viernes, diciembre 31, 2010

2010 - 2011

Otro año que llega a su fin. Por supuesto, el conteo es siempre arbitrario, quién dice aquí termina un año y comienza el otro, o cómo es posible que en China ya sea 2011 y en cambio aquí, en este olvidado rincón del sur, la gente todavía se apure para llegar a sus casas, como si en eso se les fuera la vida, sólo para esperar luego a que el reloj marque las 00:00, un año se terminó, comienza el otro. ¿Todo cambia para que nada cambie? ¿O todo cambio depende de nosotros? Cambia, todo cambia. Al margen de los calendarios. Es crecer, por supuesto. Aunque también sea ir despidiéndose de a poco de estos cielos, de estos mares, de estas tierras, de este mundo.

Siempre me llamó la atención la ceremonia de espera de la medianoche, de esa frontera tan invisible como fugaz que separa la nochevieja del año nuevo. Las discusiones por ver si el reloj de tal o de cual pariente está debidamente puesto en hora, no sea que festejemos en falso, un minuto antes o uno después de que sea el momento adecuado, o fuera de la perfecta y esperada sincronía. Entonces, una vez más, es mi maestro Saramago quien me ilustra sobre la cuestión, en todas partes sucede más o menos lo mismo, y esto es lo que ocurre, por ejemplo, durante la noche de un fin de año de 1935, la impaciente espera por un nuevo 1936, en Portugal:

...Faltan cuatro minutos para la medianoche, ay la volubilidad de los hombres, tan cuidadosos del poco tiempo que tienen para vivir, siempre quejándose de que la vida es corta, que deja sólo en la memoria un blanco son de espuma, e impacientes aquí porque pasen los minutos, tan grande es el poder de la esperanza.

La esperanza. Siempre recuerdo con una incierta melancolía aquella ácida sentencia que comienza por reconocer, acorde al dicho popular, que es verdad que el tiempo es un excelente maestro... Pero sólo para añadir enseguida que, sin embargo, este maestro tiene una pésima costumbre, que es la de terminar matando indefectiblemente a sus alumnos. Así es como el tiempo viene a ser nuestro equivalente cotidiano del mitológico dios Saturno, aquel que se alimentaba con la carne de sus propios hijos.

Pero hemos escrito esperanza. Y esperanza tiene que ver con espera. Vale decir, con el paso del tiempo. La paradoja es así evidente: esperamos lo mejor y lo más temido en el mismo horizonte. El inicio de un nuevo y mejor tiempo en la misma dirección en que se halla el final de los tiempos. De los tiempos propios al menos. O de todos, tal vez, que tanto no sabemos.

Y aunque sea mentira que uno siempre espera lo mejor, por pura perversión a veces, y otras simplemente porque resulta difícil saber qué cosa será mejor que otra hasta tanto el propio tiempo nos demuestre lo que deba venir a demostrarnos al respecto, también es verdad que en medio de estas incongruencias, tan propiamente humanas, se abren a veces ciertos marcos de esperanza.

Que crea quien pueda. Que a mí por lo general me costaría trabajo. Después de todo, la esperanza también estaba en su momento allí, adentro de la caja de Pandora. Claro que entonces aparece el dicho, listo para explicar el aparente malentendido: no hay mal que por bien no venga. ¿Será así?... Ya se verá. En cualquier caso, esta vez me dispongo a recibir el futuro con esperanza. Razones no me faltan. Ya el tiempo se dedicará más tarde a hacer eso que tan bien sabe hacer. Mientras tanto, mi presente está revestido con esa tonta fe que, según dicen, puede a veces mover montañas.

martes, diciembre 21, 2010

La felicidad de los otros


El niño tiene entre sus manos un pequeño auto de juguete que le han obsequiado. No se trata de un juguete cualquiera: colorido, lustroso, flamante, por el modo en que el niño juega con él estaríamos tentados de decir que es el auto de juguete que cualquier chico desearía tener.

Cerca hay un segundo niño, que mira la escena con sumo interés. Aunque en realidad no mira la escena: sus ojos son solamente para el auto de juguete. Finalmente se decide, se acerca hasta el dueño del mágico objeto y le dice algo.

Hay un instante de indefinición. El tiempo parece detenerse. Ahora el primero de los niños ha dejado de jugar y mide con la mirada a su interlocutor. Tal vez sea su amigo, aunque también puede que se trate apenas de un compañero de juegos ocasional. En cualquier caso, una sombra de duda atraviesa su rostro. Pero finalmente confía y cede: con mucho cuidado, el dueño del juguete lo deposita, junto con su confianza, en las manos del segundo niño.

Antes de que llegue a transcurrir un minuto, si el reloj no nos engaña, el auto de juguete estará roto. Es curioso: en verdad lo importante para el segundo niño no fue tener lo que el otro tenía, sino que el otro no tuviese, siendo que tampoco tenía él. En otras palabras, no era el deleite propio el objetivo, sino la nivelación: si yo no tengo, tampoco tendrás tú, si yo no puedo ser feliz, tampoco serás feliz tú.

Incluso sin saberlo, el segundo niño acaba de cometer su primer crimen. Otros llegarán, inevitablemente, más temprano que tarde.

domingo, diciembre 12, 2010

Razones para descansar

El guerrero japonés fue apresado por sus enemigos y encerrado en un calabozo. Aquella noche no podía conciliar el sueño, pues estaba convencido de que a la mañana siguiente habrían de torturarlo cruelmente. Entonces recordó las palabras de su maestro zen:

- El mañana no es real. La única realidad es el presente.

De modo que volvió al presente... y se quedó dormido.

Bonita anécdota, que me regala una estudiante en su último parcial, y que me convence de que el momento que perdemos tontamente en el presente no logrará hacernos sentir mejor por la mañana.

miércoles, diciembre 08, 2010

Lucía

Ella se llama Lucía. Curiosa, hace algunos años le preguntó a su padre el porqué de tal nombre. Su progenitor, solícito a la vez que escueto, le explicó que ella había sido bautizada así gracias al influjo de cierta canción. Alcanzó esta explicación para que Lucía sintiera, durante un cierto tiempo, que su nombre remitía inevitablemente a un cielo salpicado de diamantes, tal como había sido plasmado por la imaginación y la pluma de John Lennon.

Grande fue la desilusión de esta muchacha cuando años más tarde y casi de casualidad vino a enterarse que nada tenían que ver Lennon, la Banda de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta ni el tema Lucy in the sky with diamonds con la elección de sus padres. Lo cierto es que ellos habían elegido su nombre fascinados por una canción titulada Lucía, de un tal Joan Manuel Serrat.

En ese momento supo Lucía, incluso sin saberlo en tales términos, que su nombre no era más que una representación falaz, como tantas otras. Y además supo que su derecho a tener su propia representación había estado siempre en manos de otras personas.

Uno jamás es quien realmente es, sino lo que logra hacer con eso que los demás hacen de sí mismo (Jean Paul Sartre dixit...)

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P.S.: Hablando de Sartre, alguien me hace llegar la siguiente sentencia, atribuida al pensador francés:

"Las palabras hacen estragos cuando encuentran un nombre para lo que hasta entonces ha vivido innominado."

Dejo la frase anotada aquí, porque creo que valdrá la pena detenerse a reflexionar en algún momento sobre el particular. Por de pronto, digamos que las personas son por naturaleza innominadas, hasta que alguien viene a decirnos que nos llamamos de tal o cual modo.

sábado, noviembre 20, 2010

La naturaleza de la verdad


Mi colega Abel Vera Hidalgo publica en su blog una leyenda oriental que pretende echar un poco de luz sobre la cuestión de la naturaleza de la verdad. ¿De qué cosas puede decirse que tengan correspondencia o no con la verdad? De eso se trata.

Dice esta leyenda que cierta vez un sultán decidió que obligaría a la gente a decir la verdad. A la ciudad se entraba por un puente, de modo que levantó allí un patíbulo y al lado hizo colocar un cartel bien visible que advertía:

“Todo aquel que pretenda entrar será interrogado. Si dice la verdad, se le permitirá la entrada. Si miente, será colgado.”
A la mañana siguiente la ciudad abrió sus puertas. El capitán de la guardia se apostó junto al patíbulo con un escuadrón y comenzó a interrogar a todo aquel que pretendiese entrar. Al llegar el turno de Nasrudin, le preguntó:

— ¿Para qué viene usted a la ciudad?
— Vengo aquí para ser colgado —respondió Nasrudin.
— ¡Está usted mintiendo!, exclamó el capitán.
— Muy bien, si he mentido, ¡cuélgueme!
— Pero si lo cuelgo por haber mentido, habré hecho que lo que usted dijo sea cierto...
— Así es. Ahora ya conoce cuál es la naturaleza de la verdad.

martes, noviembre 16, 2010

Calma

Enseña Lin Yutang que, además del noble arte de hacer cosas, también existe el nombre arte de dejar ciertas cosas sin hacer.

La sabiduría vital -explica- consiste en la eliminación de aquellas cosas que no son esenciales.

lunes, noviembre 15, 2010

Simone de Beauvoir


Encuentro en Facebook esta perlita. La mujer que aparece desnuda en la fotografía es nada menos que Simone de Beauvoir. La portada corresponde a una edición de Le Nouvel Observateur, y conmemora el centenario del nacimiento de la pensadora. El comentario que acompaña la imagen en la red social señala que la tapa causó en su hora un gran revuelo feminista, pues se acusó al medio de sexista, por no haber publicado nunca el desnudo de un filósofo varón. Razón no le falta a este argumento, aunque dudo que la gente hubiese comprado con igual entusiasmo una revista en cuya portada hubiese aparecido desnudo Jean Paul Sartre.

Ahora bien, ¿qué es lo que tiene tan de particular esta fotografía? Sin duda, el hecho mismo de tratarse de Simone de Beauvoir. Pareciera que el sentido común se encabritase ante la evidencia de que una pensadora pueda tener un cuerpo, máxime si se trata de un cuerpo atractivo y desnudo. ¿Por qué habrían de ser incompatibles el mundo de la sensualidad y el mundo de las ideas?

De sinrazones como ésta está hecho el mundo. Curiosamente, el mismo día en que encuentro esta fotografía de Beauvoir me entero de que una tal Alexandria Mills, Miss Mundo 2010, enfrenta un escándalo por la difusión de una imagen suya. Mills, quien a diferencia de la francesa no tiene que lidiar con la contradicción entre la carne y la mente, fue la primera estadounidense en llevarse ese título de belleza. Pero al parecer la jovencita tuvo la mala idea de posar desnuda en su baño para que su novio de entonces le tomase una foto, que por supuesto no tardó en llegar a internet. Ahora le quieren quitar su corona. Y no es que el asunto me importe, pero sinceramente no entiendo el problema. ¿No fue elegida esta señorita Miss Mundo precisamente por su cuerpo y no por sus ideas?

Superada en occidente la moral victoriana, el cuerpo continúa siendo en más de un sentido una asignatura pendiente. Ya sea porque lo superficializamos, vaciándolo de todo sentido, o porque lo hacemos desaparecer en el campo de las nuevas tecnologías, o simplemente porque todavía nos ofende.

martes, noviembre 09, 2010

Más sobre el amor 4: Un bello engaño

¿Cuál es el sentido de ese extraño estado de desequilibrio, tanto de la razón como del espíritu, que es el enamoramiento?

Podrían arriesgarse muchas respuestas. Sin embargo, la verdad es que el enamoramiento (Jean Baudrillard afirmaba esto mismo respecto del sexo) no es sino una bella forma biológica del engaño. Porque a través del amor (y lo mismo puede ser aplicado al sexo) logramos olvidar por momentos nuestra miserable condición de mortales. Por eso nos enamoramos, y copulamos, y gracias a eso logramos perpetuar la especie.

Ya sabía yo esto. Pero me gustó la forma en que pude leerlo en el marco de uno de los trabajos sobre el amor que me entregaron mis estudiantes: El ser humano tiene conciencia de su finitud, de que algún día se va a morir. Estar enamorado alivia esa angustia. Por eso creo que uno se enamora para sentirse mejor; porque estar enamorado es algo que nos aleja de la muerte. No es lo mismo pensar en morir solo, que pensar en morir de la mano de la persona a la cual uno ama.

lunes, noviembre 08, 2010

Más sobre el amor 3: Encuesta

Marianela, de 23 años, responde a una encuesta que hemos preparado y que versa sobre el siempre complicado tópico del amor.

Primero le preguntan cómo es eso de andar enamorada, y ella responde que el amor es como estar ciego, que no te importa ninguna otra cosa, y cuenta que cuando él la iba a buscar ella siempre tenía como un dolor de estómago debido a los nervios.

Luego le preguntan qué esperaba ella del otro, en esa relación, y Marianela responde con palabras tales como respeto, diversión, confianza y seguridad.

La siguiente pregunta dice: ¿Qué pasa cuando empezás a conocer realmente a la otra persona?

Marianela responde enseguida, sin pensarlo demasiado: En cuanto comenzás a conocer al otro, cagaste. Te preguntás: ¿Dónde mierda me metí? ¿Cómo no me dí cuenta antes? Y ya nada vuelve a ser igual.

domingo, noviembre 07, 2010

¿Qué se puede esperar de un hombre que ni siquiera escucha música?

Leo en el parcial de una de mis estudiantes algo que no puede ser sino un acto de catarsis: "Creo que hoy fue mi último día de trabajo; sin dudas me echan. Grité más fuerte que el presidente, largué un llanto incontenible y cerré mi discurso con un portazo. Las reglas de urbanidad aconsejan cuidar las formas para que nuestro legajo no sea dado de baja. ¿Usted quiere permanecer en su lugar de trabajo? Pues intelectualice su condición natural y controle al máximo su espontaneidad sensitiva. Si al final de la jornada le duele la nuca es porque hizo bien la tarea."

Me quedo pensando en muchas cosas. Por ejemplo, en cómo sería posible evaluar algo así, aunque en el fondo ese es el menor de mis problemas. Otros no saben cómo evaluarlo, pero yo sí logro ver el enlace con los contenidos de la materia. Hay aquí muchísimo más enlace que en muchos textos de pura teoría.

Pero sigamos leyendo otro poco: "En un intento desesperado por ubicarme en el lugar del empleado anestesiado, el Secretario General sentenció: "¡no servís para nada!", pero lejos de afligirme esa frase me llenó de júbilo, porque el "nada" encierra en realidad un número pequeño de actividades que tienen que ver con servir café, acomodar papeles, mandar mails, prender la estufa de las oficinas... Lo que no sabe el Dr. F. es que son otras las cosas que me importan. No sabe que yo sirvo para hacer teatro, para pintar, escribir poemas o bailar. Entonces me río de su mierdosa situación contemporánea, porque ¿qué se puede esperar de un hombre que ni siquiera escucha música?"

Esta es una de las delicias que tiene la docencia. El aprender siempre cosas; incluso cosas que uno en el fondo ya sabía, pero que se aprenden de nuevo cada vez que alguien más te las repite, como en un juego de magníficos espejos.

sábado, noviembre 06, 2010

Inevitabilidad

Buscando algo en Internet, ya no recuerdo si acerca de los fantasmas, sobre Solón de Atenas o sobre los jabones Sunlight (puede que haya sido en realidad sobre las tres cosas), encuentro un archivo en formato pdf. Recuerdo entonces (en realidad lo recordé un momento más tarde, pero la diferencia no viene al caso) aquella sentencia que asegura que si uno abre un libro en un lugar cualquiera y lee con suficiente atención, es posible que ese libro le diga algo de cierta importancia. Me pregunto entonces si con los libros en formato electrónico sucederá lo mismo. Tal vez sí, acaso no. Pero lo cierto es que luego de abrir el pdf en cuestión y mover al azar la barra de scroll, alcanzo a leer lo que sigue:

Lloraba Solón la muerte de su hijo.

Un amigo se acerca y le dice:

— ¿Por qué lloras, si sabes que es inútil?

— Por eso —contestó Solón. Porque sé que es inútil.

Antes de entrar al blog para dejar consignado este hallazgo, guardé el pdf en una de las carpetas del disco rígido de mi máquina y me prometí conseguir un ejemplar en papel de El libro del fantasma de Alejandro Dolina en cuanto me fuese posible.

jueves, noviembre 04, 2010

Más sobre el amor 2: Lucidez

Ella recuerda de pronto un diálogo amoroso, probablemente no tan lejano en el tiempo, pero de seguro considerado ahora desde un lugar diferente del que habrá tenido en el momento de ser su coprotagonista. Motivada por los azarosos caminos a los cuales suelen conducir las conversaciones extensas, aparentemente ella decidió aquella vez embarcarse en la ardua y vana tarea de intentar explicarle a él lo obvio; vale decir, que ella en realidad no estaba ni siquiera cerca de ser todo eso que él decía ver en su persona.

- Vos podés pensar de vos misma lo que quieras, pero para mí sos lo que yo veo en vos y punto, habría sido la respuesta del muchacho.

Vale decir, una declaración de amor sincera y lúcida como pocas, aunque por ello mismo cabrá dudar en cuanto al efecto que finalmente haya tenido.

"Su representación de mí -señala hoy esta muchacha- era solamente suya y él no tenía ninguna intención de superponerla con la mía." Entonces se pregunta: "Pero, ¿vuelve acaso al sentimiento menos real el hecho de que esté basado en una mera representación?"

Me temo que la respuesta a esta pregunta sea un rotundo NO.

Claro, es necesario tener en cuenta que con el paso del tiempo, que lleva a la transformación del enamoramiento en amor, y luego al amor hacia un cariño mutuo, siempre que los integrantes de la pareja no se aniquilen antes en el intento, las cosas suelen cambiar. O dicho de otro modo: las representaciones se vuelven otras.

Sentencia de todos modos Lucía: Aceptar la imposibilidad de conocer al otro es entregarse a amarlo aceptando el riesgo.

Bonita conclusión, no cabe duda. Yo quise preguntarle qué había pasado finalmente con aquella pareja suya. Pero no me animé a hacerlo y presumo que me quedaré para siempre con la duda.

sábado, octubre 30, 2010

Charles Bukowski

Confesión se titula el poema. Y confesión es la mía: no me gusta la literatura de Bukowski. Jamás me gustó.

Sin embargo (siempre hay un sin embargo), este poema en particular, en el cual Hank llega al final de sus días y reconsidera, entre otras cosas, el siempre problemático asunto del amor, me reconcilia con el poeta maldito. Porque habla de mí. Porque me espeja.

Dice el poema en cuestión:

Esperando a la muerte
como un gato
que quiere saltar sobre la cama.

Compadezco a mi mujer.

Ella tiene que ver este tieso
blanco cuerpo moverse una vez,
y después quizá de nuevo: “¡Hank!”

Hank no quiere responder.

No es mi muerte lo que me preocupa,
es mi mujer sola con este
montón de nada.

Quiero hacerle saber que
aún después de tantas
noches durmiendo a su lado

hasta las inútiles
discusiones fueron cosas
siempre espléndidas

y las difíciles palabras que
siempre temí decir ahora
pueden ser dichas:

Te amo.


Yo no quisiera esperar a la antesala de la muerte para decir estas cosas. Pero me temo que por más que las grite, hasta desgañitarme, esas palabras no habrán de ser escuchadas. O consideradas ciertas. O debidamente comprendidas.

Este es el tipo de cosas que aborrezco del amor.

miércoles, octubre 27, 2010

Metáforas

Según el diccionario de la Real Academia, una metáfora consiste en el traslado del sentido literal de una voz a otro sentido, ahora figurado, en virtud de una comparación tácita. Ofrece algunos ejemplos: Las perlas del rocío; la primavera de la vida... También dice que puede tratarse de la aplicación de una palabra o expresión a un objeto o concepto al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación (con otro objeto o concepto, distinto del primero) y facilitar de este modo su comprensión. Por ejemplo, si uno dice que el átomo es un sistema solar en miniatura.

En definitiva, una metáfora podría definirse entonces como el uso por el cual una cosa pasa a ocupar funcionalmente el lugar de otra, que en realidad es algo diferente.

Pero entonces el problema de la metáfora adquiere un perfil cuasi filosófico, que bien podría plantearse en los siguientes términos: si dos cosas son distintas, pero al mismo tiempo sustituibles en definitiva la una por la otra, ¿hasta qué punto tiene sentido seguir sosteniendo que son cosas diferentes?

Recuerdo en este punto la lección de un maestro que sostenía que esas palabras que alegremente solemos categorizar como sinónimos en realidad jamás significan con exactitud lo mismo unas y otras. Cada palabra tiene un matiz que es único y en todo caso somos nosotros quienes sabemos o no distinguirlo. Pasados tantos años desde aquella clase que todavía recuerdo, hoy yo estaría dispuesto a ir incluso más lejos, para afirmar que una misma palabra, dicha por diferentes personas, tiene sentidos diversos. E incluso una misma expresión, puesta en boca de una misma persona en dos momentos diferentes de su vida, una vez a la mañana y una segunda vez a la noche del mismo día, por ejemplo, quieren decir cosas diferentes.

Pero no quisiera irme de tema: hablábamos de las metáforas. Y el punto es que estamos tan acostumbrados a recurrir a ellas, que no solemos tomar en cuenta que en definitiva las metáforas no son sino una forma más o menos poética del engaño. Pero siempre son un engaño, al fin y al cabo. El futuro no se ubica adelante, ni el pasado está atrás. Estar mal no siempre se relaciona con estar abajo (de lo contrario la gente no haría buceo, ni los amantes se pondrían uno encima del otro), y estar arriba no siempre significa estar mejor (lo sabe cualquier persona atrapada en el piso alto de un edificio durante un incendio). No toda evolución es algo positivo (basta pensar en el triste ejemplo de un tumor). La lista de ejemplos podría extenderse, pero seguramente sería en vano hacerlo.

De todos modos, el engaño más grave que suele generar la metáfora es el que ya se ha venido insinuando desde el primer párrafo de estas líneas: No existe absolutamente ninguna cosa en el mundo que pueda ser cambiada por otra sin más, como si se tratara de lo mismo. Por más que lo pretendamos, nunca nada es lo mismo.

martes, octubre 26, 2010

Más sobre el amor

Otro parcial, y de nuevo el tema del amor. En este caso se trata de una estudiante que descree de la postura de Jean Paul Sartre y de su mirada del amor como una relación bélica. La estudiante dice que lo bélico puede estar, acaso, en el deseo de posesión del otro. Pero plantea la posibilidad de una entrega total, desinteresada y generosa, atravesada por una confianza en la cual nada se oculte, sin vergüenzas ni reproches, marcada por una libertad total.

Le respondo que su mirada es utópica. Que la agresividad latente en cualquier forma del amor reside en la objetivación que los amantes hacen cada uno respecto del otro. Que jamás nadie se enamora de ninguna otra persona, sino apenas de una idea, de una proyección imaginaria que el enamorado caprichosamente construye en torno de lo que el otro supuestamente es. Y la agresión, entonces, reside en el hecho mismo de desconocer e incluso negar la realidad de ese otro, del cual uno dice estar enamorado, reemplazándolo inevitable y egoístamente por esa idea, que en realidad el otro no es.

lunes, octubre 18, 2010

Cuestiones sobre el amor



Cuando leí por primera vez el libro La más bella historia de amor, de Dominique Simonnet, me llamaron la atención varios pasajes que subrayé mentalmente. Hace unas horas, mientras corregía parciales, uno de esos pasajes me tomó por asalto nuevamente, y esta vez cedí a la tentación de dejarlo registrado en esta bitácora.

Dice Simonnet:

"El amor no es democrático, no responde a la justicia ni al mérito. Sigue siendo del orden de la preferencia, vale decir, de la elección indebida de un ser humano en detrimento de otro. ¿Por qué enamorarse de x más que de y?..."

La palabra indebida me provoca, muy a pesar de que sé que está bien aplicada. El punto es que nunca nos enamoramos de la persona correcta, simplemente porque no nos enamoramos de un otro real, sino de una representación imaginaria -y por lo tanto ficticia- que respecto de ese otro establecemos en nuestra conciencia.

Apenas más adelante, y tras hacer una obligada referencia a las complejidades que son propias del amor, la misma estudiante que hace un instante citaba a Simonnet sabiamente acota, con palabras que ya son de su propia cosecha:
"Vale decir entonces que nadie elige a quién amar. Pero lo cierto es que, a pesar de todo, seguimos amando."

Nadie elige a quién amar. Y sin embargo se ama. Aparentemente todo esto forma parte de un enorme, gigantesco malentendido. Un malentendido vital, de todos modos, que entre otras cosas permite que la especie humana continúe floreciendo sobre la faz de la Tierra.

Unos minutos más tarde, ya desde las páginas de otro parcial, un segundo estudiante insiste en ilustrarme sobre estas cuestiones:
"En el amor, los sentimientos son intransferibles, incomunicables, inexplicables. Incluso cuando haya un sentimiento igual por parte de la otra persona, esto ha de seguir siendo así, inevitablemente, desde el momento en que jamás podremos sentir aquello que es sentido por el otro."


(De cosas así están hechas mis clases en la universidad.)

lunes, octubre 11, 2010

Citas para una tesis

Fernando Pessoa escribe acerca de la velocidad... Esa actual velocidad de las cosas. Y llega a la curiosa conclusión de que nuestro tiempo no es precisamente veloz. Sugiere que vivimos, en todo caso, la ilusión de una falsa velocidad:

"La velocidad de los vehículos nos ha quitado la velocidad de nuestras almas. ... Nos movemos muy rápido desde un punto en donde nada se hace hasta otro donde no hay nada que hacer, y llamamos a esto la prisa febril de la vida moderna. Pero no se trata de la fiebre de la prisa, sino de la prisa por la fiebre."


Y luego añade, en una preclara lección acerca de los verdaderos valores de nuestro tiempo:

"Toxicómanos de la velocidad, cartoneros cinematográficos, no admiramos la belleza, sino más bien su traducción. Cualquier calle tiene numerosas muchachas no menos bellas que los rostros cinematográficos. Cualquier oficina expele a la hora del almuerzo jóvenes tan apuestos como los hombres huecos de las pantallas. Estúpidos como una Mary Pickford o un Rodolfo Valentino. ... Cualquier dactilógrafa desviada que se convierta -como lo haría la mayoría, si pudiese- en amante de una estrella de la cinematografía, notará al cabo de una semana que, excepto por su rostro universalmente obvio, la pobre imagen es inferior en toda otra cualidad humana, superficial o no, a la mayoría de los muchachos que rodean a la idealista en su oficina cotidiana."


Y es verdad, así estamos: corriendo todo el tiempo hacia ninguna parte y adorando a los falsos ídolos que nacen y crecen en el seno de nuestra imaginación, mientras la vida real se nos escurre como si fuese arena entre los dedos de una mano.

miércoles, octubre 06, 2010

Días de náusea y furia

Hay un personaje, en una novela escrita por Jean Paul Sartre, que viene a mi mente en este momento. Es un humanista. O por lo menos pretende serlo. Sartre lo describe, en un determinado pasaje de su libro, sentado en una mesa, conversando con otra persona, un discípulo. Hay una mosca dando vueltas. El personaje escucha a su interlocutor en silencio, en aparente calma. Pero en realidad es tal como dice el saber popular: la procesión va por dentro.

En cierto instante la mosca se posa sobre la mesa y entonces el personaje, con un tremendo golpe, decidido, desmedido, absolutamente desproporcionado, la revienta sobre la superficie del mueble, ante la sorpresa de su interlocutor, que del susto casi cae de su silla. El hombre entonces simplemente explica, mientras observa los restos de la mosca que han quedado adheridos a la madera: Acabo de hacerle un favor a este insecto.

No es difícil suponer que acaso este personaje en realidad hubiese querido matar no a esa mosca, en definitiva inocente, sino al estudiante que hablaba con él. O tal vez en el fondo deseaba acabar incluso con su propia existencia. No hay manera de saberlo. Finalmente, se trata sólo de un personaje ficticio. Y sin embargo nos lleva a preguntarnos por qué razón, a veces, un pretendido humanista puede convertirse, de la noche a la mañana, en un criminal en potencia.

Y la única respuesta que encontramos es que acaso no medie tanta distancia, finalmente, entre ambas posibilidades. Quizás la única diferencia, esa que marca la pauta que separa al humanista del criminal, sea un repentino rapto de lucidez.

Y es verdad que acaso valdría la pena aclarar si consideramos que la lucidez está de un lado (el del humanista) o del otro (el del criminal). Sin embargo no lo haremos. Dejamos este detalle en manos de las intenciones de cada lector. Que por otra parte la respuesta a esta pregunta puede cambiar, ya lo hemos dicho, de la mañana a la noche.

miércoles, septiembre 29, 2010

Condenas

Vuelvo a leer el ensayo Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad, de Fernando Pessoa, y me detengo en este pasaje:

"Todo hombre ha contado, al menos, un buen chiste en su vida; pero no por ello es un hombre de ingenio. El chiste fue del momento, no del hombre. Todo hombre ha tenido, aunque sea una vez en la vida, una idea feliz, y no por ello es un pensador. La idea fue del destino, más que propia."

Concuerdo mayormente con el análisis de Pessoa. Pero entonces, precisamente por ello, no puedo menos que preguntarme si el mismo argumento no debería aplicarse a los casos opuestos, considerando ya no los rasgos positivos de ese hombre, sino los negativos.

Todo el mundo ha tenido alguna vez un desliz, un momento infortunado, en algún momento de su vida. ¿Qué hombre no ha cometido alguna vez un crimen? ¿Quién no ha defraudado, a otra persona o a sí mismo? ¿Alcanza con señalar estos hechos aislados, que más fueron del destino que de la propia voluntad, para condenar a una persona? ¿Para declararla culpable? ¿O no deberíamos también aquí considerar que la culpa debe ser adjudicada en buena medida al destino, a la ocasión, más que a una responsabilidad propia?

sábado, septiembre 25, 2010

Happiness Is Only Real When Shared.

(John Christopher McCandless, 1968-1992)

viernes, septiembre 24, 2010

De las disociaciones identitarias

Anoche conversaba, con mis estudiantes de la Universidad, sobre algunas cuestiones vinculadas a la conformación de la identidad de las personas, siempre tan complejas ellas, vale decir nosotros, individuos y sujetos al mismo tiempo. Alguien mencionó los trastornos de bipolaridad y alguien más (tal vez haya sido yo mismo) aludió a los casos de personalidad múltiple. En ambos casos pensé que, más allá de las claras patologías, todos somos en cierto punto bipolares y padecemos también de desórdenes de identidad disociada, entre tantas otras cosas. Que es todo cuestión de gradaciones, pero por favor: que nadie se equivoque pensando que está plenamente sano. No recuerdo qué de entre todas estas cosas las pensé solamente, y cuáles habré llegado a decir en mi clase.

Más tarde, regresando a mi casa, a bordo del tren Sarmiento, Ernesto Sábato me acercaba, desde su obra Hombres y engranajes, una cita de Dostoievski que venía a cuento, porque también habíamos estado hablando de la razón positiva y la deshumanización de la ciencia y la economía: "La razón, caballeros, es una muy buena cosa, eso es indiscutible; pero la razón no es más que la razón y sólo satisface a la capacidad humana de razonar, en tanto que el deseo es la manifestación de la vida entera, es decir, de toda la vida humana, incluyendo la razón y todas las comezones posibles... (...) Reconozco que dos y dos son cuatro es una muy buena cosa, pero de eso a ponerlo por las nubes... ¿Cuánto mejor no es esto de dos y dos son cinco?"

La cita me pareció simpática, por lo mucho que ella tiene de humana. El hombre podrá ser un animal racional, como planteaba Descartes, pero definitivamente no se resuelve solamente en eso. Su naturaleza compleja, incluso contradictoria, es mucho más fuerte que cualquier racionalidad que se le antoje. Como nota al margen, no quiero dejar de consignar aquí que Ortega y Gaset alguna vez dijo (no entiendo cómo se me pasó la oportunidad de citar la famosa frase en medio de mi alocución de anoche) aquello de que cada uno es quien es más su circunstancia. Por lo general esta frase se suele expresar en primera persona: "Yo soy yo y mi circunstancia." Quien habla no es el filósofo español solamente, sino cada uno de nosotros.

Sábato, con la misma lucidez y algunas palabras más, aunque tampoco tantas, señala a su turno: "La lógica vale para los entes estáticos, a los que se puede aplicar el principio de identidad; no para la vida, que es una constante transformación y, por lo tanto, una constante negación."

Seríamos, pues, quienes somos; pero también quienes no somos. Sentencia extraña, por cierto; pero por extraño que parezca comprendí a partir de ella algunas cuestiones vinculadas con estos sindromes de la disociación y la bipolaridad. Para mis adentros me dije, coincidiendo también con alguna otra lectura realizada tiempo atrás sobre la obra de Don Ernesto: Una sola vida no será suficiente.

La disociación identitaria, por ende, al igual que ciertos aparentes trastornos de la personalidad, los repentinos cambios de rumbo de los que a veces somos protagonistas, las marchas y contramarchas, que incluyen no sólo caprichos propios y del destino, sino también los efectos de un necesario aprendizaje, tal vez no sean en el fondo más que diferentes maneras de hacerle frente a la evidencia planteada al final del párrafo anterior.

viernes, septiembre 03, 2010

Necesito algo que funcione como una película de los Hermanos Marx

Dr. Jeckyl y Mr. Hyde

Los dos, el Doctor Jeckyl y el Señor Hyde, yacen derrotados en el fondo oscuro del barranco. Están inmóviles. Apenas sí se los puede escuchar proferir de vez en cuando algún lastimoso gemido, que podría provenir del primero tanto como del segundo. Al compartir ambos un mismo cuerpo, no es casual que la caída estrepitosa de uno de ellos haya arrastrado irremediablemente también al otro. Todavía tienen, los dos, un hálito de vida. El Señor Hyde lo aprovecha para maldecir por lo bajo al Doctor Jeckyl, como si pretendiera responsabilizarlo por el infortunio que padecen ambos. En silencio, el Doctor Jeckyl reflexiona, y se dice que no se ha tratado de mala fortuna, y que el responsable de la caída ha sido su alter ego, el Señor Hyde. Por extraño que parezca, ambos tienen razón. No en vano los dos son, finalmente, una misma persona.

miércoles, septiembre 01, 2010

Fortune cookie

Estiro la mano y alcanzo un disco cualquiera, el que está arriba en el montón. Lo abro como para ver su diseño interno, sin ningún tipo de expectativa, sólo intuyendo quizás que ese gesto logrará distraer por un instante este malestar que hoy, desde hace ya un rato largo, me está torturando; y entonces leo:

El pasado ha huído
y lo que esperas todavía está ausente.
Pero el presente es tuyo.

(Proverbio árabe)


Por un instante creo comprender el sentido de ser de las famosas galletas de la fortuna. Aunque, por supuesto, lo probable es que una vez más me esté equivocando.

lunes, agosto 09, 2010

Distintas facetas de un mismo problema




Visitando el blog de un antiguo conocido, encuentro una entrada que plantea más o menos lo que a continuación se parafrasea:

El problema según Platón:
¿Cómo es posible que con tan pocos elementos sepamos tanto?...

El problema según George Orwell:
¿Cómo es posible que conozcamos tan poco, considerando que disponemos de una evidencia tan amplia?...

El problema según Carl Sagan:
Saber tanto y entender tan poco, constituye una fórmula segura para el desastre.

El problema según Noam Chomsky:
Llegar a saber y entender situaciones antagónicas al bien común, impuestas por los sistemas totalitarios, y no tomar un grado de actividad y responsabilidad ante ellos, es lo mismo que no saber y no haber entendido.

martes, agosto 03, 2010

Día del Niño


Tengo que buscar en Internet, para mi trabajo, imágenes para ilustrar una publicidad del Día del Niño. Busco entonces imágenes de niños felices, imágenes de niños sonrientes, imágenes con niños que resulten de algún modo simpáticas, porque la idea es que quien vea la publicidad en cuestión sepa, con sólo un golpe de vista, que ese día será de celebración, y está muy bien que así sea.

Pero sucede entonces que buscando en Internet, para mi trabajo, imágenes de niños felices y sonrientes, me topo con esta fotografía. Y entonces no puedo seguir buscando. Algo tengo que hacer con esta imagen, que por supuesto no me servirá para la publicidad que debo armar, pero ante la cual no puedo permanecer indiferente. Suspendo entonces lo que estaba haciendo y me detengo a buscar palabras, algo para decir, algo que al menos justifique la inclusión de esta fotografía aquí, pero no se me ocurre nada. La contundencia de la imagen es tal que cualquier comentario que haga saldrá sobrando.

Recuerdo entonces algo que una vez leí en los Cuadernos de Saramago. Un impacto similar, narrado por el autor ante otra imagen cruda, en aquel caso de la guerra, tres personas a punto de ser fusiladas, y toda una relexión acerca del antes, el durante y el después inmediato de los hechos narrados por aquella fotografía. Porque solemos ver las fotos sin verlas en realidad. Nos cuesta comprender que allí, detrás de la imagen, el papel, la luz, los colores, hubo en algún momento una realidad brutalmente real y concreta. ¿Quién será este niño? ¿Tendrá nombre, tendrá padres, tendrá algo parecido a una familia, a un hogar, tendrá alegrías, tendrá esperanzas?... ¿O será sólo desolación, tristeza y hambre? ¿Dónde habrá sido tomada esta imagen, hace cuánto tiempo atrás, qué habrá sido de este niño, donde andará, en qué se habrá convertido o se estará convirtiendo ahora mismo, en algún rincón del mundo? ¿Cuántos como él habrá, en este mismo instante, sin que siquiera nadie los vea ni piense en ellos, pues no tuvieron la dudosa fortuna de haber sido captados por el lente de una máquina fotográfica y subidos luego a Internet?

Confesaba Saramago su pesar ante la certeza de las incontables fotografías que, como ésta o como aquélla, vistas repetidas veces, una detrás de otra, segundo tras segundo, incansablemente, terminarían fatigando de tal manera nuestra sensibilidad que ya ninguna de ellas sería capaz de transmitirnos nada, por más horrorosas que fueran. Y su propuesta, entonces, era centrar la atención en solamente una fotografía, en solamente una imagen, que concentre y resuma de algún modo todo aquello que uno se vea impelido a sentir.

Esta es la imagen que elijo yo, por lo menos hoy. Para recordarme lo mucho que uno tiene, lo mucho que otros necesitan y lo ciegos que solemos estar ante el mundo. Para recordarme que hay niños que pasarán su domingo próximo buscando un mendrugo de pan para engañar al hambre, al mismo tiempo que otras personas sonreirán viendo fotografías donde otros niños sonríen, y hablarán del día del niño como si en el mundo no hubiese otra cosa.

sábado, julio 31, 2010

Medir el tiempo

Los relojes ejercen una particular atracción sobre algunas personas. Es como si esos mecanismos, capaces de medir el paso del tiempo, encerraran alguna especie de magia o de insospechable secreto.

Antiguamente el paso del tiempo se medía por la posición de los astros en el cielo. No es casual, en este sentido, que justo a las 12 del mediodía las agujas de un reloj colocado en posición vertical señalen, precisamente, hacia el sol en su cénit. Más tarde aparecieron los relojes: de arena, de agua, de sol... Los primeros relojes estaban relacionados directamente con el paso del tiempo en el seno de la misma naturaleza. Mucho antes de que a alguien se le ocurriese hablar de la existencia de un "reloj biológico".

Más tarde aparecieron las agujas, trazando con su paso lento una circunferencia que de a poco, y sin que nos diésemos cuenta, nos fue encerrando. Por cierto, los primeros relojes de aguja sólo tenían una, que señalaba la hora. De alguna manera los tiempos eran más lentos, por más que una hora durara entonces lo mismo que hoy. Luego aparecerán el minutero, el segundero, el cronómetro, y todo el mundo comenzará a correr, incluso sin saber muy bien por qué razón ni hacia dónde.

Pero, ¿será definitivamente cierto que una hora dura siempre 60 minutos? Ya Albert Einstein señaló, en algún momento, que el tiempo se comporta a veces de maneras extrañas. Pero también es extraño que 60 minutos sean una hora, 60 segundos un minuto, y que para calcular las fracciones menores al segundo debamos pasar del sistema sexagesimal al decimal, y contar hasta 10 décimas o 100 centésimas para obtener una unidad.

Será por esto que David Chanson, un relojero suizo, propone una nueva manera de medir el tiempo, con una jornada que tenga 20 horas de 100 minutos cada una, en lugar de las 24 de 60 actuales. Dentro de este sistema, cada minuto tendría 100 segundos. Y todo sería mucho más coherente.

Se construyeron algunos relojes que adoptaron esta novedosa manera de medir el tiempo, se vendieron incluso unos cuantos, sobre todo entre coleccionistas de rarezas, pero en definitiva la propuesta no prosperó, por lo menos hasta ahora. Es que la idea tiene su lógica, pero la pragmática que resulta propia de la costumbre es mucho más fuerte. El hombre, se sabe, es un animal de costumbres. Y a nadie le divierte demasiado la idea de ir por el mundo preguntando la hora y no sabiendo si eso que le dicen como respuesta corresponde a un sistema o a otro, y mucho menos pensar en tener que reprogramar todo lo que ya está programado sólo para resolver un entuerto que después de todo tiene un arraigo histórico.

Así las cosas, el tiempo sigue pasando. Como un peso, como una liberación, como una expectativa, como una amenaza, indiferente por completo al modo en que cada uno de nosotros decida medirlo.

miércoles, julio 28, 2010

Hay que ser realmente boludo para



Boludo/a: Dícese de la persona que tiene pocas luces y obra en consecuencia.

A punto de tirar una vieja revista, por esa triste necesidad que a veces tenemos de hacer lugar y poner un poco de orden, me detengo en una columna que más o menos dice:

"Nada es más importante que una boludez. Por una boludez te rajan del trabajo, te meten en cana, te quedás, te casás, decís lo que hubiese sido conveniente callar, callás lo que hubiese sido conveniente decir. En síntesis: por una boludez terminás haciendo muchas boludeces, lo cual en su conjunto se vuelve algo importante. Mucho más si tenemos en cuenta que nuestras existencias están compuestas por un 99% de boludeces."

Rápido repaso entonces del amplísimo catálogo que uno, inevitablemente, carga sobre sus espaldas, con algunas de las incontables boludeces que se han cometido a lo largo de los años, y la evidencia de la flexibilidad de esta palabra, tan argentina ella, para abarcar todo un abanico de posibilidades, que van desde la ingenuidad a la inconsciencia, de la falta de tacto al despropósito.

Y después, ya sobre el final de la columna en cuestión, una suerte de apología de la boludez, que tal es de hecho el título del artículo:

"Por eso, defendamos la boludez como algo importante, algo necesario, para no andar quedando como esos jodidos tipos que creen estar haciendo todo el tiempo cosas importantes, cuando en realidad lo único que hacen son puras boludeces."

Me llama aquí de nuevo la atención la enorme ambigüedad de la palabra, que significa claramente dos cosas diferentes, e incluso antagónicas, en una misma frase; un sentido cuando es puesta al comienzo de la oración, y otro completamente distinto en su final. Una vez comprendido lo cual, resulta posible tomar plena conciencia del verdadero peso de esta sentencia.

¿Cuáles son las cosas verdaderamente importantes? ¿Y qué tan importantes son, por el contrario, esas otras cosas que uno aprende a medida que va creciendo y que se acomodan a un deber ser que muchas veces ignora el sentido de esto que es la vida? No hay boludo más importante que ese que cree estar haciendo cosas que merecen ser tomadas en serio, me digo entonces. Y lo dejo anotado aquí, con el convencimiento de que finalmente el mero acto de dejar constancia de esta verdad no tiene la menor relevancia.

domingo, julio 25, 2010

Qué hacer con un poema

Escribir un poema es cosa relativamente fácil. Alcanza con tener a mano unas cuantas palabras sueltas, y combinarlas luego a través de una repentina brisa inspiradora. ¿Quién no ha escrito alguna vez algún poema? ¿Quién no se ha dejado llevar, para bien o para mal, por la tentación de jugar con las palabras? Finalmente, nadie podrá venir a impugnar qué cosa sea o deje de ser un poema. Y siempre será posible hacer oídos sordos a las críticas de quienes pretendan decirnos que nos falta talento. Bien sabemos que siempre habrá poetas menos talentosos. Y que además la poesía tiene, por lo general, el beneficio de ser inimputable.

El verdadero dilema, cuando de poemas se trata, es qué hacer con ellos después de que han sido escritos. Buenos o malos, inspirados o modestamente mediocres, los poemas, una vez que han sido concluidos, nos interpelan, nos reclaman; se quedan como a la espera de que hagamos algo con ellos. Pero, ¿qué cabría hacer? ¿Compilarlos en un libro que nadie leerá? ¿Publicarlos en un blog? ¿Recitarlos a viva voz parados en una esquina, o en el banco en alguna plaza? Finalmente, el poeta no suele saber siquiera para qué ha escrito eso, con qué fin se ha tomado el trabajo de hilar esas palabras que antes, previo a aquella brisa repentina, se encontraban en el mundo sueltas e inocentes, ajenas a toda intención. ¡Pero si hasta los propios destinatarios de los poemas que se escriben, cuando el poeta los ha escrito pensando en alguien en particular, suelen desentenderse de estas cosas!...

Algo de todo esto se debe haber planteado, seguramente, el poeta estadounidense Craig Czury (n. 1951), cuando ensayó alternativas como ésta:

Escriba un poema.
Póngalo en un sobre.
Diríjalo a Usted Mismo.
Estampíllelo y échelo al buzón.
Cuando el cartero se lo entregue
anote en el sobre:
DEVOLVER AL REMITENTE.


O si no, esta otra:

Escriba un poema sobre la superficie de un barrilete.
Remóntelo todo lo alto que pueda.
Pídale luego a algún curioso
que lo sostenga por un minuto nada más,
que usted debe ir al baño con urgencia,
que volverá inmediatamente.
No regrese nunca.


Lindo, ¿no?...

(En el primer comentario a esta entrada, algunas otras posibilidades.)

jueves, julio 22, 2010

Una leyenda oriental

“Había en Bagdad un mercader que envió a su criado al mercado a comprar provisiones. Al rato el criado regresó, pálido y tembloroso, y dijo: Señor, cuando estaba en la plaza del mercado una mujer entre la multitud me hizo una mueca y cuando me volví pude ver que era la Muerte. Por eso quiero que me prestes tu caballo, para irme de la ciudad y escapar así de mi destino, pues sospecho que es a mí a quien la Muerte está buscando. Me iré para Samarra y acaso allí la Muerte no me encontrará. El mercader le prestó su caballo, el sirviente montó en él, le clavó las espuelas en los flancos y huyó a todo galope. Después el mercader fue hacia la plaza y efectivamente encontró entre la muchedumbre a la Muerte, a quien le preguntó: ¿Tú amenazaste a mi criado cuando lo viste esta mañana? No fue un gesto de amenaza, le contestó la Muerte, sino de sorpresa. Me asombró verlo aquí en Bagdad, pues tengo una cita con él esta noche, pero en Samarra."


Copio y pego esta leyenda tal como la encontré en Internet. Vuelvo a leerla, muchos años después de haberla conocido por primera vez, y me digo que definitivamente no creo en nada parecido a un destino que de alguna manera nos haya sido asignado de antemano.

Sin embargo, sí estoy convencido de que, para bien y para mal, vamos por la vida caminando como a ciegas, sin sospechar siquiera que cada gesto que hacemos tiene sus inevitables consecuencias. Y claro está, sin que tengamos la menor idea de cuáles consecuencias se ligan a cada uno de esos simples gestos.

martes, julio 20, 2010

Brutalmente naif...


El papel apareció pegado días atrás en el trabajo. No sé quién haya sido el responsable, ni qué habrá pensado en el momento de dejarlo ahí, agarrado con cinta adhesiva del lado de adentro de una puerta, luciendo una frase que Quino le hizo decir alguna vez a Miguelito, uno de los amigos de Mafalda. Acaso se haya tratado de un gesto sin mayores pretensiones... Pero me dejó pensando. Pensando en esas cosas en las cuales uno no debería detenerse demasiado a pensar, porque en cuanto te lo ponés a pensar demasiado...

"Trabajar para ganarse la vida está bien, pero... ¿Por qué esa vida que uno se gana trabajando tiene que desperdiciarla trabajando para ganarse la vida?"
(Es la particularidad del humor de Quino. Con una frase aparentemente inocente, puesta encima en boca de un niño, se manifiesta una verdad tan brutal.)

sábado, julio 17, 2010

Palabras

El diario Clarín de hoy publica una entrevista a Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras. Allí habla, entre otras cosas, de las groserías verbales, y sostiene que no le preocupan, excepto cuando se hacen demasiado frecuentes. En tales casos reconoce que lo censuraría, pero no tanto en defensa de las buenas costumbres como de la propia puteada: "Porque la puteada es un bien de la lengua que se debe preservar para momentos contundentes. Y no hay que pervertirla ni banalizarla, como se hizo con la palabra boludo, que inicialmente tuvo un valor descalificativo y hoy no tiene nada." Luego reconoce que, en cambio, la palabra pelotudo ha mantenido un peso específico natural. Seguramente por la particular sonoridad de la letra p, hubiese señalado el Negro Fontanarrosa...

Pero lo que hoy más quiero rescatar de esta entrevista aparece recién en el último párrafo. El periodista pregunta: ¿Es cierto que la gente se entiende cuando habla? Y Pedro Luis Barcia responde:

"La gente se entiende menos de lo que cree porque maneja palabras grandes. La palabra grande, al serlo, tiene mucha cavidad y todo el mundo pone algo distinto adentro. Como en la palabra amor, usada para acostarse con alguien. La intención con que la mujer la recibe es sentimental, y el hombre le pone carga erótica. Ahí se produce el malentendido. Por eso es difícil llegar a acuerdos finales."

viernes, julio 16, 2010

De ninguna manera...

No necesitamos todo lo que la publicidad quiere vendernos.
Dios no escribió ningún dogma; los hombres lo hicieron.
Aunque respetes la opinión de los demás, 2 + 2 no es 5.
Dos hombres no son matrimonio, aunque una ley diga lo contrario.
El reggaeton no es música, no me jodas.
Escuchá Mozart y después contame.

jueves, julio 15, 2010

Contra Natura

En cierto lejano rincón del planeta acaba de aprobarse una curiosa normativa, que alegremente decreta que a partir de la puesta en vigencia de la norma los caballos que así lo deseen podrán volar como si fuesen aves. La iniciativa tuvo su buen fundamento: habida cuenta de que una gran cantidad de especies pueden volar, pues lo hacen las palomas, las cotorras, los canarios y los halcones, algunos caballos comenzaron a declarar que se los discriminaba, cuando se les decía que ellos no podrían jamás hacer lo mismo. Los animales legisladores decidieron entonces que dado que todos las especies nacen con similares derechos, nada debería impedirle a un caballo volar, si éste así decidía hacerlo, y así es como idearon una normativa especial, que algunos bautizaron Ley de las igualdades, que claramente manifestaba que todos los animales tenían los mismos derechos, y que un caballo podría volar si así lo deseaba. Finalmente la normativa quedó aprobada, tras una extensa sesión legislativa que se extendió hasta muy tarde, en medio de los vítores de unos y los abucheos de otros.

Hoy el caballo amaneció celebrando la buena nueva. Se sintió finalmente libre, vencidos todos los prejuicios de esos otros animales que, por no tener él alas, pretendían limitarlo diciéndole que jamás podría volar como un gorrión, como una gaviota, como un pato silvestre, como un cóndor de los Andes. Todos los animales somos iguales, pensaba el caballo. Y ahora, amparada su opinión por un preclaro precepto legislativo, ya no cabía duda al respecto.

Así fue como el caballo trotó primero, corrió después, liberada su alma del peso de los prejuicios ajenos, acuñados a lo largo de tanto tiempo, y finalmente se lanzó, a toda velocidad, hacia el precipicio, creyendo acaso el alazán que la simple letra de la norma lo había convertido en un par del mitológico Pegaso. Su enorme y pesado cuerpo pareció flotar en el aire por un instante, pero después, perdido definitivamente el suelo, y mientras a falta de alas sacudía el caballo desesperadamente sus patas...


(La moraleja es evidente: no hay ley que pueda ser válida o tener sentido cuando se vulnera al mismo tiempo otra ley, superior ésta, que no es la ley de los hombres, ni la de ningún dios, sino la ley de la naturaleza: los caballos no pueden volar, y allí la única ley que se impone es la de la gravedad.)

miércoles, julio 14, 2010

Dos extremos torcidos del Derecho


Al mismo tiempo que en Irán, Sakineh Mohammadi Ashtiani, una mujer de 43 años, madre de dos hijos, se enfrenta a una muerte inminente por lapidación, después de que un tribunal la declarase culpable de haber mantenido una relación amorosa prohibida, por lo cual recibió además un castigo público consistente en 99 latigazos, muy lejos de allí, en la ciudad de Buenos Aires, el Congreso de la Nación debate una ley que pretende habilitar el derecho de contraer matrimonio a personas de un mismo sexo.

El Código Penal de Irán señala que el adulterio es un crimen y prevé un castigo de 100 latigazos para los hombres y mujeres que no hayan contraído matrimonio (aunque por lo general sólo las mujeres reciben semejante castigo) y la lapidación para quienes se hayan casado. Los casos de adulterio son probados por la confesión del propio acusado o por simple testimonio de cuatro testigos. Se trata de una aberración jurídica, sin duda alguna. Ninguna ley puede indicarle a una persona cómo debe sentir respecto de otra, no puede imponer amor, ni deseo, ni prohibir que se sientan o manifiesten estas expresiones, que son propias de la naturaleza humana.

Y sin embargo, con el matrimonio puesto como elemento en común, la coincidencia viene a demostrar una vez más que los extremos finalmente se tocan: tanto en Irán como en Buenos Aires se están sosteniendo sendas aberraciones jurídicas. Una por desconocer el derecho básico a sentir y perseguir el afecto por parte de los seres humanos, y la otra por pretender que es discriminar el hecho de defender una ley natural, esa que determina que solamente un hombre y una mujer puedan unirse para concretar el único fin real que puede justificar la existencia misma del matrimonio; esto es, ser un marco propicio para la reproducción de la especie humana.

Todas las personas tienen los mismos derechos.
Pero no todo es igual.

domingo, julio 11, 2010

El diablo en la boca: Visiones



Desde que tengo el piano pienso: definitivamente yo no soy un músico. No sé leer música, no sé dónde queda la tecla del Si bemol, ni puedo armar un acorde, como no sea de un modo intuitivo. Entonces, ¿qué es eso que pasa cuando me siento frente al instrumento y surgen sonidos, más o menos ordenados? Es música, creo. Mala música, seguramente. Aunque no creo que peor que otros esperpentos que algunos llaman música y que a mí, al menos, me hacen sentir que en comparación una topadora o de un martillo neumático pueden llegar a ser instrumentos melodiosos.

Como no sé leer música, ni tampoco me atrevo a intentar sacar canciones de oído, las cosas que toco en mi piano son una constante improvisación. Y no me pidan que vuelva a tocar tal o cual pasaje, más o menos inspirado, porque me resultaría imposible hacerlo. ¿Adónde van todos esos sonidos, entonces? Son nada más que presente, un presente fugaz, que se disuelve en el mismo momento de concretarse. Arte curioso, la música: sólo existe mientras dura. Como bien decía Heidegger en su "Arte y poesía", incluso las partituras de las obras más destacadas de un Beethoven se acumulan como papas en una bodega cuando nadie las toca. La música está en otra parte, en ese instante fugaz que huye permanentemente de nosotros. Interesante metáfora de lo que es la misma vida.

Tal vez por eso es que me gustó esta pieza que muestra parte de una improvisación del grupo El diablo en la boca. Es un momento fugaz, rescatado de la nada. De esa nada que es el tiempo, que siempre se nos escurre entre los dedos de la mano. Los sonidos son aquí como las nubes que corren en el cielo: jamás volverán a repetirse exactamente igual, no volverán nunca a ser las mismas. Tampoco nosotros, en el momento de mirar el cielo, o en el instante de escuchar estas Visiones.

sábado, julio 10, 2010

O no existe mientras la miro a ella


..."Mientras recorría una vez, y otra, y una más, la capilla, siguiendo por su orden los tres ciclos, me sorprendí con un pensamiento que todavía ahora no consigo desdoblar y examinar. Más que un pensamiento, fue un anhelo: poder dormir una noche allí dentro, en medio de la capilla, despertar antes del amanecer, y ver surgir de la oscuridad, poco a poco, como fantasmas, los grupos procesionales, los gestos,los rostros, aquel color azul de miniatura que es sin duda un secreto de Giotto, porque no existe en otro pintor. O no existe mientras lo miro a él."

Así habla H. (¿Héctor, Horacio, Hugo?...), el personaje sin nombre del "Manual de pintura y caligrafía" escrito por Saramago, haciendo referencia a la Capella degli Scrovegni, en la ciudad de Venecia, y a las obras de Giotto que allí se conservan.

Pero me queda latiendo la frase final, y me digo que Saramago bien podría haber estado hablando de otras cosas. Del amanecer al lado de una mujer deseada, por ejemplo. Que en el fondo es simple lograr que las cosas del mundo desaparezcan, que dejen de existir, con sólo tener al alcance de la vista, y de la boca, y de las manos, aquello en cuya contemplación uno pueda embelesarse.

Termina así este fragmento, y con ello el capítulo: "Nadie crea que existe en mí una vocación religiosa que se denunciara de este modo. Se trata más bien, y muy terrenalmente, de querer saber cómo puede nacer un mundo." Y yo me digo que también esto podría aplicarse, y de qué manera, al despertar junto a la mujer que se desea. O se podría escribir, en general, ante el deseo de todo aquello que al fin y al cabo se estima poco menos que inalcanzable.

sábado, julio 03, 2010

Dar un paso al frente


"Pueden darse todos los pasos hasta el borde del precipicio, pero a partir de ahí la caída será inevitable, desamparada, mortal."
No sé por qué razón, pero la frase me impacta, sobremanera. Pertenece al "Manual de pintura y caligrafía", uno de los pocos libros de José Saramago a los cuales sorprendió la muerte de su autor sin que yo hubiese completado su lectura. Todavía no sé qué sucederá con sus personajes. Todavía no conozco qué podré decir de esta obra, ni qué cosas me habrá dejado, una vez que termine su lectura. Por ahora es solamente esta frase, que volveré a copiar enseguida, para que el eventual lector de estas líneas no se olvide tan pronto de ella, ni deba ir de nuevo al principio de esta anotación para releerla, y aquí queda claro que es cierto que el lector a menudo se mimetiza con aquello que lee, a veces a través de un personaje, y otras mediante un estilo, y sin duda eso colabora con todas estas acotaciones y con que ahora por fin se repita aquí la frase en cuestión, en vez de dejar simplemente que el lector de estas palabras regrese, si así deseara hacerlo, al principio: "Pueden darse todos los pasos hasta el borde del precipicio, pero a partir de ahí la caída será inevitable, desamparada, mortal."

Preguntémonos ahora, de nuevo, qué es lo que tiene esta frase para provocar un impacto tan notorio en quien hace un rato la ha leído, que es claro que hablo aquí de quien escribe estas líneas, por más que acaso otras personas hayan tenido una sensación similar. Cualquiera sea el caso, no lo sabemos. Quizás tenga que ver con una reminiscencia de aquel viejo chiste en el cual, estando los personajes al borde del precipicio, alguien dice: "Antes estábamos mal, pero ahora vamos a dar un paso al frente". Insisto: podemos conjeturar mucho, que en realidad no conoceremos el verdadero motivo. Pero digo que no lo sabemos, y en realidad bien sé que estoy mintiendo. No porque sepa algo que no diga, sino porque sé que podría saberlo, si quisiera. La respuesta está ahí, casi al alcance de la mano. Para conocer esta respuesta, sólo debería atreverme a dar un paso al frente. Un paso más. Si no lo hago, es porque sé muy bien que la respuesta está precisamente allí donde apenas un paso más puede significar la caída, mortal, desamparada, inevitable, hacia el fondo del abismo.

sábado, junio 19, 2010

El Circo de la Mariposa

viernes, junio 18, 2010

José de Sousa Saramago (1922 - 2010)


Hoy me duele la partida del Maestro Saramago, quien junto con Fernando Pessoa fue el mayor poeta de la lengua portuguesa.

Muchas veces he citado frases suyas. En esta ocasión prefiero que pese el silencio de su a partir de ahora ausencia.

miércoles, junio 16, 2010

Matrimonios y algo más


Mientras en otros rincones del mundo todavía hoy, finalizando la primera década del siglo XXI, hay personas que son denigradas, encarceladas o directamente asesinadas por manifestar más o menos abiertamente su voluntad de ser libres al momento de vivir el amor -por otra parte inmanejable- o su sexualidad, compartiendo su vida con alguien de su mismo sexo, o buscando una alternativa a un consorte que le ha sido impuesto de por vida, a veces al margen de la propia voluntad, en nuestro país se debate la legalización del matrimonio homosexual.

Me pregunto entonces por qué razón, no siendo yo homofóbico, rechazo esta moción. Y finalmente creo que mi rechazo obedece al reconocimiento de una paradoja encerrada en esta reivindicación de quienes manifiestan su preferencia por una sexualidad diferente. Sexualidad que, por cierto, nada tiene de censurable, aunque evidentemente tampoco encuadre dentro de una normalidad absoluta, siendo el propósito biológico de la sexualidad (no así el afectivo, ni el psicológico) la perpetuación de la especie, que no podría llevarse a cabo en un marco constante de unión de iguales.

Yendo al punto legal, se sostiene que el objetivo de la modificación legislativa propuesta tiende a la defensa de la igualdad de los derechos civiles, al margen de las opciones sexuales que se detenten. Lo cual sin duda es loable. Se cuestiona la delimitación del matrimonio como una institución establecida entre dos personas, varón y mujer. ¿Por qué no entre dos personas, varón y varón, o entre dos personas, mujer y mujer? Admitamos esto. Pero entonces, ¿por qué entre dos personas, y no entre tres, o cuatro, o cinco? Porque así como evidentemente sería insólito permitir el matrimonio entre hombres, y no entre mujeres, o viceversa, del mismo modo deberían protegerse los derechos de aquellos que hubiesen decidido establecer relaciones de conviviencia múltiples.

¿Por qué esa mujer que ha aceptado vivir con un hombre que ya se encuentra casado con otra mujer, a quien lo une el lazo de un amor recíproco, debe resignarse a un papel legal de segundo plano, siendo que la otra mujer la acepta también como integrante de esa misma familia en la cual no hay diferencias entre ambas amantes, salvo la de ser compañera legal una, y marginal la otra? Máxime cuando, incluso en sociedades donde los matrimonios homosexuales no son concebibles, sí se ha admitido y desde tiempos inmemoriales el matrimonio poligámico. ¿Por qué nuestra legislación habría de discriminar a quienes, no haciendo con esto mal a nadie, hayan decidido vivir su vida de esta manera?

Claro está que, no habiendo diferencia alguna en la constitución sexual de los matrimonios, tanto da que este matrimonio poligámico esté constituido por un hombre y varias mujeres, como por una mujer con varios hombres. O en matrimonios mixtos, en los cuales se mezclen varios hombres y mujeres, en números indeterminados. Habrá que inventar nuevas palabras, para designar las relaciones recíprocas que se establecerán entre estos cónyuges y sus respectivos familiares sanguíneos directos. Me solazo imaginando posibilidades: matrimonios en cadena, grupos que intenten romper el récord Guiness al matrimonio mixto más numeroso del planeta, enormes orgías celebradas en nombre de la libertad sexual, pero amparado todo esto en nombre de la igualdad de derechos de quienes pretenden vivir una sexualidad diferente dentro de los límites legales del matrimonio.

Y nada de malo tendría, desde el punto de vista ético, que todas estas cosas sucedieran. Cada quien es dueño de sentir como le salga y de vivir conforme a sus deseos en tanto no atente contra la libertad de los demás.

Sin embargo, la paradoja es que en este contexto que se ha descripto, el matrimonio como institución, que tanto reclaman unos y otros, habrá quedado reducido a la nada. ¿De qué vale, entonces, que se pelee tanto por algo que a la larga, y por consecuencia de tantas reivindicaciones, habrá dejado de existir?

lunes, junio 14, 2010

Retazos de lucidez



"...Prométeme que vas a descubrir el rostro que se esconde debajo de esta máscara, pero que nunca vas a mirar debajo de ella", le dice él (que es lo que nosotros llamaríamos un monstruo) a ella, que viene a ser la heroína de la historia en cuestión.

Y más delante, ella le pregunta:
- ¿Es por eso que estás usando una máscara?
- Todos usamos máscaras
-le responde él. La vida las crea, y luego nos empuja a encontrar entre todas ellas la que mejor nos queda.

En otro parcial, otra estudiante cuenta, rememorando un lejano amor: "Yo veía en él a un príncipe (o al menos así lo creía), y él veía en mí a una princesa. Eran puras representaciones de nosotros mismos, de dos personas que se querían enamorar y buscaban conquistarse."

Lúcida reflexión, pues hay máscaras que no nos ponemos nosotros, ni usamos por voluntad propia, sino que las colocamos en los demás o nos son colocadas sin permiso, y en ocasiones sin que siquiera lo sepamos. Sin embargo, subyace en la frase otro engaño. En efecto, ¿cómo podría saber la muchacha lo que aquel príncipe suyo veía por entonces en ella? La chica ha preferido sostener la ilusión de que su pretendido la admiraba no como realmente lo habrá hecho, desde el misterio de su mirada, sino como ella desea haber sido admirada. Seamos piadosos y hagamos de cuenta que estas dos dimensiones coinciden, incluso cuando no sea cierto.

Así las cosas, la vida sigue adelante, siempre entre máscaras e ilusiones vanas, que sin embargo son las que nos mantienen vivos.

domingo, junio 13, 2010

Los amantes

Interesante idea, ésta que encuentro leyendo cosas medio al pasar: que la literatura primero, y más tarde el cine y la televisión, han sido los responsables de enseñarnos qué cosa es el amor.

Pienso entonces en el imaginario romántico, en Novalis y el Werther de Goethe, pero también en Schumann, en las muertes de Violeta y de Mimi, y también en El Caminante pintado por Friedrich. Pienso asimismo en una extensa lista de producciones de Hollywood y en los culebrones de la tarde. Pienso en una pléyade de literatos, cantores, poetas, pintores, cineastas, guionistas y soñadores de toda cepa que se atrevieron en plasmar de alguna manera la idea de lo amoroso. Incluyo también a los sex symbols, a los productores de pornografía, a las colegialas inocentes y a los fotógrafos de desnudos. Todos ellos han sido, de una manera u otra, los responsables de enseñarnos qué cosa debiera ser el amor.

Sólo para que luego uno, que no es un personaje del mundo de las literaturas, ni de las películas, ni de las óperas, ni de los erotic shows, ni de ficción ninguna, sino apenas un ser humano común y corriente, vaya miserablemente por el mundo, amando no como todos aquellos soñadores han pretendido enseñarnos que debiéramos hacerlo, sino apenas como mejor podemos.

sábado, junio 12, 2010

Ser o parecer

Alguien escribe en el perfil de Facebook de alguien una frase de Ralph Waldo Emerson que más o menos dice: "Todo hombre es sincero a solas; en cuanto aparece una segunda persona, allí empieza la hipocresía."

La frase me seduce, me gusta, me convence en un principio. Luego me pregunto: ¿Estará una persona sola cuando sola delante de una computadora escribe algo en un perfil de Facebook o lo repite en un blog? ¿O estará también en ese caso influenciada por cierta hipocresía derivada del saber que alguien, alguna vez, podrá eventualmente leer eso que allí se ha escrito? Es más: ¿Habrá estado Emerson solo en el momento de decir, pensar o escribir su sentencia? ¿O habrá pensado, más o menos conscientemente, que segundas, terceras y cuartas personas irían a leer, comentar y juzgar su frase?

Pero también me pregunto si acaso la gente, estando a solas, es verdaderamente sincera; o si no será que en esos particulares momentos logra creer en sus propias fantasías por el simple hecho de no haber nadie allí presente para impugnárselas. De ser tal el caso, la aparición de segundas, terceras o cuartas personas podría sumergirnos acaso en una suerte de diferente hipocresía, pero de un grado no demasiado diferente del que veníamos teniendo hasta entonces.

Me parece que la única diferencia es que en un caso, cuando estamos solos, actuamos para nosotros mismos, mientras que cuando sabemos que hay otros testigos de lo que hacemos comenzamos también a actuar para los demás.

viernes, junio 11, 2010

Breve reflexión


Días atrás un estudiante que cursa conmigo la materia que dicto en la Universidad de Buenos Aires escribió, en una entrada del blog que utilizo para mis clases, y más concretamente allí donde yo había subido la consigna para un examen, una breve línea en la cual se declaraba "perdido" ante la pregunta.

Le respondí entonces, a la manera de un consuelo, que era al mismo tiempo una explicación:

"Hay que perderse primero, para luego poder encontrarse."

Recién un rato más tarde entendí cuánta verdad encerraba esa frase aparentemente tan simple.

sábado, junio 05, 2010

Dicen que dijo...

"No puede ser que estemos aquí para no poder ser", dice Laura, una estudiante de mi curso en la Universidad de Buenos Aires, que alguna vez dijo mi amigo Julio Cortázar.

Yo digo que, por lo menos hoy, me dan ganas de creerle a ambos.

sábado, mayo 22, 2010

Historia del cerco de Lisboa II




"...y dijo cautelosamente, Es bonita la vista. Las primeras luces aparecían en las ventanas tocadas aún por un resto de claridad diurna, los faroles de la calle acababan de encenderse, alguien cerca de allí, en el Largo dos Lóios, habló en voz alta, alguien respondió, pero las palabras fueron incomprensibles. Raimundo Silva preguntó, Los ha oído, Sí, los oí, No conseguí escuchar lo que decían, Yo tampoco, Nunca sabremos hasta qué punto nuestras vidas cambiarían si algunas frases, oídas pero no escuchadas, hubieran sido entendidas."

Falta poco para que Raimundo Silva y María Sara permitan ambos que sus cuerpos se encuentren, en el marco de la Historia del cerco de Lisboa que escribió José Saramago, en definitiva una historia de amor, vale decir de encuentos y desencuentros. Silva es un corrector, que se ha puesto a escribir su primer libro, en el cual fabula, historia dentro de la otra historia, con otro amor, otra fantasía de encuentros y desencuentros, la del soldado Mogueime y su amor imposible, llamado Ouroana, curioso nombre de mujer por cierto, pero bello, debido a su misterio.

Sabemos que Raimundo Silva proyecta en la historia de amor que escribe aquellos deseos que tiene respecto de la historia de amor que vive, o que pretende vivir. Una es reflejo de la otra, al punto de no saberse si es la primera la que lleva adelante y condiciona la segunda o viceversa, imagen y reflejo, reflejo e imagen cada una respecto de su par. ¿Será todo esto nada más que un recurso literario? ¿O acaso habrá detrás de estas dos historias de amor paralelas otras historias, tal vez cierta autobiografía implícita, otros deseos, otras pasiones, otras proyecciones? Todo relato es, al fin y al cabo, en cierta medida autobiográfico. Pero incluso cuando no sepamos con exactitud hasta qué punto estos escritos son reflejo de algo vivido o deseado por el autor, lo cierto es que en medio del entretejido de todas estas historias de amor, las que se cuentan y las que no, también se entrecruzan los amores imposibles del lector, que por eso mismo se sentirá aliviado cuando por fin Raimundo Silva se lleve a la cama a María Sara, si es que no fue ella quien tomó la decisión de tal encuentro.

Así las cosas: el lector proyecta sus propios deseos en los personajes, en cierto sentido vive a través de ellos, ecuación fabulosa que sin embargo nos permite sentir o al menos vislumbrar a través de la ficción cosas que de otro modo no nos atreveríamos a conocer. Son Raimundo Silva y María Sara los amantes, pero son el autor y los lectores, cada uno por su parte, quienes se sienten satisfechos en sus pasiones. Pura ficción, claro está, pero aquí viene la paradoja: de hecho esos amores ficticios seguirán en cierto punto siendo ciertos incluso después de que Saramago ya no esté sobre la faz de esta tierra, ni tampoco los lectores de estas modestas líneas, con lo cual quién podrá atreverse a quitarle realidad a lo que esos amantes, los de papel y tinta, sean capaces de vivir.

Pero además cabe reflexionar y preguntarnos si acaso los amores reales, los de carne y hueso, y gemidos, y sudores, y otras humedades, serán más ciertos que los de la tinta sobre el papel y la imaginación de autores y lectores. Y lo son sin duda en sus consecuencias, que de no ser así no estaríamos aquí, dilucidando estas cuestiones, pero la omnipotencia de ese momento, de ese sentir que nada importa más allá del climax, es en otro punto también pura fantasía. En el momento del climax parece no importar más nada, ni siquiera la amenaza de la muerte. Y sin embargo es todo parte de una misma vana ilusión: postergar la evidencia de nuestra propia fragilidad, de nuestra inquieta soledad, Raimundo Silva y María Sara ellos sí son imnortales. Pero nosotros somos apenas de carne y hueso y humores diversos, felices ellos, pobres nosotros, que por eso nos reconfortamos con su encuentro. Y sin embargo, al mismo tiempo, pobres ellos y felices nosotros, que al menos tenemos la esperanza de hacer de verdad carne y hueso y semen nuestra pasión alguna vez, y no sólo papel y tinta, incluso siendo también todo esto mera ilusión.

Y mientras tanto nos reconfortamos en ensueños. Que es lo que hacemos siempre, incluso sin saberlo. Así de frágiles somos.

jueves, mayo 20, 2010

Verso final para un poema de Oliverio Girondo

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden, se entregan...

...y muchas veces simplemente se ignoran.

miércoles, mayo 19, 2010

Historia del cerco de Lisboa

"Tiene las manos apoyadas en la barandilla del mirador, siente el hierro frío y áspero, ahora está tranquilo, apenas mira, no piensa, y es en ese instante cuando acude a su espíritu vacío una idea para ocupar este su día libre, algo que nunca ha hecho en su vida, no tienen razón quienes se quejan de su brevedad si no la aprovechan como les ha sido dada."

(José Saramago, "Historia del cerco de Lisboa")

viernes, mayo 14, 2010

Siempre me pregunté, si uno estuviese cinco días internado en una clínica, conectado a una manguera, en la nocturna compañía de un libro de Oliverio Girondo, en qué textos repararía la atención. Acabo de tener ocasión de responderme esta pregunta y me apresuro a consignarlo aquí, por si alguien más tuviese la misma duda, aunque sé que es probable que las respuestas a esta clase de preguntas varíen de persona en persona. En lo que a mí respecta, al menos, me detuve en un poema llamado Escrúpulo:

Me parece que vivo,
que estoy entre los ruidos,
que miro las paredes,
que estas manos son mías,
pero quizás me engañe
y paredes y manos
sólo sean recuerdos
de una vida pasada.

He dicho "me parece".
Yo no aseguro nada.


Y luego también en este otro, Puedes juntar las manos, aunque no completo, sino apenas hasta donde la casualidad o el editor decidieron que terminara la primera página:

La gente dice:
Polvo,
Sideral,
Funerario,
y se queda tranquila,
contenta,
satisfecha.

Pero escucha ese grillo,
esa brizna de noche,
de vida enloquecida.

Ahora es cuando canta.
Ahora
y no mañana.
Precisamente ahora.
Aquí.
A nuestro lado...
como si no pudiera cantar en otra parte.

¿Comprendes?
Yo tampoco.

jueves, mayo 06, 2010

La enseñanza según Salinger

Navegando por la web, acción que no siempre guarda una correlación necesaria con el acto de estar webeando, encuentro un fragmento de una de las Nine Stories escritas por J.D. Salinger, y me resulta tan encantador este pasaje, y tan ilustrativo en cuanto a lo que debería ser el ejercicio de la docencia, que cedo a la tentación de dejarlo asentado aquí:

- ¿Qué harías si pudieras modificar el sistema de enseñanza? (…)
- Bueno, no estoy muy seguro de lo que haría -dijo Teddy. Lo que sé es que no empezaría con las cosas con que por lo general empiezan las escuelas. Creo que primero reuniría a todos los niños y les enseñaría a meditar. Trataría de enseñarles a descubrir quiénes son, y no simplemente cómo se llaman y todas esas cosas… Pero antes, todavía, creo que les haría olvidar todo lo que les han dicho sus padres y todos los demás. Quiero decir, aunque los padres les hubieran dicho que un elefante es grande, yo les sacaría eso de la cabeza. Un elefante es grande sólo cuando está al lado de otra cosa; un perro o una señora, por ejemplo (…) Ni siquiera les diría que la hierba es verde. Los colores son sólo nombres. Porque si usted les dice que la hierba es verde, van a empezar a esperar que la hierba tenga algún aspecto determinado, el que usted dice, en vez de algún otro que puede ser igualmente bueno y quizás mejor.

martes, mayo 04, 2010

¿Emisores de qué?...

Leo en un artículo escrito por Cristian Ferrer dos años atrás la siguiente sentencia:

"Esta época espera que cada hombre y cada mujer, cada niño y cada anciano, sean ricos o pobres, se transformen en emisores. ¿Emisores de qué? Eso carece de relevancia, puesto que la experiencia del mundo se ha vuelto definitivamente fugaz."

Cabría añadir quizas muchas cosas a este comentario. Sin embargo, me parece al mismo tiempo innecesario. Serían palabras fugaces. Prefiero dejar el comentario aquí, marcado por la solidez de una sentencia en firme. Y que en este tiempo de tanta comunicación mal entendida cada quien se haga cargo de lo que le corresponda.

sábado, marzo 20, 2010

Un pedacito de poesía


Al árbol que tardó cien años en crecer
lo derriban en solamente dos horas.
El pájaro que anidaba en su copa se va,
y no vuelve más.
El monte va perdiendo su canto...
y yo la esperanza.



Cuando terminó la cursada del año pasado en la Universidad, un estudiante se acercó y me obsequió un disco, con canciones escritas por su hermano. Hoy me puse a escuchar nuevamente ese disco, y me detuve en este pedacito de poesía, cuya elocuencia me exime de cualquier otro comentario.

martes, febrero 02, 2010

Culpa y redención

Leo en un libro que me obsequió María Teresa Cibils una frase que alguna vez escribió Augusto Larreta:

"Nuestra culpa no es más extensa que el amor que no pusimos."

Se trata de una frase simple. Sencilla en su formulación, tanto como en su concepto. Y yo me pregunto cómo sería la humanidad si cada persona se detuviese a pensar por un instante en esta frase, y se dispusiese luego a poner un poco más de amor, aunque más no fuese para no tener que sentir luego mayores culpas.

Me pregunto, también, qué sucede con aquellos que, a pesar de ser capaces de cometer las peores atrocidades, no logran sentir luego culpa ninguna. Y me digo que no son humanos.

Porque de pronto pienso que es parte de la condición humana el cometer, de vez en cuando y acaso inevitablemente, actos atroces. Pero sólo puede ser verdaderamente humano quien además logre sentir su culpa más tarde. Acaso la culpa tenga en definitiva la función de enseñarnos de nuestros errores, para no repetirlos.

¿Qué sucedería si toda la humanidad tomara como base el precepto de poner una cuota mayor de amor en el momento de tomar contacto con alguien, quienquiera que sea ese otro? Es cierto: no hay modo de cambiar a la humanidad, considerada como un bloque; sobre todo en lo que ella tiene de inhumano. Pero al menos sí podemos ensayar un cambio, por sutil que sea, en nosotros mismos, en el cotidiano devenir de nuestro día a día.

Acaso la redención, para la humanidad y para cada uno de nosotros, se encuentre finalmente aquí: en algo tan simple como poner un poco más de amor.

viernes, enero 29, 2010


"No esperes para ser feliz"...

No siempre hubo Hi-Fi y compact discs. Hubo un tiempo de canciones viejas, muchas veces mal grabadas, y cuando uno escuchaba esas canciones lo hacía en algún modesto tocadiscos, o en algún obsoleto pasacassettes de mala calidad, y todo sonaba entonces tan distorsionado que por momentos era imposible comprender lo que decía la letra de aquellos temas. Y cuando uno se ponía a cantar, inevitablemente aparecían los baches, que se rellenaban como se podía y sobre la marcha, poniendo palabras propias allí donde el autor seguramente había pensado otras distintas.

De repente estoy seguro: la letra de aquella vieja canción no dice ni nunca dijo esto de "No esperes para ser feliz". El autor escribió en ese lugar otra cosa, algo que yo nunca pude escuchar con claridad. Pero a fuerza de haber cantado de chico esta letra, seguramente apócrifa, seguramente equivocada, cuando hoy a la distancia me descubro tarareando de nuevo esa melodía, aparece de nuevo ese texto inventado por mí. Y me digo entonces que es una suerte que haya existido esa época de canciones viejas, mal grabadas y peor reproducidas. Porque de pronto comprendo que la canción en cuestión no es propiamente mía, pero tampoco de su autor, y al mismo tiempo nos pertenece de alguna manera a ambos.

Y hoy ya sé que esa canción seguro dice otra cosa. Pero no puede ser porque sí que ya entonces, y hace tanto tiempo, algo me llevara a cambiar la letra, en lugar de buscar el modo de desentrañar cuál era el texto real, el que imaginó el autor, y no este oyente. Y tampoco puede ser porque sí que hoy de pronto me ponga a tararear sin darme cuenta de nuevo aquella canción, y lo vuelva a hacer con la letra así transformada. Ni puede ser porque sí que la letra inventada por mí haya sido esta, y no otra.

"No esperes para ser feliz." Algo tiene que tener esta frase, en el marco de esta música, incluso cuando su autor no lo sepa, incluso cuando él haya escrito otra cosa. Esta canción también es mía, y me dice algo que debo aprender a escuchar...

Escuchemos. Y no malgastes el momento.
Carpe diem, como decían los antiguos y sabios latinos.

lunes, enero 11, 2010

Efímero

Vaya uno a saber por qué razón, al fin y al cabo presumible, esta mañana me desperté pensando en las efémeras, esos pequeños insectos, también conocidos como polillas sin boca, que deben su nombre al hecho de disponer de una vida brevísima, limitada apenas a unas pocas horas. De allí el nombre de este insecto, pariente cercano de las mariposas, que en verdad deberíamos llamar efemeróptero, término que deriva de la palabra "efímero".

Dado que la naturaleza ha previsto una vida tan breve para este animal, el mismo carece de boca. De hecho, no posee un aparato digestivo, pues no es necesario que se alimente. Ni siquiera es conveniente que lo haga: su tiempo es precioso. No debe perderlo buscando alimentos. Sólo debe dedicarse a volar, encontrar pronto una pareja, aparearse y depositar sus huevecillos en algún lugar húmedo y cercano. Con esto estará cumplida su misión vital. Luego el día terminará, y con él la existencia de este admirable insecto.

He escrito admirable. Y en cierto sentido es cierto: nos admira lo efímero de este animal. Nos espanta el aparente sinsentido de su efímera existencia. Y sin embargo, como escribió alguien en alguna otra ocasión, "Nosotros, que tenemos estómago y más de un día por delante, a la vista de Dios tal vez duremos apenas un poquito más que la inquietante efémera."

¿Cuál será la escala que utilizaremos para calificar el lapso de vida de este insecto como efímero? Porque, en efecto, ¿no es acaso también efímera nuestra vida? Tal vez todo esté puesto en relación a los objetivos que se planteen. Claro está, la efémera no tiene tiempo de reflexionar demasiado. No puede construir una cultura, preocuparse por obtener bienes materiales, por tener buena casa, auto, trabajo, patria, familia.

Pero más allá de esto, tal vez sea justo preguntarnos: ¿será esta mariposa feliz en algún instante de su brevísima vida? ¿Será acaso esa vida en algún punto más satisfactoria que la nuestra? ¿Será la efémera sabia, por quedar fuera del marco de aquel dicho que asegura que "quien tiene boca se equivoca"? ¿Habrá en ella algún instante de conciencia que haga referencia a su propia naturaleza? Lo más probable es que no. Somos nosotros quienes reflexionamos sobre la efemeróptera. Y no hay reciprocidad alguna: ella no reflexiona sobre nosotros, ni seguramente tampoco sobre sí misma.