martes, junio 30, 2015

En ocasión de Tracy

Ojalá borrar los restos de un amor perdido
fuese algo tan sencillo como enterrar
el triste cadáver de un gato muerto.
Pero no.
La pala se hunde en la tierra,
abre en ella una ávida boca, la remueve,
va haciendo crecer el oscuro pozo
que aguarda ansioso como un presagio.
Allí quedará el manso bulto,
frío y tieso, envuelto en un viejo trapo
que hace las veces de mortaja.
La tierra cae encima, implacable.
Pero no.
No se trata solamente de un gato muerto.
Sabe la podredumbre que mejores manjares
habrán de llegar cuando sea el momento
y aguarda paciente por ellos.
Vale decir, por nosotros.
Por vos y también por mí,
que ahora mismo empujo una vez más
la dura hoja de metal con mi pie
para que se hunda en la tierra,
polvo somos y al polvo regresamos,
otra palada que cae sobre el triste despojo,
pronto los gusanos se abrirán paso en la carroña.
Yo me pregunto cuánto tiempo más
nos quedará para seguir pensando en todo esto.
Para seguir escribiendo palabras que intentan
en vano llenar vacíos irremediables.
Pero no.
Nos hemos ya casi olvidado del pobre gato;
ya ves, así de frágil también es nuestra memoria,
y sin embargo, mientras yo viva no habrá
tierra en el mundo que pueda tapar
el hueco que dejó tu ausencia,
ni el dolor por mi culpa de haberte perdido.

sábado, junio 27, 2015

Sueño 150627

De repente me acordé. Ese día iban a pasar -o mejor dicho: estaban pasando- un programa que yo había grabado como invitado para Radio Ciudad. Le dije a Fernando, mi compañero en el trabajo, que pusiera la radio, mientras le explicaba de qué se trataba. El lo hacía y justo en ese momento estaba terminando una obra. Era un Guastavino con piano, uno que en realidad yo no incluí jamás en el programa, pero de esto me doy cuenta ahora, mientras lo escribo, y que anticipaba una pieza de piano solo de Egberto Gismonti, grabada en vivo el Teatro Colón, y en mi sueño yo sabía que vendría eso, pero no lograba recordar el nombre de este músico. Cuando comenzó a sonar mi voz, hablando de la obra que acababa de escucharse y de lo que vendría después, Santiago preguntó desde su oficina qué era eso, por qué mi voz estaba en radio. Me acerqué y le expliqué, mientras mi voz seguía sonando y yo quería prestar atención a ambas cosas, a lo que me decía mi director y al programa. Después comenzaron a pasar varias cosas, como resulta típico en los sueños, donde todo se mezcla con todo. Una locutora (¿Guadalupe Michaelis?) opinaba que la conducción estaba muy bien hecha, y yo me reía, orgulloso, y le hacía una broma: le decía que cualquier tonto podía hacer bien un trabajo de locución. Era un guiño con Santiago, que sin ser locutor solía grabar con su voz los guiones que yo escribía. El se reía con ganas. Pero a mí realmente me gustaba cómo salía mi voz al aire. Desde la oficina de enfrente una chica me llama, cómplice, para que pueda seguir escuchando el programa. Ahora creo que era Agostina, una estudiante del ISER que está a punto de recibirse. Está muy bien: una persona que no es todavía locutora, solidarizándose con quien sin ser locutor también se maneja en estas cosas del hacer radio. También es razonable, ya que yo en Arpeggio me dedico en realidad a la producción del canal de televisión más que a la radio, que el programa que se emitía pudiera verse ahora en una gran pantalla. Menos razonable es que Agostina saliera de escena desapareciendo por debajo de un escritorio, pero los sueños son así. A través de la pantalla se veía ahora una orquesta y un coro de niños, y mi voz se escuchaba acompañando las imágenes y la música, e iba anticipando lo que estaba por suceder. Un pequeño (?), parado ahora a mi lado, se sorprendía de que yo supiese de antemano cada cosa que iba a pasar. Entonces mi voz en la pantalla (pero ya no había pantalla) decía algo en relación a los chicos, precisamente, y este niño, dando un paso en falso, cae en una pileta salida de no sé dónde. Y yo, que sabía perfectamente que eso iba a suceder, tirando de su brazo lo sacaba de inmediato, chorreando agua, y los dos nos reíamos por su torpeza, mientras yo le explicaba que en realidad todos sabíamos que eso era exactamente lo que iba a pasar.

Por cierto: ya no estábamos en el canal. Ya no había más programa de radio, ni televisión, ni Santiago, ni Fernando, ni Guadalupe, ni Agostina, que se había ido por debajo de un escritorio que tampoco estaba más allí. Ahora estábamos en una fiesta, en una especie de campo. Creo que yo llevaba a ese niño en brazos, aunque sin sentir su peso. Un mozo se acercaba ofreciendo caramelos. Eran caramelos ácidos, de esos que parecen rodajas frutales y que a mí tanto me gustan desde que tengo memoria. Sin embargo, le ofrezco uno al chico y yo, que también tengo ganas de comer, no agarro ninguno más. El niño desenvuelve el caramelo, que se cae al pasto. Yo lo levanto, miro si alguien observa, hago un gesto cómplice con los hombros como que no importa, y se lo vuelvo a dar. El se lo lleva a la boca y yo siento el sabor ácido con deleite. Guardo el papel en un bolsillo, para usarlo eventualmente para chiflar (jamás aprendí a chiflar con los dedos, pero puedo hacerlo y muy fuerte con un papel), si la ocasión se presenta.

Ahora estoy solo. Camino hacia un par de invitados que se acercan a lo lejos. Una mujer, a la que en mi sueño reconozco sin reconocer, y que evidentemente me conoce, me felicita. Tiene un tocado de novia en la cabeza. Entiendo entonces que estoy en mi fiesta de casamiento. La mujer acaba de recibir ese tocado como regalo, de parte de la novia, que ahí viene. La alegría que siento al ver llegar a Daniela es inmensa. Está joven y hermosa, sonriente como hace tantos años que no la veo, y no puedo escribir esto sin que se me llenen los ojos de lágrimas; estoy demasiado sensible últimamente. Hay otros invitados cerca, pero mi atención ahora se concentra en ella. Yo me siento contento, feliz, pleno. Tengo ganas de correr por ese campo que se ofrece, pero me llama la atención una neblina extraña que se ha formado. Daniela se asusta, me pide que salgamos de allí. Yo la agarro fuerte de la mano y nos alejamos lo más rápido que podemos, pero la neblina se cierra sobre nosotros. Cuando finalmente se disipa, todos han desaparecido... Yo estoy solo. Siento mi mano todavía caliente, pero no hay nada en ella y me envuelve un enorme silencio.

Me cuesta despertarme. Estoy solo y muerto de frío y llorando. No pude resistirme: le envié un mensaje a Daniela desde mi celular para preguntarle si se encontraba bien. Me respondió enseguida que sí, que estaba durmiendo. Le agradecí y le pedí que siguiera descansando. Supongo que así lo habrá hecho. Yo no pude volver a conciliar el sueño, así que encendí la computadora para escribir todas estas cosas. Hace un rato me dí cuenta de que el programa de Radio Ciudad se emite hoy. Se está emitiendo en este preciso momento, de hecho, mientras escribo. Sé que podría ponerlo y escucharlo. Sé que en algún momento sonará Gismonti. Pero por alguna razón me resisto. También me viene a la mente un recuerdo viejo, viejísimo, de estar caminando por los bosques de Palermo una tarde, hace muchísimos años atrás, con Daniela, los dos tan jóvenes, inocentes y hermosos, y que una extraña y repentina niebla comenzara a caer sobre el lugar. Había una novia sacándose fotos, y con su vestido parecía realmente un fantasma. Recuerdo haber hecho una broma sobre aquello y Daniela, asustada, me pidió que saliéramos de inmediato de allí, cosa que hicimos. Yo bromeaba, pero también estaba inquieto, por no decir directamente que tenía miedo. Había olvidado esa escena, que ahora vuelve a mi cabeza. ¿Habrá sido verdad? ¿Lo habré soñado, también, años atrás, y ahora recuerdo como real aquel sueño? Sinceramente no lo sé; creo que fue real. Aunque lo real y lo imaginario suelen prestarse a confusión.

Afuera llueve, todavía está oscuro. Daniela duerme en una cama lejana, o bien se seguirá preguntando qué diablos fue ese mensaje mío que recibió. Y yo escribo esto aquí, en este departamento que no es mío, que no es de nadie. Acaso alguien esté escuchando en este momento el programa que grabé para Radio Ciudad. Alguien que no conozco. Que me estará escuchando sin saber quién soy. Las cosas son muy curiosas, a veces. Acaso algún día alguien lea todo esto y entienda de qué se trata. Aunque también puede que no.

jueves, junio 25, 2015

Silencio

No soy yo quien escribe esto.
Lo escribe el fantasma de quien alguna vez fui.
Lo lamento, pero no tengo nada más para ofrecer.
Ya lo he dado todo: lo mejor y también lo peor de mí.
De lo último podrán dar fe quienes me padecieron.
De lo anterior, acaso alguien brinde testimonio,
o tal vez no, aunque realmente poco importa.
Por mi parte, ninguna cosa más puedo dar
excepto estas pocas palabras sueltas,
mientras me guardo en el refugio
de la quietud y mi silencio.

sábado, junio 20, 2015

Soledades

Hay un error bastante común, que pasa por suponer que dos personas que sufren de soledad puedan, al reunirse una con la otra, hacerse recíproca compañía. Por lo general, las cosas no se dan de este modo. Pues cuando una persona lleva instalada una soledad adentro suyo, cuando se siente sola de verdad, radical e irremisiblemente sola, no puede ofrecerse a nadie, ni puede tampoco recibir compañía, por bienintencionada que sea. Pero no debe creerse que se trata de desinterés, ni de desprecio, ni de soberbia, ni mucho menos de maldad, por más que ese solitario pueda lastimar a quien se atreva a acercarse demasiado. El problema es que su soledad lo absorbe todo. Es por eso que ninguna persona podrá llegar hasta él para completarlo, ni para arrancarlo de su ostracismo. Por paradójico que parezca, muchas veces quien está solo debe resolver su problema sin nadie más. Debe descubrir la manera de dejar de estar solo aprendiendo a estar consigo mismo. Solo después de haber superado esta etapa podrá acercarse a otras personas y otras personas podrán acercarse a él sin correr el riesgo de ser absorbidos por la nada.

Por supuesto, como toda regla, también ésta tiene sus excepciones.

viernes, junio 19, 2015

Enfocarse

Mi mamá, mi papá y mi hija.
Pero sobre todo mi hija.
Al menos por ahora.
Aunque también puede ser porque sí, no más.
O como dijo alguien una vez: aunque sea por orgullo.
O porque, total, ya estamos aquí, al fin y al cabo,
y no tenemos nada nada nada que perder
excepto, claro, la chance en sí misma,
la posibilidad de hacer algo con esto,
con todo esto, porque siempre hay
algo con lo cual se puede hacer.
Me descubro de pronto a mí mismo
diciendo que es preferible enfocarse
en todo lo que tenemos antes que
en lo mucho que nos falta,
o en lo tanto que hemos perdido.
Sólo me resta ser capaz de escucharme,
de prestarme un poco de atención,
de hacerme algo más de caso.
Siempre hay algo, siempre.
Aunque sea este dolor, que es algo.
Aunque sea este tibio arroyo corriendo
por la mejilla hasta la comisura de mi boca.
Aunque sea la ocasión de volver a escuchar
una vez más un concierto de Mozart.
Aunque sea este miedo.
O el viento en la cara.
O el gusto del chocolate.
O el sabor de las cerezas.
O la esperanza vana
de volver a sentir sus dedos
recorriendo mi rostro en una caricia
que sigo esperando después de todos estos años
y sin embargo nunca nunca nunca llega.

Germán A. Serain

martes, junio 16, 2015

Elogio de la prudencia

Todo lo que el hombre hace y construye,
absolutamente todo, desde el gesto más fugaz
hasta El Quijote o las pirámides de Egipto,
está tristemente destinado a desaparecer
tarde o temprano, de la faz de la Tierra
tanto como de la memoria de los hombres.
En cambio, aquello que el hombre destruye,
lo destruye de una vez y para siempre.
Esto es algo que deberíamos tener presente
antes de acometer cualquier acción,
pues más allá de nuestras intenciones
aquello que rompamos ya no podrá
volver a ser como era antes nunca más.

lunes, junio 15, 2015

Peces sombríos (un sueño)

Llueve...
Ha llovido copiosamente.
Ahora una llovizna pertinaz
sigue cayendo en la tarde sombría.
En los charcos que el agua ha formado
sobre el asfalto una miríada de peces agoniza.
Se asfixian sin saber por qué están allí,
sin comprender de dónde han venido.
Tampoco yo comprendo
pero igual sigo caminando,
para evitar correr la misma suerte.
En uno de los espejos más grande que el resto,
además de los peces veo morir un cisne gris.
También él yace exánime, desarticulado,
o acaso respira un poco todavía.
Estoy ahora despierto,
o por lo menos eso me parece,
pero no logro quitar estas imágenes
inquietantes de mi cabeza.
Estoy acostado,
desnudo y con frío.
No logro moverme,
pero presto atención y escucho:
afuera llueve, y es lluvia copiosa.

Germán A. Serain

domingo, junio 14, 2015

Condenado

Este no soy yo.
O tal vez sí, no estoy seguro.
En todo caso hoy ya no tengo idea
de quién haya sido aquel
que creí ser yo hasta no hace mucho.

Es mentira que los hombres no cambian.
Y verdad es que cambiamos todo el tiempo.
De otro modo no hubiésemos podido
lanzarnos a caminar,
ni a dominar las palabras,
y aquí estamos, sin embargo,
intentando exorcizar viejos maleficios
paso tras paso,
palabra tras palabra,
lágrimas que caen en silencio.

Venimos al mundo sin saber
y de a poco vamos aprendiendo:
nos golpeamos y aprendemos,
nos caemos y aprendemos,
herimos a quien amamos
y comprendemos muy tarde
lo mucho que nos falta entender.

Me pregunto si habrá sido
realmente necesario llegar a ser aquel
miserable que hoy yace en mi triste memoria
sólo para encontrarme ahora aquí,
pero decir aquí es preguntarse adónde,
y saber que a duras penas llegamos
hasta la eterna incertidumbre,
al dolor causado con nuestros pecados,
esos que ya no tienen vuelta atrás
ni redención posible.

Es mentira que los hombres no cambian.
Así como el río jamás es el mismo
tampoco es el mismo jamás el hombre.
Pero sin perdón, nada de esto
importa en demasía.
En definitiva hoy soy esto:
apenas un condenado.

Germán A. Serain

domingo, junio 07, 2015

Lo que somos


Somos hermosos
colosales
magníficos
castillos de arena

El viento y el mar
se encargarán
de desbaratarnos.

Somos apenas eso:
el mientras tanto.

          G.S.