lunes, mayo 25, 2026

Dos sueños: La eternidad del presente (260520)

Esto no lo soñé ahora, sino hace un par de días. Era de noche y viajábamos en un micro semivacío que marchaba a toda velocidad, esquivando autos y derrapando en cada curva. Allí estábamos los tres amigos que nos habíamos conocido de pequeños en el colegio: J.J., A.A. y yo. El micro intenta doblar por una callejuela, pero es demasiado grande y no pasa. El chofer nos dice que vamos a tener que bajarnos y seguir a pie por la vereda. Nos dice que vamos a estar bien. El comentario, lejos de tranquilizarme, me inquieta. Corremos por ese callejón y entramos en un edificio que parece estar abandonado, aunque sabemos que no es así. A.A. se adelanta y lo perdemos de vista.  Con J.J. seguimos caminando por un laberinto de pasillos y recodos. Escuchamos que A.A. llora detrás de alguna de esas paredes. Su padre ha muerto y estamos ahí para acompañarlo. Pero de pronto, como suele suceder en los sueños, quien ha fallecido ya no es su padre, sino su hermana, aquella muchacha que hace muchísimos años fue mi primera novia. Cuando me desperté, me costó recordar si de verdad ella había muerto o no. Hasta pensé en llamar a J.J. por teléfono para preguntarle.

Si traigo aquel sueño a este texto es porque una confusión similar, pero al revés, tuvo lugar anoche. Yo discutía con mamá, porque ella se quejaba amargamente mientras decía no entender por qué mi padre no quería volver a vivir con ella. Recuerdo que yo le respondía algo así como "dejalo en paz a papá, que él está feliz viviendo solo, y tratá de ser feliz vos también". Es verdad que mamá y papá vivieron unos años separados, aunque después la vida los llevó a estar juntos otro tiempo. Creo que en ese momento me desperté, aunque a medias. Fue como si hubiese soñado que despertaba, en realidad. Lo cierto es que me costó precisar si de verdad papá seguía vivo o no. Lloré, por supuesto, al recuperar la respuesta. Fue como haberlo perdido de nuevo. Y en algún momento me quedé dormido otra vez.

Hay quienes dicen que no es posible leer en sueños. Que para saber si se está despierto o soñando basta con agarrar un libro e intentar leer en una página cualquiera. Casi siempre estoy dispuesto a aceptar que eso es cierto. Sin embargo, justo antes de despertar del todo, pude leer con total claridad, en lo que creo era la página de un diccionario, el sentido de la palabra felicidad. "Es la ilusión de que es posible recuperar lo irrecuperable", decía el texto, que era un poco más extenso, pero justo hasta ese punto llegó mi lectura, porque ahí sí me desperté.

Mi primera interpretación de aquel texto no me agradó. Quiero creer que la felicidad existe. De a ratos, por supuesto. Entonces me di vuelta en la cama y puse mi mano sobre la piel de mi mujer.  Le dije: "Vos sos mi felicidad", y un poco volví a dormirme. Pensé en la fugacidad del momento, que no era más que la fugacidad del tiempo presente, siempre evasivo. ¿Cuánto dura el presente? Hago la pregunta y ese momento ya se ha convertido en pasado. Ahí está lo irrecuperable. Sin embargo, el presente es también algo en lo cual estamos sumidos permanentemente. Siempre es ahora; otra cosa no hay: el pasado es un recuerdo que se desvanece y el futuro no es sino un tal vez, algo que vendrá, pero sin garantías de que estemos allí para verlo. Sin embargo, no importa cuándo uno piense las cosas, ese momento siempre es presente. Así que, aunque cada momento sea irrecuperable, porque solo es pasible de ser vivido una única y fugaz vez, el presente es también siempre, al menos mientras estemos. Y cuando ya no estemos... no tendrá sentido pensar en tiempos, ni en recuperos, ni en sueños, ni en nada. Carpe diem, entonces. Que lo único que hay es este momento. Y este momento acaso esté lleno de maravillas.

lunes, mayo 18, 2026

Mandarinas


Pegriloso
. Así dicen que decía. Yo no lo recuerdo, por supuesto. Era demasiado chico. Pe gri lo so... No, no, así no era. Es que esto viene a ser algo así como el recuerdo de una vieja fotografía que hemos extraviado hace rato. Algo impreciso, inconfirmable. Mejor dicho: es como el recuerdo del relato del recuerdo de otro. De otros, que ni siquiera se han puesto de acuerdo sobre los detalles de la misma brumosa añoranza. Porque unos dicen que yo decía pegriloso; y otros, que la palabra en cuestión era otra: peliglosho. Digo dicen, en presente, cuando en realidad debería decirlo en pasado. La mayoría de quienes decían ya no están, como tampoco está ya aquel niño, el que así decía, aunque seguramente aún quede algo de él en el hombre que escribe ahora mismo estas líneas.

Pe li glo sho. Me gusta más esta versión. Porque es así como me lo contaba mi padre, y me gusta recordarlo así, sonriendo y con un brillo entre orgulloso y nostálgico en su mirada, cuando relataba la repetida anécdota de cómo el niño que yo había sido decía esa palabra, graciosamente deformada, para señalar que una fruta pasada no debía ser comida. "Esta mandarina está peliglosha", decía mi padre que decía yo, señalando la fruta en cuestión, para que nadie la comiese ni se le ocurriese dármela a mí para comer. Podrida. Esa era la palabra, en realidad. Pero la brutalidad de este término, que resuena a cadáver, que remite a carroña, esa palabra que ya llegaría con el correr del tiempo, no era adecuada para un niño de... ¿Cuánto? ¿Cuatro años, tal vez? Inconfirmable. Pero no importa, porque decido creerle al recuerdo de la sonrisa de mi padre, a sus ojos iluminados. 

Imagino que él me contaría aquella escena mínima, mientras me miraba asombrado, preguntándose adónde habría quedado la criatura que había sido su protagonista. Es lo que siempre sucede con la evidencia del paso de los años: es algo que nos desconcierta, que nos desarma. Ahora mismo yo no logro comprender la ausencia de aquel hombre. ¿Adónde se fue? No me parece posible que simplemente ya no esté. Entonces, en cualquier momento de cualquier día de este presente, sé que me miraré en el espejo, asombrado, y descubriré un rostro parecido al de mi padre, pero a la vez distinto, y me preguntaré si acaso no hay todavía algún rastro de aquel niño que denunciaba mandarinas que no debían comerse. ¿Existen todavía en nosotros los niños que fuimos? ¿Qué pasó con aquellas mandarinas? ¿En qué momento es que dejamos de crecer para comenzar a envejecer?

miércoles, mayo 06, 2026

Iglesias

Ya es casi de noche, aunque es probable que apenas sean las siete de la tarde. Camino tranquilo, sin prisa, sin pensamientos que merezcan ser considerados tales, cuando paso frente a una iglesia. En rigor, se trata de una basílica. No es la primera vez que me fijo en ella: sus dos torres enormes, de unos 75 metros de altura, destacan desde lejos en el barrio. Las centenarias puertas de bronce están abiertas de par en par y la mirada inevitablemente ingresa por un instante en el recinto, incluso cuando mis piernas insistan, afuera, en proseguir su marcha. Me doy cuenta, sin embargo, que he aminorado un poco el paso.

No soy una persona creyente (me tienta la humorada de añadir: "gracias a Dios"), pero algo me llama la atención. Entiendo que allí dentro se está celebrando misa. Veo al sacerdote en el altar, haciendo uso de la palabra. Unos pocos feligreses lo acompañan, prestando atención a lo que dice, o aparentándolo, al menos. El recinto es enorme, pero está mayormente vacío. Insisto: no soy una persona creyente. ¿Si es por decisión propia? Es una pregunta interesante. ¿Se puede elegir creer o no creer? ¿Es algo que se puede querer hacer o es algo que simplemente sucede, como cuando se escucha un sonido, sin que importe que uno quiera o no escucharlo? La primera y última vez que quise entrar a una iglesia por tener necesidad de consuelo, en todo caso, alguien me negó la entrada. Me dijo que ya estaban por cerrar las puertas. Y así lo hicieron, delante de mis narices. Serían, también aquel día, cerca de las siete de la tarde. Hace muchos años de eso, pero el recuerdo, todavía vívido, me enseñó a mantenerme distante de los templos. Sin embargo, algo me impacta de lo que veo ahora a través de estas puertas, en este caso abiertas  de par en par. Es el vacío lo que destaca en la escena. La ausencia. Macedonio Fernández podría haber dicho que los feligreses eran tan pocos que si faltaban diez más ya no hubiesen tenido sitio. 

Imagino a los constructores de este edificio centenario haciendo números, calculando dimensiones, imaginando un espacio colosal capaz de albergar a una multitud de fieles, varios cientos, inspirando a través de la magnificencia arquitectónica ideas relativas al reino divino. ¿Qué pensarían si fuesen testigos de tan menguada asistencia? Me pregunto por cuánto tiempo más tendrá sentido mantener esta colosal mole edilicia abierta y me asombra percibir en mí mismo una especie de nostalgia. ¿Nostalgia de qué, si en definitiva los creyentes más bien me han fastidiado siempre con esa necia fe ciega a todo serio argumento? Sigo caminando, mientras me alejo, ahora sí, pensando en este asunto. Al cabo de unas cuadras me termino de dar cuenta de que la añoranza no tiene que ver con la fe, sino con el hecho de haberse perdido, en definitiva, un lugar de encuentro comunitario. La idea de la comunión, finalmente, guarda relación con la comunidad, como la reunión de los que se juntan porque tienen algo en común, así sea una creencia o la tradición de un rito. Es por ahí que viene mi nostalgia. Hoy todos andamos solos, ensimismados ante nuestras pantallas, aislados del entorno con nuestros auriculares o, en el mejor de los casos, en nuestros íntimos pensamientos, esos que no compartimos con nadie. Será por eso que los escribo aquí, incluso sin expectativa de que nadie los lea. De pronto recuerdo una frase que en algún momento decidí guardarme, para un momento como éste: el problema no es que los hombres crean o dejen de creer en dios, o en los dioses, sino que dios, sea cual sea su nombre o su rostro, siga creyendo en los hombres.

Una frase lleva a otra, así son las cosas siempre. Hace unos días leí en mi pantalla: "Todo ateo añora en secreto un Dios que pudiera refutarlo". La idea me impactó, resonó como un eco en mí, que no soy ateo, sino agnóstico. Presumo que los ateos acaso tengan la secreta pretensión de convertirse en algo así como antidioses, con el poder de hacer que algo no exista con su sola negación, tal como según se dice Dios hizo existir el mundo con su sola afirmación. En todo caso, debo confesar que me hago cargo de la sentencia. Mejor dicho: doy plena fe de ello, expresión especialmente adecuada en este caso, tratándose de lo que se trata. Digo que Dios probablemente no exista. Pero espero estar equivocado.