jueves, febrero 23, 2017

Prohibido prohibir prohibir prohibir

"Prohibido prohibir". La frase brilla en las paredes de París en 1968. Es una frase contestataria, razonable en el marco de una sociedad que siente que las normativas restringen cada vez más la libertad intrínseca del sujeto. Curiosa idea, según la cual la libertad sólo es posible a partir de una primera y única prohibición. Prohibición que de todos modos establece una paradoja, pues ordena precisamente aquello que niega.

Pero entonces, décadas más tarde, alguien escribe en otro muro: "Prohibido prohibir prohibir". Y parece apenas un inconsecuente juego de palabras, pero en cuanto se somete la sentencia a un análisis básico, resulta que no es tan simple. Porque aunque a primer golpe de vista la frase solo parece profundizar la paradoja inicial, en realidad no lo hace: la única normativa a la que alude esta nueva frase es precisamente la única que había quedado fuera de la prohibición anterior. Vale decir: anula la prohibición de prohibir, abriendo así el juego a toda una serie de eventuales prohibiciones, que de este modo quedarían legitimadas.

No parece casual que esta formulación, de apariencia revolucionaria pero en esencia totalitaria, aparezca precisamente ahora, cuando el mundo occidental cae globalmente en manos de una derecha preocupada por maximizar los beneficios de unos cuantos antes que velar por los derechos del ciudadano en general. Es probable que la anarquía que proponían los jóvenes del Mayo francés fuese utópica. Pero en definitiva esta noción resulta todavía más preocupante. Acaso sea preferible añadir un nivel de prohibición más, aunque se nos tilde de prohibicionistas. Pero asegurarnos de este modo que quede prohibido prohibir la prohibición de prohibir.

lunes, febrero 20, 2017

Monstruos

Cuando éramos niños, 
de esto hace mucho tiempo, 
en un siglo ya pasado y viejo, 
a menudo temíamos quedarnos solos, 
pues intuíamos que los monstruos 
que acechaban en medio de 
las sombras de la noche 
solo serían capaces de alcanzarnos 
si nuestros padres no estaban cerca.

Conforme pasaron los años 
terminamos comprendiendo que 
aquello no era, al fin y al cabo, 
más que un ingenuo miedo infantil. 
A la larga conseguimos aceptar 
que más allá del temor 
ninguna abominación se escondía 
en la vaga oscuridad nocturna, 
y que podíamos dormir sin compañía, 
cuando no hubiese más remedio, 
sin peligro mayor que acompañados. 

Y aunque todavía nos sigue inquietando 
en no pocas ocasiones hallarnos solos, 
al menos ahora sabemos la verdad: 
que los verdaderos monstruos
no se ocultan en los pliegues de la noche, 
sino que viven dentro de nosotros mismos.


lunes, febrero 13, 2017

La palabra como elemento organizador y reparador del mundo

Leo una entrevista a la antropóloga francesa Michele Petit, en relación a la experiencia de la lectura: "Una de las mayores angustias humanas es la de ser caos, fragmentos, cuerpos escindidos, la pérdida del sentimiento de continuidad, de unidad. Uno de los factores por los cuales la lectura es reparadora es que facilita el sentimiento de continuidad, a través del relato. Una historia tiene un principio, un desarrollo y un fin; permite darle unión a algo. A veces, escuchando una historia, el caos del mundo interior se apacigua, y por el orden secreto que emana de la obra el interior podría también ponerse en orden. El mismo objeto libro, ­hojas pegadas juntas, organizadas, ofrece la imagen de un mundo reunido."

Pienso que tal vez esta misma reflexión sea aplicable a las palabras en general, que se organizan a veces en papel, otras en una pantalla, hilvanando un relato, una serie de ideas más o menos lógicas, poniendo en juego una creencia, una estética, una posición en el mundo, ocupando una espacialidad, fijando un aquí y ahora, dejando también un rastro que en algún momento acaso sea seguido por los ojos de alguien más, con lo cual se convertiría en ese acto en una suerte de modesto testimonio de nuestro breve paso por el mundo, una señal que indique que alguna vez fuimos algo más que una mera fantasmagoría. O que al menos estamos convencidos de ello.



miércoles, febrero 08, 2017

Los acríticos

La política.
Las religiones.
Los ídolos de barro.
Los fanatismos,
de cualquier signo que sean.
No me molesta Dios,
sino sus huestes.
No me interesa el famoso
al que le gritan "genio",
pero me fastidian
sus seguidores.
Me resisto a los fanáticos,
capaces de defender lo indefendible
con tal de no sentirse vacíos.
Creo que le tengo alergia
a las masas acríticas.
Acaso sea ese mi problema.


domingo, febrero 05, 2017

Líneas narrativas

Acabo de terminar de leer una novela. No consignaré aquí su título, pues lo que pretendo escribir implica revelar su final. Digamos nada más que se trata de una novela magnífica, escrita por un famoso autor estadounidense, que sin embargo rompe con al menos uno de los preceptos básicos que se supone que todo buen relato debería respetar: no dejar líneas narrativas abiertas. Esto aquí no se cumple. Uno de los personajes centrales de la historia aparece un día brutalmente golpeado. Alguien lo lleva a un hospital. Pero el autor se ocupa de colocar a este alguien en una ambigua situación: plantea la sospecha de que él sea el responsable de la golpiza, al mismo tiempo que deja entrever su inocencia. Además abre otra intriga: no termina de definir si el personaje golpeado ha muerto o si, por el contrario, logró recuperarse. Son nada más dos de las varias cuestiones que van quedando pendientes de resolver. Uno va leyendo el libro y se da cuenta de que cada vez quedan menos páginas para llegar al final. Demasiado pocas, para la cantidad de incógnitas que resta solucionar. Hasta que un inesperado y trágico accidente, en el cual mueren tanto el protagonista principal como el sospechoso de haber castigado (¿asesinado?) al otro personaje que antes mencionamos, pone un abrupto punto final al libro. Nos quedamos así con un montón de cuestiones vinculadas a la trama sin desentrañar; múltiples líneas narrativas quedan abiertas y truncas.

¿Se trata realmente de un error dentro del relato? ¿De verdad el famoso novelista estadounidense se equivoca de un modo tan grosero? ¿O acaso está planteando que así es precisamente como suceden las cosas en la vida real, y que las historias simplemente se terminan en el momento en que la vida acaba, sin que interese si hemos dejado asuntos que han quedado irresueltos de manera desprolija? Es como si en un giro maestro de la ficción el protagonista de la novela se mimetizara con el lector: los dos están en la búsqueda de las mismas revelaciones, de los mismos cierres narrativos, que no tendrán lugar. Al menos no del modo en que esperábamos, porque al fin y al cabo sí hay un final. Muere de repente el protagonista. Y no hubiese sido demasiado diferente, a los fines del relato, si el muerto hubiese sido el lector. Los efectos hubiesen sido parecidos, en lo que a las intrigas de la historia se refiere. En ambos casos nos hubiésemos quedado sin develar las mismas cosas.

Los finales muchas veces son así de inesperados. Tan inesperados como el final de nuestra propia existencia. Tal vez este sea el mensaje de esta novela, carpe diem. Los puntos finales caen, sencillamente, en el preciso lugar en donde caen. Lo que hayamos hecho hasta ese momento, esa será la obra inevitablemente inconclusa, pero al mismo tiempo concluida.


martes, enero 31, 2017

Lluvias

La lluvia, como todas las cosas de este mundo,
carece en sí misma de un significado o de un valor.
Somos nosotros quienes le asignamos un sentido.
Y ese sencillo gesto, curiosamente, nos humaniza.
Hubo un tiempo, por ejemplo, durante el cual
la lluvia representaba para mí una inquietud,
pues poco antes mi casa se había inundado.
Hubo también un tiempo en el cual la lluvia era
algo así como un llanto del alma caído desde el cielo,
o la angustiante premonición de un dolor interminable.
Sin embargo, un buen día la lluvia se convirtió
sorpresivamente en algo diferente,
en algo para ser contemplado y compartido,
en algo más cercano a la alegría que a los pesares.


viernes, enero 27, 2017

Seis años...

¿Puede uno relacionarse de algún modo
con alguien que no ha comenzado a existir,
con alguien que en verdad jamás ha existido?
¿Es posible extrañar a ese alguien?
¿Es acaso posible amarlo?
¿Desearle el bien?
¿O rezar por su alma
incluso cuando uno ni siquiera
crea en dioses que escuchen rezos?


martes, enero 24, 2017

Olvidos

Hoy me ha sucedido algo extraño
(me tienta la palabra siniestro).
He leído un poema.
Un poema no demasiado antiguo,
bien puedo dar fe de ello.
De inmediato he reconocido
el poema en cuestión como propio,
y sin embargo,
por más que lo intenté,
no pude recordar dónde ni cuándo
ni en qué circunstancia ese poema fue escrito.
Tampoco a quién tuve yo en mente cuando
aquellas palabras encontraron su forma.

Pienso entonces en la fragilidad de
nuestras humanas conciencias
y de nuestros recuerdos;
en lo poca cosa que somos,
que buscamos eternizar un momento
a través de un miserable poema
solo para comprender al cabo
que estamos hechos de olvido.


jueves, enero 19, 2017

Libros sagrados

De repente me doy cuenta, casi como una revelación, de que uno de mis grandes problemas en lo que a los asuntos relativos a la fe divina se refiere es la existencia misma de libros sagrados. Para decirlo de algún modo, considero que un libro, cualquiera que sea, es un medio demasiado poco digno para una deidad. O para decirlo de otra manera: un medio demasiado humano, pasible de ser manipulado, tergiversado, mal traducido y mal interpretado a lo largo de los siglos. ¿Cómo confiar en  un Dios que recurre a un instrumento tan poco fiable como un libro para manifestar a través de sus páginas sus sagradas enseñanzas y testamentos? ¿Acaso no tenía, este ser omnipotente, algún modo más preciso, eficaz e indubitable para dejar clara su existencia y para comunicarnos sus preceptos sin margen de duda ni error? Y ni hablemos de qué algunos pretendan que este mismo Dios que decidió recurrir a las palabras para manifestarse sea el mismo que en Babel confundió a los hombres, haciendo que cada uno hablase un idioma diferente. Seguimos confundidos, Señor. Y si he comprendido bien las enseñanzas de tu hijo Jacques Lacan, él ha dicho que la palabra aleja al hombre de la verdad que la palabra nombra. Y yo creo que algo de razón tiene.


jueves, enero 12, 2017

Diferentes tiempos

Hubo un tiempo en el cual
las horas transcurrían lentamente
como un glaciar dormido
o un río de aguas congeladas,
como uno de esos sueños en los cuales
todo transcurre de manera pausada,
tiempo fuera del tiempo,
y sin embargo
al cabo uno descubre
que los años han pasado
veloces como la luz
o como el tiempo mismo
que no se detiene
y no hay vuelta atrás.

Pero también está el presente
en cierto modo inaprensible
pero absolutamente real
un pájaro que bate sus alas en el cielo
una boca que acaricia otra boca
unos dedos que eternizan su roce
sobre la piel de una persona amada
la lluvia cayendo sobre nosotros
nosotros entrando en el agua
una risa que resuena y nos despierta
un gemido que nos enciende
un soplo de aire fresco
un instante un instante un instante
que ya pasó, pero durante
ese instante perdura.
Estas palabras.
Ahora mismo.


martes, enero 10, 2017

Como espejos de agua

Dejame que te diga que
hay ojos como espejos de agua,
claros, magníficos, transparentes,
y otros que son como mares profundos,
en los cuales, quien se asoma una vez,
desea luego bucear eternamente.



jueves, diciembre 29, 2016

De dioses y creencias

No es lo mismo decir "Dios existe" que indicar: "Creo que Dios existe". Se trata de dos ideas radicalmente diferentes, inclusive opuestas en su naturaleza. La primera da por sentado algo que la segunda, con mayor prudencia, limita al ámbito del propio convencimiento. Instalando además, por curioso que esto sea, la posibilidad de error (vale decir: la propia duda) en el exacto mismo lugar en el cual afirma su convicción.

Decir que "Dios existe" es, a su turno, una suerte de falacia. Pues lo único que en realidad puede derivarse sin duda ninguna de esta frase es que alguien ha dicho que Dios existe. La existencia de ese alguien que dice queda, de esta manera, demostrada. Pero de allí a que exista Dios, hay un trecho importante. Vale decir: la frase en cuestión no da cuenta de ninguna realidad acerca de Dios, sino sólo respecto de la persona que dice creer en él. Para saber si en verdad Dios existe, no deberíamos confiar en la palabra de ningún mortal, sino aguardar que se manifestara Dios mismo; quien al parecer ha decidido por ahora llamarse a un Sagrado Silencio.

Ahora bien, para el caso de que Dios exista, o de que existan incluso varios dioses... ¿Cuál vendría a ser la importancia de la fe? Y aun más: ¿cuál vendría a ser el propósito de la alabanza, que en general las religiones promueven? No alcanzo a comprender el motivo misterioso por el cual un ser en teoría omnipotente debería preocuparse por el hecho de que sus miserables criaturas crean o no en él, le rindan o no alabanza. ¿Por qué razón merecería el Paraíso un creyente más que un ateo? Debo concluir que la fe tiene algún efecto, ya sea en la dimensión humana o en la divina. ¿Será acaso todo esto no más que una mera acción política, de ordenamiento ideológico? Cualquier otra explicación, más teológica o poética, me enfrenta a un desafío intelectual interesante. Creer en un dios que necesita, para existir, que los hombres crean en él, por ejemplo.

¿Les importará realmente a los dioses que creamos o no en ellos? Y en caso de que les importe, ¿por qué razón sería? ¿Será que la existencia de Dios, de la cual nosotros dependemos, depende a su vez de nuestra creencia? La idea es extraña, por su aparente circularidad, pero de otro modo no se entiende por qué tanta preocupación divina en torno de la necesidad de que el hombre tenga fe. ¿Dependen acaso los dioses de lo que nosotros pensemos, en lo que hace a su existencia? ¿Tendrán nuestros rezos, nuestros cánticos, nuestras loas, algún efecto en ellos? ¿O lo tendrán solamente en quienes creen, por el hecho mismo de creer? Pienso de pronto en el doble significado de la palabra concebir: uno concibe una idea o concibe un hijo. Tal vez Dios no sea sino un hijo de nuestras propias ideas. Que a su vez nos concibe. He aquí el misterio de la Trinidad, explicado de otro modo.

Llamados a creer, tal vez sea interesante conducir nuestra conciencia por estos rumbos circulares. Pero entonces, si la fe es realmente tan poderosa como para concebir dioses, ¿por qué no pensar también que acaso va siendo hora de que nosotros, los humanos, comencemos a creer tamnbién en nosotros mismos? No será algo sencillo, por cierto. Pero quizás este detalle podría llegar a marcar alguna diferencia.


domingo, diciembre 25, 2016

Navidad

"¿Por qué hay tanta gente triste en Navidad, si se supone que se celebra el nacimiento de Dios?",  preguntó una voz en su mente.

La respuesta, venida de quién sabe dónde, fue precisa:
"Los dioses no nacen ni mueren. Y las navidades no son alegres, ni tampoco tristes. Son las personas quienes le asignan a las cosas y a ciertas fechas un determinado valor. A veces la gente se apena, precisamente, porque le han dicho que se espera de ellos que estén felices. Y eso no siempre es posible."



lunes, diciembre 19, 2016

Stendhal

Que un estudiante en el taller haya escrito:
"Gracias a Stendhal / por la frase:
'Dios mío, si existes / apiádate de mi alma, / si es que tengo' ".
Que al buscar, encuentre que Stendhal también escribió:
"¡Dios Santo!... ¿Por qué yo soy yo?"
Comprender entonces que la existencia de Dios,
del alma, Stendhal y yo mismo,
todo forma parte de una misma incertidumbre.



viernes, diciembre 16, 2016

Memoria y olvidos

La memoria es falible y selectiva.
No recordamos los hechos tal
como sucedieron sino que
los deformamos,
les quitamos cosas,
les añadimos matices,
los adornamos a la medida
de nuestro gusto y circunstancia.
Los inventamos, en definitiva.
Esto nos enfrenta a menudo
a situaciones incómodas.
Porque todos recordamos,
pero no las mismas cosas
ni de la misma manera.
Entonces abrimos desacuerdos
y nos acusamos unos a otros
de ser gigantescos necios.
La memoria es selectiva
y muy poco fiable, por cierto.
Pero aun cuando así no fuera
tampoco habría garantías.
Pues no se trata solamente de
lo que recordemos, bien o mal,
sino que además nos empeñamos
en asignarle a nuestros recuerdos
un valor y un significado que
para cada quien es diferente.



lunes, diciembre 12, 2016

Caminar lento

Tengo ganas de caminar lento,
como si no existieran los relojes
ni tampoco los calendarios.
Caminar lento y cerrar los ojos,
sintiendo el aire en el rostro
mientras sigo avanzando,
primero un pie, después el otro,
sin un rumbo establecido
pero con la secreta intuición
de que caminando se llega
tarde o temprano a alguna parte.


martes, diciembre 06, 2016

Caminos

Los caminos, por definición,
siempre nos llevan a alguna parte.
En ocasiones, ingenuamente
o con un dejo de veleidad,
creemos que los vamos eligiendo,
cuando en verdad es un insospechado azar
el que casi siempre escoge por nosotros.
La vida no ofrece mapas, ni garantías,
aunque sí otorga la posibilidad de
ir transitando por ella cada día.

Los caminos, ya ha sido dicho,
siempre nos conducen a algún lugar.
Lo que no sabemos es hacia dónde,
ni por qué razones, ni de qué manera.
Nada de esto impide, sin embargo,
que sigamos confiadamente,
buscando la belleza cada vez,
en tanto dure la travesía.


jueves, diciembre 01, 2016

Ser y hacer

Y vos, ¿qué vas a ser cuando seas grande? Cuántas veces nos habrán hecho esta pregunta, cuando todavía éramos chicos. Habremos contestado... quién sabe qué cosas. Hoy ya somos grandes. Y nos hemos convertido en algo que, según el caso, se ubicará a mayor o menor distancia de aquellos ideales de antaño. Hagamos entonces de nuevo la pregunta, pero esta vez en tiempo presente: Y vos, ¿qué sos ahora que sos grande? Por un instante la pregunta nos inmoviliza. Tenemos la incierta sensación de haber sido pescados in fraganti. Pero tomémonos un momento antes de responder. Porque la pregunta acaso no sea tan sencilla como parece. Por empezar, "qué-sos" no equivale a "qué-hacés", ni tampoco a "de-qué-trabajás". Que también estas dos últimas expresiones marcan asuntos diferentes; pues hacer, hacemos muchas cosas. Solamente algunas, entre todas ellas, tienen que ver con nuestra vida laboral. Otras tienen que ver con el hecho de sentirnos vivos. Las expectativas que teníamos de chicos no se limitaban, de todos modos, al trabajo. ¿Qué ha pasado con lo demás? ¿Qué tanto nos hemos alejado de aquellos ideales en nuestro camino? Hay algo que debemos considerar antes de declararnos culpables: cuando proyectamos algo, no sabemos con qué dificultades nos encontraremos, ni cuáles serán nuestros límites, ni qué cosas nos irán sucediendo. Seamos entonces un poco benevolentes. Hemos hecho en cada caso lo que pudimos. Sin duda podríamos haberlo hecho mejor, si las cosas hubiesen sido de otra manera. De haber sabido cómo, por ejemplo. Pero se aprende sobre la marcha. Incluso la experiencia nos ha demostrado que es falsa esa ilusión del capitalismo, según la cual los resultados dependen de manera directa de un esfuerzo. No es así: la voluntad es apenas uno de los muchos factores en juego. Estar en el lugar correcto en el momento indicado, o al revés, determina también muchas cosas. Pero la cuestión aquí es otra: no tiene sentido mirar demasiado hacia atrás, excepto para que la experiencia nos enseñe algo. Y tampoco hacia adelante, como no sea para ajustar lo que haremos hoy. El momento en el cual vivimos es éste: el presente. Y lo único que realmente podemos plantearnos, en cada momento de nuestras vidas, es qué podemos hacer con lo que tenemos al alcance de la mano, aquí y ahora, en este preciso instante. Hace un tiempo alguien me preguntó: "Si vos no fueses hoy quien sos, ¿qué serías?" Tras meditarlo un instante respondí: Si hoy yo no fuese quien soy, sin dudas sería otro. Un otro que tal vez, ante esta misma pregunta, acaso intuyera que podría ser esto que de hecho hoy soy.

viernes, noviembre 25, 2016

Efímeras


Efímeras. Este es el nombre con el cual se conoce a estas pequeñas mariposas. La palabra le hace justicia a su brevísima existencia: su vida entera, desde el momento en que salen de su capullo, transcurre en apenas un día. Después mueren. Las efímeras ni siquiera han sido provistas de una boca o de un sistema digestivo que les permita alimentarse. No tendría sentido, pues no tienen tiempo. Su único objetivo es garantizar la continuidad de la especie: aparearse, desovar y morir. Lo interesante aquí es notar lo siguiente: lo que para nosotros es apenas un momento, para una efímera representa toda una vida. Así como nosotros mismos somos efímeros, considerados en relación a la escala de la existencia del planeta que nos alberga, desde el punto de vista de una efímera, nosotros, los seres humanos, seríamos en cambio poco menos que inmortales. Esto bien puede servirnos para reflexionar acerca de la importancia del momento presente, del tiempo en el cual transcurrimos, que jamás será suficiente, pero tampoco es nunca demasiado breve. La vida promedio de un ser humano equivale a unas 30.000 generaciones de estas increíbles mariposas. Cada amanecer equivale a una nueva vida. A una nueva colección de posibilidades.

jueves, noviembre 24, 2016

Vacíos

Leo un artículo titulado "La utopía del placard vacío". Podría ser un buen título para una novela; pero no: se trata de un breve texto que enfatiza el hecho de que solemos tener más cosas de las que realmente necesitamos. Que tendemos a ser, en algún sentido, acumuladores compulsivos. Acaso esto tenga que ver con un miedo más o menos inconsciente a la carestía. O tal vez se relacione con el horror vacui del cual hablaban los antiguos aristotélicos, que más allá de relacionarse con los conceptos de la física de la época marcó además la estética occidental durante siglos, antes de que comenzara a cobrar fuerza la idea de que muchas veces menos es más.

Pienso entonces otra vez en 4'33", la icónica pieza del compositor estadounidense John Cage, que en rigor es un silencio para piano en tres movimientos, que debe durar precisamente el tiempo indicado en el título (años más tarde Cage dirá que en verdad debió dejar la duración del trabajo librada al criterio del intérprete). Música en la no música, presencia en la ausencia, la idea de Cage no fue solamente enfatizar que el silencio forma de hecho parte de la experiencia musical, sino además que todo sonido se encuadra en un marco acústico, y que del silencio surge, de manera más o menos aleatoria, un universo de sutiles sonidos que estaban allí presentes sin que reparásemos en ellos. El silencio nos permite descubrir lo que se esconde detrás de los sonidos ahora ausentes. 

También pienso entonces que estas cuestiones tienen que ver con la experiencia cotidiana de ser. Que del mismo modo que sucede con el silencio o el horror vacui, las personas suelen tenerle miedo a la soledad. Y por eso se juntan, en ocasiones sin demasiado criterio, o participan en círculos o en redes sociales donde proliferan personas que, muchas veces, poco y nada tienen que ver con ellas. Gentes que en realidad no reportan mayor interés, excepto por el hecho de distraernos por un rato de nuestra eventual soledad. Porque estar solo en ocasiones es percibido como un peligro. Y acaso el verdadero riesgo, el que tanto nos cuesta asumir, no sea otro que el de descubrirnos a nosotros mismos.

Todos nosotros conocimos alguna vez el miedo de encontrarnos en soledad, en el silencio de una noche cualquiera. Y para evitarlo encendimos el televisor, o llenamos nuestros placares con cosas, o nos rodeamos de personas, o nos atiborramos de lo que fuese, o nos aferramos a relaciones equivocadas, incluso cuando ello implicase renunciar al descubrimiento de otras posibilidades, de otros colores, de otras texturas, de otros futuros posibles, de sutiles sonidos usualmente ocultos por el bullicio que nosotros mismos generamos.

En ocasiones es necesario admitir que a veces menos es más, que es hora de remover algunas cosas guardadas en los placares, que es el momento de arriesgarnos y de intentar mirarnos hacia adentro, para así darnos la maravillosa posibilidad de reconocernos, y a partir de ello poder crecer y regalarnos nuevas alternativas. A nosotros mismos y, curiosamente, también a quienes de un modo u otro están cerca.



jueves, noviembre 17, 2016

Tener la razón

Hace poco tuve ocasión de leer una valiosa parábola acerca de las verdades. Para no olvidarla, la dejo anotada aquí. La historia cuenta que dos monjes paseaban por el jardín de un monasterio, cuando uno de ellos vio en el camino un caracol. Sin percatarse de ello, su compañero estaba a punto de aplastarlo, pero él lo contuvo tiempo.

- Mira, hemos estado a punto de matar a este caracol. Este animal tiene una vida y, a través de ella, un destino que debe proseguir.

Delicadamente, quitó el caracol del sendero y lo dejó entre la hierba. El otro monje pareció ofuscado.

- No es bueno lo que hiciste. Salvando ese caracol arriesgas las lechugas que nuestro compañero jardinero cultiva con tanto esmero. Por cuidar de ese caracol descuidas el trabajo de nuestro hermano.

Los dos discutieron bajo la mirada curiosa de otro monje que por allí pasaba. Como no lograban ponerse de acuerdo, el primer monje propuso plantearle la situación al gran sacerdote, quien en su sabiduría podría dilucidar quien tenía la razón. Se dirigieron entonces al santuario, seguidos por el tercer monje, a quien el caso había intrigado. Al llegar, el primer monje contó que había salvado un caracol, preservando así una vida, que por su naturaleza es sagrada. El gran sacerdote lo escuchó, movió la cabeza y dijo:

- Has hecho lo que convenía hacer. Has hecho bien.

El segundo monje exclamó:

- ¿Cómo es posible? ¿Salvar a un caracol que estropea nuestra verdura es bueno? Al contrario, había que proteger el huerto gracias al cual tenemos todos los días buena verdura para comer.

El gran sacerdote escuchó, movió la cabeza y dijo:

- Es verdad. Es lo que convendría haber hecho, tienes razón.

El tercer monje, que había permanecido en silencio hasta entonces, se adelantó un tanto confundido y preguntó:

- Pero si sus puntos de vista son exactamente opuestos... ¿Cómo pueden tener razón los dos?

El gran sacerdote miró largamente al tercer monje. Sonrió, movió la cabeza y dijo:

- Es verdad. También tú tienes razón.

martes, noviembre 15, 2016

Sueño 161113 - Arañas

Soñar con arañas;
con que ella te dice
que hay allí una enorme
araña negra, en algún lugar
de la habitación, escondida
tal vez ahí entre las cortinas,
pero ella no enciende la luz
por más que vos se lo pedís
una vez, y otra, y otra más
para poder buscar mejor.
Hasta que al fin atisbás
en una pared cercana
una araña color marrón,
tal vez no tan grande,
que cae pesadamente
al suelo y después
la perdés de vista;
y enseguida aparece otra,
ésta sí negra y más grande,
que también cae y desaparece.
Y vos sabés que hay todavía
una araña mucho más grande,
una enorme, próxima y horrenda,
pero todo permanece en penumbras
y sos incapaz de encontrarla,
porque la luz sigue sin encenderse
y tus ojos, de repente pesados,
se niegan a permanecer abiertos
se cierran por más que no quieras,
por más que pretendas resistirte,
tus ojos no se abren para verlas,
pero uno bien sabe que allí están.
Las arañas te producen miedo.
Porque ellas sí pueden verte.


viernes, noviembre 11, 2016

Nocturno

Algo me despierta en medio de la noche. Son casi las 03:30 de la madrugada, pero eso recién lo sabré en un rato, cuando consulte el reloj en la pantalla de mi celular. Lo que me llama la atención ahora es la luna enorme, plantada en medio del cielo negro y despejado, que refleja en medio de una inquietante calma la luz del sol escondido a espaldas del planeta. La luz entra a raudales por el ventanal e ilumina el cuarto, sumido en el silencio, y yo me detengo en ese instante, en ese momento presente tan misterioso como cercano. Pienso en la vida y pienso en la muerte. Y pienso que, contrariamente a lo que suele decirse, la muerte no encierra en definitiva ningún misterio. Muy por el contrario, el misterio grande, inconmensurable, no reside en la muerte, sino más bien en la vida. ¿Qué es esto que ha sido insuflado en nosotros? ¿Qué es esto que solemos llamar alma o espíritu... ¿De dónde deviene nuestra existencia? ¿Y qué sucederá con ella una vez que se extinga? De pronto me parece evidente que el estado natural de las cosas acaso sea la no existencia, y me sorprendo de estar aquí en el mundo, como una maravillosa anomalía, en este preciso momento, bañado por la luz del sol reflejada en esta luna enorme y silenciosa, en el preciso momento en que escribo estas palabras y me estremezco, sin saber todavía que son las 03:30 de la madrugada y, sobre todo, sin tener respuestas para darme cuando me pregunto qué será realmente la vida, o cuáles serán los secretos del destino.


martes, noviembre 01, 2016

Solo piano

Hay un piano que se ha quedado mudo.
Hay el eco de una risa que de pronto
se ha revelado tristemente lejana.
Hay un antes y un después
y un frustrado té con masas
que ya no podrá concretarse.
Otras manos volverán tarde o temprano
a recorrer las negras y blancas teclas.
Volverán acaso Beethoven, Bach,
Chopin, Schumann o Ravel.
Pero será otra voz la que resuene.
El piano viudo de alguna manera sabe
en la sutil memoria de sus cuerdas
que algo se ha ido para siempre.

Si acaso existe un cielo de pianos
puede que allí vuelvan a encontrarse.

(A la memoria de Elisabeth Fiocca)

jueves, octubre 27, 2016

Presencia

Mis ojos hurgaron una noche en tu mirada
buscando reflejos de su propia soledad y desamparo.
Encontraron allí, sin embargo, paz y ternura
y una hermosa luz de esperanza.
Cuando hoy me miro en los espejos
descubro en mis ojos el reflejo de los tuyos.
Estás aquí conmigo, aunque no estés en estas horas.


martes, octubre 25, 2016

Escaleras

Hay escaleras que suben,
hay escaleras que bajan...
En realidad las escaleras nunca
van a ninguna parte,
ellas están siempre quietas
y aguardan pacientes.
Son las personas las que deciden
si ascienden o si descienden
o si se detienen en alguno
de sus muchos peldaños
viendo el mundo desde allí,
a menudo convencidas
triste y falsamente
de que no hay otras
perspectivas posibles,
otras luces, otros colores.


lunes, octubre 24, 2016

Deseos - El día después

Lo de pedir tres deseos, al momento de soplar las velas sobre la torta de cumpleaños, es una práctica anclada seguramente en viejas tradiciones, pero sin nada real que la sustente. Lo pude comprobar ayer. Ante la duda, quise ser prudente: mi primer deseo fue que se me otorgara la sabiduría, para poder desear algo que realmente valiese la pena con los restantes. Pero como supuse que ese primer deseo solamente se cumpliría después de que las velas en cuestión fuesen apagadas, mi segundo deseo fue poder postergar el tercero para el día de hoy, cuando en teoría ya sería suficientemente sabio. No ha sido así. Me siento igual de ignorante que ayer. Apenas un día más viejo. De todos modos, como me queda ese tercer deseo pendiente, elijo desear que las personas que a lo largo de estos 50 años me hicieron bien, las que me acompañaron, las que me acompañan, las que atesoro en mi corazón, aquellas con las cuales no fui justo, aquellas que intentaron ser justos conmigo, que todas ellas sean felices. Es mi regalo. Nunca se sabe: acaso de los tres deseos este último sí se haga realidad. Ojalá así sea.

domingo, octubre 23, 2016

Sin cuenta

Sin cuenta. Uno puede mirar hacia atrás, o bien hacia adelante. También es posible dirigir la mirada hacia los costados, o hacia abajo, concentrando la atención de manera exclusiva en el lugar preciso en el cual se está parado, sin ver ninguna otra cosa más allá de los propios pies. O también puede uno mirar hacia adentro. Para hacer esto último hay diferentes alternativas. Uno puede cerrar los ojos  e intentar escuchar el sonido del corazón, por ejemplo. O puede acostarse con la espalda contra el suelo, dejando los ojos abiertos, y prestar atención a lo único que hay arriba, que es el cielo. A mí de chico me gustaba tirarme así en el piso, y jugaba a imaginar que de pronto la ley de gravedad se invertía, y las cosas comenzaban a caerse hacia arriba, y esa sola idea me producía una especie de intolerable vértigo, pleno de escalofríos. Me daba y me sigue dando, porque hay miedos de los cuales uno no se recupera. Cuando hoy intento mirar hacia adentro, en ocasiones lo hago con los ojos cerrados, como cuando se besa a alguien. Aunque también puede uno besar con los ojos abiertos, es verdad, y entonces otra vez el vértigo, aunque sea un vértigo hermoso. Pero eso ya es otra historia.

Sin cuenta... Y sin embargo: son más de 18.250 días, unas 438.000 horas, más de 26 millones de minutos. Pero nada de esto dice demasiado, en realidad. Habría que contar además cuántas fiebres, cuántas lluvias, cuántos días de sol, cuántos desayunos compartidos, cuántos en soledad, cuántos libros, cuántos discos, cuántos logros, cuántos intentos frustrados, cuántos sueños que quedaron marcados como a fuego en la memoria, cuántos que se olvidaron incluso antes de despertar, cuántas noches de insomnio, cuántos amores, cuántos besos, cuántos orgasmos, cuántas de tantas y tantas cosas, cada una de ellas con sus secretos valores y significados. La cuestión es que uno puede tomarse el trabajo de mirar y de contar, de hacer un recuento de las cosas que han pasado, de los muchos errores cometidos, de los eventuales aciertos en los cuales de seguro también se incurrió. Y también puede uno especular con el devenir del tiempo y estimar cuántos han de ser los días que todavía faltan. Aunque en el fondo de poco y nada sirva todo esto, porque ni el pasado ni el futuro existen fuera de la memoria o de nuestras ideas. Nada más tenemos la inasible fugacidad del momento presente. Pero entonces vuela un colibrí, y parece algo casi mágico, porque el pequeño pájaro es capaz de detenerse en medio de su vuelo, y esto es apenas una ilusión, porque el tiempo continúa transcurriendo, pero es también una metáfora que nos habla del presente, de ese mirar hacia adentro que te decía antes, tal vez con los ojos abiertos. Vértigo, entonces, el de las alas del colibrí, el de la ilusión del momento que se detiene, tal como lo pretendía Fausto, para que podamos valorarlo debidamente. El momento de la ansiada redención también, por qué no, a través de la conciencia de que la vida y la muerte existen, más allá de que sepamos o no qué significan, pero que más allá de ellas también está el instante en el cual las cosas prosiguen y suceden.


miércoles, septiembre 21, 2016

Ignorancia y virtud

Hoy he leído: "Un ignorante que se sabe ignorante aventaja siempre al ignorante no enterado". La sentencia me gusta. Por eso la copio, allá y aquí. Pienso, sin embargo, que el sentido de la palabra "ventaja" es relativo. Por ejemplo: en la tetralogía wagneriana, Sigfrido no es en realidad un héroe. No podría serlo, porque no conoce el miedo. Es ignorante, en este sentido. Y en su caso su ignorancia le da en cierto modo una ventaja. Pero también pienso que se trata de una ventaja ciega, inhumana, vacía de toda virtud. Hoy yo tengo la ventaja de saberme en desventaja, porque me reconozco a mí mismo ignorante, temeroso, tal vez hasta un poco miserable, en cierto punto. Pero también humano. Y así me acepto.



martes, septiembre 20, 2016

De ateísmos y creyentes

Dicen que el peor creyente,
el más vil de todos, el más falso,
es aquel que en la soledad de su silencio
sabe bien que Dios en verdad no existe,
y muy a pesar de eso insiste inmutable
en sostener su innegable presencia.
Sin embargo, resulta mucho peor,
y más peligroso y más perverso,
el pretendido ateo que conoce
que Dios en efecto existe y,
empero, con voz en cuello
se empecina en negarlo.

domingo, septiembre 18, 2016

Pensamiento crítico

El pensamiento crítico y la felicidad son dos dimensiones que no terminan de acomodarse una con la otra de buena manera. Su propia naturaleza lleva al ser humano a plantearse, razonablemente, una serie de preguntas, para las cuales no existe una razonable respuesta, lo cual genera una frustración inevitable. Pero el estado natural del ser humano, de su espíritu y su psicología, tiende a ser el reposo,  el equilibrio. Entonces, para sobreponernos a las incertidumbres, a la falta de respuestas definitivas a las preguntas que nos imponemos, inventamos las ideologías, las religiones, y nos entregamos felices a los reduccionismos, las dicotomías, las simplificaciones y las síntesis, que lo explican todo, aunque todo sea nada.

miércoles, septiembre 14, 2016

Fotografías anónimas


Alguien encuentra una fotografía, tirada al pie de un contenedor, debajo de la lluvia. Esto sucede en la calle México al 2500, en la Ciudad de Buenos Aires, un día cualquiera del mes de septiembre. Pero podría suceder en cualquier otro rincón de cualquier otra ciudad, en cualquier otro tiempo. Más tarde esa persona sube esa fotografía encontrada a Internet. Como una curiosidad. Acaso para que alguien como yo la encuentre de nuevo, y la observe con detenimiento, y escriba estas líneas. Y ahí está entonces la mirada de esta mujer, que no sabemos quién sea, o quién haya sido. La fuerza de la fotografía, que insiste en persistir, incluso más allá del anonimato y del tiempo. Debajo de la lluvia, a pesar de los descuidos que marcaron el papel, de la desaprensión que acaso llevó esta foto al pie de un contenedor de basura. ¿Quién habrá sido esta persona? ¿Qué sueños tendría en la época en la cual la fotografía fue tomada? ¿Qué estaría pensando en el momento justo de dispararse la cámara? ¿Qué habrá sido de ella? ¿Habrá alguien que la extrañe, en alguna parte? Esta fotografía, como tantas otras que aparecen perdidas o descartadas, aquí o allá, igualmente anónimas, muestran lo que muestran, pero también son al mismo tiempo un espejo de nosotros mismos. Cada fotografía que nos tomamos o nos toman está signada por el mismo destino: perderse tarde o temprano en las nieblas del tiempo como un pedazo de papel anónimo, que con un poco de suerte será encontrado algún día por alguien. Desde ese pedazo de papel, minúsculo, misterioso, miraremos en silencio a ese alguien, que nos observará y no sabrá nada acerca de nosotros.

Simplificando

Los reduccionismos, las simplificaciones extremas, siempre son confortables. Tienen la enorme ventaja de ofrecernos respuestas necesarias y comprensibles acerca de las cosas, de los demás y del lugar que ocupamos en el mundo. Por eso estamos dispuestos a creer en ellas. Nos facilitan la calma que resulta propia de la comprensión. Nos indican, de una manera sintética, clara y concisa, a través de una lógica dicotómica, qué posición debemos tomar frente a procesos naturalmente complejos. Lo que no es bueno es malo. Lo que no es blanco es negro. Estas simplificaciones tienen, sin embargo, un único problema: son falaces y nos alejan de la verdadera comprensión de la realidad. Si nos admitimos capaces de desentendernos de este pequeño detalle, podemos seguir confiándonos a ellas.

Dicho de otra manera:
La simplicidad y la complejidad son en el fondo una misma cosa.
La simplificación es lo contrario de ambas.

lunes, agosto 29, 2016

El hombre grande

El hombre grande
cada día está más pequeño.
Yo acaricio a veces su cabeza cana
con una infinita ternura
cuando él ya está acostado
y a punto de conciliar el sueño,
y siento como si acariciara
la cabeza de un niño,
cada vez más inocente y frágil.
En esos momentos todo se confunde:
yo soy de pronto hombre grande
pero también el niño
que necesita todavía creer
en la existencia de los inmortales
para poder sobrellevar su propia vida.
En momentos así el tiempo parece detenerse.
Pero luego persiste, empecinadamente.


domingo, agosto 28, 2016

Apología de la crítica

Existe una suerte de callado enfrentamiento entre el artista y el crítico. Una relación que a menudo se presenta como amable y cordial, pero que al mismo tiempo lleva latente un elemento discordante que cada tanto se transforma en manifiesto rechazo. La pregunta resulta casi obligada: se admite como un hecho natural la existencia del artista, pero ¿cuál es la función del crítico? Se diría que realizar críticas, evidentemente. La cuestión, entonces, será resolver qué deberíamos entender ante la palabra crítica. Dice la Real Academia que una crítica puede definirse como el "análisis pormenorizado de algo y su valoración según los criterios propios de la materia de que se trate". Sin embargo, ésta es apenas la primera acepción del término. Hay una segunda acepción, bastante más incómoda, que describe la acción de criticar como "hablar mal de alguien o de algo, o señalar un defecto o una tacha". Se comprenden mejor ahora las antipatías que puede despertar la figura de alguien que dedica su tiempo y esfuerzos a criticar.

Digamos sin embargo que la relación es ambivalente, pues sin artista no hay crítico, pero el primero necesita en cierto modo del segundo. Según parece alguna vez Oscar Wilde manifestó: "Que hablen mal de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen." Y esto es algo muy cierto: es una mala noticia que las críticas a un espectáculo no hayan sido favorables; pero mucho peor noticia es que la sala haya estado desierta. Ahora bien, ya en este punto estamos insinuando una suerte de simbiosis entre tres actores diferentes: tenemos al artista por un lado, sobre el escenario; y del otro, siendo espectadores de lo que sucede, a los críticos y al público, que coinciden entre sí en más cosas de las que podría parecer a primera vista. Este es el punto a tener en cuenta: más allá de cualquier impostura, el crítico no deja de ser un espectador más.

Hay quienes sugieren que un verdadero crítico debe poseer un conocimiento específico sobre aquello que se convierte en objeto de su mirada. Esta posición probablemente surge en la Europa del siglo XVIII, cuando el desarrollo enciclopédico de la teoría y la historia del arte genera la separación entre un grupo de personas próximas a los secretos propios del mundillo artístico y quienes, por el contrario, carecían de acceso al consumo de bienes estéticos. Pero el arte, al menos en su etapa de contacto con un público, no tiene que ver con la racionalidad, ni con las habilidades técnicas que hacen a su producción, sino con una experiencia sensible. No es necesario saber de música para disfrutar de una sinfonía, un tango o un recital pianístico. Sí se necesitan, en todo caso, horas de contacto con la música para poder comparar, trazar recorridos o marcar vínculos. Pero no se requiere ser un especialista. Es más: muchas veces el estudioso pierde la inocencia necesaria a la hora de acercarse a una experiencia estética. Una inocencia que es necesaria para poder comprender aquello que el público -el no instruido especialmente- sentirá ante esa manifestación.

Lo que diferencia al crítico del público en general es que él tiene la posibilidad de compartir su parecer a través de un medio de comunicación. Entonces, lo que sí se le puede exigir es que sea capaz de comunicar con habilidad sus impresiones y experiencias. Que su relato sea atractivo, para que den ganas de leer o escuchar aquello que tenga para decir respecto de lo que a él le ha parecido tal concierto, película, obra teatral, exhibición, libro, comida o espectáculo. Que genere deseos de abordar la experiencia estética de la que se trate desde otros lugares y perspectivas, enriqueciéndola de algún modo. Después, por supuesto, la cuestión pasará por coincidir o no con el crítico, en criterios o en sensibilidad. Porque lo cierto es que no existen verdades objetivas en el terreno de lo estético. Es evidente que si un músico desafina, si un escritor tiene fallas en su redacción o un actor duda en sus parlamentos, será posible señalarlo. Pero fuera de estos índices concretos, lo que prevalece es una cuestión de empatías entre el artista, el crítico y el público.

Digámoslo entonces de una vez: el crítico no es sino un espectador más, que luego manifiesta de manera pública su parecer sobre algo que ha visto. Y para hacerlo no debe estar especialmente capacitado con conocimientos específicos. No es necesario saber tocar el piano para comentar el recital de un pianista, tanto como haber asistido a muchos recitales, a fin de poder medir las eventuales diferencias que medien entre un intérprete y otro. Pero ni siquiera esto resulta indispensable, al fin y al cabo, pues cada experiencia estética, incluso siendo individual y única, ofrece un impacto sensible en el espectador, que como tal tiene todo el derecho de decir: me ha gustado, me ha aburrido, me ha dejado algo valioso, me ha resultado insoportable. Un espectador que aplaude, que abuchea o se queda dormido durante un espectáculo, se constituye de hecho como un crítico. Para que no hubiese crítica, no debería haber espectadores. Y entonces el arte ya no sería algo que se pudiera compartir.

Personalmente, y en consideración del doble sentido que el uso le ha dado al término crítico, quien esto escribe ha preferido muchas veces definirse como comentarista, a sabiendas de que tal vez esta expresión tenga algo de eufemismo. Pero esta actitud no está exenta de reciprocidades: al decir del escritor británico Somerset Maugham, cuando los artistas solicitan críticas, lo que en realidad esperan recibir son halagos. Seguramente habrá de todo, como en botica. Pero lo cierto es que el día en que un artista no tenga a nadie que lo critique, para bien o para mal, será cuando haya que ponerle un punto final al arte. 

jueves, agosto 25, 2016

2006 - 2016

Fue un 6 de agosto de 2006 cuando hice el primer posteo en esta bitácora. Desde entonces se sumaron más de quinientas entradas. Han pasado muchas cosas a lo largo de todo este tiempo. Para quien escribe, convertido ahora en autor y en lector de sus propias viejas anotaciones, recorrer este blog es rememorar diferentes partes de una historia personal. Una historia que acumula alegrías y dolores, frustraciones y necedades, locuras, esperanzas vanas y otras que no lo han sido tanto; también hay algunas muestras de una incierta sabiduría y (ojalá así sea) acaso algunas pinceladas de belleza. Porque de un tiempo a esta parte este sitio se ha convertido además, como creo haber dicho ya en alguna otra ocasión, en un cementerio de poemas. Pero repaso las primeras entradas, las de ese primer mes de existencia de este diario. Hay allí un primer comentario de una obra musical, fruto de un padre orgulloso que veía actuar por primera vez a su hija en un gran teatro. Hay unas líneas acerca de un fotógrafo ciego, y un breve cuento de Marco Denevi. También hay un triste presagio. Y hay una reflexión sobre el horror de las guerras. Finalmente, la primera de todas las entradas es un cuestionamiento en cuanto al sentido mismo de la existencia de este blog. Hoy me sigo preguntando para qué escribo todas estas cosas. Para quién, con qué propósito. Sigue sin haber una respuesta clara o definitiva. Quizás todo esto sea algo así como un exorcismo, o como un legado, o como una caja de resonancia, en la cual yo mismo poder escuchar con mayor claridad algunas ideas. Algunas cosas han cambiado, es cierto; pero uno todo el tiempo cambia. Soy diez años más viejo, en algunas cuestiones soy más aplomado, sabio o incluso gentil, y en otros aspectos acaso no he aprendido demasiado. Sigo sin embargo teniendo una esperanza. Y juro que no soy una mala persona, aunque algunas historias que me han tenido como protagonista no hayan tenido finales del todo felices. Pero la historia todavía sigue, hasta nuevo aviso. Y seguramente se seguirán sumando los escritos, las ideas, los poemas, las resonancias. Y tal vez algún día alguien encuentre algún sentido en todas estas palabras. O acaso no. Acaso el sentido que estas palabras tienen es el de simplemente ser, en el momento de ser aquí volcadas.

domingo, agosto 21, 2016

Sin título

Hay una incierta y terrible soledad
en el apático gris de esta tarde que muere.
Una soledad trágica, sin fe ni esperanza.
Lo intenté. Dios sabe que lo hice.
Pero todo fue en vano.
No existen las segundas oportunidades
para nosotros los malditos.
El sol se ahoga ahora en el horizonte,
las sombras vuelven reclamando sus dominios
y uno solo desea irse
junto con la tarde que se disuelve
tranquila en el horizonte
sin reclamarle nada al mundo
porque nada espera.

martes, agosto 09, 2016

Carpe Diem

Diez años, dijo el médico.
Puede que alguno más, tal vez.
Dicho así parece mucho, es cierto,
sobre todo para un hombre que
ya ha alcanzado los ochenta.
Hagamos la cuenta y son
tres mil seiscientos cincuenta días.
Aunque he de corregirme:
tres mil seiscientos cuarenta y nueve,
pues esto sucedió ayer.

Miro una fotografía de mi padre,
todavía joven, esperanzado,
vivaz y repleto de futuro.
Me impresiona darme cuenta:
en esa foto él tiene menos edad
de la que yo tengo ahora mismo
y comprendo una vez más que
al fin y al cabo una década es nada,
Nada sobre todo comparada con
la nada eterna que nos aguarda.

Tengo casi cincuenta años, dijo ella.
Y la gente suele morirse a los setenta,
así que me quedarían veinte por delante.
Dicho así parece mucho:
son todavía veinte cumpleaños,
veinte pascuas, veinte navidades,
veinte de cada cosa que pasa en un año.
Sin embargo también es poco y nada.
Nada comparado con la eternidad
de nada que nos espera después.

Entonces qué hacer,
si lo único que tenemos
es este día fugaz que se pasa.
Detente instante, eres tan bello...
No era vano el deseo de Fausto.
Intentar capturar el momento
vivirlo plenamente, disfrutarlo,
eso es lo único que nos queda.
El ahora mismo.
El mientras tanto.

miércoles, agosto 03, 2016

Dédalo e Icaro

Soy Dédalo después de haber despeñado a Perdix.
Vanamente pretendí contentar a la bella Pasifae
y sólo logré dirigir hacia mí la furia de Minos.
Fui el hacedor de las penurias del Minotauro,
que se dejó matar a manos del vanidoso Teseo
convencido de que era al joven enemigo a quien
Ariadna aguardaba al otro extremo del dorado hilo.
El amor -se sabe- está repleto de estos desencuentros.
Ahora deambulo cautivo en el seno de mi propio laberinto,
prisionero no de estas paredes de roca y sutiles engaños
sino de una potencia mayor, poderosa e inexplicable.
Dédalo soy; mas debo decirlo: también soy Icaro.
Heredé esta prisión de mi padre, y tal vez él
la heredó a su vez de sus propios ancestros.
Es cierto: soy yo el arquitecto y el constructor,
soy quien carga las culpas propias del responsable.
Pero este laberinto me precede en el tiempo,
está aquí desde mucho antes de que yo naciera
y quién sabe si acaso desaparecerá con mi muerte.
En una esquina, allí hacia donde el sol se pone,
descubro un hato de cuerdas y plumas y cera.
Un pájaro pasa volando sobre mi cabeza.
Lo observo como si fuese un presagio.

domingo, julio 31, 2016

Naturalezas

Padecemos, entre otras cosas,
una errática apreciación del tiempo
que tal vez no sea sino un gesto de rebeldía
frente a nuestra pobre condición de
seres mortales, evanescentes,
sin chance de trascendencia.
Quizás por eso necesitamos tanto
que con una mirada una palabra un gesto
alguien nos haga sentir valorados,
que nos rescate de nuestra soledad,
del angustiante vacío de la nada.
Somos apenas el suspiro de algo que nos supera,
nada más el breve reflejo de algo más amplio
que acaso jamás llegaremos a conocer.
Somos un poco como la música
que solamente existe mientras suena.
Pero aquí estamos, entre tanto.
Frágiles y desorientados.
Desamparados y sedientos.

lunes, julio 25, 2016

Busco

Ando buscando palabras
para decir cosas indecibles.
Ansío colores que me ayuden
a pintar paisajes jamás vistos.
Sonidos imposibles para hacer
músicas jamás escuchadas.
Estoy solo en medio de la noche;
desnudo en la oscuridad, lloro.

viernes, julio 22, 2016

Espejos

No sabemos quiénes somos.
Mucho menos podríamos conocer
quién es el otro, ese eterno misterio.
Cada uno observa en el rostro del otro
lo que decide ver, o aquello que él mismo es,
incluso sin saberlo, como si de pronto se contemplara
en el cristal siempre ambiguo de un espejo.

martes, julio 19, 2016

Spleen du mardi

Emociones complejas.
La incierta melancolía de
ciertas tardes de domingo que
confundidas caen un martes.
El eje de lo real que insiste
en jugar al gallito ciego conmigo.
Por supuesto, yo siempre debo ser
el que lleve los ojos vendados.
La sabiduría es evasiva:
se presenta ante mis ojos
desnuda, pero entremezclada
con mil curiosas ensoñaciones.
De hecho, ahora mismo,
que me busco en vano
y no me encuentro,
no sé si duermo
o si estoy despierto
o si realmente soy yo
quien escribe estas palabras.

jueves, julio 14, 2016

Sueño 160712 - Casi un cuento

El hombre espera dentro de su auto, afuera de la casa, que sabe vacía. Alguna vez fue casa suya. Ahora la vive como casa ajena. Tiene las llaves en un bolsillo; podría entrar, si quisiera. Volver a recorrer los rincones añorados, acariciar otra vez sus muebles, hojear de nuevo alguno de sus libros. Pero no, no entrará. El simplemente espera, aunque no sabe exactamente qué. En algún momento alguien llegará hasta la puerta de esa casa. Y entonces. Su atención hace foco ahora en el arma que descansa a un costado, cerca de su pierna. Extiende la mano, apenas, y acaricia el metal frío. En ese instante comprende que la historia tendrá un desenlace trágico, por más que todavía no logre precisar cuál ha de ser. También entiende que no hay manera de evitar lo que está por venir, pues él no es más que una suerte de títere, que no podrá hacer sino aquello que el destino le tenga previsto. Aquí no hay víctimas ni victimarios. No hay inocentes ni culpables. Por suerte, al rato se queda dormido, y entonces sueña que despierta en su departamento, que se ducha, se viste, desayuna y sale hacia su trabajo. Afuera está el sol, pero algunas nubes persisten amenazantes en el cielo.

viernes, julio 08, 2016

Lo Uno y los Otros

En una cita reveladora, en relación al complejo problema de la identidad, Simone de Beauvoir señala:
"La categoría de lo Otro es tan original como la conciencia misma. En las sociadades más primitivas, en las mitologías más antiguas, siempre se encuentra un dualismo que es el de lo Mismo y lo Otro. (...) La alteridad es una categoría fundamental del pensamiento humano. Ninguna colectividad se define jamás como Una sin colocar inmediatamente enfrente a la Otra. Bastan tres viajeros reunidos por azar en un mismo compartimiento, para que el resto de los viajeros se conviertan en "otros" vagamente hostiles. (...) Entre aldeas, clanes, naciones, clases, hay guerras, potlachs, negociaciones, tratados, luchas, que despojan la idea de lo Otro de su sentido absoluto y descubren su relatividad; de buen o mal grado, individuos o grupos se ven obligados a reconocer la reciprocidad de sus relaciones. (...) Ningún sujeto se plantea, súbita y espontáneamente como lo inesencial; no es lo Otro lo que, al definirse como Otro, define lo Uno, sino que es planteado como Otro por lo Uno, al momento de plantearse éste como Uno. Más, para que no se produzca un retorno de lo Otro a lo Uno, es preciso que lo Otro se someta a este punto de vista extraño." (S.B., "El segundo sexo")
Interesante para tener presente a la hora de evaluar algunas cuestiones en relación a la pregunta, aparentemente simple pero eternamente irresoluta, de "quién soy yo".

miércoles, junio 29, 2016

Sueño 160629

Los sueños son fascinantes de por sí. Pero una de las intrigas que siempre me han generado es la cuestión relativa al punto en el cual se inician. Uno puede recordar un sueño o haberlo olvidado por completo, hasta que un detalle mínimo (un cabello deslizándose en el agua de la ducha, por ejemplo) activa algo que hace regresar a nuestra mente esas imágenes por momentos tan vívidas y detallistas. Recordar por ejemplo la voz del locutor diciendo: "...en este lugar único en el mundo el dragón de Komodo se desarrolla en total libertad, en ausencia de depredadores naturales", mientras vemos un enorme reptil de colores vivos, con predominio de un rojo apagado (la contradicción parece evidente pero es real), y más allá otro, y otro más. ¿Por qué razón el sueño (o el recuerdo del sueño) comienza en este punto? ¿Qué habrá sucedido antes de eso? ¿Cómo llegamos hasta ahí? Por mucho que me esfuerzo, no logro recordarlo, no tengo la menor idea. "Allí vemos un ejemplar de muchos años", dice el locutor ahora, y yo intento identificarlo, y entonces veo a mi izquierda un reptil de gran tamaño, prácticamente inmóvil, de cuya boca asoma la parte posterior de un cocodrilo. "Es un territorio ciertamente peligroso -sigue diciendo la voz- pero uno no puede resistir la tentación de adentrarse." Y ahora ya es uno, y no una cámara, quien avanza un par de pasos adelante, sorteando un taburete blanco, abandonado ahí, en medio de la selva. Pienso que por supuesto el lugar es peligroso, y que si un dragón de Komodo se alimenta de cocodrilos, también podría comerse con facilidad a un ser humano. Habrá que tener cuidado.

El lugar -lo descubro ahora- también está repleto de víboras, que se deslizan con gran rapidez. En cierto momento comienzo a sentirme rodeado y me arrepiento de haberme adentrado en ese lugar, pero no hay mucho que pueda hacer, salvo mantenerme muy atento. Entonces, las víboras comienzan a apartarse, al igual que el resto de los reptiles. Comprendo rápidamente de qué se trata: han percibido que se acerca algo a lo cual temen, algo que sin duda será peligroso para ellos, pero también para mí. Con la diferencia de que yo no tengo idea de qué sea. El lugar se ha convertido en un paraje silencioso y en apariencia solitario, cuando aparece un animal extraño, como una hiena grande, de color blanco y del tamaño de un cordero. Me descubre y me observa, evaluándome, mamífero contra mamífero, en ese territorio de repente liberado de reptiles. La hiena me gruñe y yo intento demostrarle que no tengo miedo. Sé que si intentara escapar se abalanzaría sobre mí. Así que alzo los brazos y le grito, intentando asustarla. En ese momento veo que a mi derecha hay un perro salvaje que se acerca a la hiena mostrando los dientes de manera amenazante y decido hacer causa común con él: el perro hace retroceder a la hiena y yo grito y sacudo una tabla blanca que he encontrado apoyada ahí cerca. De vez en cuando el perro me mira y la tensión afloja: sabemos que no somos enemigos. Entonces volvemos a la carga para ahuyentar a la hiena, que finalmente retrocede hasta desaparecer por un vano, por el cual también salimos nosotros, finalmente. Ese vano da a las ruinas de un viejo edificio, y allí alguien nos cruza, un hombre corpulento, vestido de un modo rústico, que me hace pensar en un soldado del medioevo. El hombre pregunta si está todo bien, y yo respondo que sí, pero que allí atrás, en el otro ambiente, detrás del vano, está infestado de víboras. Pienso que en rigor en ese momento las víboras ya no están allí, aunque necesariamente han debido irse a otra parte, no muy lejos, y el hombre dice que sí, que esa plaga es un problema usual.

No recuerdo qué sucedió en medio. De seguro pasaron cosas en ese lugar, allí donde se alzaban esas ruinas. Tengo en mente una suerte de fiesta social, el casamiento de alguien, una reunión no-alcanzo-a-precisar-de-qué-tipo, pero lo cierto es que ahora estoy viendo fotografías. Fotografías que acaban de ser tomadas en ese lugar, entiéndase bien, durante la reunión que acaba-de-tener-o-acaso-todavía-tiene lugar en ese sitio. Las veo con mi hija, que las va pasando, y yo veo aquí y allá caras conocidas, allí está mi cuñada, están mis sobrinas, también está Ella, y estoy yo mismo. Pero al mismo tiempo me doy cuenta de que, delante de mis propios ojos, esas fotografías se transforman: basta con pasar de una foto a otra, y luego volver sobre la primera, para notar que algo ha cambiado. Hay imágenes que resultan muy familiares, pero que al mismo tiempo uno tiene la impresión de no haberlas vivido nunca, y otras que, por el contrario, aparecen de un modo diferente a cómo uno recuerda que de hecho han sido. Luego el recuerdo del sueño se diluye. Y yo me quedo pensando en esas fotos, que son tan parecidas al sueño en sí mismo, e incluso tan parecidas a los recuerdos que uno va teniendo de la propia vida.

martes, junio 28, 2016

Palabras y silencios

Ando buscando palabras,
palabras para componer con ellas
un espacio diferente, alterno,
una historia concebida
a mi propia medida,
con paisajes y cielos
que me sean propicios.
Sin embargo las palabras,
no todas ellas, eso es verdad,
pero sí las que son más importantes,
terminan cediendo siempre ante el silencio,
un silencio extraño que se impone
hasta ocupar el lugar de
aquellas palabras que
en rigor de verdad
acaso ni siquiera existan,
y de existir no dirían nada,
o en el mejor de los supuestos
nombrarían algo, pero jamás serían
aquello que ha sido nombrado.
El silencio, en cambio,
es algo real y absoluto
que se dice a sí mismo
tal como él mismo es.

lunes, junio 27, 2016

Respuestas sin pregunta

Ando a cuestas con una necesidad urgente de respuestas
para preguntas que tal vez ni siquiera puedan ser planteadas.
Porque las palabras, esto es algo que ya es bien sabido,
son incapaces de dar cuenta de algunas cosas.

domingo, junio 26, 2016

Tiempo

Alguien, en realidad no importa quién, pero si nos preguntaran diríamos que su nombre es Alan Souto, un muchacho que supo ser alumno mío hace algún tiempo, escribe en alguna parte una serie de palabras en apariencia sin sentido, o por lo menos con ese sentido elusivo que a veces tienen las palabras cuando en realidad no se proponen decir nada esencial: "El tiempo no existe", comienza ese texto. Y si ese comienzo nos atrae es porque justo un momento antes hemos escrito la palabra "tiempo" en otro lugar. Así la hemos escrito, suelta y sin ningún motivo aparente. Y la coincidencia es demasiado poderosa como para no tenerla en cuenta.

"El tiempo no existe. No hay un hoy ni un mañana. El tiempo es un espejo de mil facetas. Un laberinto cuyo centro es un laberinto, con un laberinto en el centro, donde se guarda un laberinto lleno de espejos. ... El tiempo no existe. Sólo el vacío y la noche. Siempre la noche yaciendo en el centro del laberinto de la tierra."
El tiempo no existe. No hay un hoy ni un mañana. Intuimos que algo de verdad se esconde detrás de esas palabras. Pero también algo de absurdo, porque hay el tiempo en el cual leemos estas palabras, y también el tiempo en el cual escribimos estas otras. Y sin embargo, en esta tarde colmada de melancolía, pensar que el tiempo en realidad no existe es algo que de alguna manera nos ayuda a seguir viviendo. Vale decir, es algo que nos ayuda a seguir transcurriendo nuestro limitado tiempo.

lunes, junio 20, 2016

Utilidad de la poesía

¿Sabés para qué sirve la poesía?
La poesía, en cualquiera de sus formas,
que son muchas y variadas, sirve para esto:
para rellenar un vacío un agujero una ausencia.

domingo, junio 19, 2016

Fugacidades

Cierto día, una jornada cualquiera, muchos años después de que ella hubiese fallecido, mi papá vio de cuerpo presente a su madre, vale decir mi abuela, sentada en una silla de su departamento. No es éste el comienzo de una historia de fantasmas, y ni siquiera el inicio de una historia propiamente dicha, sino apenas el relato de algo que aconteció. Tampoco hay mucho para contar, pues no hubo en el caso revelaciones místicas, ni mensajes desmesurados, sino solamente eso: un acto de presencia fugaz, una mano frágil y delgada levantada levemente, una repentina paz, que tanto pudo haber sido obsequio de la visita o producto del ánimo del visitado. En cualquier caso, cuando algunos días más tarde conocí los detalles de aquel episodio, por alguna razón comprendí que los inmortales no estarían aquí en este mundo con nosotros para siempre.

Anoche, por mi parte, estando despierto descubrí, creo que por primera vez, la trastienda de la formación de los sueños. Es como si uno tuviese los ojos cerrados, pero por error un pequeño paso de luz hubiese quedado abierto. Como una venda mal colocada, que deja entrar apenas un hilo de luz a través del cual se filtra un fragmento de algo que en teoría no deberíamos ver. Después hay como un chisporroteo de electricidad. Finalmente, como si fuese la pantalla de un televisor que entra en sintonía, de repente uno parece ver algo. Yo estaba despierto, definitivamente despierto, y al mismo tiempo maravillado por aquellas imágenes que iban tomando forma ante mis ojos cerrados, provenientes de... ¿De dónde llegaban esas imágenes? Ese era el gran interrogante. ¿En qué lugar del universo estaría esa casa con un portón celeste, que yo jamás había visto antes, y que de repente vislumbraba a través de esa venda mal puesta que me permitía ser testigo de la formación de mi propio sueño? Intenté forzar levemente lo que veía, obligarlo a que me mostrara algo más, y descubrí con sorpresa que no era demasiado difícil hacerlo. Algo me despertó del todo, en ese momento, y no pude seguir investigando.

Pero entonces recuerdo el episodio de mi padre con mi abuela, y me digo que no hay forma de saber si realmente ella estuvo o no allí presente, aquel día, en aquel departamento. Sin embargo, lo cierto es que él la vio. A través de una venda mal colocada, que en algunas ocasiones, fugazmente, nos permite vislumbrar cosas plenas de misterio, que se supone que no deberíamos llegar a ver.

jueves, junio 16, 2016

Olvidos

He soñado anoche, con previsible angustia, que comenzaba a perder de manera escandalosa pedazos importantes de mi memoria.
Hubo en ello, estoy seguro, una cierta alegoría, algo así como una revelación. No se trata solamente de recuerdos.
Curiosamente, en el momento mismo de escribir estas líneas, voy olvidando los detalles de aquel sueño.

miércoles, junio 15, 2016

Sin título III

Nos vamos disolviendo lentamente
en un mar de tiempo y de nada.
Miramos fotografías de otras épocas
con la misma extrañeza con la que
veríamos andar a un fantasma.
Somos nosotros, pero no somos.
Es apenas un rastro de lo que fuimos.
Poco a poco la memoria nos engaña.
Dejamos de recordar las cosas
para concentrarnos en el recuerdo
de las memorias que hemos construido
a través de los años, a la manera
de preciosas fantasías.

Suena Schubert mientras escribo
estas palabras sin un sentido cabal.
El no es todavía un recuerdo, o acaso sí
en cierta forma, pero está vivo en el instante
en que estas notas suenan y vibran en mí.
A veces siento que solamente el arte,
las diferentes formas de la poesía,
pueden llegar a salvarnos.
No de la muerte, ni del olvido,
pero sí tal vez de la vanidad
del momento evasivo en que somos
nada más para dejar de ser
en el instante siguiente.

Sueño 150612

Sueño de  nuevo con ascensores... 

París. Francia. Siguen los atentados terroristas contra quienes no son musulmanes. Algunas personas proponen acciones pacíficas, como ocupar las mezquitas en silencio. Otros son partidarios de ideas más drásticas, como eliminar a quienes se identifiquen con el Islam, ya sea deportándolos o directamente matándolos. Hay una enorme cola de gente que espera en la calle; no estoy seguro, pero imagino que acaso tenga que ver con un homenaje a las víctimas de los últimos hechos de violencia. Ahora estoy de regreso en mi hotel. Habrá un acto al cual debo asistir, pero de pronto me doy cuenta de que tengo en mis manos dos cuchillas de cocina que olvidé dejar en su sitio. Mientras las escondo entre mi ropa pienso que no puedo entrar al salón con eso, en semejante contexto. Especulo con que tal vez no me revisen, pero pienso que de todos modos estaría mal entrar con esos cuchillos, que terminar con la violencia sería tan sencillo como tomar ese tipo de decisiones, no llevar armas por más que uno sepa que no será revisado, aunque probablemente un terrorista musulmán no pensaría lo mismo. Veo dónde puedo dejar los cuchillos por ahí, pero finalmente decido subir hasta mi cuarto y ponerlos en su lugar. Voy hasta el ascensor, mientras los últimos rezagados van llegando al salón de reuniones. Ya está por comenzar el acto, pero nada más me tomará un momento dejar los cuchillos. Para hacer más rápido, pienso en trabar las puertas del ascensor mientras voy hasta el cuarto y regreso, pero tampoco me parece correcto. Tal vez el ascensor de todos modos se quede en el piso un rato. Pero no, como era de esperar, en cuanto bajo y se cierran las puertas alguien lo llama. Camino a mi habitación veo que está en el piso el ascensor de servicio. Me llama la atención que en una de sus paredes en lugar de espejo tenga un pizarrón, como si fuese un aula de escuela. Me digo que alguna vez ese ascensor habrá estado destinado a ser utilizado por la servidumbre. Ahora voy a usarlo yo, y de ese modo podré regresar más rápido. Agarro un sobre, que debo entregarle a alguien en el sexto piso. Subo al ascensor y bajo, pero algo hago mal, y el ascensor no se detiene en el piso sexto, sino que sigue hasta la planta baja. Contrariado, marco el sexto de nuevo. El ascensor ahora sube y yo pienso que de todos modos el sexto es el último piso, así que no debería haber problemas; pero pasa el piso sexto y el ascensor continúa subiendo. Oprimo entonces la tecla de detención. Creo que la botonera de este elevador no funciona como la de un ascensor normal, así que investigo un poco. Tal vez estoy oprimiendo mal los botones; o acaso sea que hay que oprimir el botón de detención justo en el momento de llegar al piso en el cual uno desea descender. Decido intentarlo, pero al tocar el botón redondo con la letra P justo cuando el ascensor está llegando, la cabina hace un extraño movimiento lateral, se desengancha de sus rieles, se detiene, las luces se apagan y queda fuera de servicio. Oprimo entonces un botón, y otro, y otro, pero ninguno responde. Es evidente que al quedar fuera de servicio el ascensor solo puede ser reactivado desde afuera. No queda más remedio que esperar. En ese momento, la imagen de este sueño se aleja, como si fuese una película, y veo la jaula del ascensor desde afuera, colgada en medio de un amplísimo hueco, con el hombre adentro, solo, que espera en medio de la oscuridad, mientras piensa que si se demoran demasiado en rescatarlo acaso algún día encuentren su cuerpo momificado allí dentro, quien sabe cuándo, y que entonces alguien se preguntará, sin poder obtener respuesta, cómo es que llegó hasta allí.

martes, junio 14, 2016

Angustia

La angustia amanece como un enorme gato
montado encima de mi cuerpo inmóvil.
Quiero moverme, pero no puedo.
Allí abajo están las piernas, las siento,
pero no logro que me obedezcan.
También percibo los brazos,
la espalda atascada en el colchón.
Y ahí, encima de todo, ese enorme gato
que impide cualquier movimiento.
Detrás del ventanal percibo el cielo plomizo.
Me pregunto qué hora será,
como si eso tuviese alguna importancia.
Apenas unas pocas palabras
acuden confusas a mi conciencia.
No comprendo lo que dicen.
Son oscuras y enigmáticas,
ideales para este extraño momento,
insondables como un sueño
o quizás como un poema.

jueves, junio 09, 2016

Sueño 160906

Me desperté en medio de la noche, inquieto, con una de esas angustias informes y sin nombre que muchas veces insisten en presentarse, con prepotencia y sin explicación ninguna. Es inútil cuestionarles nada cuando esto sucede. No queda más remedio que dejarlas hacer, y también uno hacer lo que sea menester para atenuarlas. De manera que me levanté y caminé hasta la habitación, descalzo y como estaba, nada más con la ropa interior puesta. Como corresponde, mi mamá dormía del lado derecho, mi papá del lado izquierdo. Los dos estaban despiertos, sin embargo, y al verme entrar, con cierto sobresalto, mi padre se sentó en la cama, preguntándose tal vez si había sucedido algo malo. El pensamiento tiene a veces sus propios tiempos, y en el lapso que me llevó ir de los pies hasta la cabecera de la cama, incluso siendo mi paso decidido, reflexioné acerca de la situación: estaba repitiendo una escena que seguramente había tenido lugar muchas veces durante mi infancia. Un mal sueño, ir entonces hasta la cama de mis padres para buscar refugio; mi propia hija también ha hecho lo mismo tantas veces, buscando refugio en mi cama siendo pequeña, en medio de la noche. Y ella venía a mí, porque sabía que yo era más fácil de despertar que su mamá, que siempre tuvo el sueño pesado. La diferencia en este caso es clara, yo ya no soy un niño, sino un hombre de casi 50 años. Era razonable entonces la actitud de mi padre. ¿Qué podía haber sucedido para que ese hombre-niño llegase así, vistiendo nada más unos calzoncillos, con gesto angustiado y sin decir palabra, hasta la cama de sus padres? Sin darle ninguna explicación lo abracé, a él con su pelo blanco, y también a mi mamá. Los abracé sin decir nada porque, ¿cómo explica uno que nada más necesita la protección de sentirse abrazado por los suyos, amparado de nuevo, por un instante, ante todas las cosas que no comprende y presume que jamás llegará a comprender? En la infancia, por más que uno pregunte todo el tiempo los porqué de todo, no importa si muchos de esos cuestionamientos quedan sin respuesta. En el adulto, esas preguntas sin respuesta son angustiantes. Y durante ese abrazo silencioso me sentí afortunado de tener a mis padres. Y entonces me desperté de verdad, con medio cuerpo afuera de la cama, y tuve que hacer un esfuerzo para entender dónde estaba, para entender por qué estaba solo, para saber si de verdad mis padres estaban todavía vivos, y me sorprendí más tarde al darme cuenta de que no logro recordar a mi viejo sin su pelo blanco, ese signo de madurez pero también de fragilidad, porque marca el paso del tiempo, ese implacable.
Hoy también mi cabello tiende a volverse blanco.
Me costó volver a dormirme.

martes, junio 07, 2016

Sin título II

"Yo no estoy loco"
es una frase que no dice nada,
ni siquiera lo poco que dice.
Porque todos los cuerdos manifiestan lo mismo,
y otro tanto aseguran también los dementes,
esos que dicen ser Bonaparte
y van al ataque de imaginarios gigantes
movidos por el viento.

"Yo sí estoy loco"
es en cambio una sentencia
mucho más interesante,
pues si alguien está trastornado
y lo reconoce, expresándolo abiertamente,
con ese sencillo gesto demuestra
un enorme resto de lucidez
impropio para un demente, por cierto.
Y si lo dice un cuerdo, bueno,
la contradicción es evidente,
algo funciona mal en la cabeza
de ese hombre que es cuerdo y no lo sabe,
o lo sabe y se rebela ante tanta cordura,
no sea que al final ella lo
termine enloqueciendo.

Pero después de todo,
¿cómo podría alguien saber
si está o no está en sus cabales?
¿Quién es el que define qué cosas?
¿Cuál es el parámetro para comparar?
Lo que se sabe es que hay algo distinto,
algo que no termina de encajar
por mucho que se intente.
Algo así como una marca en el suelo
que se salta con los dos pies juntos
pero que es al mismo tiempo un abismo.

Entonces alguien tiene que decirlo:
cuando alguna cosa no encaja
o con total evidencia está
.                         afuera de lugar
generando una desarmonía
son siempre al menos dos
las notas discordantes:
puede ser uno quien esté mal
o puede estar insano el mundo.

lunes, junio 06, 2016

Sin título

Solamente quien haya estado allí
comprenderá lo que significa
resistir la tentación de no saltar al vacío
un día tras otro tras otro tras otro.
Es un esfuerzo enorme,
que se lleva toda la energía
que dadas otras circunstancias
uno hubiese puesto en
hacer las cosas de distinto modo.

Solamente quien sepa lo que significa
tener miedo de salir de su casa cada mañana
miedo grande por ser miedo informe
comprenderá el mérito que tiene
la empecinada resistencia
el terminar saliendo de todos modos
el no querer y pese a todo seguir
el desesperar pero seguir
el añorar e igual seguir
el no tener casi esperanza
y sin embargo seguir seguir seguir
solo porque todavía uno intuye
que hay cosas que valen la pena.

domingo, junio 05, 2016

Efecto mariposa

¿Qué cosa será la cordura? Hoy no consigo darle una respuesta precisa a esta pregunta. Pienso incluso que tal vez hoy no estoy del todo cuerdo; que no consigo comprender bien ciertas cosas. Me doy cuenta de que tenemos una mirada demasiado limitada en relación al mundo. En relación a nosotros mismos, a nuestra identidad en vínculo con nuestra propia historia. A lo que hemos hecho, lo que hacemos, lo que hemos dejado de hacer. Pienso en el pasado, en el presente y en el futuro. En la delgada línea que nos separa de otras realidades posibles. En que acaso hubiese alcanzado ayer con cambiar un gesto mínimo para que hoy todo fuese diferente. Y seguramente también alcanzaría con cambiar hoy mismo el más mínimo gesto para...

¿Para qué? Pienso que tal vez pienso demasiado. El problema es la indeterminación. ¿Cómo saber si acaso el simple gesto de completar o no una frase, omitir un texto, levantarme ahora mismo para ir quién sabe adónde, a realizar qué cosa, o no hacerlo, si acaso todo eso no cambiaría (si acaso no está de hecho cambiando) el resto de la vida entera, para bien o para mal? ¿Qué cosas no estaremos determinando en nuestro futuro y el de otras personas ahora mismo, sin saberlo, con éstas, nuestras más mínimas e insospechadas acciones? ¿Será acaso lo mismo escribir o no escribir estas palabras? De repente pienso que tal vez sea precisamente esta, la indeterminación de las eventuales consecuencias de todas y cada una de las cosas que hacemos, lo que le otorgue un sentido a nuestra existencia. Un sentido que, por supuesto, no alcanzamos a comprender. Sea como sea, no nos queda otra salida más que continuar, viviendo y buscándonos.

martes, mayo 24, 2016

Foucault

Parafraseando casi a Michel Foucault, hoy podría decir:

"No me pregunten quién soy, porque no lo sé.
Ni me pidan que siga siendo el mismo, porque eso es imposible."

Palabras

Sugiere José Saramago, en algún lugar de sus Cuadernos de Lanzarote: "Tome las palabras, péselas, mézalas, vea la manera como se unen, lo que expresan, descifre el airecillo bellaco con que dicen una cosa por otra y venga a decirme si no se siente mejor después de haberlas desollado. A las palabras hay que arrancarles la piel. No hay otra manera para entender de qué están hechas."

Pienso, entonces, que lo único que en definitiva tengo son las palabras. No poseo otros valores, en verdad; ningún bien. Nada más las palabras, y por eso escribo. Y mis palabras dicen, sin lugar a duda. Dicen, porque ciertamente las desollo en cada ocasión, aunque al mismo tiempo pareciera a veces que ellas, recíprocamente, también me desollaran a mí. Dicen, no obstante lo cual lo que dicen no podría interesarle demasiado a nadie; solamente a mí. Y es que las palabras en realidad no dicen nada, ni siquiera lo que dicen, sino que son parte de un exorcismo, que me traslada por un rato a otra parte. Nada más que eso. Nada menos.