Hubo un tiempo en que la muerte era algo muy lejano.
Algo que –por supuesto– le pasaba siempre a otro
pero además no parecía capaz de alcanzarnos.
Fuimos tan ingenuos que, como escribió Cortázar,
nos sentimos dueños de una inmortalidad
de cuarenta o cincuenta años por vivir.
Después llegaron los desconciertos.
Cuando partieron los primeros eternos,
supimos que había llegado el fin de
nuestra extensa adolescencia.
Después la lista fatal comenzó a sumar
conocidos, estudiantes, compañeros,
artistas, poetas, amigos, parientes,
alguna muchacha que una vez nos deslumbró,
ausencias cada vez más jóvenes,
o al menos eso nos parecía.
Con el tiempo algunos nombres
comenzaron a mezclarse
o a disolverse en el olvido.
Entonces comprendimos
que también nosotros,
sin que nadie nos avisara,
habíamos empezado a envejecer.
(In memoriam Andrés Pizzuto)
miércoles, septiembre 02, 2026
Ausencias
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