miércoles, septiembre 10, 2008

Nunca me dio un miedo tan grande la palabra ínfimo

Hace apenas unas horas, en la ciudad de Ginebra, científicos de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) pusieron en marcha un enorme acelerador de partículas, conocido como LHC (Large Hadron Collider), cuya construcción costó unos nueve mil millones de dólares y con el cual buscan develarse misterios sobre la física y el origen del Universo. En pocas palabras, un aparato para poder jugar a ser Dioses.


Este acelerador, cuyo recorrido en forma de círculo ocupa un trayecto lineal de 27 kilómetros, es la mayor y más compleja máquina jamás construida y la plataforma para lo que los expertos dicen será el experimento más grande en la historia de la humanidad. El experimento en cuestión es hacer colisionar partículas atómicas desplazándose a velocidades cercanas a la de la luz.

La noticia, que fue difundida por los medios de comunicación de todo el mundo, me hizo recordar algo que leí meses atrás. En abril de este mismo año, desde la ciudad de Barcelona, Rodrigo Fresán escribía un artículo en el cual daba cuenta de algunos pormenores relativos a este enorme acelerador. Allí dice, entre otras cosas:
"Y la noticia del día –la noticia que se come a todas las noticias del día, de la semana, del año, de la década, del siglo, del milenio, de todo el tiempo ganado y perdido– es ésta y la leo en The New York Times: dos científicos llamados Walter L. Wagner (que vive en Hawai) y Luis Sancho (que, parece, vive en Barcelona) han presentado una demanda contra otros científicos del CERN (European Organization for Nuclear Research) para así impedir que enciendan el LHC ante la posibilidad, aseguran, de que el experimento de entrechocar protones genere un agujero negro capaz de devorar la Tierra y, tal vez, al universo todo incluyendo a las estatuas de los padres de Paco El Pocero y la boina de Cristina Kirchner. Los especialistas del CERN afirman que son dos locos y que “el riesgo de que eso ocurra es ínfimo”.

Y añade luego la frase que da título a este posteo:
"Nunca me dio un miedo tan grande la palabra ínfimo."

- ¿Este botón?
- Sí, ése.
- Ya está.
- Ups.

Ponele que no pase naranja. Después de todo al coso ese ya lo encendieron y todavía estamos acá. Claro que si pasara algo mañana, o pasado, o cuando hagan chocar los átomos ahí adentro, no vamos a tener tiempo ni siquiera de enterarnos.

Pero es verdad: el riesgo de que eso ocurra es ínfimo.

sábado, agosto 23, 2008

Virus informático

Hace algunos años recibí un virus informático. Nunca supe quién lo había enviado, ni por qué razón lo recibí yo. Aunque sospecho que esta clase de virus muchas veces llegan por obra de un azar. Sospecho también que la mayoría de las personas que como yo recibieron este mismo virus ni siquiera se habrán dado cuenta de que lo era. Porque por lo general los virus informáticos atacan las computadoras, o las redes, o los sistemas, y este virus en cambio es informático sólo en cuanto a su modo de transmisión, pero no afecta a la máquina, sino al hombre. Y ni siquiera en todos los casos, sino apenas a unos pocos particularmente sensibles a esta clase de infecciones, como aparentemente ha sido mi caso.

Califico a este virus de informático pues fue recibido a través de un correo spam, enviado a quién sabe cuántos cientos de computadoras además de a la mía. Al igual que un virus, al instalarse (no en la computadora, en este caso, sino en la conciencia del hombre) genera una mutación, a veces imperceptible, en aquellos sujetos que no se hayan declarado inmunes. Y como el virus de computadora común y corriente, éste también se reproduce, en este caso aquí, a través de este blog, que también es de hecho un medio informático.

Correo spam, entonces (retomo al relato de cómo se recibió este virus), que al abrirse deja ver en la pantalla estos versos:

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Esto aparte, tengo en mí todos los sueños.

Esos cuatro versos fueron suficientes para que yo supiera, en ese mismo momento, que había sido infectado. Que no iba a poder dejar de leer lo que siguiera, y que ya nunca iba a poder liberarme del todo de aquellas palabras, que al pie terminaba firmando un tal Fernando Pessoa.

Como yo soy más prudente, no dejo el resto de aquellas líneas aquí mismo, en esta ventana, sino en el primer comentario de esta entrada, para que lo lea solamente quien se considere inmune a estas cosas (pero entonces no tendrá sentido que se tome el trabajo) o quien desee arriesgarse, a sabiendas de lo que hace.

miércoles, agosto 13, 2008

EXIT










Paul Auster es un escritor que no me interesa demasiado y al cual no respeto particularmente, y además me fastidia un poco esa fascinación que parece despertar en algunas personas que sí me interesan y a las cuales respeto. Más allá de lo dicho, recién leo en el blog de una amiga una cita del referido Auster que por algún motivo que no termino de entender me llama poderosamente la atención.

"A pesar de lo que uno pueda creer, los sucesos no son reversibles. El hecho de que uno haya podido entrar, no significa que vaya a poder salir; las entradas no se convierten siempre en salidas, y nadie garantiza que la puerta por la que uno ha entrado hace apenas un minuto esté aún allí cuando se la busque un instante después. Así son las cosas en la ciudad. Cada vez que uno cree saber la respuesta a una pregunta, descubre que la pregunta ya no tiene sentido."
(P.A., El país de las últimas cosas)

viernes, agosto 01, 2008

Koan Zen Panda

Alguien me recomienda una película. Una película para chicos, y tal vez la aclaración sea innecesaria. ¿Acaso las películas para chicos sólo deben ser para los chicos? Yo estoy seguro de que no es así. Porque cada vez que voy al cine con mi hija suelo reirme yo más fuerte que ella, para consternación de la pequeña, que cada vez se fija más en la mirada de los demás. Cosas de la edad, supongo.

Pero de todos modos el punto no es este, sino que junto con la recomendación en cuestión viene una frase, que al parecer es dicha por uno de los personajes, a los pocos minutos de haber comenzado la película: "A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo."

No sé qué pueda significar esta sentencia en el contexto de mi vida actual. Qué extraño presagio, quizás, para el caso de que un presagio sea. O qué nada, finalmente, que las cosas no tienen por qué tener necesariamente siempre un sentido.

Lo único cierto es que un extraño impulso me lleva a dejar anotada esta frase aquí. Cosa que hago, como habrá podido verse.

domingo, julio 20, 2008

Un pensamiento

Si en cierto instante
hubiese girado hacia la izquierda
en vez de a la derecha;
si en cierto momento
hubiese dicho sí en vez de no,
o no en vez de sí;
si en cierta conversación
hubiese tenido las frases que sólo ahora,
en la somnolencia, elaboro;
si todo eso hubiese sido así,
sería otro hoy...


Simplemente hoy no puedo dejar de pensar en estas palabras de Fernando Pessoa.

miércoles, julio 09, 2008

Entre la memoria y el olvido

"El olvido finalmente nos libera de la mayor parte de las cosas que aprendemos." La frase de por sí resulta provocadora. Pero lo es más si es pronunciada, como sucede en este caso, por el rector de una Universidad Nacional. Ni siquiera nos tomaremos el trabajo de mencionar aquí cuál, no porque no valga la pena saberlo, sino porque las ideas más profundas debieran aspirar siempre a un saludable anonimato.

Que el olvido, lejos de ser tenido como un enemigo, pueda ser considerado liberador, en un contexto en el cual solemos quejarnos de la escasa memoria de la gente, puede parecer un contrasentido. Que un docente, cuya tarea aparente es fijar conceptos en la conciencia de sus estudiantes, califique el olvido de este modo, es por lo menos inquietante. Salvo que en realidad la verdadera tarea de un maestro sea otra.

En las comunidades primitivas, que todavía no conocían la escritura, donde la memoria tenía el sentido de lograr que la repetición ritual de determinados relatos permitiera traspasar de una generación a la siguiente los contenidos de una cultura, la gente se reunía en torno de una fogata para repetir, una y otra vez, las mismas historias. Pero no eran las historias en sí mismas lo importante, sino su contenido simbólico. Poco importaban en general los detalles, siempre y cuando se mantuviese lo esencial del relato, y es por eso que en diferentes regiones del mundo se repiten muchas historias míticas, aunque cambian los nombres de sus actores.

Hay personas que son capaces de retener enormes cantidades de información: nombres, fechas, rostros, bibliografías, datos en general. Yo reconozco que la memoria no ha sido ni probablemente vaya a ser jamás mi fuerte. Tal vez por esto la frase en cuestión me resultó llamativa. Por conveniencia personal. Aunque también porque subvierte una serie de valores que a la mayoría de nosotros nos han inculcado desde chicos, afines a un enciclopedismo que hoy resulta imposible de seguir sosteniendo, pues es tanta la información disponible y declaradamente importante, que resulta sencillamente inabarcable. Hoy no se puede leer todo lo que sería necesario leer, escuchar todo lo que deberíamos escuchar, conocer todo lo que merece ser conocido.

Es un poco a lo que alude Cortázar, cuando en su libro Rayuela se refiere a la melancolía de una vida demasiado corta para tantas bibliotecas, y a la conciencia de que al leer a Joyce se está sacrificando automáticamente otro libro y viceversa. O lo que Rodrigo Fresán sintetizó desde la foto de la solapa de uno de sus libros en una maravillosa sentencia estampada en una remera, que la gran literatura a veces viene en envase chico: "Too many books, so little time." La frase en cuestión admite modificaciones al gusto de cada quien, y podemos cambiar el too many books por tantos lugares, tantas mujeres, tantos museos, tanta música, etcétera.

Pero aunque el tiempo fuese infinito, la memoria es por naturaleza débil. No recordamos todos los libros que hemos leído, ni el nombre de aquella película que en su momento tanto nos emocionó, ni mucho menos el autor de aquella frase... ¿Cómo era la frase?...

Entonces, tal vez debamos plantearnos qué cosas deberíamos priorizar en nuestro aprendizaje. O en aquello que pretendemos enseñarle a los demás. Tal vez lo importante no es lo que seamos capaces de recordar, sino lo que alcancemos verdaderamente a comprender. Y de más está decir que la comprensión no siempre pasa por el lado de la racionalidad. Muchas veces lo emocional, lo ético y lo estético son claves indispensables para comprender las cosas del mundo y a los otros.

Por suerte contamos con el olvido. De lo contrario, muchos de nosotros estaríamos dispuestos a creer que lo importante es aquello que se recuerda. Y nos veríamos compelidos a leer todas las bibliotecas, a conocer toda la música, los cuadros, los lugares, las frases célebres, los blogs y las páginas de internet indispensables, y tantas otras cosas. El olvido viene a demostrarnos que ese enciclopedismo no tiene ningún valor. Que lo importante radica en otro lado. Comprender a fondo el sentido de una hoja de trébol, de una mirada, de una única melodía, de un minuto de nuestras vidas, acaso sea desafío suficiente.

lunes, junio 09, 2008

Guernica


Según la leyenda esta breve conversación tiene lugar en el taller en el cual suele trabajar Pablo Picasso. El primero en hablar es un oficial nazi, que contempla asombrado el Guernica. Quien responde, por supuesto, es el autor de la obra.

- ¿Y esto lo ha hecho usted?

- No, de ningún modo. Quienes lo han hecho son ustedes.

martes, mayo 06, 2008

Sombras...


"Un viajero sediento camina por el desierto; ve la sombra de un ave de rapiña, pero no al ave. Si mira hacia el cielo el sol lo ciega. Sólo ve la sombra amenazante haciendo círculos cada vez más cerrados, cada vez más cerca."


(Escribe Antonio Santa Ana en "Los ojos del perro siberiano".)

martes, abril 01, 2008

Teología...

¡Cuánto disfruto cuando alguno de mis alumnos en la facultad, a veces queriendo, y otras tantas veces sin querer, y acaso sin siquiera saberlo, me enseña algo. Recién, por ejemplo, sin necesidad de ir más lejos, una alumna que cita un fragmento, apenas un pedacito, de una literatura de esas escritas por Eduardo Galeano. Entonces yo, obsesivo como soy, enseguida Google (magnífica herramienta, con todo y sus limitaciones), y la literatura en cuestión completa, que por lo demás era bien breve.

Pero además, debajo de esa literatura, otra más, más hermosa incluso que la anterior. Y como el entusiasmo es la fuerza que lleva adelante este cuaderno virtual de anotaciones, no me puedo resistir a multiplicar esas palabras, copiándolas aquí:

Fe de erratas: donde el Antiguo Testamento dice lo que dice, debe decir lo que quizá me ha confesado su principal protagonista.

Lástima que Adán fuera tan bruto. Lástima que Eva fuera tan sorda. Y lástima que yo no supe hacerme entender.

Adán y Eva eran los primeros seres humanos que de mi mano nacían, y reconozco que tenían ciertos defectos de estructura, armado y terminación. Ellos no estaban preparados para escuchar, ni para pensar. Y yo... bueno, quizá yo no estaba preparado para hablar. Antes de Adán y Eva, nunca había hablado con nadie. Yo había pronunciado bellas frases, como "Hágase la luz", pero siempre en soledad. Así que aquella tarde, cuando me encontré con Adán y Eva a la hora de la brisa, no fui muy elocuente. Me faltaba práctica.

Lo primero que sentí fue asombro. Ellos acababan de robar la fruta del árbol prohibido, en el centro del Paraíso. Adán había puesto cara de general que viene de entregar la espada y Eva miraba al suelo, como contando hormigas. Pero los dos estaban increíblemente jóvenes y bellos y radiantes. Me sorprendieron. Yo los había hecho; pero yo no sabía que el barro podía ser luminoso.

Después, lo reconozco, sentí envidia. Como nadie puede darme órdenes, ignoro la dignidad de la desobediencia. Tampoco puedo conocer la osadía del amor, que exige dos. Entonces, vinieron los equívocos. Ellos entendieron caída donde yo hablé de vuelo. Creyeron que un pecado merece castigo si es original. Dije que peca quien desama: entendieron que peca quien ama. Donde anuncié pradera de fiesta, entendieron valle de lágrimas. Dije que el dolor era la sal que daba gustito a la aventura humana: entendieron que yo los estaba condenando al otorgarles la gloria de ser mortales y loquitos. Entendieron todo al revés. Y se lo creyeron.


(Eduardo Galeano, "El libro de los abrazos")

jueves, marzo 27, 2008

Breve carta matinal a Julio y poema de

¿Qué puedo decirte, Julio? Estas cosas pasan, y vos lo sabés mejor que yo. Uno agarra un pasquín cualquiera, de esos que se publican en algunos barrios, esos que se reparten gratis, o se dejan sobre una mesita para quien quiera se lleve un ejemplar, y después ese pasquín duerme el sueño de los justos en medio de una pila cada vez más alta de papeles. Hasta que un día (porque siempre llega el día, Julio, y vos lo sabés mejor que yo) uno descubre con un dejo de tristeza que ya es impostergable el momento de comenzar a hacer bajar de algún modo esa pila, y con un poco de pereza agarra un papel tras otro, para revisarlo levemente antes de botarlo a la basura, que ese es el triste destino de los pasquines barriales y otros papeles de similar naturaleza.

Pero entonces sucede (porque estas cosas también pasan, Julio, y a esta altura seguro que ya sabés que vos lo sabés mejor que yo) que por ejemplo uno va al baño, munido de un algunas de esas hojas, para entretenerse con algo mientras tanto, que después de las bibliotecas y los bancos de algunas plazas (o incluso antes que los bancos de las plazas, si lo pensamos mejor, o acaso todo dependa del día y del estado de ánimo) no hay recinto mejor que el baño para una buena lectura. Y en eso anda el hombre, descartando más que rescatando, cuando de repente.

Es como un golpe en la frente. Vos mismo lo hubieses dicho de este modo, y me refiero a descubrir ese recuadro perdido, con un poema tuyo, y seamos sinceros, que poco importa que haya sido tuyo el poema, sino que es el poema en sí mismo lo que importa. Y uno sentado allí, como un estúpido en el baño, con ese papel en la mano, preguntándose cómo es posible que haya estado a punto de tirar esto a la basura, me hubiese perdido estas palabras, intentemos fijarlas de algún modo, por ejemplo copiándolas en otro pasquín (pasquín virtual éste, Julio, que en tu tiempo no los había, aunque básicamente nada ha cambiado demasiado, podés creerme, todo es diferente ahora, pero sigue siendo básicamente lo mismo), cosa que haré en este mismo instante, inmediatamente luego de despedirme y desearte que estés muy bien, allí donde te encuentres.

Y el poema dice:

Para leer en forma interrogativa

Has visto
verdaderamente has visto
la nieve los astros los pasos afelpados de la brisa
Has tocado
de verdad has tocado
el plato el pan la cara de esa mujer que tanto amás
Has vivido
como un golpe en la frente
el instante el jadeo la caída la fuga
Has sabido
con cada poro de la piel sabido
que tus ojos tus manos tu sexo tu blando corazón
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.


(Julio Cortázar, de Salvo el crepúsculo)

lunes, marzo 24, 2008

Momento musical

De un tiempo a esta parte suelo incluir, entre los trabajos prácticos que propongo a mis alumnos, una consigna que pide la reproducción de un fragmento poético, preferentemente de producción propia, con una explicación del motivo por el cual se lo considera valioso. Suele venir, por supuesto, toda clase de cosas, algunas sin valor estético alguno (pero no se trata del valor estético en sí, sino de la apreciación subjetiva que el alumno haga de eso) y otras, por el contrario, muy interesantes.

Acomodando papeles me topé hace un rato con un uno de esos parciales, que me llamó la atención por venir acompañado de un disco compacto. La carátula anunciaba un movimiento de la Quinta Sinfonía de Mahler, e instintivamente lo puse en la computadora. Luego releí las hojas que acompañaban el CD. Transcribo un pasaje:

"Hace varios meses atrás un amigo me dijo: 'Escuchá el cuarto movimiento de la quinta sinfonía de Mahler, que te va a gustar'. Ese fue el único a priori. Después vendrían las charlas sobre el romanticismo, la historia de su amor con Alma Schindler, pero en ese momento no sabía nada ni de Mahler ni de sus sinfonías. Conseguí el disco, lo puse en el equipo de audio, y desde que empezó sentí que era lo más bello y lo más triste que había escuchado en toda mi vida. Sentí que representaba de la manera más abstracta y perfecta la esencia del amor, ese sentimiento tan pleno, que a veces se transforma en lo más penoso, y que sin embargo no te deja renunciar a él, del mismo modo en que yo no podía dejar de escuchar esa sinfonía, que por más melancólica que fuera me transmitía una paz, una belleza, una completud inexplicable. Me resultó imposible mantenerme indiferente, y desde entonces cada vez que escucho esta obra son inevitables los escalofríos, la emoción, las lágrimas, esa conmoción que me transforma, que me deja con un silencio lleno de música."

Nos preguntábamos en la entrada anterior por la naturaleza del arte. No fue Gustav Mahler, precisamente, un artista mediano, que se conformara con efectos y estructuras sencillas, sino más bien todo lo contrario. Pero fue al mismo tiempo un artista capaz de crear una belleza que no deja lugar a dudas cuando nos preguntamos por su esencia. Tal vez en el párrafo transcripto más arriba pueda encontrarse una de las respuestas posibles a qué cosa sea el arte. Fundamentalmente algo que no es atravesado por la comprensión, sino por una conmoción sensible que nos deja algo. Si ese algo además es bueno, tanto mejor. El resto queda, inevitablemente, en la sensibilidad de cada uno.


miércoles, marzo 05, 2008

Del arte a la perversión

En ocasiones puede no ser sencillo establecer una relación histórica coherente en lo que hace a la evolución del arte. Y otras veces esta experiencia puede llegar a resultar dolorosa. Acaso la palabra dolor siga hoy llamando la atención de algunos, puesta al lado del término arte, muy a pesar de que no es ningún concepto nuevo, ya sea que hablemos de las Lamentaciones de la música pre-barroca o, más acá en el tiempo, de la poesía de Rimbaud, del teatro de Antonin Artaud o del Guernica de Picasso. En realidad, la concepción misma del arte quizás esté relacionada con una conmoción de los sentidos, al margen de que se promueva por lo placentero o por su contrario.

Pero el punto está, precisamente, en lo difícil que es establecer el rumbo y la naturaleza del arte. En algún momento, los cánones artísticos comenzaron a ser manejados por una aristocracia que anticipó, de algún modo, lo que más tarde se convertirá en la industria cultural: la obra de arte comenzó a convertirse en un objeto estético de consumo, perdiendo con ello sus características esenciales. La reacción de los verdaderos artistas, de quienes en verdad necesitaban decir algo con sus obras, fue plasmada entonces en esa famosa expresión francesa que incita a épater le bourgeois, vale decir, a escandalizar con un arte reaccionario a quienes pretendían adueñarse del arte sin comprender su naturaleza.

El problema fue que por la misma puerta por la cual ingresaron a los tiempos modernos las vanguardias, y que ellas sean bienvenidas, irrumpió solapadamente otro concepto: el de la provocación como un supuesto modo de arte. Pero ya no hablamos de un arte rupturista, como podría ser el de Marcel Duchamp, sino de la idea de que una provocación, por el sólo hecho de serla, pueda ser considerada arte, sin importar su forma ni mucho menos su contenido.

¿Es una vaca descuartizada conservada en formol una obra de arte, como sugiere Damien Hirst (y no sólo él, sino también quienes le dieron por esa obra el polémico Premio Turner en 1995)? ¿Qué hay, por ejemplo, de las palomas de León Ferrari que dejan caer sus naturales deposiciones sobre imágenes religiosas estratégicamente ubicadas en la base de sus jaulas? ¿La emblemática pieza para piano de John Cage 4'33", consistente en un silencio para el instrumento que dura justo lo indicado en su título? ¿Las latas de sopas Campbell de Andy Warhol? ¿Y qué hay de la famosa Gioconda de Leonardo? ¿Cuál es la razón que nos lleva a considerar este último ejemplo como arte, casi sin dudarlo, al menos hasta el momento en que nos preguntan en qué se sostiene nuestra certeza?

En una galería de Nicaragua, un supuesto artista costarricense llamado Guillermo Vargas realizó recientemente una instalación titulada Exposición N° 1. Sobre una de las paredes de un cuarto vacío, Vargas escribió una frase: "Somos lo que leemos", decía en grandes letras, formadas con comida para mascotas. Luego hizo capturar un perro enfermo, que deambulaba por las calles, lo ató con una soga para que no pudiese salir de aquel cuarto, y simplemente lo dejó allí, sin alimento ni agua, hasta que muriese.

Cómo puede concebirse que una perversión semejante sea considerada arte, es algo que no se comprende. Pero no deja de tener razón Vargas cuando, señalado por quienes quisieron demostrar lo aberrante de su propuesta dijo: "Lo importante para mí era mostrar la hipocresía de la gente: un animal así se convierte en foco de atención cuando lo pongo en un lugar blanco donde la gente va a ver arte, pero no cuando está en la calle muerto de hambre." Y luego agregó: “Nadie llegó a liberar al perro, ni le dio comida o llamó a la policía. Nadie hizo nada.”

¿Cuáles son los límites del arte? Lo más grave del caso es que la delgada línea que separa al arte de la aberración en algunos casos, y en otros de su propia caricatura, parece estar cada día más borrosa. Acaso sea tiempo de que comencemos a mirar nuevamente hacia dentro de nosotros mismos, en busca de una respuesta más precisa.

lunes, marzo 03, 2008

Perspectivas


"Un círculo se cierra y al mismo tiempo dos planos coinciden, se superponen, se confunden. En esta coincidencia se observa que lo que deseábamos mantener en planos separados es inseparable. Nuestro sentido de la orientación y nuestros sentimientos hacia aquello que forma la base empiezan a tambalearse y tenemos la impresión de encontrarnos frente a una paradoja."

Estas palabras de Francisco Varela hacen referencia a una lámina del ilustrador holandés Maurits Cornelius Escher (1898-1972).

Yo me pregunto hasta qué punto dichas palabras no serán aplicables, en general, a la vida.

sábado, febrero 23, 2008

Re/creaciones II

Puesto que en nuestra entrada anterior hablábamos de poesía, quizás sea bueno dejar anotado aquí algo que dice Santiago Kovadloff en su libro La nueva ignorancia:

"Quien comprende un poema ha construido, mediante lo que entiende, un sentido posible para lo que acaba de leer. Quien capta una interpretación, ha transfigurado lo que se le ha dicho en lo que acaba de entender, dándole de este modo un sentido personal, o lo que es igual, convirtiendo eso que se le ha dicho en experiencia propia."

Es interesante notar que Kovadloff dice quien comprende un poema. Vale decir que ese acercamiento, esa interpretación posible entre tantas otras que le asigna al texto quien se aproxima al mismo es tan válida como cualquier otra. Acaso incluso tan válida como la que tuvo en mente el propio autor del poema (si es que acaso tuvo el autor alguna interpretación puntual en mente, algo que no tiene por qué suceder siempre así). Es muy cierto eso que tantas veces se ha dicho, que un artista es dueño de su obra sólo hasta el momento en que la termina y la da a conocer a un público. En ese preciso instante deja de lado su potestad sobre ella, liberándola a la interpretación de quien se acerque a eso que él ha creado, pero que ya no le pertenece ni más ni menos que a los demás. Teniendo estas cosas en mente, realmente no se comprende que todavía haya quienes pretendan que el arte, la poesía en su sentido más amplio, deba ser intelectualizada para ser comprendida en su esencia.

"Las cosas tienen un millón de sentidos o ninguno", decía el pensador estadounidense Gregory Bateson, y es la sentencia de Kovadloff la que ha hecho que me acuerde de repente de esa frase. Lo que Bateson quería significar es que en el mismo momento en que a un evento puntual alguien logra asignarle un significado preciso, simultáneamente se abren las puertas a un montón de otras interpretaciones posibles, muchas de las cuales serán potencialmente tan válidas como la primera. Valga la aclaración: Bateson no era un relativista absoluto; jamás habló de la posibilidad de que algo tuviese infinitos sentidos alternativos, sino que apenas dijo un millón, un número grande, si se quiere, pero limitado.

Volviendo a la cita de Kovadloff, en definitiva resulta que la interpretación sería una forma de la comprensión. Y al mismo tiempo equivaldría, en cierto modo, a un acto de creación en sí mismo. O tal vez de descubrimiento. No existe una línea divisoria clara y definitiva en la frontera que debería mediar entre estas tres dimensiones que habitualmente consideramos como diferentes.

El otro punto de reflexión que nos deja la cita de más arriba, finalmente, es la maravilla de que a pesar de todo la comunicación sea posible, dado que jamás comprendemos cabalmente al otro, sino que nos limitamos a convertir permanentemente en experiencia propia aquello que los demás nos ofrecen como un mensaje. Ya sea que hablemos del mundo de las ideas, o del de las artes, que ambas cosas se crean y se recrean constantemente, sin que sea posible atarlas a eso que ingenuamente definimos como objetividad.

lunes, febrero 18, 2008

Re/creaciones

Hoy reviso papeles viejos.

En eso encuentro (re/encuentro) un poema de Mario Benedetti que una alumna de la facultad adjuntó una vez a un trabajo práctico. Como no quiero volver a traspapelarlo, o como quiero anclarlo de alguna manera a esta otra irrealidad electrónica que es este blog, lo copio palabra por palabra...

Re/creaciones

cuando adán el primero
agobiado por eva y por la soledad
inventó cautelosamente a dios
no tenía la menor idea
de en qué túnel de niebla había metido
a su desvalido corazón

pero cuando su invento lo obligó a hacer ofrendas
a rezar y a borrarse del placer
o a cambiar los placeres por el tedio
adán /a instancias de eva la primera/
de un soplido creó el agnosticismo.

domingo, febrero 17, 2008

Del entretenimiento y la industria cultural

En el blog de una antigua alumna encuentro hoy la cita a un colega docente de la Universidad. Es así como hoy he terminado por escribir poco, y citar mucho. Pero no importa eso. En mi rol de docente muchas veces he dicho que en la buena elección de una cita queda demostrado, muchas veces, lo que el alumno en definitiva sabe de un determinado tema. Valga entonces la cita, para anclar de algún modo los conceptos que siguen:

La industria cultural reemplaza al arte con el entretenimiento y el entretenimiento aparece como una de las formas indiferenciadas de la actividad humana. El entretenimiento se ha vuelto la continuidad del proceso de acumulación capitalista en las horas aparentemente no productivas. La cultura industrializada constituye la claudicación del espacio de autonomía que caracteriza a la cultura. Por su parte, la industria cultural se protege declarándose irresponsable: como entretenimiento rehuye su importancia en la constitución de la vida pública y privada; como producción comercial, se desliga de los aspectos culturales declarándose como pura mercancía. Solapadamente, la industria cultural simula estar al margen de la vida. (...)

La industria cultural incluye la totalidad de la vida en su percepción del mundo como espectáculo. El espectáculo se ofrece como mundo. Es la desaparición del mundo como tal. Es la desaparición del mundo como creación y reconocimiento de los seres humanos. La industria del entretenimiento es la negación de la fiesta, lugar del gasto improductivo. Pero precisamente en la fiesta, y no en el descuido del entretenimiento, se despliega el espíritu humano. (Schmucler, 2001)
Es difícil añadir algo más a lo dicho, ¿verdad?

sábado, febrero 16, 2008

exceso de realidad... nuevos monstruos...

Navego por Internet. En realidad busco otra cosa, pero una referencia me lleva hasta el sitio de la revista Topia, dedicada a temas de sociedad, cultura y psicoanálisis. Sección de artículos... Presumo que me atraen las palabras exceso, realidad y monstruos, las tres juntas en una misma línea. Hago click sobre el vínculo...

El artículo está firmado por Enrique Carpintero. Y dice seguramente muchas cosas, pero yo me quedo en un par de párrafos. Por ejemplo:

...ha determinado que el trabajo deje de ser un valor fundamental. El miedo es quedar descartado del proceso económico. Hoy es necesario tener dinero porque ninguna profesión u oficio dan garantías. Esta es una contradicción nueva en la historia de la humanidad, la cual lleva a la incertidumbre y el miedo. Por ello el mundo de este fin de siglo es el de un sujeto solo, abandonado a si mismo y obligado a estar sin referencias conocidas. Un mundo donde, como plantea Eduardo Galeano, el código moral no condena la injusticia sino el fracaso.

Ausencia de garantías. Contradicciones. Sujetos solos, abandonados a sí mismos. El fracaso no sólo como un pecado, sino como algo peor que la misma injusticia.

No tengo demasiadas ganas de escribir hoy en el blog, si debo ser honesto. Pero supongo que este conjunto de imágenes no me deja demasiada alternativa. Es un exceso de realidad que produce monstruos... La verdad es que prefiero cederle la palabra otra vez a Carpintero. Su análisis no sólo es certero, sino que además se atreve a proponer una salida utópica para este laberinto:

...De esta manera debemos reconocer que el ser humano jamás va a tener certidumbre alguna. La única que tiene es que se va a morir y no sabe cuándo. Por ello su preocupación por el tiempo. Pero como esta idea no la puede soportar prefiere buscar a alguien que lo quiera, un buen trabajo o construir un mundo que valga la pena ser vivido. Esta es una estrategia de nuestro deseo. En este sentido es necesario tener en cuenta que si "los sueños de la razón producen monstruos", como escribió el genial pintor Francisco Goya, debemos construir una razón de los sueños para luchar contra los excesos de realidad que padecemos.

jueves, febrero 14, 2008

san valentin

De un tiempo a esta parte comenzó a hablarse en la Argentina del Día de San Valentín, también llamado Día de los enamorados. Es un día en el cual se venden más flores y bombones que de costumbre. Y no deja de llamar la atención una celebración tal, cuando la tradición cristinana ha tendido a generar mártires más bien poco propicios a los amores físicos, a los cuales suelen ser tan afectos aquellos que han perdido sus estribos en favor de un otro que los ha deslumbrado.

Lo curioso es que al parecer el tal Valentín no existe. O por lo menos, que es poco y nada lo que se sabe de él. Como poco y nada es lo que los enamorados saben, en realidad, el uno del otro. Ni del porqué del sentimiento que los embarga. Fue el papa Gelasio I, hacia fines del siglo V, quien instituyó esto del día de San Valentín, cada 14 de febrero, para reemplazar con dicha celebración otras fiestas paganas a las cuales el cristianismo no era afecto. Sin embargo, el propio decreto papal reconoce que el tal Valentín es alguien "cuyo nombre es venerado por los hombres, pero cuyos actos sólo Dios conoce". Vale decir: nada nos consta. Aunque las leyendas son varias, según podrá constatar quien así desee hacerlo.

La cuestión aquí no es sin embargo el presunto santo, que de todos modos perdió su lugar en el santoral en 1969, desplazado por el combo San Cirilo + San Metodio, patronos de Europa, cuando la iglesia prefirió impulsar a santos con una historia más fehaciente. No es ese el tema, sino el enamoramiento en sí. Porque hay una idealización del enamoramiento, una compulsión al enamoramiento, como si ese fuese el estado normal de una persona, cuando en realidad se trata de todo lo contrario.

Durante el enamoramiento, el razonamiento crítico del sujeto queda, al menos en cuanto al otro se refiere, literalmente anulado. No es por nada que el arquetipo del enamorado es alguien que camina con los pies en las nubes, desconectado de la realidad. El cuerpo genera una serie de cambios químicos extraordinarios, que en condiciones normales pueden extenderse de tres meses y hasta algo menos de un año. Luego de este tiempo, la capacidad crítica es retomada: vemos con ojos más claros al otro, a ese que nos había deslumbrado, muchas veces se produce el desencanto, y en el mejor de los casos se establece una relación de reciprocidad basada ya no en la pasión, sino en una conveniencia mutua, en el afecto, en un proyecto compartido. De hecho, es probable que la monogamia no sea el estado natural del hombre, tanto como un estado cultural.

Pero si de cultura hablamos, esto de los enamorados tiene también su costado negro. Hay quienes se sienten inexorable y falsamente incompletos si no están con un otro. Como si la soledad fuese un estado de anormalidad, que no lo es. Están los enamorados compulsivos. Y los que desconfían tanto del otro que son incapaces de generar una relación idílica. Están los que jamás le han logrado decir al otro lo que sienten. Y sobre todo hay relaciones basadas en el desequilibrio, donde uno domina y el otro es dominado. Las posibilidades son muchas y por lo general la confusión propia de todo aquello vinculado al enamoramiento genera dolor. No es gratuito que a Cupido no se lo represente repartiendo flores o bombones, sino disparando flechas sin ton ni son.

Jean Paul Sartre veía el estado de enamoramiento como una lucha: queremos dominar al otro, para lograr que el otro vea en nosotros solamente lo que nosotros deseamos; queremos lograr que el otro nos vea tal como nosotros deseamos ser vistos. Cuando la relación es recíproca, nosotros también cedemos un poco, nos atontamos, admitimos ver al otro idealmente... aunque tarde o temprano algo nos devuelva la cordura.

El lenguaje le da la razón a Sartre. Todos los términos relativos al amor son de naturaleza bélica. Empezando por Cupido, siguiendo por el inevitable dolor que implica todo lo vinculado al amor, dolor dulce, si se quiere, y deseable, pero dolor al fin, y siguiendo por el hecho de que nos desvela la cuestión de cómo conquistar al otro, una palabra que se aplica igualmente para la acción sangrienta de aquellos que han decidido tomar un país ajeno por las armas.

martes, febrero 05, 2008

Cuando el mejor final es el principio

En nuestra cultura los finales parecen ser realmente importantes. Nos interesa saber cómo terminan las cosas, más que cómo se desarrollan. Precisamente por eso, si nos cuentan el final de una historia ("el asesino es el mayordomo"; "el muchacho se queda al final con la chica"...), en la generalidad de los casos nos estarán robando el sentido del relato en su totalidad.

En pocas palabras, nos arruinaron la fiesta.

Hay excepciones, por supuesto. Como la "Crónica de una muerte anunciada" de Gabriel García Márquez (jamás un título mejor puesto a una novela), que nos cuenta el descenlace de la historia desde la primera página. O salvando las distancias alguna película de Quentin Tarantino en la que el flashback sea el protagonista principal. Pero son precisamente excepciones, que confirman la regla.

Sin embargo, anoche, hojeando un libro cualquiera, casi al azar, me he topado con las dos líneas finales de una obra:

"Así acaba el mundo
No con una explosión sino con un gemido"

Nada más. Con estos dos versos termina, según me dice el libro en cuestión, "La tierra baldía" de T.S. Elliot. No sé cuántas líneas separan estos dos versos del principio del poema. No conozco ese principio, ni tampoco el desarrollo de la obra, sino apenas esas dos líneas, con las cuales ella concluye (no con una explosión, sino con un gemido).

Pero de repente se me ocurrieron dos cosas. La primera, que difícilmente encontraré alguna vez un final, para una novela, para un cuento, para un poema, más acabado y perfecto que éste de Elliot.

Y la segunda, que no pasará mucho tiempo hasta que vaya en busca del resto del relato, pues en este caso, sin que lo haya sospechado Elliot, el mejor final posible para un relato se ha convertido también en el mejor principio.

sábado, enero 26, 2008

Inscripciones urbanas II

Al final resultó ser que la inscripción en el puente de Juan B. Justo que cruza sobre Av. Córdoba, respecto de la cual escribí en un comentario anterior, cambia periódicamente. Alguien se toma el trabajo de ir cada tanto hasta allí, pinceles y tarros de pintura en mano, para tapar prolijamente la leyenda anterior y dejar luego una nueva. Lo curioso es que no se trata de consignas partidistas...

"¿Querés tener razón o querés ser feliz?", cuestiona la nueva inscripción. Por esta vez prefiero cambiar sutilmente la formulación por esta otra más tradicional: "¿Querés la verdad o querés ser feliz?"

Es que tener razón me parece una cuestión personalista. Alguien tiene la razón, alguien más no la tiene. La verdad, en cambio, parece ser algo que se ubica más allá de lo opinable. La cuestión aquí es, por supuesto, cómo saber cuándo se está frente a una verdad. Volveremos sobre este punto enseguida.

Antes digamos que, en cualquiera de sus dos formulaciones, el primer punto a tener en cuenta respecto de la frase pintada en el costado del puente es que al parecer la verdad (o la razón) y la felicidad van por senderos diferentes, en ocasiones contrapuestos. Imaginemos al hombre engañado por su esposa, por poner un caso más o menos típico, y al amigo fiel que conoce el secreto de dicha infidelidad. ¿Vale la pena sacar al infeliz cornudo de su plácido desconocimiento? Imaginemos al amigo en cuestión preguntando: ¿Querés la verdad o querés ser feliz? Claro que aquí el mero planteo de la pregunta pone al descubierto la existencia del secreto.

Pero hay otra clase de secretos. Imaginemos que alguien pregunta: ¿Hay vida después de la muerte? ¿Cuál es el sentido de la existencia? Sabemos que la respuesta existe en alguna parte, guardada bajo siete llaves. Si alguien pudiese revelarnos esa verdad... ¿valdría la pena arriesgarnos a conocerla?

Y después está la otra cuestión: si tuviésemos la verdad delante de nuestras narices, ¿cómo seríamos capaces de reconocerla?

"La única verdad es la realidad", dicen que dijo alguien alguna vez. ¿Pero qué es lo real? ¿Qué significa realmente conocer la verdad o tener razón? La verdad y la fantasía son a veces como esas muñecas rusas dentro de las cuales parece haber siempre otras muñecas idénticas, sólo que más pequeñas. Y en ocasiones es imposible discernir la diferencia entre una y la otra.

La felicidad, en cambio, cuando nos asalta, resulta indubitable.

domingo, enero 20, 2008

Kafkiana

Kafka no duerme. Quien duerme es el hombre al lado del cual Kafka pasa en este mismo momento, sigiloso, intentando no hacer ruido, para no despertarlo. Pero toda su precaución es inútil: el hombre emite un quejido, se mueve un poco y luego abre los ojos y lo mira. El escritor no se inmuta. Se inclina un poco y luego, con voz muy suave, le da una orden: “Considéreme un sueño”, le dice.

jueves, enero 17, 2008

Obras completas

En la contratapa de un periódico cultural, me encuentro con una interesante idea, atribuida a Foucault. Consideremos un pequeño papel, escrito de puño y letra por un literato famoso, en el cual dice: "No olvidar llevar la ropa a la tintorería". La cuestión es si ese papel debería o no integrar las obras completas de tal persona.

El problema me atrae. De más está decir que yo no soy un escritor famoso, y acaso ni siquiera un escritor. Aquí me topo con la primera dificultad de este dilema. Recapitulo: Hace poco compré un piano. Adquisición cuasi terapéutica. Pero curiosa si se considera que yo no soy músico, ni sé leer música, ni tampoco aprendí a tocar el piano. Sin embargo, noches atrás, mientras intentaba sacar sonidos del instrumento en cuestión sin incurrir en graves disonancias, no pude menos que reflexionar sobre la cuestión: "Yo no soy músico", me dije. "Y sin embargo, en este momento estoy haciendo música. Buena o mala, absolutamente simple, pero música al fin. Entonces, ¿con qué criterio digo que no soy músico?"

Recurro entonces a la R.A.E., para ver si logro dilucidar la cuestión. Y la R.A.E. dice: "músico, ca. 1. Perteneciente o relativo a la música. 2. Persona que conoce el arte de la música o lo ejerce, especialmente como instrumentista o compositor."

Me considero fuera de la segunda definición, por declarada impericia; pero me temo que quedo dentro de la primera. De igual manera, entiendo que tambien puedo considerar que soy un escritor (1- Persona que escribe. 2- Autor de obras escritas o impresas.)

Pienso entonces en esa carpeta que guarda en mi computadora las cosas que alguna vez he escrito. Muchas de las cuales jamás han sido leídas por nadie. Pienso también en este blog, en las revistas en las cuales escribí, en los artículos publicados, en los ensayos sin publicar, en las cartas a diversos destinatarios... No ha sido una producción copiosa ni importante. De pronto me atrae la idea de poder compilarla por completo...

Pero entonces... ¿Qué cosas deberían formar parte de la obra completa de un escritor y cuales no? El artículo en el cual figura el dilema de Foucault llega a una conclusión: el papelito relativo a la tintorería no entraría dentro de tales obras, pero no por ser algo modesto, "sino por no pertenecer al autor, ni al futuro, ni a la lectura, ni al malentendido, ni a la pasión."

Y luego pienso, entonces, en los comentarios que uno ha escrito o escribe en los blogs de otras personas. Pienso en las cosas que han sido escritas en la arena de una playa, a la orilla de un mar. O en el aire, a merced del viento. O en la mente, a merced del olvido. Cosas que jamás han ido a parar a un papel. Pero también cosas que, habiendo ido a un papel primero, fueron luego consumidas por el fuego. Todas esas cosas pertenecían al autor, a la pasión, al malentendido... Y me digo que si acaso existe en alguna parte la biblioteca infinita de la que alguna vez habló Borges, acaso allí esté compilada la obra completa de cada uno de nosotros.

Luego tomo un pedazo de papel, casi sin pensarlo, y escribo unas líneas, que dicen algo así como... "Me duele tu ausencia. / Me duele no tenerte, / tanto como me duelen tus silencios. / Me lastima quererte / de la manera en que te quiero. / Pero mi mayor pesar es saber que / incluso si algún día leyeras estas palabras / seguirías sin saber que las escribí pensando en vos."

Luego, por supuesto, romperé ese papel en pedazos, en pedazos cada vez más pequeños, que más tarde tiraré cuidadosamente a la basura.

miércoles, enero 16, 2008

t2: Paraísos a medida

Alguien se pierde un momento con su mirada en un paisaje paradisíaco. Y no puede menos que expresar su parecer diciendo razonablemente: "Esto es un paraíso". Entonces alguien más le señala, no menos razonablemente, que aquello que puede ser un paraíso para uno, no necesariamente debe serlo para todos.

- Para algunos el paraíso puede ser un lugar donde se pueda dormir todo el tiempo que uno quiera, y para otro puede ser un lugar lleno de mujeres hermosas a las cuales se les pueda hacer el amor, y para otro tal vez sea un sitio en donde se pueda disfrutar de un banquete tras otro...

- Es posible que la idea misma de un paraíso tenga que ver con los placeres de cada uno. Por ejemplo, no creo que a Dios le quepa demasiado eso de la onda banquete full time... Porque eso iría de la mano de la gula, que es un pecado.

- Claro. Y una siesta permanente sería pereza. Por no hablar del montón de mujeres hermosas... ¿Sabés qué? Para mí que el paraíso no está en ninguna parte, pero al mismo tiempo está dentro de cada uno.

("Y mientras más avanzamos, más borrosas y lejanas quedan nuestras primeras huellas, marcadas sobre la arena de ese paraíso imaginario", escribe sabiamente en el viento una de estas dos personas...)

Alguna vez alguien dijo que para clasificar a la humanidad alcanza con sólo dos categorías: la de aquellos que todo lo clasifican en categorías, y la de aquellos otros que no lo hacen. A partir de esta tautológica revelación, y más allá de la humorada, si colocamos al hombre en relación con lo divino descubrimos una oposición similar: están quienes aseguran que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de un Dios, sea cual sea el nombre que se le asigne, y aquellos otros que sostienen, por el contrario, que Dios ha sido concebido a imagen y semejanza de los hombres.

Lo interesante de estas dos posiciones, claramente contrapuestas, es que más allá de que uno decida finalmente comulgar con una o con la otra, ambas coinciden en un punto: ya sea que el hombre sea la imagen reflejada o el modelo originario, quien decida profundizar en el estudio de lo divino estará interiorizándose al mismo tiempo en el conocimiento de lo humano. De aquí se deriva la verdadera utilidad del estudio de la Teología, que más que para conocer verdades relativas a lo divino sirve para conocer mejor las características intrínsecas del hombre.

Una cultura que adore a un dios único, representado a través del aspecto de un hombre, no puede ser igual a otra que crea en una pluralidad de dioses, ni a la que sostenga la existencia de una diosa madre. No es lo mismo un dios piadoso que uno vengador; un dios que fundamente un orden cósmico que un creador sin reglas; un dios etéreo que otro que a cada rato demuestra poseer las mismas debilidades y bajezas que el hombre. La idiosincrasia del hombre, ya sea porque se parece a ese dios que lo ha creado, o porque ese dios que él mismo ha concebido para justificarse está hecho a la medida de su conveniencia, se corresponderá lógicamente con los rasgos que caractericen a la deidad en cuestión.

La identidad de un dios, la idea de lo que debe ser un paraíso, el concepto de qué cosas sean pecado, todo esto reside dentro del hombre. Y es por esto que todo se acomoda también a las mejores conveniencias de cada caso, y así es como una iglesia que postula la igualdad de todos los hombres, hermanándolos como hijos de un mismo dios único, llegado el caso se las arregla para defender la esclavitud (esos indígenas, esos negros, no eran hombres como nosotros, sino criaturas sin alma, como bestias). También así es como los dioses terminan sirviendo para justificar el mal.

“Oh, Padre Todopoderoso que escuchas las súplicas de los que te aman: te rogamos que ayudes a quienes desafiarán la altura de tus cielos y llevarán el combate a tierras enemigas. Guárdalos y protégelos mientras cumplen el vuelo que se les ha ordenado. Armalos con tu poder para que puedan poner rápido fin a la guerra y para que conozcamos nuevamente la paz. Hazlos volver sanos y salvos. Esperaremos el porvenir confiando en ti y colocándonos bajo tu protección, ahora y siempre. Amén.”

Esta plegaria fue pronunciada un 6 de agosto de 1945, ante la tripulación del Enola Gay, el avión que minutos más tarde dejará caer sobre la ciudad de Hiroshima la primera bomba atómica, dejando un saldo de al menos 75.000 muertos y 163.000 heridos. ¿Sería que todas esas víctimas no se habían colocado bajo el paraguas de la protección divina? ¿Sus plegarias no fueron acaso lo suficientemente convincentes?

Alguien escribió una vez que, para cometer fechorías, Dios suele hacerse pasar por el demonio. Lo que no se dijo es que acaso Dios no sea otra cosa que la máscara que utilizan los hombres para intentar salirse con la suya. Que Dios nos perdone.

viernes, enero 11, 2008

Diálogos con uno mismo en el tiempo


La niña de la foto no tiene más que un puñado de meses. Ya se sostiene sola en sus pies, pero sus ojos llenos de asombro nos dicen que recién comienza a descubrir el mundo. Son ojos llenos de futuro y de inocencia. De la inocencia propia de quien todavía no sabe, precisamente, que tiene un presente, un pasado y un futuro.

Carolina me explica entonces la idea: cada vez que se siente mal, sola o triste, o está a punto de cometer alguna macana, saca la foto de su cartera, la mira, y se imagina que la niña del retrato (ella misma hace más de veinte años atrás, en definitiva) la mira con esos ojos, llenos ya se ha dicho de qué cosas, y le hace un ligero reproche. Algo así como "qué es lo que me estás haciendo".

La idea me sorprende y me gusta. Me sorprende, porque si debo ser sincero Carolina me daba un perfil quizás más frívolo y no esperaba de ella una reflexión semejante. Nueva evidencia de que no debemos prejuzgar. Y me gusta porque me parece preferible rendirle cuentas al niño que uno fue en algún momento, antes que a un dios inventado por otras personas. Y no es que comulgue con el ateísmo, lo cual sería de por sí una formidable paradoja lingüística, sino que pienso que para el caso de que Dios exista sabemos tan poca cosa de él y bastante más, en cambio, de nuestras propias esperanzas y lealtades respecto de nosotros mismos, y de la exacta medida en la cual hemos sido o no fieles a ellas a través del tiempo.

No se lo digo a Carolina, pero lo cierto es que en algunas ocasiones recurro a un artilugio semejante al suyo. No hay foto de por medio y no me remito al pasado, tanto como al futuro. O mejor dicho, al tiempo presente que es, al mismo tiempo, pasado de nuestro futuro. Allí donde Carolina elige verse en el comienzo de su vida, yo me ubico a veces en el final y me imagino en una cama, viendo llegar los minutos finales de mi existencia. E imagino entonces que alguien me ofrece, mágicamente, volver a vivir un día de ese pasado que ya ha sido. Ese momento del pasado es en realidad, como podrá fácilmente adivinarse, el actual momento presente. Y el ver las cosas desde semejante perspectiva suele servir para medir las cosas de una manera por completo diferente.

viernes, diciembre 28, 2007

Respeto por la música



"Por su difusión de la música clásica y su profundo respeto por la música popular."

Así reza el agradecimiento impreso, justo arriba de mi nombre y debajo de una línea que en letra más destacada anuncia: "A personas que -sin saberlo- nos ayudaron".

Lo que tengo en mis manos es la partitura orquestal de la música para el ballet Kuarahy, compuesta en 1991 por Lito Vitale, uno de los músicos populares más talentosos de la Argentina, coreografiada por Julio López para ser bailada por Julio Bocca y Eleonora Cassano. Quien retoma ahora el proyecto, dieciséis años más tarde, es Donvi, el padre del compositor, y explica que la cuestión "se basa en un hecho real: la existencia de músicos populares que graban músicas propias de carácter sinfónico realizadas -en su mayoría- utilizando samples, es decir, muestras tomadas de instrumentos reales". Donvi reconoce que estos samples no son asimilables a una orquesta de verdad, y se pregunta cómo sonaría esa misma música con instrumentos reales. Así nace este trabajo de transcripción y reorquestación, que fue realizado por Javier Mareco y que derivó en la referida partitura y el citado agradecimiento, que en definitiva nos sigue pareciendo tan generoso como inmerecido.

Pero lo que llama la atención es que hayamos llegado a un punto en el cual parezca razonable que se deba agradecer a alguien dedicado al fin y al cabo a la promoción cultural el respeto por la música. Y lo más grave del caso es que en definitiva se comprende el exacto punto en el cual tal agradecimiento parece justificarse. Es verdad que no todo lo que suele ser llamado música resulta respetable, pero esto no es una cuestión que tenga que ver con los géneros, y ni siquiera con ciertos valores de cuestionable validez universal, tales como la originalidad o la complejidad en la elaboración, y por supuesto que mucho menos con los niveles de consumo propios de la industria cultural. Lo que Donvi ha querido identificar como respeto no es en realidad otra cosa que el convencimiento de que el concepto de la música no tiene que ver con esos valores sino con algo más profundo, llamado poiesis o poética, que es el poder intrínseco de cualquier forma de arte de conmover, de conmocionar, de aportarle algo trascendente a quien se atreva a exponerse a él.

No será respetable, entonces, el mero producto de la referida industria cultural, que se ubica en las antípodas de la poética, pues nace con el único objetivo de venderse y luego desaparecer en su propia fugacidad. Pero está claro que ni siquiera así las cosas resultan tan sencillas de catalogar, pues planteado de este modo queda en el arbitrio de cada persona, de cada sensibilidad, la determinación de qué cosa pueda ser llamada arte. Y aquí radica el nudo de la cuestión: acaso el único rol posible de la crítica musical, literaria o plástica, y de la educación estética en general, sea no la determinación dogmática de qué cosa deba ser llamada arte, sino la enseñanza que lleve al descubrimiento de esa conmoción interna que debe permitirle a cada sensibilidad particular, única e irrepetible, la diferenciación entre aquello que verdaderamente conmueve y lo que meramente gusta, de manera superficial.

Lo que Donvi llama respeto, no es entonces otra cosa que la ausencia de un prejuicio que lleve a dictaminar de antemano qué cosas merecen entrar en los sacrosantos recintos del arte admitido como tal por el canon dogmático de turno, y qué cosas quedan, por el contrario, afuera, como parias en el desierto, desautorizadas por no atenerse a ciertos moldes o valores prefijados.

Y si vamos a preguntarnos entonces por el modo en que tales valores cobran forma y peso, en esto nos puede ayudar la lectura del ensayo de Pierre Bordieu titulado "La metamorfosis de los gustos", donde se describe entre otras cosas la manera en que una élite cultural, que se define a sí misma por sus consumos culturales diferenciados (pues se trata en definitiva de un consumo, idéntico al de la industria cultural), delimita con ello ciertos valores simbólicos que determinan que sea bien visto destacar ciertas expresiones estéticas en detrimento de otras. Así, por ejemplo, el consumo de una especie de música diferenciada, llámese culta o académica, puede diferenciar de una manera clasista a quien se ubique dentro de un grupo de élite. Aunque lo mismo sucede con las así llamadas músicas de culto, con algunas tribus urbanas o con la idea misma de estar a la moda que caracteriza a muchos grupos sociales.

Pero aquí viene un problema: porque al mismo tiempo que es preciso defender el bien simbólico cultural con uñas y dientes, puesto que define la propia identidad, cuando los procesos de alfabetización y/o difusión hacen que en estos consumos de élite se masifiquen se hace necesario avanzar sobre algún manifestación estética alternativa. Así es como se pasaría, por ejemplo, de Mozart, Brahms o Vivaldi a un Pierre Boulez o a Karlheinz Stokhausen. O en palabras de Bourdieu: "Para decirlo de manera más simple todos los bienes ofrecidos tienden a perder parte de su rareza relativa y de su valor distintivo a medida que crece el número de consumidores dispuestos a apropiárselos. La divulgación devalúa; los bienes desclasados ya no confieren “clase”; los bienes que pertenecían a los happy few se vuelven comunes."

La música popular no puede pertenecer, por definición, a la distinguida clase de los happy few, pues tal cosa supondría una contradictio in terminis. Por ende, en ciertos círculos canónicos no se la respeta. Pero no se trata en definitiva de arte, ni de estética, y ni siquiera de crítica musical, sino simplemente de consumos simbólicos. La música, el arte, la poiesis, todo eso se ubica en otra parte. Y sería bueno que lo recordásemos más a menudo, incluso cuando ello suponga ir en contra de lo que indican los dogmatismos.

miércoles, diciembre 19, 2007

Lo bueno, si breve...

La verborragia es un síntoma característico de nuestros tiempos. Que coincide, curiosamente, con el auge de un nuevo género literario: el microrelato. Hablamos de cuentos sumamente cortos, que por su extensión pueden ser leídos durante un viaje en colectivo y en ocasiones también en un viaje en ascensor. El desafío es poner en la menor cantidad de palabras posibles una situación, de tal modo que ni una sola de esas palabras pueda ser eliminada sin poner en riesgo la coherencia total del relato.

¿A qué se debe este auge del microrelato? ¿Será una reacción a la vacía verborragia? ¿O será que cada vez hay menos tiempo para escucharnos, lo cual exige entrenarnos en un todo-lo-que-se-diga-debe-ser-breve-muy-breve, pues-no-hay-tiempo-para-detenernos-a-prestar-atención?

Una amiga propuso días atrás en su blog escribir pequeños cuentos, extremadamente breves, de no más de diez palabras. Le advertí que no me atendría a semejante límite, pero de todos modos escribí allí algunas cosas, como por ejemplo:

"De repente la vio, entre la multitud, y un rapto de lucidez supo que ella era el amor de su vida, la única, la predestinada. Quiso acercarse, dispuesto a decírselo, cuando el tren llegó a la estación y ella bajó. El empujó, pateó, imploró, pero en medio del gentío no pudo alcanzarla. Jamás volvió a verla."

O este:
"Hay un aciago día en el cual se empieza a dejar de creer. Alguien le dijo entonces que con fe todo se soluciona. Pero aunque quiso, él no pudo creerle."

O este otro:
"Desperté sabiendo de algún modo que escribiría la gran novela de mi vida. Heme aquí, poniendo el punto final a estas líneas."

Parafraseando otras lecturas, también arriesgué:

"Wan-Chu soñó que era una mariposa. Al despertar, no supo si era Wan-Chu, que había soñado ser una mariposa, o una mariposa que ahora soñaba ser Wan-Chu."

Pero todavía me faltaba cumplir a rajatabla la regla de las diez palabras, cuando me topé con este texto de un tal L. Houston:

After a short rain
We stepped into the garden
Growing together.

Son 11 palabras, pero en esta traducción posible da justo 10:

Tras una breve lluvia
salimos al jardín
a crecer juntos.

También me acordé de este texto de André Guide, citado por Sábato:

Cette amplification, que l'on confond si souvent avec le bien écrire, je la supporte de moins en moins... Quelle nécessité de faire un article ou un livre? "Cette amplification, que l'on confond si souvent avec le bien écrire, je la supporte de moins en moins... Quelle nécessité de faire un article ou un livre? Où trois lignes suffisent je n'en mettrai pas une de plus.

Que traducido dice más o menos así: "Esta tendencia a amplificar, que se suele confundir a menudo con el buen escribir, cada vez la tolero menos... ¿Qué necesidad hay de escribir un artículo o un libro?... Donde tres líneas alcancen, no pondré una palabra de más."

Curiosa cita para quien, tal es mi caso, suele ser verborrágico. Siempre necesito muchas palabras para decir varias veces lo mismo, de diferentes maneras. Sólo para sentir, al fin y al cabo, que no he logrado decir nada. O casi nada.

viernes, diciembre 14, 2007

Das Tier ist müde

Una vez leí un cuento...
Curiosa manera de comenzar un relato, remitirse a otro relato, pero así son las cosas a veces, la propia historia concurriendo en historias ajenas, a veces reales, otras veces imaginarias, que ni siquiera será fácil en ocasiones distinguir entre unas y otras, entre propias y ajenas, entre verdaderas y ficticias.

A veces puede incluso suceder que una historia sea absolutamente ficticia, y a pesar de ello sostener una metáfora auténtica. Pero no diremos si tal será o no el caso aquí, y volvamos al hilo inicial de este párrafo ahora mismo, a fin de mantener una mínima coherencia, que siempre resulta razonablemente exigible por parte del eventual lector.

Una vez leí un cuento. El protagonista de la historia era un vampiro, que durante siglos había vivido, obligado por la naturaleza de los de su especie, sumido en las profundidades de la noche oscura, alimentándose de sus víctimas, al fin y al cabo siempre inocentes, pero del mismo modo necesarias, bebiendo su sangre en silencio, y luego escondiéndose del espanto de la luz diurna, y debe entenderse que esta palabra, espanto, no debe ser tomada aquí como un calificativo estético, como quien dice que es espantosa de una enorme rata, que así y todo habrá a quien tal bestia no le resulte desagradable, sino que responde al hecho de que para los vampiros, tristemente para ellos, por fortuna para los hombres, que de este modo encuentran reparo a la acechanza de aquéllos, la exposición a la luz del día resulta mortal. Curiosa debilidad tratándose aquí de quienes, de otro modo, alimentándose de sangre humana y permaneciendo ocultos en la oscuridad y a buen resguardo de estacas clavadas en el corazón, resultan prácticamente inmortales.

El cuento en cuestión, si mal no recuerdo, pues lo leí hace tanto tiempo que de repente esa época me parece inmemorial, se titulaba “El monstruo está cansado” . Y tal era el nudo central del relato: el vampiro, harto ya de su propia naturaleza, harto acaso ya de estar harto, como bien cantara alguna vez un catalán, cansado de la eternidad en las sombras, de su soledad, del sabor de la sangre repetida en su boca, y de ese apetito constante que noche tras noche le devoraba el alma, que hasta los monstruos y los vampiros tienen una, un buen día (se trata obviamente de un decir, que nos referimos en realidad a una noche) reflexiona sobre su presente y su pasado, revisa su historia, cuestiona su porvenir, mira a través de los enormes ventanales de su castillo el cielo estrellado, y así transcurren las horas, hasta que en un determinado momento cierta indecible inquietud le hace notar que allá lejos, en el horizonte, el cielo parece haber comenzado a clarear.

El vampiro entonces duda, aunque su turbación apenas dura un instante. Con todo, este detalle no deja de ser destacable, pues los seres que en cierto modo pueden considerarse inmortales, incluso cuando semejante condición dependa de menudencias tales como no exponerse a la luz del día o evitar que una estaca de madera sea clavada en su corazón, poseen el don de no vacilar demasiado, lo cual no deja de ser a su vez curioso, siendo que precisamente ellos podrían tomarse todo el tiempo del mundo para reflexionar antes de dar un paso en falso, que después de todo, y a diferencia de lo que sucede con los mortales, tiempo es lo que les sobra. Tal vez sea una cualidad que enseñe el paso de los siglos. O acaso sea que los inmortales, por su propia condición, nunca dan pasos en falso. La cuestión es que el vampiro duda, cierto es que sólo un instante, y luego permanece tranquilo, viendo cómo el horizonte aclara de a poco, ahora ya de manera evidente, observando casi con curiosidad el modo en que las sombras se van disipando con lentitud. Luego se dirige al portal del castillo, lo abre de par en par, y comienza a caminar, sin prisa ninguna, de cara al sol naciente, que ya comienza a hacerse sentir. Por vez primera, en interminables centurias, una extraña calidez acaricia la pálida piel de su rostro.

Allí termina el cuento en cuestión. No estoy seguro de cual haya sido la razón por la cual me vino a la mente, algunas noches atrás, para quedarse desde entonces dando vueltas por mi cabeza. Acaso haya sido debido al título, por aquello de andar cansado, que así es como me siento yo de un tiempo a esta parte, y así es como ando desde entonces por la vida. O acaso haya sido debido a estas sombras, que desde hace un tiempo se han venido a instalar en mi alma, sin que sea capaz de recordar ni cuándo ni cómo las cosas comenzaron a ser del modo en que hoy son. O tal vez sea por culpa de este apetito insaciable, o de esta soledad, o simplemente porque hace ya tanto tiempo que mi rostro no siente la caricia de la luz del sol.

jueves, diciembre 06, 2007

El valor de un fragmento

Navego por internet, la red de redes, ese lugar que no es en sí un lugar, sino una colección de lugares, y al mismo tiempo todos ellos un no lugar al fin y al cabo, donde resulta posible encontrar cualquier cosa, desde lo más revelador a lo más intrascendente, que como siempre sucede es el enorme pajar dentro del cual se ocultan aquellas preciadas agujas. Navego por un rato sin buscar nada en particular, saltando de un vínculo a otro, cuando de repente me detengo en un poema.

Leo los primeros cuatro versos, que dicen así:

Me pesarán tus ojos
de aquí hasta la muerte.
La culpa ha sido mía:
yo no debí mirarlos.


Y llegado a este punto me detengo y me pregunto si convendrá seguir leyendo. Es tal el impacto de esas pocas, escuetas palabras, que me parece que cualquier cosa que venga después no podrá sino opacarlas. Me digo que a veces el mayor desafío para un artista es saber dónde colocar el punto final a sus obras, ese punto final que tantas veces debió haber aparecido antes, y no después.

Igual me tomo el trabajo de salvar el vínculo en cuestión, por si más tarde decido leer el resto. La tentación, se sabe, suele ser fuerte.

miércoles, noviembre 28, 2007

t1: Filosofías urbanas

Hay un punto, en la Ciudad de Buenos Aires, en el cual la Av. Juan B. Justo toma altura para pasar en forma de puente sobre la Av. Córdoba y las vías del ferrocarril San Martín. Precisamente en ese lugar, una mano anónima se ha tomado el trabajo de pintar, justo en el borde del puente, y con grandes letras, que se ofrecen para ser leídas a quien viene manejando para pasar justo por debajo, la siguiente leyenda: “Somos el resultado de lo que pensamos.”

Es importante reparar en lo siguiente: haya sido por una decisión meditada por el autor de la curiosa frase en cuestión, o por una mera casualidad que hizo que las palabras fuesen esas y no otras, se ha evitado caer en la simplificación burda. Esto es, la frase no asegura que seamos lo que pensamos, sino el resultado de lo que pensamos. Y la diferencia no es precisamente sutil, sino fundamental. Yo puedo pensar que soy un pájaro, que no por eso lo seré, ni podré volar por los cielos si no es con ayuda de un artilugio tecnológico. Pero bastará con que lo piense para que el resultado de lo que de hecho soy se haya modificado.

Llegados a este punto uno advierte un detalle: la frase en cuestión no está en singular, sino en plural. ¿Tendrá este nosotros alguna relevancia específica, o será el mero producto de una manera de decir? En otras palabras, y aun cuando pueda sonar extraño, la pregunta es: ¿quién es nosotros? Aunque a poco de ponerlo en estos términos resulta más que evidente que la pregunta tiende, inevitablemente, a volver al singular: ¿quién soy yo? ¿Soy un individuo autónomo? ¿O solamente puedo pensarme en relación con los demás? Ya volveremos sobre esta cuestión, más pronto que tarde. Pero ahora regresemos a la declaración que, desde el borde de un puente, dio pie a estas reflexiones: Somos el resultado de lo que pensamos.

Se trata de una declaración subversiva, sin ninguna duda. Lo que ella viene a subvertir es, de hecho, la convicción tacita de que vivimos en un mundo estable y sólido. La convicción de que somos dueños de nuestra propia verdad. Ya todos hemos escuchado hablar a estas alturas de Sigmund Freud y de su teoría del inconsciente; pero el sentido común (ya lo señaló René Descartes tantos años antes: el sentido común es el más común de los sentidos, tanto que todos creemos tener suficiente) insiste en pretender que nadie puede conocernos mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos.

Tal vez debiéramos volver a preguntarnos por la diferencia que media entre los conceptos de saber y creer. Y de más está decir que solemos creer tener esa respuesta. La cuestión es en qué medida ella se ajusta a la realidad de las cosas. ¿Sabemos quiénes somos? ¿O solamente pretendemos y/o creemos saberlo?

He aquí una respuesta posible: El creer está relacionado con el deseo, antes que con lo que uno se explica de manera racional. Por ejemplo, se cree en Dios, mientras que se saben cosas de las matemáticas, de física cuántica o de historia. Si cometiéramos la imprudencia de pretender ponerlo en términos psicoanalíticos, acaso diríamos que el creer tiene una relación directa con el deseo inconsciente del sujeto, en tanto el saber tiene una vinculación más íntima con el yo conciente. Claro que lo racional también está atravesado, queramos admitirlo o no, por el deseo, cuya verdad se nos escapa permanentemente, lo cual complica sobremanera las cosas. Dicho en otras palabras: no se trata de ver para creer, sino de creer para ver.

Curiosa coincidencia haber llegado hasta este punto, tratándose de inscripciones urbanas; pues precisamente esta última frase (creer para ver) puede leerse en un graffiti plantado en una pared sobre la misma Av. Juan B. Justo, a unas treinta cuadras de distancia de su cruce con Av. Córdoba. Somos el resultado de lo que pensamos. De lo que deseamos y de lo que creemos, en definitiva. La cuestión ni siquiera parece ubicarse tan distante del famoso cogito cartesiano. Cogito ergo sum: Pienso, de lo cual puedo deducir que existo. Siento, por lo tanto existo. Creo, y por eso sé que existo. Hay que creer para ver.

Hay momentos en los cuales la ciudad parece amenazar con convertirse en el esbozo de un tratado de filosofía.

domingo, noviembre 04, 2007

Si yo hubiese nacido poeta...

"De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.
El cielo es una red cuajada de peces sombríos.
Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.
Se desviste la lluvia.
Pasan huyendo los pájaros.
El viento. El viento.
Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.
El temporal arremolina hojas oscuras
y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo..."


(Si yo hubiese nacido poeta, seguramente hoy hubiese podido escribir estos versos de Neruda. Quizás los peces se hubiesen convertido en pájaros sombríos. Y vaya a saber qué cosa hubiese sido la que pasara huyendo... Pero no hay peligro: no soy poeta. Apenas sí otro hombre que intenta calmar su dolor con palabras.)

jueves, noviembre 01, 2007

La última cena


Dice el cable de la agencia EFE:

"Una foto de alta definición de la pintura La última cena de Leonardo da Vinci fue colgada el sábado pasado en la página www.haltadefinizione.com. En sólo cuatro días registró más de tres milllones de visitas. La calidad de la fotografía, de 16.000 millones de pixels, permite a los internautas penetrar hasta las entrañas del fresco y gozar de todos sus detalles.

"La última cena volvió a la vida en 1999 después de una larga restauración que duró 21 años, pero son muy pocos los privilegiados que han podido contemplar el fresco, pintado en una de las paredes de la Sacristía del Bramante, en la Iglesia de Santa María de las Gracias en Milán. El angosto espacio no permite que entren más de 20 personas a la vez, y se necesita reservar con meses de antelación para acceder a él. Por ello, sólo unas 300.000 personas contemplan anualmente La última cena. Además, los visitantes no pueden acercarse a menos de dos metros de distancia del famoso fresco.

"Ahora se presenta la gran oportunidad de observar una de las obras maestras del genial artista renacentista simplemente abriendo esta página de Internet, por iniciativa de la casa editorial De Agostini y la sociedad Hal9000, líder en el sector de fotografía de alta definición. La posibilidad de estar tan cerca de la imagen permite apreciar detalles como un pequeño campanario, de menos de dos centímetros, que se ve desde la ventana detrás de la figura de Jesús. También se pueden ver claramente los objetos presentes en la mesa, desde los vasos con el vino a algunos gajos de naranja en un plato frente a San Mateo. Con un poco de atención se pueden observar los detalles del manto de Judas, el único en el que Leonardo dibujó pequeños bordados dorados. Con el cursor se pueden acariciar las pequeñas grietas de la pintura de Leonardo, causadas por el paso del tiempo y por su intención de realizar un fresco pintado a seco. Esta obra de Leonardo, que sobrevivió milagrosamente al bombardeo de Milán en 1943 (los habitantes de la ciudad apuntalaron el muro con sacos de arena) fue restaurada siete veces, con diferentes técnicas. Leonardo no sabía que por debajo de aquel baptisterio pasaba un río que humedecía la pared sobre la cual había pintado, lo que provocó la pérdida de color apenas diez años después de que hubiera acabado el fresco. Mucho más tarde, la obsesión por fijar los colores supuso el empleo de colas que con el paso del tiempo oscurecieron el original hasta hacerlo casi imperceptible."

Hasta aquí la noticia. Y es inevitable pensar en Walter Benjamin, aquel que escribió que la obra de arte tiene un aura (el aquí y ahora de la obra, decía él) que es intransferible y que no puede ser volcada a ninguna reproducción, por perfecta que sea. Y es inevitable comparar la cantidad de 300.000 personas que contemplan anualmente la obra, contra los tres milllones que la han visto en menos de una semana. Y es inevitable apreciar el nivel de detalle que ofrece Hal9000 (la referencia a la HAL9000 imaginada por Arthur C. Clarke en su novela 2001: A Space Odyssey es tan obvia como preocupante), en comparación con los dos metros de distancia que separarán al espectador de la obra que se tome el trabajo de viajar hasta Milán, esperar varios meses para ingresar a la Sacristía del Bramante, y ver junto con otras diecinueve personas, en un angosto espacio y por un breve lapso lo mismo que vieron las cámaras que registraron lo que hoy nos muestra la pantalla a través de Internet.

Sin embargo, también será prudente preguntarnos qué pasará con todas las personas que a partir de ahora quedarán convencidas de haber visto en detalle La última cena de Leonardo Da Vinci, sin haberla visto en realidad nunca jamás.

martes, octubre 30, 2007

Elecciones 2007

Recibo esta historia como parte de un mail más extenso. La copio aquí, y me digo que vale para luego de casi cualquier elección, al menos en nuestro país.

Cuenta que un político en tránsito hacia la otra vida es recibido por un ángel que le ofrece elegir su destino final: el cielo o el infierno. Sin dudarlo el político elige el cielo, pero antes se le exige conocer ambos lugares. En primer término le muestran el infierno, rebosante de hermosas mujeres, vinos y comidas en abundancia, antiguos amigos y divertidas juergas. Luego aprecia las delicias del cielo, que es un lugar calmo, tranquilo, de gran belleza… pero mucho más aburrido. Consultado al día siguiente por un ángel, tras un breve tiempo de reflexión, el político elige ir al infierno.

Al llegar, es testigo de las imágenes más horrendas: terror, flagelaciones, castigos corporales, torturas... Desesperado, el político lo impreca al demonio:

- ¡Esto no es lo que me mostraron ayer!
- ¿Ayer? –replica el diablo. ¡Ayer estábamos en campaña!

viernes, octubre 26, 2007

Hablamos de la gente... de verdad.

Emilio Estefan fue durante trece años presidente de Sony Music. Es marido de la cantante Gloria Estefan y productor de otros artistas como Shakira, Carlos Vives, Thalía y Ricky Martin. Según la revista Forbes, hace diez años la fortuna del matrimonio, que incluye un sello discográfico propio, emprendimientos hoteleros y gastronómicos, ascendía a 200 millones de dólares.

Pero esto no evita que Estefan se preocupe por lo que hacen aquellos que no tienen tanta suerte como él: "Toda la música está viviendo un momento difícil, a causa del downloading de las computadoras. La buena noticia es que la música latina es la única que está en progresión. Pero las ventas han caído en general."

Enseguida añade su vaticinio respecto del futuro, y el pesimismo parece quedar de lado: "Las empresas telefónicas y de Internet son las compañías que van a estar en avant-garde. ¿Para qué ir a una tienda, si puedes ir al teléfono o a Internet y conseguir la música? Hay poca gente en el mundo que no tenga teléfono o Internet."

- "Hablás del mundo desarrollado...", le señala entonces el periodista, sin dejar de demostrar cierto asombro.

- "Sí, claro, hablo de los lugares donde se compran discos. En el resto no tienen ni para comer. Estamos hablando de la gente de verdad... Hablamos de consumidores."

martes, octubre 23, 2007

(nota al margen)

Hoy, 41 años.

Todavía queda tanto por comprender.

sábado, octubre 20, 2007

Mi primer conflicto con Blogger

Días atrás tuve mi primer conflicto con Blogger. No fue un conflicto demasiado serio, claro. Pero el punto es que se desconfiguró la plantilla de este blog. Mea culpa, no se trataba de una plantilla original de las que ofrece el servicio. De manera que no valía la queja ni el reclamo.

Digo que no fue un conflicto demasiado serio porque más allá de tener que recuperar un par de vínculos y volver a armar un par de cosas la cuestión no pasó a mayores. Salí a elegir una nueva plantilla (esta vez de las provistas por Blogger, que mejor es ser poco original que poco prevenido) y listo.

Pero por alguna razón quise esta vez que el diseño de la plantilla tuviese fondo negro. O por lo menos oscuro. Y ahí fue cuando me di cuenta de un detalle: al haber sido la plantilla anterior de fondo blanco, muchas de las anotaciones antiguas tenían tipografías que se leían bien sobre fondo claro, pero no así sobre fondo negro. Cuestión que estoy abocado a revisar entrada por entrada, para reemplazar los colores allí donde no haya contraste.

(Nota al margen: Seguramente alguien se preguntará si no era más fácil escoger una plantilla con fondo claro y listo. La respuesta es que sí. Así a secas: sí. Sólo espero no volver a cambiar de opinión más adelante, y optar de nuevo por un fondo claro.)

El asunto es que me puse a revisar algunas de las anotaciones antiguas. Y entonces la pregunta, que surge inevitable, es esta: ¿adónde van a parar todas esas personas que alguna vez fuimos? En el caso de este blog, no ha pasado tanto tiempo desde el momento en que escribí la primera anotación, que es de agosto del año pasado. Sin embargo siento que en algunos casos los autores de ciertas entradas bien pudieron haber sido otras personas, diferentes de mí, con las cuales por lo general simpatizo... pero no siempre. Hay en todo caso cierta sensación de extrañamiento. Y cuánto más esto sucede cuando nos enfrentamos con algo escrito hace más tiempo, con una fotografía nuestra de muchos años atrás, con un pasado propio, en definitiva, del cual nosotros somos el futuro.

¿Qué hubiese pasado si en el medio hubiésemos tomado decisiones diferentes de las que de hecho tomamos? ¿Si hubiésemos hecho cosas que finalmente decidimos no hacer? ¿O si hubiésemos omitido otras que de hecho sí hicimos? ¿Seríamos hoy los mismos que somos? ¿Somos de hecho las mismas personas que fuimos hace un año atrás? Probablemente no, porque así como nadie puede bañarse dos veces en las aguas de un mismo río, tal como decía el filósofo, en el momento mismo de decir que todo cambia uno mismo ha cambiado.

Pero entonces, ¿qué pasó con los miedos, las esperanzas, las risas, los llantos, los amores, los odios que uno vivió en su pasado? ¿Dónde han quedado? ¿Son más o menos reales que los actuales? Sobre alguno de estos tópicos quiero que sea la próxima anotación de este blog, que vendrá, seguramente, en cuanto pueda terminar de cumplir con algunas cosas pendientes que tengo entre manos.

A propósito, no es que no haya escrito nada en estos días. Es que lo hice en los blogs de algunas personas amigas. Y también estuve releyendo cosas que yo mismo escribí en algún otro momento.

martes, octubre 16, 2007

Desvanecerse o estallar...



Una reciente amiga (ojalá ella me permita el calificativo) acaba de inaugurar su blog y en una de sus primeras entradas colocó el video que aquí se reproduce.

Como no estoy del todo convencido de los méritos de la originalidad, y sí en los de la reproducción de las ideas, me permito copiarlo aquí, para los eventuales visitantes de este espacio.

La cuestión en debate es si un instante de gloria justifica o no un sacrificio total. Las eventuales respuestas quedan a cargo de cada quien, no en el espacio de este blog, sino en el de sus propias vidas.

domingo, octubre 07, 2007

Sin palabras

Recibí esto por mail días atrás y me reí mucho. Lo puse en mi blog de la facultad, pero a nadie pareció causarle demasiada gracia. ¿Será que yo tengo un sentido del humor demasiado peculiar?...

lunes, septiembre 24, 2007

Tomalo como quieras...

Ya una vez escribí algo parecido en otro lugar de este mismo blog, me parece. Pero la idea es recurrente. Ponele que uno tiene una pesadilla. Que un monstruo nos persigue, por ejemplo. En realidad no hay monstruo, ni peligro alguno, uno está quieto en una cama y todo lo demás es meramente ilusorio.

Sin embargo... el miedo es real, es verdadero, no queda otra que hacerse cargo de él. Ahora bien, ¿no sucede exactamente esto mismo siempre? Quiero decir: cuando uno ama, por ejemplo... cuando uno enloquece... Quizás no haya nada allá afuera que justifique nuestras emociones, qué es lo que te pasa, poné los pies sobre la tierra, son sólo alucinaciones, date cuenta, proyecciones imaginarias, no tengas miedo, ya no sientas esas cosas. Sin embargo nuestras emociones son reales, están allí, lidiando con nosotros, y no hay manera de desembarazarnos de ellas.

Es lo que le sucede al fugitivo de Bioy Casares que se enamora de Faustine, en la isla de Morel, por ejemplo. Ella es un holograma, nada más que eso, pero él no lo sabe. ¿Qué importa, entonces, la realidad? O mejor dicho: ¿Cuál es la realidad?...

Cuando uno escribe cosas como estas es porque en cierto punto se reconoce sin control, y tal vez sin demasiado ánimo de controlarse, por otra parte, incluso si pudiera hacerlo. Uno se siente tan torpe, tan tonto, tan decidido a correr el riesgo, al mismo tiempo. Finalmente, acaso todo no sea nada más que un sueño, una ilusión. Entonces uno toma coraje y escribe:

Dos palabras, cinco letras,
podés ponerle el nombre que vos quieras.
Después de todo, las palabras
jamás han podido decir más de lo que dicen.

Y sé muy bien que todo esto puede parecer locura.
Pero no puedo evitar la pregunta:
¿Y si de verdad fueses vos?...

Dos palabras, cinco letras...
Y tu nombre.


Varios siglos más tarde, alguien volverá a leer ese poema y se preguntará acaso cuál nombre, y se dirá tal vez que los nombres, también ellos, suelen no ser finalmente más que otra pretensión, curiosa manifestación de una ensoñación vana.

sábado, septiembre 22, 2007

El arte: un milagro, como si fuese amor

Alguien me facilitó un texto que no conocía de Pierre Bourdieu.
El título es La metamorfosis de los gustos. Y se pregunta, en definitiva, por cosas tales como el origen de los diferentes gustos de las personas, en cualquier orden de la vida, o bien por la naturaleza de eso que llamamos arte.

El texto dice muchas cosas interesantes y es probable que lo utilice para escribir un artículo mayor para la revista de Amadeus, pero un párrafo en particular llama mi atención. Dice:

"El amor por el arte utiliza con frecuencia el mismo lenguaje que el amor: el amor a primera vista es la confluencia milagrosa entre una expectativa y su realización."

El amor como una forma de arte... El arte como una forma del amor... La posibilidad real y concreta, en ambos casos, de un amor a primera vista... La confluencia milagrosa entre una expectativa y su realización. El concepto me resulta atractivo. Me dice muchas cosas. Estoy tentado: quisiera poner un ejemplo personal, como para que se entienda mejor. Poner un audio con una pieza de Mozart, por ejemplo. O un cierto cuadro, o una cierta fotografía... Pero me digo que mejor no. Que cada quien debería completar la línea de puntos con la que cierra esta breve anotación con su propio ejemplo, con su propia confluencia milagrosa entre su expectativa y su realización.

¿Amor a primera vista? ¿Confluencias milagrosas? ¿Existe acaso algo semejante a eso, en la realidad de nuestras vidas cotidianas? En ocasiones sí: un Mozart, un Picasso, un Cortázar... Pero son apenas tres ejemplos dentro de un listado que, por las razones que ya han sido dichas y otras que seguramente se han omitido, no resulta posible realizar aquí de un modo exhaustivo.

En todo caso, puede anotar sus propios ejemplos, aquí:

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