miércoles, enero 29, 2014

Ordenando algunas cosas

Esta mañana, después de mucho tiempo, volví a entrar a Facebook. Tras responder algunos mensajes, y justo antes de desconectarme otra vez, una publicación en la columna de actualizaciones llama mi atención. Es una frase, atribuida a Theodor Adorno, que dice: "El arte es más destrucción de sentido que construcción de sentido." 

Algo me lleva a dejar un comentario: "Existen sentidos establecidos culturalmente para las cosas. Sentidos a los cuales la industria cultural, por definición, se ajusta y corresponde perfectamente. He aquí, entonces, un buen parámetro para poder definir lo que es el arte. Porque el arte, a diferencia del producto derivado de la industria cultural, cuestiona los sentidos establecidos, para abrir las puertas hacia nuevos sentidos alternos. Para esto, primero debe romper cualquier atadura con lo establecido, para después, a partir de esa destrucción, posibilitar un sentido diferente. En verdad no sé si Adorno tendría en mente exactamente esto, cuando escribió sus palabras; pero es lo que me hizo pensar a mí su frase." 

De repente recordé además que en alguna ocasión alguien dijo, o acaso lo haya leído en alguna parte, que el libro correcto es el que llega precisamente en el momento en que uno está necesitando alguna revelación. Tal vez por eso me topé con esta frase. O acaso por eso es que hoy he accedido a la lectura de Murakami a través de su "Kafka en la orilla".

jueves, enero 23, 2014

Diario, página uno

20:40. Llego a mi casa. En realidad es una manera de decir. Primero porque, en rigor, este departamento no es mi casa pues es alquilado. En algún lugar existe un título de propiedad que niega la posibilidad de que legalmente yo lo pueda llamar "mío". Es un espacio a préstamo, con fecha de vencimiento. Pero además, y sobre todas las cosas, tiene que ver con eso que escribí en otro momento, no hace tanto: el hogar no tiene que ver con títulos de propiedad, sino con el hecho de que uno pueda sentir un espacio como realmente propio. Y definitivamente no me sucede eso con este lugar. Yo tuve en algún otro momento una casa propia, un hogar, y sé cómo se siente eso. Subo las escaleras en silencio, abro la puerta, nadie me espera y yo ya sé que nadie me espera. Si esta fuese realmente mi casa -me digo- alguien me esperaría. Cierro la puerta, dejo el libro que vengo leyendo sobre la mesa, me quito la ropa. Me lavo las manos, agarro un huevo duro que quedó de anoche y que hoy se convertirá en mi cena, voy al baño y me siento en el inodoro, mientras ceno. Sé que la imagen parecerá patética, o acaso graciosa, pero así es como sucede. Y mientras estoy sentado ahí, comiendo un huevo duro en el baño, a oscuras, pienso en qué puedo hacer para pasar el tiempo hasta que llegue la hora de dormir. Puse "pasar el tiempo". Podría también haber escrito "matar el tiempo", expresión que también suele usarse, muy a pesar de que las cosas son exactamente al revés: es el tiempo el que tarde o temprano nos termina matando a nosotros. El punto es que no quiero pasar el tiempo, ni mucho menos matarlo, sino aprovecharlo. Me pregunto entonces cómo era antes, antes de este departamento alquilado, antes de este llegar a una casa que no es mi casa, en donde no me espera nadie, para cenar un huevo duro a oscuras sentado en el inodoro, mientras me pregunto qué hacer con el tiempo, con mi tiempo, y no puedo evitar que venga a mi mente esa mujer que hasta hace tan poco fue mi esposa diciéndome que en realidad nunca supe nunca pude nunca supe nunca pude nunca pude nunca supe aprovechar mi tiempo. Ah, si pudieras llegar a saber cuánto te extraño, cuánto te necesito, cuánto te amo desde que no estás conmigo... Y sí, ya sé que todo esto ha sido mi culpa mi gran culpa mi estúpida culpa, porque también sé que he sido un estúpido un imbécil un idiota, pero tenés que saber que las personas en general somos así, que no terminamos de darnos cuenta del valor de las cosas que tenemos hasta que las perdemos, acaso un día vos también me extrañes, cuando yo haya muerto, y te digas que podrías haber llevado las cosas de otra manera. Pero volvamos al asunto del tiempo. Es verdad: antes también el tiempo se me escapaba, inevitable, como agua entre los dedos de la mano. Pero entonces había un proyecto, por difuso que fuese, por descuidado que por momentos pareciera. Estaba el proyecto de ser nosotros, una familia, en esa casa que era nuestro hogar, con nuestra hija, un hogar lleno de errores, pero hogar y refugio. Entonces vivir estaba al resguardo de ese proyecto. Hoy ese resguardo ya no existe. Me voy a dormir. Creo que la cena me ha caído mal. Mañana... ¿será otro día? Sinceramente no lo sé. Desde que no estás conmigo el tiempo ha entrado en una especie de aletargado suspenso.

miércoles, enero 22, 2014

Homleless

"¡Después llamame a casa!", le gritó un joven, mientras el tren arrancaba, a alguien que ya estaba fuera del alcance de mi vista. Regresé por un segundo al libro de cuya lectura el grito me había arrancado y todavía pude leer lo siguiente: "Un silencio húmedo y pesado se cierne sobre la casa. Susurros de gente que no existe. Miro a mi alrededor, me detengo, respiro hondo. Las agujas del reloj marcan las tres de la tarde. Las dos agujas están cargadas de una cruel indiferencia." Cierro el libro. No tiene sentido continuar la lectura así, desconcentrado como estoy. Instintivamente miro la hora: son las nueve y veinticuatro de la noche. No hay agujas: son los números de la pantalla de mi celular quienes me informan, pero también ellos llevan consigo la crueldad de la indiferencia, como si fuesen agujas. Para el reloj, que mide el tiempo sin cesar, el tiempo nada significa. Tampoco significa demasiado para mí, en estas últimas semanas, en estos últimos meses. O tal vez significa demasiado. El tiempo transcurre implacable, sin que yo pueda hacer nada para detenerlo, pero a la vez incapaz de ocuparlo con algo que pueda parecer mínimamente de provecho. Entonces vuelvo sobre el joven que un segundo antes le ha pedido a los gritos a alguien que lo llame a su casa. Yo no tengo teléfono: en un ataque de furia he destrozado el aparato un par de días atrás. Mejor el teléfono que mi alma; o algo así. De todos modos muy pocos podrían haberme llamado a la línea a la cual estaba conectado, de manera que no importa mucho. Me quedo pensando en el hecho evidente de que tanto el joven como su interlocutor invisible entendían perfectamente qué debía entenderse por "casa" en el contexto de su diálogo, cuál era ese lugar, esas cuatro paredes, ese techo, esas puertas, ese espacio. Para cada uno de los pasajeros del tren, sin embargo, "casa" representaba algo diferente, un lugar propio para cada uno de ellos, pero distinto del lugar propio de los demás. Hay palabras que tienen esa particular condición de cambiar de sentido según quién las diga, según quién las escuche. Y claro, de manera inevitable me encontré preguntándome qué significaba "casa" para mí. Y ahí descubrí que en realidad vengo a ser como una especie de triste homeless, incluso cuando duerma todas las noches bajo el techo de un departamento alquilado. Porque "casa" en el contexto de lo que vengo diciendo y pensando, en realidad significa hogar. Y el hogar no es una construcción, un edificio, una vivienda, sino ese lugar propio en el cual uno encuentra su auténtico refugio. Y yo no tengo ningún lugar propio, ningún refugio. Lo tuve alguna vez, por supuesto que lo tuve... Pero ya no lo tengo.

Si escribo estas líneas, que seguramente jamás vas a leer, es porque yo quisiera que sepas que mi hogar podría ser cualquier lugar en el mundo en el cual pudiera escuchar tu respiración a mi lado, mientras dormimos. Cualquier lugar en el mundo en el cual, con sólo estirar mi mano, yo pudiese sentir el calor de tu cuerpo, hoy ausente. Si vos no estás, el hogar para mí es algo que no existe. Y cuando pienso que hoy alguien más te escucha respirar mientras dormís, sabé que con eso pierde sentido mi vida. Yo hoy ya no tengo hogar, ni lo puedo volver a tener hasta que vos regreses. Y en eso se resume todo.

martes, enero 21, 2014

Mascarada

He decidido montar una mascarada en torno de mi persona. Quiero que parezca que está todo bien; incluso cuando nada esté más lejos en mí que el estar bien, por supuesto. Será una manera de evitar tener que dar, a la repetida pregunta "¿estás bien?", la fastidiosa respuesta negativa, no, no estoy bien, nada más lejos de mí que el estar bien, será imposible que algo vuelva a estar bien en mi vida hasta que ella no regrese, y temo que ya no volverá. Entonces, para evitar la expresión de reproche de quien con la mejor intención me haya interrogado, ante la evidencia de que no estoy haciendo nada por estar mejor más que esperar que las cosas vuelvan a ser como eran antes, cuando en opinión de todos eso es razonablemente imposible, cuando alguien me pregunte cómo estoy, responderé a partir de ahora que muy bien, con una sonrisa que acaso dejará alguna duda en los más perspicaces, pero que será políticamente correcta y conformará a mi eventual interlocutor y me evitará tener que dar mayores explicaciones. Y entonces un día tal vez esas mismas personas digan "yo lo conocía; realmente no se entiende... Parecía ser una persona feliz, muy segura de sí misma... Y un buen día simplemente no supimos más de él."

lunes, enero 20, 2014

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Vendrá la muerte a buscarme
y acaso tendrá tus ojos.
Y de tener la muerte tus ojos,
a ella me entregaré mansamente.

Gracias por lo mucho que me diste.
Perdón por no haber podido entender,
por no haber sabido explicar,
por no haber sido capaz de
ofrecer más de lo que logré darte.

¿Es acaso débil quien admite
ser tan frágil que su vida puede
pender de un hilo tan tenue
como la ilusión de amar y ser amado?

¿Es acaso cobarde quien libremente decide
renunciar a todo para ya no soportar
las miserias propias de un amor
que ya no puede ser correspondido?

"Hasta pronto", dijo.
En ese instante no supieron que esas
iban a ser las últimas palabras que se dirían,
por nunca jamás.

jueves, enero 09, 2014

Lo que yo quería

No era algo tan extraordinario lo que yo quería. O al menos en su momento no me pareció algo tan extraordinario. Simplemente deseaba cuidar de alguien que a su vez cuidara de mí. Eso era todo. Creí que sería algo sencillo de encontrar. Pero no. Las cosas nunca son tan sencillas como parecen, cuando parecen sencillas. Es la soledad lo que impera en el fondo de la naturaleza del ser humano. No las recíprocas compañías. Después de todo morimos siempre solos. Nadie puede vivir la muerte de otro puesto en su lugar.

martes, enero 07, 2014

Carta a una mujer imaginaria

Es como te decía el otro día, el amor, el sexo, son apenas estrategias propias de la naturaleza para que el ser humano no se extinga. Conocemos a la persona que nos parece adecuada, por lo general sin que sepamos cómo ni porqué sucede, y de repente nos enamoramos, o nos vienen ganas de coger, esa palabrita molesta que nos revela en nuestra condición animal, pero todo es nada más que porque de eso que nos impulsa a la cópula se desprende a la larga la reproducción de la especie. Es propiamente una cuestión de químicas. Pero también es cierto que nosotros, pobres mortales, estamos atravesados por estas sensaciones. Y entonces no tiene ningún sentido relativizar sus efectos o su incidencia. Ponele que el amor sea ficticio, y seguro que lo es, en el sentido de que jamás llegamos a conocer realmente a la otra persona, esa de la cual nos enamoramos. Ponele que eso sea cierto. Y que las pasiones propias del sexo sean nada más que el resultado de una serie de procesos resumibles en términos de hormonas, enzimas y demás. Todo eso está muy bien, lo comprendo perfectamente, pero de ningún modo podría ser calificado de ficticio eso que cada uno de los amantes siente cuando piensa en el otro, cuando está con el otro, la emoción de los cuerpos entrelazados, las salivas que se mezclan en una sola, las lenguas que se confunden al punto de ya no saberse si pertenecen a esta boca o aquella, los pies descalzos, las piernas desnudas que se enredan, los sexos que se humedecen y reclaman, la piel y las manos de uno y de otro, un cuerpo que se arquea al ritmo exacto, pero ya no son dos cuerpos, sino uno solo, yo en vos, vos en mí, así parecen decirse los amantes, los límites se han disuelto en un gemido que tanto puede ser de uno como del otro o de ambos. ¿Acaso podríamos sostener que todo esto es ficticio? Que sea el resultado del engaño que vos quieras. Dejame morir engañado en esa breve lucha de los cuerpos que se aman. Dejame desear que ese instante maravilloso, milagroso, sea para siempre. O que no pudiendo serlo sea al menos repetido tantas veces como necesitemos para escapar por un rato de la muerte.

Creo que de esto se trata, finalmente. Al estar juntos, los amantes suspenden por un rato su condición de mortales; dejan de lado sus limitaciones, sus identidades, sus prejuicios, sus penurias. ¿A quién le importa que en el trasfondo de todo esto objetivamente se imponga una ficción? ¿No sucede acaso esto mismo con la poesía? ¿Qué hay detrás de ese conjunto de palabras capaces de conmover el alma de las personas sensibles? ¿Y con la música? ¿Cómo podría una simple secuencia de sonidos ordenados según ciertos parámetros despertar una emoción incontenible al ser escuchada en momentos determinados? Somos parte de estas ficciones, llevamos dentro de nosotros mismos la capacidad para reconocer estas formas de la poesía y conmovernos con ellas. Las necesitamos, para seguir vivos. Y fijate si no lo que me pasó ayer mismo, cuando terminó mi jornada de trabajo, me subí a mi auto, arranqué rumbo a mi casa, encendí la radio. Comenzó a sonar la Balada para piano Nº 1 de Federico Chopin. Nada sorprendente, dado que yo mismo la había programado unos días antes. Pero de repente no pude contener algo que me nacía muy desde adentro, una especie de nudo que se desataba de una manera tan misteriosa como inevitable, y entonces me largué a llorar como una criatura. Yo no sé si lo que me pasó fue la belleza de esa música. O acaso la evidencia de la inevitabilidad del ser. O tal vez fue que me sentí jodidamente solo. Mucho más solo cuando esa música que sonaba en ese instante era tan bella, y yo sin poder decirle a nadie “escuchá qué hermoso, decime si esto no justifica el hecho de estar vivos, por lo menos este rato, mientras la música dure”, pero yo estaba solo, y así, en medio de esa soledad, esa belleza parecía no tener sentido. Terminó la Balada, pero yo ya estaba desatado, desnudo, desangelado. Así que seguí llorando un rato más, solo adentro de mi auto, detenido a un costado de la calle, diciéndome que no era posible tener la sensibilidad así, tan a flor de piel, qué vergüenza, un hombre grande. Y volví a pensar en vos. No porque esté enamorado, porque de hecho los dos sabemos que sos nada más que una ficción, una idea que nace y muere en mi mente. Pero sí porque me di cuenta de que estoy necesitando esa poesía ausente que resultaría indispensable para que todo lo demás no duela tanto, para poder ser el que cuide y cure y contenga, tanto como el que sea cuidado, contenido y curado, para poder compartir horas de amor y de belleza y de todo lo que nos pudiera hacer bien a ambos, en el momento que fuera, y para volver a encontrarle un sentido posible a esta colección imprecisa de instantes fugaces que es lo que solemos llamar vida, y que finalmente pasa tan rápido. Es verdaderamente una pena que no estés, que no existas.

lunes, enero 06, 2014

Quote...

Algo importante de recordar (y con esta frase abrirá mi libro de poemas "Flores del mal"):

...Y el que algo sea bello, no impide que sea al mismo tiempo perverso.

Reyes Magos

Por cierto: los así llamados Reyes Magos no existen. No existen los magos, de hecho, y la realeza está en plena decadencia en todo el mundo desde hace rato, historias de príncipes y princesas incluidas. Aparte de eso, lo que no he podido dejar de preguntarme en estos días es qué hubiese sucedido en el mundo occidental si al llegar aquellos tres con sus camellos a Belén, en tiempos en que las ecografías eran todavía algo impensado, el recién llegado, hijo de María y de José, hubiese sido una niña en lugar de un niño.

domingo, enero 05, 2014

Un Aguafuerte porteña

El dolor tiene muchas formas y muchos nombres. O no tiene forma, ni nombre alguno, y ese es su mayor problema. En cualquier caso una de las formas posibles del dolor tiene que ver con este fragmento de una de las Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt, titulada "La terrible sinceridad", que dice así:

Me dirá usted: “¿Y si me equivoco?”. No tiene importancia. Uno se equivoca cuando tiene que equivocarse. Ni un minuto antes ni un minuto después. ¿Por qué? Porque así lo ha dispuesta la vida, que es esa fuerza misteriosa. Si usted se ha equivocado sinceramente, lo perdonarán. O no lo perdonarán. Interesa poco. Usted sigue su camino. Contra viento y marea. Contra todos, si es necesario ir contra todos. Y créame llegará un momento en que usted se sentirá más fuerte, que la vida y la muerte se convertirán en dos juguetes entre sus manos. Así, como suena. Vida. Muerte. Usted va a mirar esa taba que tiene tal reverso, y de una patada la va a tirar lejos de usted. ¿Qué se le importan los nombres, si usted, con su fuerza, está más allá de los nombres?

¿Por qué razón esto duele? Porque estoy harto, sinceramente, de equivocarme, de que no me perdonen, y de que todavía no haya llegado el momento de comenzar a sentirme más fuerte, por supuesto.

sábado, enero 04, 2014

Necesito que vengas a mi rescate. En serio.
Queda cada vez menos tiempo.

En qué estoy pensando

Leo mis poemas. Los que vine escribiendo a lo largo de las últimas semanas, algunos publicados por aquí y por allá, ofrecidos a la mirada de quien sepa buscarlos, y algunos otros privado. Por un lado me pregunto de dónde me vino esto de pretender poner en palabras versificadas lo que me atraviesa. Es como si la palabra escrita funcionara para mí a la manera de un espejo, en el cual intento descubrir mi verdadero perfil, para corregirlo. Pero además noto en esas series de versos, y no sin cierta preocupación, que estoy pasando de la oscuridad a la luz, de ida y de vuelta, con demasiada facilidad y de una manera demasiado extrema. Buscar el equilibrio: tarea para este nuevo año.

viernes, enero 03, 2014

Carpe diem

El tiempo es limitado: carpe diem.
No desesperes por esta razón,
que mientras estés vivo
cada día encierra en sí mismo
el germen de la eternidad.

Simplemente ten presente
que nada más somos esto:
una colección limitada de instantes.

Búsqueda

Te busco,
siempre te busco,
de vez en cuando
te presiento,
cada tanto incluso
te vislumbro,
allí donde menos
esperaba ya encontrarte,
y es como un
resplandor repentino,
pero en definitiva
sigo sin saber
cómo llegar hasta vos.

jueves, enero 02, 2014

SCAT II

Abro un libro cualquiera
en una página cualquiera
que así dicen ha de hacer
quien ande necesitado
de verdades o certezas
y entonces leo esto:
Quien no busca no encuentra.
Pretendo que sepas
que yo te ando buscando
y no de ahora, sino de antaño,
de cuando todavía no tenías
rostro y ni siquiera un nombre
y por supuesto, ya se sabe
que toda búsqueda supone un riesgo
el peligro de extraviarse para siempre
dentro de algún continente salvaje
o resultar mortalmente herido
esas cosas suceden a veces
con quienes se aventuran
en senderos desconocidos
territorios inexplorados
pero quiero que sepas
que yo igual te busco
y sueño con tu boca
moviéndose en silencio
pronunciando palabras
que no alcanzo a escuchar.

miércoles, enero 01, 2014

Happy New Year (JC)

No conocía este poema de Julio Cortázar. Lo conocí hoy, precisamente durante el primer día de un año nuevo. Y porque precisamente venía pensando en la importancia que puede llegar a tener para un hombre tener la mano de la mujer que se quisiera cerca entre las suyas propias, es que lo copio aquí, para que quede.

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestás tu mano en esta noche
de fìn de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.

Autobiografía, Capítulo I

En este primer día del año, que recibo solo con mi alma, y por lo tanto melancólico y meditabundo, intento comprender algunas cosas. Porque no me resigno, y porque además sé que hay personas que en menor o mayor medida me aprecian que no terminan de comprender, tampoco ellas, por qué razón aparente pareciera yo empecinarme en no ser feliz, como si ser feliz fuese una cuestión de decisiones, y lo peor de todo es que resulta muy probable que en el fondo así lo sea. Y entonces me pregunto, pero ya no estoy hablando solamente de mí mismo, por qué razón hay personas a las cuales la felicidad pareciera costarles tanto. Y escribo así, en tercera persona, por una cuestión de estilo, pero ya he dicho que también estoy reflexionando sobre mí mismo. Varios seres concurren ahora a mi mente. Pienso en mi tía Mabel, por ejemplo; siempre intento tenerla presente como ejemplo del error, puesto que de nada le sirvió haberse quitado la vida, triste joven adolescente desesperada, acosada por quién sabe qué demonios, más que para malograr las posibilidades que le ofrecía una vida entera por delante, con sus tristezas y dolores incluidos, porque también me digo esto: que el dolor certifica que estamos todavía vivos, y entonces es algo bueno, por más que no sea tan bueno como la alegría. Pienso también en Borges, y eso que decía, que de joven había pensado en el suicidio, pero que a la larga había llegado a la conclusión de que no valía la pena, porque el tiempo se encargaría de suicidarlo, ahorrándole el trabajo. Pienso en Harry Haller, el personaje de Hermann Hesse, probablemente autobiográfico en alguna medida, la coincidencia en las iniciales dice algo al respecto, que enseña que el verdadero suicida por lo general no se mata por mano propia, y que quien sí lo hace con frecuencia no es un suicida auténtico, sino alguien que ha extraviado el rumbo, porque quien está decidido a quitarse la vida bien puede darse el lujo de esperar a ver qué es lo que le trae el día de mañana, pues ningún mal puede afectar realmente a quien ya está jugado, y paradójicamente el lobo estepario vive así más profunda e intensamente que el común de los mortales. Pero no es el suicidio lo que me interesa, sino la angustia que determina que algunas personas terminen desembocando en él. Pienso en Alfonsina Storni, pienso en Alejandra Pizarnik, pienso en Violeta Parra, que escribió ese glorioso himno de alabanza que es Gracias a la vida sólo para quitarse la vida de un balazo un breve tiempo más tarde. ¿Cuál es el factor que determina que estas personas terminaran sucumbiendo ante la angustia, teniendo todas ellas, como tenían, un espíritu lleno de magia, energía y poesía? ¿Cómo es posible pasar de "Gracias a la vida, que me ha dado tanto" y sin escalas a descerrajarse un tiro en la cabeza a los 49 años? Hay como cierto empecinamiento, es verdad, pero también una extraña lucidez que termina oscureciendo la naturaleza de estos seres. Debo reconocer que alguna vez consideré seriamente la posibilidad de quitarme la vida, pero ahora estoy en esa etapa posterior de pensar que el tiempo se encargará del asunto, mal que me pese. Y mientras tanto quiero vivir, pero es entonces la angustia de no saber cómo hacerlo lo que me traba. Quiero de repente tener algún dato más sobre Violeta Parra y busco. Encuentro una biografía, firmada por Mónica Echeverría, y leo lo siguiente: “Ella se enamoraba todo el tiempo. Era una mujer que no podía vivir sin amor. Hay dos cosas sin las que Violeta no podía pasar el tiempo: sin cantar y sin un hombre a su lado haciéndole el amor. Las noches debía pasarlas con ese hombre, atrincada y apretujada a él.” Fue por amor, precisamente (mejor dicho: por desamor, que es la otra cara del asunto) que Violeta decidió terminar con su vida. Y entonces esto me lleva a pensar en la cuestión de las soledades, que son las que tantas veces convocan a la desesperación en las noches oscuras. ¿No es acaso la soledad también uno de los temas recurrentes en la poesía de Pizarnik? Pienso en lo absurdo de la cuestión: la gente ama la poesía de Alejandra, o las canciones de Violeta, pero instintivamente rechazan a los seres que tienen una sensibilidad acorde a las tempestades que dieron origen a sus respectivas obras. Pienso de nuevo en la soledad, como una posible clave para comprender la angustia, esa necesidad de compartir determinadas sensaciones con un otro, de verse espejado para poder existir, que lleva a su vez a la necesidad de plasmar de alguna manera, en palabras escritas o en canción o en arte, eso que quema, que duele, que lastima. Pienso también en cómo no somos en definitiva jamás nosotros mismos, sino siempre en la relación con alguien, que nos acompaña o que nos destruye, que nos sostiene o suelta nuestra mano, que se nos presenta como una esperanza, como una ilusión más o menos posible, más o menos probable, y entonces uno sigue adelante, hasta que un buen día la ilusión se rompe y entonces. No, ya dije que aquí la cuestión no es la muerte, aunque ella esté, en definitiva, en el trasfondo de todas las cuestiones. Aquí la cuestión es declarar que hay personas que no pueden manejar sus sentimientos, sus impulsos, sus sensaciones, tan fácilmente como algunos otros pretenden que sí son capaces de hacerlo, y hasta es probable que efectivamente puedan, allá ellos. No es mi caso. Y no renuncio a la ilusión, a la esperanza, a los espejismos tontos, a las proyecciones imaginarias, pero sepan que me duele la ausencia, tanto como esta incapacidad que tengo, que dista mucho de ser empecinamiento, de controlar esto que me sucede de la piel para adentro, y lo escribo solamente para que conste, por si alguna vez a alguna persona le interesara conocerme.