martes, abril 17, 2007

Ilusiones


Desde hace varios días, semanas, incluso meses, esta imagen me inquieta. ¿Cuál es la razón? La verdad es que no hay ninguna razón aparente; aunque ya se sabe que las apariencias a veces engañan. Tal vez no quiero terminar de saber. Se trata, después de todo, nada más que de una tela, el estampado de un cubrecamas (el mío, para ser más puntual), compartido por dos almohadones sobre los cuales suele descansar cada tanto mi cabeza durante las noches.

Mi mente, sin embargo, se empecina en ver allí otras cosas, formas de hombres y de mujeres, por ejemplo, memorias de tiempos remotos, añoranzas de paisajes imposibles, los afanes de los cuerpos extraviados, allí donde tal vez sólo haya, después de todo, una humilde trama de hilos dispuestos de un modo un tanto caprichoso. Así es a veces nuestra mente, una fábrica de ilusiones. ¿O acaso será posible que, después de todo, esas percepciones que uno termina creyendo falaces sean, al fin y al cabo, la mirada verdaderamente lúcida de las cosas tal como deberían ser?

Hay días en que imagino que estos hombres y estas mujeres cobran vida, y entonces les pregunto acerca de todos los misterios sin resolver que me desvelan. Pero es en vano, por supuesto. No porque estos seres no me respondan nunca, sino que, cuando lo hacen, el sentido común me lleva a pensar que todo no ha sido sino un producto de mi febril imaginación.
Por otra parte las cosas que escucho tampoco son claras. Los mensajes me recuerdan las profecías del Oráculo de Delfos, que tanto podían ser interpretadas en un sentido o en su perfecto contrario. Tal vez estos mensajes debieran ser leídos entre líneas... como todas las cosas siempre, en definitiva.

Lo cierto es que cada noche que apoyo mi cabeza sobre estos almohadones, o me abrigo con ese cubrecama, un mar de delirios parece apoderarse de mí. ¿Serán realmente meras ilusiones? ¿O habrá en algún lugar de la mente una memoria inconfesable que me lleva una y otra vez a revivir una vida distinta de ésta, rodeado de esos hombres y esas mujeres estampados en la tela? Hay días en que siento que realmente necesito volver a estar entre ellos. ¿Será acaso una ilusión posible?

domingo, abril 15, 2007

Hablando de Dios... (humor agnóstico)


El hombre y sus creencias. Le ponemos a Dios rostro de hombre porque nos place, en lugar de imaginarlo mujer, que de ella es que surge la vida. Cometemos las mayores atrocidades en su nombre, que solemos invocar en vano. Y como si eso fuese poco solemos tener la jactancia de pretender que comprendemos sus divinos designios.

El cuento que sigue es conocido, pero tan bonito y aleccionador que vale la pena dejarlo asentado por escrito. Es la historia de un pueblo azotado por una inundación, producida por torrenciales lluvias. Pocos kilómetros arriba del pueblo hay un dique, que a causa de la crecida amenaza con ceder en cualquier momento. Por eso es que las autoridades han decidido evacuar a todos los habitantes. Las lanchas de la defensa civil recorren las calles, tapadas por el agua, para socorrer a los últimos rezagados. Entre ellos se encuentra el Padre Lorenzo, que resiste en su parroquia, indiferente al hecho de que el agua ya no permita ver los mosaicos del piso y amenace con cubrir dentro de poco el mismo altar.

- ¡Padre!... ¡Véngase con nosotros! ¡La presa va a ceder en cualquier momento!, le gritan los socorristas.

Pero el sacerdote permanece indiferente a la emergencia.
- No se preocupen, hijos míos. Yo sé que Dios no ha de abandonarme.

Esta escena se repite una, dos, cinco veces. Y siempre la respuesta del padre es la misma:
- ¡Vayan ustedes! ¡Yo me quedo a cuidar mi iglesia! ¡Y quédense tranquilos, que yo tengo fe en Dios, que no me va a abandonar!...

El agua, finalmente, hace ceder el dique. El valle se inunda por completo, las casas son arrasadas por la fuerza de la torrentada, y con ellas la modesta iglesia, que se derrumba completa, sin ofrecer resistencia.

El Padre Lorenzo, de quien de más está decir que muere ahogado, como ha sido un hombre bueno llega al cielo, donde lo recibe Dios en persona. Y humano, al fin y al cabo, el padre no puede reprimir su reproche:
- Dios mio, dios mío... Yo me quedé a cuidar tu iglesia, cuando todos huyeron del pueblo. Yo tuve fe en que no ibas a abandonarme...

Y Dios, magnánimo pero explícito, frenó con un gesto lo que el sacerdote le iba diciendo para indicarle:
- Lorenzo, has sido un buen sacerdote, pero también un necio. Yo jamás te he abandonado. Cinco veces rechazaste la lancha que yo te enviaba para que te fueras de allí...

Así son las cosas con el Señor. No hay manera de comprender cabalmente sus designios. Y jamás sabremos si al intentar no defraudarlo, no estaremos en realidad despreciando la mano que se extiende para ofrecernos su divino obsequio.

domingo, abril 08, 2007

Domingo de Pascua


...el Doctor Frankenstein miró entonces por primera vez a los ojos del monstruo y no logró contener las palabras azoradas en su boca, esas que con tanto celo habían sido contenidas hasta entonces:

- Eres... una aberración, un engendro, un espanto...

Y la criatura, en el que acaso fue su momento de mayor lucidez desde que tenía nueva vida y memoria, miró a su vez a los ojos de su creador y le dijo, masticando cada una de las vocales que iba encontrando a su paso:

- Herr Doktor... Mal hace usted en juzgarme así, con tanta levedad. ¿Acaso olvida que ha sido usted, y nadie más, quien hizo de mí lo que ahora tiene delante suyo?

jueves, abril 05, 2007

Música de dos mundos...

Cuando uno inicia un blog, muchas veces no tiene claro a dónde terminará conduciendo esa experiencia. Sobre la marcha van cambiando cosas, surgen nuevas ideas o ganas de generar otras cosas... Hay una evolución, en definitiva, lo cual es siempre positivo.

Todo esto viene a cuento de que hoy deseo invitar al eventual visitante de este blog a un nuevo espacio, dedicado exclusivamente a la música. La idea es que semanalmente aparezca, en este nuevo blog, la reseña de un disco que, al margen del género que encare, a nuestro entender valga la pena ser conocido y escuchado.

Serán, casi siempre, producciones independientes o de sellos locales de mediana envergadura, puesto que la idea es poner algunas pistas de audio a disposición del visitante, que sea posible escuchar on line. Y ya se sabe que no es sencillo obtener las licencias necesarias por parte de los sellos multinacionales, incluso cuando el propósito sea la difusión de la música. Si los discos gustan, allí donde sea posible pondremos los datos necesarios como para que nuestro visitante pueda adquirirlos.

Digamos que es un convenio de mutua conveniencia: el usuario puede comprar el disco sabiendo lo que compra, y el artista puede mostrar su material para que el oyente se interese en su trabajo.

El link para acceder a este nuevo blog, en definitiva, se encuentra aquí debajo... ¿El título de este nuevo blog?... Responde a un antiguo programa de radio, que tuve el gusto de conducir años atrás en Radio Nacional. Espero que sea un aporte útil para todos.

Música de dos mundos
(Haga click sobre este título para ir al nuevo blog...)

jueves, marzo 29, 2007

Si Dios fuera una mujer...











¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.

Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.

Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.

Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.

Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.

Mario Benedetti

domingo, marzo 18, 2007

Sueños...

Esta mañana mi hija se despertó llorando. ¿Qué había sucedido? Pues que había soñado con un cachorrito, y al despertar se dio cuenta no sólo de que el cachorro en cuestión ya no estaba, sino que además, incluso cuando alguien (papá o mamá, claro) decidiera que ella podía tener un cachorro, jamás podría ser ESE cachorro, con el cual ella acababa de soñar y al cual, seguramente, ya había comenzado a querer tanto.

Por cierto, mi hija no es en absoluto una de esas criaturas caprichosas, que se ponen insoportables cuando desean algo. Pero sí es, en cambio, una persona sensible, capaz de asombrarse hasta las lágrimas frente a un abismal imposible.

¿Qué es lo que hay detrás de los sueños? ¿De dónde vienen y, sobre todo, a dónde se van las cosas que soñamos? Son en definitiva preguntas que tanto pueden caberle a un niño como a un adulto. Porque todos soñamos cosas. A veces dormidos, otras veces despiertos.

René Descartes, padre del racionalismo, señalaba algo curioso, casi paradójico, sobre lo que le sucede a una persona cualquiera que tiene una pesadilla. Esa persona sueña, por ejemplo, que es perseguida por un monstruo. Es claro y evidente, a la luz de nuestra perspectiva (la de quienes objetivamente analizamos aquello que le sucede a ese soñante), que en realidad no existe monstruo alguno, ni tampoco peligro que justifique su miedo. Todo es producto de una simple ilusión de su mente.

"¿Todo?", preguntaría entonces Descartes. Para tal vez señalar enseguida: "Puede que el monstruo en efecto no exista, y sea sólo el producto de la imaginación de quien sueña. Pero el miedo que siente esa persona en el momento de soñar ese monstruo, ese miedo es absolutamente real."

Nos sucede a menudo: soñamos y todos nuestros ánimos, ajenos al hecho de que se trata de una fantasía, se ajustan a esa ilusión onírica. Y a veces nos cuesta luego volver a adecuar nuestros sentimientos a la realidad, cuando por fin despertamos. Puede ser sencillo en el caso de una pesadilla, donde todo lo que resta, al descubrir el juego, es relajarnos. ¿Qué hacer, en cambio, con todo ese amor, esa esperanza, esa alegría que nos embargaba un instante atrás, cuando nos despertamos de repente de un sueño amable? Esta mañana no hubo ningún cachorrito, pero sí hubo en cambio una niña triste en casa, como consecuencia de algo que había soñado. ¿Cuál es la diferencia, a fin de cuentas, entre la fantasía y la realidad?

De un modo bastante similar nos sucede, muchas veces, que soñamos despiertos. Nos ilusionamos con cosas que más tarde se revelan como meras fantasías. Y sin embargo, hasta el preciso instante en que se impone la lucidez de un darse cuenta, todos nuestros sentimientos y nuestras percepciones del mundo se acomodan a eso. ¿Adónde va a parar todo lo que nos pasa por el alma mientras tanto? ¿Qué hacer con todo ese inútil equipaje una vez que la ilusión se quiebra?

De repente se me ocurre pensar que tal vez todo sea un enorme malentendido. Que tal vez todos nuestros sentimientos deriven de algo que sea independiente por completo de cualquier cosa que pueda llamarse con justicia el mundo real. Tal vez todas nuestras emociones sólo sean el reflejo de aquello que nos parece, más allá de que la realidad de las cosas eventualmente y de un modo misterioso termine o no adecuándose a lo que nosotros soñamos que es.

Amores, penas, esperanzas, miedos, lealtades, traiciones, pasiones varias... Quizás nada de eso tenga ningún asidero. Pero a falta de puntos de anclaje, actuamos como si se tratara de la única realidad que cabe vivir.

Tal vez exista en algún lugar del mundo una criatura inimaginable durmiento, y nosotros seamos apenas el producto de su vacilante sueño. ¿Qué será de nosotros el día en que esa criatura despierte?

jueves, marzo 15, 2007

Evolución



Esta tarde mi hija tuvo, a sus nueve años, su primera lección de piano.
Por la noche me enseñó, a mis cuarenta, todo lo aprendido.
No está nada mal. Aprendemos dos al precio de uno.
No hablo (solamente) de aprender a tocar el piano.
Sino de lo mucho que tenemos para aprender todavía juntos.

jueves, marzo 08, 2007

Dejà vu (Extraños al teléfono)

¿Puede convertirse la música en una amenaza? Pues todo depende de lo que entendamos por música, y de cómo la apreciemos desde nuestro lugar de oyentes. Admitamos, por ejemplo, que una banda de rock y 100.000 watts de potencia reunidos en un estadio podrán resultar una delicia para los sentidos de algunos, en tanto para otros representarán el más claro ejemplo de la irremediable decadencia del hombre contemporáneo. Pero dejemos por el momento estas consideraciones de lado. Ya veremos cómo se relaciona esta cuestión de la diversidad estilística en la música y el modo particular de apreciarla que tenga cada uno con lo que aquí se contará. Aclaremos, por lo pronto, que lo que sigue es una historia verídica. Y que las circunstancias que serán descriptas las vivió un periodista que solía desempeñar sus labores en un medio hoy desaparecido, dedicado a la música clásica.



Todo comenzó una noche de invierno, cuando el periodista (convengamos en llamar a nuestro personaje de este modo) llegó a su casa después del trabajo. Tras cerrar obedientemente la puerta de calle con dos llaves, tal como su mujer solía reclamarle, y luego de quitarse el saco, revisó el contestador telefónico. Tenía dos mensajes. El primero era de su madre: quería saber cómo estaba y le dejaba dicho que le había preparado algo de comida, por si quería pasar a buscarla, esa misma noche o al día siguiente. El segundo era... ¿un mensaje de Antonio Vivaldi? Detengámonos aquí. Resulta evidente que no podía tratarse de un mensaje enviado por el propio Vivaldi, excepto que de pronto estuviésemos dispuestos a creer en la posibilidad de que los difuntos se comuniquen desde el más allá, y encima por vía telefónica. Digamos mejor, en todo caso, que alguien había aprovechado los cuarenta segundos que otorgaba en gracia el contestador por cada llamado para dejar prolijamente registrado un fragmento del primer movimiento del Concierto Op. 8 Nº 1 del compositor italiano, que de los cuatro que componen el ciclo sobre las estaciones es el que se conoce como La Primavera. ¿La versión?... Bueno, son tantas las que han sido llevadas al disco que este detalle resulta poco menos que imposible de determinar. Aunque por alguna razón al periodista se le ocurrió pensar en Yehudi Menuhin. En todo caso, convengamos que este detalle carecía entonces, y sigue careciendo ahora, de demasiada importancia.

El periodista repasó con rapidez el listado de los amigos y familiares más cercanos, en busca de alguien sobre quien se pudiesen cargar las sospechas de haber llevado adelante aquella broma, todavía incompresible. Mentalmente se ocupó de buscar posibles sentidos para el inusual concierto telefónico. Verificó que todavía faltaban varios meses para el 21 de septiembre, con lo cual descartó cualquier relación del llamado con la llegada del solsticio de primavera. Luego intentó imaginar relaciones de palabras, aplicar claves alfanuméricas, buscó en su cabeza cualquier hecho extraordinario que hubiese ocurrido en los últimos días que pudiese vincularse de algún modo con Vivaldi o con su famosa obra. Finalmente, cansado de especular, decidió que lo más conveniente sería limitarse a esperar que el misterio se clarificase por sí solo. Lo cual, por supuesto, jamás sucedió.

La cuestión pronto quedó olvidada. Y así hubiese quedado, de no ser porque el curioso registro volvió a ser dejado en el mismo contestador automático en otras dos oportunidades, exactamente el mismo fragmento, y si la memoria no falló también la misma versión. Esto llevó al periodista a comentar el incidente con un par de colegas. Y entonces descubrirá que el suyo no ha sido un caso aislado. También Mahler, Stravinsky y algunos otros compositores no siempre tan identificables habían dejado sus respectivas huellas musicales en los contestadores habidos en los domicilios de otros periodistas, todos ellos más o menos allegados profesionalmente a la música clásica. Misterio absoluto en todos los casos. ¿Quién?... Pero sobre todo, ¿para qué?... Nadie pareció tener una respuesta para tan caprichosas preguntas.

Luego los llamados sencillamente no volvieron a repetirse. Sin embargo, dos noches antes de que el periodista, ocupado ya en otros medios, pero aún vinculado a la música, se siente delante de su computadora y escriba las líneas que en este mismo momento recorre la vista del lector, el contestador automático volvió a brindar su breve concierto de cuarenta segundos, con el mismo sempiterno fragmento del mismo concierto vivaldiano. La esposa, entonces, cansada ya de estas andanzas y con la lógica implacable que caracteriza a ciertas mujeres, pregunta si no habrá llegado la hora de instalar un identificador de llamadas, moderno adminículo tecnológico que permitiría rastrear la guarida del anónimo melómano. La idea es evaluada por el periodista, pero también es rápidamente descartada. ¿Para qué, al fin y al cabo? No se trata de un mensaje amenazante, ni obsceno; tampoco de un registro de inquietantes jadeos del otro lado del teléfono (y de las tres clases de llamados hemos debido soportar), sino en todo caso de un mensaje amable. Misterioso, sí; pero en definitiva amable.

La promesa a la esposa queda, sin embargo, establecida: el día en que la música de Vivaldi sea trocada por un cuarteto para cuerdas de Schnittke, o por una obra cualquiera de Stockhausen o por una ópera de Ligeti... entonces sí, habrá llegado la hora de tomar el toro por las astas. Simplemente porque, como en todo, también en esto de los anónimos la estética es importante.

martes, marzo 06, 2007

Una cita breve

Es difícil
enterarse de las noticias a través de la poesía.
Sin embargo los hombres mueren desdichadamente
todos los días,
por falta
de lo que allí se encuentra.


(William Carlos Williams, 1883-1963)

sábado, febrero 24, 2007

Cazadores de palabras

"Aquella noche me di cuenta
que yo era un cazador de palabras"
(Eduardo Galeano)

Para hacer honor a la verdad, debería utilizar aquí la palabra pasquín. Porque eso fue lo que me ofreció aquel muchacho: un pasquín que no valía el par de monedas que pagué por él. Pero todos pasamos, tarde o temprano, por un momento en el cual buscamos publicar nuestras palabras, aunque sea en un pasquín, ilusionados con estar haciendo algo importante. La ilusión suele ser vana, por supuesto, y agradezcamos que se inventó el blog; pero no tenía ganas de ser yo quien le estropease el sueño al chico. Ya vendrá, con el tiempo y algo de suerte, la autocrítica. Y bastante tendrán con eso los responsables de aquel impreso. Si con sólo un par de monedas se podía postergar el desengaño, pues toma, venga el pasquín, lo leeré más tarde.

Esto habrá sido hace tres o cuatro meses atrás. Ahora llegó el momento de hacer un poco de orden en la caótica montaña de papeles en que se convierte de vez en cuando mi escritorio, y el destino del pasquín es claramente la basura. Antes, una mirada rápida, para ver si algo merece rescatarse del olvido. Pero atención, que no deseo caer yo mismo en la trampa: rescatar algo en este blog no representa ninguna forma de posteridad. Todo lo contrario, el blog es, por definición, reino de lo efímero. Pero nuestras propias vidas no son, después de todo, demasiado diferentes: todo es fugacidad.

El texto en cuestión, firmado por un tal alejandro raymond (con minúsculas), habla sobre los cazadores de palabras, citando a Galeano (con mayúscula, y más de una vez yo mismo me pensé como tal, como un cazador de palabras que rescata y muestra, a quien desee pasar por aquí, algunas de sus presas). El texto en cuestión -decía- no es original ni poético. Pero las últimas palabras, esas que se atribuyen a una tal Helena, me provocaron lo suficiente como para considerar repetir estas líneas aquí, que más o menos dicen:

Y a la mañana desperté abrazado a un diccionario. Qué sueño extraño, pensé, mariposas de letras volando a mi alrededor y yo, desesperado, buscándole a cada palabra que formaban un significado diferente, único. Pero cuidado, que esa tarea no es pan comido, pues desde temprano, que comencé abarilando las nomenumas del trabacundo, ya había coritado toda la nacarina y había descubierto que los plotenimos tralababan caranimas triculando la rotamuncia y aparacando los asterbunios.

- ¿Cazador de palabras? -me preguntó Helena.
Ja, si son las palabras las que lo atrapan a uno."

sábado, febrero 17, 2007

Un poco de música: Asignatura pendiente III




"El blog se llenó de mujeres", fue el comentario que recibí hace unos días, a la luz de mis dos últimas anotaciones. Y sin embargo, la tercera asignatura pendiente, de la cual en este caso me debo hacer cargo, no tiene que ver con ninguna dama, sino con un caballero guitarrista.

Carlos Groisman editó hace ya unos meses su quinto disco compacto solista. Y por tercera vez tuvo la gentileza de invitarme a participar como responsable de su realización gráfica. El disco quedó postulado en la categoría Mejor disco de música instrumental en los Premios Gardel 2007. Y también en el rubro Mejor diseño de portada. Y sin embargo recién ahora caigo en la cuenta de que no había publicado aún nada al respecto en este espacio. Ya lo dice el dicho, a veces en casa de herrero...

No me hago ninguna ilusión respecto del premio, en cuanto al diseño gráfico respecta, pues son muchos -demasiados- los discos postulados, de los cuales sólo han de quedar tres. Por más que -es cierto- en alguna otra oportunidad mi nombre haya estado finalmente entre los tres que quedaron; pero eran otros años y otra es aquí la historia.

La cuestión aquí es que éste, el disco que Carlos decidió titular Acuarelas, merece ser conocido al margen de su presentación visual. Y es por eso que quiero invitar al eventual lector de este blog a escuchar, como muestra, el Allegretto de la tercera Sonata compuesta por Carlos Guastavino, con el cual se inicia el programa. Una obra magnífica, por cierto, que cobra una dimensión particular en esta interpretación.

Dejo por lo demás constancia de mi agradecimiento a María Florencia Delucchi, la artista plástica que tan generosamente nos permitió reproducir el arte que ilustra la tapa de este disco compacto.






P.S.: Está mal esto de mezclar las cosas. Lo sé, y me hago cargo. Pero no puedo dejar de mencionar aquí, tratándose de asignaturas pendientes, la existencia de ciertas grabaciones a cargo de Carlos Groisman, a dúo con su colega brasileño Carlos Castañera... Un material que, más allá de la breve muestra aquí incluida, merecería llegar finalmente a su etapa de edición comercial. ¿Tal vez este año?... Ojalá.

domingo, febrero 04, 2007

Un poco de música: Asignatura pendiente II








Que haya quedado pendiente un encuentro, café de por medio, no es grave y se disculpa. Tampoco es grave tener que esperar un mes más para escuchar su segundo disco, que ya estaba terminado antes de que ella se fuese para cantar al sur. Lo que no puede disculparse, en cambio, y ésta es la asignatura pendiente en este caso, es que Grisel Bercovich, postulada el año pasado al Premio Gardel como mejor artista revelación en tango (sin suerte en la votación, que su disco Postales sin tiempo merecía ciertamente por sus méritos el galardón), haya decidido seguir incursionando en este género -el tango- antes de darme el gusto de grabar y editar un disco completo dedicado al jazz.

Vaya este botón de muestra: Misty, el clásico tema de Erroll Garner, en la seductora voz de Grisel Bercovich.

sábado, febrero 03, 2007

Un poco de música: Asignatura pendiente I










Esta tarde estuve revisando los discos postulados para los Premios Gardel 2007. Y luego de emitir lo más concienzudamente posible mi voto, en el rubro de música clásica primero, y en las restantes categorías después, decidí hacer público el siguiente reclamo.

Gisel Sandoba ya ganó un Premio Gardel, hace un par de años, como Mejor cantante femenina de folclore, por su disco Luces en otoño.
Un premio a la revelación, verdaderamente. Cuando viajó de su Cañada Rosquín hacia Buenos Aires, acompañada por su mamá y su hijo Mateo, para hospedarse unos días en mi casa, no pensaba que su disco, una producción absolutamente independiente, tuviese posibilidades de ganar.
O tal vez lo pensaba, pero no se atrevía a decirlo en voz alta.

Ganadora del premio, finalmente, regresó a Cañada Rosquín para continuar con su vida.

Y yo te pregunto por qué, Gisel, hoy no he podido ver tu segundo disco entre los nominados a los Premios Gardel 2007. ¿Para el 2008, tal vez?

jueves, febrero 01, 2007

Epílogo

A las puertas del delirio está
el silencio
de una noche extraña,
la soledad,
y todo aquello que no se comprende.

Los recodos del destino
(si es que acaso el destino existe)
son oscuros e insospechables,
y es allí en donde nacen
y se quiebran los sueños.

Señor, yo sólo te pido
que la próxima vez
Romeo se retrase unos minutos,
o bien que Julieta despierte
a tiempo;
porque el universo de los hombres
es muy frágil
y se desmorona demasiado fácilmente.

Dice el oráculo...


El Oráculo de Delfos, que sin duda también algo sabría de tarot y otras artes mágicas similares, jamás se equivocaba en sus predicciones. Y no porque pudiese adivinar verdaderamente el futuro, tan oscuro para él como para nosotros, los mortales, tarotistas incluidos, sino porque sabía manejar adecuadamente las interpretaciones. Ante cualquier consulta, su respuesta siempre era lo suficientemente ambigua. Igual que la lectura, siempre múltiple, siempre divergente, siempre borrosa, de cuatro cartas, una bola de cristal, una borra de café o las señales divinas. En casos de divergencia entre lo predicho y lo finalmente acontecido, el oráculo se limitaba a mostrar cuál era la correcta interpretación de sus palabras. Vale decir, cuál era la interpretación que -según él ahora declaraba- se debía haber dado a las mismas, de no haber mediado la torpeza de los hombres, que todo creen saberlo y en verdad nada saben.

Por supuesto, esta interpretación del oráculo era real y siempre efectiva, pero solamente luego; vale decir, una vez a la luz de lo efectivamente sucedido con aquello sobre lo cual la predicción versaba, cuando los hechos en cuestión todavía no eran tales.

Luego, por supuesto, tenemos otros aspectos del tema, cuestiones tales como la fe ciega, que mueve montañas, conocida asimismo a veces como predicción autocumplida. Y quizás también debamos mencionar aquí al destino, quién se atreverá a negarlo, que del mismo tan poco sabemos, ni siquiera hasta qué punto podremos llegar a modificarlo o no a través de nuestras actitudes y libre albedrío, para el caso de que sea cierto que de tan divino presente podamos disponer.

Si el destino existe, inconmovible, al margen de nuestras acciones, lo cierto es que no vale la pena esforzarnos demasiado. Salvo que, por supuesto, dichos esfuerzos estén escritos, también ellos, de antemano en nuestro destino. En cuyo caso de poco valdrá la pena amargarnos. Aunque, claro está, es también probable que dicha amargura, etcétera.

¿Y a cuento de qué viene toda esta diatriba? No es de extrañar que surja esta pregunta. Puesto que también ella estaba prevista, seguramente, de antemano. Y estas mismas palabras que escribo, sin ir más lejos: tal vez no las escriba yo por mi voluntad, sino que me veo obligado a escribirlas, pues ya estaba escrito de antemano que así sería. Es el oráculo quien me dicta lo que debo hacer. Yo, simplemente, consciente como soy de que no debo, simplemente no logro resistirme.

martes, enero 23, 2007

Tal vez sea hora de volver al oceánico refugio que nos ofrece de vez en cuando la música



Cuando hace cinco años
se hundió aquel barco tan seguro
con cincuenta pasajeros y un piano steinway
los cincuenta se ahogaron sin remedio
pero el piano en cambio logró sobrevivir

a los tiburones no les gustan las teclas
así que el steinway esperó tranquilo

ahora cuando pasan
siempre que sea de noche
barcos de turismo o de cabotaje
suele haber pasajeros de fino oído
que si el eterno mar está sereno
o mejor serenísimo
perciben atenuados
y sin embargo nítidos
acordes de brahms o de mussorgsky
de albeniz o chopin

y luego un golpecito
al cerrarse la tapa.

Mario Benedetti


Audio: Nocturno Op. 27 Nº 1 de Chopin - Al piano: Elisabeth Fiocca

domingo, enero 21, 2007

Recuerdos del futuro

Querida C.:

Hoy he terminado, finalmente, de escribir el demorado libro del cual te hablara tiempo atrás. Se titula “Lo obvio” y está integrado por una inconcebible serie de páginas en blanco (tres, siete, catorce, setenta y nueve... el número queda librado a tu voluntad).

En la penúltima página se reproduce una imagen: es una pared altísima, imponente, adornada con una pequeña puerta, a un costado, que permanece cerrada.

Dando vuelta esta página se llega, ahora sí, al final del libro, ilustrada con una nueva imagen. Y es otra vez la pared de la página anterior; sólo que en esta ocasión la puerta aparece abierta.

A través suyo, lo único que puede verse es el infranqueable muro que alguien ha construido detrás.

viernes, enero 19, 2007

Palabras, palabras, palabras...

El infinito es un instante
dijo simone weil
y en ese instante /digo yo/
la rosa pierde pétalos
un árbol se desnuda
la tierra se estremece
el corazón vacila.



O si no:
No te alegres demasiado
de todos modos no cedas
alégrate cuando puedas
y si la euforia te avisa
no desperdicies la risa.




O si no:
Preciso que me digan algo mágico
o al menos placentero /inesperado/
novedades pero de cielo abierto
con ojos de muchacha que promete
o un zorzal de revuelo generoso
o la estrella fugaz que anda en la noche.




O si no:
Como es sabido la melancolía
no es sinónimo de soledad
aunque una y otra lleguen
con un llanto sequísimo
una ternura en trozos
una tristeza que no tiene nombre.




Cuando yo sea grande (cuando llegue a los 80, quiero decir), desearía poder escribir como Mario Benedetti. Se trata simplemente de palabras, es verdad. Y sin embargo, qué maravilla. Y qué magnífico sería poder decir, por ejemplo, "estas palabras las escribí esta mañana, mientras ocupaba mi mente pensando en vos". Ambos sabemos que no es verdad. Que no fui yo quien las escribió, digo. Pero igual las dejo aquí copiadas, por si algún día decidís caminar por estas calles.

jueves, enero 18, 2007

Un poco de música: John Dowland (1563-1626)


Es sólo una antigua canción de amor. Pero tenía ganas de escucharla. Canta Annelise Skovmand, acompañada en guitarra por Pablo González Jazey. Para escuchar (con Windows Media Player), haga click EN ESTE LUGAR.

miércoles, enero 17, 2007

Modos de pensar (a vos, te digo)

Un hombre debe viajar en avión. Sin embargo, pierde su vuelo por una circunstancia fortuita, que tiene que ser, para que el ejemplo se entienda, lo más doméstica posible. Por ejemplo: en el momento de partir hacia el aeropuerto, no encuentra las llaves para poder salir de su casa. Busca, busca, busca, pero cuanto más nervioso se pone, porque se hace tarde, peor es. Al final las encuentra. Se habían caído al piso, debajo de una silla, bien a la vista y al alcance de la mano. Estas cosas suelen suceder. Ya se ha hecho muy tarde, sin embargo, por lo que decide llamar por teléfono a la compañía aérea, donde muy amablemente le permiten abordar, con el mismo pasaje, el vuelo siguiente, que sale dos horas más tarde. En realidad, si manejase rápido, es probable que el hombre pudiera llegar al aeropuerto como para alcanzar su vuelo. Pero prefiere viajar seguro, sin prisas, pues se trata de un hombre prudente. De modo que aborda, finalmente, el vuelo posterior al suyo. Que será precisamente el vuelo al cual harán referencia los diarios del mundo al día siguiente, que publicarán además, para deleite de los vouyeristas, las impresionantes fotos del fatal accidente aéreo, en el cual no habrá sobrevivientes.

"Las cosas no tendrían que haber pasado de esta manera", dice entonces la gente que conocía a aquel hombre, tanto como los pormenores de su circunstancial cambio de vuelo. Y sin embargo, ¿por qué razón no sería exactamente así, detalle por detalle, como las cosas debieran haber sido? ¿Por qué tendremos la veleidad de suponer que debemos ser nosotros los únicos guionistas de una historia que, muy a pesar de ser la nuestra, en realidad nos excede?

Y sin embargo es así: del mismo modo en que hay quienes propugnan la existencia de una forma perfecta o de una proporción aurea, hay cosas que se disponen de un modo tal que intuitivamente reconocemos en ellas un deber ser. Un deber ser que no siempre se cumple, por cierto, despertando con ello nuestra rebelión. Y no es que seamos veleidosos. Puede que la veleidad sea de los dioses, del destino o tuya acaso, que juegas a desdibujar el límite entre lo real y lo imaginario.

martes, enero 16, 2007

Espejos










Esta mañana al levantarme, me disgustó lo que ví en el espejo.
El mismo rostro de siempre, pero evidentemente más viejo.
Hay jornadas que tienen sobre nosotros ese efecto .
El de que nos demos cuenta al día siguiente, se pretende decir.
Que el tiempo, ese implacable, nos atraviesa siempre.

La fáustica ambición de ser inmortales,
la ingenua ilusión de poder disponer -quizás- de una sólida
inmortalidad de cuarenta o cincuenta años por vivir,
como decía Cortázar, que todos hemos tenido alguna vez,
resulta a la larga insostenible.

La reemplazamos entonces con otras ilusiones,
más terrenas, más carnales, idealismos, sueños y afectos.
Y cuando estas otras ilusiones también se desvanecen,
nuestra vida se desbarata como un castillo de naipes.

Verborragias

Texto atípico con breve cita introductoria en francés


"Cette amplification, que l'on confond si souvent avec le bien écrire, je la supporte de moins en moins... Quelle nécessité de faire un article ou un livre? Où trois lignes suffisent je n'en mettrai pas une de plus."
(GUIDE, "Pages de Journal")


B A S T A .

lunes, enero 08, 2007

Walking in the sand

Un hombre camina una noche por una playa solitaria. Se detiene un momento, muy cerca de la orilla, se agacha, y escribe tres palabras en la arena húmeda. Luego se incorpora, y continúa caminando, sin volver la vista atrás. ¿Por qué razón haría semejante cosa? ¿No sabe acaso que el mar borrará de inmediato esas palabras que acaba de escribir, que no llegarán a ser vistas por persona alguna?

Sí, lo más probable es que lo sepa. Y muy a pesar de eso, lo que ese hombre hace es dejar una marca de su paso por el mundo. Una marca tan fugaz, pensará alguien. Y sin embargo, ¿acaso la inmortalidad de un Cervantes, de un Mozart, de un Cristo, no son también un fugaz instante comparadas con la duración de las estrellas, mudos testigos del gesto de aquel hombre que camina al lado del mar? El tiempo es algo relativo, después de todo. Lástima que tenga la fea costumbre de matarnos.

Nada sabemos nosotros de aquel que caminó una noche por esa playa, que se detuvo un momento y escribió tres palabras en la arena, que enseguida fueron borradas por las aguas. ¿Cuáles fueron esas tres palabras? ¿Y cómo sabemos que fueron solamente tres? Puede que hayamos estado allí, después de todo. Y puede que esas palabras hayan quedado inscriptas en la memoria del mar, de la arena, de la noche.
Que son memorias diferentes de la humana, por supuesto.
Pero memorias al fin y al cabo.

viernes, enero 05, 2007

Veces hay en que tan poco alcanza para


Manera sencillísima de destruir una ciudad

Se espera, escondido en el pasto,
a que una gran nube de la especie cúmulo
se sitúe sobre la ciudad aborrecida.
Se dispara entonces la flecha petrificadora,
la nube se convierte en mármol,
y el resto no merece comentario.

Julio Cortázar

martes, enero 02, 2007

El libro de todos los nombres

Su nombre es Claude Gleyal. Acaso podría haberse llamado de otro modo, sin que lo esencial de estas líneas se modificara sustancialmente. Pero esto es sólo una posibilidad, que también pudiera no ser cierta. Lo que sí es cierto es que en un punto Claude se ha vinculado en la intimidad de mi mente con Don José, ese personaje del cual se sirve Saramago, en su novela El libro de todos los nombres. Don José es escribiente de la Conservaduría General del Registro Civil, para más datos; y vaya paradoja, que quien dedica su vida a anotar de las personas sus nombres y apellidos completos, los de sus padres, cónyuges e hijos, amén de sus fechas de nacimiento, matrimonio y muerte, no sea identificado por el autor más que por un nombre de pila, José, acompañado por el tratamiento sólo para que no quede tan poca cosa, pero anónimo al fin y al cabo, que Josés hay tantos, sin ir más lejos el propio autor de la novela. Por supuesto, esto no debe llevarnos a creer que las personas no sean ellas mismas, al margen de sus nombres, siempre únicas e irrepetibles. Que de eso se trata esta anotación.

Don José, deformación profesional mediante, colecciona recortes sobre personas famosas, siempre y cuando sus fichas pertenezcan al archivo de la Conservaduría en la cual trabaja. En la vida hay muchos personajes como éste, llámense numismáticos o filatelistas, entre tantos otros que tal vez ni siquiera cuenten con una palabra que los defina en su especialidad; y quien más, quien menos, todos hemos cedido alguna vez a la tentación de coleccionar alguna cosa de un modo más o menos sistematizado.

Pero recurro en este punto a la ayuda de Saramago, para que él lo diga mejor que yo: “Personas así, como este don José, se encuentran en todas partes, ocupan el tiempo que creen que les sobra de la vida juntando sellos, monedas, medallas, jarrones, postales, cajas de cerillas, libros, relojes, camisetas deportivas, autógrafos, piedras, muñecos de barro, latas vacías de refrescos, angelitos, cactos, programas de ópera, encendedores, plumas, búhos, cajas de música, botellas, bonsáis, pinturas, jarras, pipas, obeliscos de cristal, patos de porcelana, muñecos antiguos, máscaras de carnaval, lo hacen probablemente por algo que podríamos llamar angustia metafísica, tal vez porque no consiguen soportar la idea del caos como regidor único del universo, por eso, con sus débiles fuerzas y sin ayuda divina, van intentando poner algún orden en el mundo, durante un tiempo lo consiguen, pero sólo mientras puedan defender su colección, porque cuando llega el día en que se dispersa, porque siempre llega ese día, o por muerte o por fatiga del coleccionista, todo vuelve al principio, todo vuelve a confundirse.”

Claude Gleyal colecciona, sistemáticamente, fichas personales, un poco a la manera de don José, sólo que su especialidad no son los famosos, sino los integrantes de su árbol genealógico. Así es como lo conocimos, Internet mediante, buscando –cierto es que con mucho menos método que él- alguna información relativa a nuestros propios ancestros. Lo que hubo luego, además de la sorpresa de encontrarnos con varios parientes lejanos y hasta entonces desconocidos, entre ellos el propio Claude, fue una especie de transacción de intercambio; sumamente amable, es cierto, pero transacción al fin: Claude me facilitó varias fotos y datos referidos al pasado de mi familia, común a partir de cierto punto con el pasado de la suya, y al darle yo mi nombre, el de mis padres, el de mi hija, con nuestras respectivas fechas de nacimiento, nos convertimos todos nosotros, automáticamente, en nuevas fichas que vinieron a enriquecer su colección.

Como parte del referido intercambio, Claude me facilitó asimismo una clave de acceso para visualizar a través de la red su colección de fichas, que en definitiva conforman su árbol genealógico, algunas de cuyas principales ramas son, como ya se dijo, comunes con el mío. Hace un par de días ingresé y noté que las nuevas fichas, las correspondientes a mi persona, a mis padres, a mi hija, ya habían sido incorporadas. Pero hubo entonces algo que me hizo sentir muy extraño; y fue ver, junto con mi nombre y mi fotografía, más precisamente al lado de los datos de mi nacimiento, y otro tanto junto a las fechas de nacimiento de mis padres, de mi hija, de mi hermana, un inquietante signo de interrogación. Por supuesto, no sabe Claude, como tampoco lo sé yo, cuál es la fecha, el lugar, la circunstancia, que vendrían a completar esas fatídicas líneas. Tampoco sabe Claude, como mucho menos lo sé yo, quién será el encargado de asentar, en su momento, los datos hoy faltantes, para que estas fichas -pero también la suya propia- queden por fin completas. Nada nuevo nos revela, en realidad, esta inquietud, en el sentido de que nada sabemos ahora que no hayamos sabido antes. Pero una cosa es saber una verdad, y otra muy diferente es verla por escrito. De alguna manera, el punto es que la colección ideada por Claude no estará completa hasta que cada una de esas líneas en las que hoy aparece un signo de pregunta sean cubiertas. Y ese es el hecho inquietante: la evidencia del reclamo, emanado de la colección misma, que exige el aporte final de estos datos, en silencio, incluso con generosa paciencia, aunque no por eso de un modo menos imperativo.

Pero detrás de todo esto existe todavía otra cuestión: la frialdad de los datos consignados. Es como finalmente entiende don José, en el libro de Saramago: “...a la Conservaduría sólo le interesa saber cuándo nacemos, cuándo morimos y poco más; si nos casamos, nos divorciamos, si enviudamos, si nos volvemos a casar; a la Conservaduría le es indiferente si en medio de todo eso somos felices o infelices.” No digo que a Claude este último aspecto le sea indiferente. Supongo, en todo caso, que no ha encontrado una manera (es probable que no exista) de volcar este aspecto en sus fichas. Y si en ocasiones nos es difícil averiguar, sobre nosotros mismos, si somos o no felices, cuánta mayor será la dificultad para indagar al respecto en nuestros antepasados o parientes lejanos. Ciertos aspectos escapan, evidentemente, a las posibilidades del coleccionista. Pero de todos modos he decidido pedirle a Claude que incorpore la dirección de este blog a mi ficha. No es que aquí se revele si he sido o no feliz, y confieso que en ocasiones me es difícil a mí mismo plantearme semejante pregunta y obtener una respuesta convincente. Pero al menos habrá una marca personal en esa ficha, de la cual seré responsable de un modo más directo, que me revelará con alguna mayor precisión a quien decida aventurarse, quién sabe cuándo o con qué propósitos, en la colección de este lejano primo francés.

domingo, diciembre 24, 2006

Culpa y redención



(Música: Clara Schumann, Allegretto del Trío en sol menor Op. 17)


Todos somos culpables por algo.
No hay hombre ni mujer en el mundo
que no sea responsable de algún crimen.
Somos culpables por lo que decimos
y por cada cosa que callamos;
culpables por nuestras derrotas
pero también por nuestros triunfos,
que suelen suponer la derrota de alguien.

Somos culpables por nuestras necedades,
por nuestras cegueras y nuestras falsedades.
Culpables por nuestras ambiciones
y también por nuestros conformismos.
Y somos asimismo culpables
-acaso más que ninguna otra cosa-
por todo aquello en lo cual pretendemos
no tener culpa ninguna.

En efecto, somos culpables
por cada uno de nuestros miedos,
por cada una de nuestras renuncias,
y por nuestras pretendidas y falsas inocencias.
Como si alguien se llamara a sí mismo honesto
por nunca haberse vendido,
cuando la realidad es que jamás nadie
le ofreció servirse de una prebenda.

Somos culpables.
Y lo único capaz de redimirnos es la belleza.
Es por eso que te busco.
Es por eso que te invoco.
Es por eso que te necesito.
La mía es una búsqueda urgente,
en cierto modo indispensable
y al fin y al cabo inocente.

lunes, diciembre 18, 2006

La pureza vs. la fuerza...







Adoramus te, Christe,
et benedicimus tibi.
Quia per sanguinem
tuum pretiosum
redemisti mundum.
Miserere nobis.




Cuando volví después a su casa me dijo:
- ¿Sabes quién es el más grande de los músicos?
- Pues, no... -le contesté-. Quizás Beethoven...
- No -me dijo ella-. Ven a escucharlo.

Había conseguido algunos discos de Monteverdi; madrigales; y me los puso. Protesté, diciendo que sí, que me gustaba mucho Monteverdi, pero no más que Beethoven.

A ella Beethoven le empezaba a gustar menos que en su juventud. En los tiempos previos a la guerra, parecía preferir a Monteverdi, Bach, Mozart, el canto gregoriano. Desconfiaba cada vez más de la fuerza, incluso en el arte. Muchas veces discutimos respecto de Wagner. Me decía que después de haber escuchado a Wagner tenía la impresión de haber recibido una serie de bastonazos.

También en las artes plásticas sus gustos parecían haber evolucionado de manera semejante. Siempre le había gustado Miguel Angel, pero después le llegaron a gustar tanto, o más, pintores como Giotto, Masaccio, Leonardo, Giorgione. Cada vez más prefería la pureza a la fuerza."

Quien escribe las líneas de más arriba es Simone Petrement, compañera de estudios y amiga de la pensadora francesa Simone Weil, que es a quien en definitiva hace alusión el fragmento. Curiosamente, mi hallazgo de este breve relato coincidió, con unas pocas horas de diferencia, con la recepción, desde Italia, de un hermoso disco con piezas de Monteverdi y Frescobaldi a cargo del ensamble Musica della Corte, que dirige un viejo conocido mío, Eduardo Notrica. Fue esta casualidad la que me llevó a querer reunir ambos elementos en este comentario.

Si en el mundo del arte el lugar preponderante debería ser ocupado por la pureza o la fuerza, es algo sobre lo cual no tengo aún una opinión establecida. No creo estar dispuesto, al menos todavía, a renunciar a Wagner ni a Beethoven, en favor de otras expresiones. No creo, de hecho, en esta clase de exclusiones. Pero reconozco que en estas últimas horas encontré, en estas músicas de Monteverdi, tan bellamente interpretadas, un exquisito bálsamo, que no me canso de escuchar una y otra vez. Por algún motivo, en estos últimos días, la paz y la pureza me resultan cosas tan cercanas y necesarias. Mucho más que la fuerza, mucho más que la razón.

miércoles, diciembre 13, 2006

Las alas del deseo



Esta mañana, al leer la anotación simple de una bella amiga en su blog, recordé de pronto este pasaje, tomado de la película "Las alas del deseo" del cineasta alemán Win Wenders. Es el diálogo entre dos ángeles, dedicados a llevar un registro de los momentos simples de los humanos. Momentos simples que, sin embargo, los ángeles sabiamente rescatan, porque saben que son ellos los que constituyen, en definitiva, la verdadera humanidad de las mortales criaturas. Una humanidad que pronto será el objeto del deseo de uno de estos dos ángeles, cansado de vivir una existencia idealmente eterna, pero carente de poesía.


Salida del sol: 7:22 / Puesta del sol: 16:28
Salida de la luna: 19:04 / Puesta de la luna...
Nivel del agua en el Havel y el Spree...
Hace 20 años se estrelló un caza soviético cerca de Spandau, en el lago Stossen. Hace 50 años, fueron las olimpíadas. Hace 200 años Blachard sobrevoló la ciudad en un globo aerostático.

¿Y hoy?

En el lago de Lilienthal alguien aminoró el paso y miró a sus espaldas, hacia el vacío. En la oficina de correos, alguien quería acabar para siempre. Pegó sellos especiales en sus cartas de despedida, uno en cada una, y luego en Mariannenplatz habló con un soldado americano, en inglés, por primera vez desde que terminó el colegio, y lo hizo con soltura. En Plotzensee, un preso, antes de tirarse de cabeza contra el muro, dijo: “Ahora”. En el subterráneo, el conductor, en lugar del nombre de la estación, gritó de pronto: “Tierra de fuego”. En Rehbergen, un anciano leía La Odisea a un niño. Y el pequeño oyente, que había dejado de parpadear... Y tú, ¿tienes algo que contar?

Una viandante, que cerró el paraguas en medio de la lluvia, y se dejó empapar. Un colegial, que describía a su profesor cómo crece el helecho de la tierra, y el profesor sorprendido. Una ciega, que palpó su reloj al sentir mi presencia...

Es maravilloso vivir sólo en espíritu día tras día, para la eternidad. Atestiguar sólo lo espiritual de la gente. Pero a veces me hastía mi existencia de espíritu. Ya no quisiera este flotar eterno, quisiera sentir un peso que anulara en mí lo ilimitado y me atara a la tierra. Poder, a cada paso, a cada golpe de viento, decir “ahora”, “ahora” y “ahora”. Y no más desde siempre y para siempre. Tomar el asiento libre en una partida de cartas. Ser saludado, aunque sólo fuese con un gesto.

Siempre que hemos participado, ha sido sólo en apariencia. Nos hemos dejado dislocar la cadera en peleas nocturnas, en apariencia. Hemos capturado un pez, en apariencia. Nos hemos sentado a las mesas, hemos bebido y hemos comido, en apariencia. Nos hicimos asar corderos y servir vino, allá en las tiendas del desierto, siempre en apariencia. No pido engendrar un niño o plantar un árbol, pero ya sería algo, de vuelta a casa tras un largo día, dar de comer al gato como Philip Marlowe. Tener fiebre, tener los dedos negros de leer el periódico, fascinarse no sólo por el espíritu sino, al fin, por una comida, por la curva de una nuca, por una oreja... ¡Mentir como respirar! Sentir, al andar, que mi esqueleto anda conmigo. Intuir, por fin, en lugar de saberlo todo. Poder decir “Ay” y “Oh” y “Ah” y “Ja”... en lugar de “Sí” y “Amén”.

Alguna vez poder fascinarse por el mal. Andando entre los viandantes, atraer a todos los demonios de la tierra y al fin expulsarlos al aire.
¡Ser un salvaje!

O sentir al fin lo que es quitarse los zapatos debajo de la mesa y estirar los dedos del pie así, descalzo...

El goce de alzar la cabeza hacia la luz, al aire libre, el goce de los colores iluminados por el sol, en los ojos de las personas.

Dejar que las cosas ocurran...

domingo, diciembre 10, 2006

Algo de música: Esteban Colucci



powered by ODEO
Esteban Colucci es otro de los artistas que, vaya uno a saber por qué motivo, han decidido confiar en un servidor la confección de la gráfica de sus discos. Si el agradecimiento por semejante deferencia no fuese motivo suficiente para presentar aquí una breve muestra de su material, Esteban es además un excelente músico, inquieto y particularmente personal en la elección de su repertorio.

Lo que se puede escuchar aquí es una breve selección del material que integra su CD "Contrastes", integrada por el movimiento final de Eclogues, el opus 206 del italiano Mario Castelnuovo Tedesco (1895-1968) y pegado, como si de una misma composición se tratara, dos de las cuatro piezas para clarinete y guitarra que componen la obra titulada Ctri Kusy, del compositor Stepan Rak.

Si Castelnuovo Tedesco es un compositor que aún no ha sido reconocido en la medida justa de sus méritos, Stepan Rak constituye un hallazgo. Es poco y nada lo que se sabe de los orígenes de este músico, nacido en 1945, en fecha imprecisa. Fue encontrado entre las ruinas de una casa bombardeada en Chust, un pequeño prueblo de Ucrania. Unos soldados soviéticos se apiadaron de él, lo subieron a su tanque y lo trasladaron hasta Praga donde quedó al cuidado de un médico ruso primero, para luego ser criado por una gitana. Su música, en todo caso, parece el reflejo de alguno de los misterios que hacen a su particular historia.

Los músicos que acompañan a Esteban en estas pistas son Gabriela Galván en flauta y Liliana Segal en clarinete.

viernes, diciembre 08, 2006

Invocación imaginaria















Yo no sé qué sucedió.
Pero esta mañana
(me parece recordarlo, al menos)
había un arriba y un abajo.
Y ahora, de repente me doy cuenta,
que de algún modo misterioso alguien
ha logrado hacer desaparecer el suelo
y todo lo que queda son nubes.

Entre las nubes escucho una voz.
Es una voz de mujer que me dice:
“¡Cruzaremos todo el mar!”
Y enseguida me saluda: “¡Hola!...”
Yo miro a mi alrededor y no hay nadie.
Pero mi torpeza es evidente:
hay cosas que no pueden verse
si no es con los ojos del alma.

Hoy la jornada es extraña.
Es día de magia y de duendes.
De bellas hadas y desnudas ninfas.
Solamente así se explica
que alguien le haya robado
a todas las calles sus nombres,
y que se haya torcido
el destino de algunos hombres.

martes, diciembre 05, 2006

De memorias y fantasmas




Los fantasmas existen. Ya no me quedan demasiadas dudas al respecto. Y no sólo eso, sino que además podemos verlos fácilmente. Basta con que tomemos cualquier fotografía lo suficientemente antigua como para garantizarnos que quienes aparecen en ella retratados ya no están en el mundo de los vivos. Nuestras propias fotos se convertirán, llegado su momento, en las marcas innegables de otros fantasmas que hoy todavía insisten en permanecer vivos. Por suerte, y que así siga siendo todavía por más tiempo.

Pero hay fotos y fotos. Esta que me enviaron hace algunos días por mail desde Francia, fruto de una serie de curiosas coincidencias, tiene algo muy particular. Los hombres de la foto llevan mi mismo apellido. Quien está sentado es mi biseabuelo, Adolphe Georges Serain (1868-1924), casado con Marie Chagnier, que aparece sentada a su lado. De pie, sus cuatro hijos: Louise Léonie (1898-1983), Georges Amédé (1900-1928), Mathilde Madeleine (1902-1989) y Raoul (1905-1938).

El último de los nombrados, el joven Raúl, que es quien aparece parado en medio de sus hermanas, era mi abuelo. Nunca lo conocí. Ni siquiera lo llegó a conocer mi padre, Raúl Jorge, que era apenas una criatura cuando su padre, mi abuelo, decidió poner fin a su vida ingiriendo un mortífero veneno. Tenía nada más que treinta y tres años. Siete menos de los que yo tengo en el momento de escribir estas líneas.

Es la primera vez que veo una fotografía de mi abuelo. No sabía que tuviese hermanos. Ni mucho menos que sus hermanas se hubiesen casado y tenido a su vez hijos, con un apellido que ya no es el mío, pero que de todos modos vienen a nutrir mi genealogía. Por alguna razón, vinculada de seguro al temor de abrir sin desearlo antiguas heridas, jamás pregunté nada. Ni a mi padre, ni a mi abuela. Ninguno de los dos dijo nunca nada al respecto. Hoy mi abuela ya no está, y a mi padre le respeto el silencio.

Mas no es la genealogía lo que me interesa, al menos en este momento. Sino el rostro inquietante de este fantasma, que mira a la cámara, esperando ser retratado, sin saber que tantos años más tarde, cuando él ya no pertenezca al mundo de los vivos, el hijo de su hijo lo estará observando, descubriendo con inquietud en la fotografía los rasgos de su propio padre, y quién sabe acaso también los suyos propios.

Las preguntas se amontonan, entonces. Un doloroso porqué que tantas veces antes habrá sido elevado por mi padre. Pero que en esta ocasión se propone como un porqué piadoso. Sólo Dios sabe, si es que acaso existe Dios, qué cosas pudieron pasar por el alma y la mente de ese hombre, que lo llevaron a tomar una determinación tan trágica, dejando solos a su esposa y a su hijo. Son preguntas para las cuales no existen respuestas. Sólo una historia oscura, a la cual me tienta, sin embargo, pedirle que vuelque algo de luz sobre algunas cosas del presente.

Es claro y evidente que esta anotación es personal. No hay aquí nada que pueda ser compartido con un lector que no conozca a quien escribe. Y sin embargo tiene que ver con uno de los comentarios que recibí en una de mis anotaciones anteriores. Allí alguien declara su deseo de ver fotos de fantasmas. Pues bien, he aquí una. Claro, cada persona tiene sus propios fantasmas, y yo me he encontrado aquí con algunos de ellos. Si esta foto hubiese llegado a mis manos hace algunos años, acaso hubiese podido conocer a Mathilde Madeleine o a Louise Léonie. No sé aún cuál sea cuál. Me atraen los rasgos de la dama vestida de oscuro. Una joven misteriosa, que curiosamente ha sido mi tía abuela. Extraño contacto éste que hoy establezco con ella, a través de los inconmensurables mares del tiempo.

Pronto me encontraré con una de las hijas de una de estas dos damas, y también con Mirta, que ha sido una de sus nietas. Seguramente no podrán darme las respuestas que busco. Pero esta foto ya es bastante por el momento. Las historias, por más oscuras que sean, tienen también sus luces. Y yo cuento con este cuadro familiar como guía. Como constancia de que el tiempo es implacable. Y la vida tan frágil y paradójica.

sábado, noviembre 18, 2006

Algo de música: Diana Baroni




Hay canciones que uno ha escuchado tantas veces, y en tantas versiones, que nos parece que no será posible hallar alternativas nuevas que nos sorprendan. El de "María Lando", de Chabuca Granda, era uno de esos casos. Y escribo "era", porque contradiciendo aquella impresión llegó a nuestras manos este disco de Diana Baroni, titulado Nuevos cantares del Perú, recientemente editado por el sello rosarino Blue Art Records.

Es extraño el caso de Diana Baroni. La encontramos tocando su flauta travesera barroca en conciertos de música antigua, en discos con obras de Johannes Mattheson (1681-1764) y Johann Sebastian Bach, elogiados por la revista Le Monde de la Musique. Como antigüista integró el ensamble Café Zimmermann, y fue invitada del Ensemble Elyma, Das Kleine Konzert y Les Musiciens du Louvre-Grenoble, pero en el Centro de Experimentación del Teatro Colón se abocó al repertorio académico contemporáneo. La primera vez que dejó su rol de flautista y se decidió a cantar, lo hizo para ponerle la voz a canciones del vanguardista John Cage (1912-1992). En su disco Son de los diablos se ocupó de rastrear rasgos africanos en la música peruana. Y en este flamante Nuevos cantares del Perú su atención y su canto se centran en las canciones de Chabuca Granda.

Pero además está lo arriba señalado: el hecho de que a pesar de que uno ha escuchado tantas veces, y en tantas lecturas distintas, una canción como "María Lando", de todos modos se sorprende al descubrirla en esta bella versión para cuarteto de cuerdas, interpretada por Elías Gurevich y Grace Medina en violines, Benjamín Bru en viola y Marcelo Bru en violoncello, que nos recuerda que la cantante viene de un ambiente académico dentro del cual hay, sin embargo, gente como la nombrada que también se anima a otras posibilidades.

Esta amplitud de criterios nos habla de un modo particular de comprender el arte musical. Más allá de que la música contemporánea, la antigua y el folklore latinoamericano tengan cosas en común, como puede ser el espacio de improvisación que le queda reservado al artista y el hecho de los tres territorios aún ofrecen mucho por explorar. Este modo particular de comprender la música se vincula con una ruptura de fronteras que tal vez jamás deberían haber estado allí. Así nos lo dice Diana: "Yo creo que no mezclamos ciertos lenguajes musicales a causa de los prejuicios. Creo que la coherencia se inventa; se crea y se cree." Y también explica: "Tanto a través de mi canto como de mi instrumento, lo esencial para mí reside en la posibilidad de comunicar a través de la música."

La música es ante todo esto: una forma de comunicación. Más allá queda la cuestión, tan a menudo vacía, de las clasificaciones y los géneros. Y esto es algo que no puede explicarse con razones, sino que sólo puede entenderse desde la emoción. Que es eso que surge, por ejemplo, cuando uno toca una tecla play y escucha nuevamente la voz que canta, y al cantar nos acerca de nuevo esos textos que dicen...

"La madrugada estalla como una estatua,
como una estatua de alas que se dispersan por la ciudad.
Y el mediodía canta capana de agua,
campana de agua de oro que nos prohíbe la soledad..."

miércoles, noviembre 15, 2006

El sueño de cualquier historiador


El Museo Roca, ubicado en Vicente López 2220 en la Ciudad de Buenos Aires, es la sede del Instituto de Investigaciones Históricas, perteneciente a la Secretaría de Cultura de la Nación. Su misión es "propender al desarrollo de proyectos y programas para el conocimiento y difusión de la historia contemporánea", según queda expresado en la propia página web de la institución.

Por si no fuese suficiente, allí mismo se amplía la definición, y queda escrito que el museo "es un Centro de Estudios que se ocupa de historia contemporánea y en especial de aquella parte de la misma iniciada en 1874", y también que su misión es "ser un centro de referencia, calidad y excelencia que propenda al entendimiento, comprensión y asimilación de los complejos hechos, acontecimientos y fenómenos político-económico-sociales y culturales de la Historia Argentina Moderna y Contemporánea". Vale decir: más claro echale agua.

Por eso es que en un primer momento me llamó poderosamente la atención la temática de una actividad extraordinaria que tomó por sede al Museo Roca, durante este mes de noviembre de 2006. Se trata de la muestra titulada “Imágenes de lo oculto", que se anuncia a sí misma como una "Exposición de espiritismo, esoterismo y lo paranormal”.

Ampliando esta información, la gacetilla de difusión correspondiente destaca: "La exposición presenta reproducciones fotográficas de fantasmas, espectros y apariciones (genuinos y fraudulentos) en combinación con una muestra de libros antiguos sobre la temática y una colección de instrumentos para contactar con espíritus. La muestra incluye un ciclo de conferencias, proyecciones de cine (video-debate) y mesas redondas a cargo de historiadores, psicólogos, urbanistas y otros profesionales y expertos, quienes expondrán las diferentes posturas en relación al fenómeno aparicional."

Algo que merece ser destacado es que la temática no parece versar de manera exclusiva sobre lo relativo a las distintas imaginerías que despierta el tema de lo fantasmagórico, que de por sí daría para un muy interesante debate, sino que se incluye también material genuino, con reproducciones fotográficas de fantasmas, espectros y apariciones de verdad. Vale decir, que la cosa va muy en serio, aunque a más de uno se le pueda ocurrir tomarlo a broma.

Y naturalmente uno se pregunta qué es lo que puede llegar a tener que ver todo esto de los fantasmas con el conocimiento y difusión de la historia contemporánea (y qué es esto de la historia contemporánea, si uno tenía entendido que lo contemporáneo es el presente, pero este ya es un tema para otra anotación). Pero a poco de reflexionar un poco, la respuesta surge evidente.

¿Qué otra cosa podría pedir un historiador, y encontrar mayor satisfacción en ello, que poder conectarse, sesión de espiritismo mediante, con los verdaderos protagonistas de la historia, muertos hace décadas en algunos casos, y siglos enteros en otros, y tener así de primera mano las declaraciones que puedan realizar estos fantasmas, sin intermediarios que tergiversen la realidad histórica de los acontecimientos sucedidos? ¿Podría concebirse un modo más efectivo de documentar los hechos del pasado y escribir una nueva y definitiva Historia?

Queda evidenciado una vez más, como dice mi amigo Pancho Ibáñez, que todo tiene que ver con todo.

jueves, noviembre 02, 2006

Hasta pronto, Teatro Colón

¿A quien pertenece el Teatro Colón? No nos preguntamos sobre cuestiones administrativas ni sindicales, sino artísticas. Los operómanos quisieran que la sala se utilizara exclusivamente para funciones de ópera (y si les insistimos un poco, acaso también para ballet), en tanto otros pretenden que el Teatro se convierta en una sala multifunción. ¿Quién tiene mayores derechos?

El Teatro Colón es una de las salas con mejor acústica en todo el mundo, además de ser todo un símbolo cultural. Más allá de la lírica, escuchar allí una orquesta, un ensamble de cámara, una obra para piano, resulta una experiencia particularmente agradable. ¿Y debe ser siempre música clásica?... Manolo Juarez grabó no hace mucho un excelente disco en el piano del Teatro; es música folclórica, magníficamente realzada por el contexto. Negarle el Colón sólo por no ser música clásica hubiese sido, en este caso, una verdadera tontería. Además de una pena.

Ahora, en el lapso de menos de un mes, hemos podido ver y escuchar a Luis Alberto Spinetta con la Orquesta Académica del Teatro, y anoche a Mercedes Sosa con la Orquesta Estable. Admitamos que a Spinetta, buen músico popular, el Colón le quedó inmensamente grande. En todo caso el mérito fue para los integrantes de la orquesta, que con este concierto buscaron sentar una posición: "Esto también es música", parecían decir. Pero el caso de la Negra Sosa fue diferente. Incluso utilizando una moderada amplificación, que desvirtuó la acústica natural de la sala (no quedaba otro remedio), logró imponer su presencia sobre el escenario.

Mercedes es una gran cantante, y las marcas que los años pueden haber dejado sobre su voz, se compensa con el arte que sólo quienes han vivido pueden ofrecer. Hay sabiduría en su modo de cantar y de decir, algo que de muy pocos artistas se puede decir con justicia. Y aunque a los operómanos esto pueda molestarlos, su presencia en el Colón fue merecida. Como un justo homenaje. Y para la sana satisfacción de su público. Y es que no cabe considerar aquí aspectos técnicos. Porque el purismo musical encuentra su límite en la poiesis propia del verdadero arte, ese que se ubica más allá de la cuestión de los géneros.

Fue la última función en el Teatro Colón hasta su reapertura, que tendrá lugar en mayo de 2008. Ahora comienzan las polémicas obras de renovación y remodelación. Y como dijo uno de los músicos de la orquesta, el día de la reapertura, cuando se puedan escuchar los resultados sobre la acústica de la sala, en caso de que ella no se haya visto alterada en nada, allí será el momento de festejar.

jueves, octubre 26, 2006

El infierno tan temido


Excepcionalmente, un descenso a los infiernos puede ser, después de todo, una experiencia agradable. Pude comprobarlo anoche, magnífica oportunidad, la de acompañar diciendo los textos de La Divina Comedia escogidos por Franz Liszt para complementar la versión para dos pianos, coro femenino y recitante de su Sinfonía Dante, obra de la cual yo sólo conocía su versión para orquesta. En los dos pianos, los maestros italianos Vittorio Bresciani y Francesco Nicolosi; sobre el final, el broche dorado aportado por el Coral Hungaria, dirigido por Sylvia Leidemann.

Acompañando la música, las imágenes proyectadas desde la cabecera de la sala ocupaban toda la extensión de la pared que hace las veces de fondo de escenario en la sala Piazzolla del Teatro Argentino de La Plata. Entre ellas el terrible cuadro pintado por Delacroix, que describe la visita de Virgilio y Dante al averno. En este caso fue el poema de Victor Hugo titulado Après une lecture du Dante el texto que sirvió de preámbulo a la Sonata Dante, transcripta para dos pianos por Bresciani. La descripción musical de Liszt, la maestría de los intérpretes, la potencia increíble de los dos pianos, la imagen de Delacroix, los textos de Dante y de Hugo, y ser parte de todo eso, fue en verdad emocionante.

La del Argentino fue la segunda función; la previa había sido la noche anterior en la sala del Teatro Avenida. Apagados los aplausos, pasado el momento de los saludos, siempre tan cordiales, queda el recuerdo, el sabor de la experiencia, y la reflexión acerca de la inmortalidad de la obra de arte. Liszt, Dante, Victor Hugo, Delacroix, reviven una y otra vez, siempre vigentes, cada vez que un mortal se aproxima a sus respectivas artes, reunidas en este caso todas ellas en un mismo escenario.

¿Y el infierno?... ¿Será real o, por el contrario, un mero producto de la imaginación del hombre? (Pero cuando un hombre sufre, ese sufrimiento es real, incluso cuando aquello que lo produce sea imaginado.)

"Cuando el poeta describe el infierno, describe su vida." Así comienza el poema de Victor Hugo, y en esta simple frase se oculta la gran verdad: cada uno de nosotros construye cielos e infiernos. Los propios a veces; y en ocasiones los de los demás. Torpes arquitectos, sin embargo, las elaboraciones celestes no han solido ser nuestra especialidad. El averno, en cambio, jamás ha exigido dimensiones precisas ni formas armoniosas. Tal vez no tenga que ver entonces tanto con una cuestión de gustos, como de habilidades.

En el infierno vislumbrado por Victor Hugo pueden hallarse las visiones, los sueños, las quimeras, amores heridos... También el hambre, la miseria, la ambición, la venganza, el orgullo, la avaricia y la lujuria. La vileza y el miedo, la traición, y finalmente el odio. Le confiesa Victor Hugo al Dante que sí, que así es verdaderamente la vida, "y su camino lleno de obstáculos, envueltos en pesada niebla". Pero el poema termina haciendo referencia al otro poeta, al de la frente calma y los ojos llenos de luz...

"Es Virgilio, sereno, que nos dice: Continuemos."

Y es que incluso en medio del infierno siempre hay que continuar, siempre adelante, en procura de aquello que pueda redimirnos.

lunes, octubre 23, 2006

23-10-1966 / 23-10-2006

Hoy otra vez Lanzarote. Me refiero a los Cuadernos de Lanzarote, de José Saramago. Esto es algo que sucede a veces con algunos nombres propios: les otorgamos cierta relación de familiaridad, los acomodamos como algo próximo a nosotros mismos, y desde allí los decimos y sentimos casi como algo propio. Y si no escribí directamente José, omitiendo directamente el apellido del autor, es porque Josés hay muchos, desde el padre de Jesús a José de San Martín; desde el presidente del grupo de radios para el cual trabajo ahora, hasta el ascensorista (un verdadero personaje, eterno borrachín de un metro sesenta, más parecido a un duende de pantano que a un hombre) del edificio en el cual trabajaba hace unos años, para una radio que hoy ya no existe.

Hoy otra vez Lanzarote, entonces, y por partida doble. Yo creo que Saramago jamás debe haber pensado que estos dos fragmentos que yo estoy a punto de vincular pudieran relacionarse de algún modo; pero es cierto que uno escribe, y quien se adueña del sentido de las palabras es siempre otra persona. Por un lado, hablando entre otras cosas de su congénito pesimismo, Saramago menciona al final de la anotación realizada un 16 de noviembre que él nunca fue un niño alegre. Antes de siquiera proponérmelo, me veo enfrentado entonces a la pregunta, subrepticia pero inexcusable, de si alguna vez fui yo un niño feliz. (Noto ahora que no me pregunté por la alegría, sino directamente por la felicidad.) Y lo cierto es que me sorprende no tener una respuesta inmediata. Es como que lo tengo que pensar un poco; o mejor, hacer un poco de memoria, como si no se tratara de mí mismo, sino de otra persona, alguien de quien me han contado algunas cosas, hace ya bastante tiempo atrás.

Me digo finalmente que no fui un niño triste, aunque sí es probable que bastante melancólico, al menos hasta donde puedo recordar. ¿Pero son éstas realmente mis memorias? ¿O se trata sólo del recuerdo de una historia que yo mismo me he contado alguna vez? ¿Desde cuándo es que se instaló esta bruma que confunde los contornos cuando miro hacia atrás? ¿Y cuándo fue que comencé a hablar de mi infancia así, en pasado, por otra parte? Quiero decir... es evidente que ya no soy un niño, pero no logro establecer cuándo fue que crucé la frontera que separa la infancia de la adolescencia, o más tarde la barrera de la adultez. ¿Cuál será -o habrá sido- la frontera que una vez atravesada dejó atrás la juventud? ¿Cuándo es que dejamos de crecer para comenzar a envejecer?

De vuelta a Saramago. Varios días antes de la referida anotación, el 17 de octubre de ese mismo año, el escritor deja asentadas en su libro algunas consideraciones sobre el cumpleaños de un allegado. Reconozco que no tengo idea de quién sea “Javier”, a quien se menciona en esas líneas, pero el hombre en cuestión ha cumplido sus cuarenta y un años, y Saramago deja entonces anotadas las líneas de un poema escrito cuando él mismo acababa de cumplir esa edad. Así como las transcribe Saramago en su libro, hago yo lo propio aquí:

Quince mil días secos que han pasado,
Quince mil ocasiones que se perdieron,
Quince mil soles inútiles que nacieron,
Hora a hora contados
En este solemne, pero grotesco gesto
De dar cuerda a relojes inventados
Para buscar, en los años que olvidaron,
La paciencia de ir viviendo el resto.

No puedo resistir la tentación de buscar una calculadora (no tengo ganas de hacer el esfuerzo de calcularlo mentalmente, a pesar de la facilidad de la empresa), y enseguida verifico que los 365 días de un año multiplicados por 40 dan 14600 días, lo cual con un año más, y los correspondientes bisiestos, prácticamente alcanza la cifra de quince mil acusada en el poema. Pienso entonces que en realidad estas líneas las debería estar escribiendo yo dentro de un año, cuando esos mismos quince mil días estén ya sobre mis espaldas, como una mochila que uno carga sin darse cuenta de que alguien ha ido colocando, muy de a poco, para que el efecto pase desapercibido, gramo tras gramo, una carga que de repente se nota más difícil de llevar. Pero la ocasión es propicia, pues precisamente hoy el contador llega a los 40. Cifra inquietante, por cierto. Todo cambia, aunque nada haya cambiado.

Por suerte Saramago retoma su poema con otros treinta años de distancia, lo cual abre un paréntesis temporal interesante, aunque no me atrevo a calificarlo de generoso, pues de todos modos no alcanza para disimular el hecho de que esta mochila ya no está tan liviana como solía estarlo en otros tiempos. Y si no espero a octubre del año próximo, es porque el poema fue releído esta mañana, y porque por una vez he preferido anticiparme al momento. Quince mil amaneceres. Dicho de esta manera, resulta un número difícilmente concebible. Y sin embargo, aunque no están todavía en mi mochila, no pasará mucho más tiempo antes de que estén allí presentes, inevitablemente puntuales.

Quince mil oportunidades. Cuántas de ellas tristemente perdidas, seguramente. Por fortuna, no de todas ellas podría decirse con justicia lo mismo. De aquí en más, me recomiendo a mí mismo tener siempre presente lo mucho que nos falta todavía por aprender.

domingo, octubre 22, 2006

Minichillo: Pra dizer adeus





Nació en Buenos Aires, en 1940. No me dan ganas de consignar que fue el baterista más destacado de la escena del jazz de Buenos Aires. No porque no lo haya sido, sino porque él mismo dijo en alguna ocasión: "Mi vida dentro de la música no estuvo marcada sólo por el jazz. A los seis años temblaba con Pugliese y Atahualpa Yupanqui, y a los 12 conocí la partitura de A fuego lento de Salgán y aún recuerdo que me puse colorado del entusiasmo. Recién después supe del jazz, y las cosas se orientaron para este lado." También amaba la música de Chopin, y de hecho su último disco fue un álbum con piezas para piano solo, compuestas por él.

Por lo general los audios que figuran en este blog son subidos con el conocimiento y la respectiva autorización de los artistas involucrados. No tanto porque el titular de este blog crea demasiado en esas cuestiones de los derechos de la propiedad intelectual, sino para evitar complicaciones con quienes sí consideran tales cuestiones.

Pero esta mañana leí algunos de los mensajes recibidos en mi casilla de correo y me enteré de la muerte de Norberto Minichillo. Entonces no puedo dejar de ofrecer aquí mi humilde homenaje. Y el único modo que encuentro de hacerlo es a través de su música. Si alguien involucrado directamente con los derechos de esta canción se siente tocado, de inmediato la retiraré de este espacio. Mientras tanto, es mi manera de decirle adiós a este gran músico.

El título de esta canción, que nos permite escuchar una vez más no sólo la percusión, sino también la increíble voz de Norberto, se titula, precisamente, "Pra dizer adeus"... Aunque el adiós a un artista siempre sea un hasta siempre.

martes, octubre 17, 2006

Canciones solitarias


¿Por qué será que determinadas músicas nos gustan? ¿Por qué nos atraen, del modo en que lo hacen? ¿Será porque ellas coinciden con nuestra particular idiosincracia? ¿O será, por el contrario, que las músicas que escuchamos a lo largo de nuestras vidas van modelando de a poco, y sin que nosotros mismos lo notemos, nuestro individual modo de ser, nuestra manera de sentir y de vincularnos con el mundo? Este es el interrogante que se plantea el escritor británico Nick Hornby en el fragmento que sigue, tomado de su novela "Alta fidelidad". El melancólico protagonista, dueño de un negocio de venta de discos de vinilo, un poco por gusto, otro poco por deformación profesional, ha escuchado algunas canciones infinidad de veces. ¿No habrán sido ellas las responsables, al menos en parte, de que hoy él sea quien es?...

Algunas de mis canciones preferidas: Only Love Can Break Your Heart, de Neil Young; Last Night I Dreamed That Somebody Loved Me, de los Smiths; Call Me, de Aretha Franklin; I Don´t Wan´t to Talk About It, de quien sea. Y luego, Love Hurts, When Love Breaks Down y How Can You Mend a Broken Heart; y también The Speed of Sound of Loneliness y She´s Gone, y I Just Dont´t Know What to Do with Myself, y qué sé yo. Hay canciones de éstas que he escuchado por término medio al menos una vez por semana (trescientas veces el primer mes, y después de vez en cuando), desde que tenía dieciséis, diecinueve o veintiún años. ¿Cómo no va a dejarte eso magullado por algún sitio? ¿Cómo no te va a convertir eso en una persona fácilmente rompible en mil trocitos, cuanto tu primer amor se va al garete? ¿Qué fue primero: la música o la tristeza? ¿Me dio por escuchar música porque estaba triste? ¿O es que estaba triste porque escuchaba música? ¿No te convierten todos esos discos en una persona de tendencia melancólica?"

Hay quien se preocupa, y mucho, de que los niños pequeños jueguen con armas de fuego, de que los adolescentes vean videos en los que la violencia es moneda corriente; nos da miedo que esa especie de cultura de la violencia termine por tragárselos como si tal cosa. A nadie le preocupa en cambio que los niños escuchen miles, literalmente miles de canciones que tratan siempre de corazones destrozados, de rechazos y abandonos, de dolor, tristeza, pérdida. Las personas más desgraciadas que yo he conocido, románticamente hablando, son las que tienen un desarrollado gusto por la música pop. Y no sé si la música pop es la causante de esta infelicidad, pero sí tengo muy claro que han escuchado esas canciones infelices desde hace más tiempo del que llevan viviendo una vida más o menos infeliz. Así de claro."

martes, octubre 10, 2006

Algo de música: Zo'loka? Trío





- Pero!... Vo'zoloka?...

- Vo'te creé que la música é para jugá?



Y sí, hay quienes piensan que con la música no se puede jugar. Y por otro lado están los que cada tanto tienen a bien recordarnos que sí, que jugar con la música es posible y necesario. No por nada ha de ser que tanto en inglés (to play) como en francés (jouer) coinciden los verbos utilizados para dar cuenta de las acciones que son propias del mundo lúdico y el musical. En español, en cambio, el verbo jugar aparece más ligado a la faz teatral, y así es como los actores juegan los roles que les han tocado en suerte, mientras los músicos se ponen su traje de personas serias. No todos, por supuesto.

El Zo'loka Trío? está integrado por Victoria Zotalis en la voz, Juan Manuel Costa en violoncello y Marcelo Katz en piano, responsable además de los (des)arreglos y la dirección musical del conjunto. El disco "Yo nunca te ví", el primero que edita el trío, nos acerca un buen puñado de clásicos del jazz, como Night and Day de Cole Porter, All of me, Tenderly o Sweet Georgia Brown, entre otros. Pero todas las versiones son particularísimas, juegan en los extremos del género, y no pueden ser descriptas con palabras. Es necesario escuchar. Luego, podrá gustar o no. Difícilmente pasará indiferente.

Personalmente, me reí mucho escuchando este disco. Son bromas musicales, al mejor estilo de un Mozart o un Ernesto Acher, por nombrar dos referentes bien distantes el uno del otro. El primero, en Una broma musical, identificada en el catálogo Köchel con el número 522, compone una divertidísima obra maestra a partir de la elaboración de todo un catálogo de errores típicos de los compositores menos inspirados. El segundo, en su disco "Juegos", se da el lujo de mezclar, en lo que titula 40 choclos, el primer movimiento de la Sinfonía Nº 40 de Mozart con el tango El choclo de Villoldo. Algún día mostraremos en este blog alguna de esas (re)creaciones, con el debido permiso de Ernesto.

Con el debido permiso de los Zo'loka?, comparto con ustedes la particularísima versión del trío de un clásico como Fly me to the moon. Uno puede escuchar primero, si la tiene a mano, la versión cantada por Frank Sinatra, nada más que para convalidar que se trata de la misma canción. Y luego disfrutar con la voz de Victoria, acompañada por momentos por un cello catatónico y un piano decididamente desquiciado. Y sin embargo, en su conjunto, la versión no tiene desperdicio. Vale la pena conseguir el disco y escucharlo completo.