martes, agosto 31, 2021

Imposible hazaña

Quisiera escribir un poema triste.
El poema más triste y desolado
que nadie haya escrito jamás,
con versos cargados de angustia,
desconsuelo y soledades,
y quebrantos y añoranzas.
Quisiera dejar en esas líneas
-pocas, humildes, escuetas-
todo el dolor que sea posible
encerrar en unas cuantas palabras.
La confusión y el desconcierto,
mis traiciones y los espantos.
Para ya no ser quien deba cargarlos.
Porque ya estoy cansado.
Desearía poner todo eso fuera de mí,
en una hoja de papel, o en una pantalla.
En palabras que estén fuera de mi alma.
Hay días en que lamento tanto
ser un horrible poeta
incapaz de semejante hazaña.

lunes, agosto 30, 2021

Sueño 210830

Entro al Teatro Colón. Aunque en realidad no entro yo; aunque sí... Empecemos de nuevo: se ha filmado una película en el Teatro Colón. Una película de acción, con policías, patrulleros y soldados vestidos con uniformes de camuflaje. Yo estoy viendo esa película, pero al mismo tiempo me encuentro adentro de la acción. De hecho pienso que estoy exactamente en el lugar que ocupó en su momento el camarógrafo. Veo lo que vio el ojo de la cámara. En este momento, concretamente, observo la espalda del soldado que avanza justo delante de mí. Hay un auto de policía que se acomoda a un costado. Pienso en los pisos del teatro, si no se habrán arruinado con el ingreso de los vehículos, que de algún modo han accedido hasta el hall de entrada. A quién se le ocurre usar una sala de conciertos como el Colón para esto, me pregunto. 

Me distraigo observando los fastuosos techos del edificio. Me doy cuenta de que de alguna manera me estoy resistiendo a seguir el punto de atención que quiso imponer el camarógrafo, y siento un impreciso agrado hacia mi gesto de rebeldía. Procuro entonces probar algo más arriesgado: intento desentenderme por completo del punto de vista de la cámara. Quiero desplazarme por el lugar librado a mi voluntad. No seguir los pasos guionados, esos que marcó en su decurso la cámara, sino elegir mi propio punto de vista. Hacer mi propia exploración de aquel espacio. Curiosamente consigo hacerlo. Primero amago un par de veces ir por un lado para luego terminar yendo por otro. Hasta que al fin me despego por completo de los soldados y la película, para perderme por un costado. Cambia la historia: ahora se trata de mi propio guión, el que yo defino.

Elijo centrar mi atención en algunos personajes secundarios que deambulan por allí, que a partir de mi voluntad se convierten de pronto en principales. Escucho conversaciones ajenas, fijo mi atención en cosas que de no ser por mi caprichosa mirada acaso no tendrían ninguna entidad. Me siento al costado de una mesa redonda. Se acerca la chica encargada de servir y me pregunta qué puede ofrecerme. Le digo que no tengo plata, que me estoy soñando y que no tengo ni una moneda en mis bolsillos. Lo gracioso es que tengo conciencia de soñarme unos pantalones con unos bolsillos; no sé por qué no se me ocurre soñar de paso unas monedas, y listo. De todos modos ella me dice que no importa y me trae un café, que bebo con agrado. En ese momento una niña que pasaba cerca se suelta de la mano de su madre, se detiene delante de mí, me observa y luego me saluda. La miro durante un instante y entonces le digo: "Acordate de este momento. Estás soñando con el hombre que te soñó, mientras se soñaba a sí mismo."

Me despierto.

sábado, agosto 28, 2021

Decime cómo se hace

Decime cómo se hace
para hacerle llegar una carta
a quien ya no está más en el mundo.
Cómo hago para contarle, por ejemplo,
que ayer por fin me compré una cama
después de siete años de dormir
con el colchón sobre el piso.
Que las cosas están bien.
Que todos los días te extraño.
Ya ves, al final te hice caso.
Tengo una cama y heladera,
y como todos los días.
Contame cómo estás vos.
Adónde estás vos.
Cómo son las cosas cuando
todo deja de ser.
Si así como hay un pasado
y existe un presente
hay algún posible reencuentro
cuando el tiempo deja de ser tiempo.

viernes, agosto 20, 2021

Acandamos

Cómo estás, pregunta alguien
No sé si me lo pregunta a mí
O si es pregunta, nomás
Pregunta de rigor,
de repetición,
de cotidiano ritual.
Es bien sabido:
Hay que preguntar "cómo estás"
Y luego es menester añadir
algo acerca del clima
o cualquier otra intrascendencia.
Busco palabras
Porque de ritual o no
Me han preguntado a mí
Y quiero responder
Algo un poco más sincero que
el tradicional "acandamos".
Sin pensarlo mucho me sorprendo
al escucharme contestar:
Anímicamente descalibrado.
Definitiva respuesta.
Acorde a los tiempos que corren.

Descalibrado
Desregulado
Desajustado
Desarmado
Desmontado
Desconcertado
Distorsionado
Desequilibrado
Pero no desmoronado
Y eso es lo que importa.

Sueño 210818: El hombre que se parecía a Al Pacino

La conversación giraba en torno de un par de actores de Hollywood. No logro precisar ahora quiénes, pero quizás tampoco lo hice durante el sueño. De todos modos la charla se disolvió cuando encaramos la escalinata de acceso al edificio. Adentro, la imponente arquitectura remitía a un palacete de principios de siglo XX, con techos altos y una gran escalera de mármol dispuesta en forma de caracol, que subimos en medio de una sensación de tensión creciente. Me di cuenta de que en uno de los salones, a pesar de lo inadecuado de la hora, iba a tener lugar una reunión. También supe que me estaban conduciendo hacia ella. Saludé cortésmente a un par de personas al entrar al salón. Alguien a quien conocía de vista me dirigió la palabra: "Serain, usted también por aquí". Le respondí con un dejo de fastidio: "Así parece. No tengo idea del motivo, pero aquí estamos". En realidad mentía: tenía una vaga idea de para qué estábamos allí y también de lo que iba a suceder. Y no era nada bueno.

En el salón ya estaba presente nuestro anfitrión, un hombre de unos cincuenta años, con una fuerte presencia, que perfectamente podría haber ocupado el lugar de Al Pacino en la película El abogado del diablo. El mal estaba encarnado en él. 

El-hombre-que-se-parecía-a-Al-Pacino lanzó una mirada fugaz hacia donde yo estaba y me dedicó una sonrisa burlona. Los dos sabíamos por qué nos encontrábamos ahí. Acaso éramos los únicos en ese salón que teníamos conocimiento de la verdad. En ese salón estaba por definirse el destino del mundo. En ese salón ominoso, con su enorme mesa y sus paredes cubiertas de cuadros, en uno de las cuales pronto se iba a concentrar la atención de todos los presentes. 

Fue en ese momento cuando el-hombre-que-se-parecía-a-Al-Pacino tomó la palabra. Se excusó por lo repentino de la convocatoria, agradeció la presencia de todos y explicó la importancia de lo que se iba a revelar en  unos instantes más, aunque no dijo -claramente no lo dijo- que era el destino de la humanidad lo que estaba en juego. Tampoco reveló -eso el mal jamás lo hace- los oscuros intereses por él representados. Hubo, como suele suceder en estas ocasiones, un elaborado disfraz de frases hechas.

Como remate a su breve discurso, el-hombre-que-se-parecía-a-Al-Pacino dijo que anunciaría el nombre de quien sería el responsable de contarnos la gran sorpresa que nos tenía reservada. Y coronando sus palabras con un gesto teatral innecesariamente ominoso, señaló uno de los cuadros que adornaban la sala al grito de "¡Matisse!". Una joven que hasta entonces había permanecido apartada se acercó y descolgó el cuadro, dejando a la vista una gran caja fuerte empotrada detrás. Me llamó la atención el aspecto particularmente provocativo de la mujer, como si todo fuese parte de una cuidada puesta en escena. Mientras el-hombre-que-se-parecía-a-Al-Pacino abría la caja fuerte, me detuve a observar el cielorraso: como si de una Capilla Sixtina profana se tratara, el techo estaba decorado con una pintura no figurativa. Imaginé que también podía ser un Matisse, pero si en el lienzo predominaban los azules, la pintura del techo estaba repleta de tonos rojizos, repartidos en trazos agresivos.

El-hombre-que-se-parecía-a-Al-Pacino sacó de la caja fuerte algo envuelto en papel de diario. Intuí el paso de manos de un maletín repleto de dinero, pero mi atención estaba concentrada en ese paquete que lentamente se fue desenvolviendo hasta convertirse, como por arte de magia, en un periódico que señalaba la compra del piano que había pertenecido a Chopin. "¡Voilà!", fue todo lo que dijo, dedicándonos a todos una enorme sonrisa maligna y una mirada gozosa y al mismo tiempo fatal.

Supe lo que seguiría, como si hubiese estado leyendo el guión de una película de la cual yo mismo era un actor principal: la gente se iba a ir retirando, hasta que en el salón solo quedáramos los dos antagonistas de este relato: el-hombre-que-se-parecía-a-Al-Pacino y yo. Entonces, en un acto de rebeldía, antes de que se acallara el último aplauso, abandoné aquel salón primero que nadie, y me apresuré a salir también del edificio, al medio de la noche. Imaginé la sorpresa del malvado sujeto al buscarme con la mirada, desconcertado ante ese repentino cambio de planes que acababa de tener lugar justo frente a sus narices.

Más tarde, ya despierto, comprendí que el sentido de este sueño probablemente se concentre en mi decisión de haber roto un guión que yo sentía planteado de antemano. Sin embargo, lo cierto es que esa decisión me dejó durante un buen rato envuelto en la pregunta de cómo se relacionaba el hecho de que aquel demonio hubiese adquirido el piano de Chopin con el fin de la humanidad. Y que mi despertar me encontró solo en medio de la calle, sin saber qué hacer o qué hubiese pasado de haberme quedado a confrontar a aquel demonio, tal como había sido escrito. No esperen una moraleja: esto no es una fábula, sino apenas el relato de otro sueño.



lunes, agosto 16, 2021

El que espera...

 "Al haber perdido la esperanza porque dios ha muerto, la espera se torna intolerable", sugiere el entrevistador. Y enseguida añade otra idea: que el hecho de no soportar la espera está relacionado íntimamente con el surgimiento de la angustia. 

La entrevistada se llama Diana Sperling. Podríamos decir de ella que es ensayista o pensadora, si no fuese porque de alguna manera todos estamos ensayando todo el tiempo, y también pensando. Dejemos las disgresiones de lado por una vez.

Ella niega: dice no estar segura de si la angustia puede curarse con la acción. No lo dice ella, pero yo pienso entonces que quizás la acción sirva al menos para atenuar la angustia, para distraernos de ella. Aunque no la cure. Algo así como una ilusión. Pienso también que si todo en la vida supone una acción (nacer, comer, amar, dormir, pensar, defecar), de alguna manera la vida entera podría ser vista no más que como una ilusión.

Finalmente Sperling termina señalando que "no poder esperar que los procesos hagan lo suyo -no lo dice, pero "lo suyo" en definitiva es matarnos- es la parte nefasta". Que esa resistencia a la espera produce aun más angustia. Y que, como no soportamos la angustia, nos lanzamos a la carrera para taparla. 

Me pregunto entonces si en lo más parecido al no hacer, en la contemplación de la lluvia, del cielo, de unos ojos o de una puesta de sol, no habrá más verdad que en tantas vanas carreras.

Enlace a la nota en cuestión.

sábado, agosto 14, 2021

02:00 P.M.

Eran las dos en punto de la tarde.
A las dos en punto de la tarde
el reloj hizo sonar su alarma,
justo antes de caer al agua helada
para hundirse sin remedio;
Tras lo cual -por supuesto-
dejó de contar las horas.
Un niño observó la escena en silencio.
Tomó algunas palabras y un lápiz
y luego narró lo acontecido en un cuaderno;
Tras lo cual -por supuesto- el tiempo
continuó su marcha, implacable.

viernes, agosto 06, 2021

Tu mirada

Quereme
Por favor quereme
Por qué esta cruel letanía
Acaso no tengo el amor que necesito
Desde dónde arrastro este miedo
De nunca ser suficiente
De nunca alcanzar
De no ser nadie
De no ser nada
Mirame
Por favor mirame
Que necesito ser
Y sin tus ojos no logro encontrarme

sábado, julio 31, 2021

Avskjed (Farewell)

Cae una vez más el sol a lo lejos
Otro día que llega a su final
Quizá sin siquiera haber nacido
Suena una trompeta agónica
Me fijo y es Palle Mikkelborg
Como si el nombre importara
Como si decir eso dijese algo
Quisiera que estuvieses aquí
Y esto sí es decir mucho
Para escucharlo juntos
En silencio
Sin decir una palabra
Porque no nos hace falta
Mientras las últimas luces
Convierten la tarde en noche
Noche segura si estás conmigo
Pero no; estoy aquí solo
Acompañado apenas por el silencio
Partido al medio por una melodía.

viernes, julio 30, 2021

Alejandra y la ausencia

"Si no me escribo soy una ausencia".
Esto anotó Alejandra en sus Diarios
allá por 1965; vale decir justo un año
antes de que yo llegase al mundo.

"Será por eso que me escribo",
me digo entonces.

Y sin embargo, curiosamente,
muy en el fondo comprendo
que en realidad yo le escribo
a mi propia futura ausencia.

sábado, julio 24, 2021

Alicia en la calesita

Nos gustaba subirnos a la calesita. "Viajar en calesita", solía decir yo. Jorge me corregía: me explicaba, con su habitual buen criterio, siempre tan razonable, que una calesita gira sobre un eje, por lo que en definitiva no traslada a nadie a ninguna parte. Yo en esos casos nunca insistía, pero pensaba que sí, que a través de sus vueltas la calesita a mí me hacía viajar, hacia otro tiempo, hacia mi niñez, hacia ciertas tardes lejanas pobladas de inocencia y alegría. Creo que Jorge me acompañaba más que nada para darme el gusto a mí. Que nunca entendió adónde nos llevaban aquellas vueltas, montados en caballos de madera que subían y bajaban al compás de la música. Hasta que un día la calesita cerró. Tiempo después supe que Don Juan, su dueño, había fallecido. Un infarto repentino, cosas de la edad. Al parecer sus hijos no le encontraron sentido a continuar ellos con el emprendimiento. Hay que decir que era gente joven, pragmática. Supongo que también ellos debían pensar que algo que gira sobre su propio eje no sirve para ir muy lejos.

Que yo recuerde, no volví a subir a una calesita nunca más. En parte porque de a poco fueron siendo  cada vez más escasas, al punto de convertirse en una rareza. Y también porque a pesar de las muchas ingenuidades que una  persona pueda llevar consigo, a la larga todos maduramos y comenzamos a ocupar nuestro valioso y escaso tiempo en asuntos más importantes. O por lo menos más urgentes. Crecemos, en definitiva. Dejamos de ser niños, y cuando menos lo esperamos también dejamos de jugar a serlo, siquiera de a ratos. Comenzamos a envejecer, en otras palabras, casi sin darnos cuenta. Tal vez por eso me sorprendió tanto, años más tarde, la repentina muerte de Jorge. Porque no nos damos cuenta, hasta que un día todo se acaba. El paso de los años suele acarrear estas crueldades, que pesan sobre los demás, pero también sobre una misma. Las ausencias, la decadencia inevitable, el lamentar no haber hecho más cosas a tiempo. 

Hoy me puse a revisar papeles en unos cajones viejos, para distraer un poco el tiempo, precisamente. Y de pronto me encontré con esta fotografía. Ya no recuerdo quién la habrá tomado. Me detuve a observarla en detalle. Me vi a mí misma, de nuevo joven y dichosa, con un pañuelo al cuello que aunque la toma fuese en blanco y negro adiviné violeta. Lo ví a él a mi lado, aferrado al poste de su caballito de madera, acompañándome a mí, con su paciencia infinita. En ese momento me sorprendí al escuchar sonar un vals en el asilo. Y para variar, esta vez fue Jorge quien tuvo la gentileza de invitarme, sin que yo le dijese nada: ¿Querés que demos una última vuelta en la calesita antes de marcharnos, Alicia? -me preguntó. Yo sonreí y, por supuesto, acepté encantada.



N.B.: Desconozco quiénes sean las personas que aparecen en la fotografía. Alguien encontró esta foto tirada en la calle, algo lo llevó a compartirla en una red social, y luego algo más me llevó a escribir este relato.

Espejos

Existe una distancia insalvable entre 
aquello que podría haber sido
y lo que fue, y lo que es,
y sin embargo
de alguna manera todo 
lo que podría haber sido
insinúa cada tanto su presencia,
como uno de esos gatos de Schrödinger
que son y no son a un mismo tiempo.
Aquí no estás pero 
en algún lugar te sueño.
Aunque eso no significa nada.
Muchas veces nos sentimos como 
un viejo espejo, ya añejado,
y dudamos ante lo que vemos 
sin saber si eso existió alguna vez 
realmente, o si acaso podría haber sido.

miércoles, julio 14, 2021

Las comparaciones siempre

Alguien lee una biografía
Son dos mujeres:
Lectora y biografiada
Los nombres no vienen al caso
La primera se asombra
de que la segunda
haya hecho tanto en pocos años
La comparación la deja mal parada
Siente que a ella la vida
ya casi se le ha pasado
Y que ha sido en vano
Ella apenas ha tenido
unos pocos logros que
considera menores
Se pregunta si llegará a cumplir
el objetivo para el cual
supuestamente
fue puesta en el mundo.
Menuda tontería.
Pretender que uno ha sido
puesto en el mundo para algo.
Además ¿cuál sería el parámetro
para evaluar cualquier logro
si al final del camino
invariablemente está la muerte? 
El personaje de esa biografía
¿habrá sido feliz?
Incluso leyendo el libro
no hay manera de saberlo.
Ese es un secreto que
en el mejor de los casos
cada quien se lleva a la tumba.
Vaya uno a saber qué diablos
significa eso de ser feliz
o si será posible.

jueves, julio 08, 2021

Miedos

Estoy inmóvil.
Miento, en realidad me muevo.
Pero lo hago muy lentamente, demasiado,
como mediando una precaución tan innecesaria
como exasperante.
Tengo miedo.
De repente me pregunto
si elegimos tener miedo o si es algo que
sencillamente sucede, espontáneo, inevitable.
No tengo certeza al respecto.
Pero sí estoy seguro en cuanto a que
Tengo miedo de que dejes de quererme;
Tengo miedo de no ser suficiente;
Tengo miedo de no poder
vencer este miedo que me congela;
Tengo miedo de que sea demasiado tarde;
Tengo miedo de transcurrir en vano;
Tengo miedo a no saber qué hacer
con tanta incertidumbre...
Y sin embargo
quiero elegir no tener miedo,
estar seguro de vos,
de mí mismo, de nosotros. 
Y quiero no tener miedo de sentir miedo,
cuando a pesar de todo él llegue a visitarme.

jueves, julio 01, 2021

Como una sombra

Muchas veces ocurre así.
De golpe, como una sombra
que de repente oculta el sol.
Estoy triste.
Lo sé porque algo escondido
adentro del alma palpita
y duele de nuevo con cada latido
mientras un calor húmedo
me empaña la vista.
Otra vez la angustia, vieja conocida.
Pero algo he aprendido.
Detengo el tiempo un instante
y me pregunto qué me pasa.
Qué carajos me pasa.
Qué me falta.
Y me respondo que no he sabido.
Es tan simple como eso.
Como un Fausto redivivo la vida pasa.
En buena medida ya ha pasado.
Y no he sabido.
Pero ¿realmente habrá alguien
que transite por la vida sabiendo?
Pienso que podría ponerme
a armar ese libro de poemas
tanto tiempo postergado.
Lo espero hace tiempo.
Que es un poco decir
que acaso me espero a mí mismo
y nunca llego.


Aborrezco los relojes

Aborrezco los relojes
y los almanaques.
Siempre me he llevado mal
con casi-todo-lo-que-mida-el-tiempo.
Soy ese que por costumbre dice:
"Hace algunos años..." o
"Cuando yo era más chico..." o
"Será dentro de poco".
Siempre referencias imprecisas.
Jamás una fecha exacta
y es que carezco de ellas.
Me angustia el envase de detergente
que se termina
porque me recuerda los días que pasan.
Puede que parezca una estupidez.
Aunque tal vez sea porque recuerdo
que eso es lo último que compró mi viejo
justo antes de comenzar a irse.
Curiosamente, me agrada escuchar música.
La música, que solamente existe mientras suena.
Vale decir, mientras el tiempo transcurre.
Pero me desespera saber que hay más
discos y más discos esperando
para ser escuchados
que tiempo disponible para hacerlo.
Y así como pasa con eso ocurre con todo.
Con los libros, las películas,
los besos, los paisajes, cada noche
que transcurre sin estar a tu lado.
Tiempo, tiempo, tiempo, tiempo.
Aborrezco los relojes, ya lo dije.
Ese tic tac implacable
que nos aleja de todo,
hasta de nosotros mismos,
y nos acerca a la muerte.

viernes, junio 11, 2021

Miedo a la oscuridad

Mucho ha sido escrito acerca del
miedo a la oscuridad. Tremenda tontería.
Absolutamente nadie le teme a la ausencia de luz.
Y sin embargo es cierto que existe
un temor ancestral hacia casi todo aquello que
sólo se mueve en la noche.

Pero a nadie asusta la oscuridad.
Ya dejen de repetir eso, que es una burda mentira.
Ni siquiera una criatura tiene semejante miedo,
por más que nos ruegue que mantengamos
alguna luz encendida hasta el alba.
Es que los niños intuyen cosas
que los adultos negamos.

No es la oscuridad lo que despierta
en nosotros esa imprecisa inquietud,
esa inasible incertidumbre que,
lo confesemos o no, nos angustia.
Lo que despierta el temor,
lo que amenaza en silencio,
lo que no tiene nombre y espanta,
es todo aquello que pueda esconderse
en el marco oscuro de las sombras.

Pero es también el gran temor,
en la disolución de los colores,
en el borramiento de las formas,
de toparnos así, de repente,
de una manera imprevista,
con nuestras más ocultas verdades.
Después de todo es la ausencia de luz,
en el devenir de la noche,
lo que nos lleva a mirar las estrellas.


jueves, junio 10, 2021

Sueño 210610

Creo que escuché un ruido en la puerta de mi departamento. No estoy seguro, pero fui a fijarme. No hubiese sido raro, pues por debajo de la hoja de madera suelen deslizarse los papeles de las cuentas a pagar. Lo extraño es que yo miraba, pero no me daba cuenta de si había o no papeles en el suelo. Entonces quise encender la luz. Y tal como sucede en las películas de miedo, o en las pesadillas, el interruptor no funcionó. Ninguno de los dos interruptores que hay al lado de la puerta hacía nada, por mucho que lo intentara. Probé entonces con la luz del baño, que está a dos pasos de distancia. Primero las lámparas parecieron encender de una manera muy tenue. Después me terminé de convencer de que tampoco funcionaban. Pensé en una falla general en el edificio. Mal de muchos, consuelo de tontos.

Volví a la cocina, cuando escuché un nuevo ruido. Era un ventilador, que yo recordaba haber apagado y sin embargo allí estaba, funcionando. Todas las luces se encendieron de pronto. También el microondas, el horno eléctrico y la computadora, que hizo su característico ruido de inicio, prácticamente al mismo tiempo que su pantalla se apagaba de nuevo. Sin dudas sucedía algo extraño.

Miré hacia afuera, a través del ventanal que da al balcón. Al parecer había un apagón general. Unos  enormes edificios que tenía a un par de cuadras de distancia estaban completamente a oscuras. En otros sectores, sin embargo, se veían luces. Salí al balcón. Bajé un escalón, sentí el aire fresco y me apoyé en la baranda. Me quedé observando, en la terraza de una casa cercana, a unas personas que estaban terminando de cenar. Parecía haber una fiesta. Supuse que de allí venía la música que yo había estado escuchando. En otra casa pude ver que una joven daba un espectáculo, un show de canciones o algo por el estilo. Recuerdo haber pensado que la pandemia había empujado a muchas personas a rebuscarse la vida de maneras curiosas.

Fue entonces cuando me di vuelta y me sobresalté al ver a VA, sentada en una silla dentro de mi departamento, no muy lejos de la salida al balcón. Ella también parecía observar el espectáculo que se desarrollaba en la casa vecina. Me estremecí, pues yo sabía que en realidad estaba solo. Que no debía haber nadie más conmigo, y que además no había vuelto a ver a VA después de habernos separado, varios años atrás. Me pregunté cómo era posible que estuviese allí sentada, aparentemente divertida, atenta a lo que yo hiciera, aunque intentara disimularlo.

Sin embargo, lo aterrador estaba por suceder. Justo detrás de VA apareció una segunda versión de ella misma. Su vestido era diferente, pero en todo lo demás las dos eran idénticas. Caminó unos pasos en completo silencio hasta quedar de pie justo detrás de la primera, que permaneció ajena a este hecho. Quise hablar, pero no pude. Le indiqué con gestos a la VA que continuaba sentada que se diera vuelta, para que pudiese ver a su duplicado, detrás suyo. Creo que necesitaba compartir mi asombro con alguien más. Ahora me doy cuenta, sin embargo, de que las dos mujeres me observaban a mí. Las dos ahora sonreían, con una actitud en la que yo presentí una enorme carga de malicia.

Por fin la VA de la silla comenzó a darse vuelta con lentitud, al mismo tiempo que, en un movimiento que pareció cuidadosamente coordinado, la otra desaparecía detrás de unas cortinas. En ese momento apareciste vos, para mi alivio. Llegué a decirte algo, pero enseguida dudé de que fueses vos realmente.

Me desperté agitado. Debajo de las sábanas, un cosquilleo frío me recorrió las piernas. Me pareció tener alguna línea de fiebre. Entonces vi el ventanal de mi departamento. Me llamó de inmediato la atención ver, detrás de los vidrios, una niebla cerrada, compacta, misteriosa. La computadora estaba encendida y sonaba música: una sonata para violoncello solo de Bach, que sin embargo era otra cosa. Me puse los lentes, que por suerte habían quedado cerca, para poder ver mejor. Poder ver las cosas con alguna nitidez representa algo muy importante, en estos casos. Luego agarré el celular y salí al balcón, semidesnudo como estaba, con mucho cuidado, para tomar una fotografía de aquella niebla, decididamente inusual. Sentí el aire frío de la noche. Me dio temor acercarme hasta la baranda.

El silencio era total, excepto por la música de Bach que, como ya dije, en realidad no era Bach. Volví a meterme en la cama, apenas diez segundos antes de que se apagara de golpe la música, junto con la pantalla de la computadora. Me dije que probablemente la grabación había llegado a su fin, pero no pude dejar de sentirme inquieto. Miré la pantalla de mi celular: eran justo las 04:00. Recordé entonces que uno de mis estudiantes me había dicho días atrás algo en relación a esa hora, pero no pude precisar qué. Miré la foto que había tomado con mi teléfono. La espesa niebla todavía persiste, ahora mismo, mientras termino de escribir estas palabras.



miércoles, junio 09, 2021

The Good Place

Ponele que sea verdad que existe un cielo
al cual llegan después de la muerte
aquellos que en este valle de lágrimas y risas
hayan ocupado en hacer el bien su tiempo
de manera desinteresada y justa. 

Pero ahora que ya lo hemos dicho,
¿cómo podría continuar siendo
un desinteresado gesto hacer el bien
a sabiendas de que es precisamente eso
lo que conduce al anhelado paraíso?

Entonces, ahora ya no habrá salvación,
puesto que el desinterés se ha vuelto imposible.
Así es como se dan estas contradicciones:
en el preciso momento de pedirte alguien que 
seas espontáneo, ya no hay modo de serlo. 

Y sin embargo, ahora que ya sabemos
que ninguna buena acción podrá redimirnos, 
por ser justo esa la llave a la eternidad,
si muy a pesar de saberlo igual hacemos el bien
será ese sin duda un gesto desinteresado.

Pero entonces volvemos a empezar: 
el mecanismo otra vez ha sido revelado.
De manera que, de nuevo, el interés 
es inevitable, pero al mismo tiempo inútil.
Sin desinterés no hay paraíso; etcétera.

Por más vueltas que le demos al asunto
siempre volvemos a caer, una y otra vez, 
en una desolada y total incertidumbre. 
Pues bien: eso es lo que somos. 
Y somos lo que hacemos.



martes, marzo 30, 2021

30 de marzo

De un tiempo a esta parte
cada 30 de marzo se conmemora
el Día Mundial del Trastorno Bipolar.
La fecha es en homenaje a Vincent van Gogh,
quien festejaba -a veces- su cumpleaños
en esta misma fecha y al parecer tenía
esa curiosa mala costumbre de pasar
de la euforia a la depresión sin escalas.
Dado que hoy es 30 de marzo
iré a comprarme un kilo de helado
como para celebrar, se entiende.
Luego me pondré a llorar un buen rato,
a moco tendido, como corresponde.



domingo, enero 17, 2021

Paradojas

Uno de los mayores problemas de nuestra sociedad es que en ella se suelen plantear dilemas paradojales para los cuales se exigen resoluciones que parten de falsas premisas. Es algo así como lo que sucede con el juez que pregunta, exigiendo que se le conteste por sí o por no, cuando resulta que la verdadera respuesta es cuatro. 

Enseña Paul Watzawick, uno de mis pensadores de cabecera, que el modo correcto de salir de un problema paradojal es escapar de las reglas que el problema pretende imponer. La única solución real en esos casos es generar una categoría de respuesta alternativa. 

Un ejemplo posible: un peluquero recibe la orden de cortar el pelo a todas aquellas personas -pero únicamente a aquellas personas- que no se corten el pelo a sí mismas, ¿Debería él mismo cortarse el pelo? Este es el ejemplo perfecto de una paradoja: aparentemente hay solo dos opciones disponibles, y cualquiera que se elija se estará incumpliendo la regla. La única solución posible es correrse de la idea de que hay únicamente dos alternativas.

Por supuesto, no es precisamente esto lo que solemos hacer, y por ese motivo nos extraviamos en peleas y debates vanos, unos defendiendo el Sí, otros luchando a muerte por la conquista del No... Y unos pocos observando consternados, sabiendo que la respuesta es cuatro. O quizás amarillo, o acaso diamante, o margarita, o ruiseñor... Pues tampoco existen respuestas definitivas de una vez y para siempre para todas las cosas.


Sueño 210117

 - Si voy a morirme, no quiero que sea sabiendo que te quedaste enojada conmigo.

Dije esto en tono de broma, pero detrás de la broma había un miedo auténtico, que iba más allá de la posible eternización del desencuentro. Unos segundos atrás había hallado una profunda herida en medio de la palma de mi mano izquierda. Recuerdo haberla observado con algo de curiosidad. La completa ausencia de sangre y de dolor me hizo pensar primero que me había lastimado sin darme cuenta, y que mi cuerpo de algún modo estaba reaccionando y se estaba curando solo. Creí vislumbrar un hueso. Mi propio hueso, en el fondo de aquella herida. Sacudí la mano y algunas gotas de un líquido desagradable cayeron al piso. En ese momento comprendí que tal vez estaba pensando el proceso en sentido contrario. Que no me estaba curando, sino al revés. Comprendí con espanto que aquel orificio que no debía estar allí, lejos de cerrarse, se iba extendiendo, conforme aquel líquido, junto con una pulpa blancuzca y suave, demasiado suave, continuaba goteando de mi mano. Noté entonces que justo en el centro de mi mano derecha, como si naciera debajo de la piel, comenzaba a abrirse un estigma parecido. Fue entonces cuando cerré mis manos, como queriendo negar aquella incipiente podredumbre sin gusanos, y lo dije.

- Debería ir a hacerme ver esto. Si voy a morirme, no quiero que...

Voy hacia atrás. ¿Qué había motivado aquel enojo? Una discusión cualquiera, con un grupo de malditos burócratas, había terminado a los gritos. Gritos que definitivamente no estaban dirigidos a ella, pero que por alguna razón ella había decidido tomar a su cargo. Estaba además el asunto del dispositivo... ¿Para qué servía aquella cosa? No voy a lograr recordarlo, pero era algo así como un balde, que flotaba en el agua a varios metros de la costa. Entre los dos logramos rescatarlo, y mientras vos quitabas la pieza que hacía las veces de tapa, yo me ocupaba de documentar el momento con la cámara del celular. 

Fue entonces que los malditos burócratas empezaron a reclamar el dispositivo como propio y exigieron que se lo entregásemos. Intuí que había allí alguna mala intención y me negué. Tras lo cual comenzó la discusión, mientras yo sacaba del balde, que se había inundado de agua, varias telas empapadas, acaso toallones o mantas, que les iba arrojando en medio de mis gritos. 

Pero nada de esto importa demasiado. Lo que importa es el malentendido, el desencuentro, y sobre todo la fatalidad de aquellos estigmas, con sus bordes blancos, la disolución de la carne debajo de la piel, el líquido y esa horrible sustancia pulposa en la cual se iban convirtiendo mis palmas, de adentro hacia afuera, en medio de una total ausencia de sangre y dolor.

Por suerte me desperté, claramente sobresaltado, Más tarde recordé que existe una bacteria que habita en algunos mares que se alimenta de carne y produce una especie de necrosis, y lo relacioné con el agua que había dentro de aquel dispositivo, con la cual mis manos habían estado en contacto. Mi mente intentaba alguna explicación racional, al mismo tiempo que reconocía algunas metáforas.

- Si voy a morirme, no quiero que sea...

Me temo que estamos condenados a la disolución, de la carne y de la memoria. Los que queden, también están condenados a lo mismo. Por supuesto, todos quisiéramos ser recordados gratamente, sobre todo por aquellos a quienes amamos. Pero también esa memoria va a desaparecer con el tiempo. Vivamos hoy. Y por las dudas, seamos prudentes con dónde metemos las manos.

jueves, enero 14, 2021

Despertar del sueño 210114

No sé qué sucedió esta mañana. Me despertó un insistente ulular de sirenas, y un par de perros que aullaban acompañándolas. Con los ojos todavía cerrados -tenía mucho sueño todavía, los párpados me pesaban demasiado- me pregunté si estaba en mi cama o en la tuya. Traté de identificar aquellos sonidos, como si los perros o las sirenas de Cucha Cucha sonaran de un modo diferente al de las sirenas y los perros del Partido de Morón. Finalmente supe que estaba en mi cama, porque no te sentí a mi lado. Reconozco que experimenté cierta decepción: hubiese querido abrazarte y seguir durmiendo al contacto de tu cuerpo. A todo esto las sirenas y los aullidos continuaban. Sospeché que algo habría pasado. Como las sirenas parecían ser de autobombas, se me ocurrió buscar en las noticias de Internet las palabras "incendio+zona+oeste", imaginando que tal vez el escándalo viniese por ese lado. Pero sabía que seguía acostado, y con los ojos cerrados, y de hecho medio dormido. Entonces me vino a la mente una solución perfecta: imaginé que tomaba el celular y realizaba la búsqueda en cuestión. La idea era simple: si en mi sueño los resultados obtenidos indicaban que en efecto había pasado algo, entonces me terminaría de despertar del todo e iría efectivamente al celular o a la computadora para leer la noticia en cuestión. Porque para mí era claro que en mi sueño no iba a poder leer ninguna noticia. Pero al parecer sí los resultados de la búsqueda. Después no sé muy bien qué pasó, supongo que me volví a quedar dormido, hasta que finalmente sonó la alarma de las 09:00. Verifiqué entonces que seguían sonando sirenas y que por lo menos dos perros continuaban aullando; que en las noticias de Google no había registro de incendio ninguno, y que a veces las ideas geniales que a uno se le ocurren entre sueños resultan más graciosas que efectivas. De todos modos, lo que más lamenté fue volver a verificar que no dormías a mi lado. Por eso, porque te extraño, te cuento todas estas cosas.

viernes, enero 01, 2021

Alexandro y los no nacidos

Tengo un amigo que mató
a su mujer golpeando
con un martillo su cabeza.
No, aquí no hay metáfora ninguna.
Es un hecho tan literal como la muerte.
Y yo que no soy capaz de matar una mosca...
Leo esta línea que acabo de escribir y me detengo.
Hace apenas un minuto aplasté una cucaracha
y lo hice porque sí nomás; porque podía.
Mejor regreso sobre el hilo del asunto:
Tengo un amigo que mató a su mujer
golpeando con un martillo su cabeza.
Nunca le pregunté por qué lo hizo.
Tampoco qué sintió al hacerlo.
Jamás hablamos al respecto
pero el hecho me enseñó
algunas cuantas cosas.
Por ejemplo, que no siempre
un asesino es por fuerza
una persona malvada.
Shit happens, you know.
Te guste o no admitirlo
cualquiera de nosotros,
dadas ciertas circunstancias,
podría convertirse en homicida
de la noche a la mañana.
Hubo quienes me mal juzgaron
por no haberme sumado
de un modo más convincente
a la condena de aquel reo.
Hoy imagino a aquellos jueces
luciendo quizás un pañuelo verde
en sus cuellos o en sus manos,
suponiéndose inocentes,
cuando la realidad es que todos
somos culpables por algo.
Muchos dirán que no es lo mismo.
Yo digo que no hay modo de saberlo.
Sigo sin condenar a nadie pero
no comprendo la vanagloria del caso.
Porque sí, o porque puedo...
Allí radica el quid de toda la cuestión.
Sugiero nada más un poco de prudencia.
La duda es la jactancia de los intelectuales,
dijo una vez alguien que, por cierto,
de intelectual tenía poco y nada.
Yo procuro obligarme a la duda.
Quizás por eso me pregunto
cuáles serán los límites
que definen a una persona.
Si será su color de piel,
su credo, sus ideas,
sus cuentas bancarias,
sus preferencias sexuales,
su nacionalidad, sus genitales,
o el solo hecho de haber nacido.
Pienso entonces que es posible,
si se me disculpa el retruécano,
que nos convirtamos
en potenciales asesinos
cada vez que nos resistimos
a descubrir en el otro a un otro.
Cuando lo invisibilizamos.
Y esto sucede todo el tiempo.
Quizás sea nuestra condición humana.
Pero no estaría mal que el decoro
nos imponga al menos intentar
ser más sensatos y discretos.

miércoles, diciembre 30, 2020

Legalidad

Hubo tiempos en los cuales
matar negros, judíos, cristianos,
homosexuales, disidentes, esclavos,
enemigos, indígenas, diferentes,
estuvo avalado por la ley,
por las buenas costumbres
y por el Estado.
Sin embargo
matar siempre ha sido,
es y será lo mismo.
Un acto acaso repudiable,
o bien un gesto intrascendente,
parte de la propia naturaleza humana.
Que cada quien decida,
pero no nos engañemos:
Legal o ilegal
es probable que interrumpir una vida,
cualquiera sea la circunstancia,
sea siempre un homicidio.
Un gesto común, sin ninguna trascendencia. 
Después de todo
quién no ha cometido un crimen
alguna vez, en el curso de
su breve existencia.

lunes, diciembre 07, 2020

Dios nos libre de quienes

Dios nos libre de quienes hablan en su nombre.
Amén. Y vuelvo a decirlo para que
en la medida de lo posible quede claro:
Dios nos libre de quienes hablan en su nombre
y de quienes ven dioses por todas partes
y de quienes no son capaces de verlos
en ninguna circunstancia. Amén.

Que tan pernicioso es quien afirma
como aquel otro que niega, sin tener en
ninguno de ambos casos mayor fundamento.

Dios también nos salve de la corrección política
y de quienes gozosos castigarían al blasfemo,
y de las personas pretendidamente santas
que juzgan y condenan a quienes adoran
dioses distintos de los que señalan ellos,
y ni hablar de quien tenga el mejor tino
de no adorar a ninguno. Amén.

Que si Dios en verdad llegase a existir
bastante justo sería dudar que necesite
de tantos mediocres intermediarios.

Dios nos proteja de quienes inventan a Dios
y prostituyen más tarde su Santo Nombre
justificando con él todo tipo de miserias
nacidas de lo más perverso del hombre.
Pero por las dudas que Dios también nos guarde
de quienes por más que lo intentemos
jamás hemos conseguido creer en El.

En otras palabras:
Que alguien salve a Dios,
que nosotros ya estamos jodidos.

sábado, diciembre 05, 2020

Sueño 201127

Yo que he viajado tan poco en mi vida, sueño que estoy en una estación de radio en Perú. ¿Será realmente Perú? También podría ser Ecuador, o algún otro país latinoamericano. Lo cierto es que sin darme cuenta entro al estudio en el momento más inoportuno, lanzando una frase en voz alta justo en el momento en que el micrófono queda habilitado. Un par de mis palabras llegan a filtrarse al aire, estoy seguro. Nada grave, pero enseguida el conductor de turno decide divertirse a costa de mi error, y me presenta a la audiencia como un profesional del medio. Sin decirlo abiertamente, destaca de esta manera mi error de principiante. Esto me resulta evidente: la mirada y la sonrisa socarrona que me dedica no dejan lugar a la duda. Me hace entonces una pregunta, dándome el pie para que hable... ¿Sobre qué quiere que hable? No tengo la menor idea. Por más que me esfuerzo, no comprendo lo que dice. Le pido entonces que me repita la pregunta. Lo hace, pero es inútil. Lo escucho hablar, y sin embargo el sentido de lo que dice se me escapa por completo. Comprendo, por el contrario, que lo inesperado y absurdo de la situación lo está fastidiando. 

Decido entonces contar al aire que vengo de la Argentina, donde se habla un castellano mucho más abierto, y explico que cuando hablo en radio puedo poner una voz más cálida, o más distante, y mientras digo estas cosas voy modificando mi manera de expresarme, ejemplificando así cada supuesto. Remedo también el modo de hablar peruano (¿o será ecuatoriano?) y luego muestro mi propia manera cotidiana de conversar, destacando en particular las vocales, bien abiertas...

Ahí veo que la expresión de mi colega cambia. Acaba de comprender por dónde viene el problema. Los dos hablamos castellano, pero eso no alcanza para que podamos entendernos, porque son dos castellanos muy diferentes uno del otro. Para que la idea quede aun más clara, cuento entonces algo que he vivido en un viaje anterior, en el cual sucedió algo similar. Refiero que en aquella ocasión, habiendo sido parte de una comitiva en un país del Medio Oriente (alguien me señala que debió ser en los Emiratos Arabes, y yo le doy la razón para no discutir, pero en realidad pienso que más bien debió haber sido en un país como Siria o Irak), el inglés que se hablaba allí era muy diferente del que manejaba nuestra intérprete. Añado que en aquellos países un error de interpretación era sin duda potencialmente más grave, al punto de poder costarle la vida a alguien, por todo el asunto de las teocracias y el terrorismo.

Me preguntan cuántas personas habíamos sido en aquella comitiva. Respondo que unas cincuenta y cinco. Y me escucho decir que por fortuna eso había sido unos meses atrás, justo antes del inicio de la pandemia. De lo contrario quizás no hubiésemos podido emprender el regreso. Y tengo recuerdos de aquel viaje...  Pero me doy cuenta de que esos recuerdos son cada vez más vagos. Entonces comprendo que estoy soñando, y que ese viaje al Oriente no ha sido sino un sueño que he tenido antes. Y que en ese instante, en el contexto de mi sueño, estoy soñando el recuerdo de un sueño anterior. Y entonces me despierto. Pero no logro sacarme de la cabeza ese extraño encadenamiento onírico, parecido a un juego de muñecas rusas. 

Pero eso no es todo, pues ahora mismo, mientras escribo estas palabras, recuerdo también un balcón lleno de plantas, y en él a una muchacha que es bruja -de las buenas-, aunque ella mismo todavía no termina de asumirlo. Y yo sé que algo terrible está por suceder, y que ella podría salvarnos, si tan solo recordara que es una hechicera, y me pregunto de qué sirve tener poderes si uno no es consciente de tenerlos. Y nada de esto sucede ni en Perú, ni en Ecuador, ni en Medio Oriente. Es apenas otro nivel en esta serie de muñecas, una dentro de la otra, y puede que alguien esté contando la historia de esta chica en un programa de radio, y así es como cada muñeca se esconde en el interior de una más grande, y contiene a su vez otras mamushkas más pequeñas, en un número incomprobable.

Y yo me pregunto entonces si ahora mismo no estaré soñando que escribo estas palabras. Ojalá no sea solamente un sueño, porque me gustaría poder incluir todo esto en un futuro libro sobre mis fantasías oníricas. Aunque quién sabe si quizás, incluso estando ahora mismo despierto, también mi libro y esto que usted y yo llamamos la vida no sea en definitiva más que otro sueño, uno del cual despertaremos en algún momento, dentro de algunos años, muchos o pocos.

lunes, noviembre 16, 2020

Todos los textos dicen las mismas cosas

Todos los textos dicen
más o menos las mismas cosas.
De seguro alguien querrá argumentar
que no es lo mismo el texto que da
que aquel otro que quita, y sin embargo
cuando un texto da algo es porque
algo que falta nos debe ser dado,
y cuando un texto algo nos quita
eso que nos ha sido extirpado
también representa una carencia.

Hay textos que hablan del amor
y otros del desamor y sus espantos,
así como hay unos que hablan de la vida
y otros de las diferentes formas de la muerte.
Y alguien podría pensarlos como opuestos.
Pero el amor y el desamor son apenas
dos aspectos de un mismo camino,
uno es la ida, el otro la vuelta,
del mismo modo que la vida y la muerte 
apenas son las dos caras de una moneda.

En definitiva, todos los textos dicen
de un modo u otro siempre lo mismo:
Yo estoy aquí. Yo que digo, hablo, escribo,
soy el gestor de una verdad proclamada.
Porque digo, puedo; y esto es todo.
La palabra es poder, es creación
de una ficción y de un mundo.
No tiene importancia lo que se diga.
Alguien que ni siquiera existe escribe:
Hágase la luz... y la luz se hizo.

sábado, noviembre 14, 2020

Szpunberg

Me da cierta vergüenza reconocerlo, aunque por otra parte sé que resulta inevitable: es sencillamente imposible conocer todo aquello que merece ser conocido. Digo más: que acaso debiera ser conocido. Pero incluso este "debiera" es en definitiva falaz. ¿"Debiera" según la autoridad de quién? ¿Cómo se instala el parámetro? Por supuesto, no es lo dicho hasta aquí lo que me avergüenza, sino lo que sigue.

De casualidad leo un nombre, mezclado entre las noticias del día, en un título que anuncia una muerte. Una muerte más, entre tantas. Una muerte que podría seguir siendo no más que otra muerte anónima, entre otras tantas, si no fuese porque allí hay un nombre, un apellido, y además una palabra. El nombre nada me dice; pero me detengo en la palabra que lo acompaña: poeta

El título, concretamente, dice que "Murió en Barcelona el poeta argentino Alberto Szpunberg". Luego la bajada amplía: que falleció hoy, viernes 13 de noviembre de 2020, en un hospital de Barcelona, donde estaba internado con un delicado cuadro de salud a raíz de una complicación por Covid". 

Luego el artículo -un obituario de compromiso- puntualiza algunas cuestiones en relación a su carrera como periodista, hace referencia a su militancia política, que le valió el exilio, y menciona por supuesto su edad, dato infaltable en este tipo de noticias: 80 años. 

Me digo entonces que alguien, un ilustre para mí desconocido, ha dedicado su vida -entre otras cosas, obviamente- a escribir poesía, y sin embargo yo, siendo compatriota y contemporáneo suyo, no he escuchado siquiera mencionar jamás su nombre. Yo que debería haberlo escuchado, me acuso. Yo que debería haberlo conocido. Pero el sentimiento de culpa es en vano. Resulta sencillamente imposible conocer todo aquello que merece ser conocido. La vida es demasiado breve para tan grande propósito. 

De haber conocido yo a Szpunberg, previo a este día, en definitiva tan fatal como cualquier otro, de haberle dedicado tiempo a la lectura de su obra, o a su biografía, seguramente hubiese debido prescindir -como seguro lo estoy haciendo ahora mismo- de alguna otra cosa igualmente importante; igualmente necesaria. 

Me pregunto de qué me estaré perdiendo ahora mismo, cuando busco en internet algún poema suyo, algunas palabras, y la pregunta se extingue apenas encuentro las primeras, que dicen:

Ni siquiera la palabra mirlo puede ser el silbido del mirlo,

ni siquiera la belleza, entre escombros, de decirlo: mirlo,

no sólo esa cadencia en el balanceo de las ramas,

sino el silencio al oído que anida en el mirlo

para que el silbido sea solamente mirlo:

es el temblor de las sílabas únicas en los labios,

la claridad del aire como si sus alas me rozaran.

Y entonces paso rápidamente las páginas, aunque esto sea apenas una manera de decir, porque en verdad estoy navegando las aguas de internet, y arribo a estas otras:

Un camino de hormigas se abre paso entre las hojas,

el mismo que marca el índice, el que enhebra palabras.

Mientras, las hormigas brotan desde un matojo de mugre,

sin pretéritos, sin héroes, sin bronces, sin glorias:

es sólo el camino que las conduce hacia donde las lleva.

¿Qué más que un destino humilde de porteador de carga

para llevar al hombro un bulto de infinitas páginas?

Confío mi esperanza toda a esa hormiga que lleva

la brizna más ocre: tan real, su otoño; tan tenue, su verde.

Y entonces busco todavía algo más, porque se me ha abierto un extraño apetito, y me encuentro con una carta que este hombre le escribió alguna vez a Mozart. Extemporáneamente, por supuesto. Tan extemporáneamente como escribo yo ahora mismo estas líneas; en el descubrimiento tardío (aunque por fortuna no tanto, pues yo todavía vivo) de alguien que acaba de partir; desencuentro trágico e inevitable, como lo son todos los desencuentros.

A veces, sobre todo de noche, suelo pensar que, si no fuera usted el que está muerto, tendría que estarlo yo, sin más remedio, pues siempre el tiempo, esta chorrera de memorias, o ese océano de por medio, impiden que podamos compartir la misma mesa, la misma madrugada, la misma caminata junto a un río, este río, cualquier río, ya sea el Rhin, que no conozco, o el de la Plata, el más ancho del mundo, donde a veces tiro mis líneas para sacar bagres oscuros y pobres como todo lo nuestro. 



viernes, noviembre 13, 2020

Jazz noruego, Rayuela, Jouhandeau, la Luna

Suena un contrabajo, delicadísimo. Quien lo toca se llama Arild Andersen. El nombre me suena conocido, pero de todas maneras busco precisiones. El músico es noruego, nacido en octubre de 1945. Por supuesto: alguna vez grabó con Jan Garbarek, de ahí me suena. Aquí toca acompañado por Helge Lien y Gard Nilssen, en piano y batería respectivamente. Estos dos nombres me resultan desconocidos por completo. El jazz noruego no es mi especialidad. Sin embargo abro el enlace que se me ofrece y veo que además de los treinta y cinco discos que me prometen más músicas de Andersen, hay otros siete más de Lien. Dejo al baterista en paz, pero sé que la red que podría tejerse a partir de aquí sería amplia, interminable, apenas una entre las muchas posibles, y sobre todas las cosas: inabarcable. Ésta es la palabra que en el fondo más me duele.

De repente recuerdo de un pasaje de "Rayuela", la antinovela de Julio Cortázar, y dejo de lado una búsqueda para iniciar otra, mientras el piano de Helge Lien sutilmente me dice que sus manos sobre las teclas blancas y negras tienen mucho que decir, y que yo debería escucharlo con atención. Encuentro "Rayuela", puntualmente el Capítulo 84, que comienza con Oliveira vagando por el Quai de Célestins, pisando unas hojas secas, levantando una en particular, una cualquiera entre tantas, para mirarla bien y maravillarse al verla llena de polvo de oro viejo, y luego llevando esa y otras hojas a su pieza, para sujetarlas en la pantalla de una lámpara. Porque los personajes de Cortázar saben cómo maravillarse ante el milagro del detalle que se oculta y se muestra en lo cotidiano, como lo hace también Juan en "El examen", deslumbrado por la repentina hermosura de un coliflor.

Pero regreso a Rayuela, mientras Andersen acaricia sensualmente las cuerdas de su instrumento con el arco, y leo: 

"...hay enormes zonas a las que no he llegado nunca, y lo que no se ha conocido es lo que se es. Ansiedad por echar a correr, entrar en una casa, en esa tienda, saltar a un tren, devorar todo Jouhandeau, saber alemán, conocer Aurangabad... Ejemplos localizados y lamentables pero que pueden dar una idea. (¿una idea?)

"Otra manera de querer decirlo: Lo defectivo se siente más como una pobreza intuitiva que como una mera falta de experiencia. Realmente no me aflige gran cosa no haber leído Jouhandeau, a lo sumo la melancolía de una vida demasiado corta para tantas bibliotecas, etc. La falta de experiencia es inevitable, si leo a Joyce estoy sacrificando automáticamente otro libro y viceversa, etc. La sensación de falta es más aguda en"

Me dan ganas de llorar. Es un sentimiento repentino, un gesto que con el tiempo se me ha ido haciendo más y más habitual. No sé si es por el lamento que canta ahora mismo en solitario el contrabajo, por la necesidad de volver a leer todo "Rayuela", porque de pronto me doy cuenta de que hay allí palabras que ya se me han olvidado, o por saber que no voy a poder escuchar los treinta y cinco discos de Andersen esta noche, sin quedarme antes dormido, y sobre todo porque no los voy a poder escuchar con vos, que estarás durmiendo ahora mismo en tu casa, mientras te pienso, mientras la noche corre carreras con el reloj, mientras unas nuevas notas sobresalen sobre otras, los platillos leves de Nilssen, y otra vez las teclas del piano. Hay más música grabada y más libros escritos de lo que podremos llegar a escuchar y leer, así nos dediquemos por completo a esa tarea durante todo lo que nos reste de vida. La idea me abisma.

¿Para qué seguir grabando más discos, entonces? ¿Para qué seguir escribiendo más palabras?, me pregunto también, precisamente al mismo tiempo en que escribo estos párrafos que quién sabe quién leerá alguna vez, escuchando quizás quién sabe qué músicas, que acaso yo no llegue a conocer jamás, mientras sus ojos -tus ojos- recorren estas mismas letras que mis dedos van dejando como una estela sobre el teclado ahora mismo, mientras que

la vida pasa, transcurre, se desliza, nos deslizamos.

Me doy cuenta de que jamás he leído nada de Marcel Jouhandeau. Busco en internet: escritor francés. Nacimiento: 26 de julio de 1888, Guéret, Francia. Fallecimiento: 7 de abril de 1979. ¿Lo habrá leído Arild Andersen? ¿Apreciaría Marcel la música de jazz? ¿Habrá conocido alguno de ellos Aurangabad, ciudad de la India en el estado de Maharashtra, a orillas del río Kaum, afluente del Godavari? Salgo al balcón. Miro el cielo oscuro. Me complace pensar que todos los nombrados hasta aquí, los habitantes de Aurangabad, los músicos de jazz de Noruega, el propio Cortázar y vos, que estás leyendo esto, habremos coincidido al menos en haber mirado alguna vez esta misma luna, aunque sea en tiempos diferentes. Coincidencias. Concordancias.

Termina la melodía. Hay gente que aplaude. Gente que disfrutó en algún momento del pasado de una noche de jazz en el Theater Gütersloh de Alemania, en la zona de Renania. Gente que habrá escuchado entonces lo mismo que estoy escuchando yo ahora mismo, y que habrá visto alguna vez la misma luna que estoy viendo yo ahora, yo acodado en mi balcón, ellos -quién sabe- abrazando quizás a una persona querida, o soñando con hacerlo, o llorando de melancolía. Y escucho sus aplausos, a pesar de que jamás sabré seguramente nada más acerca de ellos, si disfrutaron o no de ese solo, de aquella línea melódico, o si habrán leído algo de Jouhandeau, o algo de Cortázar.

Conexiones. Desconexiones. Me gustaría sinceramente saber quién sos, vos que estás leyendo ahora mismo estas líneas, para qué lo estás haciendo, qué estarás pensando o sintiendo. Pero claro, vaya uno a saber cuándo sea tu "ahora mismo", que definitivamente es diferente del mío propio. Yo ahora mismo me pregunto estas cosas, mientras escribo. Vos ahora mismo leés y pensás o sentís vaya a saber qué cosas. Y vaya a saber en tu ahora mismo qué estaré haciendo yo, mientras tanto. Esto para el caso de que no haya pasado ya demasiado tiempo entre tu ahora mismo y el mío, se entiende.

Mañana buscaré quizás algún texto de Jouhandeau, para conocerlo. Pero sobre todas las cosas intentaré maravillarme, en cada uno de esos segundos fugaces durante los cuales estamos vivos.

lunes, noviembre 09, 2020

Fragilidad

Ves esa pequeña flor silvestre
Son apenas cuatro breves pétalos blancos
Tan delicados, tan sutiles
Tan salvajes

Me conmueve esa flor
Que es todo y nada a un mismo tiempo
Como vos y como yo
Y como cada cosa en este mundo

Es noche cerrada otra vez
Sopla furioso el viento
Como una amenaza o como una promesa
Y necesito tanto que me abraces
Para poder conciliar el sueño
Para sentirme menos frágil
Para olvidar que tengo miedo

Me pregunto si tendrán
Miedo las flores de los tréboles
Cuando el viento sopla y amenaza
Deshacerlas en pedazos

Necesito protegerte con mi abrazo
Para que no tengas temor
Para sentirme un poco más fuerte
Aunque en verdad no lo sea



viernes, octubre 23, 2020

Sueño 201023

Intento recordar más detalles, pero es inútil. El sueño escapa a gran velocidad. Retengo todavía, sin embargo, un par de imágenes del jardín de los estatuas. Y en especial mi sensación de angustia, al notar la velocidad con la que estaba oscureciendo. De pronto los detalles de las imponentes figuras de piedra dejaron de verse con claridad. Tuve una incierta sensación de peligro. Incierta pero al mismo tiempo definitiva. Recuerdo un cupido, visto a través del hueco que dejaban libre las torneadas piernas de otra escultura que se encontraba por delante. Recuerdo también un último atisbo del sol, escondiéndose detrás de una robusta balaustrada. Pensé entonces que la imagen era magnífica para tomar una fotografía. Sé que de haber tenido una cámara en ese momento me hubiese detenido todavía un poco más allí, como para poder recordar mejor ese instante más tarde, para rescatar al menos ese fugaz segundo de la incesante secuencia de las posteriores imágenes que sepultarían aquella visión en un inevitable olvido. Será quizás por eso mismo que ahora lo escribo; sin demasiados detalles, pues los detalles escapan ya de mi frágil memoria. Pero convirtiendo al menos el sueño en relato; en recuerdo de sueño relatado, que de seguro difiere en menor o en mayor medida del sueño que realmente fue. Pero así sucede siempre, con todas las cosas.

Como muy a mi pesar no tenía con qué sacar una fotografía, me limité a observar. Pero las sombras avanzaban veloces. De nuevo la sensación de peligro. Recuerdo la imagen de la doncella extendiendo su mano pétrea y delicada, curiosamente iluminada, como si las sombras avanzaran de un modo caprichoso, borrando primero el contorno general de la estatua, luego los detalles de su rostro, pero no así las manos, gentiles y blancas. Recuerdo haber corrido hacia ellas como si hubiesen sido capaces de rescatarme de algo, y tras haberlas tocado, y después de haberle agradecido a aquella figura, incluso sin saber exactamente cuál era el sentido de mi agradecimiento, continué con mi atropellada carrera  por el amplio pasillo exterior que me conduciría a un refugio antes de que la oscuridad, cada vez más cerrada, me impidiese ver nada en absoluto. Al llegar, un sirviente salió a mi encuentro para informarme que mi cuarto estaba listo. Me recordó que debido a la pandemia no le era permitido acercarse más a mí. Y añadió que por las mismas razones no podría utilizar el baño de mi habitación. Aunque si lo deseaba podría asearme en la habitación de enfrente, identificada como 6-B, que permanecía reservada a nombre de Serain, aunque en ese caso no se trataba de mí, sino de mi padre y/o de mi hija.

Es curioso. Según mi reloj apenas he dormido un par de horas y sin embargo ya no siento la necesidad de seguir descansando. Escribo lo poco que recuerdo de mi sueño, antes de que se me escape por completo. De fondo suena una sonata para violín y teclado de Bach, que puse en el reproductor antes de acostarme y continúa. Salvo que todavía esté soñando, claro está; pero sé que estoy despierto. También sé que el pianista que escucho es Keith Jarrett, pero me pregunto quién será quien toca el violín, pues no he reparado en ese detalle. Supongo que no importa. Miro hacia la ventana. Noto que está amaneciendo. Tomo una fotografía con mi celular, para retener el momento, incluso a sabiendas de que no servirá de mucho. Apenas para poder recordar algo de todo esto más tarde. Para rescatar un instante de la incesante corriente que nos arrastra al inevitable olvido.

Sala (una, de las tantas posibles)

Y sí. Finalmente llega, como llegan todas las cosas. Fatalmente, podría también haber escrito. En rigor de verdad uno escribe "finalmente" cuando se trata de algo deseado, o resignadamente ante lo que al menos no resulta tan temido. Y "fatalmente" es la opción cuando se trata de narrar lo inenarrable o de aludir a lo ineludible.

Aquí estamos, finalmente. Con este inexpresable y molesto sentimiento a cuestas, o tal vez sea todo un cúmulo de sentimientos, de emociones, de confusiones, de fugacidades, de un entrañable amor por esas dos, tres, cuatro personas que representan mucho más que estas pobres palabras. Y las ausencias, que se avizoran por un instante como una presencia invisible. De repente todo se confunde. ¿Estás acá? Y yo mismo ¿en dónde estoy, realmente? ¿Existe un aquí y un ahora, o acaso todo no sea más que el infantil producto de una ilusión ingenua?

Y sin embargo aquí estoy, a pesar de todo. Porque pensar, sentir, reflexionar, escribir, incluso cuando sea apenas un gesto definitivamente vano, es una forma de estar vivo, de crecer todavía, empecinadamente. De persistir, mientras la noche, callada y silenciosa, se convierte de una curiosa manera en algo así como un oasis. Al menos hasta que amanezca.

jueves, octubre 22, 2020

Antesalas

Yo no sé cuándo fue que comencé a perder la cuenta. La cuenta de las estrellas que hay en el cielo durante la noche. Por alguna razón me vino a la mente esta frase, pero en realidad hablo de la cuenta de los días. De los días, de las noches y de los años. Aunque algún oculto motivo tendrá, seguramente, esa comparación con las estrellas. Un motivo oculto incluso para mí; debería verlo en análisis. Si no fuera porque, por alguna razón que también se me escapa, he decidido tomarme un tiempo de mi analista. Un tiempo, he escrito. Me estoy desviando del tema, aunque evidentemente no tanto. 

Uno, dos, tres... Retomo el tema de las cuentas. Cuando uno es chico tiene muy presente estas cosas. Al paso del tiempo me refiero. Faltan tantos días, tantas horas, tantos minutos para que sea la Navidad, para que lleguen los Reyes, para tu cumpleaños. Es la oportunidad, la excusa perfecta para ser por unas cuantas horas algo así como el centro del mundo. Pero después te das cuenta. Inevitablemente, más temprano que tarde, llega la decepción. Ese ser algo así como un centro del mundo se extingue por completo al día siguiente, al cabo de unas pocas horas. Entonces resulta que los Reyes Magos no existen. Y que sus representantes en la tierra no son inmortales, como creías. Tampoco vos --me hablo a mí mismo. Que la Navidad es una fecha dispuesta de un modo arbitrario, sin nada que la sostenga. Que el paso del tiempo, en definitiva, tiene sus contradicciones y sus sombras. Esas sombras que son las que determinan que a la larga los Reyes Magos desaparezcan. O que un día descubramos que en cierto recodo del camino hemos dejado de crecer para comenzar a envejecer. A desaparecer también nosotros. Incluso con el temor a cuestas de nunca haber realmente sido.

Cuatro, cinco, seis... Crecer, no obstante, seguimos creciendo. Tal vez reflexionar sobre estos asuntos sea en definitiva una buena muestra de ello. O de todo lo que aun nos falta. Pero entonces, de nuevo, se me presenta la triste pregunta de para qué --o para quién-- escribe uno todas estas cosas. La pregunta no es triste; acaso sí la falta de una respuesta clara y definitiva. Para qué este vano intento por poner imprecisas emociones en letras, en palabras. Para que las lea quién. Tal vez sea una forma de llevar adelante un análisis introspectivo. Dicen que la palabra cura, o al menos libera. O acaso una vez más uno esté inconscientemente --secretamente-- intentando darse a conocer. Lo cual viene a ser casi lo mismo que intentar llamar la atención de alguien. Uno escribe como quien manifiesta: Hola, acá estoy, esto que dice, esto que habla... Soy yo. Do you hear me? Do you see me?

Siete, nueve, once... Al fin y al cabo no es tan diferente de cuando uno de chico esperaba a los Reyes (pero esa magia no existe, mi querido yo; aunque sí existan otras), o esperaba ser el centro de la atención de alguien porque estabas a punto de cumplir años. O porque tenías miedo. Y un buen día te sucede que si no te lo recuerdan, ni siquiera te das cuenta de que estás a punto de cumplir años otra vez, de nuevo. O te asalta la sorpresa cuando, si te preguntan cuántos son los que cumplís, de repente comprendés que para responder tendrías que detenerte a sacar la cuenta.

Quince, dieciocho, veinte... Y de nuevo estás a minutos de que llegue el día, y entonces te ponés a escribir, porque encontrás que es la mejor de las opciones. Es eso, o perderte en una película, o hacer las dos cosas al mismo tiempo. Estás intentando escaparte, aunque ello sea imposible. Estás pretendiendo olvidarte. Caer en el olvido es algo inevitable. Olvidarte mientras todavía sos presente, en cambio es algo que uno busca, algo que se persigue, para disipar la angustia. Pero no sé si realmente quiero olvidarme, en el momento de estar escribiendo todo esto. Es probable que escribir, incluso cuando se haga sin un objetivo claro, sin un plan trazado, es también un modo de crecer. Hola, acá estoy, soy esto que habla y que dice que...

Cuarenta, cuarenta y ocho... Faltan minutos, cada vez falta menos. Mirás a tu alrededor y allí están las inevitables ausencias. Algunas ausencias que no pueden repararse, principalmente. Y hay también presencias tácitas, tan bienvenidas, pero que por alguna razón escapan a la posibilidad del abrazo, al amparo de perderse por un rato o para siempre en los brazos o el regazo de un otro que contenga, que aguante, que resista, que nos mienta, si es necesario, diciendo que todo está bien, que estamos en casa, que estamos a salvo. Pero las ausencias... Porque hay un momento en que ya no importa si son tantos o tantos. Si cincuenta y tres o cincuenta y seis. Pero en definitiva uno dice que no importa, y se convence a sí mismo de que no importa, porque en el fondo sí importa. Porque si esto sucede es precisamente porque hay un momento en que la balanza comienza a inclinarse peligrosamente, y el platillo de los días ya vividos definitivamente pesa más que el de esos otros días que uno, con la mejor expectativa, espera que resten por vivir. 

¿Para quién uno escribe todas estas cosas? 

Sinceramente no tengo la menor idea.

viernes, octubre 16, 2020

Sueño 201012

Los muros pesados, de un gris manchado y profundo, ornamentados con silenciosas molduras y dibujos, denotaban el paso de un tiempo acumulado incalculable. "Esta es la ciudad vieja ▬recuerdo que dijo alguien▬. El gobierno quiso alguna vez modernizarla, pero los residentes se opusieron a cualquier cambio y entonces quedó todo así, como el testimonio de otra época."

El vehículo se movía lentamente por las calles de tierra, y yo observaba con atención desde mi ventanilla. En cada parcela había apenas una o dos construcciones, todas con similares paredes, del mismo gris antiguo y manchado, pesadas y cerradas ▬sospechosamente cerradas▬ y mudas; imperturbables. Inmóviles. Pero no con la lógica inmovilidad de cualquier edificación, sino con la que le podría corresponder a un misterio insondable. No pude sino preguntarme cómo serían aquellas casas muros adentro. Cómo sería vivir allí, o cómo sería el interior del almacén del pueblo, clausurado probablemente a la curiosidad de cualquier visitante. Tuve el repentino deseo de que el autobús se detuviese para poder bajar, pero eso no sucedió. La marcha continuó, siempre lenta y silenciosa.

Me pregunté también cómo se habrían formado aquellos piletones fantásticos que observaba por doquier, pues el pueblo se había establecido en derredor de unas extrañas formaciones termales. Supuse que tal vez hubiesen estado allí desde siempre, desde infinitamente antes de que el primer habitante de aquella ciudad vieja hubiese decidido levantar el primer muro de la primera casa.

Las termas; las famosas termas... ¿Por qué todas las puertas y ventanas permanecían tan empecinadamente cerradas y en silencio? El agua brillaba con una hipnótica fosforescencia de color esmeralda y permitía apreciar un irregular fondo rocoso, que se adivinaba cálido y acogedor. La arboleda tupida, también gris y callada, no se atrevía a dejar caer una hoja en el agua. De algún modo supe que ese sustrato acuoso, acaso se diría mágico, impediría que una persona se sumergiese en él, como si fuese un mar muerto, aunque en este caso bulliciosamente vivo, aun en medio del profundo silencio y de la notoria ausencia de cualquier señal de vida visible.

Volví a preguntarme cómo sería habitar en aquel lugar. La apariencia era la de un pueblo abandonado desde hacía mucho tiempo atrás. Pero yo intuía la vida detrás de las paredes de esas casas clausuradas, detrás de las pesadas puertas, de las ventanas dormidas con sus postigos cerrados. Imaginé dentro las alfombras descoloridas y los caireles pálidos y los muebles añejos, profusamente trabajados, con el estilo propio de siglos pasados. En aquel lugar el tiempo se había detenido. Lo único que permanecía en movimiento era nuestro vehículo, que se desplazaba lentamente. Y las gentes permanecían dentro de sus casas. ¿Por temor? ¿Debido a un sordo empecinamiento? ¿Porque no deseaban ser vistos por ningún forastero?

Supe que el automóvil no iba a detenerse, por más que lo deseara. Decidí entonces hacer lo posible para recordar mi sueño, con el objetivo de regresar a esas mismas calles en otra ocasión. Quería volver a contemplar otra vez esas casas inmóviles más de cerca, acaso probar suerte en alguno de sus umbrales, delante de alguna de aquellas puertas. Quería regresar también a aquellas fosas de agua esmeralda, a aquellos oscuros árboles milenarios. Deseaba plantearle preguntas al misterio sin palabras. Fue entonces que se me ocurrió la idea de fijar la ubicación de aquel pueblo antiguo y de aquellas termas en el Google Maps de mi celular, para tener más tarde las coordenadas de referencia. La respuesta en la pantalla de mi dispositivo fue abrumadora: "TIEMPO CERO - DISTANCIA INFINITA", fueron las palabras que leí.

Desperté en mi cama, sabiendo que en alguna parte aquellas casas antiguas e inaccesibles continuaban existiendo, y que muros adentro permanecía el misterio y alguna imprecisa forma de vida. Miré la pantalla de mi celular, que extrañamente se hallaba al alcance de mi mano. Consulté el historial del Google Maps, y pude verificar que, por supuesto, estaba vacío. En determinados casos resulta infructuoso confiar la suerte a las nuevas tecnologías.




sábado, octubre 03, 2020

Sueño 201003 - Escenas musicales

Cuando desperté, el concierto todavía estaba allí, sonando dentro de mi cabeza. Y también seguía pensando en la copia del CD que debía hacer para Daniel Barenboim.

El sueño comenzaba, precisamente, con Barenboim recibiendo de pie, junto a un gran piano Steinway de cola, con su tapa abierta, listo para ser tocado, nada menos que a Jacqueline Du Pré. Mucho más joven y alta que él, la violoncellista se hacía presente luciendo un ostensible embarazo. Divertido, Barenboim la recibía con una elocuente frase en inglés: Something is growing on you.

Lo curioso es que el bebé ya había nacido. Muy chiquito, envuelto en una discreta manta blanca, la criatura era colocada prácticamente sobre el teclado del piano. Me llamó la atención que llevasen a un bebé tan pequeño a una sesión de grabación, pero no dejaba de ser razonable: el pequeño estaba muy tranquilo, pues en su casa debía dormirse escuchando música todo el tiempo.

Algo me dijo Barenboim, que yo no llegué a comprender, pues en ese preciso momento Jacqueline se puso a tocar en el piano la obra que íbamos a grabar. Me sorprendió que tocara con particular destreza, y no pude evitar pensar que de desearlo ella bien podría cubrir sin dificultad la parte del piano en registro que llevaríamos a cabo.

Los dos músicos iban a tocar una sonata a dúo de Johannes Brahms. Yo comentaba que a mi entender se trataba de una de las piezas más bellas del romanticismo, y Barenboim afirmó entusiasmado estar por completo de acuerdo conmigo.

En algún momento Jacqueline se levantó y nos dejó a solas a Barenboim y a mí. A nosotros dos y al gato, que vino a sentarse de un repentino salto sobre mis piernas, muy a pesar del reto de su dueño. Le dije a Barenboim que no se preocupara por el animal. El músico entonces se desentendió y aprovechó para beber un poco de agua, directo del pico de una pequeña botella. El pianista había traído especialmente consigo una botellita de agua Evian. Me comentó como al pasar que había visto un comercial y se había tentado. Me pareció una excentricidad, pero de todos modos lo justifiqué, diciendo que esas cosas sin duda solían suceder.

Entonces me preguntó qué era lo que estaba sonando, pues una música se venía escuchando de fondo desde hacía un rato. Le respondí que se trataba del Concierto para piano Nº 30 de Mozart, una obra muy poco conocida. Tenía el disco compacto abierto sobre la mesa. Era un disco que me había regalado mi amigo Ariel Loszewicki, de un raro sello británico ya desaparecido. De hecho la contratapa tenía una anotación suya, escrita a mano.

Barenboim me decía entonces que él había tenido en un tiempo ese mismo disco, y que luego lo había perdido. Al ver la contratapa, pareció reconocerlo y comentó que ahora comprendía dónde lo había dejado. Imaginé el pasamanos: de Daniel Barenboim el disco habría pasado a la discoteca de la radio, de donde quién sabe cómo se lo habría llevado mi amigo, para finalmente llegar a mi poder después de que Ariel viajara a Londres. De eso había pasado ya un buen tiempo, por cierto.

Rápido de reflejos, le ofrecí a Barenboim grabar el disco, sabiendo que yo me quedaría con el original y que sería él quien se llevase la copia. Visiblemente complacido, me preguntó si alcanzaría el tiempo para hacerlo, a lo cual le respondí que sí sin dudarlo. Me levanté para buscar un disco virgen. 

Cuando desperté, el concierto seguía sonando en mi cabeza. Supe que era un concierto de Mozart. Un concierto que Wolfgang Amadeus nunca había llegado a componer.

 

sábado, septiembre 12, 2020

Diario de cuarentena: Día del Maestro

En el día de ayer, alguien de quien no tenía noticias desde hacía mucho tiempo me envió un mensaje a mi celular para saludarme por el Día del Maestro. Primera sorpresa. Ya sé que el término maestro muchas veces se utiliza en un sentido general, que coincide en una pretendida sinonimia con otras palabras tales como profesor, docente o pedagogo. No soy maestro, pero me reconozco en alguno de los otros vocablos referidos. Sé que me dedico a la enseñanza, pero una cosa es decir "yo enseño" y otra muy distinta que alguien venga y me diga" vos me enseñaste". 

Después de haber leído el saludo y de haber enviado mi consecuente agradecimiento en respuesta, vino la segunda sorpresa, que se disparó a través de una sencilla pregunta que apareció escrita en la pantalla de mi teléfono: "Cómo estás?" Confieso que me quedé mirando esas dos palabras, seguidas por el signo de interrogación, durante un buen rato, en silencio, sin contestar nada. Luego intuí la respuesta más sincera, aunque acaso no la más adecuada para ser dicha, por ajena al contexto, en apenas una palabra. La respuesta debió haber sido: "Azorado"

La prudencia me llevó a encontrar una respuesta más de rigor. Definitivamente, "azorado" era una declaración que no guardaba relación con lo que sucedía en aquel momento. No tenía que ver ni con el Día del Maestro, ni con mi interlocutora, ni con aquella conversación, sino más bien con un reconocimiento general de las cosas, que vengo teniendo de un tiempo a esta parte. Algo así como si me hubiesen preguntado "Cómo estás?" y yo hubiese respondido "Aquí me ves, vivo", por ejemplo. 

Azorado. Desconcertado. Sorprendido. Conturbado. Asombrado de un asombro general ante las cosas de la vida y el mundo, y también ciertas preguntas que a pesar de no poder ser formuladas con palabras, reclaman pese a todo respuestas que ídem. Y entonces me acordé de mi viejo, cuando ya se había puesto grande pero todavía estaba lejos del final, aunque vaya uno a saber qué significará aquí la palabra lejos. Mi viejo diciéndome que con los años había aprendido a ver algunas cosas que antes no veía; y lo decía con asombro, pues se asombraba también, él lo mismo que yo ahora, ante ciertas sensaciones, o ciertas emociones inesperadas, que él mismo no alcanzaba a comprender, y para las cuales no había términos que pudiesen venir a servir para explicarlas. Mi viejo decía no entender de dónde le venía todo eso, pero intuía que tenía que ver con cierta sabiduría, aportada por el paso del tiempo. Y así me siento también un poco yo ahora, un poco más sabio, aunque siga ignorándolo casi todo, y al mismo tiempo azorado.

Anoche soñé. Soñé que nevaba copiosamente, bajo un cielo azul y despejado. Yo miraba hacia arriba, reía, intentaba agarrar con las manos, con la boca, los grandes copos que caían con suavidad y en silencio, y recuerdo que en mi sueño volví a sentir ese mismo azoramiento. Me dije a mí mismo: esto es como el mundo, esto es como esos atardeceres que suelo admirar desde la ventana de mi departamento, esto es como lo que siento cuando acaricio la espalda desnuda de la mujer a la que amo mientras duerme. Esto es el misterio de la vida.

Esto es el mundo. Recuerdo otros detalles, que probablemente muy pronto olvidaré, del sueño inquieto de esa noche, ligeramente intranquila. Pero elijo quedarme solamente con esa nevada, y con aquella sensación inefable. Y con tu espalda desnuda, claro. Aquella nevada, el silencio, la calma, el inefable asombro.