jueves, febrero 03, 2011

La condena de un buen título

Aunque la jornada no se prestaba para tales observaciones, por esas cosas que tiene la vida que cada tanto tiñe algunos tiempos de un tinte sombrío, al pasar frente al kiosco de revistas algo hizo que mi mirada se detuviera un segundo en la portada de aquel libro, despertando mi justa indignación.

Para quien no lo conozca, Oliver Wolf Sacks es un destacado neurólogo británico, nacido en 1933, autor de importantes libros sobre su especialidad, encauzados en una tradición estilística sobre la cual también abundó Sigmund Freud, por la cual el autor narra historias de casos clínicos puntuales a través de un estilo más cercano a una crónica de corte literario que a un estudio médico.

Sacks describe sus casos con un lenguaje llano, poniendo especial atención en las experiencias de sus pacientes y añadiendo comentarios relativos al modo en que estos han conseguido adaptarse a sus respectivos contextos.

En el que seguramente es su libro más conocido, Sacks describe males como el síndrome de Tourette, el Parkinson o una rara enfermedad conocida como agnosia visual, por la cual una persona logra distinguir ciertas formas geométricas, pero no fisonomías. El capítulo dedicado a esta curiosa dolencia lleva un título no menos curioso: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Sin embargo, la cuestión no deja de ser descriptiva, pues se cuenta que la esposa del pobre hombre, consciente de que éste no era capaz de distinguirla entre otras personas por su rostro, resolvió la cuestión de un modo pragmático: comenzó a usar unos rarísimos sombreros, cuyas formas el marido sí era capaz de reconocer. Y dado que nadie más se atrevía a los esperpentos que ella se ponía sobre la cabeza, hubo cierta garantía en cuanto a que el hombre podría reconocerla donde fuera que estuviesen, incluso en medio de una multitud.

Que el relato tenía cierto interés literario parece cosa juzgada, desde el momento en que el compositor Michael Nyman hizo una ópera sobre el tema en 1987. Pero de allí a que alguien cometa el dislate de publicar este libro bajo el título de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y otros cuentos (sic), como si Sacks fuese un cuentista en vez de un profesional médico, realmente es otro cantar. ¿Quién fue el culpable de un desliz tan grosero? ¿Qué destino habrán tenido los correctores y el editor del material? ¿Habrá habido fe de erratas, pedidos de disculpa, alguna reprimenda ejemplar? ¿O será hoy todo tan mediocre que el error, pese a lo grueso, habrá terminado pasando sin mayor pena ni gloria?

Así y todo es justo reconocer que el título en cuestión resulta ideal para un cuento. Lo mismo que Un antropólogo en Marte, La isla de los ciegos al color, Veo una voz o Recuerdos de un químico precoz, que son otros títulos de libros y ensayos de Sacks. Pero si hasta Migraña podría ser, perfectamente, el título de una novela o de una película hollywoodense. ¿No son acaso estos magnificos títulos de Sacks una invitación al error?

A decir verdad, el episodio me dio vergüenza ajena. En parte por mi relación con el mundo editorial, en parte por haber citado más de una vez los casos de Sacks en mis clases en la facultad. Pero también me dará material para hablar, en mi próximo taller de escritura, acerca de la importancia de encontrar buenos títulos. Aunque el corolario sea que esos buenos títulos tanto podrán llegar a ser el punto de apoyo del texto, como su condena.


domingo, enero 30, 2011

Tristeza nao tem fim, felicidade sim.

viernes, enero 21, 2011

Las tres preguntas (Mea culpa)

Somos seres errantes. Cualquier lugar en el mundo puede llegar a ser el nuestro, pero al mismo tiempo ninguno parece serlo verdaderamente. Somos unos eternos desconocidos, no solamente para los demás sino también, lo cual seguramente es más relevante, para nosotros mismos. De allí que esas tres magníficas preguntas, dignas de ser planteadas en una encrucijada cualquiera por una aparición o por una esfinge, carezcan de una respuesta precisa: de dónde venimos, quiénes somos, hacia dónde nos dirigimos. Propuestas así, de un modo tan simple, parece mentira que no podamos resolver estas intrigas. Y sin embargo así es precisamente como son las cosas.

Por eso suelo decirme que la vida resulta, en cierto sentido, no necesariamente una herida absurda, como asegura el tango, pero sí un juego que carece de toda lógica. O mejor dicho, a fin de procurar ser lo más justos que se pueda: tal vez sí tenga una lógica, un determinado sentido; es más, nuestro sentido común y nuestra esperanza nos llevan a creer que seguramente debe tenerlo. Pero nosotros lo desconocemos. Somos arrojados a este juego, y obligados a jugarlo, sin que nadie se tome el trabajo de darnos a conocer sus objetivos, y ni siquiera cuáles son sus reglas. Y así es como finalmente jugamos, de un modo inevitable, sin terminar nunca de saber si lo hacemos bien o si lo hacemos mal.

Se diría que se trata de un absurdo. Realizar algo sin tener la menor idea de cómo ha de hacerse. Y sin embargo, convicciones aparte, es el único modo en que llegamos a vivir. Cierto es que hay quienes por propia voluntad dejan de preguntarse por estas cuestiones. Pues si finalmente se trata de preguntas sin respuesta, no deja de ser razonable dejar de lado el desafío de resolverlas. Pero ni siquiera podemos tener la certeza de que de este modo no estemos abandonando el desafío demasiado pronto, no por imposibilidad sino por falta de empeño. Tal vez por eso algunos no logramos dejar el problema de lado. Y así vamos viviendo, también, sin saber cómo hacerlo. Acusados, por supuesto, tanto por los demás como por nosotros mismos, de hacer las cosas del modo incorrecto.

jueves, enero 20, 2011

Viajar livianos...

Ser desapegados no significa que no podamos disfrutar de nada, o que no podamos disfrutar de estar con alguien. Más bien esta idea se refiere al hecho de que aferrarnos fuertemente a algo o alguien nos causará a la larga un malestar. Porque si nos volvemos dependientes de ese objeto o de esa persona pensaremos: "Si lo pierdo, o nunca lo obtengo, entonces seré miserable". El desapego, en cambio, significa: "Si obtengo aquello que deseo o que me gusta, será bueno; si no la obtengo, de todos modos estaré bien; no será el fin del mundo".

El pensamiento es atribuido al Dalai Lama. Y nos enseña el verdadero sentido de la idea de viajar por la vida livianos.

martes, enero 18, 2011

El desafío de ser uno mismo

Dice Erich Fromm en El arte de amar, hablando de la sociedad occidental contemporánea, que cuando una persona se integra a un grupo, confundiéndose a la larga con él, en general lo hace para superar cierta sensación de aislamiento y soledad en la cual se encuentra sumido.

Señala Fromm: "Se trata de una unión en la cual el ser individual en gran medida desaparece. Su finalidad es la pertenencia al rebaño. Si soy como todos los demás, si no tengo sentimientos o pensamientos que me hagan diferente, si me adapto a las costumbres, las ropas, las ideas, al patrón del grupo, estoy salvado. Salvado de la temible experiencia de la soledad."

Curiosamente, Pierre Bourdieu dice en definitiva lo mismo respecto de las élites, sólo que en este caso quien se identifica lo hace respecto de una diferencia. Para que se comprenda: me identifico con la diferencia que nos separa, a mí y a unos pocos más, de ese gran rebaño del cual recién nos hablaba Fromm.

En este punto no puedo menos que preguntarme por qué razón será que nos resulta tan difícil ser simplemente nosotros mismos...

lunes, enero 17, 2011

La Era de la (des)Información

Una empresa llamada Pingdom, dedicada a analizar el tráfico en Internet, acaba de dar a conocer algunas cifras que, aunque pronto serán obsoletas, apenas transcurra ese plazo cada vez más efímero que llamamos actualidad, aún pueden considerarse interesantes.

Esta empresa señala, por ejemplo, que en junio de 2010 había 600 millones de usuarios de Facebook, contados entre los 1.970 millones de personas que navegan por Internet.

También destaca que al día de hoy existen unos 255 millones de páginas web y 152 millones de blogs, en cierto modo similares a éste que usted está leyendo ahora mismo.

La pregunta es inevitable: ¿Para qué seguir escribiendo cualquier cosa en este lugar, entonces? ¿Qué fortuna o azar hará que alguien se tope con estas palabras, perdidas como la proverbial aguja en el cada vez más gigantesco pajar virtual que es Internet?

Así es la Era de la (des)Información en la cual vivimos.

Jamás antes hubo, en toda la historia de la humanidad, tanta información disponible, un tráfico mayor de mensajes, una conectividad tan eficiente. Pero tampoco tanta vacuidad. El exceso nos ha empujado al vacío. Creemos saber qué piensa alguien que está del otro lado del mundo por haber visto su Facebook, pero no conocemos a quien vive al lado de nuestra propia casa.

Estamos en la Era de la (in)Comunicación.

Y otro dato revelador, que sirve de metáfora para terminar de entender este tiempo que nos ha tocado en suerte: Existen 2.900 millones de cuentas de correo electrónico en el mundo. Cada día se envía un promedio de 294.000 millones de mensajes. Pero de esta tremenda cantidad de mensajes, un 89% es correo basura.

viernes, enero 14, 2011

Una cita sobre el absurdo

"Lo absurdo de algo, cualquier cosa que sea, no es prueba suficiente en contra de su existencia", escribió alguna vez, según parece, Friedrich Nietzche.

miércoles, enero 12, 2011

La naturaleza de la verdad (II)

Hace un par de meses, en noviembre del año pasado, encontré una historia oriental, sumamente instructiva, que volqué en este mismo blog, relativa a la evasiva naturaleza de la verdad. Poco después me topé con un libro de Jaime Barylko, El aprendizaje de la libertad, en el cual aparece otra fábula, en este caso de raigambre judía, que nos habla de lo mismo. Porque no tiene desperdicio, también quise dejarla reproducida aquí:

Erase una vez un rabino que atendía los pleitos de la gente de su comunidad. Un día fue visitado por Salomón:
- Tengo un pleito contra Moisés -le dijo.

El rabino escuchó todas las argumentaciones y dictaminó:
- Tienes razón.

Luego vino Moisés y pleiteó contra Salomón. Escuchó el rabino atentamente y por fin se expidió:
- Tienes razón.

La mujer del rabino, naturalmente curiosa, escuchaba detrás de la puerta. Apareció entonces y reclamó:
- ¿Cómo puede ser que el uno tenga razón y que el otro también tenga razón?

El rabino se hundió en una profunda cavilación. Luego alzó los ojos, miró a su mujer y le dijo:
- ¿Sabes una cosa? Tú también tienes razón.

El fragmento es tan brillante, que me exime -creo yo- de cualquier otro comentario.

martes, enero 11, 2011

Tormenta nocturna

El trueno fue tan brutal que hizo temblar los vidrios de la casa y varias alarmas quedaron sonando allá afuera. Arrancado del sueño, lo primero que atiné a pensar es que así deberían sentirse las bombas en aquellas zonas donde la guerra hace estragos. Seguramente algo habrá tenido que ver, en relación a esta idea, la lectura de La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, pues justo unas horas antes había llegado al punto en que el ejército republicano del Brasil cañonea las aldeas de Canudos, plagadas de hambrientos revolucionarios.

Me levanté para verificar que todo estuviese en orden, la computadora apagada, las ventanas cerradas, cada cosa en su sitio. No hubiese sido la primera vez que una descarga estropeaba un electrodoméstico, o una tormenta repentina anegaba algún rincón de la casa. Cada tanto el cielo se iluminaba de repente, anticipando un nuevo trueno. Fui hasta la habitación de mi hija, que había encendido la luz. Al verme me pidió un poco de agua, y mientras la tomaba pareció sorprenderse cuando le comenté que aquel trueno, ese que me había despertado, me había causado un susto enorme y me había dejado inquieto. Más tarde comprendí que la sorpresa no tenía que ver con el susto, ni con la intranquilidad, tanto como con la confesión: he allí ese adulto temeroso de una tormenta, de un sueño intranquilo, inseguro ante las cosas del mundo, pero capaz al mismo tiempo de confesarlo. En cierto punto es valiente quien se atreve a declararse temeroso, curiosa paradoja.

Me dí cuenta entonces que no está mal tener miedo, pero sí reconocerlo, dejar que las gentes se enteren. Es que tener miedo es mostrar una debilidad. Quien tiene miedo es vulnerable. Y no es bueno, por no ser sabio ni prudente, que los demás conozcan nuestros puntos débiles. Esto es al menos lo que nos dice nuestro sentido común. Aunque lo dicho habla, en realidad, de una concepción determinada del mundo, dentro de la cual el otro es visto como un potencial enemigo, capaz de aprovecharse de nosotros, talones de Aquiles mediante.

Y sin embargo, reconocerse débil es también una de las formas más curiosas de la fortaleza. Es valiente quien se expone, incluso a sabiendas de que así se arriesga ante los demás. El secreto consiste, en todo caso, en saber en qué casos mostrarnos tal cual somos, y en qué casos ocultarlo, para seguir mostrándonos con los habituales disfraces con que solemos cubrirnos, para que los demás no nos descubran tal cual somos.

Pues bien, lo único que se me ocurre decirte, hija mía, es que allí donde hay amor, ni la vergüenza ni el miedo deberían tener sentido.

lunes, enero 10, 2011

María Elena











Nació un 1° de febrero de 1930 en Ramos Mejía. Se autodefinía como aspirante a nieta de Lewis Carroll. Creció en un caserón grande, con patios y gallinero, rodeada por un pomerania negro, rosales, gatos, limoneros, naranjos y una higuera cómoda sobre cuyas ramas leía durante la siesta libros como Los tres mosqueteros, Robinson Crusoe y La cabaña del Tío Tom. Más tarde escribirá poemas y compondrá canciones que trascenderán sus propios límites. Algunas de sus creaciones fueron dirigidas a los niños, otras a los adultos. Unas y otras marcaron profundamente a varias generaciones de argentinos. Hoy María Elena Walsh es esto: un sinúmero de recuerdos.

María Elena, ¿hoy el mundo se encuentra del derecho o del revés? Esta fue una de las preguntas que pude hacerle alguna vez, en medio de una entrevista que tuve la suerte de poder realizar con ella para Revista Clásica, en 1998.

Del revés ha estado siempre -me respondió. Y eso no ha variado para nada. Algunas pocas cosas han quedado del derecho, sin embargo. Y luego, para ejemplificarlo, me siguió hablando de la música, que era una de sus más grandes pasiones.

Será ley de la vida, esto de la inevitabilidad de la muerte. Pero hoy no puedo dejar de sentir que hay algo más del revés en el mundo, y tiene que ver con esta nueva ausencia, la de María Elena Walsh, que se suma a otras ausencias, todas esas que de a poco nos van acercando, en definitiva, a nuestro propio estar ausentes.

Será también por eso que nos duele.

domingo, enero 09, 2011

Fracasos y victorias

Es un disco extraño; no podría terminar de decir si musicalmente es bueno o malo, pero tiene algo que me atrae, que me gusta. También es extraño el modo en que llegó este disco a mis manos: lo encontré tirado en un cesto de basura. Estas cosas suceden cuando uno trabaja en una radio. Para ser sincero, es muy frecuente que lleguen cosas que en verdad no merecen otro destino que el ser arrojadas a la basura, tan escaso es el talento con el que están hechas. A veces se hace justicia; otras, discos que apenas merecerían formar parte de un relleno sanitario terminan siendo puestos en el aire. Pero también sucede que en ciertas ocasiones un disco llega a la basura por error. Valga entonces su rescate.

No diremos de quién es el disco en cuestión. No vale la pena hacerlo. Sí diremos en cambio su título, que es una sola palabra, casi una broma del destino, pues el disco se llama así: Fracaso.

¿No resulta interesante y hasta pintoresco que un disco titulado Fracaso termine en un tacho de basura cualquiera? ¿No es sin embargo una modesta victoria el que alguien lo rescate de allí para valorar algunos de sus méritos?

Rescatemos entonces también, para ser coherentes y justos, la frase de Sir William Sheppard Campell que ha sido consignada en la parte posterior del diseño gráfico de este álbum. Vale la pena hacerlo, sobre todo por aquello que pueda tener de docente por fuera de la anécdota. Dice así: "Victoria es, a veces, atreverse al fracaso en búsqueda de una voz propia."

Y como quien dice voz propia también dice vida propia, la frase será aplicable a cualquier persona que un día decida arriesgarse a fallar, por ser éste el único modo de llegar a aprender si acaso no estará allí la respuesta buscada, por más que luego se revele que no, que no estaba allí, acaso en otra parte.

jueves, enero 06, 2011

Literatura infantil

Los rótulos algunas veces pueden servir como guías. Sin embargo, casi siempre su papel principal parece ser el de generar confusiones. Esta regla tiene validez universal, y por ello el buen criterio debería aconsejarnos evitar los rótulos siempre que ello sea posible. Sobre todo cuando se trata de cosas tan inasibles como, por ejemplo, el arte. Pero ya se sabe: el sentido común es el menos común de los sentidos, y es así como nos convertimos, por hábito o por convicción, en pertinaces maestros de las clasificaciones.

Hablar de literatura infantil supone una torpeza: salvo que hablemos de relatos gestados y escritos por los propios infantes, lo correcto sería decir literatura para niños. Pero esto también es relativo. ¿Quién dice que tal o cual libro sea o deba ser necesariamente para chicos o para adultos? Ya están allí de nuevo presentes las categorías y los rótulos.

Alguien le regaló a mi hija, de trece años, un supuesto clásico de la literatura para niños titulado La historia interminable, obra escrita por Michael Ende en 1979. Lo de supuesto no alude, por supuesto, a la categorización de clásico, sino a la de literatura para niños.

Leo, por ejemplo, en las primeras páginas de este bellísimo libro:

Las pasiones humanas son un misterio, y a los niños les pasa lo mismo que a los mayores. Los que se dejan llevar por ellas no pueden explicárselas, y los que no las han vivido no pueden comprenderlas. Hay hombres que se juegan la vida para subir a una montaña. Nadie, ni siquiera ellos, puede explicar realmente para qué.

No creo que sea necesario realizar mayores comentarios sobre este párrafo. Pero sí quisiera dejar sentadas, tomadas más adelante del mismo libro, estas otras palabras:

Se puede estar realmente convencido de querer algo, quizás durante años, si se sabe que el deseo es irrealizable. Pero si de pronto se encuentra uno ante la posibilidad de que ese deseo ideal se convierta en realidad, sólo se desea una cosa: NO HABERLO DESEADO.

Seguramente la elección de estos dos breves párrafos no sea arbitraria. Aunque lo cierto es que reparé en ellos en otro momento, en otras circunstancias. Tal vez, si hoy volviera a leer este mismo libro, me detendría en otras páginas, en otras frases. Respeto no obstante aquella selección. Y si rescato estos pasajes precisamente hoy, que es Día de Reyes, es porque de pronto siento la necesidad de reivindicar esa fantasía que algunos insisten en relacionar con el mundo de lo infantil, como si los adultos necesariamente hubiésemos perdido la capacidad de gozar y crecer imaginando imposibles.

miércoles, enero 05, 2011

Historias como espejos

Hay gente que se dedica a contar historias. Del mismo modo en que hay quienes se dedican a volcar sus ideas, más o menos lúcidas, en blogs parecidos a éste. Pero quien más, quien menos, todas las personas ceden en algún momento a la recurrente tentación de contarle a otras, que oficiarán de testigos, diferentes relatos, en los cuales cada uno de estos narradores ocupará, muchas veces secretamente, el lugar de los protagonistas principales.

Cada tanto tenemos esta necesidad: la de contar una historia que nos describa. Compartimos así con el mundo nuestras angustias, nuestros temores más íntimos, nuestras frustraciones y nuestras esperanzas. Plasmando nuestros deseos en palabras, lo que pretendemos es convertirlos en algo tangible. Convirtiendo nuestros miedos en palabras, lo que pretendemos es exorcisarlos.

Sucede algo interesante: durante todo el tiempo en que estamos contando estas historias, la realidad y la ficción en cierto punto se confunden. Experimentamos una miseriosa satisfacción cuando el personaje del relato que narramos, o el de la historia que nos es narrada, que en definitiva es otra forma de lo mismo, consigue por ejemplo besar a la chica de sus sueños, como si el logro fuese nuestro. Del mismo modo, la angustia que nos carcomía antes de que la historia fuese puesta en juego parece desvanecerse, como por arte de magia. Y es que durante la vigencia del relato, quien está triste, angustiado, frustrado, no es el narrador, sino el personaje.

Para eso es que contamos historias, que en el fondo siempre son nuestras propias historias: para sentirnos mejor. En tanto dura el relato la angustia desaparece, o por lo menos se transfiere a ese personaje imaginario que somos nosotros mismos reflejados en el espejo del lenguaje. También nos regodeamos con los logros de ese ser ficticio, que sin embargo es al mismo tiempo una expresión de nosotros mismos. En ciertas ocasiones estas dos dimensiones se confunden de un modo tal que el narrador ya no sabe quién es él realmente, y quien el personaje de su relato. Narrador y personaje, personaje y narrador, ambos se confunden; los límites entre uno y otro se difuminan por completo. Algunos consideran esto como una patología. Otros ven en lo mismo una manifestación poética.

Alguna vez uno de los más grandes poetas y músicos argentinos, Gustavo Cuchi Leguizamón, compuso una zamba a la que tituló Me voy quedando ciego. Al Cuchi le habian diagnosticado cataratas. Y durante un tiempo llegó a perder la vista, hasta que una milagrosa operación logró revertir el proceso. Fue un tiempo antes de esta operación que el Cuchi compuso esta zamba. Y cuando más tarde la tocara en público, humildemente explicaría su cometido: "Una vez me tocó quedarme ciego, mientras esperaba la operación de cataratas que me hicieron después. Por supuesto, andaba yo más triste que perro que perdió el dueño. Y se me ocurrió componer esta zamba. Para que fuese la zamba la que anduviera triste, y no yo."

Por todas estas cosas es que uno cuenta y se cuenta historias. Todos lo hacemos. La diferencia es que algunos logran separar mejor la ficción de la realidad. Los otros son los locos. Y los poetas. A veces, como si de un narrador y sus personajes se tratara, resulta definitivamente muy difícil distinguir a unos de otros.

lunes, enero 03, 2011

La elusiva lucidez

Cada vez que comienza un nuevo año, plantearse proyectos y buenas intenciones resulta una costumbre casi inevitable. Por más que uno pretenda mantenerse al margen de semejante tentación ella aparece, tal vez como un reflejo del entusiasmo general. Más allá, ni hace falta decirlo, de que el referido entusiasmo suele ser tan general como inconstante, de que del dicho al hecho hay largo trecho, y de que solamente el tiempo podrá decidir más tarde si tantas buenas intenciones habrán de quedar o no en ser algo más que eso.

Lo cierto es que me he propuesto para este año dedicarle un poco más de tiempo a la actividad de escribir. ¿Escribir qué? Eso no lo tengo todavía del todo claro. Siempre hay cartas pendientes, reflexiones que es necesario materializar de algún modo (para el caso de que las palabras sean algo material), pensamientos de otras personas con los que uno se topa y de los cuales conviene llevar registro (que no se debe confiar nunca demasiado en la memoria). Pero es posible que esta cuestión ni siquiera interese tanto. El que las frases, los temas, los argumentos, vayan surgiendo por sí solos, parece ser parte del desafío. Hay otra pregunta cuya respuesta podría acaso tener mayor interés: ¿escribir para qué? Nótese que ni siquiera se plantea la tradicional cuestión del para quién se escribe, que dejamos pendiente para otra ocasión, sino la utilidad, la finalidad misma del acto de la escritura.

Escribir. ¿Para qué? Ciertamente no será con un fin meramente distractivo. Tampoco será para obtener fama, ni para impresionar a ninguna persona. Tal vez podría justificar este acto como una ingenua tentativa por dejar detrás de mí una huella, pero es probable que semejante pretensión no tenga demasiado sustento. En este punto la tentación de preguntarnos para qué escriben quienes han hecho de la escritura un modo de vida es grande, pero en este caso sí lograremos resistirnos. No se trata de los demás, sino de este caso en particular. Entonces termino por confesarme que en el fondo de esta práctica hay un intento por aferrarme a una lucidez que reconozco, de un tiempo a esta parte, cada vez más elusiva.

No obstante la verdad de esto que acabo de escribir, me siento en la obligación de aclarar que ello no implica necesariamente un deterioro progresivo de mis facultades. Tal vez se trate, de hecho, precisamente de lo contrario. La lucidez siempre ha sido algo elusivo. Y no puede ser sino un rasgo de lucidez el darnos debida cuenta de ello.

viernes, diciembre 31, 2010

2010 - 2011

Otro año que llega a su fin. Por supuesto, el conteo es siempre arbitrario, quién dice aquí termina un año y comienza el otro, o cómo es posible que en China ya sea 2011 y en cambio aquí, en este olvidado rincón del sur, la gente todavía se apure para llegar a sus casas, como si en eso se les fuera la vida, sólo para esperar luego a que el reloj marque las 00:00, un año se terminó, comienza el otro. ¿Todo cambia para que nada cambie? ¿O todo cambio depende de nosotros? Cambia, todo cambia. Al margen de los calendarios. Es crecer, por supuesto. Aunque también sea ir despidiéndose de a poco de estos cielos, de estos mares, de estas tierras, de este mundo.

Siempre me llamó la atención la ceremonia de espera de la medianoche, de esa frontera tan invisible como fugaz que separa la nochevieja del año nuevo. Las discusiones por ver si el reloj de tal o de cual pariente está debidamente puesto en hora, no sea que festejemos en falso, un minuto antes o uno después de que sea el momento adecuado, o fuera de la perfecta y esperada sincronía. Entonces, una vez más, es mi maestro Saramago quien me ilustra sobre la cuestión, en todas partes sucede más o menos lo mismo, y esto es lo que ocurre, por ejemplo, durante la noche de un fin de año de 1935, la impaciente espera por un nuevo 1936, en Portugal:

...Faltan cuatro minutos para la medianoche, ay la volubilidad de los hombres, tan cuidadosos del poco tiempo que tienen para vivir, siempre quejándose de que la vida es corta, que deja sólo en la memoria un blanco son de espuma, e impacientes aquí porque pasen los minutos, tan grande es el poder de la esperanza.

La esperanza. Siempre recuerdo con una incierta melancolía aquella ácida sentencia que comienza por reconocer, acorde al dicho popular, que es verdad que el tiempo es un excelente maestro... Pero sólo para añadir enseguida que, sin embargo, este maestro tiene una pésima costumbre, que es la de terminar matando indefectiblemente a sus alumnos. Así es como el tiempo viene a ser nuestro equivalente cotidiano del mitológico dios Saturno, aquel que se alimentaba con la carne de sus propios hijos.

Pero hemos escrito esperanza. Y esperanza tiene que ver con espera. Vale decir, con el paso del tiempo. La paradoja es así evidente: esperamos lo mejor y lo más temido en el mismo horizonte. El inicio de un nuevo y mejor tiempo en la misma dirección en que se halla el final de los tiempos. De los tiempos propios al menos. O de todos, tal vez, que tanto no sabemos.

Y aunque sea mentira que uno siempre espera lo mejor, por pura perversión a veces, y otras simplemente porque resulta difícil saber qué cosa será mejor que otra hasta tanto el propio tiempo nos demuestre lo que deba venir a demostrarnos al respecto, también es verdad que en medio de estas incongruencias, tan propiamente humanas, se abren a veces ciertos marcos de esperanza.

Que crea quien pueda. Que a mí por lo general me costaría trabajo. Después de todo, la esperanza también estaba en su momento allí, adentro de la caja de Pandora. Claro que entonces aparece el dicho, listo para explicar el aparente malentendido: no hay mal que por bien no venga. ¿Será así?... Ya se verá. En cualquier caso, esta vez me dispongo a recibir el futuro con esperanza. Razones no me faltan. Ya el tiempo se dedicará más tarde a hacer eso que tan bien sabe hacer. Mientras tanto, mi presente está revestido con esa tonta fe que, según dicen, puede a veces mover montañas.

martes, diciembre 21, 2010

La felicidad de los otros


El niño tiene entre sus manos un pequeño auto de juguete que le han obsequiado. No se trata de un juguete cualquiera: colorido, lustroso, flamante, por el modo en que el niño juega con él estaríamos tentados de decir que es el auto de juguete que cualquier chico desearía tener.

Cerca hay un segundo niño, que mira la escena con sumo interés. Aunque en realidad no mira la escena: sus ojos son solamente para el auto de juguete. Finalmente se decide, se acerca hasta el dueño del mágico objeto y le dice algo.

Hay un instante de indefinición. El tiempo parece detenerse. Ahora el primero de los niños ha dejado de jugar y mide con la mirada a su interlocutor. Tal vez sea su amigo, aunque también puede que se trate apenas de un compañero de juegos ocasional. En cualquier caso, una sombra de duda atraviesa su rostro. Pero finalmente confía y cede: con mucho cuidado, el dueño del juguete lo deposita, junto con su confianza, en las manos del segundo niño.

Antes de que llegue a transcurrir un minuto, si el reloj no nos engaña, el auto de juguete estará roto. Es curioso: en verdad lo importante para el segundo niño no fue tener lo que el otro tenía, sino que el otro no tuviese, siendo que tampoco tenía él. En otras palabras, no era el deleite propio el objetivo, sino la nivelación: si yo no tengo, tampoco tendrás tú, si yo no puedo ser feliz, tampoco serás feliz tú.

Incluso sin saberlo, el segundo niño acaba de cometer su primer crimen. Otros llegarán, inevitablemente, más temprano que tarde.

domingo, diciembre 12, 2010

Razones para descansar

El guerrero japonés fue apresado por sus enemigos y encerrado en un calabozo. Aquella noche no podía conciliar el sueño, pues estaba convencido de que a la mañana siguiente habrían de torturarlo cruelmente. Entonces recordó las palabras de su maestro zen:

- El mañana no es real. La única realidad es el presente.

De modo que volvió al presente... y se quedó dormido.

Bonita anécdota, que me regala una estudiante en su último parcial, y que me convence de que el momento que perdemos tontamente en el presente no logrará hacernos sentir mejor por la mañana.

miércoles, diciembre 08, 2010

Lucía

Ella se llama Lucía. Curiosa, hace algunos años le preguntó a su padre el porqué de tal nombre. Su progenitor, solícito a la vez que escueto, le explicó que ella había sido bautizada así gracias al influjo de cierta canción. Alcanzó esta explicación para que Lucía sintiera, durante un cierto tiempo, que su nombre remitía inevitablemente a un cielo salpicado de diamantes, tal como había sido plasmado por la imaginación y la pluma de John Lennon.

Grande fue la desilusión de esta muchacha cuando años más tarde y casi de casualidad vino a enterarse que nada tenían que ver Lennon, la Banda de los Corazones Solitarios del Sargento Pimienta ni el tema Lucy in the sky with diamonds con la elección de sus padres. Lo cierto es que ellos habían elegido su nombre fascinados por una canción titulada Lucía, de un tal Joan Manuel Serrat.

En ese momento supo Lucía, incluso sin saberlo en tales términos, que su nombre no era más que una representación falaz, como tantas otras. Y además supo que su derecho a tener su propia representación había estado siempre en manos de otras personas.

Uno jamás es quien realmente es, sino lo que logra hacer con eso que los demás hacen de sí mismo (Jean Paul Sartre dixit...)

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P.S.: Hablando de Sartre, alguien me hace llegar la siguiente sentencia, atribuida al pensador francés:

"Las palabras hacen estragos cuando encuentran un nombre para lo que hasta entonces ha vivido innominado."

Dejo la frase anotada aquí, porque creo que valdrá la pena detenerse a reflexionar en algún momento sobre el particular. Por de pronto, digamos que las personas son por naturaleza innominadas, hasta que alguien viene a decirnos que nos llamamos de tal o cual modo.

sábado, noviembre 20, 2010

La naturaleza de la verdad


Mi colega Abel Vera Hidalgo publica en su blog una leyenda oriental que pretende echar un poco de luz sobre la cuestión de la naturaleza de la verdad. ¿De qué cosas puede decirse que tengan correspondencia o no con la verdad? De eso se trata.

Dice esta leyenda que cierta vez un sultán decidió que obligaría a la gente a decir la verdad. A la ciudad se entraba por un puente, de modo que levantó allí un patíbulo y al lado hizo colocar un cartel bien visible que advertía:

“Todo aquel que pretenda entrar será interrogado. Si dice la verdad, se le permitirá la entrada. Si miente, será colgado.”
A la mañana siguiente la ciudad abrió sus puertas. El capitán de la guardia se apostó junto al patíbulo con un escuadrón y comenzó a interrogar a todo aquel que pretendiese entrar. Al llegar el turno de Nasrudin, le preguntó:

— ¿Para qué viene usted a la ciudad?
— Vengo aquí para ser colgado —respondió Nasrudin.
— ¡Está usted mintiendo!, exclamó el capitán.
— Muy bien, si he mentido, ¡cuélgueme!
— Pero si lo cuelgo por haber mentido, habré hecho que lo que usted dijo sea cierto...
— Así es. Ahora ya conoce cuál es la naturaleza de la verdad.

martes, noviembre 16, 2010

Calma

Enseña Lin Yutang que, además del noble arte de hacer cosas, también existe el nombre arte de dejar ciertas cosas sin hacer.

La sabiduría vital -explica- consiste en la eliminación de aquellas cosas que no son esenciales.

lunes, noviembre 15, 2010

Simone de Beauvoir


Encuentro en Facebook esta perlita. La mujer que aparece desnuda en la fotografía es nada menos que Simone de Beauvoir. La portada corresponde a una edición de Le Nouvel Observateur, y conmemora el centenario del nacimiento de la pensadora. El comentario que acompaña la imagen en la red social señala que la tapa causó en su hora un gran revuelo feminista, pues se acusó al medio de sexista, por no haber publicado nunca el desnudo de un filósofo varón. Razón no le falta a este argumento, aunque dudo que la gente hubiese comprado con igual entusiasmo una revista en cuya portada hubiese aparecido desnudo Jean Paul Sartre.

Ahora bien, ¿qué es lo que tiene tan de particular esta fotografía? Sin duda, el hecho mismo de tratarse de Simone de Beauvoir. Pareciera que el sentido común se encabritase ante la evidencia de que una pensadora pueda tener un cuerpo, máxime si se trata de un cuerpo atractivo y desnudo. ¿Por qué habrían de ser incompatibles el mundo de la sensualidad y el mundo de las ideas?

De sinrazones como ésta está hecho el mundo. Curiosamente, el mismo día en que encuentro esta fotografía de Beauvoir me entero de que una tal Alexandria Mills, Miss Mundo 2010, enfrenta un escándalo por la difusión de una imagen suya. Mills, quien a diferencia de la francesa no tiene que lidiar con la contradicción entre la carne y la mente, fue la primera estadounidense en llevarse ese título de belleza. Pero al parecer la jovencita tuvo la mala idea de posar desnuda en su baño para que su novio de entonces le tomase una foto, que por supuesto no tardó en llegar a internet. Ahora le quieren quitar su corona. Y no es que el asunto me importe, pero sinceramente no entiendo el problema. ¿No fue elegida esta señorita Miss Mundo precisamente por su cuerpo y no por sus ideas?

Superada en occidente la moral victoriana, el cuerpo continúa siendo en más de un sentido una asignatura pendiente. Ya sea porque lo superficializamos, vaciándolo de todo sentido, o porque lo hacemos desaparecer en el campo de las nuevas tecnologías, o simplemente porque todavía nos ofende.

martes, noviembre 09, 2010

Más sobre el amor 4: Un bello engaño

¿Cuál es el sentido de ese extraño estado de desequilibrio, tanto de la razón como del espíritu, que es el enamoramiento?

Podrían arriesgarse muchas respuestas. Sin embargo, la verdad es que el enamoramiento (Jean Baudrillard afirmaba esto mismo respecto del sexo) no es sino una bella forma biológica del engaño. Porque a través del amor (y lo mismo puede ser aplicado al sexo) logramos olvidar por momentos nuestra miserable condición de mortales. Por eso nos enamoramos, y copulamos, y gracias a eso logramos perpetuar la especie.

Ya sabía yo esto. Pero me gustó la forma en que pude leerlo en el marco de uno de los trabajos sobre el amor que me entregaron mis estudiantes: El ser humano tiene conciencia de su finitud, de que algún día se va a morir. Estar enamorado alivia esa angustia. Por eso creo que uno se enamora para sentirse mejor; porque estar enamorado es algo que nos aleja de la muerte. No es lo mismo pensar en morir solo, que pensar en morir de la mano de la persona a la cual uno ama.

lunes, noviembre 08, 2010

Más sobre el amor 3: Encuesta

Marianela, de 23 años, responde a una encuesta que hemos preparado y que versa sobre el siempre complicado tópico del amor.

Primero le preguntan cómo es eso de andar enamorada, y ella responde que el amor es como estar ciego, que no te importa ninguna otra cosa, y cuenta que cuando él la iba a buscar ella siempre tenía como un dolor de estómago debido a los nervios.

Luego le preguntan qué esperaba ella del otro, en esa relación, y Marianela responde con palabras tales como respeto, diversión, confianza y seguridad.

La siguiente pregunta dice: ¿Qué pasa cuando empezás a conocer realmente a la otra persona?

Marianela responde enseguida, sin pensarlo demasiado: En cuanto comenzás a conocer al otro, cagaste. Te preguntás: ¿Dónde mierda me metí? ¿Cómo no me dí cuenta antes? Y ya nada vuelve a ser igual.

domingo, noviembre 07, 2010

¿Qué se puede esperar de un hombre que ni siquiera escucha música?

Leo en el parcial de una de mis estudiantes algo que no puede ser sino un acto de catarsis: "Creo que hoy fue mi último día de trabajo; sin dudas me echan. Grité más fuerte que el presidente, largué un llanto incontenible y cerré mi discurso con un portazo. Las reglas de urbanidad aconsejan cuidar las formas para que nuestro legajo no sea dado de baja. ¿Usted quiere permanecer en su lugar de trabajo? Pues intelectualice su condición natural y controle al máximo su espontaneidad sensitiva. Si al final de la jornada le duele la nuca es porque hizo bien la tarea."

Me quedo pensando en muchas cosas. Por ejemplo, en cómo sería posible evaluar algo así, aunque en el fondo ese es el menor de mis problemas. Otros no saben cómo evaluarlo, pero yo sí logro ver el enlace con los contenidos de la materia. Hay aquí muchísimo más enlace que en muchos textos de pura teoría.

Pero sigamos leyendo otro poco: "En un intento desesperado por ubicarme en el lugar del empleado anestesiado, el Secretario General sentenció: "¡no servís para nada!", pero lejos de afligirme esa frase me llenó de júbilo, porque el "nada" encierra en realidad un número pequeño de actividades que tienen que ver con servir café, acomodar papeles, mandar mails, prender la estufa de las oficinas... Lo que no sabe el Dr. F. es que son otras las cosas que me importan. No sabe que yo sirvo para hacer teatro, para pintar, escribir poemas o bailar. Entonces me río de su mierdosa situación contemporánea, porque ¿qué se puede esperar de un hombre que ni siquiera escucha música?"

Esta es una de las delicias que tiene la docencia. El aprender siempre cosas; incluso cosas que uno en el fondo ya sabía, pero que se aprenden de nuevo cada vez que alguien más te las repite, como en un juego de magníficos espejos.

sábado, noviembre 06, 2010

Inevitabilidad

Buscando algo en Internet, ya no recuerdo si acerca de los fantasmas, sobre Solón de Atenas o sobre los jabones Sunlight (puede que haya sido en realidad sobre las tres cosas), encuentro un archivo en formato pdf. Recuerdo entonces (en realidad lo recordé un momento más tarde, pero la diferencia no viene al caso) aquella sentencia que asegura que si uno abre un libro en un lugar cualquiera y lee con suficiente atención, es posible que ese libro le diga algo de cierta importancia. Me pregunto entonces si con los libros en formato electrónico sucederá lo mismo. Tal vez sí, acaso no. Pero lo cierto es que luego de abrir el pdf en cuestión y mover al azar la barra de scroll, alcanzo a leer lo que sigue:

Lloraba Solón la muerte de su hijo.

Un amigo se acerca y le dice:

— ¿Por qué lloras, si sabes que es inútil?

— Por eso —contestó Solón. Porque sé que es inútil.

Antes de entrar al blog para dejar consignado este hallazgo, guardé el pdf en una de las carpetas del disco rígido de mi máquina y me prometí conseguir un ejemplar en papel de El libro del fantasma de Alejandro Dolina en cuanto me fuese posible.

jueves, noviembre 04, 2010

Más sobre el amor 2: Lucidez

Ella recuerda de pronto un diálogo amoroso, probablemente no tan lejano en el tiempo, pero de seguro considerado ahora desde un lugar diferente del que habrá tenido en el momento de ser su coprotagonista. Motivada por los azarosos caminos a los cuales suelen conducir las conversaciones extensas, aparentemente ella decidió aquella vez embarcarse en la ardua y vana tarea de intentar explicarle a él lo obvio; vale decir, que ella en realidad no estaba ni siquiera cerca de ser todo eso que él decía ver en su persona.

- Vos podés pensar de vos misma lo que quieras, pero para mí sos lo que yo veo en vos y punto, habría sido la respuesta del muchacho.

Vale decir, una declaración de amor sincera y lúcida como pocas, aunque por ello mismo cabrá dudar en cuanto al efecto que finalmente haya tenido.

"Su representación de mí -señala hoy esta muchacha- era solamente suya y él no tenía ninguna intención de superponerla con la mía." Entonces se pregunta: "Pero, ¿vuelve acaso al sentimiento menos real el hecho de que esté basado en una mera representación?"

Me temo que la respuesta a esta pregunta sea un rotundo NO.

Claro, es necesario tener en cuenta que con el paso del tiempo, que lleva a la transformación del enamoramiento en amor, y luego al amor hacia un cariño mutuo, siempre que los integrantes de la pareja no se aniquilen antes en el intento, las cosas suelen cambiar. O dicho de otro modo: las representaciones se vuelven otras.

Sentencia de todos modos Lucía: Aceptar la imposibilidad de conocer al otro es entregarse a amarlo aceptando el riesgo.

Bonita conclusión, no cabe duda. Yo quise preguntarle qué había pasado finalmente con aquella pareja suya. Pero no me animé a hacerlo y presumo que me quedaré para siempre con la duda.

sábado, octubre 30, 2010

Charles Bukowski

Confesión se titula el poema. Y confesión es la mía: no me gusta la literatura de Bukowski. Jamás me gustó.

Sin embargo (siempre hay un sin embargo), este poema en particular, en el cual Hank llega al final de sus días y reconsidera, entre otras cosas, el siempre problemático asunto del amor, me reconcilia con el poeta maldito. Porque habla de mí. Porque me espeja.

Dice el poema en cuestión:

Esperando a la muerte
como un gato
que quiere saltar sobre la cama.

Compadezco a mi mujer.

Ella tiene que ver este tieso
blanco cuerpo moverse una vez,
y después quizá de nuevo: “¡Hank!”

Hank no quiere responder.

No es mi muerte lo que me preocupa,
es mi mujer sola con este
montón de nada.

Quiero hacerle saber que
aún después de tantas
noches durmiendo a su lado

hasta las inútiles
discusiones fueron cosas
siempre espléndidas

y las difíciles palabras que
siempre temí decir ahora
pueden ser dichas:

Te amo.


Yo no quisiera esperar a la antesala de la muerte para decir estas cosas. Pero me temo que por más que las grite, hasta desgañitarme, esas palabras no habrán de ser escuchadas. O consideradas ciertas. O debidamente comprendidas.

Este es el tipo de cosas que aborrezco del amor.

miércoles, octubre 27, 2010

Metáforas

Según el diccionario de la Real Academia, una metáfora consiste en el traslado del sentido literal de una voz a otro sentido, ahora figurado, en virtud de una comparación tácita. Ofrece algunos ejemplos: Las perlas del rocío; la primavera de la vida... También dice que puede tratarse de la aplicación de una palabra o expresión a un objeto o concepto al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación (con otro objeto o concepto, distinto del primero) y facilitar de este modo su comprensión. Por ejemplo, si uno dice que el átomo es un sistema solar en miniatura.

En definitiva, una metáfora podría definirse entonces como el uso por el cual una cosa pasa a ocupar funcionalmente el lugar de otra, que en realidad es algo diferente.

Pero entonces el problema de la metáfora adquiere un perfil cuasi filosófico, que bien podría plantearse en los siguientes términos: si dos cosas son distintas, pero al mismo tiempo sustituibles en definitiva la una por la otra, ¿hasta qué punto tiene sentido seguir sosteniendo que son cosas diferentes?

Recuerdo en este punto la lección de un maestro que sostenía que esas palabras que alegremente solemos categorizar como sinónimos en realidad jamás significan con exactitud lo mismo unas y otras. Cada palabra tiene un matiz que es único y en todo caso somos nosotros quienes sabemos o no distinguirlo. Pasados tantos años desde aquella clase que todavía recuerdo, hoy yo estaría dispuesto a ir incluso más lejos, para afirmar que una misma palabra, dicha por diferentes personas, tiene sentidos diversos. E incluso una misma expresión, puesta en boca de una misma persona en dos momentos diferentes de su vida, una vez a la mañana y una segunda vez a la noche del mismo día, por ejemplo, quieren decir cosas diferentes.

Pero no quisiera irme de tema: hablábamos de las metáforas. Y el punto es que estamos tan acostumbrados a recurrir a ellas, que no solemos tomar en cuenta que en definitiva las metáforas no son sino una forma más o menos poética del engaño. Pero siempre son un engaño, al fin y al cabo. El futuro no se ubica adelante, ni el pasado está atrás. Estar mal no siempre se relaciona con estar abajo (de lo contrario la gente no haría buceo, ni los amantes se pondrían uno encima del otro), y estar arriba no siempre significa estar mejor (lo sabe cualquier persona atrapada en el piso alto de un edificio durante un incendio). No toda evolución es algo positivo (basta pensar en el triste ejemplo de un tumor). La lista de ejemplos podría extenderse, pero seguramente sería en vano hacerlo.

De todos modos, el engaño más grave que suele generar la metáfora es el que ya se ha venido insinuando desde el primer párrafo de estas líneas: No existe absolutamente ninguna cosa en el mundo que pueda ser cambiada por otra sin más, como si se tratara de lo mismo. Por más que lo pretendamos, nunca nada es lo mismo.

martes, octubre 26, 2010

Más sobre el amor

Otro parcial, y de nuevo el tema del amor. En este caso se trata de una estudiante que descree de la postura de Jean Paul Sartre y de su mirada del amor como una relación bélica. La estudiante dice que lo bélico puede estar, acaso, en el deseo de posesión del otro. Pero plantea la posibilidad de una entrega total, desinteresada y generosa, atravesada por una confianza en la cual nada se oculte, sin vergüenzas ni reproches, marcada por una libertad total.

Le respondo que su mirada es utópica. Que la agresividad latente en cualquier forma del amor reside en la objetivación que los amantes hacen cada uno respecto del otro. Que jamás nadie se enamora de ninguna otra persona, sino apenas de una idea, de una proyección imaginaria que el enamorado caprichosamente construye en torno de lo que el otro supuestamente es. Y la agresión, entonces, reside en el hecho mismo de desconocer e incluso negar la realidad de ese otro, del cual uno dice estar enamorado, reemplazándolo inevitable y egoístamente por esa idea, que en realidad el otro no es.

lunes, octubre 18, 2010

Cuestiones sobre el amor



Cuando leí por primera vez el libro La más bella historia de amor, de Dominique Simonnet, me llamaron la atención varios pasajes que subrayé mentalmente. Hace unas horas, mientras corregía parciales, uno de esos pasajes me tomó por asalto nuevamente, y esta vez cedí a la tentación de dejarlo registrado en esta bitácora.

Dice Simonnet:

"El amor no es democrático, no responde a la justicia ni al mérito. Sigue siendo del orden de la preferencia, vale decir, de la elección indebida de un ser humano en detrimento de otro. ¿Por qué enamorarse de x más que de y?..."

La palabra indebida me provoca, muy a pesar de que sé que está bien aplicada. El punto es que nunca nos enamoramos de la persona correcta, simplemente porque no nos enamoramos de un otro real, sino de una representación imaginaria -y por lo tanto ficticia- que respecto de ese otro establecemos en nuestra conciencia.

Apenas más adelante, y tras hacer una obligada referencia a las complejidades que son propias del amor, la misma estudiante que hace un instante citaba a Simonnet sabiamente acota, con palabras que ya son de su propia cosecha:
"Vale decir entonces que nadie elige a quién amar. Pero lo cierto es que, a pesar de todo, seguimos amando."

Nadie elige a quién amar. Y sin embargo se ama. Aparentemente todo esto forma parte de un enorme, gigantesco malentendido. Un malentendido vital, de todos modos, que entre otras cosas permite que la especie humana continúe floreciendo sobre la faz de la Tierra.

Unos minutos más tarde, ya desde las páginas de otro parcial, un segundo estudiante insiste en ilustrarme sobre estas cuestiones:
"En el amor, los sentimientos son intransferibles, incomunicables, inexplicables. Incluso cuando haya un sentimiento igual por parte de la otra persona, esto ha de seguir siendo así, inevitablemente, desde el momento en que jamás podremos sentir aquello que es sentido por el otro."


(De cosas así están hechas mis clases en la universidad.)

lunes, octubre 11, 2010

Citas para una tesis

Fernando Pessoa escribe acerca de la velocidad... Esa actual velocidad de las cosas. Y llega a la curiosa conclusión de que nuestro tiempo no es precisamente veloz. Sugiere que vivimos, en todo caso, la ilusión de una falsa velocidad:

"La velocidad de los vehículos nos ha quitado la velocidad de nuestras almas. ... Nos movemos muy rápido desde un punto en donde nada se hace hasta otro donde no hay nada que hacer, y llamamos a esto la prisa febril de la vida moderna. Pero no se trata de la fiebre de la prisa, sino de la prisa por la fiebre."


Y luego añade, en una preclara lección acerca de los verdaderos valores de nuestro tiempo:

"Toxicómanos de la velocidad, cartoneros cinematográficos, no admiramos la belleza, sino más bien su traducción. Cualquier calle tiene numerosas muchachas no menos bellas que los rostros cinematográficos. Cualquier oficina expele a la hora del almuerzo jóvenes tan apuestos como los hombres huecos de las pantallas. Estúpidos como una Mary Pickford o un Rodolfo Valentino. ... Cualquier dactilógrafa desviada que se convierta -como lo haría la mayoría, si pudiese- en amante de una estrella de la cinematografía, notará al cabo de una semana que, excepto por su rostro universalmente obvio, la pobre imagen es inferior en toda otra cualidad humana, superficial o no, a la mayoría de los muchachos que rodean a la idealista en su oficina cotidiana."


Y es verdad, así estamos: corriendo todo el tiempo hacia ninguna parte y adorando a los falsos ídolos que nacen y crecen en el seno de nuestra imaginación, mientras la vida real se nos escurre como si fuese arena entre los dedos de una mano.

miércoles, octubre 06, 2010

Días de náusea y furia

Hay un personaje, en una novela escrita por Jean Paul Sartre, que viene a mi mente en este momento. Es un humanista. O por lo menos pretende serlo. Sartre lo describe, en un determinado pasaje de su libro, sentado en una mesa, conversando con otra persona, un discípulo. Hay una mosca dando vueltas. El personaje escucha a su interlocutor en silencio, en aparente calma. Pero en realidad es tal como dice el saber popular: la procesión va por dentro.

En cierto instante la mosca se posa sobre la mesa y entonces el personaje, con un tremendo golpe, decidido, desmedido, absolutamente desproporcionado, la revienta sobre la superficie del mueble, ante la sorpresa de su interlocutor, que del susto casi cae de su silla. El hombre entonces simplemente explica, mientras observa los restos de la mosca que han quedado adheridos a la madera: Acabo de hacerle un favor a este insecto.

No es difícil suponer que acaso este personaje en realidad hubiese querido matar no a esa mosca, en definitiva inocente, sino al estudiante que hablaba con él. O tal vez en el fondo deseaba acabar incluso con su propia existencia. No hay manera de saberlo. Finalmente, se trata sólo de un personaje ficticio. Y sin embargo nos lleva a preguntarnos por qué razón, a veces, un pretendido humanista puede convertirse, de la noche a la mañana, en un criminal en potencia.

Y la única respuesta que encontramos es que acaso no medie tanta distancia, finalmente, entre ambas posibilidades. Quizás la única diferencia, esa que marca la pauta que separa al humanista del criminal, sea un repentino rapto de lucidez.

Y es verdad que acaso valdría la pena aclarar si consideramos que la lucidez está de un lado (el del humanista) o del otro (el del criminal). Sin embargo no lo haremos. Dejamos este detalle en manos de las intenciones de cada lector. Que por otra parte la respuesta a esta pregunta puede cambiar, ya lo hemos dicho, de la mañana a la noche.

miércoles, septiembre 29, 2010

Condenas

Vuelvo a leer el ensayo Eróstrato y la búsqueda de la inmortalidad, de Fernando Pessoa, y me detengo en este pasaje:

"Todo hombre ha contado, al menos, un buen chiste en su vida; pero no por ello es un hombre de ingenio. El chiste fue del momento, no del hombre. Todo hombre ha tenido, aunque sea una vez en la vida, una idea feliz, y no por ello es un pensador. La idea fue del destino, más que propia."

Concuerdo mayormente con el análisis de Pessoa. Pero entonces, precisamente por ello, no puedo menos que preguntarme si el mismo argumento no debería aplicarse a los casos opuestos, considerando ya no los rasgos positivos de ese hombre, sino los negativos.

Todo el mundo ha tenido alguna vez un desliz, un momento infortunado, en algún momento de su vida. ¿Qué hombre no ha cometido alguna vez un crimen? ¿Quién no ha defraudado, a otra persona o a sí mismo? ¿Alcanza con señalar estos hechos aislados, que más fueron del destino que de la propia voluntad, para condenar a una persona? ¿Para declararla culpable? ¿O no deberíamos también aquí considerar que la culpa debe ser adjudicada en buena medida al destino, a la ocasión, más que a una responsabilidad propia?

sábado, septiembre 25, 2010

Happiness Is Only Real When Shared.

(John Christopher McCandless, 1968-1992)

viernes, septiembre 24, 2010

De las disociaciones identitarias

Anoche conversaba, con mis estudiantes de la Universidad, sobre algunas cuestiones vinculadas a la conformación de la identidad de las personas, siempre tan complejas ellas, vale decir nosotros, individuos y sujetos al mismo tiempo. Alguien mencionó los trastornos de bipolaridad y alguien más (tal vez haya sido yo mismo) aludió a los casos de personalidad múltiple. En ambos casos pensé que, más allá de las claras patologías, todos somos en cierto punto bipolares y padecemos también de desórdenes de identidad disociada, entre tantas otras cosas. Que es todo cuestión de gradaciones, pero por favor: que nadie se equivoque pensando que está plenamente sano. No recuerdo qué de entre todas estas cosas las pensé solamente, y cuáles habré llegado a decir en mi clase.

Más tarde, regresando a mi casa, a bordo del tren Sarmiento, Ernesto Sábato me acercaba, desde su obra Hombres y engranajes, una cita de Dostoievski que venía a cuento, porque también habíamos estado hablando de la razón positiva y la deshumanización de la ciencia y la economía: "La razón, caballeros, es una muy buena cosa, eso es indiscutible; pero la razón no es más que la razón y sólo satisface a la capacidad humana de razonar, en tanto que el deseo es la manifestación de la vida entera, es decir, de toda la vida humana, incluyendo la razón y todas las comezones posibles... (...) Reconozco que dos y dos son cuatro es una muy buena cosa, pero de eso a ponerlo por las nubes... ¿Cuánto mejor no es esto de dos y dos son cinco?"

La cita me pareció simpática, por lo mucho que ella tiene de humana. El hombre podrá ser un animal racional, como planteaba Descartes, pero definitivamente no se resuelve solamente en eso. Su naturaleza compleja, incluso contradictoria, es mucho más fuerte que cualquier racionalidad que se le antoje. Como nota al margen, no quiero dejar de consignar aquí que Ortega y Gaset alguna vez dijo (no entiendo cómo se me pasó la oportunidad de citar la famosa frase en medio de mi alocución de anoche) aquello de que cada uno es quien es más su circunstancia. Por lo general esta frase se suele expresar en primera persona: "Yo soy yo y mi circunstancia." Quien habla no es el filósofo español solamente, sino cada uno de nosotros.

Sábato, con la misma lucidez y algunas palabras más, aunque tampoco tantas, señala a su turno: "La lógica vale para los entes estáticos, a los que se puede aplicar el principio de identidad; no para la vida, que es una constante transformación y, por lo tanto, una constante negación."

Seríamos, pues, quienes somos; pero también quienes no somos. Sentencia extraña, por cierto; pero por extraño que parezca comprendí a partir de ella algunas cuestiones vinculadas con estos sindromes de la disociación y la bipolaridad. Para mis adentros me dije, coincidiendo también con alguna otra lectura realizada tiempo atrás sobre la obra de Don Ernesto: Una sola vida no será suficiente.

La disociación identitaria, por ende, al igual que ciertos aparentes trastornos de la personalidad, los repentinos cambios de rumbo de los que a veces somos protagonistas, las marchas y contramarchas, que incluyen no sólo caprichos propios y del destino, sino también los efectos de un necesario aprendizaje, tal vez no sean en el fondo más que diferentes maneras de hacerle frente a la evidencia planteada al final del párrafo anterior.

viernes, septiembre 03, 2010

Necesito algo que funcione como una película de los Hermanos Marx

Dr. Jeckyl y Mr. Hyde

Los dos, el Doctor Jeckyl y el Señor Hyde, yacen derrotados en el fondo oscuro del barranco. Están inmóviles. Apenas sí se los puede escuchar proferir de vez en cuando algún lastimoso gemido, que podría provenir del primero tanto como del segundo. Al compartir ambos un mismo cuerpo, no es casual que la caída estrepitosa de uno de ellos haya arrastrado irremediablemente también al otro. Todavía tienen, los dos, un hálito de vida. El Señor Hyde lo aprovecha para maldecir por lo bajo al Doctor Jeckyl, como si pretendiera responsabilizarlo por el infortunio que padecen ambos. En silencio, el Doctor Jeckyl reflexiona, y se dice que no se ha tratado de mala fortuna, y que el responsable de la caída ha sido su alter ego, el Señor Hyde. Por extraño que parezca, ambos tienen razón. No en vano los dos son, finalmente, una misma persona.

miércoles, septiembre 01, 2010

Fortune cookie

Estiro la mano y alcanzo un disco cualquiera, el que está arriba en el montón. Lo abro como para ver su diseño interno, sin ningún tipo de expectativa, sólo intuyendo quizás que ese gesto logrará distraer por un instante este malestar que hoy, desde hace ya un rato largo, me está torturando; y entonces leo:

El pasado ha huído
y lo que esperas todavía está ausente.
Pero el presente es tuyo.

(Proverbio árabe)


Por un instante creo comprender el sentido de ser de las famosas galletas de la fortuna. Aunque, por supuesto, lo probable es que una vez más me esté equivocando.

lunes, agosto 09, 2010

Distintas facetas de un mismo problema




Visitando el blog de un antiguo conocido, encuentro una entrada que plantea más o menos lo que a continuación se parafrasea:

El problema según Platón:
¿Cómo es posible que con tan pocos elementos sepamos tanto?...

El problema según George Orwell:
¿Cómo es posible que conozcamos tan poco, considerando que disponemos de una evidencia tan amplia?...

El problema según Carl Sagan:
Saber tanto y entender tan poco, constituye una fórmula segura para el desastre.

El problema según Noam Chomsky:
Llegar a saber y entender situaciones antagónicas al bien común, impuestas por los sistemas totalitarios, y no tomar un grado de actividad y responsabilidad ante ellos, es lo mismo que no saber y no haber entendido.

martes, agosto 03, 2010

Día del Niño


Tengo que buscar en Internet, para mi trabajo, imágenes para ilustrar una publicidad del Día del Niño. Busco entonces imágenes de niños felices, imágenes de niños sonrientes, imágenes con niños que resulten de algún modo simpáticas, porque la idea es que quien vea la publicidad en cuestión sepa, con sólo un golpe de vista, que ese día será de celebración, y está muy bien que así sea.

Pero sucede entonces que buscando en Internet, para mi trabajo, imágenes de niños felices y sonrientes, me topo con esta fotografía. Y entonces no puedo seguir buscando. Algo tengo que hacer con esta imagen, que por supuesto no me servirá para la publicidad que debo armar, pero ante la cual no puedo permanecer indiferente. Suspendo entonces lo que estaba haciendo y me detengo a buscar palabras, algo para decir, algo que al menos justifique la inclusión de esta fotografía aquí, pero no se me ocurre nada. La contundencia de la imagen es tal que cualquier comentario que haga saldrá sobrando.

Recuerdo entonces algo que una vez leí en los Cuadernos de Saramago. Un impacto similar, narrado por el autor ante otra imagen cruda, en aquel caso de la guerra, tres personas a punto de ser fusiladas, y toda una relexión acerca del antes, el durante y el después inmediato de los hechos narrados por aquella fotografía. Porque solemos ver las fotos sin verlas en realidad. Nos cuesta comprender que allí, detrás de la imagen, el papel, la luz, los colores, hubo en algún momento una realidad brutalmente real y concreta. ¿Quién será este niño? ¿Tendrá nombre, tendrá padres, tendrá algo parecido a una familia, a un hogar, tendrá alegrías, tendrá esperanzas?... ¿O será sólo desolación, tristeza y hambre? ¿Dónde habrá sido tomada esta imagen, hace cuánto tiempo atrás, qué habrá sido de este niño, donde andará, en qué se habrá convertido o se estará convirtiendo ahora mismo, en algún rincón del mundo? ¿Cuántos como él habrá, en este mismo instante, sin que siquiera nadie los vea ni piense en ellos, pues no tuvieron la dudosa fortuna de haber sido captados por el lente de una máquina fotográfica y subidos luego a Internet?

Confesaba Saramago su pesar ante la certeza de las incontables fotografías que, como ésta o como aquélla, vistas repetidas veces, una detrás de otra, segundo tras segundo, incansablemente, terminarían fatigando de tal manera nuestra sensibilidad que ya ninguna de ellas sería capaz de transmitirnos nada, por más horrorosas que fueran. Y su propuesta, entonces, era centrar la atención en solamente una fotografía, en solamente una imagen, que concentre y resuma de algún modo todo aquello que uno se vea impelido a sentir.

Esta es la imagen que elijo yo, por lo menos hoy. Para recordarme lo mucho que uno tiene, lo mucho que otros necesitan y lo ciegos que solemos estar ante el mundo. Para recordarme que hay niños que pasarán su domingo próximo buscando un mendrugo de pan para engañar al hambre, al mismo tiempo que otras personas sonreirán viendo fotografías donde otros niños sonríen, y hablarán del día del niño como si en el mundo no hubiese otra cosa.

sábado, julio 31, 2010

Medir el tiempo

Los relojes ejercen una particular atracción sobre algunas personas. Es como si esos mecanismos, capaces de medir el paso del tiempo, encerraran alguna especie de magia o de insospechable secreto.

Antiguamente el paso del tiempo se medía por la posición de los astros en el cielo. No es casual, en este sentido, que justo a las 12 del mediodía las agujas de un reloj colocado en posición vertical señalen, precisamente, hacia el sol en su cénit. Más tarde aparecieron los relojes: de arena, de agua, de sol... Los primeros relojes estaban relacionados directamente con el paso del tiempo en el seno de la misma naturaleza. Mucho antes de que a alguien se le ocurriese hablar de la existencia de un "reloj biológico".

Más tarde aparecieron las agujas, trazando con su paso lento una circunferencia que de a poco, y sin que nos diésemos cuenta, nos fue encerrando. Por cierto, los primeros relojes de aguja sólo tenían una, que señalaba la hora. De alguna manera los tiempos eran más lentos, por más que una hora durara entonces lo mismo que hoy. Luego aparecerán el minutero, el segundero, el cronómetro, y todo el mundo comenzará a correr, incluso sin saber muy bien por qué razón ni hacia dónde.

Pero, ¿será definitivamente cierto que una hora dura siempre 60 minutos? Ya Albert Einstein señaló, en algún momento, que el tiempo se comporta a veces de maneras extrañas. Pero también es extraño que 60 minutos sean una hora, 60 segundos un minuto, y que para calcular las fracciones menores al segundo debamos pasar del sistema sexagesimal al decimal, y contar hasta 10 décimas o 100 centésimas para obtener una unidad.

Será por esto que David Chanson, un relojero suizo, propone una nueva manera de medir el tiempo, con una jornada que tenga 20 horas de 100 minutos cada una, en lugar de las 24 de 60 actuales. Dentro de este sistema, cada minuto tendría 100 segundos. Y todo sería mucho más coherente.

Se construyeron algunos relojes que adoptaron esta novedosa manera de medir el tiempo, se vendieron incluso unos cuantos, sobre todo entre coleccionistas de rarezas, pero en definitiva la propuesta no prosperó, por lo menos hasta ahora. Es que la idea tiene su lógica, pero la pragmática que resulta propia de la costumbre es mucho más fuerte. El hombre, se sabe, es un animal de costumbres. Y a nadie le divierte demasiado la idea de ir por el mundo preguntando la hora y no sabiendo si eso que le dicen como respuesta corresponde a un sistema o a otro, y mucho menos pensar en tener que reprogramar todo lo que ya está programado sólo para resolver un entuerto que después de todo tiene un arraigo histórico.

Así las cosas, el tiempo sigue pasando. Como un peso, como una liberación, como una expectativa, como una amenaza, indiferente por completo al modo en que cada uno de nosotros decida medirlo.

miércoles, julio 28, 2010

Hay que ser realmente boludo para



Boludo/a: Dícese de la persona que tiene pocas luces y obra en consecuencia.

A punto de tirar una vieja revista, por esa triste necesidad que a veces tenemos de hacer lugar y poner un poco de orden, me detengo en una columna que más o menos dice:

"Nada es más importante que una boludez. Por una boludez te rajan del trabajo, te meten en cana, te quedás, te casás, decís lo que hubiese sido conveniente callar, callás lo que hubiese sido conveniente decir. En síntesis: por una boludez terminás haciendo muchas boludeces, lo cual en su conjunto se vuelve algo importante. Mucho más si tenemos en cuenta que nuestras existencias están compuestas por un 99% de boludeces."

Rápido repaso entonces del amplísimo catálogo que uno, inevitablemente, carga sobre sus espaldas, con algunas de las incontables boludeces que se han cometido a lo largo de los años, y la evidencia de la flexibilidad de esta palabra, tan argentina ella, para abarcar todo un abanico de posibilidades, que van desde la ingenuidad a la inconsciencia, de la falta de tacto al despropósito.

Y después, ya sobre el final de la columna en cuestión, una suerte de apología de la boludez, que tal es de hecho el título del artículo:

"Por eso, defendamos la boludez como algo importante, algo necesario, para no andar quedando como esos jodidos tipos que creen estar haciendo todo el tiempo cosas importantes, cuando en realidad lo único que hacen son puras boludeces."

Me llama aquí de nuevo la atención la enorme ambigüedad de la palabra, que significa claramente dos cosas diferentes, e incluso antagónicas, en una misma frase; un sentido cuando es puesta al comienzo de la oración, y otro completamente distinto en su final. Una vez comprendido lo cual, resulta posible tomar plena conciencia del verdadero peso de esta sentencia.

¿Cuáles son las cosas verdaderamente importantes? ¿Y qué tan importantes son, por el contrario, esas otras cosas que uno aprende a medida que va creciendo y que se acomodan a un deber ser que muchas veces ignora el sentido de esto que es la vida? No hay boludo más importante que ese que cree estar haciendo cosas que merecen ser tomadas en serio, me digo entonces. Y lo dejo anotado aquí, con el convencimiento de que finalmente el mero acto de dejar constancia de esta verdad no tiene la menor relevancia.

domingo, julio 25, 2010

Qué hacer con un poema

Escribir un poema es cosa relativamente fácil. Alcanza con tener a mano unas cuantas palabras sueltas, y combinarlas luego a través de una repentina brisa inspiradora. ¿Quién no ha escrito alguna vez algún poema? ¿Quién no se ha dejado llevar, para bien o para mal, por la tentación de jugar con las palabras? Finalmente, nadie podrá venir a impugnar qué cosa sea o deje de ser un poema. Y siempre será posible hacer oídos sordos a las críticas de quienes pretendan decirnos que nos falta talento. Bien sabemos que siempre habrá poetas menos talentosos. Y que además la poesía tiene, por lo general, el beneficio de ser inimputable.

El verdadero dilema, cuando de poemas se trata, es qué hacer con ellos después de que han sido escritos. Buenos o malos, inspirados o modestamente mediocres, los poemas, una vez que han sido concluidos, nos interpelan, nos reclaman; se quedan como a la espera de que hagamos algo con ellos. Pero, ¿qué cabría hacer? ¿Compilarlos en un libro que nadie leerá? ¿Publicarlos en un blog? ¿Recitarlos a viva voz parados en una esquina, o en el banco en alguna plaza? Finalmente, el poeta no suele saber siquiera para qué ha escrito eso, con qué fin se ha tomado el trabajo de hilar esas palabras que antes, previo a aquella brisa repentina, se encontraban en el mundo sueltas e inocentes, ajenas a toda intención. ¡Pero si hasta los propios destinatarios de los poemas que se escriben, cuando el poeta los ha escrito pensando en alguien en particular, suelen desentenderse de estas cosas!...

Algo de todo esto se debe haber planteado, seguramente, el poeta estadounidense Craig Czury (n. 1951), cuando ensayó alternativas como ésta:

Escriba un poema.
Póngalo en un sobre.
Diríjalo a Usted Mismo.
Estampíllelo y échelo al buzón.
Cuando el cartero se lo entregue
anote en el sobre:
DEVOLVER AL REMITENTE.


O si no, esta otra:

Escriba un poema sobre la superficie de un barrilete.
Remóntelo todo lo alto que pueda.
Pídale luego a algún curioso
que lo sostenga por un minuto nada más,
que usted debe ir al baño con urgencia,
que volverá inmediatamente.
No regrese nunca.


Lindo, ¿no?...

(En el primer comentario a esta entrada, algunas otras posibilidades.)

jueves, julio 22, 2010

Una leyenda oriental

“Había en Bagdad un mercader que envió a su criado al mercado a comprar provisiones. Al rato el criado regresó, pálido y tembloroso, y dijo: Señor, cuando estaba en la plaza del mercado una mujer entre la multitud me hizo una mueca y cuando me volví pude ver que era la Muerte. Por eso quiero que me prestes tu caballo, para irme de la ciudad y escapar así de mi destino, pues sospecho que es a mí a quien la Muerte está buscando. Me iré para Samarra y acaso allí la Muerte no me encontrará. El mercader le prestó su caballo, el sirviente montó en él, le clavó las espuelas en los flancos y huyó a todo galope. Después el mercader fue hacia la plaza y efectivamente encontró entre la muchedumbre a la Muerte, a quien le preguntó: ¿Tú amenazaste a mi criado cuando lo viste esta mañana? No fue un gesto de amenaza, le contestó la Muerte, sino de sorpresa. Me asombró verlo aquí en Bagdad, pues tengo una cita con él esta noche, pero en Samarra."


Copio y pego esta leyenda tal como la encontré en Internet. Vuelvo a leerla, muchos años después de haberla conocido por primera vez, y me digo que definitivamente no creo en nada parecido a un destino que de alguna manera nos haya sido asignado de antemano.

Sin embargo, sí estoy convencido de que, para bien y para mal, vamos por la vida caminando como a ciegas, sin sospechar siquiera que cada gesto que hacemos tiene sus inevitables consecuencias. Y claro está, sin que tengamos la menor idea de cuáles consecuencias se ligan a cada uno de esos simples gestos.

martes, julio 20, 2010

Brutalmente naif...


El papel apareció pegado días atrás en el trabajo. No sé quién haya sido el responsable, ni qué habrá pensado en el momento de dejarlo ahí, agarrado con cinta adhesiva del lado de adentro de una puerta, luciendo una frase que Quino le hizo decir alguna vez a Miguelito, uno de los amigos de Mafalda. Acaso se haya tratado de un gesto sin mayores pretensiones... Pero me dejó pensando. Pensando en esas cosas en las cuales uno no debería detenerse demasiado a pensar, porque en cuanto te lo ponés a pensar demasiado...

"Trabajar para ganarse la vida está bien, pero... ¿Por qué esa vida que uno se gana trabajando tiene que desperdiciarla trabajando para ganarse la vida?"
(Es la particularidad del humor de Quino. Con una frase aparentemente inocente, puesta encima en boca de un niño, se manifiesta una verdad tan brutal.)

sábado, julio 17, 2010

Palabras

El diario Clarín de hoy publica una entrevista a Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras. Allí habla, entre otras cosas, de las groserías verbales, y sostiene que no le preocupan, excepto cuando se hacen demasiado frecuentes. En tales casos reconoce que lo censuraría, pero no tanto en defensa de las buenas costumbres como de la propia puteada: "Porque la puteada es un bien de la lengua que se debe preservar para momentos contundentes. Y no hay que pervertirla ni banalizarla, como se hizo con la palabra boludo, que inicialmente tuvo un valor descalificativo y hoy no tiene nada." Luego reconoce que, en cambio, la palabra pelotudo ha mantenido un peso específico natural. Seguramente por la particular sonoridad de la letra p, hubiese señalado el Negro Fontanarrosa...

Pero lo que hoy más quiero rescatar de esta entrevista aparece recién en el último párrafo. El periodista pregunta: ¿Es cierto que la gente se entiende cuando habla? Y Pedro Luis Barcia responde:

"La gente se entiende menos de lo que cree porque maneja palabras grandes. La palabra grande, al serlo, tiene mucha cavidad y todo el mundo pone algo distinto adentro. Como en la palabra amor, usada para acostarse con alguien. La intención con que la mujer la recibe es sentimental, y el hombre le pone carga erótica. Ahí se produce el malentendido. Por eso es difícil llegar a acuerdos finales."

viernes, julio 16, 2010

De ninguna manera...

No necesitamos todo lo que la publicidad quiere vendernos.
Dios no escribió ningún dogma; los hombres lo hicieron.
Aunque respetes la opinión de los demás, 2 + 2 no es 5.
Dos hombres no son matrimonio, aunque una ley diga lo contrario.
El reggaeton no es música, no me jodas.
Escuchá Mozart y después contame.

jueves, julio 15, 2010

Contra Natura

En cierto lejano rincón del planeta acaba de aprobarse una curiosa normativa, que alegremente decreta que a partir de la puesta en vigencia de la norma los caballos que así lo deseen podrán volar como si fuesen aves. La iniciativa tuvo su buen fundamento: habida cuenta de que una gran cantidad de especies pueden volar, pues lo hacen las palomas, las cotorras, los canarios y los halcones, algunos caballos comenzaron a declarar que se los discriminaba, cuando se les decía que ellos no podrían jamás hacer lo mismo. Los animales legisladores decidieron entonces que dado que todos las especies nacen con similares derechos, nada debería impedirle a un caballo volar, si éste así decidía hacerlo, y así es como idearon una normativa especial, que algunos bautizaron Ley de las igualdades, que claramente manifestaba que todos los animales tenían los mismos derechos, y que un caballo podría volar si así lo deseaba. Finalmente la normativa quedó aprobada, tras una extensa sesión legislativa que se extendió hasta muy tarde, en medio de los vítores de unos y los abucheos de otros.

Hoy el caballo amaneció celebrando la buena nueva. Se sintió finalmente libre, vencidos todos los prejuicios de esos otros animales que, por no tener él alas, pretendían limitarlo diciéndole que jamás podría volar como un gorrión, como una gaviota, como un pato silvestre, como un cóndor de los Andes. Todos los animales somos iguales, pensaba el caballo. Y ahora, amparada su opinión por un preclaro precepto legislativo, ya no cabía duda al respecto.

Así fue como el caballo trotó primero, corrió después, liberada su alma del peso de los prejuicios ajenos, acuñados a lo largo de tanto tiempo, y finalmente se lanzó, a toda velocidad, hacia el precipicio, creyendo acaso el alazán que la simple letra de la norma lo había convertido en un par del mitológico Pegaso. Su enorme y pesado cuerpo pareció flotar en el aire por un instante, pero después, perdido definitivamente el suelo, y mientras a falta de alas sacudía el caballo desesperadamente sus patas...


(La moraleja es evidente: no hay ley que pueda ser válida o tener sentido cuando se vulnera al mismo tiempo otra ley, superior ésta, que no es la ley de los hombres, ni la de ningún dios, sino la ley de la naturaleza: los caballos no pueden volar, y allí la única ley que se impone es la de la gravedad.)

miércoles, julio 14, 2010

Dos extremos torcidos del Derecho


Al mismo tiempo que en Irán, Sakineh Mohammadi Ashtiani, una mujer de 43 años, madre de dos hijos, se enfrenta a una muerte inminente por lapidación, después de que un tribunal la declarase culpable de haber mantenido una relación amorosa prohibida, por lo cual recibió además un castigo público consistente en 99 latigazos, muy lejos de allí, en la ciudad de Buenos Aires, el Congreso de la Nación debate una ley que pretende habilitar el derecho de contraer matrimonio a personas de un mismo sexo.

El Código Penal de Irán señala que el adulterio es un crimen y prevé un castigo de 100 latigazos para los hombres y mujeres que no hayan contraído matrimonio (aunque por lo general sólo las mujeres reciben semejante castigo) y la lapidación para quienes se hayan casado. Los casos de adulterio son probados por la confesión del propio acusado o por simple testimonio de cuatro testigos. Se trata de una aberración jurídica, sin duda alguna. Ninguna ley puede indicarle a una persona cómo debe sentir respecto de otra, no puede imponer amor, ni deseo, ni prohibir que se sientan o manifiesten estas expresiones, que son propias de la naturaleza humana.

Y sin embargo, con el matrimonio puesto como elemento en común, la coincidencia viene a demostrar una vez más que los extremos finalmente se tocan: tanto en Irán como en Buenos Aires se están sosteniendo sendas aberraciones jurídicas. Una por desconocer el derecho básico a sentir y perseguir el afecto por parte de los seres humanos, y la otra por pretender que es discriminar el hecho de defender una ley natural, esa que determina que solamente un hombre y una mujer puedan unirse para concretar el único fin real que puede justificar la existencia misma del matrimonio; esto es, ser un marco propicio para la reproducción de la especie humana.

Todas las personas tienen los mismos derechos.
Pero no todo es igual.

domingo, julio 11, 2010

El diablo en la boca: Visiones



Desde que tengo el piano pienso: definitivamente yo no soy un músico. No sé leer música, no sé dónde queda la tecla del Si bemol, ni puedo armar un acorde, como no sea de un modo intuitivo. Entonces, ¿qué es eso que pasa cuando me siento frente al instrumento y surgen sonidos, más o menos ordenados? Es música, creo. Mala música, seguramente. Aunque no creo que peor que otros esperpentos que algunos llaman música y que a mí, al menos, me hacen sentir que en comparación una topadora o de un martillo neumático pueden llegar a ser instrumentos melodiosos.

Como no sé leer música, ni tampoco me atrevo a intentar sacar canciones de oído, las cosas que toco en mi piano son una constante improvisación. Y no me pidan que vuelva a tocar tal o cual pasaje, más o menos inspirado, porque me resultaría imposible hacerlo. ¿Adónde van todos esos sonidos, entonces? Son nada más que presente, un presente fugaz, que se disuelve en el mismo momento de concretarse. Arte curioso, la música: sólo existe mientras dura. Como bien decía Heidegger en su "Arte y poesía", incluso las partituras de las obras más destacadas de un Beethoven se acumulan como papas en una bodega cuando nadie las toca. La música está en otra parte, en ese instante fugaz que huye permanentemente de nosotros. Interesante metáfora de lo que es la misma vida.

Tal vez por eso es que me gustó esta pieza que muestra parte de una improvisación del grupo El diablo en la boca. Es un momento fugaz, rescatado de la nada. De esa nada que es el tiempo, que siempre se nos escurre entre los dedos de la mano. Los sonidos son aquí como las nubes que corren en el cielo: jamás volverán a repetirse exactamente igual, no volverán nunca a ser las mismas. Tampoco nosotros, en el momento de mirar el cielo, o en el instante de escuchar estas Visiones.

sábado, julio 10, 2010

O no existe mientras la miro a ella


..."Mientras recorría una vez, y otra, y una más, la capilla, siguiendo por su orden los tres ciclos, me sorprendí con un pensamiento que todavía ahora no consigo desdoblar y examinar. Más que un pensamiento, fue un anhelo: poder dormir una noche allí dentro, en medio de la capilla, despertar antes del amanecer, y ver surgir de la oscuridad, poco a poco, como fantasmas, los grupos procesionales, los gestos,los rostros, aquel color azul de miniatura que es sin duda un secreto de Giotto, porque no existe en otro pintor. O no existe mientras lo miro a él."

Así habla H. (¿Héctor, Horacio, Hugo?...), el personaje sin nombre del "Manual de pintura y caligrafía" escrito por Saramago, haciendo referencia a la Capella degli Scrovegni, en la ciudad de Venecia, y a las obras de Giotto que allí se conservan.

Pero me queda latiendo la frase final, y me digo que Saramago bien podría haber estado hablando de otras cosas. Del amanecer al lado de una mujer deseada, por ejemplo. Que en el fondo es simple lograr que las cosas del mundo desaparezcan, que dejen de existir, con sólo tener al alcance de la vista, y de la boca, y de las manos, aquello en cuya contemplación uno pueda embelesarse.

Termina así este fragmento, y con ello el capítulo: "Nadie crea que existe en mí una vocación religiosa que se denunciara de este modo. Se trata más bien, y muy terrenalmente, de querer saber cómo puede nacer un mundo." Y yo me digo que también esto podría aplicarse, y de qué manera, al despertar junto a la mujer que se desea. O se podría escribir, en general, ante el deseo de todo aquello que al fin y al cabo se estima poco menos que inalcanzable.

sábado, julio 03, 2010

Dar un paso al frente


"Pueden darse todos los pasos hasta el borde del precipicio, pero a partir de ahí la caída será inevitable, desamparada, mortal."
No sé por qué razón, pero la frase me impacta, sobremanera. Pertenece al "Manual de pintura y caligrafía", uno de los pocos libros de José Saramago a los cuales sorprendió la muerte de su autor sin que yo hubiese completado su lectura. Todavía no sé qué sucederá con sus personajes. Todavía no conozco qué podré decir de esta obra, ni qué cosas me habrá dejado, una vez que termine su lectura. Por ahora es solamente esta frase, que volveré a copiar enseguida, para que el eventual lector de estas líneas no se olvide tan pronto de ella, ni deba ir de nuevo al principio de esta anotación para releerla, y aquí queda claro que es cierto que el lector a menudo se mimetiza con aquello que lee, a veces a través de un personaje, y otras mediante un estilo, y sin duda eso colabora con todas estas acotaciones y con que ahora por fin se repita aquí la frase en cuestión, en vez de dejar simplemente que el lector de estas palabras regrese, si así deseara hacerlo, al principio: "Pueden darse todos los pasos hasta el borde del precipicio, pero a partir de ahí la caída será inevitable, desamparada, mortal."

Preguntémonos ahora, de nuevo, qué es lo que tiene esta frase para provocar un impacto tan notorio en quien hace un rato la ha leído, que es claro que hablo aquí de quien escribe estas líneas, por más que acaso otras personas hayan tenido una sensación similar. Cualquiera sea el caso, no lo sabemos. Quizás tenga que ver con una reminiscencia de aquel viejo chiste en el cual, estando los personajes al borde del precipicio, alguien dice: "Antes estábamos mal, pero ahora vamos a dar un paso al frente". Insisto: podemos conjeturar mucho, que en realidad no conoceremos el verdadero motivo. Pero digo que no lo sabemos, y en realidad bien sé que estoy mintiendo. No porque sepa algo que no diga, sino porque sé que podría saberlo, si quisiera. La respuesta está ahí, casi al alcance de la mano. Para conocer esta respuesta, sólo debería atreverme a dar un paso al frente. Un paso más. Si no lo hago, es porque sé muy bien que la respuesta está precisamente allí donde apenas un paso más puede significar la caída, mortal, desamparada, inevitable, hacia el fondo del abismo.