jueves, julio 18, 2019

Palabras sin destino

Siento pena, siento dolor, siento miedo,
pero por sobre todas las cosas
me invade el desconcierto.
No comprendo por qué
desde hace un año
no estás más,
cómo es que no logro
encontrarte en ninguna parte.
No faltan quienes pretenden,
con buena intención y palabras
repetidas una y mil veces,
explicarme lo que ocurre,
como si yo no lo supiera.
Pero no quiero comprender,
no lo acepto, no me conformo,
no me puedo resignar.
Hace un año ya...
Un año desde aquel último gesto
de tomar tu mano entre las mías
sin saber si llegabas a sentirlo;
un año desde aquellas últimas palabras
dichas por mí en medio del silencio
de aquella última noche
en que acaso intuí era una despedida
y que no sé si llegaste a escuchar.
Un año desde que aquella puerta
se cerró detrás de mi espada,
y sería, en efecto, la última vez.
La última vez de todo.
Te extraño tanto, papá.
Y lo digo en voz alta, y lo escribo,
y lo que más me duele es saber
que no tengo manera de
hacerte llegar estas palabras.


sábado, junio 29, 2019

Ciudades

Podría ser en Roma,
O en París, o acaso en Praga.
Este mismo amanecer.
Este mismo resplandor entrando
de manera tenue por una ventana.
Podría ser cualquiera de esas ciudades
o quizás Dublin, Hamburgo, Brujas,
e inclusive Buenos Aires.
Sabremos qué hay detrás de las cortinas
que cubren las ventanas más tarde,
cuando salgamos a caminar en busca
del Café de la Paix, o del Parque Minnewater.
Pero hasta entonces el mundo es esto,
esta tenue luz, este silencio,
el roce de las sábanas sobre la piel,
y el calor de tu cuerpo desnudo
acurrucado junto al mío.
Podría ser cualquier ciudad del mundo,
pero no hay un lugar en el universo
en el cual yo prefiera estar
más que en este preciso espacio
en el cual los dos estamos ahora mismo,
ni ningún amanecer más hermoso
que aquel que me encuentre a tu lado.

jueves, junio 27, 2019

Sueño 190627

El tren había llegado enseguida, pero después se había empecinado en quedarse detenido en la estación. Conmigo estaban Jéssica (edad indefinida), Daniela, y acaso también alguien más a quien no recuerdo. Sí tengo presente, en cambio, que salí del vagón para caminar un poco. O tal vez porque quería estar un rato solo. Solía tener esa necesidad entonces, de alejarme un poco de los demás, incluso tratándose de mi esposa y nuestra hija, y en ocasiones me pasa todavía con el resto de la gente. Lo cierto es que estaba fuera del tren cuando la formación cerró sus puertas y arrancó sin previo aviso. Me insulté por lo bajo, reprochándome mi descuido, pero por suerte el tren siguiente se encontraba ya a la vista, y esta vez no habría ninguna demora antes de que continuara su camino. Me acomodé apoyado contra uno de los laterales del vagón, y seguramente me habré perdido en intrascendencias.

De repente me sorprendí preguntándome en dónde había dejado la bicicleta. ¿Había subido al tren con ella? Estaba casi seguro que sí, pero allí no estaba. Con extraña tranquilidad dí por sentado que ya estaría en manos de alguna otra persona, cuando sonó mi celular. Era Daniela, para preguntarme -su tono de voz me hizo saber de inmediato que estaba muy molesta conmigo- adónde estaba. En situaciones tales solía ser común -acaso lo sigue siendo- que yo tomara la situación de un modo distraído, de manera que con toda naturalidad expliqué que me había tomado el tren siguiente, y que seguramente estaríamos cerca. Para mi sorpresa, Daniela me dijo que ellas ya habían llegado a Once. Cosa curiosa, porque mi tren todavía no había entrado a Liniers. ¿En qué momento se había instalado tanta distancia?

- Cuando llegues fijate, porque está tu papá acá esperándote; necesita la bicicleta -escuché que me decía la voz de Daniela del otro lado del teléfono. Siempre me molestó ese tono, que me hacía saber que yo me encontraba en falta, incluso sin decirlo. Y jamás supe cómo enfrentarlo. Ese fue parte de nuestro desencuentro. Podría haberle dicho que la bicicleta ya no estaba, pero no lo hice. Sin embargo, por una vez no fue para ocultar mi falla, el inexcusable descuido de haber extraviado el rodado, de ni siquiera saber si había subido o no con él al tren o recordar en dónde lo había dejado.

- Decile por favor que me espere -respondí. A decir verdad, la bicicleta ahora era lo de menos. Lo que me importaba era la oportunidad de volver a ver a mi papá.

Desperté antes. Por alguna razón siempre despierto antes. Me resulta muy difícil soñar con mi viejo, después de su muerte. Y por más que intenté volver a dormirme, ya no logré hacerlo.

martes, junio 25, 2019

Aunque parezca un juego de palabras, no soñar nada es muy diferente a soñar con la nada

Anoche soñé una vez más con la nada.
Si me preguntaras cómo es esto
probablemente te diría que
es algo difícil de explicar.
Es como tener de repente la certeza
de que después de la muerte
nos espera exactamente eso:
ni más ni menos que la nada misma.
Un final absoluto y definitivo.
Se me ocurre decir que también absurdo.
Ni alma, ni dioses, ni trascendencia, ni espíritu,
y por supuesto, entonces, tampoco un sentido.
Es como si una angustia sin forma
se te metiese de pronto en el alma...
Nada de lo que hagas podrá salvarte.
Aunque por otra parte, también tuve una idea:
Si nada hay después, tampoco hay reglas.
Cualquier cosa que queramos hacer es lícita
puesto que estamos vivos, ni antes, ni después.
Tal vez el único sentido posible esté en el ahora.


sábado, junio 08, 2019

Sábado 17:59

Se está haciendo de noche otra vez
y una vez más me enfrento
a esta extraña inquietud
que de pronto comprendo
se parece demasiado al miedo.
Será por eso -me digo de repente-
que suelo sacarle fotos al horizonte
cuando desde el ventanal de mi casa
veo cómo el sol se va escondiendo
y la luz y el calor de la tarde
le ceden paso de a poco a la oscuridad.
Saco fotos para tratar de entender,
o para pretender que soy valiente.
Pero eso es mentira.
Cuando ya sea entrada la noche,
acaso mi inquietud cambie de forma,
y tal vez será el amanecer
lo que me inquiete más tarde.
Es el cambio inevitable de las cosas
lo que me angustia.
Incluso cuando mañana
amanecerá y atardecerá de nuevo.
Pero nosotros ya no seremos los mismos.

sábado, junio 01, 2019

Un diálogo inadecuado

- Decime... ¿A vos no te pasa que a veces te dan ganas de decir cosas inadecuadas?

- ¿Cosas inadecuadas?... ¿Inadecuadas cómo?

- Inadecuadas como esta pregunta que acabo de hacer, precisamente. Pero es nada más un ejemplo. Pienso que tal vez sea algo así como el deseo de hacer una prueba. Decir cosas para ver cómo suenan en el momento preciso de ponerlas en palabras. O para ver qué sucede entonces. Incluso cuando tal vez uno en realidad no desea que suceda nada en particular. O mejor dicho... ¿Una doble negación vendría a ser algo así como una afirmación? ¿O es más bien todo lo contrario?

- Sinceramente... no tengo la menor idea de qué me estás queriendo decir con todo esto.

- En verdad lo lamento. Te aseguro que intento ser lo más claro que me resulta posible. Lo que ocurre es que... Bueno, ya ves. Es de esto de lo que hablo. Supongo que a vos no te pasa, entonces. De lo contrario no te sorprenderías tanto. Es simplemente esto: unas ganas imperiosas, como una compulsión, de decir -o escribir- cosas que pueden pasar por incomprensibles. Y fijate que lo incomprensible también resulta inadecuado.

- Debe haber cosas inadecuadas que no sean incomprensibles, supongo.

- Quién sabe. Puede ser que al decirlas parezcan comprensibles, pero que en verdad no lo sean.

- ¿Y qué hacés ante ese deseo, cuando se presenta?

- Algunas veces me dejo llevar. En otras ocasiones me gana el silencio. O acaso sea yo quien gana. Supongo que no hay manera de saberlo con exactitud.

domingo, mayo 26, 2019

Sueño 190525

No sé de dónde salieron las dos medias de toalla que yo llevaba en la mano, tan parecidas pero al mismo tiempo tan diferentes que me hicieron dudar de si realmente se correspondían o no a un mismo par. Tampoco sé por qué estaban húmedas --en realidad empapadas. Sin pensarlo demasiado decidí hacer con ellas un bollo que terminé guardando en un bolsillo, no sin antes estrujarlas, para escurrir un poco el agua, discretamente, sin que mamá se diese cuenta.

Creo que ella subió las escaleras primero. Era una casa antigua, y claramente estaban preparando una reunión. Lo delataba la cantidad de bandejas y platos que habían sido dispuestos en varias mesas, en los distintos ambientes, a la espera de los comensales. El Tolo fue la primera persona con la que me crucé al llegar. Me llamó la atención encontrarlo allí, sabiendo que había muerto muchos años atrás. También había una niña muy pequeña que me miró con una inquietante familiaridad. Yo no supe quién era, aunque más tarde --una vez que desperté-- acaso lo intuí.  Recuerdo que la chiquita estaba sentada muy cerca del borde de la escalera, y yo me apresuré a apartarla, pues pensé que corría el riesgo de caer al vacío. Me llamó la atención que nadie más le diera importancia al asunto, como si en realidad a la pequeña nada pudiera sucederle.

También se encontraba allí mi abuela, algo molesta, pues al parecer se había empeñado en preparar una salsa casera que no le terminaba de salir como quería. De todos modos me saludó con afecto, pero me llamó la atención verla tan joven. La tercera persona a la que reconocí fue a Irma, la hija de Miguel y madre de Claudia --de quien estuve enamorado de chico, cuando todavía no sabía lo que significaba estar enamorado. Pero ni Claudia ni Miguel estaban allí. Supongo ahora que, por circunstancias diferentes ella y él, todavía no habrían llegado.

También Irma se veía extrañamente joven, y se lo dije. Ella sonrió, pero no hizo ningún comentario. De pronto comencé a sospechar que algo no del todo normal estaba sucediendo. Le pregunté entonces si acaso también yo me veía rejuvenecido en esa casa. Me respondió que no, y enseguida pude verificar por mí mismo que me decía la verdad, al asomarme a un espejo que colgaba en una de las paredes de aquella sala. Yo estaba como siempre. O mejor dicho: estaba tal como se suponía que debía verme con mis años.

Fue en ese momento cuando se me ocurrió preguntar la fecha. Me costó conseguir una respuesta. Primero me dieron la referencia de un día de la semana, sinceramente no recuerdo cuál, porque eso en verdad no me interesaba. Luego logré que me diesen un número de día, y casi al mismo tiempo un mes. Tampoco recuerdo qué me dijeron entonces, pero sí el hecho de que absolutamente nadie me ofreció una respuesta que me permitiese saber en qué año estábamos. En este momento me pregunto si acaso los allí presentes se hubiesen podido poner o no de acuerdo entre ellos en ese detalle. Quizás se trataba de una reunión por fuera del tiempo.

Lo cierto es que me comencé a poner cada vez más nervioso. En ese momento la veo a mi mamá y me escucho a mí mismo diciéndole: "Tenemos que irnos ya mismo. Acá nada de lo que vemos es lo que se supone que debe ser".

Entonces me desperté. Ahora que recuerdo mi sueño, ya despierto, noto que entre los presentes también estaba un viejo compañero de la escuela. No voy a nombrarlo. Hace tiempo que no sé nada de él. Ni siquiera sé si todavía está vivo o si ya habrá muerto.

sábado, mayo 18, 2019

Tierras Santas

Cruzo por el medio de Plaza Once. Un hombre vocifera y gesticula, teniendo como público a un perro vagabundo y tres o cuatro personas que lo escuchan a una distancia prudencial. El hombre grita algo acerca de Dios, y habla también del pueblo de Israel, al cual se refiere como el pueblo elegido. De pronto me descubro pensando en aquellas tristes geografías. En Israel, pero también Palestina, Siria, Líbano y otras tierras aledañas. Me digo entonces que una de las demostraciones más cabales de que los dioses concebidos por los hombres son falaces, es que las así llamadas Tierras Santas son históricamente páramos asolados por la tragedia humana. Lo que uno estaría tentado a llamar, paradójicamente, lugares dejados de lado por la mano de Dios.


lunes, mayo 13, 2019

Entresueño 190512 - Summinia

No podría decir porqué, pero de repente me encontré pensando en Las ciudades invisibles, ese delicioso libro escrito por Italo Calvino, en el cual el autor describe una serie de ciudades imaginarias, algunas de ellas aledañas a lo imposible, cada una de ellas identificada con un nombre de mujer. Quise entonces hablarte un poco acerca de esa obra, contarte alguno de sus capítulos. Más tarde supe que en realidad me había quedado dormido, y que soñé tanto el capítulo en cuestión como mi relato. Es siempre curioso ese discreto límite que separa la vigilia del sueño, y viceversa.

Lo cierto es que soñé que te contaba acerca de Summinia, la ciudad de los espejos. Todas las mujeres de Summinia tienen un espejo mágico que les pertenece. Cuando en Summinia una mujer se enamora de un hombre, lo lleva hasta ese espejo y se acomoda junto a él delante de la plateada superficie para verse reflejada allí en su compañía. Al observar en ese espejo su propio reflejo junto al del hombre elegido, cada mujer de Summinia puede saber con absoluta certeza si ese varón es realmente el marido que habrá de permanecer junto a ella durante el resto de su vida.

Una vez concretada la unión, en aquellos casos en que el dictamen del espejo ha sido favorable, esa mujer y ese hombre permanecen juntos, y viven felices. Todos los días, de un modo casi religioso, por la mañana y por la noche, apenas después de levantarse y antes de irse de nuevo a dormir, la pareja se expone ante el espejo y las mujeres corroboran que todo siga perfectamente bien.

Pero conforme el tiempo transcurre, y el hombre se aproxima al día de su muerte, las mujeres de Summinia también logran ver esto en sus espejos mágicos. Lo que ellas hacen entonces es romper ese espejo en pedazos. Luego escogen una de las astillas, que será utilizada en un último ritual, durante el cual la mujer seccionará con gran delicadeza alguna vena del hombre, que se entregará mansamente a las manos de su amada, para no tener que atravesar la penosa circunstancia de quien está condenado a morir de otro modo. El recurso no deja de ser ingenioso, puesto que de esta manera se termina cumpliendo siempre la profecía de los espejos.

Esto es lo que yo soñé.
Probablemente no signifique absolutamente nada.



Sueño 190511 - Una leona

Me despierto. Siento el abrazo de mi mujer, que todavía duerme a mis espaldas. Nos gusta dormir así, abrazados. A veces yo la abrazo a ella, y otras veces, como ahora, es ella quien me abraza a mí. Abro levemente los ojos. Veo entonces el césped, más allá una hermosa casa, también una piscina que espera. No hay ni una sola persona a la vista. Absolutamente nadie más, excepto una leona que también duerme, o por lo menos descansa, con la cabeza apoyada en el piso al lado de donde estamos. Sin mover el cuerpo, nada más estirando mi brazo, le acaricio entonces la cabeza y la leona gruñe satisfecha, como si fuese un gato enorme y macizo.

De repente me digo que todo esto tiene el aspecto de no ser real. Pienso que acaso se trate de algo parecido a una película; pero incluso en tal caso -me digo- alguien tiene que haberla filmado: esa mano que acaricia la enorme cabeza felina tiene que ser de alguien, de un modo u otro. Y yo siento que es mía. Pero hay algo definitivamente extraño en toda la escena. Además hay como una pátina que le otorga a todo lo que veo una profundidad de colores incorrecta.

Mis párpados se abren y se cierran con pesadez. Y entonces me doy cuenta: tengo como dos pares de párpados superpuestos, como si fuesen dos capas de lo mismo. Si abro la primera de las capas, allí está el césped, la piscina, la leona... Pero entonces me esfuerzo, y logro abrir la segunda capa, y entonces veo la pared del dormitorio, la cómoda, el espejo apoyado arriba, que refleja las primeras luces del día. El abrazo cálido y reconfortante de mi mujer continúa allí, haga lo que haga.

Vuelvo entonces al jardín, con su piscina y su césped. Ahora me doy cuenta: aquí el contraste de las imágenes es diferente. Comprendo que se trata de la dimensión de los sueños. Decido hacer entonces un experimento: le ordeno a mi brazo que se mueva, de manera que mi mano pase por delante de mis ojos, que están cerrados. Porque ahora comprendo que durante todo este tiempo mi cabeza ha permanecido inmóvil, apoyada sobre la almohada. Increíblemente sucede que sí, que logro ver mi mano.

Esta comprobación me hace largar una risotada. Mi mujer me escucha y murmura algo que no alcanzo a entender, pero que con facilidad adivino como un "qué pasa, de qué te reís". Giro entonces sobre mí mismo -al fin hago que mi cuerpo entero se mueva- y ella copia mi movimiento, como si fuésemos dos osos que intercambian perezosa y amorosamente los roles del abrazador y el abrazado.

Una vez acomodados en nuestra nueva posición, le cuento mi descubrimiento: que tenemos como dos pares de párpados; que el primero nos permite ver el mundo de los sueños, y el segundo abre las ventanas al mundo real. Que he movido mi brazo en el mundo real para comprobar si era capaz de verlo en sueños, y que efectivamente había logrado verlo, y que por eso había largado mi carcajada.

Pero ella me responde que no. Que está despierta desde hace un rato largo, y que yo no me he movido en absoluto antes de girar, y que tampoco me he reído. Que ambas cosas las debo haber soñado.

Reconozco que esta revelación me causa un poco de frustración. Y que de inmediato pienso en volver a darme vuelta, girando una vez más sobre mí mismo, solamente para verificar que del lado opuesto de la habitación, ahora a mis espaldas, de verdad haya una cómoda, y encima un espejo capaz de reflejar las primeras luces del día. Pues de hecho acabo de darme cuenta de que todavía es noche cerrada.

domingo, mayo 12, 2019

Haber estado

¿Fue realmente una casualidad? ¿Una simple coincidencia? ¿De verdad sabiendo que el Teatro 25 de Mayo quedaba apenas a unas cuadras de allí me desorienté, para terminar pasando justo por la puerta del geriátrico en el cual estuviste internado? ¿O habrá sido a propósito, para ver qué me pasaba, qué cosas sentía, o tal vez creyendo en algún punto que quizás pasando por allí podía llegar a volver a verte una vez más, fantasma de un fantasma entre otros fantasmas, todavía vivos pero que simplemente esperan? No lo sé. No quiero saberlo.

Geriátrico. La palabra me enoja. Quisiera evitarla, utilizar tal vez algún eufemismo. Pero al mismo tiempo debo enfrentarla. Es necesario hacernos cargo. Y además, ¿qué otra cosa podríamos haber hecho? Te imagino, cuando todavía eras vos, recomendándome que no la dejara a mamá sola, que tomara las decisiones correctas, que... ¿Cuándo fue exactamente que dejaste de ser vos? Aquella última noche, por ejemplo, en la clínica, cuando tomé tus manos entre las mías por última vez y te hablé al oído, sin saber qué decirte, ¿acaso no eras vos quien estaba allí?

Son demasiadas preguntas. Que no tienen ni tendrán respuesta. Pero sí puedo decirte algo, papá. Que de un modo u otro lo cierto es que hoy volví a pasar por allí, por la puerta de ese lugar en el cual vos jamás hubieses querido estar, y de nuevo lloré. Lloré de extrañarte, de bronca, de impotencia. Pero al mismo tiempo supe, como una fugaz revelación, que después de todo soy afortunado al llevar este dolor conmigo. Que muchísimo peor sería poder pasar por esas mismas calles y no saber que allí estuviste, o qué sentiste, o cómo era tu mirada en aquellos días. Duele pensar en todo eso. Pero mucho más debería doler no haber tenido tiempo, o ganas, o coraje, y no haber estado allí, a tu lado, como pude, como cada uno de quienes estuvimos pudo, pero ahí. Hoy esos recuerdos me hacen daño, pero mucho más daño me haría, incluso cuando no lo supiera, no tener hoy estas heridas por no haber estado.

Perdoname que te escriba estas cosas, viejo. Es que te extraño tanto. Y lo más horrible es que no tengo ningún lugar al cual poder ir a decírtelo. Por eso es que escribo, torpemente, estas palabras acá.

viernes, marzo 01, 2019

Sueño 190228

Cincuenta pisos. Los edificios altos pueden ser fascinantes. Mentalmente calculo cuánto tardaría alcanzar el suelo una persona que cayera desde lo más alto. Cuando era chico me divertía a veces arrojando cosas al vacío desde el último piso del edificio en el cual vivía. Trece pisos. Me resultaba extraña esa sensación de libertad ante las cosas que de repente dejaban de tener el sustento de un suelo que las retuviese en su sitio, aun cuando esa libertad las condenara a la inevitable caída. El tiempo que demoraba cualquiera de esos objetos en tocar el suelo, desde el piso trece en caída libre, incluso duplicado, sería menor a la mitad del tiempo que llevaría la caída desde un piso cincuenta.

Llamé el ascensor, para descender hasta la planta baja y retirarme de ese edificio. Desde que tengo memoria sueño con ascensores, que por lo general no se comportan como deberían, o al menos no de la manera en que uno esperaría que lo hagan. El de este sueño tardó bastante en venir. O acaso sucedió que debí llamarlo varias veces, porque llegaba mientras yo estaba distraído, y de inmediato se iba a otro piso, seguramente llamado por alguien más. Focalicé mi atención. Y esta vez, cuando el ascensor llegó, abrí la puerta.

El interior de la cabina tenía el aspecto de un pequeño patio. El piso, ligeramente inclinado hacia afuera, me dio la sensación de una losa que estuviese a punto de desprenderse. Lo único que daba la pauta de que se trataba auténticamente de un ascensor era la botonera, que aguardaba que yo oprimiese el botón con el número cero. Lo hice, pero sin soltar el picaporte de la puerta que había cerrado tras de mí. Tenía la sensación de que si ese piso se desprendía, al menos tendría algo de lo cual asirme. Comprendí que mi impulso no tenía sentido, si pretendía que el ascensor se pusiera en marcha, de manera que solté el picaporte y de inmediato se cerró una segunda puerta, deslizándose de derecha a izquierda. El ascensor comenzó a moverse y yo tuve la sensación de estar cayendo de espaldas. "Probablemente se deba a la inclinación del piso", me dije. Y me dejé estar, buscando algo de alivio en la idea de que cada vez estaba más cerca de llegar a la planta baja.

En ese momento hice un movimiento descuidado, que derivó en que el ascensor se desplazara y golpeara contra una de las guías, para luego detenerse. A juzgar por el aspecto descuidado de las chapas, completamente oxidadas y repletas de graffitis, ese ascensor no había recibido mantenimiento en muchos años. Pensé que las atracciones de un parque de diversiones abandonado podrían tener un aspecto bastante parecido, además de ser igualmente peligrosas. Volví a oprimir la tecla del cero, rogando que funcionara, y luego me quedé muy quieto, para evitar más percances.

Finalmente llegué a la planta baja. Pero la puerta, en lugar de abrirse delante de mí, se abrió varios metros más allá, en el otro extremo del ascensor. Con mucha dificultad, porque el piso en forma de cuña y repleto de cosas dificultaba mi desplazamiento, intenté llegar, temiendo que en cualquier momento alguna persona llamase el ascensor, con lo cual yo volvería a subir quién sabe hasta dónde y con qué dudoso destino. Alcancé a poner el pie contra la puerta justo en el momento en el cual ésta intentaba cerrarse, y pude bajar.

Es curioso el momento en el cual uno despierta de un sueño. No abrí los ojos. Ningún sonido vino a arrancarme del sueño. Simplemente salí del ascensor y comprendí que estaba en la cama, inmovil, con la cabeza apoyada en la almohada. Moví mi mano. cuando te toqué supe que todo estaba bien. Sin saber cómo, alcancé a decir dos palabras: "te quiero", fue lo que dije. Creo que me dí vuelta hasta rodear tu cintura con mi brazo. Ni siquiera se me ocurrió que tal vez continuaba soñando, un sueño dentro de otro sueño. Pero después de todo, ¿no será precisamente eso la vida?

domingo, febrero 17, 2019

Un viaje

Cae lentamente el sol sobre la playa, mientras en la boca se disipa el dejo de un gusto a sal, los restos de un mar se secan sobre la piel y se disuelven las últimas horas de un viaje irrepetible. Pasan también las páginas de un libro, mientras lamentamos no haber llevado papel para escribir también nosotros, hasta que de pronto nos detenemos en una cita a Flaubert que dice: "Alcanza con que miremos demasiado fijo una cosa para que comience a resultarnos interesante". Me digo que podrá ser Flaubert, con todo lo que ello implique, pero que yo lo hubiese planteado de un modo acaso más poético. "Alcanza con que miremos con suficiente atención una cosa para que comencemos a encontrarnos en ella nosotros mismos", por ejemplo. Cierro entonces el libro, y allí está todavía el sol, y allí está todavía el mar -menos los restos que se han secado ya sobre mi piel-, y están también los granos de arena, y un pájaro que cruza de repente el cielo, y yo intento observar atentamente cada detalle, mientras emprendo el regreso, y pienso en vos, y también en mí, y en tantas cosas. De pronto quiero regresar a casa. Y mi casa hoy es donde estén tus ojos, esos que me ayudan a ver.

miércoles, febrero 06, 2019

Solados 3

Las mismas baldosas,
las mismas paredes,
Las mismas escaleras,
hasta hay caras anónimas
que resultan familiares,
recorriendo los mismos pasillos,
y todo parece ser otra vez lo mismo.
Pero no.
No, porque hay ausencias
que son irreparables.
No, porque hay imágenes
que no pueden borrarse
y miradas y contactos
que ya no podrán repetirse,
por más que la vida siga.
Y así seguirá, todavía otro tiempo,
hasta el preciso momento en que.

sábado, febrero 02, 2019

Pity, una película

Acabo de ver una película reveladora. Se trata de un film titulado Pity, del director griego Babis Makridis. La película comienza mostrándonos a un hombre visiblemente apesadumbrado. Se trata del esposo de una mujer que se encuentra en coma después de haber sufrido un accidente. El hombre, padre de un hijo adolescente, recibe la compasión de la gente que lo rodea, mientras espera el llamado del hospital que le anuncie el fatal desenlace. Un día el temido llamado finalmente llega, dando pie a una escena notable, musicalizada con el Lacrimosa de la Misa de Requiem de Mozart. Sin embargo, pronto se descubre un giro inesperado: la mujer no ha fallecido, sino despertado del coma.

A partir de este momento la historia da un vuelco. Se hace evidente que la inesperada recuperación de la mujer, lejos de representar una buena noticia, termina operando de modo contrario: desprovisto de una excusa que lo haga merecedor de la compasión de los demás, el protagonista de esta historia se ve compelido a inventar o incluso generar nuevas tragedias, que de un modo u otro reaviven aquella mirada misericordiosa.

La caricatura es feroz. Porque de repente me lleva a pensar en varias personas que conozco, que en definitiva actúan de un modo parecido. Pero en el fondo se trata de otra cosa. En el fondo sé que también he estado en ese lugar. Y sé que siempre existe el riesgo de volver a caer en ese sitio. Entonces lo escribo; escribo estas palabras para permanecer alerta. Porque me lo merezco.

Sin título

El mundo en ocasiones es tan bello
que dan ganas de llorar.
La incomprensible vastedad del cielo
o de los mares, o un ave que vuela,
o una simple hoja balanceándose
en la punta de una rama
movida por el viento.
Cualquiera de esas imágenes
es digna de conmovernos
hasta las lágrimas.

Algunas veces el mundo es tan bello...
Pero no. En verdad el mundo no es bello.
El mundo ni siquiera es mundo
sin una mirada que lo convierta en eso.
En la soledad del desierto,
allí donde no hay ni un alma,
no existe belleza ninguna.
Es nuestra mirada la que crea
la belleza del mundo, al atestiguarla.

Entonces, ¿para quién escribo
todas estas palabras?
¿Lo hago acaso para mí mismo
o para vos, alma callada?
Para dar testimonio de tu vida
y que vos le des belleza a la mía.

martes, enero 29, 2019

Sin título

Y si ésta fuese por ventura
la última noche que me tocara vivir,
¿valdría de algo lamentarme?
¿No sería acaso preferible
pasar esas fugaces horas admirando
la vastedad del cielo plagado de relámpagos
o el insondable misterio de tu espalda?
No sé si esta será o no
mi última noche en el mundo.
Pero por si acaso lo fuese,
más valdrá no desperdiciarla
cargándola con vanos lamentos.

lunes, enero 21, 2019

Orden

El impulso de hacer un poco de orden, actividad necesaria y tantas veces postergada. Y por qué será que cuesta tanto ordenar, me pregunto. Tal vez porque supone poner en juego numerosas decisiones, comenzando por el clasificar (siempre hay lo que escapa a cualquier clasificación) y siguiendo por el revisar la utilidad y mejor destino de cada cosa. Por aquí hay de todo un poco: ropas viejas, propias y heredadas, cajas, discos, bolsas, papeles; sobre todo muchos papeles. Superadas las resistencias iniciales -por cierto poderosas- me descubro haciendo una suerte de categorización general de aquello que tengo por delante para evaluar y eventualmente descartar. Presumo que mi analista me diría que estar relatando este proceso, esta intelectualización y puesta en palabras que además pretende responder al por qué de la dificultad, es un último y desesperado intento por postergar el momento de decidir deshacerme de todo aquello que sobra. Lo siento mucho. Pero cómo podría saber qué cosas sobran sin reflexionar primero sobre qué significa que algo sobre. En ciertos casos me resulta imperioso intelectualizar, racionalizar las cosas, comprenderlas, para poder luego darles un cauce.

Así las cosas, he podido distinguir entre por lo menos tres categorías de objetos pasibles de ser descartados. Está, por empezar, todo lo que integra el clásico conjunto de "esto podría llegar a servir en algún momento". Momento improbable, de más está decirlo, que según los corolarios a la ley de Murphy no se presentará sino hasta después de que haya tirado el objeto en cuestión, al margen de qué se trate. Así y todo resulta en un punto sencillo despedirme de estas cosas, amparado quizás en la idea de que eso que a nosotros hoy no nos sirve acaso le pueda servir a alguien más. Dejar pasar las cosas, dejarlas irse, para que quizás alguien más las aproveche.

Hay una segunda categoría, en alguna medida relacionada con la anterior, que es la de aquellos papeles, libros, revistas, discos, películas, que acaso tengan o no cosas importantes para decirnos, no lo sabemos. Necesitamos tener tiempo para revisarlos, para leerlos, verlos, escucharlos... Puede que se trate de algo valioso, pero es menester detenernos sobre ellos para evaluarlo con rigor, y de este modo el proceso del orden se detendría. Entonces ponemos estas cosas de lado, hasta que tengamos tiempo, y seguimos con algo más. Aunque entonces no deja de ser otro modo de postergar. Y esto nos molesta. Pero por otra parte hay en el fondo algo más grave que nos angustia todavía más, y es que sabemos, por mucho que no queramos admitirlo, que el tiempo es demasiado breve, y que por muchos años más que vivamos no habrá tiempo suficiente para sacar el debido provecho de tantos libros, tantas palabras, tanta músicas, tanto de todo. Nos consolamos, aquí también, diciéndonos que si nosotros nos vamos, acaso quedarán esas bibliotecas para que alguien más las aproveche. Aunque sepamos que no es sino un intento vano por quedarnos tranquilos.

Pero hemos reconocido aún una tercera categoría, acaso la más difícil de enfrentar. Y esa que nos pone ante todo aquello que podríamos definir genéricamente como recuerdos. Souvenirs de lo más diversos, de un tiempo que por definición ya no es más. Son cosas que en rigor ya no son útiles, ni para nosotros ni para nadie más, pero que de alguna manera nos conectan con un pasado. Con nuestro propio pasado, aunque de un modo u otro todo pasado nos trae hasta nosotros. Y nos preguntamos para qué queremos conservar estos recuerdos, que no siempre nos llevan a momentos alegres o divertidos, sino que muchas veces, por el contrario, nos arrastran de las narices hasta lo más penoso de nosotros mismos. La respuesta a esta pregunta me resulta incierta. Por una parte creo que tiene que ver con una suerte de testimonio: esos recuerdos nos recuerdan, valga la redundancia, que hemos vivido. Por si alguna vez no somos capaces de recordarlo por nuestra propia cuenta. Esos objetos son huellas, marcas que nos revelan. Y sin embargo, esos que fuimos, esos que -es verdad- nos traen hasta lo que somos, ya no existen más. Hoy somos esto otro, personas distintas, que pueden añorar, o arrepentirse, de lo hecho y de lo evitado, de tantas cobardías y tantas insensateces, etcétera, etcétera.

He aquí el doble peligro: si nos desprendemos de todo eso, puede que el día de mañana, cuando necesitemos recordar o comprender cómo diablos hemos llegado hasta algún punto, no tengamos manera de hacerlo, pues nuestros rastros habrán sido borrados y no tendremos de dónde agarrarnos (más allá de la imaginación, que siempre es útil en estos casos) para reconstruir nuestra historia. Pero por otra parte, lo cierto es que lo que somos auténticamente no tiene que ver con nuestra historia, sino siempre e inevitablemente con nuestro presente. Somos lo que somos en este preciso momento, recordemos o no nuestros pasos. Imaginar un pasado, tanto como especular con el futuro, son maneras de no comprometernos con lo único real que tenemos, que es nuestro momento presente. Y en este sentido estos souvenirs de un tiempo pasado no hacen más que privarnos de la posibilidad de ser plenamente nosotros hoy. Pero entonces, ¿para qué escribir todas estas palabras? ¿No son acaso estas palabras la raíz de un futuro recuerdo, el de esta tarde de orden -o de desorden- y de toma de decisiones sobre qué descartar definitivamente o no? No tengo respuesta para estas preguntas. Las dejaré anotadas por aquí, por si el día de mañana acierto a poder darles una respuesta más clara.

miércoles, enero 16, 2019

Sueño 190115

"La ternura adolescente pronto será reclamada por esta matanza... (¿o era holocausto?...) hecha de... (¿sangre... almas... fuego?...)."

Me asomé al borde de aquella construcción y algo me llamó la atención en el cielo. Eran unas formas extrañas, que aparecían y desaparecían a lo lejos sobre un fondo de nubes rojizas, como símbolos que quisieran decir alguna cosa. Recuerdo nítidamente dos líneas rectas paralelas negras, que se disolvían de arriba hacia abajo antes de aparecer de nuevo. Y luego unas enormes letras de color rojo rubí, que formaban palabras que yo intentaba memorizar. Para no olvidarme, intentaba escribirlas en un papel. Pero no resulta fácil leer o escribir en sueños.

Todo había comenzado en algún lugar de Rusia, o acaso fuera algún otro país del Este europeo, en algún momento de la primera mitad del siglo pasado, a juzgar por las palabras que escuchaba y las vestimentas de las personas que alcanzaba a ver, todo en un cinematográfico blanco y negro. Me encontraba en medio de una especie de redada. Recuerdo gente actuando con violencia, hombres, mujeres y niños empujados contra una pared, gritos en un idioma que no comprendía. Yo lo veía todo desde los ojos de un cuerpo que no era el mío. Y supe que en cuanto alguien se dirigiera a mí, imposibilitado como estaba para dar explicaciones, sería también blanco de aquella furia. Especulé con la posibilidad de responder con señas, indicando una fingida mudez, pero de inmediato imaginé que eso no funcionaria. De pronto veo a un hombre vistiendo un uniforme con una inscripción en inglés. Corro tras esa persona, y al alcanzarla intento comunicarme con él, y en una media lengua torpe le explico que yo no soy de allí, y que en realidad hablo español.

El soldado me responde con rudeza, pero al menos no me agrede. En cambio me ordena que busque algo en un cúmulo de tierra cercano. Algo valioso, aunque yo no entiendo muy bien qué sea. Pero de algún modo lo encuentro, lo desentierro, y eso me salva la vida. Luego aparece una caricatura. Que a partir de lo que acaba de suceder se aboca a buscar otras cosas. Pero en este caso la misión que recibe es mucho más difícil, porque hay que hallar algo enterrado, y nuevamente no sabemos qué es, pero ahora tampoco dónde podremos encontrarlo. Con un extraño bulldozer, la caricatura comienza a excavar, y lo hará durante años, pero en vano, dando vueltas en redondo con su máquina. Más tarde alguien me dirá que a pesar de todo está haciendo un buen trabajo, pues los serbios, cuando se juntan y se emborrachan, en lugar de ponerse a pelear y a dispararse entre ellos, como solían hacerlo, se dedican a mirar por televisión esa caricatura que los divierte tanto.

Como se ve, por momentos las cosas parecen o tener ni pies ni cabeza. O tal vez su sentido se nos escapa. Ahora un automóvil se cruza con el nuestro. Quieren que les indiquemos cómo llegar al aeropuerto... Intento orientarme, pero vos, siempre mejor ubicada que yo, les respondés primero. El hombre del otro auto se muestra muy impaciente y quiere que apures tus indicaciones. La mujer que va con él habla por teléfono y de pronto dice que ya no importa, que el tío ya llegó, y que además está enfermo. "Todo mal", pienso para mis adentros. "Se enferma en el viaje, no lo va a buscar nadie al aeropuerto... Seguro que después tendrá que pagar la comida para todos." Los chicos del matrimonio también se han bajado del auto y deambulan por ahí. Nadie parece saber muy bien qué es lo que esperan... Tampoco es claro qué es lo que estamos haciendo nosotros en ese lugar. Me pongo a caminar, entonces, buscando cómo salir de aquel sitio. Y así es como llego al borde de aquella construcción, desde donde me pongo a mirar el cielo.

Intento ahora escribir aquella frase en un papel, para no olvidar lo que dice. Me cuesta hacer andar la lapicera, pero también darle forma a las letras. "La ternura adolescente pronto será reclamada por esta matanza..." ¿La palabra era matanza y o era holocausto?... Me resulta muy difícil retener los términos. Hecha de... ¿sangre?... ¿De almas?... ¿De fuego?... De todos modos comprendo que la frase en cuestión habla de la vida, de todos y cada uno de nosotros, hasta ayer mismo jóvenes, y sin embargo llamados invariablemente a morir. Lloro.

Cuando me despierto, Laura está allí. Se estira y me sonríe, y se da vuelta para que la abrace. En realidad no estoy del todo seguro de haber despertado del todo, porque en ese momento se me hace presente otra frase, que parece resonar en mi cabeza: "No dejes de quererme. Por favor, no dejes de quererme, que en tanto vos me quieras la vida seguirá teniendo un sentido."

lunes, enero 14, 2019

Ventanas sin cortinas

Puede que Dios sea Alguien que hace cosas. O puede que, como cree y dice Savater, no sea más que una forma de suspirar y exclamar humanamente ante las tribulaciones de este mundo. No hay manera de saberlo con seguridad. Y por ende tampoco hay manera de saber con certeza cuál sea el sentido de la vida. Si es que acaso tiene alguno, por supuesto. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme por estos asuntos. Es como dice Alberto Caeiro en su Metafísica : "Para mí pensar en esto es cerrar los ojos y no pensar. Es correr las cortinas de mi ventana (esa que no tiene cortinas)".


martes, enero 08, 2019

Sueño 190108

"Dos cosas, antes de irme: No dejes de lavarte los dientes... Y tené presente la inexorabilidad de la vida." Esto dijo mi mamá, antes de dar media vuelta e irse. Y yo no supe si se refería al inevitable paso del tiempo y la caducidad de mi vida, la de su propia existencia, o acaso a ambas cosas. Lo cierto es que cualquiera de estas posibilidades, certeras e ineludibles, me lastimaron el alma.

Pero la historia no comienza allí, sino en una farmacia en la cual una chica lee unas publicidades ante un pequeño grabador, como si estuviese en un estudio, mientras la mujer que atiende el negocio la observa con impaciencia. Creo que conozco a la chica. La mujer impaciente habla fuerte, acercándose adrede al diminuto grabador, y así estropea lo que la jovencita está grabando, como queriendo dejar en claro que ese no es un buen lugar para hacer su trabajo de radio. Me río y me pongo a bromear con la frustrada locutora, hasta que llega mi amigo Fernando y me comenta algo acerca del trabajo.

Estoy ahora en mi viejo espacio laboral, justamente, aunque todo es extraño. Hay una piscina, por ejemplo, en la cual los empleados pueden  nadar si no hace frío. Escucho a la gente hablar de cosas que no comprendo. Sí entiendo que estoy desempleado, que necesito conseguir algo para hacer, y me angustia la idea de no lograrlo. De pronto recuerdo que la chica que nos acompaña es directora de una radio. Me llama la atención no haberme percatado antes. Pero Fernando me indica entonces que no comente nada, y yo le hago caso. Me doy cuenta de que sí, me angustia no tener trabajo, pero también me desasosiega recordar lo que sufrí cuando dilapidé mis horas en un empleo que no me gustaba en absoluto. Pienso entonces en la brevedad del tiempo que corre, que estoy envejeciendo, y me pregunto qué es lo que hice hasta este momento de mi vida. Me pongo mal. Entonces me despierto.

La sensación es opresiva. Me siento en el borde de la cama y comienzo a vestirme. Me estoy poniendo los pantalones cuando entra mi mamá, con una taza de leche caliente. Le pido que haga silencio, pues Laura duerme a mi lado. Entonces ella me deja la taza y va a retirarse. Y es aquí, antes de dar media vuelta para después desaparecer, cuando me advierte: "Dos cosas antes de irme: No dejes de lavarte los dientes... Y tené presente la inexorabilidad de la vida."

Entonces comprendo que aun estoy dormido. Y me despierto, y ahí está  Laura, durmiendo a mi lado, y me pongo a llorar desconsoladamente, por la fugacidad de la vida, por mi papá que ya no está, por mi mamá que ya está grande, por el propio tiempo cada vez más escaso, y Laura me acaricia la cabeza y me consuela, cuando me despierto otra vez. Y sí, ahí está Laura, que todavía duerme ajena a todas mis experiencias oniricas, y se estira cuando siente que yo me muevo a su lado, y me pregunta si estoy bien, porque nota mi respiración agitada, y después se acurruca, y yo la abrazo. Pero sinceramente dudo si al fin estoy despierto o si continúo dormido. Instintivamente giro mi cabeza hacia la mesa de luz, donde acaso debería haber una pequeña taza con leche caliente. No está, pero eso no significa demasiado. Ya se sabe que en los sueños las cosas aparecen y desaparecen caprichosamente.

Me acerco al cuerpo tibio de Laura y lloro durante un rato, sin saber muy bien por qué razón, o sin querer saberlo, hasta que me quedo dormido de nuevo; si es que realmente he despertado en algún momento, claro está.

jueves, enero 03, 2019

El mismo nombre, otras personas

Veo al pasar algo en Facebook. Me llama la atención ver escrito mi nombre. No el mío, en realidad, sino el de alguien que ha sido llamado como yo, siendo otro, pero alcanza para que la curiosidad haga que me detenga a leer. Dice:

«La primera vez que lo conocí me dio un libro de retórica. He escrito bien: “la primera vez que lo conocí”, porque lo conocí muchas veces, sin llegar a conocerlo del todo cada vez. Germán era uno un día, otro un otro día —eso sin contar las noches— y uno no sabía a veces con cuál quedarse. La última vez que lo conocí, hace tan sólo unos meses, también me dio un libro, esta vez sobre filosofía del lenguaje. Era un buen libro, como todos los que, de una forma u otra, me dio a leer.»

Nada sé acerca de ese Germán. Bastante poco sé, de por sí, acerca de éste que esto escribe y transcribe. Pero me gusta esa idea de no ser nunca dos veces la misma persona. En realidad sucede todo el tiempo: no somos los mismos que fuimos hace un año atrás, ni tampoco los mismos que fuimos ayer, ni hace dos horas atrás. Darnos cuenta de la ocurrencia de estos cambios, y hacer algo a partir de ello, eso sí ya es otra historia.

viernes, diciembre 21, 2018

Sin título

Hay una inercia extraña
que me empuja hacia el vacío
al tiempo que otra fuerza incierta
-aunque podría ser la misma-
me conduce a una quietud
parecida a la nada.
Quisiera irme
pero al mismo tiempo
desearía llegar de nuevo,
comenzar otra vez desde el cero.
Sabemos que no es posible.
Entonces la inmovilidad se manifiesta
como la única alternativa que
aunque más no sea,
puestos ante la vieja disyuntiva
entre disolvernos o estallar,
nos promete al menos
un poco más de tiempo
para pensarlo.


miércoles, diciembre 19, 2018

Tiempo

No existe el futuro:
el tiempo no es más que
una serie de momentos presentes.
El pasado, en cambio, sí existe:
todo lo que vemos a nuestro alrededor
deviene de lo que ha sido.
Pero quien sea que haya vivido ese pasado
ya no está más entre nosotros.
De ayer a hoy hemos cambiado.
Ya no somos quienes fuimos.
Siempre somos el ahora.


Hay una paradoja con el tema del tiempo. Uno puede decir que el futuro, a diferencia del pasado y el presente, no existe porque es meramente ideal, ya que por definición se trata de lo que todavía no es, por más que se apuntale sobre lo que viene siendo. El pasado, en cambio, definitivamente ha sido... por definición. Pero esto supone afirmar que en rigor ya no es más; vale decir, que ya no existe. Unicamente podemos experimentar el momento presente. El futuro es un ideal y el pasado no más que recuerdos, generalmente desdibujados. Y si bien ambos se anclan al presente, uno todavía no es y el otro ya no es más. Pero entonces surge el otro problema: determinar la densidad del momento presente. ¿Cuánto dura el presente? ¿Un día, acaso? ¿Una hora, un minuto, un segundo?... Ha quedado demostrado que nuestra propia percepción del presente es irreal. Que cuando sentimos algo, por ejemplo, el impulso que ha causado esa sensación se ha disparado -tiempo pasado- un poco antes. ¿Medio segundo?... ¿Una décima de segundo?... Es curioso, pero siempre siempre siempre (¿es "siempre" una medida de tiempo?) es posible dividir por dos esa exigua parte que es el tiempo presente, como en la paradoja de Xenón, de lo cual resultaría que en verdad tampoco el presente existe más que como una idea, como una percepción. En realidad es probable que nada de todo esto importe demasiado. Son nada más palabras e ideas, que ya mismo se disuelven en el pasado.

martes, diciembre 18, 2018

Nuages


Nubes negras, allá lejos,
aquí cerca, tan cerca como dentro.
Y entonces no hay distancia
entre el cielo y el alma.
Por qué será que las nubes,
cuanto más oscuras más fuerte la metáfora,
han sido elegidas para simbolizar la pena.
Será acaso porque presagian lluvia,
o porque no nos dejan ver
con claridad el cielo.
Y sin embargo
el cielo oscuro también es cielo.

Hay días que son esto.
Días en que el cielo se derrumba
o acaso uno cae hacia el firmamento.
Las nubes son como fantasmas.
Será mejor no tentarse,
jamás intentar semejante vuelo.
No valdría la pena.
Salgamos mejor a caminar,
o intentemos exorcisar la pena así,
con una fotografía
y un repentino rejunte de palabras.

domingo, diciembre 16, 2018

Sin título

No hay nada.
Absolutamente nada.
Excepto lo que uno imagine que hay.
Así y todo, entonces, lo que haya
será siempre apenas eso:
una mera ilusión.
Hoy de nuevo llueve.
Hoy de nuevo la vida
se disuelve en un mar de niebla.
Hoy de nuevo no hay nada,
excepto ilusiones pasajeras.
Mientras tanto, la vida se pasa.
Estoy cansado de que la vida
sencillamente transcurra sin sentido.
Sin sentido.
Sin sentido.

lunes, diciembre 10, 2018

Nocturno

La noche transcurre otra vez
enigmática, inconmovible,
y otra vez pone de manifiesto
el insondable misterio de la vida.
Suena un concierto de Vivaldi.
Pero aquí solo estoy yo para escucharlo.
Solo yo, en medio de la noche,
en medio de tantas vanas soledades
anónimas, imaginarias o reales.
Hoy no hay nadie más aquí.
Solamente Vivaldi,
el tiempo que transcurre
y estas palabras que escribo
mientras la noche se lleva
los sueños de los anónimos seres
a un sitio del que nada sabemos.

domingo, diciembre 09, 2018

Lluvia 181209

Llueve. Milagrosamente llueve.
Pero debería caer un diluvio,
llover torrencialmente durante
días, semanas, meses enteros,
para lavar todo el desencanto
que enchastra la faz del mundo,
y de seguro también sus entrañas,
repletas de humanidad y heces.
Solamente el arte o el amor
serían capaces de redimirnos.
O una lluvia interminable
que disipara el horror
de no saber cuál sea el fin,
ni el principio, ni el propósito
de todo cuanto nos rodea,
ni de nosotros mismos.

miércoles, noviembre 28, 2018

Insomnio 181128

Cuatro de la madrugada.
Angustias y poemas viejos.
Insomnio, algo como una náusea,
un mal contenido enojo,
y el secreto deseo de que la noche,
pese a todo, no se termine nunca.
Suena un laúd: es una sonata
de Silvius Leopold Weiss.
Me hace daño saber que
la mañana llegará pronto
y destruirá este bello silencio.
¿Por qué será que nada perdura
en las movedizas arenas
de esta vida fugaz e incierta?


domingo, noviembre 25, 2018

Sueño 181124

Estoy despierto. Me quedo dormido de nuevo. Sueño entonces que alguien pasa una misteriosa hoja de papel por debajo de la puerta de mi departamento. Al parecer es una hoja arrancada de un cuaderno, y tiene algo escrito con una caligrafía irregular y tinta negra. Intento leer lo que dice. Pero justo en ese momento me doy cuenta de que ese papel no existe, que lo estoy soñando.

Cuando uno se da cuenta de que está soñando, ¿está más cerca de estar dormido o de estar despierto? Tal vez no sea ninguna de estas dos cosas, sino un espacio intermedio, distinto.

Lo cierto es que en ese momento me doy cuenta, y sé que estoy soñando, pero de todos modos siento la fuerza de mi propia curiosidad. ¡Quiero saber qué es lo que dice ese pedazo de papel!... Me esfuerzo en mi intento por enfocar las palabras escritas y comprenderlas. Entonces me río, y me termina de despertar mi propia carcajada.

Es que, en medio de ese extraño estado en el cual no estamos ni dormidos ni despiertos, acabo de comprender que ese papel sólo puede tener escrito lo que yo quiera que diga. Soy el único que podría poner en él un contenido, porque nuestros sueños somos nosotros mismos. Ni más ni menos. Y a pesar de todo, sin embargo, no he logrado despegarme del todo de la duda. ¿Qué hubiese dicho ese papel si yo hubiese logrado leerlo en mi sueño?...

jueves, noviembre 22, 2018

Rain

Ryouu, reiu, kanu,
hisame, shun rin, nagame,
inrin, tenkyuu, yuudachi...
Dicen que los japoneses tienen
al menos cincuenta palabras
diferentes para designar la lluvia.
Que no es lo mismo la llovizna
en una tarde fresca que un diluvio,
ni la lluvia nocturna enmarcada
por fulgurantes relámpagos que
aquella que da lugar al arco iris.

Durante mucho tiempo la lluvia
significó para mí un desasosiego,
la incertidumbre de una herida abierta,
la marca de un abandono.
Con el tiempo las cosas cambiaron.
Una lluvia tenue ocupó el lugar
que antes solía tener el aguacero.
Otros sentidos llegaron al mundo,
otra vida, otras luces, colores nuevos,
y hubo inexplicables encuentros,
y también hubo despedidas.

Llueve, de hecho; ahora mismo llueve,
pero mientras escribo me doy cuenta
de que esta lluvia no es trágica
ni está anegada de olvidos.
Tal vez apenas una incierta melancolía.
Que vos no estés ahora aquí, por ejemplo,
o el rumor de una memoria que dice
que tanta lluvia fue necesaria para
lavar todas las heridas del alma.


Serían necesarias tantas palabras,
en todo caso, para describir la belleza
de este inasible instante,
de este momento eterno.
Entonces, diría acaso Wittgenstein,
ante aquello que no es posible decir
quizás lo mejor fuera callarse.
Callar y contemplar, en silencio,
la lluvia que cae, el cielo interminable,
el recuerdo de tus ojos,
más allá de cualquier nombre.

Y sin embargo, en silencio, digo tu nombre.


viernes, noviembre 16, 2018

Zapatillas y sillas de ruedas


A veces un día cualquiera puede convertirse en un día especial por motivos extraños. Por ejemplo, hoy podría ser un día especial por el sencillo hecho de que hoy vendí la silla de ruedas que fue de mi padre. Esa silla de ruedas que yo mismo me encargué de comprarle, cuando comprendimos que ya no volvería a caminar como antes. Alguien más, de quien jamás sabré ni quiero saber nada, se sentará a partir de mañana en ese mismo asiento de cuerina reforzada que mi padre ocupó, al menos  durante un tiempo, y después de ese tiempo ya no más, y después quién sabe. Y mientras tanto la vida sigue. Para quienes van quedando, claro está.

En un día cualquiera, como puede ser el de hoy, es posible sentir emociones mezcladas, como enojo, impotencia y nostalgia a la vez. Un enojo contenido, porque sé que esa silla fue en algún momento, para mi padre, el símbolo inequívoco de su decadencia física, tanto como sé que por eso mismo él en algún momento la detestó. Y tal vez a mí, por habérsela comprado. Impotencia por razones que son más que obvias. Es al fin y al cabo el sentimiento mas legítimo que un mortal puede tener ante la evidencia de su finitud, de la finitud de todo. Y nostalgia porque, más allá de cualquier consideración, esa silla no dejaba de ser uno de los últimos rastros que quedaban de él. Y sin embargo, qué otra cosa podría haber hecho. Qué sentido hubiese tenido conservar ese penoso rastro si la persona en cuestión ya se ha ido. Aferrarse a qué.

Rastro penoso. Pero rescato de esa silla de ruedas momentos y aprendizajes. La curiosa circularidad de la vida, por ejemplo, que comprendí al cruzarme una y otra vez con jóvenes padres y madres llevando sus propias sillas de ruedas, ya no con ancianos, sino con sus pequeños hijos. Imagino que quizás alguna vez mi padre me habrá llevado en una de esas. Tal vez el día de mañana le toque a mi hija hacer otro tanto conmigo.

Entonces, también me toca agradecerle a la vida que me haya dado la oportunidad de haber llevado a mi padre en esa silla, haber compartido a través de ella momentos (breves, siempre todo en la vida es demasiado breve), y haber sido el responsable de conducirlo en sus últimos días, con todas las contradicciones que ello supuso.

Ahora miro hacia abajo y veo mis zapatillas. Las zapatillas que llevo puestas, que hasta hace poco fueron suyas. Son las mismas zapatillas que él solía usar cuando yo lo llevaba en su silla de ruedas. A diferencia de la silla, voy a conservarlas. Y voy a usarlas hasta que ya no den más. Para que de alguna manera, símbolo vano pero símbolo al fin, mis pasos sean sus pasos, al menos durante un tiempo. Y después quién sabe.

lunes, noviembre 12, 2018

Grietas




















Siempre me he preguntado
por qué una grieta se abre allí,
precisamente donde el material se quiebra
y no en otro sitio cualquiera,
qué determina el caprichoso dibujo,
o si el mismo no habrá estado allí
mucho antes de ser visible,
antes del amarillo pero inclusive
antes del gris, y me digo
si no sucederá igual con las grietas
-las tuyas, las mías, las de todos-
que van marcando nuestras vidas.

(Foto: María Teresa Cibils)

lunes, octubre 22, 2018

Hacia la nada

Me voy perdiendo de a poco
Me voy extraviando
Muy lentamente
Tan lentamente que
Bien podría engañarme
Decirme a mí mismo que no
Que esto no está sucediendo
Que esto simplemente no
Mientras me sigo adentrando
En este bosque tan oscuro
Desconocido y gélido
Extrañamente silencioso
Aunque en él resuenen mil voces
Imprecisas, insistentes
Como ecos de algo que nunca fue
Y sin embargo
Estoy aquí
Todavía aquí
Aunque no sepa dónde
Ni por cuánto tiempo
Por cuánto tiempo yo
Por cuánto tiempo aquí
Y después, que quedará después
Cuando ya no sea
Cuando nada ocurra
De a poco me voy perdiendo
Creo que esto ya lo dije
Puede ser que lo haya dicho
Hasta que un día por fin será cierto
Y que sucederá ese día en el cual
Finalmente se ahoguen todos los gritos
Y todas las preguntas
Y todas las posibles respuestas
Pierdan todo sentido
Y ya no logren encontrarme
Seguramente no importará
Carecerá de cualquier importancia
Pero no deja de darme pena
Una pena tan enorme ahora mismo
Pensar en ese triste, horroroso
Solitario momento.

miércoles, octubre 10, 2018

Poeta maldito

El dolor, considerado en sí mismo,
es una forma particular de la poesía.
Una forma perversa, quizás.
Pero gracias al dolor
el hombre conoce que existe,
que todavía está vivo,
que aunque parezca imposible
siempre puede ser peor;
o lo que es más grave:
directamente no ser.
Bendito sea el dolor, entonces;
este dolor maldito
que nos aborrece o nos ama,
vaya uno a saber,
que esos asuntos en ocasiones
no resultan del todo claros.

El dolor es, entonces, una de
las oscuras formas de la poesía;
ya ha sido dicho más arriba.
Pero no termina allí el asunto,
pues una cosa es sentir el dolor
y otra muy diferente poder decirlo,
acomodarlo en palabras,
exorcizarlo a través del
ejercicio extraordinario
del verbo para luego
volver a hacerlo carne,
que allí es donde arraiga
todo dolor que de tal se precie.

Entonces resulta que
el dolor del poeta es mayor
al de cualquier otro infeliz mortal.
Pues por un lado sufre
como un hombre cualquiera,
pero además sabe
que por mucho que la palabra
le ofrezca convertir todo
su mal en belleza,
al mismo tiempo no existen
palabras que le permitan
expresar aquello que
verdaderamente siente
en el fondo oscuro del alma.

domingo, septiembre 23, 2018

Ese extraño cielo


Ese extraño sol
ese extraño cielo
que venimos viendo
desde hace ya cuánto
cincuenta años
medio siglo
veinte mil días
o acaso no lo hayamos visto
realmente nunca
sino hasta ayer
tan cercano
tan inalcanzable
tan sutilmente íntimo
tan abrumadoramente bello
tan indescriptible
como este fugaz instante.

jueves, septiembre 20, 2018

Dos fantasmas

Entonces ¿hoy sos solamente esto? ¿Apenas un añorado fantasma? Pero no, no te sientas mal por lo que te digo. No te aflijas, porque todos somos fantasmas, en alguna medida. En la medida de nuestras muertes, por supuesto, pero también en la de nuestras vidas. Fijate, por ejemplo, en esta vieja fotografía, desde la cual alguien que alguna vez fuimos, pero que definitivamente ya no somos, de pronto nos observa, y acaso hasta nos sonríe. Mirá y decime ¿quién es realmente ese extraño? Ese que se nos parece, ese que alguna vez fuimos, pero ya no más. Ese que ahí, en la fotografía, todavía está dispuesto a hacer cosas que a nosotros hoy nos avergüenzan. ¿En qué medida nos representa esa persona? ¿Acaso volveríamos a hacer lo mismo que él hizo una vez, lo que todavía está dispuesto a hacer, o intentaríamos hacer todo -o casi todo- de una manera diferente?

Te estoy hablando a vos, pero en realidad me hablo a mí mismo. Ya ves, entonces, hasta qué punto los dos somos fantasmas, en definitiva. Cierto es que de maneras distintas, al menos todavía. Pero mirá esta otra foto, desde la cual vos y yo me miran: ese vos que una vez fuiste, ese yo que una vez fui... En la foto los dos somos fantasmas de un mismo modo, ¿te das cuenta? Pero entonces me termino preguntando si al fin y al cabo no seré acaso yo mismo un espectro. Es posible que lo sea, en alguna medida. Te confieso algo: a veces dudo de que yo mismo sea todavía alguien real. Solamente es cuestión de tiempo. De tiempo, de recuerdos y de olvido. Mientras tanto te extraño y quisiera beberme todo lo que queda de la vida en un atardecer eterno, en un beso interminable, en una siesta de amores que no se acabe jamás, en un reloj que de repente se detiene, aunque nunca sea del todo cierto. El misterio, eso es lo único que permanece y nos trasciende.

martes, septiembre 18, 2018

Sueño 20180918

Hace justo tres años.
Hace justo dos meses.
Y justo anoche te soñé.
Recién anoche conseguí soñarte, de hecho. Como si de nuevo hubieses estado aquí, al menos por un rato. Estabas sentado a la mesa, con tu campera polar roja. Más joven que cuando te fuiste, pero visiblemente abatido. Te abracé, sabiendo que en verdad estabas muerto, pero como sin querer saberlo. Me sorprendió descubrir que podía tocarte. Te pregunté qué te pasaba, por qué estabas triste. Me contestaste que todo el tiempo esperabas estar un par de horas con nosotros. Que ese tiempo se te pasaba cada vez más rápido. Y después de vuelta la espera, una espera interminable. Después me desperté. Quise volver a dormirme, pero no pude.
Te extraño tanto. Y me faltan las palabras.

viernes, agosto 24, 2018

Fotografías y encuadres


Observo mi foto una vez más. Mi foto por partida doble, porque fui yo quien la tomó, y es mi rostro lo que la fotografía muestra. En realidad muestra a la persona que fui en el momento en que la foto fue tomada. Cosa curiosa lo de la temporalidad de la fotografía: siempre que hay una foto aparecen implicados el presente y un pasado. Ahí estoy yo, siendo mirado desde un presente tal como fui visto a través del lente de una cámara en ese tiempo pasado. Un yo dividido, o acaso multiplicado, como en un complejo juego de espejos y simultaneidades relativas. Allí está el yo que fui, siendo observado desde un hoy que para quien mira a cámara era una abstracción, como lo sigue siendo para nosotros cualquier futuro que, por definición, aún no haya llegado. Allí está el yo que fui, mirando a cámara, acaso sin sospechar que esa foto se convertiría con el tiempo en algo tan especial. Quizás algo sospeché; pero si de verdad hubiese sabido, me hubiese ocupado de darle a mi cara una expresión diferente, más interesante, más digna de quedar fijada en el tiempo. Pero no lo supe. Por lo general ese es el problema: no solemos saber las cosas en el momento en que deberíamos ser plenamente concientes de ellas.

Es curioso: las fotografías son importantes por lo que muestran, como resulta razonable, pero también pueden serlo por lo que ocultan, por lo que queda afuera del encuadre. En este caso, el protagonista de la foto aparento ser yo. Pero se trata solamente de eso: de una apariencia. Porque en realidad estamos hablando de un fragmento de una fotografía más extensa. Vuelvo a mirarme. Noto que no sonrío. Aunque tampoco aparento estar triste. No alcanzo a descifrar cuál es la expresión que podría transmitirme el rostro que veo si no supiese que es el mío. Tal vez porque no logro despegarme de las sensaciones, todavía presentes, que tuve al momento de tomar la imagen. Detrás de mí se alcanzan a ver las ramas desnudas de un árbol de Plaza Irlanda. También parte de algunas otras copas, por el contrario, frondosas, de un par de ejemplares perennifolios. Me causa gracia el término, de pretensiones académicas; pero es así como se dice. Puede verse además una columna de alumbrado, y un poco más atrás, si uno presta suficiente atención, la esquina de un edificio, donde seguramente otras gentes, con otras preocupaciones, otros pensamientos, otras historias, estarían viviendo sus vidas, tan ajenos ellos a mí como yo a ellos. Recuerdo que era una tarde particularmente gris, de bastante frío, y amenazaba llover de un momento a otro. El cielo que alcanza a verse lo testimonia.

Se trata de una foto ciertamente especial para mí. Pero entonces, de nuevo: su importancia no radica tanto en lo que se ve, como en lo que no alcanza a verse. Porque en realidad, vuelvo a decirlo, si esta foto se hubiese dejado completa no me mostraría solamente a mí. Y entonces la metáfora, porque lo cierto es que la otra persona aparece ausente. Ausente en este recorte de mi fotografía, pero también ya definitivamente en el mundo. Y sin embargo está a mi lado. En la fotografía, quiero decir, si uno la viese completa. ¿Cabría tal vez pensar que de igual manera podría estarlo en el mundo, invisible pero presente? Es imposible verificarlo. ¿Será verdad eso que dicen, que existe un cielo místico al cual van a parar las almas de quienes mueren? Definitivamente es una idea que suena demasiado extraña para mí. Pero no más extraña que la hipótesis que asegura que la muerte supone sencillamente el desvanecimiento de quienes somos en la más absoluta nada.

Así las cosas, la foto, editada de esta manera, cumple el objetivo de recordarme a mí mismo estas posibilidades. La idea es que me diga que tal vez (nótese que he escrito "tal vez"; no más que eso, aunque tampoco menos), así como no se ve a simple vista que en la fotografía en realidad no estoy solo (...que la persona fotografiada no estaba sola en el momento de haberse hecho la toma), acaso algo similar podría suceder asimismo en la realidad el mundo.

Finalmente, esta foto del que fui aparece montada arriba de otra fotografía. En esta segunda imagen no se ve a nadie. Es tan solo un sector de campo, con algunas hojas y un par de troncos en primer plano, fotografiado el conjunto durante una tarde de copiosa lluvia. En la fotografía no aparece nadie, pero también en este caso la verdadera importancia de la foto no tiene que ver con lo que se ve, sino con lo que está presente del otro lado del lente. Es la fotografía de un momento, de una situación, de una compañía, de un nacimiento, de una esperanza, de algunas promesas. Solamente quienes estuvieron allí pueden comprender lo que no aparece en la foto. Y para quien estuvo, tal vez sea cierto que una imagen vale más que mil palabras. Y es por eso que ambas fotografías aparecen juntas en un preciso momento, en un presente que ya es pasado, y sin embargo persiste.

miércoles, agosto 22, 2018

Alienaciones

I.
Me mirás con extrañeza
como si estuvieses detrás de un espejo,
como si razonablemente aguardaras
que de mi boca saliesen palabras
que viniesen a explicar algo,
que echasen un poco de claridad
sobre una situación imprevista.
Pero no. Se terminó mi verborragia.
Este soy yo detrás de mi silencio.
Soy yo, intentando decir cosas
que simplemente no pueden ser dichas
pues solo puede decirse lo que se conoce
y el mundo entero se ha convertido de pronto
en una dimensión hostil e incomprensible.

II.
Inmóvil como un gato
como un gato inmóvil
que pacientemente acecha
como si fuese un ratón
a la ineludible muerte
acechador acechado
así estoy yo
atento
vacío
pendiente de una ventana
mientras sospecho que
la muerte llegará
a través de la puerta
a mis espaldas
y sin embargo
no consigo voltearme
permanezco inmóvil
y sencillamente aguardo
lo inevitable.

III.
Qué sucede que se me han
escapado las palabras y las horas.
Dónde se ha ido el niño que fui,
el padre que iba a ser, el hijo,
los primeros besos, los amores,
las esperanzas de un futuro elusivo
que no llegó a ser y sin embargo
ya no es futuro, pero tampoco
pasado, presente, ni nada.

IV.
Henos aquí.
En este momento somos.
Menudo descubrimiento:
es evidente que somos.
De lo contario ni siquiera
podríamos estar diciendo esto.
Y sin embargo el dilema es otro:
no se trata de ser o no ser
sino de intuir qué cosa somos,
de dónde es que venimos,
y hacia dónde vamos
o con qué propósito.
Todos esos interrogantes
tantas veces vanamente repetidos
para los cuales no existe respuesta.
Es posible que no seamos más
que algo que viene de la nada
y se dirige hacia otra nada.
Apenas ese mientras tanto.

V.
Que la noche dure,
que dure la noche,
que extienda su manto
de quietud y silencio
sobre el alma dormida del mundo
al menos para que yo pueda
seguir escribiendo palabras.

martes, agosto 07, 2018

Reflexiones

Leo: "Cada quien es el último testigo de cosas, hombres, vivencias, que desaparecerán ineludiblemente con él, pues después ya no habrá nadie más que los retenga en lo real. Un pasado que ya no sea recordado no existe. De este modo la realidad se desliza fuera de la realidad. Y sin embargo no se puede decir que el desierto crezca, pues surge nueva realidad allí donde la antigua se escurre y desaparece sin remedio."

Pienso que esto último no me sirve de consuelo. Y también que sólo necesita consuelo quien espera algo diferente de que le es posible alcanzar. De modo que simplemente soy tonto. Además de ignorante. Hombres fáusticos, eso somos. Me pregunto si serlo -o si hacerme tantas preguntas- estará inscripto en nuestra naturaleza. O si será posible hallar otros rumbos.

Hay una nube en el cielo.
Una hermosa nube
que se recorta con nitidez
en el fondo de un cielo límpido.
A los pocos minutos se desvanece.
La nube persiste en mi recuerdo un tiempo,
algunas horas, algunos años.
Finalmente también el recuerdo se desvanece.

¿Cuál habrá sido el sentido de la existencia de aquella nube, que curiosamente no llegó a plantearse nunca el sentido de su propia existencia? Y si yo no hubiese levantado la vista al cielo aquella tarde, y nadie más la hubiese visto... ¿la nube así y todo hubiese existido? ¿Hay manera de saberlo? Acaso hubiese habido de todos modos nube. Pero no sentido, ni tampoco preguntas, ni recuerdos, ni palabras.


jueves, agosto 02, 2018

Fugacidades

No existe Dios.
Quizás haya muerto,
o tal vez nunca existió,
o acaso decidió dejarnos
librados a nuestra suerte.
El asunto es que no hay Dios,
y por ende tampoco un sentido,
excepto aquel que logremos
proporcionarnos nosotros mismos.
Nosotros, inventores de los dioses,
los sentidos, la moral y las leyes,
todo ello tan falaz y fugaz
como nosotros mismos,
y sin embargo.
El amor y la poesía nos desmienten,
por más que también efímera sea
la frágil naturaleza de estas cosas.
Una melodía suena en alguna parte.
Es la Meditación de Thaïs, de Massenet.
Pero ya es apenas su recuerdo.
Fugacidades. Instantes inasibles.
Y sin embargo somos tan reales.
Eso somos: apenas un mientras tanto.

jueves, julio 19, 2018

Despedida

Llueve.
No podría haber sido de otra manera.
Llueve y vos ya no estás para ver esta lluvia.
Para decirme 'andá con cuidado'.
Para apretar mi mano y sonreirme.
Y tu ausencia es tan absurda
que me resulta inaceptable.
Cómo es esta mierda de que ya no estás.
Adónde se supone que te has ido.
Y sin embargo, yo vi tu cuerpo,
tu cuerpo sin vida y sin aliento,
sin ánima, porque ahí vos ya no estabas.
Ahí ya no estabas, pero entonces adónde.
Te fuiste despidiendo de a poco,
día tras día, durante largos meses,
pero no pudiste decirnos adónde irías.
La última vez que estuve con vos
aún respirabas, pero ya no podías hablar.
Hablé yo. Te dije mil cosas.
No sabré jamas cuáles habrán sido
tus últimas palabras lúcidas.
Pero sé cuáles fueron las últimas
que te pude decir yo:
"Regreso mañana".
Eso te dije, acariciando tu cabeza blanca.
"Pero si tenés que irte antes -añadí-,
llevate con vos todo mi amor".
Eso te dije. Y cuando volví por la mañana
ya habías partido.
¡Ay, si comprendiéramos las cosas a tiempo!...
Estés adonde estés quiero que sepas
que mi amor está con vos.
Ojalá volvamos a encontrarnos.


lunes, julio 16, 2018

Sueño 180716 - Los mortales

Ibamos caminando por un paraje extraño, nocturno, como al costado de un bosque, que permanecía iluminado por cientos de velas encendidas. Esto sucedía en un tiempo posterior al tiempo de los hombres, aunque todavía quedaban restos de la antigua civilización. Yo iba acompañando a un ciego, un sujeto entrado en años, pero de gran porte y aspecto importante. Yo venía a ser algo así como su lazarillo, pero era él quien conducía el rumbo. Sospeché que su ceguera no era total; que acaso era un ciego con cierto don de videncia, como el legendario Tiresias.

En cierto momento nos cruzamos con dos varones que nos preguntaron con tono severo adónde nos dirigíamos. Yo les mostraba un mapa, creyendo que tal vez ellos podrían revelarme cuál lugar era aquél. Uno de esos hombres me dijo entonces que los mapas ya no servían, pues no había ningún sitio al cual todavía se pudiese ir. Me pareció que aquellos personajes nos miraban con cierto recelo, y algo debió haber notado también el ciego, pues retomando decididamente el paso comenzó a avanzar, diciendo que debíamos irnos de aquel lugar. Cuando lo alcancé, ya estaba hablando con un tercer hombre, que le daba indicaciones para llegar a alguna parte:

- Si siguen derecho van a encontrar un río, y poco después dos estatuas enormes que flanquean el camino...

Los dos hombres a los que les había mostrado mi mapa nos habían seguido a cierta distancia y también ellos escuchaban la conversación. De repente una mujer se acercó y dijo que lo mejor sería que nos quedáramos en aquel lugar, pero lo hizo con una intención que me pareció dudosa. Y debió de parecerme bien, porque lo siguiente fue que los hombres agarraron con fuerza al ciego, y luego alguien que parecía ser el que mandaba en aquel lugar, a quien desde aquí llamaré "el monarca", ordenó que se lo llevaran, no sin añadir que más tarde iban a decidir si lo ejecutaban a él o a otra persona que también tenían prisionera.

Al escuchar esto protesté. Al parecer en aquel sitio había tenido lugar un crimen, y por ende debían castigar a alguien. Pregunté entonces qué pruebas tenían en contra de aquel ciego.

- Todos los hombres son culpables de alguna cosa o bien están destinados a serlo -fue la ambigua respuesta del monarca.

- Pero ustedes estarían convirtiéndose en culpables si mandan matar a un hombre que todavía no ha hecho nada -atiné a responder yo.

- Eso es muy cierto -concedió el monarca, tras un segundo de vacilación. Pero en todo caso ese será un asunto del que vamos a ocuparnos en otro momento.

Al comprender que mis intentos por hacer entrar en razones a aquellas personas serían vanos, me puse a vociferar:

- Al fin y al cabo esta vida es pura mierda. Y todos estamos en lo mismo, no importa si somos monarcas o pobres vasallos. Comemos y cagamos, nos vamos a dormir, nos despertamos, y así siempre, hasta que un buen día nos encontramos con la muerte. De vez en cuando copulamos, tenemos hijos, nos reproducimos y después nos morimos. O nos matan. Y nada de todo eso importa.

Yo sabía que estar gritando todo eso allí, en presencia del monarca, podía redirigir su enojo fulminante hacia mi persona. Y sin embargo me sentía al mismo tiempo impune, con la impunidad que a uno le da el saber que de todos modos ya no se tiene nada por perder. Pero igual me terminé retirando de la escena para llorar, no sé si por la suerte que iba a correr el hombre ciego, o por la que nos toca correr a todos nosotros, los mortales.

miércoles, mayo 30, 2018

Solados II

Una vereda salpicada de hojas secas
Cuántos pasos habrán gastado estas baldosas
Y cada paso es parte de una vida y de una historia
Una pequeña parte que tal vez haya
transcurrido ajena para su propio protagonista
Cosa curiosa: en ocasiones somos
desconocidos y extraños
incluso para nosotros mismos.
Pero volvamos a este suelo,
a esta vereda y a estas hojas,
a este pedacito de historia y de presente.
Quién es éste que recorre ahora mismo
otra vez, de nuevo
o acaso por primera vez
este rincón del mundo
salpicado de hojas secas,
rumiando palabras en su mente
-improbable poeta-
pensando en un pasado irremontable,
como todo tiempo pasado,
mientras transcurre el presente.

martes, mayo 29, 2018

Solados I - Pisar en firme

Un piso. Pisar en firme, pues.
O suponerlo, al menos, ingenuamente.
Y decidir entonces si pisar las líneas
que separan una baldosa de otra,
o si mejor no hacerlo.
Y comprender de pronto que
en verdad no hay ningún piso firme,
y que podemos quedarnos parados
tanto como caminar, correr, saltar, flotar, volar.
Que somos hojas arrastradas por el viento.


miércoles, mayo 16, 2018

Carta a mi padre

Podrías haber sonreído,
para luego dar media vuelta
y entonces caminar
lenta pero decididamente
hacia algún lugar sin nombre.
O bien podrías haber corrido
para arrojarte hacia el vano
de aquella puerta que acaso
se hubiese cerrado brutal
y estrepitosamente detrás tuyo
como una piadosa trompada.
Y es que hay muchas maneras de irse.
Hay muchas maneras de decir adiós.
También está este modo,
de irse sin irse definitivamente,
de estarse yendo, pero
permaneciendo al mismo tiempo
con una actitud pertinaz, empecinada,
como quien decidiera
dejar de ser y seguir siendo,
aunque en los hechos ya no seas vos
sino otro, alguien parecido quizás
a la sombra de quien solías ser,
y sin embargo, y sin embargo...
Y acaso esta sea la manera más cruel de irte
porque uno en definitiva desconoce
si el adiós ya ha sido, o si aún está pendiente,
o cuál habrá sido tu último gesto lúcido,
cuál la última mirada en la que
realmente me hayas reconocido
y hayas sabido que tu hijo estaba allí,
a tu lado, acompañándote.
Hay un extraño momento en el cual
dejamos de ser aunque sigamos siendo.
Y yo no sé, no sé, no sé
si todavía seguís siendo realmente vos
o si ya te has ido y hoy sos otra persona;
no sé si tu adiós acaso tuvo ya lugar
sin que siquiera nos hayamos dado cuenta,
y entonces cuál habrá sido tu última mirada clara,
cuál la última vez que me hayas visto verdaderamente.
Tal vez aquella tarde en Plaza Irlanda,
cuando observamos aquel jacarandá todavía florecido
y un pájaro carpintero bajó, y anduvo cerca nuestro
picoteando el suelo a un metro de donde estábamos.
- Mirá vos qué atrevido, comentaste.
Y después me dijiste otra vez de tu amor
y me pediste que te llevara de regreso
a ese lugar en el cual no querías estar,
que de algún modo se había convertido en tu casa.
Has dejado detrás tuyo los recuerdos,
las enseñanzas, la compañia,
tu mano todavía grande y fuerte
tomando mi mano todavía pequeña,
y yo sé que nunca nunca nunca
vas a poder leer estas palabras
que forman parte de un exorcismo
misterioso pero necesario,
aunque acaso de algún modo logres saber
lo que yo necesito que sepas.
Y todavía no sé si ya ha tenido lugar o no
el último adiós a quien solías ser otrora;
quiero creer que todavía no te has ido;
quiero creer que de un modo u otro
no vas a irte jamás.


viernes, abril 27, 2018

Nosotros

Compartamos, amada mía.
Compartamos la piel, el amor, los sueños,
compartamos los goces, los amaneceres, los ocasos,
Compartamos las horas simples, también las otras,
compartamos la mesa, el sillón, la almohada,
aquella emoción, esta risa, esas lágrimas,
compartamos las comidas, un café, un helado,
los viajes, las lluvias, el sol y el aliento.
Pero compartamos, sobre todo, las ganas
de continuar construyendo juntos
y de seguir compartiendo.

jueves, abril 05, 2018

Poema para Laura


Cuántos atardeceres, cuántos ocasos,
cuánto estío que llega a su fin,
cuántos días concluyen de esta manera,
como si nunca hubiesen pasado.
Y vos que estás lejos,
o al menos no estás aquí conmigo,
tal vez estés mirando ahora mismo
a través de otras ventanas
otros paisajes, otros horizontes,
otros árboles, otros pájaros,
el mismo sol, si es que acaso
realmente es el mismo ese sol,
cayendo en este mismo cielo
que compite por ser más
profundo y bello que tus ojos,
por supuesto, sin lograrlo.
Pienso en vos, ya lo ves.
Te pienso para hacerte presente.
Quiero que el alba vuelva a encontrarte
una vez más aquí a mi lado,
tu cabeza descansando sobre mi hombro,
mi mano apoyada en tu muslo desnudo.

sábado, marzo 31, 2018

Como un niño tengo miedo

Hoy me atrevo a confesarlo
tengo miedo
como un niño tengo miedo
de tantas cosas que no entiendo
tengo miedo de fracasar
de salir a la calle solo
miedo de que no me quieran
miedo de que dejes de quererme
miedo de no poder
hacerle frente a la muerte
en esa hora fatal que
el poeta describe como la tragedia
de la vida que concluye
sin que uno haya vivido
tengo miedo y lo confieso
y eso es lo único que me salva
de ser un completo cobarde.


sábado, marzo 24, 2018

Poema sin título

Llueve, torrencialmente llueve.
Y por alguna razón me regocijo con la lluvia,
con este diluvio que cae desde el cielo oscuro,
atravesado cada tanto por refucilos
que desgarran la noche por un instante.
Y todo sucede como si no hubiese un mañana,
o como si de repente no importara,
y tal vez en verdad no importe.
Abro la ventana y salgo al balcón;
la lluvia me empapa.
Entonces abro mi boca y bebo,
dejo que la lluvia entre en mi cuerpo
y tal vez sueño con que ella tenga el poder
de lavar algo de todo lo que está mal en el mundo.
Aunque no creo que sea posible,
es solamente lluvia, al fin y al cabo.
Y sin embargo
qué es este torpe remedo de bautismo,
de qué indecible crimen intento redimirme,
o se tratará acaso de un vano intento
por limpiar toda la imperfección
que me hace humano,
como si hubiese tenido
la posibilidad de elegir ser
alguna otra cosa distinta de esto que soy,
inútil sacerdote de una religión que no existe.

jueves, marzo 08, 2018

Poema sin título

Hoy estuve dando vueltas todo el día.
No sé bien qué andaba buscando,
si es que acaso buscaba algo.
Pero en todo caso no lo encontré,
y regresé a mi casa, a mi pequeño
monoambiente alquilado,
con las manos vacías.
Ahora es de noche y salgo al balcón
acompañado por un pote de helado
y de repente las cosas parecen
tener un incierto sentido.
Un sentido que no comprendo,
por supuesto,
pero un sentido al fin.
Observo las luces de la ciudad,
un par de siluetas que se mueven
detrás de ventanas lejanas.
Allí está la gente,
cada persona una historia,
algunas esperanzas,
un montón de miedos,
de secretos, de soledades.
Y aquí estoy yo en mi balcón,
con mi pote de helado.
Una silueta más,
para quien esté observando.
Si es que acaso alguien más,
en toda esta ciudad adormecida,
repentinamente calma,
ocupa su tiempo en observar el mundo,
o en intentar comprenderlo.
Quién sabe si entre tanta soledad
alguien no será capaz
de encontrar alguna razón de ser,
alguna respuesta, algún motivo.

martes, enero 16, 2018

Tiempos y olvidos

Aunque no lo recordemos, y puede que hoy hasta nos parezca improbable, hubo un tiempo en el cual no teníamos nada por recordar. Hubo una época de nuestras vidas en la cual éramos libres, porque no teníamos la necesidad de mirar hacia atrás, y tampoco hacia adelante. Solamente existía el aquí y el ahora. Vale decir... el allí y el entonces. Ya ves, precisamente de esto es de lo que hablo. Un día nos dimos cuenta de que existía el tiempo, y fue entonces cuando perdimos nuestra inocencia. Nos empezamos a preocupar por el futuro, por nuestros ocasionales olvidos y por los rastros que dejamos detrás nuestro a la manera de una historia. Sin darnos cuenta de que en realidad lo preocupante fue habernos olvidado de estar atentos a nuestro presente.


lunes, enero 01, 2018

Vastedades y cegueras

Nos encontramos aquí, a la sombra de un olvido.
Y nosotros mismos no sabemos qué,
pues también hemos olvidado.
Y no se trata de buenas voluntades.
Por más que estuvieses ahora mismo aquí,
acodada en la baranda de este mismo balcón
y pudieses contemplar este cielo eterno,
majestuoso, inalcanzable, sembrado de estrellas,
no podrías sentir el abismo que yo siento
ni comprender la fuente del manantial
que de pronto se abre en mis ojos,
y no es angustia, ni tan siquiera pena,
sino solo esta indecible sensación
de vastedad infinita y la conciencia
de nuestra frágil naturaleza.
Miro de nuevo al cielo y me pregunto
cómo imaginarán la luna en su cuarto menguante
aquellos ciegos que nunca han tenido el don de ver.
Acaso todos seamos un poco como ellos,
incapaces de percibir algunas cosas.

domingo, diciembre 31, 2017

Hasta que la sal del mar

Ahora de repente llueve.
Copiosamente llueve.
Bendita sea esta lluvia,
que viene a recordarnos
como si fuese una metáfora
que una redención acaso
es todavía posible.
Aunque haría falta tanta lluvia
para lavar todo lo que necesita ser lavado.
Cuarenta noches y cuarenta días
de lluvia serían necesarios,
una lluvia interminable,
hasta que la sal del mar se disolviera
en el agua nueva
y no quedaran rastros
de suciedad en las almas.
Yo pienso en mí, pienso en vos,
pienso en cada uno de nosotros
y me hago preguntas para las cuales
quizás no existan respuestas.
La lluvia salpica mi rostro
y unas gotas se deslizan
hasta el borde de mis labios.
Siento un curioso regusto salado.


martes, diciembre 26, 2017

A medida que caminamos

Necesito detener el tiempo
pero el tiempo se niega a detenerse.
Cae la noche sobre esta parte del mundo.
Sucede pacíficamente, pero de todos modos
algo hace nacer en mí la angustia.
Observo el cielo y comprendo
que todavía debo encontrarme,
que esa es mi tarea más urgente.
Escucho en mi interior la voz
del niño que alguna vez fui
rogando por un amparo
que todavía no consigo darle.
Sin embargo hoy ha sido un buen día.
Es extraño el gran contraste,
el llanto y la risa,
las ganas y el miedo,
el desasosiego y el amor
que descansa ahora mismo
bajo otros cielos
en otro rincón del planeta
y acaso sueñe conmigo,
que permanezco aquí,
intentando hallarme.
Y a través de la distancia imagino
que ella me mira y me dice
que para encontrarnos
a veces sólo es preciso
detenernos de a ratos,
que el camino se abre
a medida que vamos caminando.

sábado, diciembre 23, 2017

Not a perfect day

Lou Reed resuena en mi cabeza:
It's such a perfect day...
El rugido de la motocicleta me trae de regreso
y de repente comprendo
que estoy yendo peligrosamente rápido
justo cuando un acoplado adelante
se acerca con gran rapidez
y freno a tiempo,
pero la inquietud crece
dentro de mí como un monstruo.
Estoy descontrolado.
Y tengo miedo.
Anoche fui a un recital.
Cantaban varios amigos,
mi hija tocaba el piano,
mucha gente querida, y yo en silencio
reía y lloraba al mismo tiempo.
Ahora llueve otra vez.
Una tormenta salvaje, como una metáfora.
A veces me siento un maldito loco,
y es como si en realidad
esta tormenta naciera de mí,
de mi cabeza, de mi alma, de mi angustia.
De nuevo la voz de Lou Reed,
it's such a perfect day...
Entonces ocurre de nuevo:
todo este tiempo desperdiciado
me empuja a desear liquidar lo que reste
en un repentino derroche,
en una explosión que
justifique de algún modo haber sido,
y al menos tener una salida,
un fuera de escena que deje
un recuerdo memorable.
Y después me digo que no,
que no, que no, que no.
Que estoy siendo un completo cretino.
Pero entonces, pero entonces...
Estoy muy acelerado, como si fuese
una motocicleta fuera de control.
De pronto es la misma tormenta de antaño,
como antes, en otro tiempo,
pero esta noche, ahora.
Me detengo.

jueves, diciembre 07, 2017

Todo lo sólido...

Solemos pensar que la vida de los demás
es casi siempre menos penosa que la propia.
Sin embargo, lo cierto es que todos todos todos
todos estamos destinados a morir:
el hombre que conduce aquel micro
y cada uno de sus pasajeros
y el policía que recorre las calles
y esa pareja que ha descubierto el amor
y ese hombre que parece apesadumbrado
y cada uno de los chicos que asisten a esa escuela
y también sus padres, y sus maestros,
y ese bebé que duerme en brazos de su madre
y aquel anciano que simplemente espera
su destino, que es el destino de todos.
Entonces, por qué preocuparse
porque hayas perdido un trabajo
por un examen reprobado
por un sueño incumplido
si al fin todo es una fantasía.
Por qué angustiarse por asuntos vanos
o pretender precipitar el momento
de todos modos inevitable.
Habrá quien quiera arrebatarle
la fatal decisión al destino
respecto del cómo dónde cuándo:
si no podemos ser dueños de nuestra vida
tengamos al menos potestad
sobre nuestra muerte.
Y sin embargo
si nadie ha de permanecer
tampoco ese pretencioso gesto importa.
Quien no le tema al último final
será capaz de aguardar otro mañana.
La cuestión es que no hay un final feliz posible.
Solo tenemos el mientras tanto.
Fuera de ese fugaz momento,
todo está destinado a disolverse en la nada.

Deconstrucción

El niño sueña, ensimismado,
con sus ojos bien abiertos.
Sueña que da un gran salto,
que salta y que vuela,
siente el aire frío en la cara,
y entonces tiembla.
No importa cuántos años pasen,
en el fondo siempre seremos
como un niño asustado
que ante lo desconocido siente miedo
y especialmente ante el fantasma
de la orfandad definitiva.
El niño sabe que contar ficciones
es un recurso para eludir sus miedos,
así que arma historias en su cabeza
y las anota en un cuaderno
que esconde bajo siete llaves.
Pero también presiente el pasaje
que borra a veces el límite
de la fantasía convertida en acto.
Entonces -de nuevo- tiembla.
Para no sentirse solo,
este niño, ya no tan niño,
canturrea una canción
cuyo sentido en parte se le escapa.
No presta atención a lo que dice,
no es sino una melodía más,
no son sino palabras huecas,
vaciadas de contenido.
Murió a contramano
entorpeciendo el tráfico -canta,
y entonces de repente se escucha
y comienza a comprender
y con los ojos abiertos sueña
y siente el viento frío en la cara
y no sabe si llega a sentir miedo
pero entonces tiembla de nuevo,
por última vez, y luego sí,
la orfandad es definitiva,
pero ya no importa.