Sueño que me subo a un auto. En realidad es algo así como un jeep, viejo y precario, con unas puertas que no merecen tener ese nombre y un techo que con suerte podría ser de lona. El asiento me queda bajo; los pedales, lejos; pero de todos modos arranco. Me cuesta manejar: no llego a ver bien la calle porque el parabrisas me queda demasiado alto y además no encuentro los pedales. De repente descubro que adelante va un auto, mucho más lento, y lo esquivo para no chocarlo. Me doy cuenta de que ahí era donde tenía que doblar, hacia la derecha. La bocacalle estaba justo en ese punto en el cual yo había adelantado aquel coche. No me queda más remedio que seguir avanzando, pero de pronto sé que estoy conduciendo por una calle sin salida. Y que voy rápido. Demasiado rápido. Además, no encuentro el freno.
La historia se resuelve de un modo curioso: entiendo que estoy soñando. Y me resigno a que el vehículo se estrelle contra ese edificio que tengo adelante, que se aproxima a toda velocidad. Apunto a la puerta de acceso y mi jeep medio que choca, medio que ingresa; hay un fundido a negro y me despierto.
Entendí que estaba soñando. O lo creí, al menos, en ese momento. Fue como un acto de fe, que Dios me ampare, si acaso existe, que esto sea un sueño. Y si me equivoco... No, ni siquiera se me pasó por la mente esa posibilidad. Pero entonces, ahora ya despierto, pienso si acaso no hay gente, esa que uno llamaría locos, dementes, palmados, que no viven la realidad un poco de esta misma manera, creyendo que todo acto resulta potencialmente inconsecuente, que se lanzan contra una pared como si fuesen testigos de algo que no los involucra, con la curiosidad de un chico que se pregunta qué habrá del otro lado, en el momento siguiente al del impacto. Me pregunto también si alguna vez yo mismo no percibí el mundo de esa manera.
P.S.: Quizás fue durante otro momento del mismo sueño, o al menos durante la misma noche, antes o después de aquel impacto: estábamos con tres amigos, a bordo de un colectivo, conversando acerca de las redes sociales. Yo comentaba que cuando apareció internet cometimos el error de meter todo dentro de una misma bolsa, como si todo fuese lo mismo. Que era cierto que, por un lado, internet había permitido que todos desarrolláramos nuestro ego, diciendo cualquier cosa que tuviésemos ganas, como si fuéramos grandes voces de autoridad, dignas de ser tenidas en cuenta. Como si todo lo que tenemos para decir o mostrar fuese una genialidad. Pero al mismo tiempo, una vez que alguien sube algo al mundo digital, cualquier otra persona puede venir a decirte que no, que en realidad sos un boludo por lo que pensás, por lo que decís o te atrevés a mostrar. Y muchas veces es cierto. De todos modos, como esto no fue más que un sueño, lo subo a las redes de los bytes, a la nube, sea eso lo que sea. Después de todo, tal vez no esté sino soñando.






