace medio siglo
Esta vez no hay gobierno de facto
El propio pueblo ha elegido a sus verdugos
Y los sostiene, en vez de derrocarlos

Por más que nos duela hay que decirlo
No estamos aun listos
Para que un Nunca más sea posible
Por eso es que debemos seguir militando



lunes, marzo 23, 2026

Sueño 260323 - De inteligencias artificiales y memorias

En mi sueño estaba en una clase. La profesora hacía preguntas sencillas, hasta que de pronto propuso un ejercicio que pretendía ser más complejo. Se trataba de calcular la superficie de una serie de prismas rectangulares, colocados uno encima del otro. Yo no alcanzaba a tomar nota, así que la interrumpí, para pedirle que dictara las medidas de cada pieza más despacio. También le pregunté si lo que quería era que calculáramos la superficie relativa del plano o la topografía del conjunto (en mi sueño lo decía así; lo que quería saber es si debía o no incluir la superficie de las caras verticales del cuerpo). 

Como si se anticipara a mi pensamiento, en lugar de responder mi pregunta, ella siguió hablando y recomendó que no usáramos ninguna inteligencia artificial para resolver el problema. Me sentí aludido, pues sin duda ese era para mí un buen recurso. Expliqué entonces que yo no pretendía que la IA calculara un resultado, sino que mi problema era de memoria: así como me costaba retener los números de su dictado, no recordaba la fórmula que debía usar para resolver el cálculo. 

Bastó con decirlo para que me diese cuenta de la esencia del problema, y lo expresé en voz alta: "Claro, es que en el fondo sigo dependiendo de la IA, porque en definitiva estoy depositando mi memoria en ella."

En ese momento no me desperté, pero sí entendí que estaba soñando. Lo supe porque me causó gracia que en un sueño pudieran aparecer expresiones tales como "superficie relativa" o "topografía". Pero algo de lo de la memoria me quedó resonando. Es que, si en efecto habíamos decidido confiar nuestra memoria a una máquina ¿cómo podíamos tener alguna garantía en cuanto a que tal memoria fuese fidedigna? Además, convengamos que un libro mantiene lo que dice en sus páginas fijo, de una vez y para siempre. Podrá tratarse de una verdad o no, pero lo escrito en un papel es invariable. En cambio, las inteligencias artificiales, con sus modulaciones, ancladas a las dinámicas de sus entrenamientos, podrían recordar una cosa hoy, y otra diferente mañana.

Ya estaba despierto del todo cuando se me presentó otra pregunta: ¿no tendrá que ver con esto el hecho de que cada vez menos gente parezca recordar las cosas que sucedieron, desentendiéndose de la memoria o empecinándose incluso en creer recordar lo que prefiere?

jueves, marzo 05, 2026

Sueño 260305: Ich bin

He soñado con mi padre
Con relojes que funcionaban mal
Con personas de mi pasado
Que me mostraban fotografías
De mi padre cuando era niño
Del niño que fui a mi vez tiempo atrás
En esta foto yo era un chico
Aunque llevaba una remera blanca
Con la estampa de una banda de rock
Una remera que compré hace poco
Después de que mi padre se fuera
Todos hablaban del parecido entre ambos
Y yo sabía que algún día ese niño
El niño que yo había sido
Sería la fiel imagen de mi hijo varón
Ese hijo varón que nunca llegó a nacer
Recuerdo que luego mi padre me llamaba
Y me mostraba un cuaderno
Del que sacaba un papel viejo
Con varias cosas anotadas
Pero me señaló algo en particular
Una inscripción, apenas dos palabras
Escritas en alemán
Que en mi sueño pude leer claramente
Me las mostró como sabiendo que
En esas dos palabras me ofrecía un mensaje
Que solo él y yo entenderíamos
Un guiño entre un padre y su hijo
No, yo no entiendo alemán
Mi padre tampoco lo hablaba
Pero intuí en esas dos palabras
Una especie de carpe diem
Un luminoso 'el momento es este'
Me desperté y fui a buscar
Qué significaban esas dos palabras
El traductor simplemente señaló:
"Ich bin = Soy".

Post Scriptum: No pude evitar hurgar en mi sueño, en busca de algún sentido, de una metáfora, incluso de un improbable mensaje. Me pregunté si aquel "Soy" significaba un "sigo estando", o un "sigo siendo en vos", o acaso un "estás siendo, y eso es lo importante". Recordé que en el sueño yo le decía a mi padre que sí, que recordaba el sentido de aquel "Ich bin". Y había algo que parecía referir a algún Lieder o a algún poeta romántico. Lo cierto es que en sus últimos años mi padre solía escuchar mucha música clásica. Recordé entonces haber leído ese "Ich bin" en el título de una canción de Gustav Mahler: "Ich bin der Welt abhanden gekommen". Estoy por completo seguro de que no iba por ahí el asunto, pero no deja de ser un enlace, una curiosidad, una coincidencia. Finalmente el sentido no es algo que exista per se, sino algo que se construye. Este Lieder, escrito por un Mahler de unos cuarenta años, se basa en un poema de Friedrich Rückert, y no es una canción triste, tanto como un canto a la paz interior. Estoy seguro, lo digo de nuevo, de que no va por aquí la cosa, pero el poema en cuestión dice:

Me he apartado del mundo
con el que malgasté tanto tiempo;
hace ya mucho que nadie sabe de mí,
bien pueden creer que he muerto.

Y no me importa en lo más mínimo
si creen que estoy muerto.
Tampoco tengo nada que objetar,
pues en verdad he muerto para el mundo.

He muerto para el bullicio del mundo
y descanso en un reino tranquilo.
Vivo solo en mi propio cielo,
en mi amor, en mi canción.

sábado, febrero 28, 2026

Milei: tu gobierno es una mierda y vos sos un hdp

La democracia ya no sirve para nada,
dicen algunos, que antes creían.
Y tienen justas razones para decirlo.
Se equivocan, por supuesto.
Tanto como se equivocan quienes dicen,
ingenuamente, claro,
por no tildarlos de idiotas o imbéciles,
que esto que hoy nos gobierna
pueda ser llamado democracia.

Va a llevar mucho trabajo,
mucho esfuerzo y sacrificio
recuperar la democracia y lograr
que la patria vuelva a ser (o acaso: sea)
lo que debió ser siempre:
hogar, refugio, casa de todos.

He dicho antes sacrificio:
¿Será acaso necesaria una Plaza de Mayo
transmutada en Piazza di Loreto argenta
para que por una vez se haga justicia
y ayudar a la memoria de los que vengan?

martes, febrero 24, 2026

Silvia

Gracias por haberme sacado a bailar en el casamiento de tu hermano. Nunca te lo dije, pero jamás antes había bailado en mi vida. Me causa gracia que de todas las cosas que podría decirte en esta despedida sea esta la primera que me viene a la mente. Debió haber sido un momento importante para mí, supongo. Imaginate: yo apenas estaba dejando de ser un chico y vos, con tus diez años más de experiencia, ante mis ojos eras una mujer que ya había aprendido a comerse el mundo. En el fondo creo que siempre fuiste algo así como una hermana mayor. Lo intuía cada vez que me llamabas neno, nene... Me hubiese gustado haber compartido más cosas con vos. La puta madre, Silvia... te voy a extrañar mucho.



domingo, febrero 15, 2026

Luna y laberintos

Tres veces vi la luna en mi vida
Hablo de haberla visto verdaderamente
Pues a menudo no vemos lo que tenemos
frente a nuestras propias narices.
La primera vez fue hace trece años
a mis cuarenta y siete
reflejada en las aguas de un lago
testigo de una rara incertidumbre.
Yo no lo sabía entonces
pero era el inicio de un largo final.
La segunda vez fue en el campo,
una luna pastora, roja, como de fuego,
que lo alumbraba todo en medio
de un compartido asombro.
La tercera vez fue justo antes
de emprender este viaje.
Viaje de cerrar un círculo
Viaje de nuevos comienzos
Viaje que me llevaría a un laberinto
Laberinto que me recordó
que a veces es necesario perderse
para poder encontrarse.

jueves, enero 08, 2026

Barrabas

El mundo de nuevo muestra su peor defecto.
Escribí "el mundo", pero él no tiene culpa.
Debí escribir: "la humanidad".
Su peor defecto es negarse a progresar.
El tiempo trascurre rápido
pero la especie humana evoluciona lento.

Por cada Mozart que nace,
por cada artista, cada poeta,
por cada genio, cada santo,
llegan al mundo diez tiranos.
O lo que es peor: cien personas
dispuestas a seguirlos.

Por cada genialidad que alguien descubre
alguien construye un nuevo juguete
capaz de destruir el planeta.
Por cada voz que rogó por Cristo
diez gritaron pidiendo por Barrabás;
pero ninguna clamó "¡Basta, dejen ya de matar!"