En un contexto mundial en el cual la falta de posibilidades para conseguir trabajo se ha convertido en un mal endémico incluso en las naciones más desarrolladas, resulta paradójicamente inquietante leer algunas noticias que dan cuenta, al fin y al cabo, de ciertas alternativas laborales.
En Libia, por ejemplo, el régimen de Muammar Khadafi sigue masacrando civiles, convencido de que tal es el precio a pagar por mantenerse en el poder algún tiempo más. Y para acallar a quienes reclaman mejores condiciones de vida, decidió abrir una nueva fuente de empleo: para no quedarse corto con la tropa, inició una campaña de alistamiento cuyo foco fue puesto en los inmigrantes africanos, tanto o más desfavorecidos que sus hermanos libios, pero más ajenos que ellos a eventuales pruritos patrióticos.
"Iban buscando inmigrantes negros, y muchos aceptaron porque la paga ofrecida era alta: 500 dólares al día", relató un hombre nacido en Ghana, que cuando había trabajo en Trípoli vivía como obrero de la construcción. "No sé cuántos se alistaron, pero fueron muchos. Les hacían una prueba para comprobar que sabían usar armas de fuego y los mandaban a combatir a los rebeldes de Bengasi."
Un somalí que hasta no hace mucho también trabajaba en la construcción en la capital libia, dijo que entre sus compatriotas el dinero ofrecido para combatir a los rebeldes había sido mayor, hasta 800 dólares diarios. "Es que nosotros tenemos experiencia, sabemos luchar mejor", explicó.
La acotación tiene su razón de ser, porque el ofrecimiento laboral suponía cumplir con alguna calificación básica: era necesario saber disparar, por ejemplo. Y estar dispuesto a hacerlo tomando a los rebeldes como blanco.
En el mismo diario electrónico, otra noticia: El narcotráfico seduce a las indígenas mexicanas, dice el título. La nota explica que las jornaleras ganan la mitad que los hombres, que ya de por sí reciben poco y nada, por lo cual el campo ya no es una alternativa laboral para ellas. En cambio, sí lo es trabajar para quienes se vinculan con el crimen organizado. No nos apuremos a condenarlas: después de todo, no es menos crimen la exclusión y la miseria que las empuja a buscar alternativas para sobrevivir.
Dice el artículo que en las zonas indígenas de México sobreviven seis millones de mujeres en medio del analfabetismo, la falta de salud, la desnutrición propia y la de sus hijos, la discriminación, la explotación y el abandono. Las que tienen suerte reciben 30 dólares semanales, que les pagan por realizar labores rurales en jornadas de hasta 12 horas. "Por eso aumenta el número de mujeres del sector rural que pasan a engrosar las filas del narcotráfico, porque la droga es mejor negocio que el maíz", denuncia la Central de Organizaciones Campesinas y Populares.
Indígenas mexicanas narcos. Inmigrantes africanos metidos a mercenarios. Por no hablar de las legiones de niños, niñas y mujeres que en tantos lugares del mundo venden sus cuerpos por monedas o un plato de comida. Alternativas de trabajo no faltan, evidentemente. El que no trabaja es porque no quiere.
miércoles, marzo 09, 2011
Bolsa de trabajo
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lunes, marzo 07, 2011
La pregunta sin respuesta
"Si alguien quiere que lo reconozcan, basta que diga quién es", parece que dijo una vez Albert Camus.
"En la generalidad de los casos, lo más lejos que llega quien tal aventura osa proponerse es decir el nombre que le pusieron en el registro civil", parece que le respondió Saramago.
¿Qué podría yo añadir a este diálogo?
Acaso cada una de las palabras que han venido a parar a este sitio. Todas ellas, sin excepción, intentan decir un poco quién soy; incluso cuando todas ellas sean, invariablemente, más pregunta que aseveración.
¿Quién soy?... No lo sé.
De pronto se me ocurre que tal vez nunca llegue a saberlo.
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viernes, marzo 04, 2011
Matemáticas
"Contar los días con los dedos y encontrar las manos llenas", leo una y otra vez en la contratapa del libro, y ni siquiera importa cuál libro, pues lo que vale aquí es la frase en sí misma.
En mi intento por encontrarle más coherencia al asunto, desde hace un rato largo vengo repitiendo el simple gesto descripto con mi propia mano, primero cerrada, y luego haciendo la cuenta con los dedos, uno, dos, tres, cuatro, cinco... Hasta que la mano queda abierta, y entonces miro, cierro, y recomienzo: uno, dos, tres...
¿Son días los que estoy contando? Realmente no lo sé. Simplemente cuento. ¿Y qué encuentro tras haber contado? La palma de mi mano. ¿Llena?... ¿Vacía?... Tampoco lo sé, porque desconozco qué es lo que estoy buscando. Podría ser que estuviese llena de incertidumbres, o vacía de certezas, o al revés, y esto sólo por poner un ejemplo, porque seguramente lo que estoy contando son en realidad otras cosas, es raro esto de que se pueda contar sin saber qué se cuenta, aquí, en esta mano ora abierta, ora cerrada, ora contando, parecen de repente unirse el álgebra y la poesía.
A menudo me parece que la mano está vacía. Cuento y no aparece nada en ella. La mano se me hace llena de vacío, llena de preguntas, vacía de respuestas. Sé que no es así, que en realidad hay allí muchas cosas. Pero el saber y el sentir a veces no se llevan todo lo bien que deberían. Entonces me pregunto si acaso se puede ser tan imbécil, tan inútil, tan estúpido. Y enseguida me corrijo, porque en realidad la pregunta es esta otra: ¿Cómo se puede ser tan estúpido?
En mi defensa diré que esta última pregunta tiene un doble sentido, porque puede entenderse como un "ser tan estúpido para haber estado viviendo todos estos días para contarlos luego y encontrar la mano vacía, por no haber quedado allí nada"; pero también podría significar "tan estúpido como para haber vivido todos estos días, contarlos, luego mirar la palma y no lograr ver nada; es decir no lograr ver todo lo mucho que en realidad hay allí".
Podría pensarse que la conclusión es penosa, pues tanto sea una u otra la opción que se elija seguiré siendo estúpido. Pero la diferencia es menos sutil de lo que parece, por aquello de que lo esencial no siempre puede ser aprehendido por los ojos. Y una cosa es no ver por no haber y otra no ver porque los ojos no han aprendido. De aquí que uno tenga la obligación de aprender a ver siempre un poco más. Especialmente allí donde a veces parece haber poco y nada.
Escribo esto último y de pronto vienen a mi mente las famosas sombras chinas, ese extraño arte milenario que al decir de Roman Gubern en realidad se originó en la isla de Java, en el cual las manos, que nada tienen, demuestran que sin embargo tienen tanto por decir.
Vuelvo a mirar mis manos. Veo que han cambiado, y han cambiado mucho a lo largo del tiempo. Pero siguen siendo mis manos, por extraño que parezca. Me pregunto entonces, una vez más, qué tan vacías están. O qué tan llenas. Me gustaría saberlo, sinceramente, para no sentirme tan triste en estos días en que me da por contar, sólo para terminar notando que las cuentas no me dan claras.
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jueves, febrero 24, 2011
Revelación
He aquí una interesante revelación, que seguramente será útil para tener presente en su momento: Nunca es posible obtener una victoria sobre los demás; la única victoria verdaderamente posible será siempre sobre uno mismo.
El corolario, que no deja de ser interesante, es que tampoco los demás podrán tener jamás una victoria sobre nosotros. Para bien o para mal, cada uno es su propio y único adversario.
Habremos de ver qué hacemos ahora con esta verdad que así, de pronto, nos vino a la conciencia de un modo tan evidente.
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martes, febrero 22, 2011
Coincidencias y diferencias
Precisamente ayer leía, en uno de los Cuadernos de mi maestro Saramago, una breve relación vinculada a una noticia que tenía origen en la ciudad de Badajoz. Allí se había bautizado una calle con el nombre, lamentablemente no referido en la crónica, de un piloto que había volado para el bando enemigo durante la guerra civil. Pero como no quisiera cometer el despropósito de intentar contar de mejor modo lo que ya bien contado está, me tomaré la libertad de transcribir parte del texto en cuestión, que dice así:..."Hace cincuenta y tantos años, durante la guerra civil, un aviador republicano recibió la orden de bombardear Badajoz. Fue, sobrevoló la ciudad, miró hacia abajo. ¿Y qué vio cuando miró hacia abajo? Vio gente, vio personas. ¿Qué hizo entonces el guerrillero? Desvió el avión y fue a soltar las bombas al campo. Cuando volvió a la base y dio cuenta del resultado de la misión, comunicó que le parecía haber matado una vaca. "¿Y Badajoz?", le preguntó el capitán. "Nada, allí había personas", respondió el piloto. "Bueno", dijo el superior, y, por imposible que parezca, el aviador no fue llevado a consejo de guerra... Ahora hay en Badajoz una calle con el nombre de un hombre que un día tuvo gente en la mira de sus bombas y pensó que esa era justamente una buena razón para no soltarlas."
Cerré el libro en ese punto, porque sentí la necesidad de quedarme pensando un momento en la enseñanza que me dejaba aquella historia. Muchas veces me sucede eso con algunos libros, que me ponen en la situación de tener que detenerme hasta madurar un determinado sentimiento o idea.
Esta mañana, al levantarme, el noticiero en la televisión me impactó trayendo de nuevo al presente la cuestión de los pilotos, las gentes, los aviones y las bombas. Esta vez las cosas no pasaban en Badajoz, sino en Libia, donde una parte de la población había salido a las calles para protestar en contra del gobierno. Algunos iban, simbólicamente, armados con palos.
Libia tiene la novena reserva de petróleo del mundo y una tasa de desempleo y de pobreza alarmante, que alcanza al 30% de la población. También tiene un líder, enancado en el poder desde hace décadas, llamado Muammar Khadafi, que discrecionalmente maneja un fondo soberano calculado en setenta mil millones de dólares, provenientes de la explotación de los recursos petroleros que extrae de su tierra hambreada para invertir en el exterior. También maneja, por supuesto, unas poderosas fuerzas armadas, y aquí es donde aparecen los aviones en esta historia, para dejar caer sus bombas sobre la revoltosa ciudad de Trípoli, mientras helicópteros artillados disparan a mansalva sobre quienes protestan, con el loable objetivo de recuperar así la paz, la calma, el orden.
El noticiero habla de 400 muertos y 1500 desaparecidos. Hasta donde se sabe, ninguna vaca tuvo que sufrir esta vez las consecuencias. Aunque nunca se puede estar seguro.
Tanto Libia como Badajoz son, en lo que a mí respecta, lugares lejanos, improbables, insospechados. Sin embargo presumo que la sangre de los habitantes de cualquiera de estos dos lugares ha de ser igualmente roja, como similares también deben ser sus pasiones, sus deseos, sus temores, sus esperanzas. Por eso es que un crimen siempre vale lo que vale un crimen, así tenga lugar a la vuelta de nuestra esquina o a miles de kilómetros de distancia. Pero hasta aquí llegan las coincidencias entre estos dos casos, y se quedan en guerra civil, aviones, pilotos, gentes y bombas, que en Badajoz el piloto vio a las gentes y no hubo crimen, y en Libia, en cambio, una ceguera profunda impidió ver nada.
Yo no sé si los Cuadernos de Saramago habrán sido traducidos al libanés, ni mucho menos si, en tal caso, alguno de los pilotos involucrados en este penoso hecho que aquí se cuenta habrá de leer alguna vez la crónica de Badajoz. Lo que sí es seguro es que de aquí a cincuenta años ninguno de los hombres que tripularon esos aviones y helicópteros que sobrevolaron la ciudad de Trípoli por orden de Khadafi podrá aspirar a que su nombre sea recordado con respeto.
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lunes, febrero 21, 2011
Epílogo
Revisando viejos escritos, me topo con esta poesía, firmada en diciembre de 1989 por alguien que decía llevar mi mismo nombre. Intento recordar en qué circunstancias fueron escritas estas palabras y realmente no lo logro. Pero todavía siento estas palabras como mías, actuales a pesar del tiempo transcurrido desde que fueron escritas (más de veinte años... ¿adónde han ido a parar todos esos días con las alegrías, tristezas y esperanzas que albergaron?), y entonces me decido a ceder al impuso de dejarlas aquí, acaso sin ningún objetivo.
A las puertas del delirio está
el silencio
de una noche extraña,
la soledad,
y todo aquello que no se comprende.
Los recodos del destino
(si es que acaso el destino existe)
son oscuros e insospechables,
y es allí en donde nacen
y se quiebran los sueños.
Señor, yo sólo te pido
que la próxima vez
Romeo se retrase unos minutos,
o bien que Julieta despierte
a tiempo;
porque el universo de los hombres
es muy frágil
y se desmorona demasiado fácilmente.
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miércoles, febrero 16, 2011
Hombre sombrío
Aquí está otra vez este hombre sombrío. Me pregunto quién es, de dónde habrá salido. No lo veo, en realidad, pero siento su presencia. Imagino el rostro que tendrá. Para verlo, propiamente, debería asomarse a un espejo. Ya llegará ese momento.
Esta tarde los colores eran otros. La vida era como de un ocre suave. ¿Por qué razón ahora otra vez el mundo se ha vuelto gris cansino, plagado de matices sucios e indescifrables que ni siquiera llegan a merecer un nombre? No me gusta este cambio. Pero no sé qué hacer para evitarlo. No me conozco. No entiendo esto en lo que de pronto me he convertido.
Sin embargo, todavía recuerdo el ocre de esta tarde, como también me parece recordar a veces otros colores aun más vivos, de épocas lejanas, que ya no me pertenecen, a veces creo que ni siquiera en la memoria, cada día más débil, más fatigada, acaso más resignada a que el pasado no es algo que en definitiva exista, y por lo tanto acaso ni siquiera merezca seriamente ser tenido en cuenta. ¿Quién he de ser realmente yo? ¿Aquel que solía ser entonces, en ese tiempo que ya no existe, esto que pretendo ser ahora o lo que con algún esfuerzo e impulso llegaré a ser mañana? No es cierto: mañana llegará incluso sin esfuerzo ni impulso, hasta que un día ya no llegue; pero mientras tanto. No, definitivamente no me reconozco.
Nadie conoce en realidad a este hombre. Incluso quienes el día de mañana hablarán de él en pasado, cuando alguien les pregunte, y entonces dirán recordar tal o cual episodio, tal anécdota, tal historia. La realidad es que nada conocen ahora de él, y nada sabrán tampoco acerca de él mañana.
Hay días en que tomar conciencia de este hecho le produce al hombre sombrío un extraño sentimiento, parecido en cierto punto al rencor. Pero al mismo tiempo sabe que ese sentir es injusto. Finalmente, él tampoco sabe mucho de sí mismo. Muchas veces es un desconocido, como ahora. Mal haría entonces en condenar a quienes lo ignoran tanto como él mismo se ignora. Pero la falta de cariño le duele. Esto indica, al menos, que se trata todavía de un ser humano. Bendito dolor, entonces. Algo es algo.
¿Será cierta esa falta de reconocimiento? En todo caso, el rencor que siente el hombre sombrío también está relacionado a que él sabe, en algún punto, que algunas cosas buenas ha hecho en su vida. Curiosamente, si le preguntásemos cuáles, no sería capaz de enumerar siquiera unas pocas. Pero como todos los seres humanos que ha habido sobre esta tierra, valle de oportunidades y de lágrimas, o de oportunidades para verter o hacer verter lágrimas, pero también para reír o hacer reír, él también ha hecho cosas buenas y malas.
De las malas, de esas está seguro que los demás se acuerdan. Los malos recuerdos tienen la mala costumbre de pervivir en la memoria, tanto la ajena como la propia. De todos modos, digamos que los fiscales que tengan el gusto o la obligación de juzgar a este ser humano deberían al menos darle cierto crédito, pues pocas veces alguien estuvo tan poco dispuesto a ofrecer una defensa y a colaborar, en cambio, en el señalamiento de los propios delitos. Hasta se diría, si se investiga un poco, que este hombre es capaz de atribuirse delitos que en justicia no le corresponden. No importa, hala, venga, que aquí está el peor de todos. Si van a perdonarme algún día, que se me perdone por algo que realmente valga la pena, incluso cuando no sea cierto que lo hice.
De repente el hombre sombrío se pregunta cómo será su rostro, cuál será su expresión. Que una cosa es conocerse, o reconocerse, por la mala costumbre de estar todo el día con uno mismo, y otra muy diferente es verse desde fuera, ver ese rostro que uno, sin desearlo, ofrece todo el tiempo a los demás. Va entonces el hombre, finalmente, en busca de un espejo, y cuando lo encuentra se planta delante, esquivando todavía durante un rato la mirada, como dudando si enfrentar o no esa realidad paralela que seguramente le estará ofreciendo el cristal, paciente, o no tanto, que la imagen allí envejece, aunque nadie lo note, en el mismo momento de esperar la postergada decisión, que al fin llega, y el hombre sombrío comienza al fin a levantar su cabeza primero, luego la vista, para enfrentar ese rostro propio y a la vez desconocido, sólo para verificar lo que ya se sabía, que misteriosamente su imagen y la mía coinciden, que hay allí tantas cosas por ver y a la vez ninguna, al menos hoy.
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martes, febrero 15, 2011
Una pequeña esperanza
Cuando cerraron Amadeus, la radio de música clásica en la cual yo me desempeñaba como productor de contenidos, jamás imaginé que algún día iba a mencionar el nombre de Justin Bieber en una entrada de este blog. Pero ya se ve: el suceso inesperado ha tenido finalmente lugar, y a la prueba me remito.
Para quien tenga la fortuna de no saber quién es Justin Bieber (hablo de fortuna porque hoy permanecer al margen de ciertas novedades puede ser un privilegio, como cuando Borges confesó no conocer a Maradona, pero en serio), digamos que se trata de un jovencito canadiense de 16 años, con algún probable talento musical, que tuvo la suerte de haber estado en el lugar justo en el momento indicado y la inteligencia suficiente como para seguir los consejos de un productor que se encargó del resto. El resto fue, por supuesto, convertirlo en objeto de deseo para millones de adolescentes en todo el mundo a través de una campaña de marketing viral que convirtió a este muchachito, ni mejor ni peor que tantos otros, en el fenómeno pop del momento.
Justin Bieber canta canciones livianas, intrascendentes, que no serán capaces de superar la prueba del tiempo, porque no tienen con qué lograrlo y porque además nadie pretende que tal cosa suceda. Pero mientras tanto vende millones de discos, y genera otros tantos millones con el monstruoso aparato de comercio que acompaña a los artistas pop de su talla, término que de ningún modo pretende medir aquí calidad ni talento, sino las cuentas bancarias que se engrosan gracias a lo que él bien o mal hace.
En cierto punto el chico me da pena: pienso que, aislado dentro de su burbuja de plástico, no debe tener la menor idea de qué cosa es el mundo. En cierto modo él le ha vendido el alma al diablo, como una especie de Fausto redivivo, carilindo por añadidura, pero no nos apresuremos a condenarlo, y sobre todo que se abstenga de hacerlo quien se jacte de jamás haberse vendido, cuando lo cierto es que nadie realizó nunca por él ninguna oferta sustanciosa.
Pero vamos de una vez a lo que nos ocupa, que es el motivo por el cual el nombre de Justin Bieber, que jamás debería haber quedado anotado en este blog, ha llegado finalmente hasta aquí. El punto es que se acaban de entregar los Premios Grammy, que otorga la industria discográfica estadounidense. Y Bieber estaba nominado para llevarse el premio al Artista Revelación del Año. Reconocimiento que resultaba merecido, si se trataba de evaluar la cantidad de discos vendidos, y que por otra parte era el resultado que público, empresarios y periodistas daban por descontado.
Y sin embargo no. El premio no fue para él, sino para una chica llamada Esperanza Spalding, desconocida hasta entonces para quien estas líneas escribe, pero también para otros millones de personas que se preguntaron, con justa razón, de dónde había salido este sorpresivo escollo para la consagración del principito del pop. Quien se pregunta a veces encuentra algunas respuestas, y así supe que Esperanza es una joven de 24 años nacida en Oregon, dedicada al jazz a través del canto y de un instrumento tan infrecuente para una jovencita como puede serlo el contrabajo. Busqué luego en Internet algunos videos y me sorprendió la calidad y la calidez de su voz. Interiormente le agradecí a Justin Bieber la derrota, que finalmente me conducía al descubrimiento de esta artista.
Más tarde, al llegar a mi casa, busqué en la red alguno de los tres discos que Esperanza tiene editados, para poder escucharla más y mejor. Allí pude notar que en las pocas horas que habían transcurrido desde la entrega de los premios hasta entonces, habían sido cientos y miles las personas que habían concurrido a Internet para preguntar, para averiguar, para descubrir, para subir videos, para verlos, para compartir archivos por vía peer to peer, como yo mismo lo estaba haciendo. Me dije entonces que no todo está perdido. Y que este desliz de quienes entregan los Premios Grammys abrió, en definitiva, una pequeña dosis de esperanza...
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viernes, febrero 04, 2011
Any fool knows a dog needs a home...
Hace muchos años -yo era por entonces más joven- visité un día la casa de una persona conocida que acababa de comprar su primer reproductor de discos compactos, una novedad impresionante por aquellos tiempos en que los vinilos y los cassettes eran todo lo que se conocía en materia de audio doméstico.
Para probarme las bondades del sonido de aquel nuevo sistema esa persona, cuyo nombre sinceramente no recuerdo, colocó un disco de Pink Floyd. En aquel momento yo conocía The Wall y también Dark Side of the Moon, pero jamás había escuchado Animals, un álbum que más tarde me apresuré a comprar, en cuanto pude tener mi propio reproductor de discos compactos, inversión importante en su hora, que hoy todavía celebro.
En aquel disco había (allí sigue estando) una canción en particular, que habla de los encuentros y los desencuentros, que en un determinado pasaje dice:
And any fool knows a dog needs a home,
A shelter from pigs on the wing.
Que más o menos podría traducirse del siguiente modo:
Y cualquier idiota sabe que hasta un perro necesita un hogar,
un refugio contra los cerdos en las alas.
La metáfora que alude a los cerdos en las alas, esto es algo que supe años más tarde, hace referencia a los enemigos que acechan durante las batallas aéreas, ocultándose en puntos ciegos para el piloto adversario, en particular debajo de las alas del avión que ha sido escogido como presa. Pero en definitiva la idea me parece igualmente adecuada para hablar de los políticos, de las fuerzas de seguridad, de los delincuentes, de la gente malvada, de la mala gente, de la vida misma, tanta es la acechanza.
La metáfora del perro, en cambio, sólo podía hacer referencia entonces, y sigue siendo así hasta hoy mismo, a la persona que canta la estrofa. Al menos yo no logro interpretarlo de otra manera. Y acaso deba decir que cada vez que escuchaba esta canción no podía evitar cantarla. Tal como sigue sucediendo ahora.
Un perro, entonces. Uno de esos perros de ojos tristes, que ni siquiera tienen la posibilidad de hablar para explicarnos qué les pasa, qué es lo que les causa tan eterna e irremediable melancolía.
Yo al menos tengo mi blog, eso es cierto.
Pero también necesito un hogar, un refugio.
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jueves, febrero 03, 2011
La condena de un buen título
Aunque la jornada no se prestaba para tales observaciones, por esas cosas que tiene la vida que cada tanto tiñe algunos tiempos de un tinte sombrío, al pasar frente al kiosco de revistas algo hizo que mi mirada se detuviera un segundo en la portada de aquel libro, despertando mi justa indignación.
Para quien no lo conozca, Oliver Wolf Sacks es un destacado neurólogo británico, nacido en 1933, autor de importantes libros sobre su especialidad, encauzados en una tradición estilística sobre la cual también abundó Sigmund Freud, por la cual el autor narra historias de casos clínicos puntuales a través de un estilo más cercano a una crónica de corte literario que a un estudio médico.
Sacks describe sus casos con un lenguaje llano, poniendo especial atención en las experiencias de sus pacientes y añadiendo comentarios relativos al modo en que estos han conseguido adaptarse a sus respectivos contextos.
En el que seguramente es su libro más conocido, Sacks describe males como el síndrome de Tourette, el Parkinson o una rara enfermedad conocida como agnosia visual, por la cual una persona logra distinguir ciertas formas geométricas, pero no fisonomías. El capítulo dedicado a esta curiosa dolencia lleva un título no menos curioso: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Sin embargo, la cuestión no deja de ser descriptiva, pues se cuenta que la esposa del pobre hombre, consciente de que éste no era capaz de distinguirla entre otras personas por su rostro, resolvió la cuestión de un modo pragmático: comenzó a usar unos rarísimos sombreros, cuyas formas el marido sí era capaz de reconocer. Y dado que nadie más se atrevía a los esperpentos que ella se ponía sobre la cabeza, hubo cierta garantía en cuanto a que el hombre podría reconocerla donde fuera que estuviesen, incluso en medio de una multitud.
Que el relato tenía cierto interés literario parece cosa juzgada, desde el momento en que el compositor Michael Nyman hizo una ópera sobre el tema en 1987. Pero de allí a que alguien cometa el dislate de publicar este libro bajo el título de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y otros cuentos (sic), como si Sacks fuese un cuentista en vez de un profesional médico, realmente es otro cantar. ¿Quién fue el culpable de un desliz tan grosero? ¿Qué destino habrán tenido los correctores y el editor del material? ¿Habrá habido fe de erratas, pedidos de disculpa, alguna reprimenda ejemplar? ¿O será hoy todo tan mediocre que el error, pese a lo grueso, habrá terminado pasando sin mayor pena ni gloria?
Así y todo es justo reconocer que el título en cuestión resulta ideal para un cuento. Lo mismo que Un antropólogo en Marte, La isla de los ciegos al color, Veo una voz o Recuerdos de un químico precoz, que son otros títulos de libros y ensayos de Sacks. Pero si hasta Migraña podría ser, perfectamente, el título de una novela o de una película hollywoodense. ¿No son acaso estos magnificos títulos de Sacks una invitación al error?
A decir verdad, el episodio me dio vergüenza ajena. En parte por mi relación con el mundo editorial, en parte por haber citado más de una vez los casos de Sacks en mis clases en la facultad. Pero también me dará material para hablar, en mi próximo taller de escritura, acerca de la importancia de encontrar buenos títulos. Aunque el corolario sea que esos buenos títulos tanto podrán llegar a ser el punto de apoyo del texto, como su condena.
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domingo, enero 30, 2011
viernes, enero 21, 2011
Las tres preguntas (Mea culpa)
Somos seres errantes. Cualquier lugar en el mundo puede llegar a ser el nuestro, pero al mismo tiempo ninguno parece serlo verdaderamente. Somos unos eternos desconocidos, no solamente para los demás sino también, lo cual seguramente es más relevante, para nosotros mismos. De allí que esas tres magníficas preguntas, dignas de ser planteadas en una encrucijada cualquiera por una aparición o por una esfinge, carezcan de una respuesta precisa: de dónde venimos, quiénes somos, hacia dónde nos dirigimos. Propuestas así, de un modo tan simple, parece mentira que no podamos resolver estas intrigas. Y sin embargo así es precisamente como son las cosas.
Por eso suelo decirme que la vida resulta, en cierto sentido, no necesariamente una herida absurda, como asegura el tango, pero sí un juego que carece de toda lógica. O mejor dicho, a fin de procurar ser lo más justos que se pueda: tal vez sí tenga una lógica, un determinado sentido; es más, nuestro sentido común y nuestra esperanza nos llevan a creer que seguramente debe tenerlo. Pero nosotros lo desconocemos. Somos arrojados a este juego, y obligados a jugarlo, sin que nadie se tome el trabajo de darnos a conocer sus objetivos, y ni siquiera cuáles son sus reglas. Y así es como finalmente jugamos, de un modo inevitable, sin terminar nunca de saber si lo hacemos bien o si lo hacemos mal.
Se diría que se trata de un absurdo. Realizar algo sin tener la menor idea de cómo ha de hacerse. Y sin embargo, convicciones aparte, es el único modo en que llegamos a vivir. Cierto es que hay quienes por propia voluntad dejan de preguntarse por estas cuestiones. Pues si finalmente se trata de preguntas sin respuesta, no deja de ser razonable dejar de lado el desafío de resolverlas. Pero ni siquiera podemos tener la certeza de que de este modo no estemos abandonando el desafío demasiado pronto, no por imposibilidad sino por falta de empeño. Tal vez por eso algunos no logramos dejar el problema de lado. Y así vamos viviendo, también, sin saber cómo hacerlo. Acusados, por supuesto, tanto por los demás como por nosotros mismos, de hacer las cosas del modo incorrecto.
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jueves, enero 20, 2011
Viajar livianos...
Ser desapegados no significa que no podamos disfrutar de nada, o que no podamos disfrutar de estar con alguien. Más bien esta idea se refiere al hecho de que aferrarnos fuertemente a algo o alguien nos causará a la larga un malestar. Porque si nos volvemos dependientes de ese objeto o de esa persona pensaremos: "Si lo pierdo, o nunca lo obtengo, entonces seré miserable". El desapego, en cambio, significa: "Si obtengo aquello que deseo o que me gusta, será bueno; si no la obtengo, de todos modos estaré bien; no será el fin del mundo".
El pensamiento es atribuido al Dalai Lama. Y nos enseña el verdadero sentido de la idea de viajar por la vida livianos.
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martes, enero 18, 2011
El desafío de ser uno mismo
Dice Erich Fromm en El arte de amar, hablando de la sociedad occidental contemporánea, que cuando una persona se integra a un grupo, confundiéndose a la larga con él, en general lo hace para superar cierta sensación de aislamiento y soledad en la cual se encuentra sumido.
Señala Fromm: "Se trata de una unión en la cual el ser individual en gran medida desaparece. Su finalidad es la pertenencia al rebaño. Si soy como todos los demás, si no tengo sentimientos o pensamientos que me hagan diferente, si me adapto a las costumbres, las ropas, las ideas, al patrón del grupo, estoy salvado. Salvado de la temible experiencia de la soledad."
Curiosamente, Pierre Bourdieu dice en definitiva lo mismo respecto de las élites, sólo que en este caso quien se identifica lo hace respecto de una diferencia. Para que se comprenda: me identifico con la diferencia que nos separa, a mí y a unos pocos más, de ese gran rebaño del cual recién nos hablaba Fromm.
En este punto no puedo menos que preguntarme por qué razón será que nos resulta tan difícil ser simplemente nosotros mismos...
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lunes, enero 17, 2011
La Era de la (des)Información
Una empresa llamada Pingdom, dedicada a analizar el tráfico en Internet, acaba de dar a conocer algunas cifras que, aunque pronto serán obsoletas, apenas transcurra ese plazo cada vez más efímero que llamamos actualidad, aún pueden considerarse interesantes.
Esta empresa señala, por ejemplo, que en junio de 2010 había 600 millones de usuarios de Facebook, contados entre los 1.970 millones de personas que navegan por Internet.
También destaca que al día de hoy existen unos 255 millones de páginas web y 152 millones de blogs, en cierto modo similares a éste que usted está leyendo ahora mismo.
La pregunta es inevitable: ¿Para qué seguir escribiendo cualquier cosa en este lugar, entonces? ¿Qué fortuna o azar hará que alguien se tope con estas palabras, perdidas como la proverbial aguja en el cada vez más gigantesco pajar virtual que es Internet?
Así es la Era de la (des)Información en la cual vivimos.
Jamás antes hubo, en toda la historia de la humanidad, tanta información disponible, un tráfico mayor de mensajes, una conectividad tan eficiente. Pero tampoco tanta vacuidad. El exceso nos ha empujado al vacío. Creemos saber qué piensa alguien que está del otro lado del mundo por haber visto su Facebook, pero no conocemos a quien vive al lado de nuestra propia casa.
Estamos en la Era de la (in)Comunicación.
Y otro dato revelador, que sirve de metáfora para terminar de entender este tiempo que nos ha tocado en suerte: Existen 2.900 millones de cuentas de correo electrónico en el mundo. Cada día se envía un promedio de 294.000 millones de mensajes. Pero de esta tremenda cantidad de mensajes, un 89% es correo basura.
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viernes, enero 14, 2011
Una cita sobre el absurdo
"Lo absurdo de algo, cualquier cosa que sea, no es prueba suficiente en contra de su existencia", escribió alguna vez, según parece, Friedrich Nietzche.
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miércoles, enero 12, 2011
La naturaleza de la verdad (II)
Hace un par de meses, en noviembre del año pasado, encontré una historia oriental, sumamente instructiva, que volqué en este mismo blog, relativa a la evasiva naturaleza de la verdad. Poco después me topé con un libro de Jaime Barylko, El aprendizaje de la libertad, en el cual aparece otra fábula, en este caso de raigambre judía, que nos habla de lo mismo. Porque no tiene desperdicio, también quise dejarla reproducida aquí:Erase una vez un rabino que atendía los pleitos de la gente de su comunidad. Un día fue visitado por Salomón:
- Tengo un pleito contra Moisés -le dijo.
El rabino escuchó todas las argumentaciones y dictaminó:
- Tienes razón.
Luego vino Moisés y pleiteó contra Salomón. Escuchó el rabino atentamente y por fin se expidió:
- Tienes razón.
La mujer del rabino, naturalmente curiosa, escuchaba detrás de la puerta. Apareció entonces y reclamó:
- ¿Cómo puede ser que el uno tenga razón y que el otro también tenga razón?
El rabino se hundió en una profunda cavilación. Luego alzó los ojos, miró a su mujer y le dijo:
- ¿Sabes una cosa? Tú también tienes razón.
El fragmento es tan brillante, que me exime -creo yo- de cualquier otro comentario.
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martes, enero 11, 2011
Tormenta nocturna
El trueno fue tan brutal que hizo temblar los vidrios de la casa y varias alarmas quedaron sonando allá afuera. Arrancado del sueño, lo primero que atiné a pensar es que así deberían sentirse las bombas en aquellas zonas donde la guerra hace estragos. Seguramente algo habrá tenido que ver, en relación a esta idea, la lectura de La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, pues justo unas horas antes había llegado al punto en que el ejército republicano del Brasil cañonea las aldeas de Canudos, plagadas de hambrientos revolucionarios.
Me levanté para verificar que todo estuviese en orden, la computadora apagada, las ventanas cerradas, cada cosa en su sitio. No hubiese sido la primera vez que una descarga estropeaba un electrodoméstico, o una tormenta repentina anegaba algún rincón de la casa. Cada tanto el cielo se iluminaba de repente, anticipando un nuevo trueno. Fui hasta la habitación de mi hija, que había encendido la luz. Al verme me pidió un poco de agua, y mientras la tomaba pareció sorprenderse cuando le comenté que aquel trueno, ese que me había despertado, me había causado un susto enorme y me había dejado inquieto. Más tarde comprendí que la sorpresa no tenía que ver con el susto, ni con la intranquilidad, tanto como con la confesión: he allí ese adulto temeroso de una tormenta, de un sueño intranquilo, inseguro ante las cosas del mundo, pero capaz al mismo tiempo de confesarlo. En cierto punto es valiente quien se atreve a declararse temeroso, curiosa paradoja.
Me dí cuenta entonces que no está mal tener miedo, pero sí reconocerlo, dejar que las gentes se enteren. Es que tener miedo es mostrar una debilidad. Quien tiene miedo es vulnerable. Y no es bueno, por no ser sabio ni prudente, que los demás conozcan nuestros puntos débiles. Esto es al menos lo que nos dice nuestro sentido común. Aunque lo dicho habla, en realidad, de una concepción determinada del mundo, dentro de la cual el otro es visto como un potencial enemigo, capaz de aprovecharse de nosotros, talones de Aquiles mediante.
Y sin embargo, reconocerse débil es también una de las formas más curiosas de la fortaleza. Es valiente quien se expone, incluso a sabiendas de que así se arriesga ante los demás. El secreto consiste, en todo caso, en saber en qué casos mostrarnos tal cual somos, y en qué casos ocultarlo, para seguir mostrándonos con los habituales disfraces con que solemos cubrirnos, para que los demás no nos descubran tal cual somos.
Pues bien, lo único que se me ocurre decirte, hija mía, es que allí donde hay amor, ni la vergüenza ni el miedo deberían tener sentido.
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lunes, enero 10, 2011
María Elena

Nació un 1° de febrero de 1930 en Ramos Mejía. Se autodefinía como aspirante a nieta de Lewis Carroll. Creció en un caserón grande, con patios y gallinero, rodeada por un pomerania negro, rosales, gatos, limoneros, naranjos y una higuera cómoda sobre cuyas ramas leía durante la siesta libros como Los tres mosqueteros, Robinson Crusoe y La cabaña del Tío Tom. Más tarde escribirá poemas y compondrá canciones que trascenderán sus propios límites. Algunas de sus creaciones fueron dirigidas a los niños, otras a los adultos. Unas y otras marcaron profundamente a varias generaciones de argentinos. Hoy María Elena Walsh es esto: un sinúmero de recuerdos.
María Elena, ¿hoy el mundo se encuentra del derecho o del revés? Esta fue una de las preguntas que pude hacerle alguna vez, en medio de una entrevista que tuve la suerte de poder realizar con ella para Revista Clásica, en 1998.
Del revés ha estado siempre -me respondió. Y eso no ha variado para nada. Algunas pocas cosas han quedado del derecho, sin embargo. Y luego, para ejemplificarlo, me siguió hablando de la música, que era una de sus más grandes pasiones.
Será ley de la vida, esto de la inevitabilidad de la muerte. Pero hoy no puedo dejar de sentir que hay algo más del revés en el mundo, y tiene que ver con esta nueva ausencia, la de María Elena Walsh, que se suma a otras ausencias, todas esas que de a poco nos van acercando, en definitiva, a nuestro propio estar ausentes.
Será también por eso que nos duele.
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domingo, enero 09, 2011
Fracasos y victorias
Es un disco extraño; no podría terminar de decir si musicalmente es bueno o malo, pero tiene algo que me atrae, que me gusta. También es extraño el modo en que llegó este disco a mis manos: lo encontré tirado en un cesto de basura. Estas cosas suceden cuando uno trabaja en una radio. Para ser sincero, es muy frecuente que lleguen cosas que en verdad no merecen otro destino que el ser arrojadas a la basura, tan escaso es el talento con el que están hechas. A veces se hace justicia; otras, discos que apenas merecerían formar parte de un relleno sanitario terminan siendo puestos en el aire. Pero también sucede que en ciertas ocasiones un disco llega a la basura por error. Valga entonces su rescate.
No diremos de quién es el disco en cuestión. No vale la pena hacerlo. Sí diremos en cambio su título, que es una sola palabra, casi una broma del destino, pues el disco se llama así: Fracaso.
¿No resulta interesante y hasta pintoresco que un disco titulado Fracaso termine en un tacho de basura cualquiera? ¿No es sin embargo una modesta victoria el que alguien lo rescate de allí para valorar algunos de sus méritos?
Rescatemos entonces también, para ser coherentes y justos, la frase de Sir William Sheppard Campell que ha sido consignada en la parte posterior del diseño gráfico de este álbum. Vale la pena hacerlo, sobre todo por aquello que pueda tener de docente por fuera de la anécdota. Dice así: "Victoria es, a veces, atreverse al fracaso en búsqueda de una voz propia."
Y como quien dice voz propia también dice vida propia, la frase será aplicable a cualquier persona que un día decida arriesgarse a fallar, por ser éste el único modo de llegar a aprender si acaso no estará allí la respuesta buscada, por más que luego se revele que no, que no estaba allí, acaso en otra parte.
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jueves, enero 06, 2011
Literatura infantil
Los rótulos algunas veces pueden servir como guías. Sin embargo, casi siempre su papel principal parece ser el de generar confusiones. Esta regla tiene validez universal, y por ello el buen criterio debería aconsejarnos evitar los rótulos siempre que ello sea posible. Sobre todo cuando se trata de cosas tan inasibles como, por ejemplo, el arte. Pero ya se sabe: el sentido común es el menos común de los sentidos, y es así como nos convertimos, por hábito o por convicción, en pertinaces maestros de las clasificaciones.
Hablar de literatura infantil supone una torpeza: salvo que hablemos de relatos gestados y escritos por los propios infantes, lo correcto sería decir literatura para niños. Pero esto también es relativo. ¿Quién dice que tal o cual libro sea o deba ser necesariamente para chicos o para adultos? Ya están allí de nuevo presentes las categorías y los rótulos.
Alguien le regaló a mi hija, de trece años, un supuesto clásico de la literatura para niños titulado La historia interminable, obra escrita por Michael Ende en 1979. Lo de supuesto no alude, por supuesto, a la categorización de clásico, sino a la de literatura para niños.
Leo, por ejemplo, en las primeras páginas de este bellísimo libro:Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas. Hay hombres que se juegan la vida para subir a una montaña. Nadie, ni siquiera ellos, puede explicar realmente para qué.
No creo que sea necesario realizar mayores comentarios sobre este párrafo. Pero sí quisiera dejar sentadas, tomadas más adelante del mismo libro, estas otras palabras:Se puede estar realmente convencido de querer algo, quizás durante años, si se sabe que el deseo es irrealizable. Pero si de pronto se encuentra uno ante la posibilidad de que ese deseo ideal se convierta en realidad, sólo se desea una cosa: NO HABERLO DESEADO.
Seguramente la elección de estos dos breves párrafos no sea arbitraria. Aunque lo cierto es que reparé en ellos en otro momento, en otras circunstancias. Tal vez, si hoy volviera a leer este mismo libro, me detendría en otras páginas, en otras frases. Respeto no obstante aquella selección. Y si rescato estos pasajes precisamente hoy, que es Día de Reyes, es porque de pronto siento la necesidad de reivindicar esa fantasía que algunos insisten en relacionar con el mundo de lo infantil, como si los adultos necesariamente hubiésemos perdido la capacidad de gozar y crecer imaginando imposibles.
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miércoles, enero 05, 2011
Historias como espejos
Hay gente que se dedica a contar historias. Del mismo modo en que hay quienes se dedican a volcar sus ideas, más o menos lúcidas, en blogs parecidos a éste. Pero quien más, quien menos, todas las personas ceden en algún momento a la recurrente tentación de contarle a otras, que oficiarán de testigos, diferentes relatos, en los cuales cada uno de estos narradores ocupará, muchas veces secretamente, el lugar de los protagonistas principales.
Cada tanto tenemos esta necesidad: la de contar una historia que nos describa. Compartimos así con el mundo nuestras angustias, nuestros temores más íntimos, nuestras frustraciones y nuestras esperanzas. Plasmando nuestros deseos en palabras, lo que pretendemos es convertirlos en algo tangible. Convirtiendo nuestros miedos en palabras, lo que pretendemos es exorcisarlos.
Sucede algo interesante: durante todo el tiempo en que estamos contando estas historias, la realidad y la ficción en cierto punto se confunden. Experimentamos una miseriosa satisfacción cuando el personaje del relato que narramos, o el de la historia que nos es narrada, que en definitiva es otra forma de lo mismo, consigue por ejemplo besar a la chica de sus sueños, como si el logro fuese nuestro. Del mismo modo, la angustia que nos carcomía antes de que la historia fuese puesta en juego parece desvanecerse, como por arte de magia. Y es que durante la vigencia del relato, quien está triste, angustiado, frustrado, no es el narrador, sino el personaje.
Para eso es que contamos historias, que en el fondo siempre son nuestras propias historias: para sentirnos mejor. En tanto dura el relato la angustia desaparece, o por lo menos se transfiere a ese personaje imaginario que somos nosotros mismos reflejados en el espejo del lenguaje. También nos regodeamos con los logros de ese ser ficticio, que sin embargo es al mismo tiempo una expresión de nosotros mismos. En ciertas ocasiones estas dos dimensiones se confunden de un modo tal que el narrador ya no sabe quién es él realmente, y quien el personaje de su relato. Narrador y personaje, personaje y narrador, ambos se confunden; los límites entre uno y otro se difuminan por completo. Algunos consideran esto como una patología. Otros ven en lo mismo una manifestación poética.
Alguna vez uno de los más grandes poetas y músicos argentinos, Gustavo Cuchi Leguizamón, compuso una zamba a la que tituló Me voy quedando ciego. Al Cuchi le habian diagnosticado cataratas. Y durante un tiempo llegó a perder la vista, hasta que una milagrosa operación logró revertir el proceso. Fue un tiempo antes de esta operación que el Cuchi compuso esta zamba. Y cuando más tarde la tocara en público, humildemente explicaría su cometido: "Una vez me tocó quedarme ciego, mientras esperaba la operación de cataratas que me hicieron después. Por supuesto, andaba yo más triste que perro que perdió el dueño. Y se me ocurrió componer esta zamba. Para que fuese la zamba la que anduviera triste, y no yo."
Por todas estas cosas es que uno cuenta y se cuenta historias. Todos lo hacemos. La diferencia es que algunos logran separar mejor la ficción de la realidad. Los otros son los locos. Y los poetas. A veces, como si de un narrador y sus personajes se tratara, resulta definitivamente muy difícil distinguir a unos de otros.
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lunes, enero 03, 2011
La elusiva lucidez
Cada vez que comienza un nuevo año, plantearse proyectos y buenas intenciones resulta una costumbre casi inevitable. Por más que uno pretenda mantenerse al margen de semejante tentación ella aparece, tal vez como un reflejo del entusiasmo general. Más allá, ni hace falta decirlo, de que el referido entusiasmo suele ser tan general como inconstante, de que del dicho al hecho hay largo trecho, y de que solamente el tiempo podrá decidir más tarde si tantas buenas intenciones habrán de quedar o no en ser algo más que eso.
Lo cierto es que me he propuesto para este año dedicarle un poco más de tiempo a la actividad de escribir. ¿Escribir qué? Eso no lo tengo todavía del todo claro. Siempre hay cartas pendientes, reflexiones que es necesario materializar de algún modo (para el caso de que las palabras sean algo material), pensamientos de otras personas con los que uno se topa y de los cuales conviene llevar registro (que no se debe confiar nunca demasiado en la memoria). Pero es posible que esta cuestión ni siquiera interese tanto. El que las frases, los temas, los argumentos, vayan surgiendo por sí solos, parece ser parte del desafío. Hay otra pregunta cuya respuesta podría acaso tener mayor interés: ¿escribir para qué? Nótese que ni siquiera se plantea la tradicional cuestión del para quién se escribe, que dejamos pendiente para otra ocasión, sino la utilidad, la finalidad misma del acto de la escritura.
Escribir. ¿Para qué? Ciertamente no será con un fin meramente distractivo. Tampoco será para obtener fama, ni para impresionar a ninguna persona. Tal vez podría justificar este acto como una ingenua tentativa por dejar detrás de mí una huella, pero es probable que semejante pretensión no tenga demasiado sustento. En este punto la tentación de preguntarnos para qué escriben quienes han hecho de la escritura un modo de vida es grande, pero en este caso sí lograremos resistirnos. No se trata de los demás, sino de este caso en particular. Entonces termino por confesarme que en el fondo de esta práctica hay un intento por aferrarme a una lucidez que reconozco, de un tiempo a esta parte, cada vez más elusiva.
No obstante la verdad de esto que acabo de escribir, me siento en la obligación de aclarar que ello no implica necesariamente un deterioro progresivo de mis facultades. Tal vez se trate, de hecho, precisamente de lo contrario. La lucidez siempre ha sido algo elusivo. Y no puede ser sino un rasgo de lucidez el darnos debida cuenta de ello.
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viernes, diciembre 31, 2010
2010 - 2011
Otro año que llega a su fin. Por supuesto, el conteo es siempre arbitrario, quién dice aquí termina un año y comienza el otro, o cómo es posible que en China ya sea 2011 y en cambio aquí, en este olvidado rincón del sur, la gente todavía se apure para llegar a sus casas, como si en eso se les fuera la vida, sólo para esperar luego a que el reloj marque las 00:00, un año se terminó, comienza el otro. ¿Todo cambia para que nada cambie? ¿O todo cambio depende de nosotros? Cambia, todo cambia. Al margen de los calendarios. Es crecer, por supuesto. Aunque también sea ir despidiéndose de a poco de estos cielos, de estos mares, de estas tierras, de este mundo.
Siempre me llamó la atención la ceremonia de espera de la medianoche, de esa frontera tan invisible como fugaz que separa la nochevieja del año nuevo. Las discusiones por ver si el reloj de tal o de cual pariente está debidamente puesto en hora, no sea que festejemos en falso, un minuto antes o uno después de que sea el momento adecuado, o fuera de la perfecta y esperada sincronía. Entonces, una vez más, es mi maestro Saramago quien me ilustra sobre la cuestión, en todas partes sucede más o menos lo mismo, y esto es lo que ocurre, por ejemplo, durante la noche de un fin de año de 1935, la impaciente espera por un nuevo 1936, en Portugal:
...Faltan cuatro minutos para la medianoche, ay la volubilidad de los hombres, tan cuidadosos del poco tiempo que tienen para vivir, siempre quejándose de que la vida es corta, que deja sólo en la memoria un blanco son de espuma, e impacientes aquí porque pasen los minutos, tan grande es el poder de la esperanza.
La esperanza. Siempre recuerdo con una incierta melancolía aquella ácida sentencia que comienza por reconocer, acorde al dicho popular, que es verdad que el tiempo es un excelente maestro... Pero sólo para añadir enseguida que, sin embargo, este maestro tiene una pésima costumbre, que es la de terminar matando indefectiblemente a sus alumnos. Así es como el tiempo viene a ser nuestro equivalente cotidiano del mitológico dios Saturno, aquel que se alimentaba con la carne de sus propios hijos.
Pero hemos escrito esperanza. Y esperanza tiene que ver con espera. Vale decir, con el paso del tiempo. La paradoja es así evidente: esperamos lo mejor y lo más temido en el mismo horizonte. El inicio de un nuevo y mejor tiempo en la misma dirección en que se halla el final de los tiempos. De los tiempos propios al menos. O de todos, tal vez, que tanto no sabemos.
Y aunque sea mentira que uno siempre espera lo mejor, por pura perversión a veces, y otras simplemente porque resulta difícil saber qué cosa será mejor que otra hasta tanto el propio tiempo nos demuestre lo que deba venir a demostrarnos al respecto, también es verdad que en medio de estas incongruencias, tan propiamente humanas, se abren a veces ciertos marcos de esperanza.
Que crea quien pueda. Que a mí por lo general me costaría trabajo. Después de todo, la esperanza también estaba en su momento allí, adentro de la caja de Pandora. Claro que entonces aparece el dicho, listo para explicar el aparente malentendido: no hay mal que por bien no venga. ¿Será así?... Ya se verá. En cualquier caso, esta vez me dispongo a recibir el futuro con esperanza. Razones no me faltan. Ya el tiempo se dedicará más tarde a hacer eso que tan bien sabe hacer. Mientras tanto, mi presente está revestido con esa tonta fe que, según dicen, puede a veces mover montañas.
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martes, diciembre 21, 2010
La felicidad de los otros

El niño tiene entre sus manos un pequeño auto de juguete que le han obsequiado. No se trata de un juguete cualquiera: colorido, lustroso, flamante, por el modo en que el niño juega con él estaríamos tentados de decir que es el auto de juguete que cualquier chico desearía tener.
Cerca hay un segundo niño, que mira la escena con sumo interés. Aunque en realidad no mira la escena: sus ojos son solamente para el auto de juguete. Finalmente se decide, se acerca hasta el dueño del mágico objeto y le dice algo.
Hay un instante de indefinición. El tiempo parece detenerse. Ahora el primero de los niños ha dejado de jugar y mide con la mirada a su interlocutor. Tal vez sea su amigo, aunque también puede que se trate apenas de un compañero de juegos ocasional. En cualquier caso, una sombra de duda atraviesa su rostro. Pero finalmente confía y cede: con mucho cuidado, el dueño del juguete lo deposita, junto con su confianza, en las manos del segundo niño.
Antes de que llegue a transcurrir un minuto, si el reloj no nos engaña, el auto de juguete estará roto. Es curioso: en verdad lo importante para el segundo niño no fue tener lo que el otro tenía, sino que el otro no tuviese, siendo que tampoco tenía él. En otras palabras, no era el deleite propio el objetivo, sino la nivelación: si yo no tengo, tampoco tendrás tú, si yo no puedo ser feliz, tampoco serás feliz tú.
Incluso sin saberlo, el segundo niño acaba de cometer su primer crimen. Otros llegarán, inevitablemente, más temprano que tarde.
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domingo, diciembre 12, 2010
Razones para descansar
El guerrero japonés fue apresado por sus enemigos y encerrado en un calabozo. Aquella noche no podía conciliar el sueño, pues estaba convencido de que a la mañana siguiente habrían de torturarlo cruelmente. Entonces recordó las palabras de su maestro zen:
- El mañana no es real. La única realidad es el presente.
De modo que volvió al presente... y se quedó dormido.
Bonita anécdota, que me regala una estudiante en su último parcial, y que me convence de que el momento que perdemos tontamente en el presente no logrará hacernos sentir mejor por la mañana.
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miércoles, diciembre 08, 2010
Lucía
Ella se llama Lucía. Curiosa, hace algunos años le preguntó a su padre el porqué de tal nombre. Su progenitor, solícito a la vez que escueto, le explicó que ella había sido bautizada así gracias al influjo de cierta canción. Alcanzó esta explicación para que Lucía sintiera, durante un cierto tiempo, que su nombre remitía inevitablemente a un cielo salpicado de diamantes, tal como había sido plasmado por la imaginación y la pluma de John Lennon.
Grande fue la desilusión de esta muchacha cuando años más tarde y casi de casualidad vino a enterarse que nada tenían que ver Lennon, la Banda de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta ni el tema Lucy in the sky with diamonds con la elección de sus padres. Lo cierto es que ellos habían elegido su nombre fascinados por una canción titulada Lucía, de un tal Joan Manuel Serrat.
En ese momento supo Lucía, incluso sin saberlo en tales términos, que su nombre no era más que una representación falaz, como tantas otras. Y además supo que su derecho a tener su propia representación había estado siempre en manos de otras personas.
Uno jamás es quien realmente es, sino lo que logra hacer con eso que los demás hacen de sí mismo (Jean Paul Sartre dixit...)
---------------------------
P.S.: Hablando de Sartre, alguien me hace llegar la siguiente sentencia, atribuida al pensador francés:
"Las palabras hacen estragos cuando encuentran un nombre para lo que hasta entonces ha vivido innominado."
Dejo la frase anotada aquí, porque creo que valdrá la pena detenerse a reflexionar en algún momento sobre el particular. Por de pronto, digamos que las personas son por naturaleza innominadas, hasta que alguien viene a decirnos que nos llamamos de tal o cual modo.
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sábado, noviembre 20, 2010
La naturaleza de la verdad

Mi colega Abel Vera Hidalgo publica en su blog una leyenda oriental que pretende echar un poco de luz sobre la cuestión de la naturaleza de la verdad. ¿De qué cosas puede decirse que tengan correspondencia o no con la verdad? De eso se trata.
Dice esta leyenda que cierta vez un sultán decidió que obligaría a la gente a decir la verdad. A la ciudad se entraba por un puente, de modo que levantó allí un patíbulo y al lado hizo colocar un cartel bien visible que advertía: “Todo aquel que pretenda entrar será interrogado. Si dice la verdad, se le permitirá la entrada. Si miente, será colgado.”
A la mañana siguiente la ciudad abrió sus puertas. El capitán de la guardia se apostó junto al patíbulo con un escuadrón y comenzó a interrogar a todo aquel que pretendiese entrar. Al llegar el turno de Nasrudin, le preguntó:
— ¿Para qué viene usted a la ciudad?
— Vengo aquí para ser colgado —respondió Nasrudin.
— ¡Está usted mintiendo!, exclamó el capitán.
— Muy bien, si he mentido, ¡cuélgueme!
— Pero si lo cuelgo por haber mentido, habré hecho que lo que usted dijo sea cierto...
— Así es. Ahora ya conoce cuál es la naturaleza de la verdad.
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martes, noviembre 16, 2010
Calma
Enseña Lin Yutang que, además del noble arte de hacer cosas, también existe el nombre arte de dejar ciertas cosas sin hacer.
La sabiduría vital -explica- consiste en la eliminación de aquellas cosas que no son esenciales.
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lunes, noviembre 15, 2010
Simone de Beauvoir

Encuentro en Facebook esta perlita. La mujer que aparece desnuda en la fotografía es nada menos que Simone de Beauvoir. La portada corresponde a una edición de Le Nouvel Observateur, y conmemora el centenario del nacimiento de la pensadora. El comentario que acompaña la imagen en la red social señala que la tapa causó en su hora un gran revuelo feminista, pues se acusó al medio de sexista, por no haber publicado nunca el desnudo de un filósofo varón. Razón no le falta a este argumento, aunque dudo que la gente hubiese comprado con igual entusiasmo una revista en cuya portada hubiese aparecido desnudo Jean Paul Sartre.
Ahora bien, ¿qué es lo que tiene tan de particular esta fotografía? Sin duda, el hecho mismo de tratarse de Simone de Beauvoir. Pareciera que el sentido común se encabritase ante la evidencia de que una pensadora pueda tener un cuerpo, máxime si se trata de un cuerpo atractivo y desnudo. ¿Por qué habrían de ser incompatibles el mundo de la sensualidad y el mundo de las ideas?
De sinrazones como ésta está hecho el mundo. Curiosamente, el mismo día en que encuentro esta fotografía de Beauvoir me entero de que una tal Alexandria Mills, Miss Mundo 2010, enfrenta un escándalo por la difusión de una imagen suya. Mills, quien a diferencia de la francesa no tiene que lidiar con la contradicción entre la carne y la mente, fue la primera estadounidense en llevarse ese título de belleza. Pero al parecer la jovencita tuvo la mala idea de posar desnuda en su baño para que su novio de entonces le tomase una foto, que por supuesto no tardó en llegar a internet. Ahora le quieren quitar su corona. Y no es que el asunto me importe, pero sinceramente no entiendo el problema. ¿No fue elegida esta señorita Miss Mundo precisamente por su cuerpo y no por sus ideas?
Superada en occidente la moral victoriana, el cuerpo continúa siendo en más de un sentido una asignatura pendiente. Ya sea porque lo superficializamos, vaciándolo de todo sentido, o porque lo hacemos desaparecer en el campo de las nuevas tecnologías, o simplemente porque todavía nos ofende.
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martes, noviembre 09, 2010
Más sobre el amor 4: Un bello engaño
¿Cuál es el sentido de ese extraño estado de desequilibrio, tanto de la razón como del espíritu, que es el enamoramiento?
Podrían arriesgarse muchas respuestas. Sin embargo, la verdad es que el enamoramiento (Jean Baudrillard afirmaba esto mismo respecto del sexo) no es sino una bella forma biológica del engaño. Porque a través del amor (y lo mismo puede ser aplicado al sexo) logramos olvidar por momentos nuestra miserable condición de mortales. Por eso nos enamoramos, y copulamos, y gracias a eso logramos perpetuar la especie.
Ya sabía yo esto. Pero me gustó la forma en que pude leerlo en el marco de uno de los trabajos sobre el amor que me entregaron mis estudiantes: El ser humano tiene conciencia de su finitud, de que algún día se va a morir. Estar enamorado alivia esa angustia. Por eso creo que uno se enamora para sentirse mejor; porque estar enamorado es algo que nos aleja de la muerte. No es lo mismo pensar en morir solo, que pensar en morir de la mano de la persona a la cual uno ama.
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lunes, noviembre 08, 2010
Más sobre el amor 3: Encuesta
Marianela, de 23 años, responde a una encuesta que hemos preparado y que versa sobre el siempre complicado tópico del amor.
Primero le preguntan cómo es eso de andar enamorada, y ella responde que el amor es como estar ciego, que no te importa ninguna otra cosa, y cuenta que cuando él la iba a buscar ella siempre tenía como un dolor de estómago debido a los nervios.
Luego le preguntan qué esperaba ella del otro, en esa relación, y Marianela responde con palabras tales como respeto, diversión, confianza y seguridad.
La siguiente pregunta dice: ¿Qué pasa cuando empezás a conocer realmente a la otra persona?
Marianela responde enseguida, sin pensarlo demasiado: En cuanto comenzás a conocer al otro, cagaste. Te preguntás: ¿Dónde mierda me metí? ¿Cómo no me dí cuenta antes? Y ya nada vuelve a ser igual.
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domingo, noviembre 07, 2010
¿Qué se puede esperar de un hombre que ni siquiera escucha música?
Leo en el parcial de una de mis estudiantes algo que no puede ser sino un acto de catarsis: "Creo que hoy fue mi último día de trabajo; sin dudas me echan. Grité más fuerte que el presidente, largué un llanto incontenible y cerré mi discurso con un portazo. Las reglas de urbanidad aconsejan cuidar las formas para que nuestro legajo no sea dado de baja. ¿Usted quiere permanecer en su lugar de trabajo? Pues intelectualice su condición natural y controle al máximo su espontaneidad sensitiva. Si al final de la jornada le duele la nuca es porque hizo bien la tarea."
Me quedo pensando en muchas cosas. Por ejemplo, en cómo sería posible evaluar algo así, aunque en el fondo ese es el menor de mis problemas. Otros no saben cómo evaluarlo, pero yo sí logro ver el enlace con los contenidos de la materia. Hay aquí muchísimo más enlace que en muchos textos de pura teoría.
Pero sigamos leyendo otro poco: "En un intento desesperado por ubicarme en el lugar del empleado anestesiado, el Secretario General sentenció: "¡no servís para nada!", pero lejos de afligirme esa frase me llenó de júbilo, porque el "nada" encierra en realidad un número pequeño de actividades que tienen que ver con servir café, acomodar papeles, mandar mails, prender la estufa de las oficinas... Lo que no sabe el Dr. F. es que son otras las cosas que me importan. No sabe que yo sirvo para hacer teatro, para pintar, escribir poemas o bailar. Entonces me río de su mierdosa situación contemporánea, porque ¿qué se puede esperar de un hombre que ni siquiera escucha música?"Esta es una de las delicias que tiene la docencia. El aprender siempre cosas; incluso cosas que uno en el fondo ya sabía, pero que se aprenden de nuevo cada vez que alguien más te las repite, como en un juego de magníficos espejos.
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sábado, noviembre 06, 2010
Inevitabilidad
Buscando algo en Internet, ya no recuerdo si acerca de los fantasmas, sobre Solón de Atenas o sobre los jabones Sunlight (puede que haya sido en realidad sobre las tres cosas), encuentro un archivo en formato pdf. Recuerdo entonces (en realidad lo recordé un momento más tarde, pero la diferencia no viene al caso) aquella sentencia que asegura que si uno abre un libro en un lugar cualquiera y lee con suficiente atención, es posible que ese libro le diga algo de cierta importancia. Me pregunto entonces si con los libros en formato electrónico sucederá lo mismo. Tal vez sí, acaso no. Pero lo cierto es que luego de abrir el pdf en cuestión y mover al azar la barra de scroll, alcanzo a leer lo que sigue:
Lloraba Solón la muerte de su hijo.
Un amigo se acerca y le dice:
— ¿Por qué lloras, si sabes que es inútil?
— Por eso —contestó Solón. Porque sé que es inútil.
Antes de entrar al blog para dejar consignado este hallazgo, guardé el pdf en una de las carpetas del disco rígido de mi máquina y me prometí conseguir un ejemplar en papel de El libro del fantasma de Alejandro Dolina en cuanto me fuese posible.
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jueves, noviembre 04, 2010
Más sobre el amor 2: Lucidez
Ella recuerda de pronto un diálogo amoroso, probablemente no tan lejano en el tiempo, pero de seguro considerado ahora desde un lugar diferente del que habrá tenido en el momento de ser su coprotagonista. Motivada por los azarosos caminos a los cuales suelen conducir las conversaciones extensas, aparentemente ella decidió aquella vez embarcarse en la ardua y vana tarea de intentar explicarle a él lo obvio; vale decir, que ella en realidad no estaba ni siquiera cerca de ser todo eso que él decía ver en su persona.
- Vos podés pensar de vos misma lo que quieras, pero para mí sos lo que yo veo en vos y punto, habría sido la respuesta del muchacho.
Vale decir, una declaración de amor sincera y lúcida como pocas, aunque por ello mismo cabrá dudar en cuanto al efecto que finalmente haya tenido.
"Su representación de mí -señala hoy esta muchacha- era solamente suya y él no tenía ninguna intención de superponerla con la mía." Entonces se pregunta: "Pero, ¿vuelve acaso al sentimiento menos real el hecho de que esté basado en una mera representación?"
Me temo que la respuesta a esta pregunta sea un rotundo NO.
Claro, es necesario tener en cuenta que con el paso del tiempo, que lleva a la transformación del enamoramiento en amor, y luego al amor hacia un cariño mutuo, siempre que los integrantes de la pareja no se aniquilen antes en el intento, las cosas suelen cambiar. O dicho de otro modo: las representaciones se vuelven otras.
Sentencia de todos modos Lucía: Aceptar la imposibilidad de conocer al otro es entregarse a amarlo aceptando el riesgo.
Bonita conclusión, no cabe duda. Yo quise preguntarle qué había pasado finalmente con aquella pareja suya. Pero no me animé a hacerlo y presumo que me quedaré para siempre con la duda.
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sábado, octubre 30, 2010
Charles Bukowski
Confesión se titula el poema. Y confesión es la mía: no me gusta la literatura de Bukowski. Jamás me gustó.
Sin embargo (siempre hay un sin embargo), este poema en particular, en el cual Hank llega al final de sus días y reconsidera, entre otras cosas, el siempre problemático asunto del amor, me reconcilia con el poeta maldito. Porque habla de mí. Porque me espeja.
Dice el poema en cuestión:
Esperando a la muerte
como un gato
que quiere saltar sobre la cama.
Compadezco a mi mujer.
Ella tiene que ver este tieso
blanco cuerpo moverse una vez,
y después quizá de nuevo: “¡Hank!”
Hank no quiere responder.
No es mi muerte lo que me preocupa,
es mi mujer sola con este
montón de nada.
Quiero hacerle saber que
aún después de tantas
noches durmiendo a su lado
hasta las inútiles
discusiones fueron cosas
siempre espléndidas
y las difíciles palabras que
siempre temí decir ahora
pueden ser dichas:
Te amo.
Yo no quisiera esperar a la antesala de la muerte para decir estas cosas. Pero me temo que por más que las grite, hasta desgañitarme, esas palabras no habrán de ser escuchadas. O consideradas ciertas. O debidamente comprendidas.
Este es el tipo de cosas que aborrezco del amor.
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miércoles, octubre 27, 2010
Metáforas
Según el diccionario de la Real Academia, una metáfora consiste en el traslado del sentido literal de una voz a otro sentido, ahora figurado, en virtud de una comparación tácita. Ofrece algunos ejemplos: Las perlas del rocío; la primavera de la vida... También dice que puede tratarse de la aplicación de una palabra o expresión a un objeto o concepto al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación (con otro objeto o concepto, distinto del primero) y facilitar de este modo su comprensión. Por ejemplo, si uno dice que el átomo es un sistema solar en miniatura.
En definitiva, una metáfora podría definirse entonces como el uso por el cual una cosa pasa a ocupar funcionalmente el lugar de otra, que en realidad es algo diferente.
Pero entonces el problema de la metáfora adquiere un perfil cuasi filosófico, que bien podría plantearse en los siguientes términos: si dos cosas son distintas, pero al mismo tiempo sustituibles en definitiva la una por la otra, ¿hasta qué punto tiene sentido seguir sosteniendo que son cosas diferentes?
Recuerdo en este punto la lección de un maestro que sostenía que esas palabras que alegremente solemos categorizar como sinónimos en realidad jamás significan con exactitud lo mismo unas y otras. Cada palabra tiene un matiz que es único y en todo caso somos nosotros quienes sabemos o no distinguirlo. Pasados tantos años desde aquella clase que todavía recuerdo, hoy yo estaría dispuesto a ir incluso más lejos, para afirmar que una misma palabra, dicha por diferentes personas, tiene sentidos diversos. E incluso una misma expresión, puesta en boca de una misma persona en dos momentos diferentes de su vida, una vez a la mañana y una segunda vez a la noche del mismo día, por ejemplo, quieren decir cosas diferentes.
Pero no quisiera irme de tema: hablábamos de las metáforas. Y el punto es que estamos tan acostumbrados a recurrir a ellas, que no solemos tomar en cuenta que en definitiva las metáforas no son sino una forma más o menos poética del engaño. Pero siempre son un engaño, al fin y al cabo. El futuro no se ubica adelante, ni el pasado está atrás. Estar mal no siempre se relaciona con estar abajo (de lo contrario la gente no haría buceo, ni los amantes se pondrían uno encima del otro), y estar arriba no siempre significa estar mejor (lo sabe cualquier persona atrapada en el piso alto de un edificio durante un incendio). No toda evolución es algo positivo (basta pensar en el triste ejemplo de un tumor). La lista de ejemplos podría extenderse, pero seguramente sería en vano hacerlo.
De todos modos, el engaño más grave que suele generar la metáfora es el que ya se ha venido insinuando desde el primer párrafo de estas líneas: No existe absolutamente ninguna cosa en el mundo que pueda ser cambiada por otra sin más, como si se tratara de lo mismo. Por más que lo pretendamos, nunca nada es lo mismo.
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martes, octubre 26, 2010
Más sobre el amor
Otro parcial, y de nuevo el tema del amor. En este caso se trata de una estudiante que descree de la postura de Jean Paul Sartre y de su mirada del amor como una relación bélica. La estudiante dice que lo bélico puede estar, acaso, en el deseo de posesión del otro. Pero plantea la posibilidad de una entrega total, desinteresada y generosa, atravesada por una confianza en la cual nada se oculte, sin vergüenzas ni reproches, marcada por una libertad total.
Le respondo que su mirada es utópica. Que la agresividad latente en cualquier forma del amor reside en la objetivación que los amantes hacen cada uno respecto del otro. Que jamás nadie se enamora de ninguna otra persona, sino apenas de una idea, de una proyección imaginaria que el enamorado caprichosamente construye en torno de lo que el otro supuestamente es. Y la agresión, entonces, reside en el hecho mismo de desconocer e incluso negar la realidad de ese otro, del cual uno dice estar enamorado, reemplazándolo inevitable y egoístamente por esa idea, que en realidad el otro no es.
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lunes, octubre 18, 2010
Cuestiones sobre el amor

Cuando leí por primera vez el libro La más bella historia de amor, de Dominique Simonnet, me llamaron la atención varios pasajes que subrayé mentalmente. Hace unas horas, mientras corregía parciales, uno de esos pasajes me tomó por asalto nuevamente, y esta vez cedí a la tentación de dejarlo registrado en esta bitácora.
Dice Simonnet: "El amor no es democrático, no responde a la justicia ni al mérito. Sigue siendo del orden de la preferencia, vale decir, de la elección indebida de un ser humano en detrimento de otro. ¿Por qué enamorarse de x más que de y?..."
La palabra indebida me provoca, muy a pesar de que sé que está bien aplicada. El punto es que nunca nos enamoramos de la persona correcta, simplemente porque no nos enamoramos de un otro real, sino de una representación imaginaria -y por lo tanto ficticia- que respecto de ese otro establecemos en nuestra conciencia.
Apenas más adelante, y tras hacer una obligada referencia a las complejidades que son propias del amor, la misma estudiante que hace un instante citaba a Simonnet sabiamente acota, con palabras que ya son de su propia cosecha: "Vale decir entonces que nadie elige a quién amar. Pero lo cierto es que, a pesar de todo, seguimos amando."
Nadie elige a quién amar. Y sin embargo se ama. Aparentemente todo esto forma parte de un enorme, gigantesco malentendido. Un malentendido vital, de todos modos, que entre otras cosas permite que la especie humana continúe floreciendo sobre la faz de la Tierra.
Unos minutos más tarde, ya desde las páginas de otro parcial, un segundo estudiante insiste en ilustrarme sobre estas cuestiones: "En el amor, los sentimientos son intransferibles, incomunicables, inexplicables. Incluso cuando haya un sentimiento igual por parte de la otra persona, esto ha de seguir siendo así, inevitablemente, desde el momento en que jamás podremos sentir aquello que es sentido por el otro."
(De cosas así están hechas mis clases en la universidad.)
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lunes, octubre 11, 2010
Citas para una tesis
Fernando Pessoa escribe acerca de la velocidad... Esa actual velocidad de las cosas. Y llega a la curiosa conclusión de que nuestro tiempo no es precisamente veloz. Sugiere que vivimos, en todo caso, la ilusión de una falsa velocidad:
"La velocidad de los vehículos nos ha quitado la velocidad de nuestras almas. ... Nos movemos muy rápido desde un punto en donde nada se hace hasta otro donde no hay nada que hacer, y llamamos a esto la prisa febril de la vida moderna. Pero no se trata de la fiebre de la prisa, sino de la prisa por la fiebre."
Y luego añade, en una preclara lección acerca de los verdaderos valores de nuestro tiempo:
"Toxicómanos de la velocidad, cartoneros cinematográficos, no admiramos la belleza, sino más bien su traducción. Cualquier calle tiene numerosas muchachas no menos bellas que los rostros cinematográficos. Cualquier oficina expele a la hora del almuerzo jóvenes tan apuestos como los hombres huecos de las pantallas. Estúpidos como una Mary Pickford o un Rodolfo Valentino. ... Cualquier dactilógrafa desviada que se convierta -como lo haría la mayoría, si pudiese- en amante de una estrella de la cinematografía, notará al cabo de una semana que, excepto por su rostro universalmente obvio, la pobre imagen es inferior en toda otra cualidad humana, superficial o no, a la mayoría de los muchachos que rodean a la idealista en su oficina cotidiana."
Y es verdad, así estamos: corriendo todo el tiempo hacia ninguna parte y adorando a los falsos ídolos que nacen y crecen en el seno de nuestra imaginación, mientras la vida real se nos escurre como si fuese arena entre los dedos de una mano.
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miércoles, octubre 06, 2010
Días de náusea y furia
Hay un personaje, en una novela escrita por Jean Paul Sartre, que viene a mi mente en este momento. Es un humanista. O por lo menos pretende serlo. Sartre lo describe, en un determinado pasaje de su libro, sentado en una mesa, conversando con otra persona, un discípulo. Hay una mosca dando vueltas. El personaje escucha a su interlocutor en silencio, en aparente calma. Pero en realidad es tal como dice el saber popular: la procesión va por dentro.
En cierto instante la mosca se posa sobre la mesa y entonces el personaje, con un tremendo golpe, decidido, desmedido, absolutamente desproporcionado, la revienta sobre la superficie del mueble, ante la sorpresa de su interlocutor, que del susto casi cae de su silla. El hombre entonces simplemente explica, mientras observa los restos de la mosca que han quedado adheridos a la madera: Acabo de hacerle un favor a este insecto.
No es difícil suponer que acaso este personaje en realidad hubiese querido matar no a esa mosca, en definitiva inocente, sino al estudiante que hablaba con él. O tal vez en el fondo deseaba acabar incluso con su propia existencia. No hay manera de saberlo. Finalmente, se trata sólo de un personaje ficticio. Y sin embargo nos lleva a preguntarnos por qué razón, a veces, un pretendido humanista puede convertirse, de la noche a la mañana, en un criminal en potencia.
Y la única respuesta que encontramos es que acaso no medie tanta distancia, finalmente, entre ambas posibilidades. Quizás la única diferencia, esa que marca la pauta que separa al humanista del criminal, sea un repentino rapto de lucidez.
Y es verdad que acaso valdría la pena aclarar si consideramos que la lucidez está de un lado (el del humanista) o del otro (el del criminal). Sin embargo no lo haremos. Dejamos este detalle en manos de las intenciones de cada lector. Que por otra parte la respuesta a esta pregunta puede cambiar, ya lo hemos dicho, de la mañana a la noche.
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miércoles, septiembre 29, 2010
Condenas
Vuelvo a leer el ensayo Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad, de Fernando Pessoa, y me detengo en este pasaje:
"Todo hombre ha contado, al menos, un buen chiste en su vida; pero no por ello es un hombre de ingenio. El chiste fue del momento, no del hombre. Todo hombre ha tenido, aunque sea una vez en la vida, una idea feliz, y no por ello es un pensador. La idea fue del destino, más que propia."
Concuerdo mayormente con el análisis de Pessoa. Pero entonces, precisamente por ello, no puedo menos que preguntarme si el mismo argumento no debería aplicarse a los casos opuestos, considerando ya no los rasgos positivos de ese hombre, sino los negativos.
Todo el mundo ha tenido alguna vez un desliz, un momento infortunado, en algún momento de su vida. ¿Qué hombre no ha cometido alguna vez un crimen? ¿Quién no ha defraudado, a otra persona o a sí mismo? ¿Alcanza con señalar estos hechos aislados, que más fueron del destino que de la propia voluntad, para condenar a una persona? ¿Para declararla culpable? ¿O no deberíamos también aquí considerar que la culpa debe ser adjudicada en buena medida al destino, a la ocasión, más que a una responsabilidad propia?
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sábado, septiembre 25, 2010
Happiness Is Only Real When Shared.
(John Christopher McCandless, 1968-1992)
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viernes, septiembre 24, 2010
De las disociaciones identitarias
Anoche conversaba, con mis estudiantes de la Universidad, sobre algunas cuestiones vinculadas a la conformación de la identidad de las personas, siempre tan complejas ellas, vale decir nosotros, individuos y sujetos al mismo tiempo. Alguien mencionó los trastornos de bipolaridad y alguien más (tal vez haya sido yo mismo) aludió a los casos de personalidad múltiple. En ambos casos pensé que, más allá de las claras patologías, todos somos en cierto punto bipolares y padecemos también de desórdenes de identidad disociada, entre tantas otras cosas. Que es todo cuestión de gradaciones, pero por favor: que nadie se equivoque pensando que está plenamente sano. No recuerdo qué de entre todas estas cosas las pensé solamente, y cuáles habré llegado a decir en mi clase.
Más tarde, regresando a mi casa, a bordo del tren Sarmiento, Ernesto Sábato me acercaba, desde su obra Hombres y engranajes, una cita de Dostoievski que venía a cuento, porque también habíamos estado hablando de la razón positiva y la deshumanización de la ciencia y la economía: "La razón, caballeros, es una muy buena cosa, eso es indiscutible; pero la razón no es más que la razón y sólo satisface a la capacidad humana de razonar, en tanto que el deseo es la manifestación de la vida entera, es decir, de toda la vida humana, incluyendo la razón y todas las comezones posibles... (...) Reconozco que dos y dos son cuatro es una muy buena cosa, pero de eso a ponerlo por las nubes... ¿Cuánto mejor no es esto de dos y dos son cinco?"
La cita me pareció simpática, por lo mucho que ella tiene de humana. El hombre podrá ser un animal racional, como planteaba Descartes, pero definitivamente no se resuelve solamente en eso. Su naturaleza compleja, incluso contradictoria, es mucho más fuerte que cualquier racionalidad que se le antoje. Como nota al margen, no quiero dejar de consignar aquí que Ortega y Gaset alguna vez dijo (no entiendo cómo se me pasó la oportunidad de citar la famosa frase en medio de mi alocución de anoche) aquello de que cada uno es quien es más su circunstancia. Por lo general esta frase se suele expresar en primera persona: "Yo soy yo y mi circunstancia." Quien habla no es el filósofo español solamente, sino cada uno de nosotros.
Sábato, con la misma lucidez y algunas palabras más, aunque tampoco tantas, señala a su turno: "La lógica vale para los entes estáticos, a los que se puede aplicar el principio de identidad; no para la vida, que es una constante transformación y, por lo tanto, una constante negación."
Seríamos, pues, quienes somos; pero también quienes no somos. Sentencia extraña, por cierto; pero por extraño que parezca comprendí a partir de ella algunas cuestiones vinculadas con estos sindromes de la disociación y la bipolaridad. Para mis adentros me dije, coincidiendo también con alguna otra lectura realizada tiempo atrás sobre la obra de Don Ernesto: Una sola vida no será suficiente.
La disociación identitaria, por ende, al igual que ciertos aparentes trastornos de la personalidad, los repentinos cambios de rumbo de los que a veces somos protagonistas, las marchas y contramarchas, que incluyen no sólo caprichos propios y del destino, sino también los efectos de un necesario aprendizaje, tal vez no sean en el fondo más que diferentes maneras de hacerle frente a la evidencia planteada al final del párrafo anterior.
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viernes, septiembre 03, 2010
Necesito algo que funcione como una película de los Hermanos Marx
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Dr. Jeckyl y Mr. Hyde
Los dos, el Doctor Jeckyl y el Señor Hyde, yacen derrotados en el fondo oscuro del barranco. Están inmóviles. Apenas sí se los puede escuchar proferir de vez en cuando algún lastimoso gemido, que podría provenir del primero tanto como del segundo. Al compartir ambos un mismo cuerpo, no es casual que la caída estrepitosa de uno de ellos haya arrastrado irremediablemente también al otro. Todavía tienen, los dos, un hálito de vida. El Señor Hyde lo aprovecha para maldecir por lo bajo al Doctor Jeckyl, como si pretendiera responsabilizarlo por el infortunio que padecen ambos. En silencio, el Doctor Jeckyl reflexiona, y se dice que no se ha tratado de mala fortuna, y que el responsable de la caída ha sido su alter ego, el Señor Hyde. Por extraño que parezca, ambos tienen razón. No en vano los dos son, finalmente, una misma persona.
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miércoles, septiembre 01, 2010
Fortune cookie
Estiro la mano y alcanzo un disco cualquiera, el que está arriba en el montón. Lo abro como para ver su diseño interno, sin ningún tipo de expectativa, sólo intuyendo quizás que ese gesto logrará distraer por un instante este malestar que hoy, desde hace ya un rato largo, me está torturando; y entonces leo:
El pasado ha huído
y lo que esperas todavía está ausente.
Pero el presente es tuyo.
(Proverbio árabe)
Por un instante creo comprender el sentido de ser de las famosas galletas de la fortuna. Aunque, por supuesto, lo probable es que una vez más me esté equivocando.
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lunes, agosto 09, 2010
Distintas facetas de un mismo problema
Visitando el blog de un antiguo conocido, encuentro una entrada que plantea más o menos lo que a continuación se parafrasea:
El problema según Platón:
¿Cómo es posible que con tan pocos elementos sepamos tanto?...
El problema según George Orwell:
¿Cómo es posible que conozcamos tan poco, considerando que disponemos de una evidencia tan amplia?...
El problema según Carl Sagan:
Saber tanto y entender tan poco, constituye una fórmula segura para el desastre.
El problema según Noam Chomsky:
Llegar a saber y entender situaciones antagónicas al bien común, impuestas por los sistemas totalitarios, y no tomar un grado de actividad y responsabilidad ante ellos, es lo mismo que no saber y no haber entendido.
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martes, agosto 03, 2010
Día del Niño

Tengo que buscar en Internet, para mi trabajo, imágenes para ilustrar una publicidad del Día del Niño. Busco entonces imágenes de niños felices, imágenes de niños sonrientes, imágenes con niños que resulten de algún modo simpáticas, porque la idea es que quien vea la publicidad en cuestión sepa, con sólo un golpe de vista, que ese día será de celebración, y está muy bien que así sea.
Pero sucede entonces que buscando en Internet, para mi trabajo, imágenes de niños felices y sonrientes, me topo con esta fotografía. Y entonces no puedo seguir buscando. Algo tengo que hacer con esta imagen, que por supuesto no me servirá para la publicidad que debo armar, pero ante la cual no puedo permanecer indiferente. Suspendo entonces lo que estaba haciendo y me detengo a buscar palabras, algo para decir, algo que al menos justifique la inclusión de esta fotografía aquí, pero no se me ocurre nada. La contundencia de la imagen es tal que cualquier comentario que haga saldrá sobrando.
Recuerdo entonces algo que una vez leí en los Cuadernos de Saramago. Un impacto similar, narrado por el autor ante otra imagen cruda, en aquel caso de la guerra, tres personas a punto de ser fusiladas, y toda una relexión acerca del antes, el durante y el después inmediato de los hechos narrados por aquella fotografía. Porque solemos ver las fotos sin verlas en realidad. Nos cuesta comprender que allí, detrás de la imagen, el papel, la luz, los colores, hubo en algún momento una realidad brutalmente real y concreta. ¿Quién será este niño? ¿Tendrá nombre, tendrá padres, tendrá algo parecido a una familia, a un hogar, tendrá alegrías, tendrá esperanzas?... ¿O será sólo desolación, tristeza y hambre? ¿Dónde habrá sido tomada esta imagen, hace cuánto tiempo atrás, qué habrá sido de este niño, donde andará, en qué se habrá convertido o se estará convirtiendo ahora mismo, en algún rincón del mundo? ¿Cuántos como él habrá, en este mismo instante, sin que siquiera nadie los vea ni piense en ellos, pues no tuvieron la dudosa fortuna de haber sido captados por el lente de una máquina fotográfica y subidos luego a Internet?
Confesaba Saramago su pesar ante la certeza de las incontables fotografías que, como ésta o como aquélla, vistas repetidas veces, una detrás de otra, segundo tras segundo, incansablemente, terminarían fatigando de tal manera nuestra sensibilidad que ya ninguna de ellas sería capaz de transmitirnos nada, por más horrorosas que fueran. Y su propuesta, entonces, era centrar la atención en solamente una fotografía, en solamente una imagen, que concentre y resuma de algún modo todo aquello que uno se vea impelido a sentir.
Esta es la imagen que elijo yo, por lo menos hoy. Para recordarme lo mucho que uno tiene, lo mucho que otros necesitan y lo ciegos que solemos estar ante el mundo. Para recordarme que hay niños que pasarán su domingo próximo buscando un mendrugo de pan para engañar al hambre, al mismo tiempo que otras personas sonreirán viendo fotografías donde otros niños sonríen, y hablarán del día del niño como si en el mundo no hubiese otra cosa.
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sábado, julio 31, 2010
Medir el tiempo
Los relojes ejercen una particular atracción sobre algunas personas. Es como si esos mecanismos, capaces de medir el paso del tiempo, encerraran alguna especie de magia o de insospechable secreto.
Antiguamente el paso del tiempo se medía por la posición de los astros en el cielo. No es casual, en este sentido, que justo a las 12 del mediodía las agujas de un reloj colocado en posición vertical señalen, precisamente, hacia el sol en su cénit. Más tarde aparecieron los relojes: de arena, de agua, de sol... Los primeros relojes estaban relacionados directamente con el paso del tiempo en el seno de la misma naturaleza. Mucho antes de que a alguien se le ocurriese hablar de la existencia de un "reloj biológico".
Más tarde aparecieron las agujas, trazando con su paso lento una circunferencia que de a poco, y sin que nos diésemos cuenta, nos fue encerrando. Por cierto, los primeros relojes de aguja sólo tenían una, que señalaba la hora. De alguna manera los tiempos eran más lentos, por más que una hora durara entonces lo mismo que hoy. Luego aparecerán el minutero, el segundero, el cronómetro, y todo el mundo comenzará a correr, incluso sin saber muy bien por qué razón ni hacia dónde.
Pero, ¿será definitivamente cierto que una hora dura siempre 60 minutos? Ya Albert Einstein señaló, en algún momento, que el tiempo se comporta a veces de maneras extrañas. Pero también es extraño que 60 minutos sean una hora, 60 segundos un minuto, y que para calcular las fracciones menores al segundo debamos pasar del sistema sexagesimal al decimal, y contar hasta 10 décimas o 100 centésimas para obtener una unidad.
Será por esto que David Chanson, un relojero suizo, propone una nueva manera de medir el tiempo, con una jornada que tenga 20 horas de 100 minutos cada una, en lugar de las 24 de 60 actuales. Dentro de este sistema, cada minuto tendría 100 segundos. Y todo sería mucho más coherente.
Se construyeron algunos relojes que adoptaron esta novedosa manera de medir el tiempo, se vendieron incluso unos cuantos, sobre todo entre coleccionistas de rarezas, pero en definitiva la propuesta no prosperó, por lo menos hasta ahora. Es que la idea tiene su lógica, pero la pragmática que resulta propia de la costumbre es mucho más fuerte. El hombre, se sabe, es un animal de costumbres. Y a nadie le divierte demasiado la idea de ir por el mundo preguntando la hora y no sabiendo si eso que le dicen como respuesta corresponde a un sistema o a otro, y mucho menos pensar en tener que reprogramar todo lo que ya está programado sólo para resolver un entuerto que después de todo tiene un arraigo histórico.
Así las cosas, el tiempo sigue pasando. Como un peso, como una liberación, como una expectativa, como una amenaza, indiferente por completo al modo en que cada uno de nosotros decida medirlo.
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