
Esta nebulosa suele recibir el poético nombre de "El Ojo de Dios". Los motivos -valga el juego de palabras- saltan a la vista: la formación parece emular una enorme pupila azul sobre fondo blanco, rodeada por párpados de color carne. La realidad, acaso menos poética, aunque no por ello menos impresionante, es que se trata de un gigantesco depósito de gas y polvo estelar, ubicado a una distancia de 700 años luz, en la constelación de Acuario. Por extraño que parezca, lo que se ve en esta foto, que acaba de ser tomada con un gran telescopio montado en una montaña chilena, es una imagen de algo que sucedió en el pasado, hace siete siglos, antes de que ninguno de nosotros, ni nuestros padres o abuelos, hubiesen siquiera nacido. Incluso mucho antes de que naciera Karl Ludwig Harding, el astrónomo alemán que en 1824 descubrió este fenómeno.
Los astrónomos señalan que es probable que nuestro propio sistema solar tenga un destino similar. Acaso alguien nos observe, dentro de algún tiempo, desde algún lugar insospechado, y vea una imagen similar a la que hoy vemos nosotros asombrados. Aunque esto no ocurrirá pronto, sino en más o menos cinco mil millones de años. Resulta difícil medir qué sentido pueda tener verdaderamente esta cantidad de tiempo, cotejada con el lapso de una vida humana.
Ls dimensiones de esta nebulosa también exceden, prácticamente, el entendimiento humano. La luz, que se desplaza a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, tarda aproximadamente dos años y medio en abarcarla de lado a lado, según la estimación de los especialistas. El disco interior más brillante de la nebulosa parece estar expandiéndose a una velocidad de 100.000 kilómetros por hora, y podría haber tardado unos 12.000 años en formarse.
Teniendo presente estos números, estas dimensiones, la condición del ser humano sería asimilable a la de la más modesta bacteria, padeciendo o disfutando de una brevísima, casi insignificante vida sobre una mota de polvo estelar. Muy poca cosa, realmente. Y sin embargo, al mismo tiempo, cada una de estas bacterias, ínfimas, fugaces, guardan al mismo tiempo el misterio de la creación.
viernes, febrero 27, 2009
El Ojo de Dios
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miércoles, febrero 18, 2009
La historia de mi vida.
Cuentan que un hombre estaba escribiendo un libro, y cuando sus amigos le preguntaban cómo andaba en la tarea, el siempre les respondía: "Bien, estoy muy adelantado. Ya tengo todas las palabras. Ahora sólo me falta juntarlas."
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domingo, enero 18, 2009
4'33" y los derechos de autor
Hubo una época en la cual en el derecho jurídico no había nada parecido a lo que hoy llamamos "derecho de autoría". Mozart no conoció nada ni siquiera similar a eso. Alguien le pagaba a un compositor para que éste escribiese una obra y cuando ésta estaba terminada se entregaba una partitura. Allí se terminaba el asunto. Y si alguien deseaba escuchar una obra, le pagaba a unos músicos para que la tocasen y eso era todo. Claro, no existía entonces tampoco nada parecido a los discos; la música no era almacenada en un soporte que permitiese luego su reproducción cada vez que uno lo deseara. Para escuchar una obra musical no quedaba más remedio que reunir un grupo de músicos y hacerlos tocar. No había más alternativa que el vivo del concierto, el aquí y ahora de la música en el momento de estar siendo, el aura de la que habló Walter Benjamin en su forma más pura, sin mediaciones.
Con esto se pretende decir que no existe en el derecho de autor una condición que pueda llamarse natural. Los derechos de autoría son convencionales. Y como toda convención, ella está atada a la evolución de los tiempos. Cuando se gestionó el concepto del derecho de autor no existía Internet, por ejemplo, que es uno de los factores que vienen a poner en crisis hoy el concepto de autoría.
Las ideas no se matan, dicen que dijo Sarmiento... ¿Pero se compran y se venden? Pongamos dos ejemplos, aun a riesgo de ser políticamente incorrectos. El primero no me pertenece, pero como nadie ha pretendido cobrar derecho de autor por el mismo, lo reproduzco aquí. Una persona tiene un cajón de manzanas y alguien le roba una. Como resultado, alguien tiene algo más de lo que tenía antes y alguien tiene algo menos, sin haber recibido nada a cambio. Es evidentemente un robo. Hay un perjuicio cierto. Consideremos ahora el caso de alguien que toma una idea de otra persona: alguien tiene algo más, que antes no tenía... Pero no hay nadie que tenga algo menos, como no sea la exclusividad de esa idea. Entonces es evidente que hay, entre los bienes materiales y los ideales una diferencia de naturaleza que debería al menos considerarse.
Pongamos ahora un ejemplo límite. Un compositor norteamericano, John Cage, se hizo famoso sobre todo por una obra que él no compuso. En realidad, se limitó a titularla. La obra se llama 4'33" y se trata de un silencio para piano que dura exactamente cuatro minutos y treinta y tres segundos, durante los cuales el pianista, sentado ante el teclado de su instrumento, no toca ninguna nota. ¿Puede esto llamarse música?, se preguntará alguno. Pues bien, técnicamente sí lo es. La música es una combinación de sonidos y silencios, distribuidos en el tiempo. En este caso el silencio se ha ampliado a tal grado que el sonido (el del instrumento, al menos) ha desaparecido. En condiciones ideales, 4'33" sería un silencio absoluto. En la realidad de una sala de conciertos, el sonido es aportado por el inevitable rumor de los asistentes.
Pero el punto es el siguiente: 4'33" puede ser escrita en una partitura. También puede ser registrada, por ende, como una obra musical. Por lo tanto, está también sujeta a las leyes de derecho intelectual. Pero... ¿Cómo determinamos cuándo alguien está ejecutando públicamente 4'33", como para proceder al cobro de los derechos correspondientes? ¿Cualquier pianista que se siente a meditar en público delante de su piano durante el tiempo en cuestión estará interpretando la partitura? ¿Cualquier disco que incluya un silencio de esta duración? Es evidente que no es posible cobrar el derecho de reproducción de un silencio, pero en este caso el silencio es una obra. Entonces, tal vez el punto sea que sólo se cobrará un derecho de autor a 4'33" cuando alguien interprete o publique la obra aclarando que se trata de ella, con su título y la referencia a su autor. Pero entonces deberíamos hacer valer esta regla para cualquier otra obra musical, y no pretender cobrarle a quien toque una canción cualquiera sin anunciarla, o dándola por propia, aunque es claro y evidente que en tal caso estaríamos en presencia de un plagio. Pero entonces sería prudente detenernos en este punto, porque estas ideas tampoco son ya nuestras. Algunas de estas cuestiones ya se las preguntó Jorge Luis Borges, al plantearse la posibilidad de que Pierre Menard fuera, finalmente, el legítimo autor de El Quijote. ¿Habrá conocido Pierre Menard a John Cage?
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domingo, enero 04, 2009
No sense
Le pregunté a Majo qué opinaba. Le dije de esta manera: "¿Por qué será, nena, que J.D. es así?"
- ¿Así?... ¿Así cómo? -me respondió ella, y yo sentí que nos estábamos enroscando en una conversación sin sentido.
Así comienza un relato que firma Ariel Bermani, publicado en una revista de distribución gratuita cuyo ejemplar ya me disponía a descartar, justo cuando mis ojos se detuvieron en esas líneas. En realidad la aclaración es irrelevante, pues rescataré sólo estos dos párrafos, que ni siquiera he transcripto de manera literal.
La cuestión es la conversación sin sentido. Me atrajo eso: la falta de coherencia en ese diálogo que apenas comienza a bosquejarse, la incomunicación, la distancia, el desencuentro. He ahí la clave literaria que puede dar pie a cualquier relato. Pero he también allí la clave de todos los conflictos del hombre, esos que se desarrollan ya no en los papeles de la ficción, sino en la cotidianeidad nuestra de todos los días. Decimos dos palabras... y lo sepamos o no, la mayor parte de las veces ya nos estamos enroscando en una conversación sin sentido, de consecuencias muchas veces inciertas y en ocasiones dramáticas. Así somos, simplemente.
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miércoles, diciembre 31, 2008
¿Felices fiestas?
Cada fin de año sucede lo mismo: legiones de personas de buena voluntad se ven compelidas a manifestar a su prójimo su deseo de que aquel sea capaz de conseguir ese tesoro tan evasivo que es la felicidad. La palabra más utilizada en estas fechas es "felicidades", tanto que me pregunto cómo es posible que a nadie se le haya ocurrido registrarla para poder cobrar derechos de propiedad intelectual por su uso. Tal improbable pícaro se llenaría seguramente los bolsillos de dinero en el curso de sólo dos o tres semanas.
Sin embargo, y a sabiendas de que me arriesgo a pasar por antipático y ser acusado de atentar contra el espíritu navideño, me pregunto de repente por la sinceridad de tales deseos. Quiero decir: todos sabemos que la felicidad es algo que no se puede comprar. Pero a modo de un mero ejercicio, supongamos que uno tuviese la mágica posibilidad de comprar por un determinado precio la felicidad de otra persona. No la propia felicidad, sino la de uno o más terceros, a los que uno pudiese elegir a gusto. Supongamos también que dicha felicidad no es precisamente económica... Digamos que sale cinco mil pesos, por ponerle una cifra de mercado. Solemos decir que la felicidad no tiene precio, de manera que no deja de ser una suma por demás conveniente. ¿Por cuántas personas, de esas a las que uno desea "felicidades", simplemente porque es gratis, estaríamos dispuestos a pagar tal suma si uno tuviese el poder de comprar así su felicidad?
Consideremos además (he aquí tal vez el verdadero quid de la cuestión) que no nos es permitido revelar que hemos sido nosotros el factotum de semejante regalo. Que aunque pudiéramos decirlo, ¿quién iba a creer que semejante sandez sea cierta? ¿Entonces?...
Estoy seguro de que la venta de felicidades no sería tan rentable como la aplicación de un derecho de autor a la palabrita en cuestión.
Por supuesto, todo esto no es nada más que un ejercicio mental. Pero el punto es decubrir la distancia que media entre el desear con palabras la felicidad para alguien y el estar realmente dispuesto a hacer algo para que esa expresión de sanos deseos se convierta en realidad. Res, non verba, dice la expresión latina.
Buena ocasión, este fin de año, como para revisar cómo anda cada uno de nosotros con estas cuestiones, en todo caso.
Intentemos ser felices.
Y en la medida de lo posible, hacer felices a los demás.
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martes, diciembre 30, 2008
Sigue la guerra en Gaza
Franja de Gaza.
Cuatro días de ataques.
384 personas muertas...
Más de 800 heridos...
Los ojos del mundo, para variar, parecen mirar para otro lado.
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domingo, noviembre 30, 2008
Los colores
En algún lugar del tiempo, más allá del tiempo, el mundo era gris. Gracias a los indios ishir, que robaron los colores a los dioses, ahora el mundo resplandece; y los colores del mundo arden en los ojos que los miran.
Ticio Escobar acompañó a un equipo de la televisión española, que vino al Chaco para filmar escenas de la vida cotidiana de los ishir. Una niña indígena perseguía al director del equipo, silenciosa sombra pegada a su cuerpo, y lo miraba fijo a la cara, de muy cerca, como queriendo meterse en sus raros ojos azules.
El director recurrió a los buenos oficios de Ticio, que conocía a la niña, y la muy curiosa le contestó:
–Yo quiero saber de qué color mira usted las cosas.
–Del mismo que tú –sonrió el director.
–¿Y cómo sabe usted de qué color veo yo las cosas?
Según me dijo Cecilia Portorrico, esto lo escribió una vez un tal Eduardo Galeano.
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miércoles, noviembre 26, 2008
Para tener presente

El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos.
Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos; aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.
(Italo Calvino, "Las ciudades invisibles")
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domingo, octubre 26, 2008
La relevancia de los blogs
Cada vez que corrijo parciales de mis estudiantes, me detengo en las citas que escogen a la hora de querer ilustrar las cosas que ellos mismos dicen. Es cierto que son palabras de otras personas, pero siempre pienso que en la elección de una cita adecuada también se ve el grado de comprensión de un determinado tema.
Y cada tanto copio algunas de esas citas allí. Sobre todo cuando, como sucede en este caso, con estas palabras de Eduardo Galeano, esas citas parecen estar dando cuenta del sentido de este espacio.Un hombre de las viñas habló, en agonía, al oído de Marcela. Antes de morir, le reveló su secreto: "La uva -le susurró- está hecha de vino."
Marcela Pérez Silva me lo contó, y yo pensé: "Si la uva está hecha de vino, quizás nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos."
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domingo, octubre 19, 2008
El otro, ese (indeseable) necesario...
Para responder a la consigna de un parcial, un estudiante me sorprende al comenzar con una cita de un breve relato de Mario Benedetti que aún yo no conocía: "Al principio la muerte del Otro fue un rudo golpe para el pobre Armando; pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó."
En realidad Benedetti no habla de "el Otro", sino de "el Otro Yo". Pero he preferido omitir este último pronombre, para que se comprenda mejor la idea, acaso no la de Benedetti, pero al menos sí la mía y -estimo- la del estudiante en cuestión.
El Otro es el que nos condiciona a ser como somos. Nos impugna con su constante presencia, con su permanente mirada. Nos obliga a ser de determinada manera, diferente -quizás- a como seríamos si ese Otro no estuviese presente. Nos obliga a actuar un personaje, en definitiva, que somos nosotros, pero que al mismo tiempo es alguien diferente, una impostura.
La repentina ausencia del Otro nos otorga la ansiada libertad. Pero también, a la larga, el desamparo. Sería relativamente sencillo liberarnos de esa mirada constante, de ese otro que nos impugna, que permanentemente nos obliga a seducirlo, actuando de alguien que en verdad no somos. Pero, ¿qué seríamos entonces?
Tal vez por eso es que constantemente buscamos esa mirada.
Sin esa mirada, ni vos ni yo seríamos nada.
Vos sos mi Otro. Yo soy tu Otro.
Somos nosotros, mirándonos como en un espejo.
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lunes, octubre 13, 2008
Aves que deben volar
-¿Para qué existen, mamá, las palabras que no se dicen?
Así termina un brevísimo relato de Eduardo Galeano, incluido en su libro Bocas del tiempo.
Y alguien, en algún espacio de ese lugar informe que es internet parafraseó esta frase para preguntarse:
"¿Para qué existen los libros que no se leen?"
El cuestionamiento no es inocente. Apunta a generar un debate respecto a las normativas relativas a los llamados copyrights y copywrongs, un término que se acuñó recientemente, casi como una humorada, a partir del cambio en el juego de los derechos autorales promovido por las nuevas tecnologías digitales.
¿A quién pertenecen las ideas? ¿Pueden colocarse en un mismo nivel, en cuanto al derecho de propiedad se refiere, los bienes materiales y los inmateriales? Alguien dijo que si una persona roba una manzana de un cajón, se beneficia teniendo algo que antes no tenía, no habiendo dado por eso nada a cambio, en tanto otro tendrá algo menos de lo que tenía antes, no habiendo recibido a cambio nada.
Pero las ideas, a diferencia de lo que ocurre con las cosas materiales, se multiplican. Y cuando esto ocurre, hay alguien que tiene algo más, que antes no tenía... Pero lo cierto es que a nadie le faltará nada que antes tuviera.
"¿Para qué existen los libros que no se leen?" Yo no sé.
Pero de pronto pienso que tal vez sea un acto de justicia, al fin y al cabo, liberar tantas palabras encerradas, soltarlas como si fuesen pájaros enjaulados, que al fin y al cabo ningún derecho tienen sobre ellos quienes allí los mantienen presos, por más que los hayan adquirido legalmente. Debería haber una ley que impidiese tener libros enjaulados, de hecho.
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domingo, octubre 12, 2008
Día de la raza

Fue un 12 de octubre de 1492. Colón llegaba a las Américas con sus tres carabelas. Durante muchos años en las escuelas se enseñó la postal, más pintoresca que histórica, del genovés rodilla en tierra, su estandarte en alto, la mirada puesta en el cielo, como agradeciendo a su dios único que hubiese puesto fin a la intrépida travesía, justo antes de que sus hombres, hartos ya de tanta navegación, se amotinaran. Quién sabe cuál hubiese sido el destino de América de haber exigido aquellos hombres un improbable regreso a Puerto de Palos, agotadas ya las provisiones, las esperanzas y las paciencias.
Durante todos esos años acompañamos el viaje oteando el horizonte desde el puesto de vigía de la Pinta, justo a Rodrigo de Triana, para gritar "Tierra a la vista". Curiosa paradoja identitaria, hablábamos de Europa como el Viejo Mundo, llamándonos al mismo tiempo americanos, cuando los verdaderos americanos, dueños hasta entonces de estas tierras, de la misma edad que Europa, veían llegar desde las costas a los invasores del mundo nuevo, hasta entonces desconocido, confundiéndolos con dioses. Poco tiempo les llevará comprender su terrible error.
El 12 de octubre sirvió como excusa para más de un acto escolar. Niños vestidos como Colón, carabelas de cartón y papel glasé metalizado. La historia se repite, y ahora es como padre que tengo que asistir a uno más de esos actos. Alguien habla allí de un "encuentro de culturas". Yo me pregunto si se trata de ingenuidad, de pura ignorancia o de simple imbecilidad. Porque el mismo que habla de ese pretendido encuentro también defiende el reconocimiento de otras culturas y, colmo de los colmos, termina invocando a un dios que a los americanos originales sólo les trajo muerte y devastación.
¿Cómo es posible, me pregunto, que ese dios que supuestamente propone que todos sus hijos son iguales ante su mirada haya servido para justificar la salvaje destrucción de miles y miles de vidas a través de la esclavitud y el martirio? La respuesta es simple: los invasores ni siquiera estaban dispuestos a ver en los nativos americanos algo parecido a seres humanos. La pretendida imposición de un dios falso, y no porque Cristo lo sea, sino porque nada de cristiana tenía la prédica aquella, sólo buscaba justificar los saqueos y el exterminio.
Jamás hubo un encuentro de culturas. Sí hubo, en cambio, aniquilación. Me imagino a ese hombre que habló de encuentro de culturas, que invoca al dios de los invasores para fundamentar su imaginaria identidad americana, viendo arrasada su casa, asesinada su gente, vilipendiada su cultura, siendo él mismo esclavizado. ¿Hablaría todavía de "un encuentro de culturas" si le hubiese tocado a él ser la víctima, en lugar de ser el heredero de los victimarios?
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miércoles, septiembre 10, 2008
Nunca me dio un miedo tan grande la palabra ínfimo
Hace apenas unas horas, en la ciudad de Ginebra, científicos de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) pusieron en marcha un enorme acelerador de partículas, conocido como LHC (Large Hadron Collider), cuya construcción costó unos nueve mil millones de dólares y con el cual buscan develarse misterios sobre la física y el origen del Universo. En pocas palabras, un aparato para poder jugar a ser Dioses.
Este acelerador, cuyo recorrido en forma de círculo ocupa un trayecto lineal de 27 kilómetros, es la mayor y más compleja máquina jamás construida y la plataforma para lo que los expertos dicen será el experimento más grande en la historia de la humanidad. El experimento en cuestión es hacer colisionar partículas atómicas desplazándose a velocidades cercanas a la de la luz.
Y añade luego la frase que da título a este posteo:
"Nunca me dio un miedo tan grande la palabra ínfimo."
- ¿Este botón?
Ponele que no pase naranja. Después de todo al coso ese ya lo encendieron y todavía estamos acá. Claro que si pasara algo mañana, o pasado, o cuando hagan chocar los átomos ahí adentro, no vamos a tener tiempo ni siquiera de enterarnos.
Pero es verdad: el riesgo de que eso ocurra es ínfimo.
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sábado, agosto 23, 2008
Virus informático
Hace algunos años recibí un virus informático. Nunca supe quién lo había enviado, ni por qué razón lo recibí yo. Aunque sospecho que esta clase de virus muchas veces llegan por obra de un azar. Sospecho también que la mayoría de las personas que como yo recibieron este mismo virus ni siquiera se habrán dado cuenta de que lo era. Porque por lo general los virus informáticos atacan las computadoras, o las redes, o los sistemas, y este virus en cambio es informático sólo en cuanto a su modo de transmisión, pero no afecta a la máquina, sino al hombre. Y ni siquiera en todos los casos, sino apenas a unos pocos particularmente sensibles a esta clase de infecciones, como aparentemente ha sido mi caso.
Califico a este virus de informático pues fue recibido a través de un correo spam, enviado a quién sabe cuántos cientos de computadoras además de a la mía. Al igual que un virus, al instalarse (no en la computadora, en este caso, sino en la conciencia del hombre) genera una mutación, a veces imperceptible, en aquellos sujetos que no se hayan declarado inmunes. Y como el virus de computadora común y corriente, éste también se reproduce, en este caso aquí, a través de este blog, que también es de hecho un medio informático.
Correo spam, entonces (retomo al relato de cómo se recibió este virus), que al abrirse deja ver en la pantalla estos versos:
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Esto aparte, tengo en mí todos los sueños.
Esos cuatro versos fueron suficientes para que yo supiera, en ese mismo momento, que había sido infectado. Que no iba a poder dejar de leer lo que siguiera, y que ya nunca iba a poder liberarme del todo de aquellas palabras, que al pie terminaba firmando un tal Fernando Pessoa.
Como yo soy más prudente, no dejo el resto de aquellas líneas aquí mismo, en esta ventana, sino en el primer comentario de esta entrada, para que lo lea solamente quien se considere inmune a estas cosas (pero entonces no tendrá sentido que se tome el trabajo) o quien desee arriesgarse, a sabiendas de lo que hace.
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miércoles, agosto 13, 2008
EXIT

Paul Auster es un escritor que no me interesa demasiado y al cual no respeto particularmente, y además me fastidia un poco esa fascinación que parece despertar en algunas personas que sí me interesan y a las cuales respeto. Más allá de lo dicho, recién leo en el blog de una amiga una cita del referido Auster que por algún motivo que no termino de entender me llama poderosamente la atención.
"A pesar de lo que uno pueda creer, los sucesos no son reversibles. El hecho de que uno haya podido entrar, no significa que vaya a poder salir; las entradas no se convierten siempre en salidas, y nadie garantiza que la puerta por la que uno ha entrado hace apenas un minuto esté aún allí cuando se la busque un instante después. Así son las cosas en la ciudad. Cada vez que uno cree saber la respuesta a una pregunta, descubre que la pregunta ya no tiene sentido."
(P.A., El país de las últimas cosas)
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viernes, agosto 01, 2008
Koan Zen Panda
Alguien me recomienda una película. Una película para chicos, y tal vez la aclaración sea innecesaria. ¿Acaso las películas para chicos sólo deben ser para los chicos? Yo estoy seguro de que no es así. Porque cada vez que voy al cine con mi hija suelo reirme yo más fuerte que ella, para consternación de la pequeña, que cada vez se fija más en la mirada de los demás. Cosas de la edad, supongo.
Pero de todos modos el punto no es este, sino que junto con la recomendación en cuestión viene una frase, que al parecer es dicha por uno de los personajes, a los pocos minutos de haber comenzado la película: "A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo."
No sé qué pueda significar esta sentencia en el contexto de mi vida actual. Qué extraño presagio, quizás, para el caso de que un presagio sea. O qué nada, finalmente, que las cosas no tienen por qué tener necesariamente siempre un sentido.
Lo único cierto es que un extraño impulso me lleva a dejar anotada esta frase aquí. Cosa que hago, como habrá podido verse.
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domingo, julio 20, 2008
Un pensamiento
Si en cierto instante
hubiese girado hacia la izquierda
en vez de a la derecha;
si en cierto momento
hubiese dicho sí en vez de no,
o no en vez de sí;
si en cierta conversación
hubiese tenido las frases que sólo ahora,
en la somnolencia, elaboro;
si todo eso hubiese sido así,
sería otro hoy...
Simplemente hoy no puedo dejar de pensar en estas palabras de Fernando Pessoa.
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miércoles, julio 09, 2008
Entre la memoria y el olvido
"El olvido finalmente nos libera de la mayor parte de las cosas que aprendemos." La frase de por sí resulta provocadora. Pero lo es más si es pronunciada, como sucede en este caso, por el rector de una Universidad Nacional. Ni siquiera nos tomaremos el trabajo de mencionar aquí cuál, no porque no valga la pena saberlo, sino porque las ideas más profundas debieran aspirar siempre a un saludable anonimato.
Que el olvido, lejos de ser tenido como un enemigo, pueda ser considerado liberador, en un contexto en el cual solemos quejarnos de la escasa memoria de la gente, puede parecer un contrasentido. Que un docente, cuya tarea aparente es fijar conceptos en la conciencia de sus estudiantes, califique el olvido de este modo, es por lo menos inquietante. Salvo que en realidad la verdadera tarea de un maestro sea otra.
En las comunidades primitivas, que todavía no conocían la escritura, donde la memoria tenía el sentido de lograr que la repetición ritual de determinados relatos permitiera traspasar de una generación a la siguiente los contenidos de una cultura, la gente se reunía en torno de una fogata para repetir, una y otra vez, las mismas historias. Pero no eran las historias en sí mismas lo importante, sino su contenido simbólico. Poco importaban en general los detalles, siempre y cuando se mantuviese lo esencial del relato, y es por eso que en diferentes regiones del mundo se repiten muchas historias míticas, aunque cambian los nombres de sus actores.
Hay personas que son capaces de retener enormes cantidades de información: nombres, fechas, rostros, bibliografías, datos en general. Yo reconozco que la memoria no ha sido ni probablemente vaya a ser jamás mi fuerte. Tal vez por esto la frase en cuestión me resultó llamativa. Por conveniencia personal. Aunque también porque subvierte una serie de valores que a la mayoría de nosotros nos han inculcado desde chicos, afines a un enciclopedismo que hoy resulta imposible de seguir sosteniendo, pues es tanta la información disponible y declaradamente importante, que resulta sencillamente inabarcable. Hoy no se puede leer todo lo que sería necesario leer, escuchar todo lo que deberíamos escuchar, conocer todo lo que merece ser conocido.
Es un poco a lo que alude Cortázar, cuando en su libro Rayuela se refiere a la melancolía de una vida demasiado corta para tantas bibliotecas, y a la conciencia de que al leer a Joyce se está sacrificando automáticamente otro libro y viceversa. O lo que Rodrigo Fresán sintetizó desde la foto de la solapa de uno de sus libros en una maravillosa sentencia estampada en una remera, que la gran literatura a veces viene en envase chico: "Too many books, so little time." La frase en cuestión admite modificaciones al gusto de cada quien, y podemos cambiar el too many books por tantos lugares, tantas mujeres, tantos museos, tanta música, etcétera.
Pero aunque el tiempo fuese infinito, la memoria es por naturaleza débil. No recordamos todos los libros que hemos leído, ni el nombre de aquella película que en su momento tanto nos emocionó, ni mucho menos el autor de aquella frase... ¿Cómo era la frase?...
Entonces, tal vez debamos plantearnos qué cosas deberíamos priorizar en nuestro aprendizaje. O en aquello que pretendemos enseñarle a los demás. Tal vez lo importante no es lo que seamos capaces de recordar, sino lo que alcancemos verdaderamente a comprender. Y de más está decir que la comprensión no siempre pasa por el lado de la racionalidad. Muchas veces lo emocional, lo ético y lo estético son claves indispensables para comprender las cosas del mundo y a los otros.
Por suerte contamos con el olvido. De lo contrario, muchos de nosotros estaríamos dispuestos a creer que lo importante es aquello que se recuerda. Y nos veríamos compelidos a leer todas las bibliotecas, a conocer toda la música, los cuadros, los lugares, las frases célebres, los blogs y las páginas de internet indispensables, y tantas otras cosas. El olvido viene a demostrarnos que ese enciclopedismo no tiene ningún valor. Que lo importante radica en otro lado. Comprender a fondo el sentido de una hoja de trébol, de una mirada, de una única melodía, de un minuto de nuestras vidas, acaso sea desafío suficiente.
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lunes, junio 09, 2008
Guernica

Según la leyenda esta breve conversación tiene lugar en el taller en el cual suele trabajar Pablo Picasso. El primero en hablar es un oficial nazi, que contempla asombrado el Guernica. Quien responde, por supuesto, es el autor de la obra.
- ¿Y esto lo ha hecho usted?
- No, de ningún modo. Quienes lo han hecho son ustedes.
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martes, mayo 06, 2008
martes, abril 01, 2008
Teología...
¡Cuánto disfruto cuando alguno de mis alumnos en la facultad, a veces queriendo, y otras tantas veces sin querer, y acaso sin siquiera saberlo, me enseña algo. Recién, por ejemplo, sin necesidad de ir más lejos, una alumna que cita un fragmento, apenas un pedacito, de una literatura de esas escritas por Eduardo Galeano. Entonces yo, obsesivo como soy, enseguida Google (magnífica herramienta, con todo y sus limitaciones), y la literatura en cuestión completa, que por lo demás era bien breve.
Pero además, debajo de esa literatura, otra más, más hermosa incluso que la anterior. Y como el entusiasmo es la fuerza que lleva adelante este cuaderno virtual de anotaciones, no me puedo resistir a multiplicar esas palabras, copiándolas aquí:
Fe de erratas: donde el Antiguo Testamento dice lo que dice, debe decir lo que quizá me ha confesado su principal protagonista.
Lástima que Adán fuera tan bruto. Lástima que Eva fuera tan sorda. Y lástima que yo no supe hacerme entender.
Adán y Eva eran los primeros seres humanos que de mi mano nacían, y reconozco que tenían ciertos defectos de estructura, armado y terminación. Ellos no estaban preparados para escuchar, ni para pensar. Y yo... bueno, quizá yo no estaba preparado para hablar. Antes de Adán y Eva, nunca había hablado con nadie. Yo había pronunciado bellas frases, como "Hágase la luz", pero siempre en soledad. Así que aquella tarde, cuando me encontré con Adán y Eva a la hora de la brisa, no fui muy elocuente. Me faltaba práctica.
Lo primero que sentí fue asombro. Ellos acababan de robar la fruta del árbol prohibido, en el centro del Paraíso. Adán había puesto cara de general que viene de entregar la espada y Eva miraba al suelo, como contando hormigas. Pero los dos estaban increíblemente jóvenes y bellos y radiantes. Me sorprendieron. Yo los había hecho; pero yo no sabía que el barro podía ser luminoso.
Después, lo reconozco, sentí envidia. Como nadie puede darme órdenes, ignoro la dignidad de la desobediencia. Tampoco puedo conocer la osadía del amor, que exige dos. Entonces, vinieron los equívocos. Ellos entendieron caída donde yo hablé de vuelo. Creyeron que un pecado merece castigo si es original. Dije que peca quien desama: entendieron que peca quien ama. Donde anuncié pradera de fiesta, entendieron valle de lágrimas. Dije que el dolor era la sal que daba gustito a la aventura humana: entendieron que yo los estaba condenando al otorgarles la gloria de ser mortales y loquitos. Entendieron todo al revés. Y se lo creyeron.
(Eduardo Galeano, "El libro de los abrazos")
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jueves, marzo 27, 2008
Breve carta matinal a Julio y poema de
¿Qué puedo decirte, Julio? Estas cosas pasan, y vos lo sabés mejor que yo. Uno agarra un pasquín cualquiera, de esos que se publican en algunos barrios, esos que se reparten gratis, o se dejan sobre una mesita para quien quiera se lleve un ejemplar, y después ese pasquín duerme el sueño de los justos en medio de una pila cada vez más alta de papeles. Hasta que un día (porque siempre llega el día, Julio, y vos lo sabés mejor que yo) uno descubre con un dejo de tristeza que ya es impostergable el momento de comenzar a hacer bajar de algún modo esa pila, y con un poco de pereza agarra un papel tras otro, para revisarlo levemente antes de botarlo a la basura, que ese es el triste destino de los pasquines barriales y otros papeles de similar naturaleza.
Pero entonces sucede (porque estas cosas también pasan, Julio, y a esta altura seguro que ya sabés que vos lo sabés mejor que yo) que por ejemplo uno va al baño, munido de un algunas de esas hojas, para entretenerse con algo mientras tanto, que después de las bibliotecas y los bancos de algunas plazas (o incluso antes que los bancos de las plazas, si lo pensamos mejor, o acaso todo dependa del día y del estado de ánimo) no hay recinto mejor que el baño para una buena lectura. Y en eso anda el hombre, descartando más que rescatando, cuando de repente.
Es como un golpe en la frente. Vos mismo lo hubieses dicho de este modo, y me refiero a descubrir ese recuadro perdido, con un poema tuyo, y seamos sinceros, que poco importa que haya sido tuyo el poema, sino que es el poema en sí mismo lo que importa. Y uno sentado allí, como un estúpido en el baño, con ese papel en la mano, preguntándose cómo es posible que haya estado a punto de tirar esto a la basura, me hubiese perdido estas palabras, intentemos fijarlas de algún modo, por ejemplo copiándolas en otro pasquín (pasquín virtual éste, Julio, que en tu tiempo no los había, aunque básicamente nada ha cambiado demasiado, podés creerme, todo es diferente ahora, pero sigue siendo básicamente lo mismo), cosa que haré en este mismo instante, inmediatamente luego de despedirme y desearte que estés muy bien, allí donde te encuentres.
Y el poema dice:Para leer en forma interrogativa
Has visto
verdaderamente has visto
la nieve los astros los pasos afelpados de la brisa
Has tocado
de verdad has tocado
el plato el pan la cara de esa mujer que tanto amás
Has vivido
como un golpe en la frente
el instante el jadeo la caída la fuga
Has sabido
con cada poro de la piel sabido
que tus ojos tus manos tu sexo tu blando corazón
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.
(Julio Cortázar, de Salvo el crepúsculo)
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lunes, marzo 24, 2008
Momento musical
De un tiempo a esta parte suelo incluir, entre los trabajos prácticos que propongo a mis alumnos, una consigna que pide la reproducción de un fragmento poético, preferentemente de producción propia, con una explicación del motivo por el cual se lo considera valioso. Suele venir, por supuesto, toda clase de cosas, algunas sin valor estético alguno (pero no se trata del valor estético en sí, sino de la apreciación subjetiva que el alumno haga de eso) y otras, por el contrario, muy interesantes.
Acomodando papeles me topé hace un rato con un uno de esos parciales, que me llamó la atención por venir acompañado de un disco compacto. La carátula anunciaba un movimiento de la Quinta Sinfonía de Mahler, e instintivamente lo puse en la computadora. Luego releí las hojas que acompañaban el CD. Transcribo un pasaje:
"Hace varios meses atrás un amigo me dijo: 'Escuchá el cuarto movimiento de la quinta sinfonía de Mahler, que te va a gustar'. Ese fue el único a priori. Después vendrían las charlas sobre el romanticismo, la historia de su amor con Alma Schindler, pero en ese momento no sabía nada ni de Mahler ni de sus sinfonías. Conseguí el disco, lo puse en el equipo de audio, y desde que empezó sentí que era lo más bello y lo más triste que había escuchado en toda mi vida. Sentí que representaba de la manera más abstracta y perfecta la esencia del amor, ese sentimiento tan pleno, que a veces se transforma en lo más penoso, y que sin embargo no te deja renunciar a él, del mismo modo en que yo no podía dejar de escuchar esa sinfonía, que por más melancólica que fuera me transmitía una paz, una belleza, una completud inexplicable. Me resultó imposible mantenerme indiferente, y desde entonces cada vez que escucho esta obra son inevitables los escalofríos, la emoción, las lágrimas, esa conmoción que me transforma, que me deja con un silencio lleno de música."
Nos preguntábamos en la entrada anterior por la naturaleza del arte. No fue Gustav Mahler, precisamente, un artista mediano, que se conformara con efectos y estructuras sencillas, sino más bien todo lo contrario. Pero fue al mismo tiempo un artista capaz de crear una belleza que no deja lugar a dudas cuando nos preguntamos por su esencia. Tal vez en el párrafo transcripto más arriba pueda encontrarse una de las respuestas posibles a qué cosa sea el arte. Fundamentalmente algo que no es atravesado por la comprensión, sino por una conmoción sensible que nos deja algo. Si ese algo además es bueno, tanto mejor. El resto queda, inevitablemente, en la sensibilidad de cada uno.
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miércoles, marzo 05, 2008
Del arte a la perversión
En ocasiones puede no ser sencillo establecer una relación histórica coherente en lo que hace a la evolución del arte. Y otras veces esta experiencia puede llegar a resultar dolorosa. Acaso la palabra dolor siga hoy llamando la atención de algunos, puesta al lado del término arte, muy a pesar de que no es ningún concepto nuevo, ya sea que hablemos de las Lamentaciones de la música pre-barroca o, más acá en el tiempo, de la poesía de Rimbaud, del teatro de Antonin Artaud o del Guernica de Picasso. En realidad, la concepción misma del arte quizás esté relacionada con una conmoción de los sentidos, al margen de que se promueva por lo placentero o por su contrario.
Pero el punto está, precisamente, en lo difícil que es establecer el rumbo y la naturaleza del arte. En algún momento, los cánones artísticos comenzaron a ser manejados por una aristocracia que anticipó, de algún modo, lo que más tarde se convertirá en la industria cultural: la obra de arte comenzó a convertirse en un objeto estético de consumo, perdiendo con ello sus características esenciales. La reacción de los verdaderos artistas, de quienes en verdad necesitaban decir algo con sus obras, fue plasmada entonces en esa famosa expresión francesa que incita a épater le bourgeois, vale decir, a escandalizar con un arte reaccionario a quienes pretendían adueñarse del arte sin comprender su naturaleza.
El problema fue que por la misma puerta por la cual ingresaron a los tiempos modernos las vanguardias, y que ellas sean bienvenidas, irrumpió solapadamente otro concepto: el de la provocación como un supuesto modo de arte. Pero ya no hablamos de un arte rupturista, como podría ser el de Marcel Duchamp, sino de la idea de que una provocación, por el sólo hecho de serla, pueda ser considerada arte, sin importar su forma ni mucho menos su contenido.
¿Es una vaca descuartizada conservada en formol una obra de arte, como sugiere Damien Hirst (y no sólo él, sino también quienes le dieron por esa obra el polémico Premio Turner en 1995)? ¿Qué hay, por ejemplo, de las palomas de León Ferrari que dejan caer sus naturales deposiciones sobre imágenes religiosas estratégicamente ubicadas en la base de sus jaulas? ¿La emblemática pieza para piano de John Cage 4'33", consistente en un silencio para el instrumento que dura justo lo indicado en su título? ¿Las latas de sopas Campbell de Andy Warhol? ¿Y qué hay de la famosa Gioconda de Leonardo? ¿Cuál es la razón que nos lleva a considerar este último ejemplo como arte, casi sin dudarlo, al menos hasta el momento en que nos preguntan en qué se sostiene nuestra certeza?
En una galería de Nicaragua, un supuesto artista costarricense llamado Guillermo Vargas realizó recientemente una instalación titulada Exposición N° 1. Sobre una de las paredes de un cuarto vacío, Vargas escribió una frase: "Somos lo que leemos", decía en grandes letras, formadas con comida para mascotas. Luego hizo capturar un perro enfermo, que deambulaba por las calles, lo ató con una soga para que no pudiese salir de aquel cuarto, y simplemente lo dejó allí, sin alimento ni agua, hasta que muriese.
Cómo puede concebirse que una perversión semejante sea considerada arte, es algo que no se comprende. Pero no deja de tener razón Vargas cuando, señalado por quienes quisieron demostrar lo aberrante de su propuesta dijo: "Lo importante para mí era mostrar la hipocresía de la gente: un animal así se convierte en foco de atención cuando lo pongo en un lugar blanco donde la gente va a ver arte, pero no cuando está en la calle muerto de hambre." Y luego agregó: “Nadie llegó a liberar al perro, ni le dio comida o llamó a la policía. Nadie hizo nada.”
¿Cuáles son los límites del arte? Lo más grave del caso es que la delgada línea que separa al arte de la aberración en algunos casos, y en otros de su propia caricatura, parece estar cada día más borrosa. Acaso sea tiempo de que comencemos a mirar nuevamente hacia dentro de nosotros mismos, en busca de una respuesta más precisa.
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lunes, marzo 03, 2008
Perspectivas

"Un círculo se cierra y al mismo tiempo dos planos coinciden, se superponen, se confunden. En esta coincidencia se observa que lo que deseábamos mantener en planos separados es inseparable. Nuestro sentido de la orientación y nuestros sentimientos hacia aquello que forma la base empiezan a tambalearse y tenemos la impresión de encontrarnos frente a una paradoja."
Estas palabras de Francisco Varela hacen referencia a una lámina del ilustrador holandés Maurits Cornelius Escher (1898-1972).
Yo me pregunto hasta qué punto dichas palabras no serán aplicables, en general, a la vida.
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sábado, febrero 23, 2008
Re/creaciones II
Puesto que en nuestra entrada anterior hablábamos de poesía, quizás sea bueno dejar anotado aquí algo que dice Santiago Kovadloff en su libro La nueva ignorancia: "Quien comprende un poema ha construido, mediante lo que entiende, un sentido posible para lo que acaba de leer. Quien capta una interpretación, ha transfigurado lo que se le ha dicho en lo que acaba de entender, dándole de este modo un sentido personal, o lo que es igual, convirtiendo eso que se le ha dicho en experiencia propia."
Es interesante notar que Kovadloff dice quien comprende un poema. Vale decir que ese acercamiento, esa interpretación posible entre tantas otras que le asigna al texto quien se aproxima al mismo es tan válida como cualquier otra. Acaso incluso tan válida como la que tuvo en mente el propio autor del poema (si es que acaso tuvo el autor alguna interpretación puntual en mente, algo que no tiene por qué suceder siempre así). Es muy cierto eso que tantas veces se ha dicho, que un artista es dueño de su obra sólo hasta el momento en que la termina y la da a conocer a un público. En ese preciso instante deja de lado su potestad sobre ella, liberándola a la interpretación de quien se acerque a eso que él ha creado, pero que ya no le pertenece ni más ni menos que a los demás. Teniendo estas cosas en mente, realmente no se comprende que todavía haya quienes pretendan que el arte, la poesía en su sentido más amplio, deba ser intelectualizada para ser comprendida en su esencia.
"Las cosas tienen un millón de sentidos o ninguno", decía el pensador estadounidense Gregory Bateson, y es la sentencia de Kovadloff la que ha hecho que me acuerde de repente de esa frase. Lo que Bateson quería significar es que en el mismo momento en que a un evento puntual alguien logra asignarle un significado preciso, simultáneamente se abren las puertas a un montón de otras interpretaciones posibles, muchas de las cuales serán potencialmente tan válidas como la primera. Valga la aclaración: Bateson no era un relativista absoluto; jamás habló de la posibilidad de que algo tuviese infinitos sentidos alternativos, sino que apenas dijo un millón, un número grande, si se quiere, pero limitado.
Volviendo a la cita de Kovadloff, en definitiva resulta que la interpretación sería una forma de la comprensión. Y al mismo tiempo equivaldría, en cierto modo, a un acto de creación en sí mismo. O tal vez de descubrimiento. No existe una línea divisoria clara y definitiva en la frontera que debería mediar entre estas tres dimensiones que habitualmente consideramos como diferentes.
El otro punto de reflexión que nos deja la cita de más arriba, finalmente, es la maravilla de que a pesar de todo la comunicación sea posible, dado que jamás comprendemos cabalmente al otro, sino que nos limitamos a convertir permanentemente en experiencia propia aquello que los demás nos ofrecen como un mensaje. Ya sea que hablemos del mundo de las ideas, o del de las artes, que ambas cosas se crean y se recrean constantemente, sin que sea posible atarlas a eso que ingenuamente definimos como objetividad.
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lunes, febrero 18, 2008
Re/creaciones
Hoy reviso papeles viejos.
En eso encuentro (re/encuentro) un poema de Mario Benedetti que una alumna de la facultad adjuntó una vez a un trabajo práctico. Como no quiero volver a traspapelarlo, o como quiero anclarlo de alguna manera a esta otra irrealidad electrónica que es este blog, lo copio palabra por palabra...Re/creaciones
cuando adán el primero
agobiado por eva y por la soledad
inventó cautelosamente a dios
no tenía la menor idea
de en qué túnel de niebla había metido
a su desvalido corazón
pero cuando su invento lo obligó a hacer ofrendas
a rezar y a borrarse del placer
o a cambiar los placeres por el tedio
adán /a instancias de eva la primera/
de un soplido creó el agnosticismo.
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domingo, febrero 17, 2008
Del entretenimiento y la industria cultural
En el blog de una antigua alumna encuentro hoy la cita a un colega docente de la Universidad. Es así como hoy he terminado por escribir poco, y citar mucho. Pero no importa eso. En mi rol de docente muchas veces he dicho que en la buena elección de una cita queda demostrado, muchas veces, lo que el alumno en definitiva sabe de un determinado tema. Valga entonces la cita, para anclar de algún modo los conceptos que siguen:La industria cultural reemplaza al arte con el entretenimiento y el entretenimiento aparece como una de las formas indiferenciadas de la actividad humana. El entretenimiento se ha vuelto la continuidad del proceso de acumulación capitalista en las horas aparentemente no productivas. La cultura industrializada constituye la claudicación del espacio de autonomía que caracteriza a la cultura. Por su parte, la industria cultural se protege declarándose irresponsable: como entretenimiento rehuye su importancia en la constitución de la vida pública y privada; como producción comercial, se desliga de los aspectos culturales declarándose como pura mercancía. Solapadamente, la industria cultural simula estar al margen de la vida. (...)
Es difícil añadir algo más a lo dicho, ¿verdad?
La industria cultural incluye la totalidad de la vida en su percepción del mundo como espectáculo. El espectáculo se ofrece como mundo. Es la desaparición del mundo como tal. Es la desaparición del mundo como creación y reconocimiento de los seres humanos. La industria del entretenimiento es la negación de la fiesta, lugar del gasto improductivo. Pero precisamente en la fiesta, y no en el descuido del entretenimiento, se despliega el espíritu humano. (Schmucler, 2001)
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sábado, febrero 16, 2008
exceso de realidad... nuevos monstruos...
Navego por Internet. En realidad busco otra cosa, pero una referencia me lleva hasta el sitio de la revista Topia, dedicada a temas de sociedad, cultura y psicoanálisis. Sección de artículos... Presumo que me atraen las palabras exceso, realidad y monstruos, las tres juntas en una misma línea. Hago click sobre el vínculo...
El artículo está firmado por Enrique Carpintero. Y dice seguramente muchas cosas, pero yo me quedo en un par de párrafos. Por ejemplo:...ha determinado que el trabajo deje de ser un valor fundamental. El miedo es quedar descartado del proceso económico. Hoy es necesario tener dinero porque ninguna profesión u oficio dan garantías. Esta es una contradicción nueva en la historia de la humanidad, la cual lleva a la incertidumbre y el miedo. Por ello el mundo de este fin de siglo es el de un sujeto solo, abandonado a si mismo y obligado a estar sin referencias conocidas. Un mundo donde, como plantea Eduardo Galeano, el código moral no condena la injusticia sino el fracaso.
Ausencia de garantías. Contradicciones. Sujetos solos, abandonados a sí mismos. El fracaso no sólo como un pecado, sino como algo peor que la misma injusticia.
No tengo demasiadas ganas de escribir hoy en el blog, si debo ser honesto. Pero supongo que este conjunto de imágenes no me deja demasiada alternativa. Es un exceso de realidad que produce monstruos... La verdad es que prefiero cederle la palabra otra vez a Carpintero. Su análisis no sólo es certero, sino que además se atreve a proponer una salida utópica para este laberinto:...De esta manera debemos reconocer que el ser humano jamás va a tener certidumbre alguna. La única que tiene es que se va a morir y no sabe cuándo. Por ello su preocupación por el tiempo. Pero como esta idea no la puede soportar prefiere buscar a alguien que lo quiera, un buen trabajo o construir un mundo que valga la pena ser vivido. Esta es una estrategia de nuestro deseo. En este sentido es necesario tener en cuenta que si "los sueños de la razón producen monstruos", como escribió el genial pintor Francisco Goya, debemos construir una razón de los sueños para luchar contra los excesos de realidad que padecemos.
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jueves, febrero 14, 2008
san valentin
De un tiempo a esta parte comenzó a hablarse en la Argentina del Día de San Valentín, también llamado Día de los enamorados. Es un día en el cual se venden más flores y bombones que de costumbre. Y no deja de llamar la atención una celebración tal, cuando la tradición cristinana ha tendido a generar mártires más bien poco propicios a los amores físicos, a los cuales suelen ser tan afectos aquellos que han perdido sus estribos en favor de un otro que los ha deslumbrado.
Lo curioso es que al parecer el tal Valentín no existe. O por lo menos, que es poco y nada lo que se sabe de él. Como poco y nada es lo que los enamorados saben, en realidad, el uno del otro. Ni del porqué del sentimiento que los embarga. Fue el papa Gelasio I, hacia fines del siglo V, quien instituyó esto del día de San Valentín, cada 14 de febrero, para reemplazar con dicha celebración otras fiestas paganas a las cuales el cristianismo no era afecto. Sin embargo, el propio decreto papal reconoce que el tal Valentín es alguien "cuyo nombre es venerado por los hombres, pero cuyos actos sólo Dios conoce". Vale decir: nada nos consta. Aunque las leyendas son varias, según podrá constatar quien así desee hacerlo.
La cuestión aquí no es sin embargo el presunto santo, que de todos modos perdió su lugar en el santoral en 1969, desplazado por el combo San Cirilo + San Metodio, patronos de Europa, cuando la iglesia prefirió impulsar a santos con una historia más fehaciente. No es ese el tema, sino el enamoramiento en sí. Porque hay una idealización del enamoramiento, una compulsión al enamoramiento, como si ese fuese el estado normal de una persona, cuando en realidad se trata de todo lo contrario.
Durante el enamoramiento, el razonamiento crítico del sujeto queda, al menos en cuanto al otro se refiere, literalmente anulado. No es por nada que el arquetipo del enamorado es alguien que camina con los pies en las nubes, desconectado de la realidad. El cuerpo genera una serie de cambios químicos extraordinarios, que en condiciones normales pueden extenderse de tres meses y hasta algo menos de un año. Luego de este tiempo, la capacidad crítica es retomada: vemos con ojos más claros al otro, a ese que nos había deslumbrado, muchas veces se produce el desencanto, y en el mejor de los casos se establece una relación de reciprocidad basada ya no en la pasión, sino en una conveniencia mutua, en el afecto, en un proyecto compartido. De hecho, es probable que la monogamia no sea el estado natural del hombre, tanto como un estado cultural.
Pero si de cultura hablamos, esto de los enamorados tiene también su costado negro. Hay quienes se sienten inexorable y falsamente incompletos si no están con un otro. Como si la soledad fuese un estado de anormalidad, que no lo es. Están los enamorados compulsivos. Y los que desconfían tanto del otro que son incapaces de generar una relación idílica. Están los que jamás le han logrado decir al otro lo que sienten. Y sobre todo hay relaciones basadas en el desequilibrio, donde uno domina y el otro es dominado. Las posibilidades son muchas y por lo general la confusión propia de todo aquello vinculado al enamoramiento genera dolor. No es gratuito que a Cupido no se lo represente repartiendo flores o bombones, sino disparando flechas sin ton ni son.
Jean Paul Sartre veía el estado de enamoramiento como una lucha: queremos dominar al otro, para lograr que el otro vea en nosotros solamente lo que nosotros deseamos; queremos lograr que el otro nos vea tal como nosotros deseamos ser vistos. Cuando la relación es recíproca, nosotros también cedemos un poco, nos atontamos, admitimos ver al otro idealmente... aunque tarde o temprano algo nos devuelva la cordura.
El lenguaje le da la razón a Sartre. Todos los términos relativos al amor son de naturaleza bélica. Empezando por Cupido, siguiendo por el inevitable dolor que implica todo lo vinculado al amor, dolor dulce, si se quiere, y deseable, pero dolor al fin, y siguiendo por el hecho de que nos desvela la cuestión de cómo conquistar al otro, una palabra que se aplica igualmente para la acción sangrienta de aquellos que han decidido tomar un país ajeno por las armas.
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martes, febrero 05, 2008
Cuando el mejor final es el principio
En nuestra cultura los finales parecen ser realmente importantes. Nos interesa saber cómo terminan las cosas, más que cómo se desarrollan. Precisamente por eso, si nos cuentan el final de una historia ("el asesino es el mayordomo"; "el muchacho se queda al final con la chica"...), en la generalidad de los casos nos estarán robando el sentido del relato en su totalidad.
En pocas palabras, nos arruinaron la fiesta.
Hay excepciones, por supuesto. Como la "Crónica de una muerte anunciada" de Gabriel García Márquez (jamás un título mejor puesto a una novela), que nos cuenta el descenlace de la historia desde la primera página. O salvando las distancias alguna película de Quentin Tarantino en la que el flashback sea el protagonista principal. Pero son precisamente excepciones, que confirman la regla.
Sin embargo, anoche, hojeando un libro cualquiera, casi al azar, me he topado con las dos líneas finales de una obra:
"Así acaba el mundo
No con una explosión sino con un gemido"
Nada más. Con estos dos versos termina, según me dice el libro en cuestión, "La tierra baldía" de T.S. Elliot. No sé cuántas líneas separan estos dos versos del principio del poema. No conozco ese principio, ni tampoco el desarrollo de la obra, sino apenas esas dos líneas, con las cuales ella concluye (no con una explosión, sino con un gemido).
Pero de repente se me ocurrieron dos cosas. La primera, que difícilmente encontraré alguna vez un final, para una novela, para un cuento, para un poema, más acabado y perfecto que éste de Elliot.
Y la segunda, que no pasará mucho tiempo hasta que vaya en busca del resto del relato, pues en este caso, sin que lo haya sospechado Elliot, el mejor final posible para un relato se ha convertido también en el mejor principio.
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sábado, enero 26, 2008
Inscripciones urbanas II
Al final resultó ser que la inscripción en el puente de Juan B. Justo que cruza sobre Av. Córdoba, respecto de la cual escribí en un comentario anterior, cambia periódicamente. Alguien se toma el trabajo de ir cada tanto hasta allí, pinceles y tarros de pintura en mano, para tapar prolijamente la leyenda anterior y dejar luego una nueva. Lo curioso es que no se trata de consignas partidistas...
"¿Querés tener razón o querés ser feliz?", cuestiona la nueva inscripción. Por esta vez prefiero cambiar sutilmente la formulación por esta otra más tradicional: "¿Querés la verdad o querés ser feliz?"
Es que tener razón me parece una cuestión personalista. Alguien tiene la razón, alguien más no la tiene. La verdad, en cambio, parece ser algo que se ubica más allá de lo opinable. La cuestión aquí es, por supuesto, cómo saber cuándo se está frente a una verdad. Volveremos sobre este punto enseguida.
Antes digamos que, en cualquiera de sus dos formulaciones, el primer punto a tener en cuenta respecto de la frase pintada en el costado del puente es que al parecer la verdad (o la razón) y la felicidad van por senderos diferentes, en ocasiones contrapuestos. Imaginemos al hombre engañado por su esposa, por poner un caso más o menos típico, y al amigo fiel que conoce el secreto de dicha infidelidad. ¿Vale la pena sacar al infeliz cornudo de su plácido desconocimiento? Imaginemos al amigo en cuestión preguntando: ¿Querés la verdad o querés ser feliz? Claro que aquí el mero planteo de la pregunta pone al descubierto la existencia del secreto.
Pero hay otra clase de secretos. Imaginemos que alguien pregunta: ¿Hay vida después de la muerte? ¿Cuál es el sentido de la existencia? Sabemos que la respuesta existe en alguna parte, guardada bajo siete llaves. Si alguien pudiese revelarnos esa verdad... ¿valdría la pena arriesgarnos a conocerla?
Y después está la otra cuestión: si tuviésemos la verdad delante de nuestras narices, ¿cómo seríamos capaces de reconocerla?
"La única verdad es la realidad", dicen que dijo alguien alguna vez. ¿Pero qué es lo real? ¿Qué significa realmente conocer la verdad o tener razón? La verdad y la fantasía son a veces como esas muñecas rusas dentro de las cuales parece haber siempre otras muñecas idénticas, sólo que más pequeñas. Y en ocasiones es imposible discernir la diferencia entre una y la otra.
La felicidad, en cambio, cuando nos asalta, resulta indubitable.
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domingo, enero 20, 2008
Kafkiana
Kafka no duerme. Quien duerme es el hombre al lado del cual Kafka pasa en este mismo momento, sigiloso, intentando no hacer ruido, para no despertarlo. Pero toda su precaución es inútil: el hombre emite un quejido, se mueve un poco y luego abre los ojos y lo mira. El escritor no se inmuta. Se inclina un poco y luego, con voz muy suave, le da una orden: “Considéreme un sueño”, le dice.
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jueves, enero 17, 2008
Obras completas
En la contratapa de un periódico cultural, me encuentro con una interesante idea, atribuida a Foucault. Consideremos un pequeño papel, escrito de puño y letra por un literato famoso, en el cual dice: "No olvidar llevar la ropa a la tintorería". La cuestión es si ese papel debería o no integrar las obras completas de tal persona.
El problema me atrae. De más está decir que yo no soy un escritor famoso, y acaso ni siquiera un escritor. Aquí me topo con la primera dificultad de este dilema. Recapitulo: Hace poco compré un piano. Adquisición cuasi terapéutica. Pero curiosa si se considera que yo no soy músico, ni sé leer música, ni tampoco aprendí a tocar el piano. Sin embargo, noches atrás, mientras intentaba sacar sonidos del instrumento en cuestión sin incurrir en graves disonancias, no pude menos que reflexionar sobre la cuestión: "Yo no soy músico", me dije. "Y sin embargo, en este momento estoy haciendo música. Buena o mala, absolutamente simple, pero música al fin. Entonces, ¿con qué criterio digo que no soy músico?"
Recurro entonces a la R.A.E., para ver si logro dilucidar la cuestión. Y la R.A.E. dice: "músico, ca. 1. Perteneciente o relativo a la música. 2. Persona que conoce el arte de la música o lo ejerce, especialmente como instrumentista o compositor."
Me considero fuera de la segunda definición, por declarada impericia; pero me temo que quedo dentro de la primera. De igual manera, entiendo que tambien puedo considerar que soy un escritor (1- Persona que escribe. 2- Autor de obras escritas o impresas.)
Pienso entonces en esa carpeta que guarda en mi computadora las cosas que alguna vez he escrito. Muchas de las cuales jamás han sido leídas por nadie. Pienso también en este blog, en las revistas en las cuales escribí, en los artículos publicados, en los ensayos sin publicar, en las cartas a diversos destinatarios... No ha sido una producción copiosa ni importante. De pronto me atrae la idea de poder compilarla por completo...
Pero entonces... ¿Qué cosas deberían formar parte de la obra completa de un escritor y cuales no? El artículo en el cual figura el dilema de Foucault llega a una conclusión: el papelito relativo a la tintorería no entraría dentro de tales obras, pero no por ser algo modesto, "sino por no pertenecer al autor, ni al futuro, ni a la lectura, ni al malentendido, ni a la pasión."
Y luego pienso, entonces, en los comentarios que uno ha escrito o escribe en los blogs de otras personas. Pienso en las cosas que han sido escritas en la arena de una playa, a la orilla de un mar. O en el aire, a merced del viento. O en la mente, a merced del olvido. Cosas que jamás han ido a parar a un papel. Pero también cosas que, habiendo ido a un papel primero, fueron luego consumidas por el fuego. Todas esas cosas pertenecían al autor, a la pasión, al malentendido... Y me digo que si acaso existe en alguna parte la biblioteca infinita de la que alguna vez habló Borges, acaso allí esté compilada la obra completa de cada uno de nosotros.
Luego tomo un pedazo de papel, casi sin pensarlo, y escribo unas líneas, que dicen algo así como... "Me duele tu ausencia. / Me duele no tenerte, / tanto como me duelen tus silencios. / Me lastima quererte / de la manera en que te quiero. / Pero mi mayor pesar es saber que / incluso si algún día leyeras estas palabras / seguirías sin saber que las escribí pensando en vos."
Luego, por supuesto, romperé ese papel en pedazos, en pedazos cada vez más pequeños, que más tarde tiraré cuidadosamente a la basura.
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miércoles, enero 16, 2008
t2: Paraísos a medida
Alguien se pierde un momento con su mirada en un paisaje paradisíaco. Y no puede menos que expresar su parecer diciendo razonablemente: "Esto es un paraíso". Entonces alguien más le señala, no menos razonablemente, que aquello que puede ser un paraíso para uno, no necesariamente debe serlo para todos.
- Para algunos el paraíso puede ser un lugar donde se pueda dormir todo el tiempo que uno quiera, y para otro puede ser un lugar lleno de mujeres hermosas a las cuales se les pueda hacer el amor, y para otro tal vez sea un sitio en donde se pueda disfrutar de un banquete tras otro...
- Es posible que la idea misma de un paraíso tenga que ver con los placeres de cada uno. Por ejemplo, no creo que a Dios le quepa demasiado eso de la onda banquete full time... Porque eso iría de la mano de la gula, que es un pecado.
- Claro. Y una siesta permanente sería pereza. Por no hablar del montón de mujeres hermosas... ¿Sabés qué? Para mí que el paraíso no está en ninguna parte, pero al mismo tiempo está dentro de cada uno.
("Y mientras más avanzamos, más borrosas y lejanas quedan nuestras primeras huellas, marcadas sobre la arena de ese paraíso imaginario", escribe sabiamente en el viento una de estas dos personas...)
Alguna vez alguien dijo que para clasificar a la humanidad alcanza con sólo dos categorías: la de aquellos que todo lo clasifican en categorías, y la de aquellos otros que no lo hacen. A partir de esta tautológica revelación, y más allá de la humorada, si colocamos al hombre en relación con lo divino descubrimos una oposición similar: están quienes aseguran que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de un Dios, sea cual sea el nombre que se le asigne, y aquellos otros que sostienen, por el contrario, que Dios ha sido concebido a imagen y semejanza de los hombres.
Lo interesante de estas dos posiciones, claramente contrapuestas, es que más allá de que uno decida finalmente comulgar con una o con la otra, ambas coinciden en un punto: ya sea que el hombre sea la imagen reflejada o el modelo originario, quien decida profundizar en el estudio de lo divino estará interiorizándose al mismo tiempo en el conocimiento de lo humano. De aquí se deriva la verdadera utilidad del estudio de la Teología, que más que para conocer verdades relativas a lo divino sirve para conocer mejor las características intrínsecas del hombre.
Una cultura que adore a un dios único, representado a través del aspecto de un hombre, no puede ser igual a otra que crea en una pluralidad de dioses, ni a la que sostenga la existencia de una diosa madre. No es lo mismo un dios piadoso que uno vengador; un dios que fundamente un orden cósmico que un creador sin reglas; un dios etéreo que otro que a cada rato demuestra poseer las mismas debilidades y bajezas que el hombre. La idiosincrasia del hombre, ya sea porque se parece a ese dios que lo ha creado, o porque ese dios que él mismo ha concebido para justificarse está hecho a la medida de su conveniencia, se corresponderá lógicamente con los rasgos que caractericen a la deidad en cuestión.
La identidad de un dios, la idea de lo que debe ser un paraíso, el concepto de qué cosas sean pecado, todo esto reside dentro del hombre. Y es por esto que todo se acomoda también a las mejores conveniencias de cada caso, y así es como una iglesia que postula la igualdad de todos los hombres, hermanándolos como hijos de un mismo dios único, llegado el caso se las arregla para defender la esclavitud (esos indígenas, esos negros, no eran hombres como nosotros, sino criaturas sin alma, como bestias). También así es como los dioses terminan sirviendo para justificar el mal.
“Oh, Padre Todopoderoso que escuchas las súplicas de los que te aman: te rogamos que ayudes a quienes desafiarán la altura de tus cielos y llevarán el combate a tierras enemigas. Guárdalos y protégelos mientras cumplen el vuelo que se les ha ordenado. Armalos con tu poder para que puedan poner rápido fin a la guerra y para que conozcamos nuevamente la paz. Hazlos volver sanos y salvos. Esperaremos el porvenir confiando en ti y colocándonos bajo tu protección, ahora y siempre. Amén.”
Esta plegaria fue pronunciada un 6 de agosto de 1945, ante la tripulación del Enola Gay, el avión que minutos más tarde dejará caer sobre la ciudad de Hiroshima la primera bomba atómica, dejando un saldo de al menos 75.000 muertos y 163.000 heridos. ¿Sería que todas esas víctimas no se habían colocado bajo el paraguas de la protección divina? ¿Sus plegarias no fueron acaso lo suficientemente convincentes?
Alguien escribió una vez que, para cometer fechorías, Dios suele hacerse pasar por el demonio. Lo que no se dijo es que acaso Dios no sea otra cosa que la máscara que utilizan los hombres para intentar salirse con la suya. Que Dios nos perdone.
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viernes, enero 11, 2008
Diálogos con uno mismo en el tiempo

La niña de la foto no tiene más que un puñado de meses. Ya se sostiene sola en sus pies, pero sus ojos llenos de asombro nos dicen que recién comienza a descubrir el mundo. Son ojos llenos de futuro y de inocencia. De la inocencia propia de quien todavía no sabe, precisamente, que tiene un presente, un pasado y un futuro.
Carolina me explica entonces la idea: cada vez que se siente mal, sola o triste, o está a punto de cometer alguna macana, saca la foto de su cartera, la mira, y se imagina que la niña del retrato (ella misma hace más de veinte años atrás, en definitiva) la mira con esos ojos, llenos ya se ha dicho de qué cosas, y le hace un ligero reproche. Algo así como "qué es lo que me estás haciendo".
La idea me sorprende y me gusta. Me sorprende, porque si debo ser sincero Carolina me daba un perfil quizás más frívolo y no esperaba de ella una reflexión semejante. Nueva evidencia de que no debemos prejuzgar. Y me gusta porque me parece preferible rendirle cuentas al niño que uno fue en algún momento, antes que a un dios inventado por otras personas. Y no es que comulgue con el ateísmo, lo cual sería de por sí una formidable paradoja lingüística, sino que pienso que para el caso de que Dios exista sabemos tan poca cosa de él y bastante más, en cambio, de nuestras propias esperanzas y lealtades respecto de nosotros mismos, y de la exacta medida en la cual hemos sido o no fieles a ellas a través del tiempo.
No se lo digo a Carolina, pero lo cierto es que en algunas ocasiones recurro a un artilugio semejante al suyo. No hay foto de por medio y no me remito al pasado, tanto como al futuro. O mejor dicho, al tiempo presente que es, al mismo tiempo, pasado de nuestro futuro. Allí donde Carolina elige verse en el comienzo de su vida, yo me ubico a veces en el final y me imagino en una cama, viendo llegar los minutos finales de mi existencia. E imagino entonces que alguien me ofrece, mágicamente, volver a vivir un día de ese pasado que ya ha sido. Ese momento del pasado es en realidad, como podrá fácilmente adivinarse, el actual momento presente. Y el ver las cosas desde semejante perspectiva suele servir para medir las cosas de una manera por completo diferente.
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viernes, diciembre 28, 2007
Respeto por la música
"Por su difusión de la música clásica y su profundo respeto por la música popular."
Así reza el agradecimiento impreso, justo arriba de mi nombre y debajo de una línea que en letra más destacada anuncia: "A personas que -sin saberlo- nos ayudaron".
Lo que tengo en mis manos es la partitura orquestal de la música para el ballet Kuarahy, compuesta en 1991 por Lito Vitale, uno de los músicos populares más talentosos de la Argentina, coreografiada por Julio López para ser bailada por Julio Bocca y Eleonora Cassano. Quien retoma ahora el proyecto, dieciséis años más tarde, es Donvi, el padre del compositor, y explica que la cuestión "se basa en un hecho real: la existencia de músicos populares que graban músicas propias de carácter sinfónico realizadas -en su mayoría- utilizando samples, es decir, muestras tomadas de instrumentos reales". Donvi reconoce que estos samples no son asimilables a una orquesta de verdad, y se pregunta cómo sonaría esa misma música con instrumentos reales. Así nace este trabajo de transcripción y reorquestación, que fue realizado por Javier Mareco y que derivó en la referida partitura y el citado agradecimiento, que en definitiva nos sigue pareciendo tan generoso como inmerecido.
Pero lo que llama la atención es que hayamos llegado a un punto en el cual parezca razonable que se deba agradecer a alguien dedicado al fin y al cabo a la promoción cultural el respeto por la música. Y lo más grave del caso es que en definitiva se comprende el exacto punto en el cual tal agradecimiento parece justificarse. Es verdad que no todo lo que suele ser llamado música resulta respetable, pero esto no es una cuestión que tenga que ver con los géneros, y ni siquiera con ciertos valores de cuestionable validez universal, tales como la originalidad o la complejidad en la elaboración, y por supuesto que mucho menos con los niveles de consumo propios de la industria cultural. Lo que Donvi ha querido identificar como respeto no es en realidad otra cosa que el convencimiento de que el concepto de la música no tiene que ver con esos valores sino con algo más profundo, llamado poiesis o poética, que es el poder intrínseco de cualquier forma de arte de conmover, de conmocionar, de aportarle algo trascendente a quien se atreva a exponerse a él.
No será respetable, entonces, el mero producto de la referida industria cultural, que se ubica en las antípodas de la poética, pues nace con el único objetivo de venderse y luego desaparecer en su propia fugacidad. Pero está claro que ni siquiera así las cosas resultan tan sencillas de catalogar, pues planteado de este modo queda en el arbitrio de cada persona, de cada sensibilidad, la determinación de qué cosa pueda ser llamada arte. Y aquí radica el nudo de la cuestión: acaso el único rol posible de la crítica musical, literaria o plástica, y de la educación estética en general, sea no la determinación dogmática de qué cosa deba ser llamada arte, sino la enseñanza que lleve al descubrimiento de esa conmoción interna que debe permitirle a cada sensibilidad particular, única e irrepetible, la diferenciación entre aquello que verdaderamente conmueve y lo que meramente gusta, de manera superficial.
Lo que Donvi llama respeto, no es entonces otra cosa que la ausencia de un prejuicio que lleve a dictaminar de antemano qué cosas merecen entrar en los sacrosantos recintos del arte admitido como tal por el canon dogmático de turno, y qué cosas quedan, por el contrario, afuera, como parias en el desierto, desautorizadas por no atenerse a ciertos moldes o valores prefijados.
Y si vamos a preguntarnos entonces por el modo en que tales valores cobran forma y peso, en esto nos puede ayudar la lectura del ensayo de Pierre Bordieu titulado "La metamorfosis de los gustos", donde se describe entre otras cosas la manera en que una élite cultural, que se define a sí misma por sus consumos culturales diferenciados (pues se trata en definitiva de un consumo, idéntico al de la industria cultural), delimita con ello ciertos valores simbólicos que determinan que sea bien visto destacar ciertas expresiones estéticas en detrimento de otras. Así, por ejemplo, el consumo de una especie de música diferenciada, llámese culta o académica, puede diferenciar de una manera clasista a quien se ubique dentro de un grupo de élite. Aunque lo mismo sucede con las así llamadas músicas de culto, con algunas tribus urbanas o con la idea misma de estar a la moda que caracteriza a muchos grupos sociales.
Pero aquí viene un problema: porque al mismo tiempo que es preciso defender el bien simbólico cultural con uñas y dientes, puesto que define la propia identidad, cuando los procesos de alfabetización y/o difusión hacen que en estos consumos de élite se masifiquen se hace necesario avanzar sobre algún manifestación estética alternativa. Así es como se pasaría, por ejemplo, de Mozart, Brahms o Vivaldi a un Pierre Boulez o a Karlheinz Stokhausen. O en palabras de Bourdieu: "Para decirlo de manera más simple todos los bienes ofrecidos tienden a perder parte de su rareza relativa y de su valor distintivo a medida que crece el número de consumidores dispuestos a apropiárselos. La divulgación devalúa; los bienes desclasados ya no confieren “clase”; los bienes que pertenecían a los happy few se vuelven comunes."
La música popular no puede pertenecer, por definición, a la distinguida clase de los happy few, pues tal cosa supondría una contradictio in terminis. Por ende, en ciertos círculos canónicos no se la respeta. Pero no se trata en definitiva de arte, ni de estética, y ni siquiera de crítica musical, sino simplemente de consumos simbólicos. La música, el arte, la poiesis, todo eso se ubica en otra parte. Y sería bueno que lo recordásemos más a menudo, incluso cuando ello suponga ir en contra de lo que indican los dogmatismos.
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miércoles, diciembre 19, 2007
Lo bueno, si breve...
La verborragia es un síntoma característico de nuestros tiempos. Que coincide, curiosamente, con el auge de un nuevo género literario: el microrelato. Hablamos de cuentos sumamente cortos, que por su extensión pueden ser leídos durante un viaje en colectivo y en ocasiones también en un viaje en ascensor. El desafío es poner en la menor cantidad de palabras posibles una situación, de tal modo que ni una sola de esas palabras pueda ser eliminada sin poner en riesgo la coherencia total del relato.
¿A qué se debe este auge del microrelato? ¿Será una reacción a la vacía verborragia? ¿O será que cada vez hay menos tiempo para escucharnos, lo cual exige entrenarnos en un todo-lo-que-se-diga-debe-ser-breve-muy-breve, pues-no-hay-tiempo-para-detenernos-a-prestar-atención?
Una amiga propuso días atrás en su blog escribir pequeños cuentos, extremadamente breves, de no más de diez palabras. Le advertí que no me atendría a semejante límite, pero de todos modos escribí allí algunas cosas, como por ejemplo:
"De repente la vio, entre la multitud, y un rapto de lucidez supo que ella era el amor de su vida, la única, la predestinada. Quiso acercarse, dispuesto a decírselo, cuando el tren llegó a la estación y ella bajó. El empujó, pateó, imploró, pero en medio del gentío no pudo alcanzarla. Jamás volvió a verla."
O este:
"Hay un aciago día en el cual se empieza a dejar de creer. Alguien le dijo entonces que con fe todo se soluciona. Pero aunque quiso, él no pudo creerle."
O este otro:
"Desperté sabiendo de algún modo que escribiría la gran novela de mi vida. Heme aquí, poniendo el punto final a estas líneas."
Parafraseando otras lecturas, también arriesgué:
"Wan-Chu soñó que era una mariposa. Al despertar, no supo si era Wan-Chu, que había soñado ser una mariposa, o una mariposa que ahora soñaba ser Wan-Chu."
Pero todavía me faltaba cumplir a rajatabla la regla de las diez palabras, cuando me topé con este texto de un tal L. Houston:
After a short rain
We stepped into the garden
Growing together.
Son 11 palabras, pero en esta traducción posible da justo 10:
Tras una breve lluvia
salimos al jardín
a crecer juntos.
También me acordé de este texto de André Guide, citado por Sábato:
Cette amplification, que l'on confond si souvent avec le bien écrire, je la supporte de moins en moins... Quelle nécessité de faire un article ou un livre? "Cette amplification, que l'on confond si souvent avec le bien écrire, je la supporte de moins en moins... Quelle nécessité de faire un article ou un livre? Où trois lignes suffisent je n'en mettrai pas une de plus.
Que traducido dice más o menos así: "Esta tendencia a amplificar, que se suele confundir a menudo con el buen escribir, cada vez la tolero menos... ¿Qué necesidad hay de escribir un artículo o un libro?... Donde tres líneas alcancen, no pondré una palabra de más."
Curiosa cita para quien, tal es mi caso, suele ser verborrágico. Siempre necesito muchas palabras para decir varias veces lo mismo, de diferentes maneras. Sólo para sentir, al fin y al cabo, que no he logrado decir nada. O casi nada.
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viernes, diciembre 14, 2007
Das Tier ist müde
Una vez leí un cuento...
Curiosa manera de comenzar un relato, remitirse a otro relato, pero así son las cosas a veces, la propia historia concurriendo en historias ajenas, a veces reales, otras veces imaginarias, que ni siquiera será fácil en ocasiones distinguir entre unas y otras, entre propias y ajenas, entre verdaderas y ficticias.
A veces puede incluso suceder que una historia sea absolutamente ficticia, y a pesar de ello sostener una metáfora auténtica. Pero no diremos si tal será o no el caso aquí, y volvamos al hilo inicial de este párrafo ahora mismo, a fin de mantener una mínima coherencia, que siempre resulta razonablemente exigible por parte del eventual lector.
Una vez leí un cuento. El protagonista de la historia era un vampiro, que durante siglos había vivido, obligado por la naturaleza de los de su especie, sumido en las profundidades de la noche oscura, alimentándose de sus víctimas, al fin y al cabo siempre inocentes, pero del mismo modo necesarias, bebiendo su sangre en silencio, y luego escondiéndose del espanto de la luz diurna, y debe entenderse que esta palabra, espanto, no debe ser tomada aquí como un calificativo estético, como quien dice que es espantosa de una enorme rata, que así y todo habrá a quien tal bestia no le resulte desagradable, sino que responde al hecho de que para los vampiros, tristemente para ellos, por fortuna para los hombres, que de este modo encuentran reparo a la acechanza de aquéllos, la exposición a la luz del día resulta mortal. Curiosa debilidad tratándose aquí de quienes, de otro modo, alimentándose de sangre humana y permaneciendo ocultos en la oscuridad y a buen resguardo de estacas clavadas en el corazón, resultan prácticamente inmortales.
El cuento en cuestión, si mal no recuerdo, pues lo leí hace tanto tiempo que de repente esa época me parece inmemorial, se titulaba “El monstruo está cansado” . Y tal era el nudo central del relato: el vampiro, harto ya de su propia naturaleza, harto acaso ya de estar harto, como bien cantara alguna vez un catalán, cansado de la eternidad en las sombras, de su soledad, del sabor de la sangre repetida en su boca, y de ese apetito constante que noche tras noche le devoraba el alma, que hasta los monstruos y los vampiros tienen una, un buen día (se trata obviamente de un decir, que nos referimos en realidad a una noche) reflexiona sobre su presente y su pasado, revisa su historia, cuestiona su porvenir, mira a través de los enormes ventanales de su castillo el cielo estrellado, y así transcurren las horas, hasta que en un determinado momento cierta indecible inquietud le hace notar que allá lejos, en el horizonte, el cielo parece haber comenzado a clarear.
El vampiro entonces duda, aunque su turbación apenas dura un instante. Con todo, este detalle no deja de ser destacable, pues los seres que en cierto modo pueden considerarse inmortales, incluso cuando semejante condición dependa de menudencias tales como no exponerse a la luz del día o evitar que una estaca de madera sea clavada en su corazón, poseen el don de no vacilar demasiado, lo cual no deja de ser a su vez curioso, siendo que precisamente ellos podrían tomarse todo el tiempo del mundo para reflexionar antes de dar un paso en falso, que después de todo, y a diferencia de lo que sucede con los mortales, tiempo es lo que les sobra. Tal vez sea una cualidad que enseñe el paso de los siglos. O acaso sea que los inmortales, por su propia condición, nunca dan pasos en falso. La cuestión es que el vampiro duda, cierto es que sólo un instante, y luego permanece tranquilo, viendo cómo el horizonte aclara de a poco, ahora ya de manera evidente, observando casi con curiosidad el modo en que las sombras se van disipando con lentitud. Luego se dirige al portal del castillo, lo abre de par en par, y comienza a caminar, sin prisa ninguna, de cara al sol naciente, que ya comienza a hacerse sentir. Por vez primera, en interminables centurias, una extraña calidez acaricia la pálida piel de su rostro.
Allí termina el cuento en cuestión. No estoy seguro de cual haya sido la razón por la cual me vino a la mente, algunas noches atrás, para quedarse desde entonces dando vueltas por mi cabeza. Acaso haya sido debido al título, por aquello de andar cansado, que así es como me siento yo de un tiempo a esta parte, y así es como ando desde entonces por la vida. O acaso haya sido debido a estas sombras, que desde hace un tiempo se han venido a instalar en mi alma, sin que sea capaz de recordar ni cuándo ni cómo las cosas comenzaron a ser del modo en que hoy son. O tal vez sea por culpa de este apetito insaciable, o de esta soledad, o simplemente porque hace ya tanto tiempo que mi rostro no siente la caricia de la luz del sol.
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jueves, diciembre 06, 2007
El valor de un fragmento
Navego por internet, la red de redes, ese lugar que no es en sí un lugar, sino una colección de lugares, y al mismo tiempo todos ellos un no lugar al fin y al cabo, donde resulta posible encontrar cualquier cosa, desde lo más revelador a lo más intrascendente, que como siempre sucede es el enorme pajar dentro del cual se ocultan aquellas preciadas agujas. Navego por un rato sin buscar nada en particular, saltando de un vínculo a otro, cuando de repente me detengo en un poema.
Leo los primeros cuatro versos, que dicen así:
Me pesarán tus ojos
de aquí hasta la muerte.
La culpa ha sido mía:
yo no debí mirarlos.
Y llegado a este punto me detengo y me pregunto si convendrá seguir leyendo. Es tal el impacto de esas pocas, escuetas palabras, que me parece que cualquier cosa que venga después no podrá sino opacarlas. Me digo que a veces el mayor desafío para un artista es saber dónde colocar el punto final a sus obras, ese punto final que tantas veces debió haber aparecido antes, y no después.
Igual me tomo el trabajo de salvar el vínculo en cuestión, por si más tarde decido leer el resto. La tentación, se sabe, suele ser fuerte.
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