sábado, junio 24, 2017

Lo que no se dice

Detener la palabra
un segundo antes del labio,
escribió una vez Juarroz.
Esa palabra que puede ser
como pájaro igual a su ausencia.
Vos traes hasta mí esos versos.
Y entonces yo estoy a punto
de escribirte un par de palabras;
estuve a punto de hacerlo y eran,
literalmente, nada más un par;
no éstas que de hecho escribo,
sino otras, apenas dos.
Pero luego he releído a Juarroz
y he comprendido que la ausencia
de ese par de palabras aquí,
que no es ausencia de lo que sucede
sino solamente de lo que se dice,
puede ser igual a lo que siento;
a lo que vos sabés que siento.

domingo, junio 18, 2017

Islas

Ningún hombre es una isla
pues ninguna persona vive
auténticamente aislada del mundo.
O acaso sí; acaso todas las personas
seamos como islas
dado que jamás podremos
llegar a estar auténticamente
en el lugar que ocupa el otro,
respirar por el otro,
sentir por el otro,
amar por el otro,
imaginar siquiera
lo que imagina el otro
en el momento de ser alguien
diferente de nosotros mismos.
Nuestro cuerpo es a nuestra soledad
lo que el agua es a la isla:
nos rodea, nos abraza,
pero nos impide ser alguien
distinto de quienes somos.
Entonces nos acercamos a los demás,
a veces mediante la empatía,
o mediante el poder,
o mediante la seducción,
o mediante la dominación,
o mediante la piedad,
o mediante el amor,
que según Sartre no es
sino una sofisticada forma
de la manipulación.
Vaya uno a saber si eso es cierto.
Lo bueno es que, islas o no,
cada tanto nos encontramos
con otros que son
parecidos a nosotros,
islas, náufragos o navegantes.


Cadena de manos

Las manos de mi padre,
que sostienen entre las suyas
las manos aún pequeñas de su hijo,
que ahora sostienen a su vez
las pequeñas manos de su hija.
Es una cadena de manos,
aunque todo esto suceda
en tiempos distintos.
Hoy las manos del padre
son sostenidas por las manos
del hijo cuyas manos, seguramente,
si las cosas han sido bien hechas,
serán a su vez sostenidas mañana
por las manos de una mujer
que hasta hace poco fue mi niña.


lunes, junio 12, 2017

Naturaleza de la poesía

Ayer alguien se refirió a mí
utilizando la palabra poeta.
No supe qué sentir.
En ese momento me pareció
una palabra demasiado grande,
y no es que yo sea modesto,
o sinceramente... no lo sé;
pero no pude menos que preguntarme
qué cosa será realmente un poeta.
Yo en mi casa tengo un piano,
que compré sin saber tocarlo;
y todavía sigo sin saber,
pero de todos modos, de tanto en tanto,
igual me siento delante del teclado
y dejo que mis dedos jueguen
libremente, torpemente,
que busquen alguna lógica,
que no siempre encuentran,
entre las teclas y las notas.
Pocas veces lo logro, es verdad;
me entretengo, no obstante,
y surgen esbozos de ritmos,
alguna que otra armonía,
nada que merezca seriamente
ser llamado música, es cierto;
y sin embargo, qué otro nombre
podríamos darle a todos esos sonidos
que surgen como venidos de ninguna parte
y sin embargo están ahí, indubitables.
¿No son acaso una forma de la música?
Entonces, de nuevo: ¿qué es un poeta?
Alguien que escribe versos, seguramente;
pero no puede tratarse apenas de eso,
tiene que ser algo más.
Alguien que comprenda,
por ejemplo, la rebeldía de la belleza.
Y es posible entonces que sí haya
algo de eso, por fin, en mi caso.
O alguien capaz de observar la luna
y saber que allí hay mucho más
que el satélite natural del planeta;
que allí hay algo que es inalcanzable,
por más que Neil Armstrong haya posado
alguna vez sus suelas en la superficie selenita
y haya soltado aquella tontería
del pequeño paso para un hombre,
paso grande para la humanidad;
eso fue una vil mentira: ningún paso
dio la humanidad tan especial esa noche
(digo noche porque allí estaba la luna);
todo sigue sin mucho cambio aquí abajo,
los mismos males, las mismas dudas,
las mismas soledades, las mismas miserias.
Y cuántos entre nosotros podremos
alguna vez pisar la luna y saber,
como el astronauta, cómo es aquello.
Para la mayoría de nosotros, los mortales,
la luna será siempre algo inalcanzable,
y por lo tanto similar a un sueño,
y por lo tanto materia apta para la poesía.
Y sí, confieso entonces que he escrito,
no pocas veces, palabras inspiradas
y referidas también a la luna.
Como sea: ayer alguien habló de mí
utilizando la palabra poeta,
y yo me sentí halagado;
y sentí que aquellas palabras,
salidas quién sabe de dónde,
que tantas veces he considerado
torpes, absurdas, delirantes,
pueden hallar, de tanto en tanto,
un oído atento.

jueves, junio 08, 2017

Sueño 170608

Anoche soñé que yo era dos.
Vale decir: que con vos éramos tres;
concretamente: vos, yo y yo.
Recuerdo que yo te decía
que no tenía sentido
sentir celos de mí mismo.
Lo que en verdad me intrigaba
era ver si podía sentir por los dos;
vale decir: por mí y por yo,
o simplemente por uno,
como le ocurre a toda la gente.
No sé si se trató de un sueño erótico,
por más que los tres estuviésemos
desnudos y en la cama, etcétera.
Ya dije quiénes: vos, yo y yo.
Creo más bien que este raro sueño
nos habla de mi miedo a la nada:
si uno es dos, y de los dos uno muere
puede ser que el otro permanezca.
En lo que hace a tu presencia,
es como dice aquel viejo romance:
La muerte me anda buscando,
junto a ti, vida sería.
Al fin, el amor y el orgasmo
no son sino estrategias
para distraer a la muerte,
o al menos para olvidarnos
de ella por un rato.
Por cierto, quisiera que sepas
que si escribo todo esto
es porque lo soñé,
pero también
porque te extraño.

martes, junio 06, 2017

Psicólogo de mí mismo: Los otros

- Sabe, doctor... Buscando estar más tranquilo conmigo mismo y con el mundo, un día decidí que iba a pensar que todas las personas hacen y ofrecen lo mejor que tienen de sí. Que si no dan o hacen más, es porque no pueden, y no porque no quieran.
- Sin duda es un muy buen método; lo felicito.
- Claro. Pero mi problema es que últimamente, en algunos casos, no logro convencerme de que esto sea verdad.
- A ver... Su idea para estar en paz es buena, y en algún punto es cierta. Pero pasado ese cierto punto... Uno puede hacerse un poco el boludo, pero ser boludo es otra cosa. En cualquier caso, piense en las veces en que usted mismo haya sido torpe, ciego o mezquino, y de ese modo le será más fácil perdonar las torpezas, cegueras y mezquindades de los demás.

(De mi libro "Cuando yo sea el psicólogo de mí mismo")