viernes, noviembre 25, 2016

Efímeras


Efímeras. Este es el nombre con el cual se conoce a estas pequeñas mariposas. La palabra le hace justicia a su brevísima existencia: su vida entera, desde el momento en que salen de su capullo, transcurre en apenas un día. Después mueren. Las efímeras ni siquiera han sido provistas de una boca o de un sistema digestivo que les permita alimentarse. No tendría sentido, pues no tienen tiempo. Su único objetivo es garantizar la continuidad de la especie: aparearse, desovar y morir. Lo interesante aquí es notar lo siguiente: lo que para nosotros es apenas un momento, para una efímera representa toda una vida. Así como nosotros mismos somos efímeros, considerados en relación a la escala de la existencia del planeta que nos alberga, desde el punto de vista de una efímera, nosotros, los seres humanos, seríamos en cambio poco menos que inmortales. Esto bien puede servirnos para reflexionar acerca de la importancia del momento presente, del tiempo en el cual transcurrimos, que jamás será suficiente, pero tampoco es nunca demasiado breve. La vida promedio de un ser humano equivale a unas 30.000 generaciones de estas increíbles mariposas. Cada amanecer equivale a una nueva vida. A una nueva colección de posibilidades.

jueves, noviembre 24, 2016

Vacíos

Leo un artículo titulado "La utopía del placard vacío". Podría ser un buen título para una novela; pero no: se trata de un breve texto que enfatiza el hecho de que solemos tener más cosas de las que realmente necesitamos. Que tendemos a ser, en algún sentido, acumuladores compulsivos. Acaso esto tenga que ver con un miedo más o menos inconsciente a la carestía. O tal vez se relacione con el horror vacui del cual hablaban los antiguos aristotélicos, que más allá de relacionarse con los conceptos de la física de la época marcó además la estética occidental durante siglos, antes de que comenzara a cobrar fuerza la idea de que muchas veces menos es más.

Pienso entonces otra vez en 4'33", la icónica pieza del compositor estadounidense John Cage, que en rigor es un silencio para piano en tres movimientos, que debe durar precisamente el tiempo indicado en el título (años más tarde Cage dirá que en verdad debió dejar la duración del trabajo librada al criterio del intérprete). Música en la no música, presencia en la ausencia, la idea de Cage no fue solamente enfatizar que el silencio forma de hecho parte de la experiencia musical, sino además que todo sonido se encuadra en un marco acústico, y que del silencio surge, de manera más o menos aleatoria, un universo de sutiles sonidos que estaban allí presentes sin que reparásemos en ellos. El silencio nos permite descubrir lo que se esconde detrás de los sonidos ahora ausentes. 

También pienso entonces que estas cuestiones tienen que ver con la experiencia cotidiana de ser. Que del mismo modo que sucede con el silencio o el horror vacui, las personas suelen tenerle miedo a la soledad. Y por eso se juntan, en ocasiones sin demasiado criterio, o participan en círculos o en redes sociales donde proliferan personas que, muchas veces, poco y nada tienen que ver con ellas. Gentes que en realidad no reportan mayor interés, excepto por el hecho de distraernos por un rato de nuestra eventual soledad. Porque estar solo en ocasiones es percibido como un peligro. Y acaso el verdadero riesgo, el que tanto nos cuesta asumir, no sea otro que el de descubrirnos a nosotros mismos.

Todos nosotros conocimos alguna vez el miedo de encontrarnos en soledad, en el silencio de una noche cualquiera. Y para evitarlo encendimos el televisor, o llenamos nuestros placares con cosas, o nos rodeamos de personas, o nos atiborramos de lo que fuese, o nos aferramos a relaciones equivocadas, incluso cuando ello implicase renunciar al descubrimiento de otras posibilidades, de otros colores, de otras texturas, de otros futuros posibles, de sutiles sonidos usualmente ocultos por el bullicio que nosotros mismos generamos.

En ocasiones es necesario admitir que a veces menos es más, que es hora de remover algunas cosas guardadas en los placares, que es el momento de arriesgarnos y de intentar mirarnos hacia adentro, para así darnos la maravillosa posibilidad de reconocernos, y a partir de ello poder crecer y regalarnos nuevas alternativas. A nosotros mismos y, curiosamente, también a quienes de un modo u otro están cerca.



jueves, noviembre 17, 2016

Tener la razón

Hace poco tuve ocasión de leer una valiosa parábola acerca de las verdades. Para no olvidarla, la dejaré anotada aquí. La historia cuenta que dos monjes paseaban por el jardín de un monasterio, cuando de pronto uno de ellos vio en el suelo un caracol. Sin darse cuenta, su compañero estaba a punto de aplastarlo, pero él lo contuvo a tiempo.

- Mira, hemos estado a punto de matar a este caracol. Este animal tiene una vida y, a través de ella, un destino que debe proseguir.

Delicadamente, quitó el caracol del sendero y lo dejó entre la hierba. El otro monje pareció ofuscado.

- No es bueno lo que hiciste. Salvando ese caracol arriesgas las lechugas que nuestro compañero jardinero cultiva con tanto esmero. Por cuidar de ese caracol descuidas el trabajo de nuestro hermano.

Los dos discutieron bajo la mirada curiosa de otro monje que por allí pasaba. Como no lograban ponerse de acuerdo, el primer monje propuso plantearle la situación al gran sacerdote, quien en su sabiduría podría dilucidar quien tenía la razón. Se dirigieron entonces al santuario, seguidos por el tercer monje, a quien el caso había intrigado. Al llegar, el primer monje contó que había salvado un caracol, preservando así una vida, que por su naturaleza es sagrada. El gran sacerdote lo escuchó, movió la cabeza y dijo:

- Has hecho lo que convenía hacer. Has hecho bien.

El segundo monje exclamó:

- ¿Cómo es posible? ¿Salvar a un caracol que estropea nuestra verdura es bueno? Al contrario, había que proteger el huerto gracias al cual tenemos todos los días buena verdura para comer.

El gran sacerdote escuchó, movió la cabeza y dijo:

- Es verdad. Es lo que convendría haber hecho, tienes razón.

El tercer monje, que había permanecido en silencio hasta entonces, se adelantó un tanto confundido y preguntó:

- Pero si sus puntos de vista son exactamente opuestos... ¿Cómo pueden tener razón los dos?

El gran sacerdote miró largamente al tercer monje. Sonrió, movió la cabeza y dijo:

- Es verdad. También tú tienes razón.

martes, noviembre 15, 2016

Sueño 161113 - Arañas

Soñar con arañas;
con que ella te dice
que hay allí una enorme
araña negra, en algún lugar
de la habitación, escondida
tal vez ahí entre las cortinas,
pero ella no enciende la luz
por más que vos se lo pedís
una vez, y otra, y otra más
para poder buscar mejor.
Hasta que al fin atisbás
en una pared cercana
una araña color marrón,
tal vez no tan grande,
que cae pesadamente
al suelo y después
la perdés de vista;
y enseguida aparece otra,
ésta sí negra y más grande,
que también cae y desaparece.
Y vos sabés que hay todavía
una araña mucho más grande,
una enorme, próxima y horrenda,
pero todo permanece en penumbras
y sos incapaz de encontrarla,
porque la luz sigue sin encenderse
y tus ojos, de repente pesados,
se niegan a permanecer abiertos
se cierran por más que no quieras,
por más que pretendas resistirte,
tus ojos no se abren para verlas,
pero uno bien sabe que allí están.
Las arañas te producen miedo.
Porque ellas sí pueden verte.


viernes, noviembre 11, 2016

Nocturno

Algo me despierta en medio de la noche. Son casi las 03:30 de la madrugada, pero eso recién lo sabré en un rato, cuando consulte el reloj en la pantalla de mi celular. Lo que me llama la atención ahora es la luna enorme, plantada en medio del cielo negro y despejado, que refleja en medio de una inquietante calma la luz del sol escondido a espaldas del planeta. La luz entra a raudales por el ventanal e ilumina el cuarto, sumido en el silencio, y yo me detengo en ese instante, en ese momento presente tan misterioso como cercano. Pienso en la vida y pienso en la muerte. Y pienso que, contrariamente a lo que suele decirse, la muerte no encierra en definitiva ningún misterio. Muy por el contrario, el misterio grande, inconmensurable, no reside en la muerte, sino más bien en la vida. ¿Qué es esto que ha sido insuflado en nosotros? ¿Qué es esto que solemos llamar alma o espíritu... ¿De dónde deviene nuestra existencia? ¿Y qué sucederá con ella una vez que se extinga? De pronto me parece evidente que el estado natural de las cosas acaso sea la no existencia, y me sorprendo de estar aquí en el mundo, como una maravillosa anomalía, en este preciso momento, bañado por la luz del sol reflejada en esta luna enorme y silenciosa, en el preciso momento en que escribo estas palabras y me estremezco, sin saber todavía que son las 03:30 de la madrugada y, sobre todo, sin tener respuestas para darme cuando me pregunto qué será realmente la vida, o cuáles serán los secretos del destino.


martes, noviembre 01, 2016

Solo piano

Hay un piano que se ha quedado mudo.
Hay el eco de una risa que de pronto
se ha revelado tristemente lejana.
Hay un antes y un después
y un frustrado té con masas
que ya no podrá concretarse.
Otras manos volverán tarde o temprano
a recorrer las negras y blancas teclas.
Volverán acaso Beethoven, Bach,
Chopin, Schumann o Ravel.
Pero será otra voz la que resuene.
El piano viudo de alguna manera sabe
en la sutil memoria de sus cuerdas
que algo se ha ido para siempre.

Si acaso existe un cielo de pianos
puede que allí vuelvan a encontrarse.

(A la memoria de Elisabeth Fiocca)

jueves, octubre 27, 2016

Presencia

Mis ojos hurgaron una noche en tu mirada
buscando reflejos de su propia soledad y desamparo.
Encontraron allí, sin embargo, paz y ternura
y una hermosa luz de esperanza.
Cuando hoy me miro en los espejos
descubro en mis ojos el reflejo de los tuyos.
Estás aquí conmigo, aunque no estés en estas horas.


martes, octubre 25, 2016

Escaleras

Hay escaleras que suben,
hay escaleras que bajan...
En realidad las escaleras nunca
van a ninguna parte,
ellas están siempre quietas
y aguardan pacientes.
Son las personas las que deciden
si ascienden o si descienden
o si se detienen en alguno
de sus muchos peldaños
viendo el mundo desde allí,
a menudo convencidas
triste y falsamente
de que no hay otras
perspectivas posibles,
otras luces, otros colores.


lunes, octubre 24, 2016

Deseos - El día después

Lo de pedir tres deseos, al momento de soplar las velas sobre la torta de cumpleaños, es una práctica anclada seguramente en viejas tradiciones, pero sin nada real que la sustente. Lo pude comprobar ayer. Ante la duda, quise ser prudente: mi primer deseo fue que se me otorgara la sabiduría, para poder desear algo que realmente valiese la pena con los restantes. Pero como supuse que ese primer deseo solamente se cumpliría después de que las velas en cuestión fuesen apagadas, mi segundo deseo fue poder postergar el tercero para el día de hoy, cuando en teoría ya sería suficientemente sabio. No ha sido así. Me siento igual de ignorante que ayer. Apenas un día más viejo. De todos modos, como me queda ese tercer deseo pendiente, elijo desear que las personas que a lo largo de estos 50 años me hicieron bien, las que me acompañaron, las que me acompañan, las que atesoro en mi corazón, aquellas con las cuales no fui justo, aquellas que intentaron ser justos conmigo, que todas ellas sean felices. Es mi regalo. Nunca se sabe: acaso de los tres deseos este último sí se haga realidad. Ojalá así sea.


domingo, octubre 23, 2016

Sin cuenta

Sin cuenta. Uno puede mirar hacia atrás, o bien hacia adelante. También es posible dirigir la mirada hacia los costados, o hacia abajo, concentrando la atención de manera exclusiva en el lugar preciso en el cual se está parado, sin ver ninguna otra cosa más allá de los propios pies. O también puede uno mirar hacia adentro. Para hacer esto último hay diferentes alternativas. Uno puede cerrar los ojos  e intentar escuchar el sonido del corazón, por ejemplo. O puede acostarse con la espalda contra el suelo, dejando los ojos abiertos, y prestar atención a lo único que hay arriba, que es el cielo. A mí de chico me gustaba tirarme así en el piso, y jugaba a imaginar que de pronto la ley de gravedad se invertía, y las cosas comenzaban a caerse hacia arriba, y esa sola idea me producía una especie de intolerable vértigo, pleno de escalofríos. Me daba y me sigue dando, porque hay miedos de los cuales uno no se recupera. Cuando hoy intento mirar hacia adentro, en ocasiones lo hago con los ojos cerrados, como cuando se besa a alguien. Aunque también puede uno besar con los ojos abiertos, es verdad, y entonces otra vez el vértigo, aunque sea un vértigo hermoso. Pero eso ya es otra historia.

Sin cuenta... Y sin embargo: son más de 18.250 días, unas 438.000 horas, más de 26 millones de minutos. Pero nada de esto dice demasiado, en realidad. Habría que contar además cuántas fiebres, cuántas lluvias, cuántos días de sol, cuántos desayunos compartidos, cuántos en soledad, cuántos libros, cuántos discos, cuántos logros, cuántos intentos frustrados, cuántos sueños que quedaron marcados como a fuego en la memoria, cuántos que se olvidaron incluso antes de despertar, cuántas noches de insomnio, cuántos amores, cuántos besos, cuántos orgasmos, cuántas de tantas y tantas cosas, cada una de ellas con sus secretos valores y significados. La cuestión es que uno puede tomarse el trabajo de mirar y de contar, de hacer un recuento de las cosas que han pasado, de los muchos errores cometidos, de los eventuales aciertos en los cuales de seguro también se incurrió. Y también puede uno especular con el devenir del tiempo y estimar cuántos han de ser los días que todavía faltan. Aunque en el fondo de poco y nada sirva todo esto, porque ni el pasado ni el futuro existen fuera de la memoria o de nuestras ideas. Nada más tenemos la inasible fugacidad del momento presente. Pero entonces vuela un colibrí, y parece algo casi mágico, porque el pequeño pájaro es capaz de detenerse en medio de su vuelo, y esto es apenas una ilusión, porque el tiempo continúa transcurriendo, pero es también una metáfora que nos habla del presente, de ese mirar hacia adentro que te decía antes, tal vez con los ojos abiertos. Vértigo, entonces, el de las alas del colibrí, el de la ilusión del momento que se detiene, tal como lo pretendía Fausto, para que podamos valorarlo debidamente. El momento de la ansiada redención también, por qué no, a través de la conciencia de que la vida y la muerte existen, más allá de que sepamos o no qué significan, pero que más allá de ellas también está el instante en el cual las cosas prosiguen y suceden.


martes, septiembre 20, 2016

De ateísmos y creyentes

Dicen que el peor creyente,
el más vil de todos, el más falso,
es aquel que en la soledad de su silencio
sabe bien que Dios en verdad no existe,
y muy a pesar de eso insiste inmutable
en sostener su innegable presencia.
Sin embargo, resulta mucho peor,
y más peligroso y más perverso,
el pretendido ateo que conoce
que Dios en efecto existe y,
empero, con voz en cuello
se empecina en negarlo.

domingo, septiembre 18, 2016

Pensamiento crítico

El pensamiento crítico y la felicidad son dos dimensiones que no terminan de acomodarse una con la otra de buena manera. Su propia naturaleza lleva al ser humano a plantearse, razonablemente, una serie de preguntas, para las cuales no existe una razonable respuesta, lo cual genera una frustración inevitable. Pero el estado natural del ser humano, de su espíritu y su psicología, tiende a ser el reposo,  el equilibrio. Entonces, para sobreponernos a las incertidumbres, a la falta de respuestas definitivas a las preguntas que nos imponemos, inventamos las ideologías, las religiones, y nos entregamos felices a los reduccionismos, las dicotomías, las simplificaciones y las síntesis, que lo explican todo, aunque todo sea nada.

miércoles, septiembre 14, 2016

Fotografías anónimas


Alguien encuentra una fotografía, tirada al pie de un contenedor, debajo de la lluvia. Esto sucede en la calle México al 2500, en la Ciudad de Buenos Aires, un día cualquiera del mes de septiembre. Pero podría suceder en cualquier otro rincón de cualquier otra ciudad, en cualquier otro tiempo. Más tarde esa persona sube esa fotografía encontrada a Internet. Como una curiosidad. Acaso para que alguien como yo la encuentre de nuevo, y la observe con detenimiento, y escriba estas líneas. Y ahí está entonces la mirada de esta mujer, que no sabemos quién sea, o quién haya sido. La fuerza de la fotografía, que insiste en persistir, incluso más allá del anonimato y del tiempo. Debajo de la lluvia, a pesar de los descuidos que marcaron el papel, de la desaprensión que acaso llevó esta foto al pie de un contenedor de basura. ¿Quién habrá sido esta persona? ¿Qué sueños tendría en la época en la cual la fotografía fue tomada? ¿Qué estaría pensando en el momento justo de dispararse la cámara? ¿Qué habrá sido de ella? ¿Habrá alguien que la extrañe, en alguna parte? Esta fotografía, como tantas otras que aparecen perdidas o descartadas, aquí o allá, igualmente anónimas, muestran lo que muestran, pero también son al mismo tiempo un espejo de nosotros mismos. Cada fotografía que nos tomamos o nos toman está signada por el mismo destino: perderse tarde o temprano en las nieblas del tiempo como un pedazo de papel anónimo, que con un poco de suerte será encontrado algún día por alguien. Desde ese pedazo de papel, minúsculo, misterioso, miraremos en silencio a ese alguien, que nos observará y no sabrá nada acerca de nosotros.

Simplificando

Los reduccionismos, las simplificaciones extremas, siempre son confortables. Tienen la enorme ventaja de ofrecernos respuestas necesarias y comprensibles acerca de las cosas, de los demás y del lugar que ocupamos en el mundo. Por eso estamos dispuestos a creer en ellas. Nos facilitan la calma que resulta propia de la comprensión. Nos indican, de una manera sintética, clara y concisa, a través de una lógica dicotómica, qué posición debemos tomar frente a procesos naturalmente complejos. Lo que no es bueno es malo. Lo que no es blanco es negro. Estas simplificaciones tienen, sin embargo, un único problema: son falaces y nos alejan de la verdadera comprensión de la realidad. Si nos admitimos capaces de desentendernos de este pequeño detalle, podemos seguir confiándonos a ellas.


Dicho de otra manera:
La simplicidad y la complejidad son en el fondo una misma cosa.
La simplificación es lo contrario de ambas.

lunes, agosto 29, 2016

El hombre grande

El hombre grande
cada día está más pequeño.
Yo acaricio a veces su cabeza cana
con una infinita ternura
cuando él ya está acostado
y a punto de conciliar el sueño,
y siento como si acariciara
la cabeza de un niño,
cada vez más inocente y frágil.
En esos momentos todo se confunde:
yo soy de pronto hombre grande
pero también el niño
que necesita todavía creer
en la existencia de los inmortales
para poder sobrellevar su propia vida.
En momentos así el tiempo parece detenerse.
Pero luego persiste, empecinadamente.