martes, febrero 23, 2016

Sueño 160223 - Aguas

¿De dónde vienen los sueños? La pregunta es retórica. Podría articular una respuesta fácilmente, haciendo referencia a los contenidos del inconsciente, a los miedos, a los deseos reprimidos, pero tal respuesta solo podría ofrecerme una satisfacción intelectual. No me serviría para calmar mi verdadera inquietud. Lo cierto es que suelo tener sueños intensos, de los cuales despierto a veces muy agitado. Hubo una época en la que incluso tenía miedo de dormir, por temor a los sueños que pudiesen presentarse. Con el tiempo logré superar ese temor, pero no cierta dificultad para separar con claridad la realidad de la fantasía onírica. Anoche volvió a pasarme:

Estábamos de visita en casa de mi amigo Luis. No es raro, pues hace poco estuve allí. Ya era tarde y sus dos hijos se estaban por ir a dormir. Yo le preguntaba si tenia una computadora, para mostrarle unos trabajos que estaba haciendo y debía enviarle. La madre de los chicos (la última vez que fui a su casa supe que están separados, pero en el sueño no lo estaban) me conduce entonces al cuarto de uno de ellos, donde veo que hay un monitor (en realidad la computadora en la casa de Luis está en otra parte, en el comedor de la casa), pero entonces escucho que el hijo menor protesta: dice que él quiere irse a dormir, y yo comento entonces en que no tiene sentido molestarlo, que mandaré todo por mail más tarde, al llegar a mi casa. Porque además en ese momento me doy cuenta de que en realidad no sé qué cosa podría mostrarle, pues los trabajos en cuestión no están subidos a Internet, sino que los tengo en la computadora de mi casa.

Nos disponemos entonces a irnos. En el ínterin veo que hay un montón de cosas tiradas en el piso: cuadernos, papeles y muchos marcadores y lápices. Intento recogerlos, pero en el piso, de madera, hay algunas grietas, y varios lápices caen a través de ella. Miro y veo que abajo hay como un sótano. La luz de ese sótano está encendida y puedo ver cómo allí, sobre un piso de madera idéntico, se acumulan cosas. Adivino que muchas deben haber caído desde donde estoy, a través de esa hendidura. Insisto en querer acomodar los lápices, poniéndolos ahora sobre una silla, pero vuelven a caerse y alguno que otro rueda y se suma a los que ya han caído al piso de abajo. Finalmente desisto. De todos modos ya nos estamos yendo. Cuando ya me dirijo a la salida, y en el propio sueño no termino de entender bien de qué se trata, algo cae de mis manos, y al chocar contra el piso se convierte en un montón de pequeños bichos, que salen corriendo. Alguien me dice que son arañas de cristal, pero yo veo claramente que no lo son: esos bichos no son arañas, sino más bien unos insectos grises parecidos a pequeñas garrapatas, y tampoco son de cristal: están vivos, y corren por el suelopara enseguida esconderse. Miro mis manos, para verificar que no tenga encima ninguno de esos bichos. Mis manos están sucias, pero bichos no hay, lo cual me alivia.

Salimos y ya en el pasillo le pregunto a Luis por ese sótano, convencido de que forma parte de su casa e intrigado por el hecho de no haber reparado nunca antes en él. Imagino inclusive el gran ambiente que podría hacerse allí, pero Luis me dice que esa no es parte de si casa, sino que allí es donde vive el Lobo. Al parecer el Lobo no es un animal, sino un hombre. Lo único que me aclara al respecto es que el Lobo no está casi nunca, pero que él sabe cuando viene porque una cantidad de moscas anticipan su llegada.

Ya en la calle me comenta que alguna vez quiso comprar ese sótano, para hacer una pileta, pero que al final la compra no se concretó y que alguien más hizo una pileta en otra parte. Yo no le presto demasiada atención, porque veo que en la esquina la calle está completamente inundada. Observo el suelo y calculo por dónde podré saltar de la vereda a la calle sin mojarme. Ya en la vereda contraria hay todavía más agua, pero alcanzo a ver un cordón, donde debería estar la línea de la edificación. Puedo caminar por allí, haciendo un poco de equilibrio. Tengo que esperar que no pasen autos, pues recién, al pasar uno, el cordón ha quedado tapado por el agua. Pero ahora no viene ningún coche y entonces me atrevo a avanzar.

Me pregunto entonces por Daniela, la madre de mi hija, cómo se las estará arreglando con su pie operado, pues todavía le cuesta caminar. Veo que ya está más adelante, junto con la madre de los hijos de Luis (que ahora ha pasado a ser Claudio, el padre de Ivana, la mejor amiga de mi hija). En realidad no la veo a Daniela, sino que la escucho reírse. Se ríe porque en la vereda de enfrente algo ha sucedido con mi hija. No entiendo bien qué fue lo que pasó, pero lo cierto es que está ella con Ivana. Las dos tienen en la mano algo así como unos aros hawaianos y evidentemente están discutiendo. Se nota en el gesto grave que ambas tienen que la discusión es desagradable, pero Jéssica además acaba de hacer algo malo: ha golpeado a Ivana con uno de esos aros, que se ha roto. Me llama mucho la atención, pues Jessica no suele tener esos arrebatos, y mucho menos con su amiga. De pronto me siento muy incómodo, porque es evidente que la situación entre ellas se ha salido de control. Imagino lo mal que se deben de estar sintiendo por estar metidas en esa pelea que no pueden controlar.

En ese momento, en medio del forcejeo, entiendo que se van a caer al agua. Le doy entonces a Luis (a Claudio) lo que llevo en la mano (me doy cuenta en ese momento que ni siquiera sé qué es), al mismo tiempo que veo que se caen, ya sin más remedio; pero lo que debe ser apenas un charco es evidentemente más profundo, pues el agua las tapa. Yo continúo entonces mi movimiento (es como que todo esto sucede en un mismo y único movimiento), que me lleva a meterme al agua para ayudarlas a salir. Alcanzo a tocarme los bolsillos del pantalón y pienso que tengo los documentos, que van a arruinarse, pero me digo que no importa, aunque todavía todo es más un gesto de cariñosa atención que de verdadera urgencia, pues el agua no puede ser tan profunda, y sin embargo no logro verlas. Al entrar al agua, también me tapa a mí. Además es agua barrosa y no alcanzo a ver nada, pero estiro la mano y logro tocar a las chicas. Las agarro y tiro entonces con todas mis fuerzas hacia arriba. Siento que consigo alzarlas, pero sigo sin embargo con mi propia cabeza debajo del agua. Repito entonces mi tirón hacia arriba, y siento que las alzo, pero así y todo seguimos los tres debajo del agua. Al tirar por tercera vez, con el mismo resultado, me doy cuenta de que estamos en un problema, que si no logro salir con ellas a la superficie vamos a ahogarnos, y no comprendo por qué razón es que no logro salir, pero empiezo a desesperarme.

Alcanzo a darme cuenta de que en verdad no me desespera la posibilidad de morir ahogado yo mismo, sino el no poder llegar a rescatar a las chicas. En ese momento me despierto sobresaltado, con un grito y llorando.

Cuando me dispongo a escribir todo esto, para no olvidarlo, me vino a la mente un sueño anterior, que tuve varios meses atrás. En aquel otro sueño iba yo caminando con Daniela por un prado, estando ya separados. Recuerdo todavía la sensación de beatitud que sentía, mientras caminábamos en paz los dos por ese campo, en un día soleado... A lo lejos podían verse los cascos de unos grandes barcos abandonados, y yo le explicaba a Daniela que alguna vez esa llanura había sido un mar. Recuerdo también que yo caminaba hasta un árbol enorme, ubicado en el borde de un acantilado, y que desde allí veía un paisaje increíble: las raíces del árbol se perdían hacia abajo, al mismo tiempo que a lo lejos se avistaba el horizonte. Yo la llamaba entonces a Daniela, para compartir ese paisaje con ella, pero al acercarse (también esta escena fue todo en un único y lento movimiento) yo apenas alcanzo a decirle que tenga cuidado, cuando ella tropieza y, por más que yo intento atajarla, ella cae entre las raíces del árbol, que tanto daban al precipicio como al viejo mar. Entonces me tiro de cabeza detrás, intentando alcanzarla, pero no lo logro, pues ella cae demasiado rápido, en medio del agua o del aire. También en ese caso me desperté gritando y llorando. Pero ese sueño volvió a mí en otra ocasión, estando despierto: fue en el recital de David Gilmour en Buenos Aires. Durante una canción pasaron un video donde alguien flota en una pileta, y después se hunde, y yo de pronto volví a ver las imágenes de aquel sueño, y me puse a llorar, movido por una angustia desesperante, en la cual lo irreal no tenía las habituales fronteras de separación con lo que es verdadero. Jessica, que estaba conmigo, se dio cuenta de que algo raro me pasaba. Daniela jamás supo nada, ni de aquel episodio ni de mi pesadilla.

No puedo dejar de notar que se repite la constante del agua, el ahogo del ser amado, la imposibilidad de salvarlo y el hecho de morir juntos, pero estando radicado el drama en la muerte del otro, y no en la mía propia. Acaso tenga que ver con viejas historias trágicas, ajenas y a la vez demasiado cercanas. Algo me quieren decir estos sueños, y yo no consigo terminar de comprenderlos.

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