lunes, enero 21, 2019

Orden

El impulso de hacer un poco de orden, actividad necesaria y tantas veces postergada. Y por qué será que cuesta tanto ordenar, me pregunto. Tal vez porque supone poner en juego numerosas decisiones, comenzando por el clasificar (siempre hay lo que escapa a cualquier clasificación) y siguiendo por el revisar la utilidad y mejor destino de cada cosa. Por aquí hay de todo un poco: ropas viejas, propias y heredadas, cajas, discos, bolsas, papeles; sobre todo muchos papeles. Superadas las resistencias iniciales -por cierto poderosas- me descubro haciendo una suerte de categorización general de aquello que tengo por delante para evaluar y eventualmente descartar. Presumo que mi analista me diría que estar relatando este proceso, esta intelectualización y puesta en palabras que además pretende responder al por qué de la dificultad, es un último y desesperado intento por postergar el momento de decidir deshacerme de todo aquello que sobra. Lo siento mucho. Pero cómo podría saber qué cosas sobran sin reflexionar primero sobre qué significa que algo sobre. En ciertos casos me resulta imperioso intelectualizar, racionalizar las cosas, comprenderlas, para poder luego darles un cauce.

Así las cosas, he podido distinguir entre por lo menos tres categorías de objetos pasibles de ser descartados. Está, por empezar, todo lo que integra el clásico conjunto de "esto podría llegar a servir en algún momento". Momento improbable, de más está decirlo, que según los corolarios a la ley de Murphy no se presentará sino hasta después de que haya tirado el objeto en cuestión, al margen de qué se trate. Así y todo resulta en un punto sencillo despedirme de estas cosas, amparado quizás en la idea de que eso que a nosotros hoy no nos sirve acaso le pueda servir a alguien más. Dejar pasar las cosas, dejarlas irse, para que quizás alguien más las aproveche.

Hay una segunda categoría, en alguna medida relacionada con la anterior, que es la de aquellos papeles, libros, revistas, discos, películas, que acaso tengan o no cosas importantes para decirnos, no lo sabemos. Necesitamos tener tiempo para revisarlos, para leerlos, verlos, escucharlos... Puede que se trate de algo valioso, pero es menester detenernos sobre ellos para evaluarlo con rigor, y de este modo el proceso del orden se detendría. Entonces ponemos estas cosas de lado, hasta que tengamos tiempo, y seguimos con algo más. Aunque entonces no deja de ser otro modo de postergar. Y esto nos molesta. Pero por otra parte hay en el fondo algo más grave que nos angustia todavía más, y es que sabemos, por mucho que no queramos admitirlo, que el tiempo es demasiado breve, y que por muchos años más que vivamos no habrá tiempo suficiente para sacar el debido provecho de tantos libros, tantas palabras, tanta músicas, tanto de todo. Nos consolamos, aquí también, diciéndonos que si nosotros nos vamos, acaso quedarán esas bibliotecas para que alguien más las aproveche. Aunque sepamos que no es sino un intento vano por quedarnos tranquilos.

Pero hemos reconocido aún una tercera categoría, acaso la más difícil de enfrentar. Y esa que nos pone ante todo aquello que podríamos definir genéricamente como recuerdos. Souvenirs de lo más diversos, de un tiempo que por definición ya no es más. Son cosas que en rigor ya no son útiles, ni para nosotros ni para nadie más, pero que de alguna manera nos conectan con un pasado. Con nuestro propio pasado, aunque de un modo u otro todo pasado nos trae hasta nosotros. Y nos preguntamos para qué queremos conservar estos recuerdos, que no siempre nos llevan a momentos alegres o divertidos, sino que muchas veces, por el contrario, nos arrastran de las narices hasta lo más penoso de nosotros mismos. La respuesta a esta pregunta me resulta incierta. Por una parte creo que tiene que ver con una suerte de testimonio: esos recuerdos nos recuerdan, valga la redundancia, que hemos vivido. Por si alguna vez no somos capaces de recordarlo por nuestra propia cuenta. Esos objetos son huellas, marcas que nos revelan. Y sin embargo, esos que fuimos, esos que -es verdad- nos traen hasta lo que somos, ya no existen más. Hoy somos esto otro, personas distintas, que pueden añorar, o arrepentirse, de lo hecho y de lo evitado, de tantas cobardías y tantas insensateces, etcétera, etcétera.

He aquí el doble peligro: si nos desprendemos de todo eso, puede que el día de mañana, cuando necesitemos recordar o comprender cómo diablos hemos llegado hasta algún punto, no tengamos manera de hacerlo, pues nuestros rastros habrán sido borrados y no tendremos de dónde agarrarnos (más allá de la imaginación, que siempre es útil en estos casos) para reconstruir nuestra historia. Pero por otra parte, lo cierto es que lo que somos auténticamente no tiene que ver con nuestra historia, sino siempre e inevitablemente con nuestro presente. Somos lo que somos en este preciso momento, recordemos o no nuestros pasos. Imaginar un pasado, tanto como especular con el futuro, son maneras de no comprometernos con lo único real que tenemos, que es nuestro momento presente. Y en este sentido estos souvenirs de un tiempo pasado no hacen más que privarnos de la posibilidad de ser plenamente nosotros hoy. Pero entonces, ¿para qué escribir todas estas palabras? ¿No son acaso estas palabras la raíz de un futuro recuerdo, el de esta tarde de orden -o de desorden- y de toma de decisiones sobre qué descartar definitivamente o no? No tengo respuesta para estas preguntas. Las dejaré anotadas por aquí, por si el día de mañana acierto a poder darles una respuesta más clara.

miércoles, enero 16, 2019

Sueño 190115

"La ternura adolescente pronto será reclamada por esta matanza... (¿o era holocausto?...) hecha de... (¿sangre... almas... fuego?...)."

Me asomé al borde de aquella construcción y algo me llamó la atención en el cielo. Eran unas formas extrañas, que aparecían y desaparecían a lo lejos sobre un fondo de nubes rojizas, como símbolos que quisieran decir alguna cosa. Recuerdo nítidamente dos líneas rectas paralelas negras, que se disolvían de arriba hacia abajo antes de aparecer de nuevo. Y luego unas enormes letras de color rojo rubí, que formaban palabras que yo intentaba memorizar. Para no olvidarme, intentaba escribirlas en un papel. Pero no resulta fácil leer o escribir en sueños.

Todo había comenzado en algún lugar de Rusia, o acaso fuera algún otro país del Este europeo, en algún momento de la primera mitad del siglo pasado, a juzgar por las palabras que escuchaba y las vestimentas de las personas que alcanzaba a ver, todo en un cinematográfico blanco y negro. Me encontraba en medio de una especie de redada. Recuerdo gente actuando con violencia, hombres, mujeres y niños empujados contra una pared, gritos en un idioma que no comprendía. Yo lo veía todo desde los ojos de un cuerpo que no era el mío. Y supe que en cuanto alguien se dirigiera a mí, imposibilitado como estaba para dar explicaciones, sería también blanco de aquella furia. Especulé con la posibilidad de responder con señas, indicando una fingida mudez, pero de inmediato imaginé que eso no funcionaria. De pronto veo a un hombre vistiendo un uniforme con una inscripción en inglés. Corro tras esa persona, y al alcanzarla intento comunicarme con él, y en una media lengua torpe le explico que yo no soy de allí, y que en realidad hablo español.

El soldado me responde con rudeza, pero al menos no me agrede. En cambio me ordena que busque algo en un cúmulo de tierra cercano. Algo valioso, aunque yo no entiendo muy bien qué sea. Pero de algún modo lo encuentro, lo desentierro, y eso me salva la vida. Luego aparece una caricatura. Que a partir de lo que acaba de suceder se aboca a buscar otras cosas. Pero en este caso la misión que recibe es mucho más difícil, porque hay que hallar algo enterrado, y nuevamente no sabemos qué es, pero ahora tampoco dónde podremos encontrarlo. Con un extraño bulldozer, la caricatura comienza a excavar, y lo hará durante años, pero en vano, dando vueltas en redondo con su máquina. Más tarde alguien me dirá que a pesar de todo está haciendo un buen trabajo, pues los serbios, cuando se juntan y se emborrachan, en lugar de ponerse a pelear y a dispararse entre ellos, como solían hacerlo, se dedican a mirar por televisión esa caricatura que los divierte tanto.

Como se ve, por momentos las cosas parecen o tener ni pies ni cabeza. O tal vez su sentido se nos escapa. Ahora un automóvil se cruza con el nuestro. Quieren que les indiquemos cómo llegar al aeropuerto... Intento orientarme, pero vos, siempre mejor ubicada que yo, les respondés primero. El hombre del otro auto se muestra muy impaciente y quiere que apures tus indicaciones. La mujer que va con él habla por teléfono y de pronto dice que ya no importa, que el tío ya llegó, y que además está enfermo. "Todo mal", pienso para mis adentros. "Se enferma en el viaje, no lo va a buscar nadie al aeropuerto... Seguro que después tendrá que pagar la comida para todos." Los chicos del matrimonio también se han bajado del auto y deambulan por ahí. Nadie parece saber muy bien qué es lo que esperan... Tampoco es claro qué es lo que estamos haciendo nosotros en ese lugar. Me pongo a caminar, entonces, buscando cómo salir de aquel sitio. Y así es como llego al borde de aquella construcción, desde donde me pongo a mirar el cielo.

Intento ahora escribir aquella frase en un papel, para no olvidar lo que dice. Me cuesta hacer andar la lapicera, pero también darle forma a las letras. "La ternura adolescente pronto será reclamada por esta matanza..." ¿La palabra era matanza y o era holocausto?... Me resulta muy difícil retener los términos. Hecha de... ¿sangre?... ¿De almas?... ¿De fuego?... De todos modos comprendo que la frase en cuestión habla de la vida, de todos y cada uno de nosotros, hasta ayer mismo jóvenes, y sin embargo llamados invariablemente a morir. Lloro.

Cuando me despierto, Laura está allí. Se estira y me sonríe, y se da vuelta para que la abrace. En realidad no estoy del todo seguro de haber despertado del todo, porque en ese momento se me hace presente otra frase, que parece resonar en mi cabeza: "No dejes de quererme. Por favor, no dejes de quererme, que en tanto vos me quieras la vida seguirá teniendo un sentido."

lunes, enero 14, 2019

Ventanas sin cortinas

Puede que Dios sea Alguien que hace cosas. O puede que, como cree y dice Savater, no sea más que una forma de suspirar y exclamar humanamente ante las tribulaciones de este mundo. No hay manera de saberlo con seguridad. Y por ende tampoco hay manera de saber con certeza cuál sea el sentido de la vida. Si es que acaso tiene alguno, por supuesto. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme por estos asuntos. Es como dice Alberto Caeiro en su Metafísica : "Para mí pensar en esto es cerrar los ojos y no pensar. Es correr las cortinas de mi ventana (esa que no tiene cortinas)".


martes, enero 08, 2019

Sueño 190108

"Dos cosas, antes de irme: No dejes de lavarte los dientes... Y tené presente la inexorabilidad de la vida." Esto dijo mi mamá, antes de dar media vuelta e irse. Y yo no supe si se refería al inevitable paso del tiempo y la caducidad de mi vida, la de su propia existencia, o acaso a ambas cosas. Lo cierto es que cualquiera de estas posibilidades, certeras e ineludibles, me lastimaron el alma.

Pero la historia no comienza allí, sino en una farmacia en la cual una chica lee unas publicidades ante un pequeño grabador, como si estuviese en un estudio, mientras la mujer que atiende el negocio la observa con impaciencia. Creo que conozco a la chica. La mujer impaciente habla fuerte, acercándose adrede al diminuto grabador, y así estropea lo que la jovencita está grabando, como queriendo dejar en claro que ese no es un buen lugar para hacer su trabajo de radio. Me río y me pongo a bromear con la frustrada locutora, hasta que llega mi amigo Fernando y me comenta algo acerca del trabajo.

Estoy ahora en mi viejo espacio laboral, justamente, aunque todo es extraño. Hay una piscina, por ejemplo, en la cual los empleados pueden  nadar si no hace frío. Escucho a la gente hablar de cosas que no comprendo. Sí entiendo que estoy desempleado, que necesito conseguir algo para hacer, y me angustia la idea de no lograrlo. De pronto recuerdo que la chica que nos acompaña es directora de una radio. Me llama la atención no haberme percatado antes. Pero Fernando me indica entonces que no comente nada, y yo le hago caso. Me doy cuenta de que sí, me angustia no tener trabajo, pero también me desasosiega recordar lo que sufrí cuando dilapidé mis horas en un empleo que no me gustaba en absoluto. Pienso entonces en la brevedad del tiempo que corre, que estoy envejeciendo, y me pregunto qué es lo que hice hasta este momento de mi vida. Me pongo mal. Entonces me despierto.

La sensación es opresiva. Me siento en el borde de la cama y comienzo a vestirme. Me estoy poniendo los pantalones cuando entra mi mamá, con una taza de leche caliente. Le pido que haga silencio, pues Laura duerme a mi lado. Entonces ella me deja la taza y va a retirarse. Y es aquí, antes de dar media vuelta para después desaparecer, cuando me advierte: "Dos cosas antes de irme: No dejes de lavarte los dientes... Y tené presente la inexorabilidad de la vida."

Entonces comprendo que aun estoy dormido. Y me despierto, y ahí está  Laura, durmiendo a mi lado, y me pongo a llorar desconsoladamente, por la fugacidad de la vida, por mi papá que ya no está, por mi mamá que ya está grande, por el propio tiempo cada vez más escaso, y Laura me acaricia la cabeza y me consuela, cuando me despierto otra vez. Y sí, ahí está Laura, que todavía duerme ajena a todas mis experiencias oniricas, y se estira cuando siente que yo me muevo a su lado, y me pregunta si estoy bien, porque nota mi respiración agitada, y después se acurruca, y yo la abrazo. Pero sinceramente dudo si al fin estoy despierto o si continúo dormido. Instintivamente giro mi cabeza hacia la mesa de luz, donde acaso debería haber una pequeña taza con leche caliente. No está, pero eso no significa demasiado. Ya se sabe que en los sueños las cosas aparecen y desaparecen caprichosamente.

Me acerco al cuerpo tibio de Laura y lloro durante un rato, sin saber muy bien por qué razón, o sin querer saberlo, hasta que me quedo dormido de nuevo; si es que realmente he despertado en algún momento, claro está.

jueves, enero 03, 2019

El mismo nombre, otras personas

Veo al pasar algo en Facebook. Me llama la atención ver escrito mi nombre. No el mío, en realidad, sino el de alguien que ha sido llamado como yo, siendo otro, pero alcanza para que la curiosidad haga que me detenga a leer. Dice:

«La primera vez que lo conocí me dio un libro de retórica. He escrito bien: “la primera vez que lo conocí”, porque lo conocí muchas veces, sin llegar a conocerlo del todo cada vez. Germán era uno un día, otro un otro día —eso sin contar las noches— y uno no sabía a veces con cuál quedarse. La última vez que lo conocí, hace tan sólo unos meses, también me dio un libro, esta vez sobre filosofía del lenguaje. Era un buen libro, como todos los que, de una forma u otra, me dio a leer.»

Nada sé acerca de ese Germán. Bastante poco sé, de por sí, acerca de éste que esto escribe y transcribe. Pero me gusta esa idea de no ser nunca dos veces la misma persona. En realidad sucede todo el tiempo: no somos los mismos que fuimos hace un año atrás, ni tampoco los mismos que fuimos ayer, ni hace dos horas atrás. Darnos cuenta de la ocurrencia de estos cambios, y hacer algo a partir de ello, eso sí ya es otra historia.

viernes, diciembre 21, 2018

Sin título

Hay una inercia extraña
que me empuja hacia el vacío
al tiempo que otra fuerza incierta
-aunque podría ser la misma-
me conduce a una quietud
parecida a la nada.
Quisiera irme
pero al mismo tiempo
desearía llegar de nuevo,
comenzar otra vez desde el cero.
Sabemos que no es posible.
Entonces la inmovilidad se manifiesta
como la única alternativa que
aunque más no sea,
puestos ante la vieja disyuntiva
entre disolvernos o estallar,
nos promete al menos
un poco más de tiempo
para pensarlo.


miércoles, diciembre 19, 2018

Tiempo

No existe el futuro:
el tiempo no es más que
una serie de momentos presentes.
El pasado, en cambio, sí existe:
todo lo que vemos a nuestro alrededor
deviene de lo que ha sido.
Pero quien sea que haya vivido ese pasado
ya no está más entre nosotros.
De ayer a hoy hemos cambiado.
Ya no somos quienes fuimos.
Siempre somos el ahora.


Hay una paradoja con el tema del tiempo. Uno puede decir que el futuro, a diferencia del pasado y el presente, no existe porque es meramente ideal, ya que por definición se trata de lo que todavía no es, por más que se apuntale sobre lo que viene siendo. El pasado, en cambio, definitivamente ha sido... por definición. Pero esto supone afirmar que en rigor ya no es más; vale decir, que ya no existe. Unicamente podemos experimentar el momento presente. El futuro es un ideal y el pasado no más que recuerdos, generalmente desdibujados. Y si bien ambos se anclan al presente, uno todavía no es y el otro ya no es más. Pero entonces surge el otro problema: determinar la densidad del momento presente. ¿Cuánto dura el presente? ¿Un día, acaso? ¿Una hora, un minuto, un segundo?... Ha quedado demostrado que nuestra propia percepción del presente es irreal. Que cuando sentimos algo, por ejemplo, el impulso que ha causado esa sensación se ha disparado -tiempo pasado- un poco antes. ¿Medio segundo?... ¿Una décima de segundo?... Es curioso, pero siempre siempre siempre (¿es "siempre" una medida de tiempo?) es posible dividir por dos esa exigua parte que es el tiempo presente, como en la paradoja de Xenón, de lo cual resultaría que en verdad tampoco el presente existe más que como una idea, como una percepción. En realidad es probable que nada de todo esto importe demasiado. Son nada más palabras e ideas, que ya mismo se disuelven en el pasado.

martes, diciembre 18, 2018

Nuages


Nubes negras, allá lejos,
aquí cerca, tan cerca como dentro.
Y entonces no hay distancia
entre el cielo y el alma.
Por qué será que las nubes,
cuanto más oscuras más fuerte la metáfora,
han sido elegidas para simbolizar la pena.
Será acaso porque presagian lluvia,
o porque no nos dejan ver
con claridad el cielo.
Y sin embargo
el cielo oscuro también es cielo.

Hay días que son esto.
Días en que el cielo se derrumba
o acaso uno cae hacia el firmamento.
Las nubes son como fantasmas.
Será mejor no tentarse,
jamás intentar semejante vuelo.
No valdría la pena.
Salgamos mejor a caminar,
o intentemos exorcisar la pena así,
con una fotografía
y un repentino rejunte de palabras.

domingo, diciembre 16, 2018

Sin título

No hay nada.
Absolutamente nada.
Excepto lo que uno imagine que hay.
Así y todo, entonces, lo que haya
será siempre apenas eso:
una mera ilusión.
Hoy de nuevo llueve.
Hoy de nuevo la vida
se disuelve en un mar de niebla.
Hoy de nuevo no hay nada,
excepto ilusiones pasajeras.
Mientras tanto, la vida se pasa.
Estoy cansado de que la vida
sencillamente transcurra sin sentido.
Sin sentido.
Sin sentido.

lunes, diciembre 10, 2018

Nocturno

La noche transcurre otra vez
enigmática, inconmovible,
y otra vez pone de manifiesto
el insondable misterio de la vida.
Suena un concierto de Vivaldi.
Pero aquí solo estoy yo para escucharlo.
Solo yo, en medio de la noche,
en medio de tantas vanas soledades
anónimas, imaginarias o reales.
Hoy no hay nadie más aquí.
Solamente Vivaldi,
el tiempo que transcurre
y estas palabras que escribo
mientras la noche se lleva
los sueños de los anónimos seres
a un sitio del que nada sabemos.

domingo, diciembre 09, 2018

Lluvia 181209

Llueve. Milagrosamente llueve.
Pero debería caer un diluvio,
llover torrencialmente durante
días, semanas, meses enteros,
para lavar todo el desencanto
que enchastra la faz del mundo,
y de seguro también sus entrañas,
repletas de humanidad y heces.
Solamente el arte o el amor
serían capaces de redimirnos.
O una lluvia interminable
que disipara el horror
de no saber cuál sea el fin,
ni el principio, ni el propósito
de todo cuanto nos rodea,
ni de nosotros mismos.

miércoles, noviembre 28, 2018

Insomnio 181128

Cuatro de la madrugada.
Angustias y poemas viejos.
Insomnio, algo como una náusea,
un mal contenido enojo,
y el secreto deseo de que la noche,
pese a todo, no se termine nunca.
Suena un laúd: es una sonata
de Silvius Leopold Weiss.
Me hace daño saber que
la mañana llegará pronto
y destruirá este bello silencio.
¿Por qué será que nada perdura
en las movedizas arenas
de esta vida fugaz e incierta?


domingo, noviembre 25, 2018

Sueño 181124

Estoy despierto. Me quedo dormido de nuevo. Sueño entonces que alguien pasa una misteriosa hoja de papel por debajo de la puerta de mi departamento. Al parecer es una hoja arrancada de un cuaderno, y tiene algo escrito con una caligrafía irregular y tinta negra. Intento leer lo que dice. Pero justo en ese momento me doy cuenta de que ese papel no existe, que lo estoy soñando.

Cuando uno se da cuenta de que está soñando, ¿está más cerca de estar dormido o de estar despierto? Tal vez no sea ninguna de estas dos cosas, sino un espacio intermedio, distinto.

Lo cierto es que en ese momento me doy cuenta, y sé que estoy soñando, pero de todos modos siento la fuerza de mi propia curiosidad. ¡Quiero saber qué es lo que dice ese pedazo de papel!... Me esfuerzo en mi intento por enfocar las palabras escritas y comprenderlas. Entonces me río, y me termina de despertar mi propia carcajada.

Es que, en medio de ese extraño estado en el cual no estamos ni dormidos ni despiertos, acabo de comprender que ese papel sólo puede tener escrito lo que yo quiera que diga. Soy el único que podría poner en él un contenido, porque nuestros sueños somos nosotros mismos. Ni más ni menos. Y a pesar de todo, sin embargo, no he logrado despegarme del todo de la duda. ¿Qué hubiese dicho ese papel si yo hubiese logrado leerlo en mi sueño?...

jueves, noviembre 22, 2018

Rain

Ryouu, reiu, kanu,
hisame, shun rin, nagame,
inrin, tenkyuu, yuudachi...
Dicen que los japoneses tienen
al menos cincuenta palabras
diferentes para designar la lluvia.
Que no es lo mismo la llovizna
en una tarde fresca que un diluvio,
ni la lluvia nocturna enmarcada
por fulgurantes relámpagos que
aquella que da lugar al arco iris.

Durante mucho tiempo la lluvia
significó para mí un desasosiego,
la incertidumbre de una herida abierta,
la marca de un abandono.
Con el tiempo las cosas cambiaron.
Una lluvia tenue ocupó el lugar
que antes solía tener el aguacero.
Otros sentidos llegaron al mundo,
otra vida, otras luces, colores nuevos,
y hubo inexplicables encuentros,
y también hubo despedidas.

Llueve, de hecho; ahora mismo llueve,
pero mientras escribo me doy cuenta
de que esta lluvia no es trágica
ni está anegada de olvidos.
Tal vez apenas una incierta melancolía.
Que vos no estés ahora aquí, por ejemplo,
o el rumor de una memoria que dice
que tanta lluvia fue necesaria para
lavar todas las heridas del alma.


Serían necesarias tantas palabras,
en todo caso, para describir la belleza
de este inasible instante,
de este momento eterno.
Entonces, diría acaso Wittgenstein,
ante aquello que no es posible decir
quizás lo mejor fuera callarse.
Callar y contemplar, en silencio,
la lluvia que cae, el cielo interminable,
el recuerdo de tus ojos,
más allá de cualquier nombre.

Y sin embargo, en silencio, digo tu nombre.


viernes, noviembre 16, 2018

Zapatillas y sillas de ruedas


A veces un día cualquiera puede convertirse en un día especial por motivos extraños. Por ejemplo, hoy podría ser un día especial por el sencillo hecho de que hoy vendí la silla de ruedas que fue de mi padre. Esa silla de ruedas que yo mismo me encargué de comprarle, cuando comprendimos que ya no volvería a caminar como antes. Alguien más, de quien jamás sabré ni quiero saber nada, se sentará a partir de mañana en ese mismo asiento de cuerina reforzada que mi padre ocupó, al menos  durante un tiempo, y después de ese tiempo ya no más, y después quién sabe. Y mientras tanto la vida sigue. Para quienes van quedando, claro está.

En un día cualquiera, como puede ser el de hoy, es posible sentir emociones mezcladas, como enojo, impotencia y nostalgia a la vez. Un enojo contenido, porque sé que esa silla fue en algún momento, para mi padre, el símbolo inequívoco de su decadencia física, tanto como sé que por eso mismo él en algún momento la detestó. Y tal vez a mí, por habérsela comprado. Impotencia por razones que son más que obvias. Es al fin y al cabo el sentimiento mas legítimo que un mortal puede tener ante la evidencia de su finitud, de la finitud de todo. Y nostalgia porque, más allá de cualquier consideración, esa silla no dejaba de ser uno de los últimos rastros que quedaban de él. Y sin embargo, qué otra cosa podría haber hecho. Qué sentido hubiese tenido conservar ese penoso rastro si la persona en cuestión ya se ha ido. Aferrarse a qué.

Rastro penoso. Pero rescato de esa silla de ruedas momentos y aprendizajes. La curiosa circularidad de la vida, por ejemplo, que comprendí al cruzarme una y otra vez con jóvenes padres y madres llevando sus propias sillas de ruedas, ya no con ancianos, sino con sus pequeños hijos. Imagino que quizás alguna vez mi padre me habrá llevado en una de esas. Tal vez el día de mañana le toque a mi hija hacer otro tanto conmigo.

Entonces, también me toca agradecerle a la vida que me haya dado la oportunidad de haber llevado a mi padre en esa silla, haber compartido a través de ella momentos (breves, siempre todo en la vida es demasiado breve), y haber sido el responsable de conducirlo en sus últimos días, con todas las contradicciones que ello supuso.

Ahora miro hacia abajo y veo mis zapatillas. Las zapatillas que llevo puestas, que hasta hace poco fueron suyas. Son las mismas zapatillas que él solía usar cuando yo lo llevaba en su silla de ruedas. A diferencia de la silla, voy a conservarlas. Y voy a usarlas hasta que ya no den más. Para que de alguna manera, símbolo vano pero símbolo al fin, mis pasos sean sus pasos, al menos durante un tiempo. Y después quién sabe.

lunes, noviembre 12, 2018

Grietas




















Siempre me he preguntado
por qué una grieta se abre allí,
precisamente donde el material se quiebra
y no en otro sitio cualquiera,
qué determina el caprichoso dibujo,
o si el mismo no habrá estado allí
mucho antes de ser visible,
antes del amarillo pero inclusive
antes del gris, y me digo
si no sucederá igual con las grietas
-las tuyas, las mías, las de todos-
que van marcando nuestras vidas.

(Foto: María Teresa Cibils)

lunes, octubre 22, 2018

Hacia la nada

Me voy perdiendo de a poco
Me voy extraviando
Muy lentamente
Tan lentamente que
Bien podría engañarme
Decirme a mí mismo que no
Que esto no está sucediendo
Que esto simplemente no
Mientras me sigo adentrando
En este bosque tan oscuro
Desconocido y gélido
Extrañamente silencioso
Aunque en él resuenen mil voces
Imprecisas, insistentes
Como ecos de algo que nunca fue
Y sin embargo
Estoy aquí
Todavía aquí
Aunque no sepa dónde
Ni por cuánto tiempo
Por cuánto tiempo yo
Por cuánto tiempo aquí
Y después, que quedará después
Cuando ya no sea
Cuando nada ocurra
De a poco me voy perdiendo
Creo que esto ya lo dije
Puede ser que lo haya dicho
Hasta que un día por fin será cierto
Y que sucederá ese día en el cual
Finalmente se ahoguen todos los gritos
Y todas las preguntas
Y todas las posibles respuestas
Pierdan todo sentido
Y ya no logren encontrarme
Seguramente no importará
Carecerá de cualquier importancia
Pero no deja de darme pena
Una pena tan enorme ahora mismo
Pensar en ese triste, horroroso
Solitario momento.

miércoles, octubre 10, 2018

Poeta maldito

El dolor, considerado en sí mismo,
es una forma particular de la poesía.
Una forma perversa, quizás.
Pero gracias al dolor
el hombre conoce que existe,
que todavía está vivo,
que aunque parezca imposible
siempre puede ser peor;
o lo que es más grave:
directamente no ser.
Bendito sea el dolor, entonces;
este dolor maldito
que nos aborrece o nos ama,
vaya uno a saber,
que esos asuntos en ocasiones
no resultan del todo claros.

El dolor es, entonces, una de
las oscuras formas de la poesía;
ya ha sido dicho más arriba.
Pero no termina allí el asunto,
pues una cosa es sentir el dolor
y otra muy diferente poder decirlo,
acomodarlo en palabras,
exorcizarlo a través del
ejercicio extraordinario
del verbo para luego
volver a hacerlo carne,
que allí es donde arraiga
todo dolor que de tal se precie.

Entonces resulta que
el dolor del poeta es mayor
al de cualquier otro infeliz mortal.
Pues por un lado sufre
como un hombre cualquiera,
pero además sabe
que por mucho que la palabra
le ofrezca convertir todo
su mal en belleza,
al mismo tiempo no existen
palabras que le permitan
expresar aquello que
verdaderamente siente
en el fondo oscuro del alma.

domingo, septiembre 23, 2018

Ese extraño cielo


Ese extraño sol
ese extraño cielo
que venimos viendo
desde hace ya cuánto
cincuenta años
medio siglo
veinte mil días
o acaso no lo hayamos visto
realmente nunca
sino hasta ayer
tan cercano
tan inalcanzable
tan sutilmente íntimo
tan abrumadoramente bello
tan indescriptible
como este fugaz instante.

jueves, septiembre 20, 2018

Dos fantasmas

Entonces ¿hoy sos solamente esto? ¿Apenas un añorado fantasma? Pero no, no te sientas mal por lo que te digo. No te aflijas, porque todos somos fantasmas, en alguna medida. En la medida de nuestras muertes, por supuesto, pero también en la de nuestras vidas. Fijate, por ejemplo, en esta vieja fotografía, desde la cual alguien que alguna vez fuimos, pero que definitivamente ya no somos, de pronto nos observa, y acaso hasta nos sonríe. Mirá y decime ¿quién es realmente ese extraño? Ese que se nos parece, ese que alguna vez fuimos, pero ya no más. Ese que ahí, en la fotografía, todavía está dispuesto a hacer cosas que a nosotros hoy nos avergüenzan. ¿En qué medida nos representa esa persona? ¿Acaso volveríamos a hacer lo mismo que él hizo una vez, lo que todavía está dispuesto a hacer, o intentaríamos hacer todo -o casi todo- de una manera diferente?

Te estoy hablando a vos, pero en realidad me hablo a mí mismo. Ya ves, entonces, hasta qué punto los dos somos fantasmas, en definitiva. Cierto es que de maneras distintas, al menos todavía. Pero mirá esta otra foto, desde la cual vos y yo me miran: ese vos que una vez fuiste, ese yo que una vez fui... En la foto los dos somos fantasmas de un mismo modo, ¿te das cuenta? Pero entonces me termino preguntando si al fin y al cabo no seré acaso yo mismo un espectro. Es posible que lo sea, en alguna medida. Te confieso algo: a veces dudo de que yo mismo sea todavía alguien real. Solamente es cuestión de tiempo. De tiempo, de recuerdos y de olvido. Mientras tanto te extraño y quisiera beberme todo lo que queda de la vida en un atardecer eterno, en un beso interminable, en una siesta de amores que no se acabe jamás, en un reloj que de repente se detiene, aunque nunca sea del todo cierto. El misterio, eso es lo único que permanece y nos trasciende.

martes, septiembre 18, 2018

Sueño 20180918

Hace justo tres años.
Hace justo dos meses.
Y justo anoche te soñé.
Recién anoche conseguí soñarte, de hecho. Como si de nuevo hubieses estado aquí, al menos por un rato. Estabas sentado a la mesa, con tu campera polar roja. Más joven que cuando te fuiste, pero visiblemente abatido. Te abracé, sabiendo que en verdad estabas muerto, pero como sin querer saberlo. Me sorprendió descubrir que podía tocarte. Te pregunté qué te pasaba, por qué estabas triste. Me contestaste que todo el tiempo esperabas estar un par de horas con nosotros. Que ese tiempo se te pasaba cada vez más rápido. Y después de vuelta la espera, una espera interminable. Después me desperté. Quise volver a dormirme, pero no pude.
Te extraño tanto. Y me faltan las palabras.

viernes, agosto 24, 2018

Fotografías y encuadres


Observo mi foto una vez más. Mi foto por partida doble, porque fui yo quien la tomó, y es mi rostro lo que la fotografía muestra. En realidad muestra a la persona que fui en el momento en que la foto fue tomada. Cosa curiosa lo de la temporalidad de la fotografía: siempre que hay una foto aparecen implicados el presente y un pasado. Ahí estoy yo, siendo mirado desde un presente tal como fui visto a través del lente de una cámara en ese tiempo pasado. Un yo dividido, o acaso multiplicado, como en un complejo juego de espejos y simultaneidades relativas. Allí está el yo que fui, siendo observado desde un hoy que para quien mira a cámara era una abstracción, como lo sigue siendo para nosotros cualquier futuro que, por definición, aún no haya llegado. Allí está el yo que fui, mirando a cámara, acaso sin sospechar que esa foto se convertiría con el tiempo en algo tan especial. Quizás algo sospeché; pero si de verdad hubiese sabido, me hubiese ocupado de darle a mi cara una expresión diferente, más interesante, más digna de quedar fijada en el tiempo. Pero no lo supe. Por lo general ese es el problema: no solemos saber las cosas en el momento en que deberíamos ser plenamente concientes de ellas.

Es curioso: las fotografías son importantes por lo que muestran, como resulta razonable, pero también pueden serlo por lo que ocultan, por lo que queda afuera del encuadre. En este caso, el protagonista de la foto aparento ser yo. Pero se trata solamente de eso: de una apariencia. Porque en realidad estamos hablando de un fragmento de una fotografía más extensa. Vuelvo a mirarme. Noto que no sonrío. Aunque tampoco aparento estar triste. No alcanzo a descifrar cuál es la expresión que podría transmitirme el rostro que veo si no supiese que es el mío. Tal vez porque no logro despegarme de las sensaciones, todavía presentes, que tuve al momento de tomar la imagen. Detrás de mí se alcanzan a ver las ramas desnudas de un árbol de Plaza Irlanda. También parte de algunas otras copas, por el contrario, frondosas, de un par de ejemplares perennifolios. Me causa gracia el término, de pretensiones académicas; pero es así como se dice. Puede verse además una columna de alumbrado, y un poco más atrás, si uno presta suficiente atención, la esquina de un edificio, donde seguramente otras gentes, con otras preocupaciones, otros pensamientos, otras historias, estarían viviendo sus vidas, tan ajenos ellos a mí como yo a ellos. Recuerdo que era una tarde particularmente gris, de bastante frío, y amenazaba llover de un momento a otro. El cielo que alcanza a verse lo testimonia.

Se trata de una foto ciertamente especial para mí. Pero entonces, de nuevo: su importancia no radica tanto en lo que se ve, como en lo que no alcanza a verse. Porque en realidad, vuelvo a decirlo, si esta foto se hubiese dejado completa no me mostraría solamente a mí. Y entonces la metáfora, porque lo cierto es que la otra persona aparece ausente. Ausente en este recorte de mi fotografía, pero también ya definitivamente en el mundo. Y sin embargo está a mi lado. En la fotografía, quiero decir, si uno la viese completa. ¿Cabría tal vez pensar que de igual manera podría estarlo en el mundo, invisible pero presente? Es imposible verificarlo. ¿Será verdad eso que dicen, que existe un cielo místico al cual van a parar las almas de quienes mueren? Definitivamente es una idea que suena demasiado extraña para mí. Pero no más extraña que la hipótesis que asegura que la muerte supone sencillamente el desvanecimiento de quienes somos en la más absoluta nada.

Así las cosas, la foto, editada de esta manera, cumple el objetivo de recordarme a mí mismo estas posibilidades. La idea es que me diga que tal vez (nótese que he escrito "tal vez"; no más que eso, aunque tampoco menos), así como no se ve a simple vista que en la fotografía en realidad no estoy solo (...que la persona fotografiada no estaba sola en el momento de haberse hecho la toma), acaso algo similar podría suceder asimismo en la realidad el mundo.

Finalmente, esta foto del que fui aparece montada arriba de otra fotografía. En esta segunda imagen no se ve a nadie. Es tan solo un sector de campo, con algunas hojas y un par de troncos en primer plano, fotografiado el conjunto durante una tarde de copiosa lluvia. En la fotografía no aparece nadie, pero también en este caso la verdadera importancia de la foto no tiene que ver con lo que se ve, sino con lo que está presente del otro lado del lente. Es la fotografía de un momento, de una situación, de una compañía, de un nacimiento, de una esperanza, de algunas promesas. Solamente quienes estuvieron allí pueden comprender lo que no aparece en la foto. Y para quien estuvo, tal vez sea cierto que una imagen vale más que mil palabras. Y es por eso que ambas fotografías aparecen juntas en un preciso momento, en un presente que ya es pasado, y sin embargo persiste.

miércoles, agosto 22, 2018

Alienaciones

I.
Me mirás con extrañeza
como si estuvieses detrás de un espejo,
como si razonablemente aguardaras
que de mi boca saliesen palabras
que viniesen a explicar algo,
que echasen un poco de claridad
sobre una situación imprevista.
Pero no. Se terminó mi verborragia.
Este soy yo detrás de mi silencio.
Soy yo, intentando decir cosas
que simplemente no pueden ser dichas
pues solo puede decirse lo que se conoce
y el mundo entero se ha convertido de pronto
en una dimensión hostil e incomprensible.

II.
Inmóvil como un gato
como un gato inmóvil
que pacientemente acecha
como si fuese un ratón
a la ineludible muerte
acechador acechado
así estoy yo
atento
vacío
pendiente de una ventana
mientras sospecho que
la muerte llegará
a través de la puerta
a mis espaldas
y sin embargo
no consigo voltearme
permanezco inmóvil
y sencillamente aguardo
lo inevitable.

III.
Qué sucede que se me han
escapado las palabras y las horas.
Dónde se ha ido el niño que fui,
el padre que iba a ser, el hijo,
los primeros besos, los amores,
las esperanzas de un futuro elusivo
que no llegó a ser y sin embargo
ya no es futuro, pero tampoco
pasado, presente, ni nada.

IV.
Henos aquí.
En este momento somos.
Menudo descubrimiento:
es evidente que somos.
De lo contario ni siquiera
podríamos estar diciendo esto.
Y sin embargo el dilema es otro:
no se trata de ser o no ser
sino de intuir qué cosa somos,
de dónde es que venimos,
y hacia dónde vamos
o con qué propósito.
Todos esos interrogantes
tantas veces vanamente repetidos
para los cuales no existe respuesta.
Es posible que no seamos más
que algo que viene de la nada
y se dirige hacia otra nada.
Apenas ese mientras tanto.

V.
Que la noche dure,
que dure la noche,
que extienda su manto
de quietud y silencio
sobre el alma dormida del mundo
al menos para que yo pueda
seguir escribiendo palabras.

martes, agosto 07, 2018

Reflexiones

Leo: "Cada quien es el último testigo de cosas, hombres, vivencias, que desaparecerán ineludiblemente con él, pues después ya no habrá nadie más que los retenga en lo real. Un pasado que ya no sea recordado no existe. De este modo la realidad se desliza fuera de la realidad. Y sin embargo no se puede decir que el desierto crezca, pues surge nueva realidad allí donde la antigua se escurre y desaparece sin remedio."

Pienso que esto último no me sirve de consuelo. Y también que sólo necesita consuelo quien espera algo diferente de que le es posible alcanzar. De modo que simplemente soy tonto. Además de ignorante. Hombres fáusticos, eso somos. Me pregunto si serlo -o si hacerme tantas preguntas- estará inscripto en nuestra naturaleza. O si será posible hallar otros rumbos.

Hay una nube en el cielo.
Una hermosa nube
que se recorta con nitidez
en el fondo de un cielo límpido.
A los pocos minutos se desvanece.
La nube persiste en mi recuerdo un tiempo,
algunas horas, algunos años.
Finalmente también el recuerdo se desvanece.

¿Cuál habrá sido el sentido de la existencia de aquella nube, que curiosamente no llegó a plantearse nunca el sentido de su propia existencia? Y si yo no hubiese levantado la vista al cielo aquella tarde, y nadie más la hubiese visto... ¿la nube así y todo hubiese existido? ¿Hay manera de saberlo? Acaso hubiese habido de todos modos nube. Pero no sentido, ni tampoco preguntas, ni recuerdos, ni palabras.


jueves, agosto 02, 2018

Fugacidades

No existe Dios.
Quizás haya muerto,
o tal vez nunca existió,
o acaso decidió dejarnos
librados a nuestra suerte.
El asunto es que no hay Dios,
y por ende tampoco un sentido,
excepto aquel que logremos
proporcionarnos nosotros mismos.
Nosotros, inventores de los dioses,
los sentidos, la moral y las leyes,
todo ello tan falaz y fugaz
como nosotros mismos,
y sin embargo.
El amor y la poesía nos desmienten,
por más que también efímera sea
la frágil naturaleza de estas cosas.
Una melodía suena en alguna parte.
Es la Meditación de Thaïs, de Massenet.
Pero ya es apenas su recuerdo.
Fugacidades. Instantes inasibles.
Y sin embargo somos tan reales.
Eso somos: apenas un mientras tanto.

jueves, julio 19, 2018

Despedida

Llueve.
No podría haber sido de otra manera.
Llueve y vos ya no estás para ver esta lluvia.
Para decirme 'andá con cuidado'.
Para apretar mi mano y sonreirme.
Y tu ausencia es tan absurda
que me resulta inaceptable.
Cómo es esta mierda de que ya no estás.
Adónde se supone que te has ido.
Y sin embargo, yo vi tu cuerpo,
tu cuerpo sin vida y sin aliento,
sin ánima, porque ahí vos ya no estabas.
Ahí ya no estabas, pero entonces adónde.
Te fuiste despidiendo de a poco,
día tras día, durante largos meses,
pero no pudiste decirnos adónde irías.
La última vez que estuve con vos
aún respirabas, pero ya no podías hablar.
Hablé yo. Te dije mil cosas.
No sabré jamas cuáles habrán sido
tus últimas palabras lúcidas.
Pero sé cuáles fueron las últimas
que te pude decir yo:
"Regreso mañana".
Eso te dije, acariciando tu cabeza blanca.
"Pero si tenés que irte antes -añadí-,
llevate con vos todo mi amor".
Eso te dije. Y cuando volví por la mañana
ya habías partido.
¡Ay, si comprendiéramos las cosas a tiempo!...
Estés adonde estés quiero que sepas
que mi amor está con vos.
Ojalá volvamos a encontrarnos.


lunes, julio 16, 2018

Sueño 180716 - Los mortales

Ibamos caminando por un paraje extraño, nocturno, como al costado de un bosque, que permanecía iluminado por cientos de velas encendidas. Esto sucedía en un tiempo posterior al tiempo de los hombres, aunque todavía quedaban restos de la antigua civilización. Yo iba acompañando a un ciego, un sujeto entrado en años, pero de gran porte y aspecto importante. Yo venía a ser algo así como su lazarillo, pero era él quien conducía el rumbo. Sospeché que su ceguera no era total; que acaso era un ciego con cierto don de videncia, como el legendario Tiresias.

En cierto momento nos cruzamos con dos varones que nos preguntaron con tono severo adónde nos dirigíamos. Yo les mostraba un mapa, creyendo que tal vez ellos podrían revelarme cuál lugar era aquél. Uno de esos hombres me dijo entonces que los mapas ya no servían, pues no había ningún sitio al cual todavía se pudiese ir. Me pareció que aquellos personajes nos miraban con cierto recelo, y algo debió haber notado también el ciego, pues retomando decididamente el paso comenzó a avanzar, diciendo que debíamos irnos de aquel lugar. Cuando lo alcancé, ya estaba hablando con un tercer hombre, que le daba indicaciones para llegar a alguna parte:

- Si siguen derecho van a encontrar un río, y poco después dos estatuas enormes que flanquean el camino...

Los dos hombres a los que les había mostrado mi mapa nos habían seguido a cierta distancia y también ellos escuchaban la conversación. De repente una mujer se acercó y dijo que lo mejor sería que nos quedáramos en aquel lugar, pero lo hizo con una intención que me pareció dudosa. Y debió de parecerme bien, porque lo siguiente fue que los hombres agarraron con fuerza al ciego, y luego alguien que parecía ser el que mandaba en aquel lugar, a quien desde aquí llamaré "el monarca", ordenó que se lo llevaran, no sin añadir que más tarde iban a decidir si lo ejecutaban a él o a otra persona que también tenían prisionera.

Al escuchar esto protesté. Al parecer en aquel sitio había tenido lugar un crimen, y por ende debían castigar a alguien. Pregunté entonces qué pruebas tenían en contra de aquel ciego.

- Todos los hombres son culpables de alguna cosa o bien están destinados a serlo -fue la ambigua respuesta del monarca.

- Pero ustedes estarían convirtiéndose en culpables si mandan matar a un hombre que todavía no ha hecho nada -atiné a responder yo.

- Eso es muy cierto -concedió el monarca, tras un segundo de vacilación. Pero en todo caso ese será un asunto del que vamos a ocuparnos en otro momento.

Al comprender que mis intentos por hacer entrar en razones a aquellas personas serían vanos, me puse a vociferar:

- Al fin y al cabo esta vida es pura mierda. Y todos estamos en lo mismo, no importa si somos monarcas o pobres vasallos. Comemos y cagamos, nos vamos a dormir, nos despertamos, y así siempre, hasta que un buen día nos encontramos con la muerte. De vez en cuando copulamos, tenemos hijos, nos reproducimos y después nos morimos. O nos matan. Y nada de todo eso importa.

Yo sabía que estar gritando todo eso allí, en presencia del monarca, podía redirigir su enojo fulminante hacia mi persona. Y sin embargo me sentía al mismo tiempo impune, con la impunidad que a uno le da el saber que de todos modos ya no se tiene nada por perder. Pero igual me terminé retirando de la escena para llorar, no sé si por la suerte que iba a correr el hombre ciego, o por la que nos toca correr a todos nosotros, los mortales.

miércoles, mayo 30, 2018

Solados II

Una vereda salpicada de hojas secas
Cuántos pasos habrán gastado estas baldosas
Y cada paso es parte de una vida y de una historia
Una pequeña parte que tal vez haya
transcurrido ajena para su propio protagonista
Cosa curiosa: en ocasiones somos
desconocidos y extraños
incluso para nosotros mismos.
Pero volvamos a este suelo,
a esta vereda y a estas hojas,
a este pedacito de historia y de presente.
Quién es éste que recorre ahora mismo
otra vez, de nuevo
o acaso por primera vez
este rincón del mundo
salpicado de hojas secas,
rumiando palabras en su mente
-improbable poeta-
pensando en un pasado irremontable,
como todo tiempo pasado,
mientras transcurre el presente.

martes, mayo 29, 2018

Solados I - Pisar en firme

Un piso. Pisar en firme, pues.
O suponerlo, al menos, ingenuamente.
Y decidir entonces si pisar las líneas
que separan una baldosa de otra,
o si mejor no hacerlo.
Y comprender de pronto que
en verdad no hay ningún piso firme,
y que podemos quedarnos parados
tanto como caminar, correr, saltar, flotar, volar.
Que somos hojas arrastradas por el viento.


miércoles, mayo 16, 2018

Carta a mi padre

Podrías haber sonreído,
para luego dar media vuelta
y entonces caminar
lenta pero decididamente
hacia algún lugar sin nombre.
O bien podrías haber corrido
para arrojarte hacia el vano
de aquella puerta que acaso
se hubiese cerrado brutal
y estrepitosamente detrás tuyo
como una piadosa trompada.
Y es que hay muchas maneras de irse.
Hay muchas maneras de decir adiós.
También está este modo,
de irse sin irse definitivamente,
de estarse yendo, pero
permaneciendo al mismo tiempo
con una actitud pertinaz, empecinada,
como quien decidiera
dejar de ser y seguir siendo,
aunque en los hechos ya no seas vos
sino otro, alguien parecido quizás
a la sombra de quien solías ser,
y sin embargo, y sin embargo...
Y acaso esta sea la manera más cruel de irte
porque uno en definitiva desconoce
si el adiós ya ha sido, o si aún está pendiente,
o cuál habrá sido tu último gesto lúcido,
cuál la última mirada en la que
realmente me hayas reconocido
y hayas sabido que tu hijo estaba allí,
a tu lado, acompañándote.
Hay un extraño momento en el cual
dejamos de ser aunque sigamos siendo.
Y yo no sé, no sé, no sé
si todavía seguís siendo realmente vos
o si ya te has ido y hoy sos otra persona;
no sé si tu adiós acaso tuvo ya lugar
sin que siquiera nos hayamos dado cuenta,
y entonces cuál habrá sido tu última mirada clara,
cuál la última vez que me hayas visto verdaderamente.
Tal vez aquella tarde en Plaza Irlanda,
cuando observamos aquel jacarandá todavía florecido
y un pájaro carpintero bajó, y anduvo cerca nuestro
picoteando el suelo a un metro de donde estábamos.
- Mirá vos qué atrevido, comentaste.
Y después me dijiste otra vez de tu amor
y me pediste que te llevara de regreso
a ese lugar en el cual no querías estar,
que de algún modo se había convertido en tu casa.
Has dejado detrás tuyo los recuerdos,
las enseñanzas, la compañia,
tu mano todavía grande y fuerte
tomando mi mano todavía pequeña,
y yo sé que nunca nunca nunca
vas a poder leer estas palabras
que forman parte de un exorcismo
misterioso pero necesario,
aunque acaso de algún modo logres saber
lo que yo necesito que sepas.
Y todavía no sé si ya ha tenido lugar o no
el último adiós a quien solías ser otrora;
quiero creer que todavía no te has ido;
quiero creer que de un modo u otro
no vas a irte jamás.


viernes, abril 27, 2018

Nosotros

Compartamos, amada mía.
Compartamos la piel, el amor, los sueños,
compartamos los goces, los amaneceres, los ocasos,
Compartamos las horas simples, también las otras,
compartamos la mesa, el sillón, la almohada,
aquella emoción, esta risa, esas lágrimas,
compartamos las comidas, un café, un helado,
los viajes, las lluvias, el sol y el aliento.
Pero compartamos, sobre todo, las ganas
de continuar construyendo juntos
y de seguir compartiendo.

jueves, abril 05, 2018

Poema para Laura


Cuántos atardeceres, cuántos ocasos,
cuánto estío que llega a su fin,
cuántos días concluyen de esta manera,
como si nunca hubiesen pasado.
Y vos que estás lejos,
o al menos no estás aquí conmigo,
tal vez estés mirando ahora mismo
a través de otras ventanas
otros paisajes, otros horizontes,
otros árboles, otros pájaros,
el mismo sol, si es que acaso
realmente es el mismo ese sol,
cayendo en este mismo cielo
que compite por ser más
profundo y bello que tus ojos,
por supuesto, sin lograrlo.
Pienso en vos, ya lo ves.
Te pienso para hacerte presente.
Quiero que el alba vuelva a encontrarte
una vez más aquí a mi lado,
tu cabeza descansando sobre mi hombro,
mi mano apoyada en tu muslo desnudo.

sábado, marzo 31, 2018

Como un niño tengo miedo

Hoy me atrevo a confesarlo
tengo miedo
como un niño tengo miedo
de tantas cosas que no entiendo
tengo miedo de fracasar
de salir a la calle solo
miedo de que no me quieran
miedo de que dejes de quererme
miedo de no poder
hacerle frente a la muerte
en esa hora fatal que
el poeta describe como la tragedia
de la vida que concluye
sin que uno haya vivido
tengo miedo y lo confieso
y eso es lo único que me salva
de ser un completo cobarde.


sábado, marzo 24, 2018

Poema sin título

Llueve, torrencialmente llueve.
Y por alguna razón me regocijo con la lluvia,
con este diluvio que cae desde el cielo oscuro,
atravesado cada tanto por refucilos
que desgarran la noche por un instante.
Y todo sucede como si no hubiese un mañana,
o como si de repente no importara,
y tal vez en verdad no importe.
Abro la ventana y salgo al balcón;
la lluvia me empapa.
Entonces abro mi boca y bebo,
dejo que la lluvia entre en mi cuerpo
y tal vez sueño con que ella tenga el poder
de lavar algo de todo lo que está mal en el mundo.
Aunque no creo que sea posible,
es solamente lluvia, al fin y al cabo.
Y sin embargo
qué es este torpe remedo de bautismo,
de qué indecible crimen intento redimirme,
o se tratará acaso de un vano intento
por limpiar toda la imperfección
que me hace humano,
como si hubiese tenido
la posibilidad de elegir ser
alguna otra cosa distinta de esto que soy,
inútil sacerdote de una religión que no existe.

jueves, marzo 08, 2018

Poema sin título

Hoy estuve dando vueltas todo el día.
No sé bien qué andaba buscando,
si es que acaso buscaba algo.
Pero en todo caso no lo encontré,
y regresé a mi casa, a mi pequeño
monoambiente alquilado,
con las manos vacías.
Ahora es de noche y salgo al balcón
acompañado por un pote de helado
y de repente las cosas parecen
tener un incierto sentido.
Un sentido que no comprendo,
por supuesto,
pero un sentido al fin.
Observo las luces de la ciudad,
un par de siluetas que se mueven
detrás de ventanas lejanas.
Allí está la gente,
cada persona una historia,
algunas esperanzas,
un montón de miedos,
de secretos, de soledades.
Y aquí estoy yo en mi balcón,
con mi pote de helado.
Una silueta más,
para quien esté observando.
Si es que acaso alguien más,
en toda esta ciudad adormecida,
repentinamente calma,
ocupa su tiempo en observar el mundo,
o en intentar comprenderlo.
Quién sabe si entre tanta soledad
alguien no será capaz
de encontrar alguna razón de ser,
alguna respuesta, algún motivo.

martes, enero 16, 2018

Tiempos y olvidos

Aunque no lo recordemos, y puede que hoy hasta nos parezca improbable, hubo un tiempo en el cual no teníamos nada por recordar. Hubo una época de nuestras vidas en la cual éramos libres, porque no teníamos la necesidad de mirar hacia atrás, y tampoco hacia adelante. Solamente existía el aquí y el ahora. Vale decir... el allí y el entonces. Ya ves, precisamente de esto es de lo que hablo. Un día nos dimos cuenta de que existía el tiempo, y fue entonces cuando perdimos nuestra inocencia. Nos empezamos a preocupar por el futuro, por nuestros ocasionales olvidos y por los rastros que dejamos detrás nuestro a la manera de una historia. Sin darnos cuenta de que en realidad lo preocupante fue habernos olvidado de estar atentos a nuestro presente.


lunes, enero 01, 2018

Vastedades y cegueras

Nos encontramos aquí, a la sombra de un olvido.
Y nosotros mismos no sabemos qué,
pues también hemos olvidado.
Y no se trata de buenas voluntades.
Por más que estuvieses ahora mismo aquí,
acodada en la baranda de este mismo balcón
y pudieses contemplar este cielo eterno,
majestuoso, inalcanzable, sembrado de estrellas,
no podrías sentir el abismo que yo siento
ni comprender la fuente del manantial
que de pronto se abre en mis ojos,
y no es angustia, ni tan siquiera pena,
sino solo esta indecible sensación
de vastedad infinita y la conciencia
de nuestra frágil naturaleza.
Miro de nuevo al cielo y me pregunto
cómo imaginarán la luna en su cuarto menguante
aquellos ciegos que nunca han tenido el don de ver.
Acaso todos seamos un poco como ellos,
incapaces de percibir algunas cosas.

domingo, diciembre 31, 2017

Hasta que la sal del mar

Ahora de repente llueve.
Copiosamente llueve.
Bendita sea esta lluvia,
que viene a recordarnos
como si fuese una metáfora
que una redención acaso
es todavía posible.
Aunque haría falta tanta lluvia
para lavar todo lo que necesita ser lavado.
Cuarenta noches y cuarenta días
de lluvia serían necesarios,
una lluvia interminable,
hasta que la sal del mar se disolviera
en el agua nueva
y no quedaran rastros
de suciedad en las almas.
Yo pienso en mí, pienso en vos,
pienso en cada uno de nosotros
y me hago preguntas para las cuales
quizás no existan respuestas.
La lluvia salpica mi rostro
y unas gotas se deslizan
hasta el borde de mis labios.
Siento un curioso regusto salado.


martes, diciembre 26, 2017

A medida que caminamos

Necesito detener el tiempo
pero el tiempo se niega a detenerse.
Cae la noche sobre esta parte del mundo.
Sucede pacíficamente, pero de todos modos
algo hace nacer en mí la angustia.
Observo el cielo y comprendo
que todavía debo encontrarme,
que esa es mi tarea más urgente.
Escucho en mi interior la voz
del niño que alguna vez fui
rogando por un amparo
que todavía no consigo darle.
Sin embargo hoy ha sido un buen día.
Es extraño el gran contraste,
el llanto y la risa,
las ganas y el miedo,
el desasosiego y el amor
que descansa ahora mismo
bajo otros cielos
en otro rincón del planeta
y acaso sueñe conmigo,
que permanezco aquí,
intentando hallarme.
Y a través de la distancia imagino
que ella me mira y me dice
que para encontrarnos
a veces sólo es preciso
detenernos de a ratos,
que el camino se abre
a medida que vamos caminando.

sábado, diciembre 23, 2017

Not a perfect day

Lou Reed resuena en mi cabeza:
It's such a perfect day...
El rugido de la motocicleta me trae de regreso
y de repente comprendo
que estoy yendo peligrosamente rápido
justo cuando un acoplado adelante
se acerca con gran rapidez
y freno a tiempo,
pero la inquietud crece
dentro de mí como un monstruo.
Estoy descontrolado.
Y tengo miedo.
Anoche fui a un recital.
Cantaban varios amigos,
mi hija tocaba el piano,
mucha gente querida, y yo en silencio
reía y lloraba al mismo tiempo.
Ahora llueve otra vez.
Una tormenta salvaje, como una metáfora.
A veces me siento un maldito loco,
y es como si en realidad
esta tormenta naciera de mí,
de mi cabeza, de mi alma, de mi angustia.
De nuevo la voz de Lou Reed,
it's such a perfect day...
Entonces ocurre de nuevo:
todo este tiempo desperdiciado
me empuja a desear liquidar lo que reste
en un repentino derroche,
en una explosión que
justifique de algún modo haber sido,
y al menos tener una salida,
un fuera de escena que deje
un recuerdo memorable.
Y después me digo que no,
que no, que no, que no.
Que estoy siendo un completo cretino.
Pero entonces, pero entonces...
Estoy muy acelerado, como si fuese
una motocicleta fuera de control.
De pronto es la misma tormenta de antaño,
como antes, en otro tiempo,
pero esta noche, ahora.
Me detengo.

jueves, diciembre 07, 2017

Todo lo sólido...

Solemos pensar que la vida de los demás
es casi siempre menos penosa que la propia.
Sin embargo, lo cierto es que todos todos todos
todos estamos destinados a morir:
el hombre que conduce aquel micro
y cada uno de sus pasajeros
y el policía que recorre las calles
y esa pareja que ha descubierto el amor
y ese hombre que parece apesadumbrado
y cada uno de los chicos que asisten a esa escuela
y también sus padres, y sus maestros,
y ese bebé que duerme en brazos de su madre
y aquel anciano que simplemente espera
su destino, que es el destino de todos.
Entonces, por qué preocuparse
porque hayas perdido un trabajo
por un examen reprobado
por un sueño incumplido
si al fin todo es una fantasía.
Por qué angustiarse por asuntos vanos
o pretender precipitar el momento
de todos modos inevitable.
Habrá quien quiera arrebatarle
la fatal decisión al destino
respecto del cómo dónde cuándo:
si no podemos ser dueños de nuestra vida
tengamos al menos potestad
sobre nuestra muerte.
Y sin embargo
si nadie ha de permanecer
tampoco ese pretencioso gesto importa.
Quien no le tema al último final
será capaz de aguardar otro mañana.
La cuestión es que no hay un final feliz posible.
Solo tenemos el mientras tanto.
Fuera de ese fugaz momento,
todo está destinado a disolverse en la nada.

Deconstrucción

El niño sueña, ensimismado,
con sus ojos bien abiertos.
Sueña que da un gran salto,
que salta y que vuela,
siente el aire frío en la cara,
y entonces tiembla.
No importa cuántos años pasen,
en el fondo siempre seremos
como un niño asustado
que ante lo desconocido siente miedo
y especialmente ante el fantasma
de la orfandad definitiva.
El niño sabe que contar ficciones
es un recurso para eludir sus miedos,
así que arma historias en su cabeza
y las anota en un cuaderno
que esconde bajo siete llaves.
Pero también presiente el pasaje
que borra a veces el límite
de la fantasía convertida en acto.
Entonces -de nuevo- tiembla.
Para no sentirse solo,
este niño, ya no tan niño,
canturrea una canción
cuyo sentido en parte se le escapa.
No presta atención a lo que dice,
no es sino una melodía más,
no son sino palabras huecas,
vaciadas de contenido.
Murió a contramano
entorpeciendo el tráfico -canta,
y entonces de repente se escucha
y comienza a comprender
y con los ojos abiertos sueña
y siente el viento frío en la cara
y no sabe si llega a sentir miedo
pero entonces tiembla de nuevo,
por última vez, y luego sí,
la orfandad es definitiva,
pero ya no importa.

martes, diciembre 05, 2017

Y acaso no importe

No deja de ser curioso, pero si nos detenemos a pensar un poco en la cuestión, la muerte es algo puramente imaginario. Ya sea que le temamos o que la persigamos. No quiero decir que no sea real que todos vamos a morir. Lo que digo es que no sabemos nada acerca de la muerte, de lo que significa realmente estar muerto, más allá de lo que podamos imaginar respecto de cómo será eso de dejar de ser nosotros. Pero entonces, cuando final y fatalmente ello suceda, ya no seremos nosotros, como para experimentar nuestra propia muerte. De manera que solo nos queda contemplar la muerte de los demás, testigos impotentes de algo que nos afecta de un modo tangencial. Pero de nuestra muerte, de eso no sabemos nada, por no haberlo experimentado todavía. Y probablemente no sabremos nada nunca. Tal vez sea eso lo que nos perturba. Que se trate de nuestra muerte, pero que no podamos experimentarla realmente, pues nosotros no estaremos allí. Como el actor de un drama o de una comedia que termina su trabajo lejos del escenario, tan lejos que no puede siquiera saber si su actuación mereció o no los aplausos del público. Como si tal cosa importara.

Y entonces la pregunta, otra vez, tan simple y a la vez tan complicada: ¿Para qué? Pero ¿es que tiene que haber necesariamente un "para qué"? Probablemente no, pero entonces sucede que el asunto entero carece de sentido. Y nosotros tenemos esa compulsión, tan nuestra, tan visceral, de necesitar un sentido para todo. Eso somos: buscadores frustrados de sentido. De un sentido evasivo, misterioso, acaso inexistente.


lunes, diciembre 04, 2017

Ataque de pánico

Hay un vacío enorme allá en el frente,
apenas unos metros más adelante.
Aunque puede que en realidad
ese vacío esté aquí, adentro del pecho,
justo donde solemos pensar el alma.
Y entonces saltar, saltar, saltar...
Saltar se convierte de nuevo,
una vez más, como antaño,
en una posibilidad peligrosa,
en una alternativa tan fatal como sencilla.
Tal vez por eso permanezco inmóvil.
Para no caer en la tentación.
Para permanecer vivo.

lunes, noviembre 20, 2017

Desvelo

Anoche, para dormirme
tuve que cerrar los ojos bien fuerte
e imaginar que estabas a mi lado.
Probé quitándome la ropa
y volviéndome a vestir;
después abracé una almohada,
la mía, la tuya, las dos,
pero nada de esto funcionaba;
me puse música,
más fuerte, más despacio,
al final me harté y decidí apagarla,
pero me incomodaba el silencio.
Me levanté para ir al baño.
Subí las cortinas, para ver el cielo,
después preferí bajarlas...
Me distraía mucho ese hueco
en mi colchón, justo al lado de mi cuerpo;
ese hueco que tan pero tan bien
hubiese podido llenar el cuerpo tuyo,
que a esas mismas horas
dormía en otra cama.
Es que pasar la noche con vos
se ha convertido para mí
en casi una condición necesaria
para asegurarme un buen descanso.
Al final, para dormirme,
como había empezado a decirte,
tuve que cerrar los ojos bien fuerte
e imaginar que estabas a mi lado,
desnuda, tibia, suave...
Pero mi imaginación no es tan fuerte
como para suplir tu presencia.

miércoles, noviembre 15, 2017

Noches contigo

Cada noche es en cierto sentido un viaje.
Al cerrar los ojos nos despedimos
siempre un poco del mundo,
nos adentramos en esa
estepa misteriosa,
dominio de los sueños,
confiados de poder regresar
a la mañana siguiente,
y así sucede cada vez,
en el final y el comienzo
de cada día de nuestras vidas.
Pues bien,
quiero que sepas
que hacer ese viaje contigo
es lo más hermoso que
me ha sucedido en
mucho tiempo.
Que encontrarte a mi lado
algunas dichosas mañanas
al volver de ese misterioso viaje
es el mejor modo de comenzar el día
y de esperar un nuevo futuro.

martes, noviembre 14, 2017

Sueño 171113

Sé que el sueño venía de antes, pero por mucho que lo intento no logro recordar nada. Vislumbro apenas un arma, una suerte de tridente gigantesco, que golpeaba. Después de eso solamente consigo retener una escena, o apenas un par de cuadros: un vagón de tren, recorriendo un túnel abandonado mucho tiempo atrás. Lo aterrador era que el vagón estaba lleno de cadáveres, que tenían amputados brazos y piernas, y en algún caso la cabeza. Había además algunas personas, pasajeros como yo, que estaban vivas. Compañeros míos en ese viaje demencial hacia un destino desconocido. Yo no llegaba a sentir miedo, pero sí mucha inquietud. A pesar de estar vivos como yo, todas esas personas que me acompañaban también eran en cierto sentido restos: había uno que había perdido las manos, por ejemplo. Otro estaba ostensiblemente ciego, pues algo le había arrancado los ojos. Yo me preguntaba entonces qué sería lo que me estaría faltando a mí. Qué cosa me habrían quitado o habría perdido, en tanto sobreviviente. ¿Acaso la lucidez? ¿Quizás el alma?

Por fortuna me despierto. Y entonces leo que alguien me ha dejado un mensaje que dice, sencillamente, que existe un mañana. "Mejor aun: también existe un hoy", le respondo. Dejo atrás las telarañas de la pesadilla. Todos somos sobrevivientes. Pero esa es la buena noticia: seguimos estando vivos.

jueves, noviembre 09, 2017

In memoriam Minnie

¿Tendrán un alma los gatos?
¿Tendrán un cielo, una vez agotadas
sus siete vidas y sus siete muertes?
¿Adónde van a parar sus ronroneos,
sus juegos, pasiones y misterios?
Ha muerto la gata de la familia.
Esto así, claro está, si convenimos
que aún sea razonable hablar de familia;
hagámoslo en honor a lo que fue en un tiempo.
Lo cierto es que ha muerto nuestra gata.
La enterré en el jardín delantero de la casa,
justo al lado del jazmín, que se ha secado.
¿Tendrán acaso un alma los jazmines?
Sinceramente, me cuesta creerlo.
Lo cierto es que cavé la tumba
al costado del jazmín seco,
una pequeña tumba,
tan poco espacio ocupan
a veces los grandes sentimientos,
y acomodé con cuidado el triste bulto.
Después volqué la tierra que
siempre parece llamar al olvido.
Dice mi psicóloga que no solamente
enterré a mi gata en esa tumba.
Y yo sé que no le falta razón.
Porque un gato no siempre
es solamente un gato,
aunque una sepultura
siempre será una sepultura,
incluso cuando puede que en ella
se estén enterrando cosas muy diferentes
de aquellas que el sepulturero cree.


miércoles, noviembre 01, 2017

Sueño 171101

Anoche te soñé en el borde de un sueño
mientras acariciaba tu cuerpo desnudo
o acaso soñaba que tal gesto hacía.
Vos me decías que mis caricias
te trasladaban hasta las orillas
de un lago lejano en el sur
y allí acariciaba yo tu desnuda espalda
en el borde de aquel lago que vos soñabas
en tanto yo soñaba tu propio sueño
y te acariciaba de veras
mientras los dos soñábamos
o acaso eso creíamos estar haciendo.
Luego oíamos el canto de un ave nocturna
y yo te preguntaba si aquel pájaro sería
un jilguero, un ruiseñor, la alondra o un cuclillo.
Vos no lo sabías, pero me decías
que querías salir a recorrer aquel paisaje
y yo te rogaba que no te alejaras demasiado
pues mientras pudiese seguir abrazado a vos,
acariciando tu piel desnuda, seríamos capaces
de mantener todo peligro y miedo a raya.
Acaso sospechaba que si te movías
podíamos llegar a despertarnos
y entonces quién sabe qué cosas
podrían estar acechándonos allí,
en el mundo de quienes viven despiertos.
Mientras yo acaricio tu espalda desnuda,
o sueño al menos que te acaricio,
nada, absolutamente nada,
puede hacernos ningún daño.

viernes, octubre 27, 2017

Más o menos el mismo umbral

Al fin y al cabo el umbral
es más o menos el mismo para todos.
Alcanza con una metástasis inoportuna
el descuido de un obrero en un andamio
un martillo que cae, varios pisos abajo
el arma asesina de algún delincuente
o el exceso quizás de un uniformado
un cable maltrecho y una descarga
la maniobra torpe en una motocicleta
o el mero paso de los años
para que lo que fue ya no sea
para que todo lo que importó
ya no importe.
Así son las cosas.
Parece no tener remedio.
Me dicen que la muerte es
el revés de la trama de la vida.
Yo me pregunto cómo es posible
que la nada pueda llegar
a ser el revés de algo.

domingo, octubre 15, 2017

La vida no da garantías

Y qué mierda es esta muerte en cuotas,
muerte llena de espantos,
muerte puta
que te aleja cada vez más
de vos mismo y también de nosotros.
Todavía de a ratos te vislumbro,
pero aunque aún estás acá,
ya no logro alcanzarte.
Adónde se marchó el hombre aquel,
el padre de la sonrisa franca,
el que siempre siempre siempre siempre
iba a estar ahí como una garantía
de que la vida y el mundo,
y sin embargo ya no más.
El lento ritmo de las horas y los días
que hoy transcurren sin demasiado sentido
se ha convertido de repente y sin aviso
en un tic tac inmundo,
en un espanto sin forma
que a la larga nos convierte
a todos en fantasmas.
Cuándo es el oscuro momento
en el cual comenzamos a dejar de ser nosotros
y empezamos a despedirnos del mundo.

viernes, octubre 06, 2017

Sueño 170931 - Laura a las 06:00 AM

Un sonido extraño, como una
repentina lluvia torrencial,
me arranca de mi sueño,
o al menos eso creo.
Son las ruedas de un carro
deslizándose sobre el empedrado
de la calle rumbo a la lejanía.
Te siento dormir a mi lado
y entonces comprendo
que las fuertes lluvias
han cambiado por completo
su esencia y su sentido
desde que estás conmigo.

sábado, septiembre 30, 2017

Sueño 170930 - Historias como espejos...

Yo estaba sentado en el fondo, escuchando la charla que daba el profesor Alabarces, aunque en realidad no se trataba de él, definitivamente, ni tampoco de alguien parecido. (Ahora que lo pienso, tenía un aire a Guille Cácharo, pero no tiene sentido detenernos en estos detalles: así es como por lo general ocurren las cosas en los sueños). No recuerdo bien de qué se trataba el asunto, pero en determinado momento el eje de la cuestión viró hacia el tema de los relatos y las ficciones. Y la pregunta que le planteó entonces el falso Alabarces al público fue por que razón las historias en general nos resultan atractivas. Hubo un silencio incómodo, hasta que finalmente yo levanté la mano y dije que en realidad las historias nunca son del todo una ficción, porque de hecho forman parte de nosotros mismos, de lo que íntimamente somos, y se elaboran siempre en un contexto histórico y social del cual formamos parte, y que en definitiva es por eso que disfrutamos de esas ficciones; porque encontramos en ellas un espejo en el cual nos reconocemos.

Cuando me callé, hubo un momento de tenso silencio, que rompí torpemente como queriendo explicar el origen de mi respuesta: "Sucede que me gustan las Ciencias Sociales, pero además soy guionista", fue lo que dije. Recién entonces Alabarces (que en realidad no era Alabarces) sonrió, se acomodó un poco hacia atrás, y abriendo los brazos volvió a hablar "Excelente; de mi parte no tengo más nada que decir." Luego de esto la gente comenzó a aplaudir, lo cual me desorientó un poco, porque lo aplaudían a él, pero quien había dado la respuesta había sido yo. De todos modos me gustó haber encontrado esa idea que relacionaba las ficciones con nuestra identidad. En ese momento me interrumpió mi mamá, que estaba sentada detrás de mí, para decirme que ella no había entendido nada, pero que igual me agradecía por haberla invitado, pues esas salidas le servían para entretenerse.

Mientras tanto yo veía cómo Alabarces (que en realidad no era, ya lo hemos explicado) pasaba la gorra entre los presentes, y después se bajaba del colectivo (hubiese jurado que antes estábamos en un salón...), y eso me provocaba cierta contrariedad, porque yo quería aprovechar la ocasión para conversar con él un rato, pues también a mí me gustaba la idea de dar charlas. Llegué apenas a saludarlo con un gesto con la mano, a través de los vidrios de la puerta trasera del colectivo, que ya arrancaba. El alcanzó a verme y a devolver mi saludo, pero me dio la impresión de que no tenía idea de quién era yo, ni mucho menos de por qué lo saludaba.

Después de eso miré mi celular. Noté que solamente tenía un cuatro por ciento de batería, y supe que no iba a alcanzar para mucho. Tal vez ni siquiera para llegar a abrir el Google Maps y saber en dónde diablos estaba. Creí adivinar que no me hallaba demasiado lejos de Plaza de Mayo. Recuerdo haber visto un cartel indicador que mencionaba la calle Sills, pero eso no me dijo nada. De todos modos toqué el timbre y me bajé, pues además me pareció que habíamos llegado al final del recorrido.

Una vez en la calle me llamó la atención un camión grúa, que apoyaba violentamente sobre su planchón a un pobre Fiat 600 blanco que alguien había dejado mal estacionado. Ahí recordé que en algún momento previo de mi sueño yo había dejado abandonada mi motocicleta en el furgón de un tren, y me desperté sobresaltado, pensando que debía ir urgente a rescatarla, fuese donde fuese que mi moto hubiese quedado olvidada. Tardé todavía un rato en darme cuenta de que la noche estaba terminando y había dejado de llover.

martes, septiembre 26, 2017

Destino

Somos arrojados al mundo,
escupidos sobre la faz de la tierra
en medio de todo este dolor
y de toda esta belleza
sin que nadie se digne a explicarnos
de qué se trata la vida,
qué se espera de nosotros,
cuál es el maldito propósito
de todos nuestros días y noches,
si es que acaso existe alguno,
y de lo contrario qué.
Nadie nunca nos ha explicado cómo vivir.
Pero resulta más grave que tampoco
nadie nos haya enseñado jamás
a prepararnos para la muerte.

domingo, septiembre 17, 2017

Coches fúnebres

Pienso que los coches fúnebres deberían ser,
por rigor y adecuación a lo penoso de su uso,
autos siempre lóbregos, oscuros, solemnes,
vehículos sin el más mínimo confort,
con asientos ligeramente incómodos,
sin reproductor de música, ni apoyabrazos,
ni aire acondicionado, ni calefacción.
Bueno, tal vez sí aire acondicionado
porque ya se sabe que los muertos
y el calor no combinan demasiado.
Pero es solo una cuestión pragmática.
Así al menos imagino yo un coche fúnebre.
Sin embargo esta mañana he cruzado uno
que no cumplía con estas condiciones.
Se trataba, muy por el contrario,
de un auto moderno, de porte aerodinámico,
claramente confortable, y de seguro tenía
reproductor de música y calefacción,
y también aire acondicionado,
si se veía a las claras que era un lujo
viajar en semejante vehículo,
así no fuese más que para ser llevados
hasta nuestra última morada, y sin embargo
qué clase de extraño triunfo supone
haber llegado a viajar así, a la vista de todos,
en auto tan moderno, tan elegante, tan costoso
-ah, sobre todo tan costoso-,
cuando quien allí viaja ni siquiera
se habrá enterado que así es trasladado,
con tanto honor, pompa y gasto.
Es bueno que lo sepamos desde ahora:
nuestro viaje final siempre será una derrota.
Nadie sale vivo de este juego.

jueves, septiembre 07, 2017

Todavía tiene tanta agua el cielo

Hace justo cuatro años escribía una pregunta:
¿Cómo es que todavía tiene tanta agua el cielo?
Hoy veo el cielo, hay sol, también algunas nubes.
Recuerdo entonces, y lo recuerdo muy bien,
que en aquel momento parecía
que no iba a parar de llover nunca.
¿Hará falta que diga que no se trataba nada más
de esas lluvias que anuncian los meteorólogos
por más que, curiosamente, ambas coincidieran?
Hoy comienzo a saber que
todo inevitablemente termina.
Las lluvias, las calmas, los amores,
el dolor, los demás, nosotros mismos,
las tiranías, las democracias, el tiempo.
Nada hay de lo cual pueda decirse
que vaya a ser permanente,
excepto quizás el misterio.
Pero incluso el misterio dejará de
importarnos cuando dejemos de estar,
cuando dejemos de preguntarnos.

jueves, agosto 31, 2017

Una revelación

Hace un rato, casi como una revelación,
comprendí finalmente algo que es menester que recuerde:
El hombre sabio debe tender siempre a la quietud de su espíritu,
pero evitar al mismo tiempo cualquier forma de la inmovilidad.


miércoles, agosto 30, 2017

Remembranzas y olvidos

Es menester buscar maneras
de quedar a salvo del olvido.
Asegurarnos no pasar por la vida
sin dejar al menos un rastro
capaz de hacer nacer una sonrisa
o por lo menos su esbozo
en quienes hayamos querido.
Es que solemos ser torpes
/muy torpes /tan torpes
y podríamos ser recordados
por las cosas que mal hicimos.
Es mejor sembrar buena memoria
y permanecer en quienes nos amaron
como una dulce remembranza.
Ojalá que el tiempo, implacable,
no nos convierta a la larga
en el mal recuerdo de nadie,
incluso cuando resulta probable
que el olvido sea a la larga
nuestro destino inevitable.

martes, agosto 29, 2017

A veces

A veces esperamos a la muerte por un lado
y la muerte aparece de improviso
por donde no se la esperaba,
como advirtiéndonos,
como invitándonos a reflexionar
acerca de nuestra fragilidad.
Hoy. Este momento. Ahora.
Esto es lo único que tenemos,
y a veces estoy tan cansado.
Somos frágiles. Lo somos vos, yo, todos.
Claro que hay quienes no lo saben,
quienes ni siquiera lo sospechan,
ni lo quieren saber tampoco.
Nosotros sí. Lo sospechamos, al menos.
Entonces, necesitaría dormir.
Dormir ahora mismo.
Dormir mucho, mucho, mucho, mucho.
O dormir un rato, aunque más no sea.
Dormir con vos, por supuesto.
Mientras dormimos, el mal no existe.
Nada nos amenaza, ni siquiera la muerte,
y nada de lo que hagamos estará mal.
El mal solamente existe a partir del
momento en que nos despertamos
y dejamos de ser nosotros, los verdaderos,
para pasar a ser nosotros, los construidos.
Y entonces, otra vez, ahí están las realidades paralelas,
las dimensiones del sueño, lo otro, lo inasible,
y es como si estuviese un poco demente.
Disrritmia cerebral marcada con rasgos esquizofrénico paranoicos,
sería un diagnóstico posible, embellecido con términos técnicos.
Loco de mierda, podría decir alguien en otra ocasión,
con menos palabras pero muy similar criterio.
Yo no sé, y a esta altura tampoco importa.
Me gustaría tanto ser inocente de nuevo.
Pero ya ni siquiera estoy seguro de qué
cosa quiera seguir diciendo esa palabra.
Ya veremos qué hacemos con todo esto.
La vida, se sabe, no da garantías de ningún tipo.

Ariel Poggi

La muerte siempre es asunto grave
y además casi siempre es injusta
y también es cosa inesperada
por más que uno ya sepa
que tarde o temprano
todos vamos a morir.
Pero saber algo es muy distinto
que aceptarlo calladamente
como si fuese lo más normal del mundo
incluso cuando en efecto lo sea.
Y cuando uno espera a la muerte
en un lugar y ella aparece
de manera imprevista
en otro sitio, con otro nombre,
hay algo que nos sacude.
Y es demasiado temprano
como para ser cierto
demasiado pronto
demasiado contraste
el de la muerte con la risa
y la vitalidad y la alegría
con la que uno recuerda
a quien hoy ya es otro muerto.
Van a extrañarte el bombo y los platos.
Yo me quedo con el ritmo y la música.
Espero que el tuyo sea un buen viaje.
Ese viaje que tarde o temprano
todos deberemos realizar.


miércoles, agosto 23, 2017

Todavía de noche

De pronto me despierto
y comprendo que solo
se trataba de un mal sueño
o al menos eso me parece
lo voy confirmando de a poco
mientras las cosas recuperan
sus formas y nombres habituales
conforme avanza la luz del día
y se retiran las sombras
y quisiera ir a bañarme
para quitarme de encima
las telerañas de la pesadilla
dejar que el agua haga lo suyo
que ablande un poco el cuerpo
y que remueva esta piedra
pero no logro moverme
sigo como un idiota en la cama
tapado casi hasta la nariz
y sin poder levantarme
quiero que sea noche de nuevo
todavía de noche, otra vez noche
pero no una noche cualquiera
sino una de esas que se extravían
en la memoria lejana del tiempo.

domingo, agosto 20, 2017

Raúl

Y mientras ahuyentaba sombras
de gentes que no estaban allí,
me decía que soñaba con
un águila de tres cabezas:
la primera lo escudriñaba,
la segunda lo hipnotizaba
y la tercera lo golpeaba
con su pico de bronce,
hasta abrirle el cráneo.
De inmediato añadió,
encogiendo sus hombros
como si fuese un misterio,
que así dicen que es la bestia
que recibe a quienes fueron
condenados al purgatorio.
Quise decirle entonces que
él no no tenía que preocuparse,
pues tal sitio no le estaba destinado,
pero sólo me salió decirle un te quiero.
Y no pude sino pensar en la fragilidad de la vida,
y no pude sino llorar ante la despedida inminente,
que así son, en definitiva, las despedidas todas.


miércoles, agosto 09, 2017

Mensajes sin tiempo

Escucho tu voz.
"Te quiero", decís. --Me decís.
Aunque en realidad
no lo estás diciendo ahora,
por más que sea ahora cuando
yo nuevamente te escucho decirlo.
Lo dijiste en algún momento,
hace tiempo, meses atrás tal vez,
y acaso puede que hasta años.
Tuviste la prudencia de dejarlo
grabado en un tibio mensaje.
Y así yo escucho tu voz ahora: "Te quiero".
Eso es lo que tus palabras dicen. --Me dicen.
Y es un "te quiero" renovado, presente,
por más que sé, al mismo tiempo,
que tu voz llega hasta mí desde el pasado.
Igual me siento tentado a responderte
y agarro el teléfono, para llamarte.
Enseguida me contengo, sin embargo,
y me digo que no, que no puede ser así.
Porque el tiempo ha transcurrido
y es un mensaje antiguo
el que así me incita a hablarte.
Qué sentido tendría responder ahora,
de un modo tan extemporáneo,
a esas palabras de otro ayer.
Entonces decido hacer esto:
intento escribirte un poema.
No sé cuándo habrás de leerlo.
Yo lo escribo hoy.
O al menos eso parece.
Quizás vos lo leas mañana,
o tal vez dentro de un mes,
o acaso dentro de un siglo.
Eso realmente no importa.
Cuando leas estas palabras,
sea cuando sea que lo hagas,
quiero que sepas que las escribí
solamente para decirte que
también yo te quiero.

martes, agosto 01, 2017

Sueño 210801 - Conversación con Dios

Anoche soñé con Dios. Iban a crucificar a Jesucristo... Y yo sufría, imaginando que no sería capaz de soportar ser involuntario testigo de su horrendo calvario. Entonces mi sueño decidió saltearse esa parte, y Jesucristo apareció en mi historia ya muerto. Pero debíamos velar el cuerpo maltrecho hasta la mañana siguiente. Una mujer, creo que era mi madre, envolvía los restos del pobre y maltratado Jesús en una manta, y lo acomodaba a los pies de la misma cama en la que yo debía dormir. Sin embargo, cuando me quedaba solo con el cuerpo (en algún momento también andaba por ahí una niña, que acaso fuese mi hija o mi hermana de pequeña), resultaba claro que Jesús no estaba muerto. De hecho, y sin que ello me sorprendiera demasiado, él se recostaba y se disponía a conversar conmigo. 

Dios hecho hombre estaba completamente desnudo y sus heridas habían desaparecido. Su rostro era joven... No se parecía para nada a como se lo representa en el cine o en las estampitas: era morocho, de tez morena, gesto manso, y tenía el pelo relativamente corto. Imaginé que perfectamente podía ser confundido con un aborigen. Entonces yo le decía, como si fuese un ruego: "Quisiera preguntarte tantas cosas..." El me invitaba a que lo hiciera, a que le planteara los interrogantes que quisiera. Yo le preguntaba entonces si en verdad había un único Dios, o si existía más de uno. El se ponía un tanto relativista: me decía que no era tan sencillo, que ambas cosas eran ciertas. Que en cierto sentido había un Dios único, pero que también había distintas encarnaciones. 

Yo sabía que mis preguntas siguientes tendrían que ver con dos cosas: por un lado deseaba develar el misterio de lo que hay después de la muerte, y por el otro indagar sobre las eventuales consecuencias de nuestras malas decisiones. Pero no llegué a plantearlas. Me desperté antes de poder formular esas preguntas. Y me quedé con la duda, en consecuencia. Tal vez la respuesta a la primera de esas dos preguntas que no llegaron a plantearse se ubique después de todo más allá de la posibilidad de un conocimiento humano. Y en cuanto a la segunda, tratándose de una cuestión vinculada todavía a la vida, puede que nosotros mismos seamos los encargados de resolverla. 

Acaso todos nosotros no seamos más que eso: preguntas. No sin solución, pero sí es probable que con respuestas muchas veces inciertas, veladas, vislumbradas apenas, de un modo para nada claro ni definitivo, sino más bien evanescente, como una manifestación que llegara apenas a insinuarse en sueños, justo antes de despertarnos.

lunes, julio 31, 2017

06:50

A veces uno escribe en sueños
o sueña que está escribiendo
y de pronto se sorprende
porque falta una palabra
y por más que la busca
la palabra no aparece.
Nos acecha entonces
una inquietante urgencia
porque presentimos que
la llegada de la mañana,
o el horrendo despertador
dispuesto siempre a romper
del sueño los pliegues sutiles,
o acaso algo aun más grave
y además quizás definitivo
nos impedirá hallar jamás
esa extraviada palabra
que hemos tal vez
presentido o vislumbrado.
Pero aceptémoslo, no hay caso,
siete menos diez de la mañana
el despertador ya se dispone
a arrancarnos del sueño
y no tenemos remedio.
Dormidos o despiertos
las palabras son así,
siempre se nos escapan
cuando más las necesitamos,
pero entonces seamos sinceros,
hay cosas para decir las cuales
no existen palabras que valgan
y hay que salir a inventarlas
o probar de reemplazarlas
por imágenes, por músicas,
por un abrazo, por un gesto,
por un beso, por una mirada,
o simplemente por un silencio.


viernes, julio 21, 2017

Reglas de juego

Qué paraíso, qué infierno,
qué tiempo fugaz en la tierra;
nada de esto existe sino en
nuestros propios corazones.
Y así vamos por la vida
sin mayores certezas,
excepto las que nosotros mismos
decidimos ir estableciendo.
Y nuestros sentimientos
son finalmente los que
se ponen en juego.
Nuestros deseos
y nuestras creencias.
Son nuestras horas
y nuestras risas
y nuestros llantos
y nuestros cuerpos,
nuestros dolores
y nuestros gozos,
nuestros apetitos
y nuestro alimento.
Son nuestros poemas,
esos que escribimos
y esos que leemos,
y lo que logramos poner
o rescatar en cada uno de ellos.
Todo eso es lo que instala
la única regla que importa:
apreciar la belleza que
habita en cada instante.

miércoles, julio 19, 2017

Blancos

Hoy. Solamente hoy.
Hoy debería ser suficiente.
Porque hoy es lo único que importa.
Somos demasiado pequeñitos
como para preocuparnos por la eternidad.
Somos demasiado blancos
(blancos no es la palabra correcta
pero en rigor eso no interesa)
como para preocuparnos por el futuro
o por las cosas que ya han pasado.
Hoy es el único tiempo que tenemos,
el breve instante en el que somos.
Quizás si pudiésemos rescatar esto,
el momento en que transcurrimos,
si lográramos concentrarnos
en una respiración, en una tenue brisa,
en el fugaz vuelo de un pájaro,
quizás así podríamos ser
aun algo más blancos,
aun más inocentes,
aun más felices de lo que somos.
O por lo menos un poco felices;
acaso con eso fuera suficiente.

domingo, julio 16, 2017

Mientras tanto

Es curioso.
Sé que alguna vez fui un niño
pero no logro recordarlo.
Tengo memoria de fotografías,
de anécdotas diversas, de relatos,
pero me falta el legítimo recuerdo
de ese que alguna vez fui
y ahora ya no soy.
Y no digo solamente el niño:
hablo también del joven
de hace un par de décadas,
o del hombre de siete años,
seis meses, cinco días atrás.
Pero ese niño.
En especial ese niño.
Hoy he despertado siendo
este que soy ahora mismo.
Este que se disuelve en
el infinito mar del tiempo
y que mañana se terminará
perdiendo en la nada.
Pero mientras tanto.