lunes, mayo 18, 2026

Mandarinas


Pegriloso
. Así dicen que decía. Yo no lo recuerdo, por supuesto. Era demasiado chico. Pe gri lo so... No, no, así no era. Es que esto viene a ser algo así como el recuerdo de una vieja fotografía que hemos extraviado hace rato. Algo impreciso, inconfirmable. Mejor dicho: es como el recuerdo del relato del recuerdo de otro. De otros, que ni siquiera se han puesto de acuerdo sobre los detalles de la misma brumosa añoranza. Porque unos dicen que yo decía pegriloso; y otros, que la palabra en cuestión era otra: peliglosho. Digo dicen, en presente, cuando en realidad debería decirlo en pasado. La mayoría de quienes decían ya no están, como tampoco está ya aquel niño, el que así decía, aunque seguramente aún quede algo de él en el hombre que escribe ahora mismo está líneas.

Pe li glo sho. Me gusta más esta versión. Porque es así como me lo contaba mi padre, y me gusta recordarlo así, sonriendo y con un brillo entre orgulloso y nostálgico en su mirada, cuando relataba la repetida anécdota de cómo el niño que yo había sido decía esa palabra, graciosamente deformada, para señalar que una fruta pasada no debía ser comida. "Esta mandarina está peliglosha", decía mi padre que decía yo, señalando la fruta en cuestión, para que nadie la comiese ni se le ocurriese dármela a mí para comer. Podrida. Esa era la palabra, en realidad. Pero la brutalidad de este término, que resuena a cadáver, a carroña, es palabra que ya llegaría con el correr del tiempo, no era adecuada para un niño de... ¿Cuánto? ¿Cuatro años, tal vez? Inconfirmable. Pero no importa, porque decido creerle al recuerdo de la sonrisa de mi padre, a sus ojos iluminados. 

Imagino que él me contaría aquella escena mínima, mientras me miraba asombrado, preguntándose adónde habría quedado la criatura que había sido su protagonista. Es lo que siempre sucede con la evidencia del paso de los años: es algo que nos desconcierta, que nos desarma. Ahora mismo yo no logro comprender la ausencia de aquel hombre. ¿Adónde se fue? No me parece posible que simplemente ya no esté. Entonces, en cualquier momento de cualquier día de este presente, sé que me miraré en el espejo, asombrado, y descubriré un rostro parecido al de mi padre, pero a la vez distinto, y me preguntaré si acaso no hay todavía algún rastro de aquel niño que denunciaba mandarinas que no debían comerse. ¿Existen todavía en nosotros los niños que fuimos? ¿Qué pasó con aquellas mandarinas? ¿En qué momento es que dejamos de crecer para comenzar a envejecer?

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