sábado, abril 11, 2020

Cuarentena - Día 23


El enigma matemático que compartí ayer guarda cierta relación con este otro, bastante conocido, que básicamente se desarrolla del siguiente modo: 

Tres personas van a un bar y piden un café cada uno. Cuando piden la cuenta, el mozo les dice que han gastado en total $25. Cada amigo pone $10 y el mozo deja $5 de vuelto en monedas de $1. Antes de irse, los clientes se reparten $1 del vuelto cada uno y dejan los $2 restantes como propina para el mozo. Ahora bien, si cada cliente pagó $9 ($10 menos $1 de vuelto), entre los tres han pagado $27. Sumado esto a los $2 que le dieron de propina al mozo da como resultado $29. Sin embargo, si cada uno había puesto un billete de $10... ¿Adónde está el peso que falta?”

AVISO DE SPOILER: Si no conoce el problema, intente resolverlo antes de continuar su lectura.

A diferencia del problema numérico de 8 + 11 = ? que planteaba la entrada de ayer, en este caso del peso que falta el truco es inducir al lector a un error en el enunciado mismo del problema: los dos pesos de la propina no están dentro del gasto del café, sino que son un segundo gasto. Dicho de otro modo, los clientes gastaron $25 del café, más $2 de propina, que sumados a los $3 de vuelto que conservaron da el total de $30 pagado inicialmente. La enunciación del problema induce a realizar una operación matemática que no corresponde, que conduce a un evidente error.

Por el contrario, parte de la gracia en el problema de las cuatro ecuaciones con su incógnita final es que hay dos resoluciones alternativas correctas, siguiendo la lógica de que la semántica matemática se ha modificado y reclamando la identificación de una nueva pauta de lectura. Este es precisamente el eje del enigma (más allá de la evidencia de que quien instala una de las dos pautas posibles, no logra ver con facilidad la restante). Pero si incorporamos un elemento adicional, que es la posibilidad de que de las tres respuestas iniciales dos de ellas sean erróneas, resulta que aparece un tercer resultado posible, que es el de resolver la ecuación conforme a la semántica habitual. 

Por supuesto, lo que estamos proponiendo es romper la lógica del acertijo, a través de un pensamiento lateral que posibilita tomar como fallidas las premisas que determinan el juego, convirtiéndolas de este modo en eventuales inductoras a error. Pero después de todo podemos pensar que si verdaderamente el creador de este enigma hubiese tenido el propósito de engañarnos, no nos hubiera revelado que tal era su intención. Curiosamente, de no haber mediado las dos ecuaciones intermedias, el resultado de la cuarta ecuación no hubiese supuesto absolutamente ningún problema.

Lo cierto es que estos problemas pueden enseñarnos a vislumbrar cómo se comporta nuestra mente ante una determinada situación de confusión, intentando recuperar el equilibrio lógico perdido de diferentes modos. Esta observación es la que resulta valiosa, porque de un modo u otro este comportamiento se proyecta luego a la vida cotidiana, a las situaciones que enfrentamos diariamente. La mente no opera de una manera para resolver un acertijo y de un modo diferente al considerar un problema de la realidad.

viernes, abril 10, 2020

Cuarentena - Día 22


Aburridos por la cuarentena, muchas personas ocupan su tiempo en subir a las redes sociales diferentes desafíos o problemas lógicos. Alguno de mis contactos publica la imagen que puede verse arriba de estas palabras. Veo muchas respuestas, algunas aparentemente más razonables que otras, basadas todas ellas en la lógica cibernética de "IF (condición) - THEN (conclusión)", lo cual no me parece mal, y sin embargo me sorprende que a nadie se le ocurra decir que en definitiva, en términos matemáticos, ocho más once siempre dará como resultado diecinueve. Y que el hecho de que los dos resultados anteriores sean fallidos no modifica absolutamente en nada la correcta resolución de la última suma. Luego me digo que, más allá de los pasatiempos, esta sencilla observación dice mucho acerca de las dinámicas y lógicas sociales en cuyo marco vivimos. Adoptamos las conclusiones a las que han llegado otros como verdades dadas, que no nos tomamos el trabajo de cuestionar, y a partir de ellas elaboramos nuestra manera de ver el mundo. Sin tener en cuenta que, si partimos de premisas equivocadas, el resultado muy probablemente también lo será.

Post Scriptum: Mi amigo Ariel Elijovich me hace notar que, desde un punto de vista lógico, existen tres resultados posibles, según se resuelva la suma en sus términos matemáticos literales o bien se resignifique la lógica de la ecuación que presenta la incógnita a la luz de los tres casos anteriores (dando por sentado, claro está, que los mismos aportan una información correcta). Concretamente, ante la forma "a + b = c", un modo de resolución sería (a x b) + a , lo cual daría como resultado 96, y otro modo posible sería tomar todo como una suma consecutiva, integrada también por los resultados parciales, lo cual daría como resultado 40. Lo llamativo es que quienes encuentran como resultado 40 no logran ver con facilidad el modo de llegar a 96, y viceversa. Y es que por lo general, ante la presencia de un problema determinado, tendemos a aferrarnos a la primera solución alternativa que se nos presenta, y automáticamente descartamos cualquier otra que también pudiera ser viable. Y también esto es un fiel reflejo de cómo solemos ser en el mundo.

jueves, abril 09, 2020

Cuarentena - Día 21

Hay un tiempo que es
De los relojes y los calendarios
Tiempo de las agendas
Que nos indican qué hacer, y cuándo.
Pero hay también un tiempo sin tiempo
Que simplemente transcurre
En el sutil paréntesis que abarca
Desde el amanecer al ocaso
Como si fuera una metáfora
De la existencia misma.
Amanece y anochece
En un mismo día
En una misma hora
En un mismo instante
Y en ese devenir, la vida
Reclama una revelación
Que usualmente se niega.
Alguna vez, no obstante,
He vislumbrado un sentido
En la belleza de un sol que
Se duerme al acabarse el horizonte,
En el vuelo fugaz de un pájaro,
En la pasión de unos ojos,
De una piel desnuda, de un beso.
Pero hoy he amanecido solo.
Estoy encerrado
Y tengo miedo
De no querer salir
Cuando las puertas se abran.

miércoles, abril 08, 2020

Cuarentena - Día 20

El ser humano no ha inventado el virus que nos obliga a cumplir con esta cuarentena (aunque, esto es cierto: si no fuese porque unos chinos se empecinaron en comer cosas tales como murciélagos y otras porquerías compradas en el mercado de Wuhan hoy acaso todo sería diferente). Este coronavirus, que mata, y contra el cual no hay todavía otra forma de prevenirse que no sea el aislamiento, nos guste o no, es parte de la naturaleza.

El capitalismo, por el contrario, ha sido creado por el ser humano. No es parte de la naturaleza, pero nos condiciona a sus brutales reglas, a todos nosotros, que formamos parte de él. El capitalismo y la cuarentena no se llevan particularmente bien: el capital reclama actividad productiva y consumo. Por eso, ante este parate generalizado, es simple ver que en algún momento este capitalismo va a comenzar a mordernos, a destrozar a dentelladas a los más débiles, sobre todo, y así vendrá a demostrarnos que puede matar tanto como un virus, y también mucho más. No olvidemos que el hombre es el lobo del hombre, por más barbijo que use. El equilibrio, entonces, es muy delicado. Y este detalle, para nada menor, ha comenzado a inquietarme.

¿Qué pasará cuando el peligro que representa el coronavirus comience a ser menor que el riesgo de no tener un modo de llegar a un nivel básico de subsistencia económica? ¿Qué pasará cuando las empresas decidan que sus ganancias no son una variable de ajuste en el marco de una recesión inevitable y comiencen a expulsar gente y a cerrar puertas? Ya se han visto las primeras señales de este proceso, y pronto se irán viendo otras, cada vez mayores.

Entonces, o bien nos mata el virus, o nos mata la crisis. Estamos entre la espada y la pared. Con el detalle -de nuevo- de que el virus forma parte de la naturaleza, y en el caso de tener que enfrentarnos a las consecuencias de un capitalismo descarrilado seremos en definitiva nosotros mismos los padres del eventual monstruo.

Es verdad que si hablamos de naturaleza el ser humano es una especie animal. En ese sentido, nada de lo que haga estará fuera de la naturaleza. Solemos diferenciar, sin embargo, entre naturaleza y cultura, pero resulta que el generar cultura está en la naturaleza del hombre, y que ésta es una de sus armas para preservar la especie. Aunque no siempre funciona así: hay una paradoja, que no es ajena a otras formas de vida, al fin y al cabo, y es que llega un momento en que se plantea un desequilibrio entre el hombre y su contexto. Como si fuese un parásito en relación con su huésped, la especie humana ha comenzado a socavar la viabilidad del mundo que parasita. Si esto se prolonga demasiado en el tiempo, la destrucción del medio ambiente supondrá también la destrucción del hombre. Ya lo sabemos: los parásitos en general se comportan de esta misma manera. Pero los parásitos no tienen cultura, y nosotros sí. ¿De qué nos sirve la cultura, entonces, si con ella no somos capaces de regularnos?

Pero regresemos al tema de económico. El ser humano es la única especie biológica que maneja el concepto de economía. En consecuencia, toda organización económica es una producción cultural, capitalismo incluido. Luego, por supuesto, hay matices para el capitalismo, según se contemple una mayor o menor intervención del Estado para regular el salvajismo al cual -digamos que naturalmente- tiende de por sí este sistema económico, acaso por ser un producto humano.

También es cierto que el capitalismo (definamos: hablamos de una división económica entre quienes poseen un capital de producción y quienes solamente pueden ofrecer a cambio de un pago su fuerza de trabajo) no es el único sistemas de organización social, económica y política posible. Es verdad que hay alternativas, como el socialismo, el comunismo, el tribalismo comunitario y otras. Pero una vez que la maquinaria cultural se puso en marcha, el propio creador de esa cultura resulta modificado por ella, convirtiéndose en algo diferente de lo que era, amalgamándose con esa cultura a un grado tal que ya no será posible distinguir la frontera que los separa. Excepto que lo destruyamos, para volver a armar de nuevo los restos que queden. ¿Será este el destino al cual nos acerca la presente pandemia?

Admitamos que, en tanto especie, en el planeta, el ser humano es algo bastante parecido a una plaga, y la naturaleza tiene mecanismos para controlar las plagas. Tal vez se trate de esto la pandemia. No sé si el virus sea una defensa de la naturaleza contra el hombre, pero podría serlo, y de lo contrario al menos sería una buena metáfora. Pero de un modo u otro somos una especie condenada: tanto hacemos para defendernos de la muerte, cuando un virus nos amenaza, y por otro lado ocasionamos esa misma muerte, salvaje y alegremente, nosotros mismos. En lo personal, si me dan a elegir, prefiero ver morir gente por causa de la naturaleza que por mano propia de los hombres.

domingo, marzo 29, 2020

Cuarentena - Día 10

No quiero moverme.
O tal vez sí quiera, pero no puedo.
O viceversa.
Las luces hace rato se han ido
y han sido reemplazadas por
un silencio tan inútil como bello
que se impone al tiempo.
Quisiera que la noche dure un siglo.
Deseo que no amanezca,
porque al llegar el día deberé moverme
y no creo que pueda, ni quiera.
Como no quiero ni puedo explicar
por qué mi cuerpo se ha adherido al suelo
y mi alma torpe se ha vaciado
de repente de deseos y sentido.
Observo mis manos y no las reconozco.
Siento un estremecimiento de espanto
ante estas manos que no son mías.
Son las tres de la madrugada.
No hay ni un ruido, ni sopla el viento.
Pero nada durará para siempre,
ni siquiera la quietud de este momento.
Tengo miedo de no volver a moverme.
O de no querer moverme de nuevo,
y de sentirme obligado a hacerlo.
Déjenme dormir.
Déjenme ser y dejar de ser.
Pero, por favor, no me abandonen.
Y sobre todas las cosas,
no permitan que amanezca.


Post Scriptum: Y sí, por supuesto: más allá de las palabras, amaneció, finalmente. Siempre amanece otra vez, incluso cuando también sea cierto que siempre hay quienes no viven lo suficiente como para verlo. Pero al menos hoy, ese no ha sido nuestro caso. Ni el mío ni el tuyo, que estás leyendo esto. Me pregunto si será necesario aclarar que escribir acerca del amanecer, durante la noche, supone una metáfora. O señalar que, como toda metáfora, ésta es ambigua. Porque amanecer puede ser una revelación, mediante la luz que pone fin a las sombras que borronean los contornos, haciendo que cada cosa vuelva a recuperar sus formas y sus nombres. Pero también puede suponer la amenaza del cambio, y por ende un final, el final de un estado que nos sumergirá inevitablemente en otro. Al menos mientras tengamos vida.

sábado, marzo 28, 2020

Cuarentena - Día 9

Continuando con la anotación de ayer, hoy leo en otro muro esta idea que quiero dejar plasmada aquí: "El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución, porque el virus nos aísla. No genera ningún sentimiento colectivo. De algún modo, cada quien se preocupa por su propia supervivencia. Una solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no nos permite soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos de un virus. Lo que necesitamos con urgencia es una revolución humana."

Me digo entonces que es cierto. Que el coronavirus, en definitiva, no es una amenaza... sino muchas. Porque supone el riesgo de perder la salud, por supuesto, y eventualmente la vida, ya sea que pensemos en la propia o en la de mucha otra gente. Pero también está la amenaza, cada día más cercana y cierta, de un colapso de la economía que a la larga también acabará, de una manera u otra, con la vida de incontables personas. Cuánto se perderá por una causa o por la otra es algo que de momento no sabemos. 

También se vislumbran otros riesgos, ciertamente no menores. Entre otros, una caída profunda y de difícil retorno en el aislamiento, la proliferación del individualismo o la tentación de resignar derechos básicos o de caer en autoritarismos legitimados supuestamente por una causa noble y de bien común. El problema con los límites entre lo deseable y lo pernicioso, entre lo que está bien y lo que está mal, es que esos límites jamás fueron ni serán del todo claros. En especial en tiempos tan particulares como los que estamos viviendo.

viernes, marzo 27, 2020

Cuarentena - Día 8

Por supuesto, comprendo la gravedad de la pandemia del coronavirus. Sin embargo, también me digo que hay un detalle curioso, y es que en rigor los virus ni siquiera son propiamente seres vivos. Es por este motivo, en definitiva, que me siguen pareciendo mucho más graves otras cuestiones, como las muertes que causan las guerras, por ejemplo, o en general el odio dispensado por unos seres humanos hacia otros. Me preocupan mucho más esas muertes, porque en ellas sí es posible identificar a un enemigo real, uno dotado de pleno ejercicio de la conciencia, a quien hacer responsable. Y ese enemigo es el propio ser humano, víctima y victimario a un mismo tiempo, de un lado o del otro, intercambiando incluso muchas veces el rol conforme la caprichosa dinámica de las circunstancias.

Lo del virus con suerte pasará, tarde o temprano. Lo verdaderamente importante es qué estamos dispuestos a hacer respecto de nuestra propia naturaleza, esa que tan a menudo nos conduce a ser nosotros mismos los lobos del hombre, como bien señalaba Hobbes. Lo sepamos o no, nuestro mayor problema es de orden moral, no sanitario.

jueves, marzo 26, 2020

Cuarentena - Día 7

En estos días de encierro, las redes sociales ofrecen, por decirlo de alguna manera, una suerte de ventana al mundo, a través de la cual se entremezclan amigos y familiares, conocidos ilustres y de los otros, e incluso numerosos desconocidos que no sabemos cómo han llegado hasta allí, a nuestra lista de contactos, pero ante la duda y por si acaso allí se quedan. Entre los conocidos ilustres que hay en mi propia lista se cuenta el escritor y dramaturgo Hugo Barcia, quien escribe en su muro, en relación a los peligros del aislamiento, que estamos tan ensimismados que ya no leemos realmente al otro, lo que el otro escribe, sino aquello que hubiésemos querido que el otro escribiera.

En este momento me digo que es probable que yo esté haciendo ahora eso mismo. Pero en cualquier caso también pienso que no es cosa de la cuarentena el señalado aislamiento. No es cosa de ahora, sino de siempre, siempre, siempre, que escuchamos y leemos e interpretamos lo que nos viene en gana en cada cosa que el otro manifiesta. Incluso cuando lo hagamos de manera inconsciente.

Luego sigue un breve intercambio de ideas: Barcia confirmando que el aislamiento del que habla va mucho más allá de la cuarentena. Diciendo que sólo si fuésemos capaces de convertirnos por un momento en el otro lograríamos saber lo que el otro siente. Y denunciando la tragedia de tener siempre que subtitular al prójimo, de interpretarlo, fracasando siempre como exégeta. Y luego yo recordando que los maestros budistas proponen el silencio, en lugar de la palabra, como el mejor modo de comunicarse. Pero también que, como cualquier constructivista que se precie nos diría, con tanta sabiduría como pragmatismo, que también el silencio es pasible de ser malinterpretado.

Pienso finalmente que tal vez lo mejor a lo cual podamos aspirar, la mejor opción disponible entre las pocas o muchas que tengamos a mano, sea tener la buena intención de abrir la cabeza, saber que esta falla en nuestra comunicación existe, inevitable. Y acaso leer y escribir mucha poesía. Porque en la poesía esa distancia que media entre lo que la palabra dice y lo que verdaderamente significa, más allá de las lecturas literales, se hace más evidente. Y esa evidencia debería ser la que nos prevenga de los males que son propios de las interpretaciones lineales y pretendidamente unívocas.

miércoles, marzo 25, 2020

Cuarentena - Día 6

Las noticias dicen que en España, tan solo en las últimas veinticuatro horas, 740 personas fallecieron debido al coronavirus, sumando la friolera de 3434 almas desde el inicio de la pandemia. Es curioso, pero cuanto más grande es el número, y en cierto sentido más grande la tragedia, más difícil es emocionarse, tomar verdadera dimensión del drama. Es mucho más sencillo empatizar con un caso en particular que con miles. Podemos hablar de las catástrofes colectivas, pero al no tener las víctimas un rostro, un nombre con el cual poder individualizarlas, terminan convirtiéndose apenas en un dato. Y no es posible sentir piedad por un número.

Pero en el mismo portal español de noticias que me acerca estos tremendos guarismos, también leo la historia de Hermann Schreiber.

Es probable que haya sido en las ciudades de España o de Italia, dos de los países más golpeados por la pandemia, que surgieron dos costumbres singulares en estos tiempos de encierro. Una, la de cantar o hacer música en los balcones, como un modo de sostener algún grado de contacto con los demás. Otra, la de aplaudir en simultáneo, cada quien desde sus casas, a una determinada hora, como un reconocimiento a los servicios brindados por los profesionales de la salud, que se esfuerzan y arriesgan cada día para tratar de salvar a quienes se pueda.

Hermann Schreiber tiene ochenta años, ya cumplidos hace un tiempo. El mismo no recuerda cuándo, pues también desde hace un tiempo padece de alzheimer. Lo mismo le sucede a su esposa, Teresa Domínguez, a quien conoció en algún momento pasado, cuando ella emigró a Alemania buscando un modo de ganarse la vida. Hoy ambos viven en Vigo, conectados a una realidad diferente de la de los demás. Quién se atreverá a decir si más o menos real que otras realidades. Lo cierto es que a Hermann le gusta tocar la armónica. Hace unos pocos días, justo cuando el anciano tocaba una melodía cerca de una ventana abierta de su departamento, los vecinos comenzaron a aplaudir. Viendo su sorpresa, la asistente que lo acompaña tuvo la ocurrencia de decirle que esos aplausos en los balcones le estaban destinados, a él y a su música. Hermann sonrió y continuó tocando.

Cosas de las redes sociales en tiempos de aislamiento y de internet: ese momento ingenuo, inocente, fugaz, capturado en un video que no pretendía quizás sino dar cuenta del instante, se terminó viralizando. Ahora los vecinos siguen aplaudiendo puntualmente al personal sanitario, por sus denodados esfuerzos por salvar vidas. Y Hermann toca su armónica, acompañándolos. Luego, los vecinos corean el nombre del anciano. Y Hermann se emociona y sonríe.

Es curioso: en medio de la tragedia, hoy a mí me ha emocionado no el drama de una de las tantas víctimas, sino una simple historia de inocencia y de vida.


(En memoria de mi padre, que murió siendo inocente.)

martes, marzo 24, 2020

Cuarentena - Día 5

Y si supieras que éste
que acaba de comenzar
ha de ser el último día...
O para no ser tan dramáticos,
el inicio de la última semana, digamos.
Acaso no te cagarías en el puto virus
que según dicen acecha allí afuera
e irías corriendo, esquivando cualquier
barricada, para besar sin medida
a esa mujer que te ama...
Quizás también bailarías desnudo,
y harías el amor con calma,
y abrazarías una despedida a los tuyos
y al fin dejarías atrás tantos lastres;
seguramente le pedirías perdón
a aquellos a quienes has ofendido,
y acaso ofenderías al mundo con
un poema políticamente incorrecto.
Pero no te engañes, la verdad es
que al mundo le importa un carajo
cualquier cosa que escribas.
Escribís para vos mismo porque
creés que no ha de ser éste
el inicio de la última semana
ni, para no ser más drásticos,
mucho menos el del último día.
Incluso cuando el silencio del mundo
esta mañana te desmienta.
Incluso cuando en el fondo sepas
que ello es perfectamente posible.

lunes, marzo 23, 2020

Cuarentena - Día 4

La cuarentena nos pone de momento a salvo de un virus terrible. Sin embargo, y aunque esto recién comienza, también nos acerca a un futuro oscuro, de brutal recesión económica y previsibles sálvese-quien-puedas que me inquieta. De momento uno (éste que escribe) puede darse el lujo de dar rienda suelta a los matices de su naturaleza ermitaña y pasar los días pensando, leyendo, escuchando músicas u observando el cielo desde su balcón. Pero no todos pueden permitirse lo mismo. Habrá que estar atentos para vislumbrar el punto en el cual el remedio comience a dar lugar a una nueva enfermedad, tan severa como la que intentamos prevenir. La velocidad con la cual el individualismo gana terreno por encima de la solidaridad, o el prejuicio le gana la pulseada al juicio y lo inhibe, porque pensar no importa, sino únicamente el bienestar propio o la imposición de los propios criterios, como si fuesen verdades absolutas. Ese es el gran enemigo. El gran problema de la humanidad es su condición contradictoria: ella está marcada por la belleza del amor, la poesía y la solidaridad, tanto como por una sempiterna tendencia a la imposición salvaje del más fuerte sobre el más débil.

domingo, marzo 22, 2020

Cuarentena - Día 3

Las redes sociales, que alguna vez pretendieron ser un medio de información, desinforman a más no poder. Y no es una cuestión vinculada a esta crisis sanitaria en particular, sino una verdad universal, que nace junto con Facebook y de seguro también antes, en el correveidile de los vecindarios. Para ser justos, cabría de hecho decir que se seguro la culpa no sea totalmente de las redes, sino también de quienes las utilizan. O mejor dicho: de quienes las utilizamos. Las publicaciones se viralizan sin que importe en lo más mínimo que sus contenidos sean verdaderos o falsos. Este parece ser un detalle sin mayor importancia.

El punto es que en medio de la montaña de basura informativa, de datos inexactos, alarmas innecesarias y desestimaciones peligrosas, algo me lleva a detenerme en un video en particular que alguien envía a mi celular. Dura apenas veintidós segundos, y no logro resistirme a mirarlo no una, sino varias veces. El texto que lo acompaña asegura que se trataría de un hombre que, desesperado por el aislamiento que impone la cuarentena por el coronavirus en todo el mundo, aunque en este caso se trata específicamente de la ciudad de Valencia, se suicida arrojándose al vacío desde la azotea de un hotel. En cierto sentido el video en realidad es falso, pues fue filmado el 24 de diciembre de 2019, cuando el mundo todavía ni tenía noticias del coronavirus. Tampoco se trata de un hombre, sino de una mujer. Pero el video en definitiva es verdadero, y tal vez sea eso lo que lo convierte en algo dramáticamente fascinante. No me da avergüenza confesarlo. De hecho, e incluso cuando yo ni siquiera pensé en hacerlo, es el hecho de que sea fascinante lo que lleva a que la gente lo comparta.

La mujer está en el borde de la cornisa. Parece extrañamente tranquila. Mira a su alrededor, primero a su derecha, luego a su izquierda, como si quisiera adueñarse del paisaje. Por último dirige su mirada muchos pisos hacia abajo. El sujeto que está registrando el momento en video mueve la cámara, se escucha el sonido del motor de un vehículo invisible que se enciende, ajeno al drama. La pantalla vuelve a estabilizarse justo en el instante en el cual la mujer se deja caer hacia adelante, con sus brazos a los costados. Lo que más me impresiona es que casi de inmediato se cubre el rostro con las dos manos, ya en medio de la caída, mientras el cuerpo da vueltas en el aire, como si quisiera protegerse, o no ver la fatalidad que ya no es posible detener, viva y muerta a un mismo tiempo, o acaso para que los eventuales testigos de la escena comprendan que no se trata de un muñeco desbaratado cayendo, sino de una vida que está a punto de extinguirse.

Se escuchan unos cuantos gritos breves, del público. Un golpe seco. Luego el video termina.

¿Y qué tiene que ver toda esta mierda con la cuarentena y con el coronavirus? Pues, nada de nada, esto ya ha sido aclarado al comienzo. Y sin embargo el video circula anclado a la idea de que el suicida lo es debido al encierro. O a cierta desesperación producto del olor a muerte que por estos días invade España y toda Europa. Quizás la gente tiene miedo. Entonces, supongo, atreverse a mirar a la muerte cara a cara a través de un video es un acto catárquico. Aunque medie una pantalla. Aunque no sepamos absolutamente nada del muerto, ni tampoco nos interese.

En realidad a mí sí me interesa. Pero no pude encontrar un solo dato además de lo que ya he dicho. Por qué motivo esa mujer decidió quitarse la vida, cuál era su nombre, cuál su historia, cómo fueron los interminables minutos en los cuales subió hasta esa azotea, qué fue lo que vieron sus ojos un instante antes del final, cuando parecía contemplar simplemente el paisaje, volteando la cabeza a derecha y a izquierda. No sabemos nada. Los medios no publican informaciones relativas a suicidas en España, porque el suicidio es en ese país la primera causa de muerte no natural, con un promedio de diez personas que se quitan la vida cada día. Más de tres mil quinientas personas por año. Un suicida cada dos horas y media.

Por eso no se publican informaciones sobre los suicidas, para intentar evitar el efecto contagio, o lo que algunos llaman el Efecto Werther, esto es, la romantización de la muerte por decisión propia. Otro tipo de epidemia, evidentemente. En ambas, la muerte dice presente cada día. Y nosotros, como un inútil exorcismo, repasamos los números de contagiados y de muertos, y observamos videos donde la gente muere, intentando detener la imagen justo en el segundo previo, curiosos, sin llegar a comprender cómo es posible esa mutación, la de ahora estar y de inmediato ya no estar, ese pasaje incomprensible de la existencia a la nada.


sábado, marzo 21, 2020

Cuarentena - Día 2

Las clases en la universidad no tienen fecha de inicio en el horizonte. Muchos suponemos que esta cuarentena de hecho incluso ha de extenderse bastante más allá de lo que ha sido previsto. Por sugerencia de las autoridades de la facultad, abro un aula virtual para mis estudiantes, para compartir textos e ideas. Así es como me pongo a reflexionar acerca del positivismo cartesiano, los dioses y nosotros, los creyentes. Me pregunto (les pregunto a ellos) qué sucedería si en realidad Dios terminara siendo algo diferente de lo que cada uno de ellos (de nosotros) supone que es (o que no es).

Casi de repente me doy cuenta de que esta pregunta tiene asimismo eventuales formulaciones mucho más terrenales: ¿Qué pasa si creés que lo del coronavirus es gravísimo o si, por el contrario, decidís creer que es todo una fantasía nacida en mentes enfermizamente paranoicas, y en uno y en otro caso decidís comportarte en consecuencia? Bueno, yo confieso saber poco y nada de epidemiología. Pero tengo siempre muy presente aquella canción escrita por Chacho Echenique, que dice aquello de "Me persigno por si acaso, no sea que Dios exista..." Y podremos acusar al autor de cualquier cosa, menos de no haber sido prudente.

viernes, marzo 20, 2020

Cuarentena - Día 1

En medio de la catarata informativa, de seguro con toda justificación monotemática, una noticia marginal me llamó particularmente la atención. Provenía de la Sierra Nevada de Santa Marta, en la República de Colombia. En esas latitudes, según parece, una mujer llamada Edilma Loperena Plata, representante del pueblo Wiwa, firmó un comunicado en nombre de los líderes de los pueblos indígenas regionales, a través del cual se exhorta a todos los indígenas de la zona a que dejen de nombrar al Covid-19. El texto asegura que llamar a la enfermedad por su nombre no hará más que atraer al virus a las comunidades que moran en la región. Textualmente, el documento indica que “es importante realizar unos trabajos unificados como pueblos indígenas para prevenir la enfermedad", y específica: "no debemos llamar a la misma pronunciando su nombre, ni divulgación por redes sociales, porque en ese caso estaríamos trayendo el virus a nuestros territorios”.

La anécdota me pareció por demás interesante: lo que no se nombra no existe. Supongo que inevitablemente recordé aquel tema de Sumo, en el cual Luca Prodan cantaba aquello de "mejor no hablar de ciertas cosas". Pensé asimismo en nuestra cotidiana negación de la muerte. Y sin embargo, me dije también que acaso hubiera cierta enorme sabiduría detrás de aquel gesto aparentemente pueril, ingenuo y peligroso. No porque la ignorancia o la desinformación salven, que ciertamente no es el caso. Sino porque solemos pensar que la palabra representa el mundo, y no que lo crea. Sin embargo, podría decirse que más de un demonio existe únicamente por el hecho de ser nombrado. Aunque sería curioso, si en lugar de diablos hablásemos de dioses, que se nos diera por creer en una deidad que para existir necesitara de la fe de sus creyentes. Y sin embargo, en el fondo, no es una idea tan descabellada. Daría para meditarlo.

jueves, marzo 19, 2020

Cuarentena - Día 0

CoVid-19. Oficialmente la cuarentena solamente rige para aquellas personas que hayan viajado y llegado al país hasta dos semanas atrás, o para quienes hayan tenido síntomas del coronavirus, o contacto estrecho con personas infectadas o sospechosas de estarlo. Pero en la ciudad ya hay instalado un clima que va más allá de estas regulaciones oficiales.

Ascensor. Dentro hay dos personas. Subo yo, tercer pasajero, tras un instante de duda, acaso imperceptible. Nos repartimos tres de las esquinas de la caja. Los dos sujetos que ahora me acompañan tienen rasgos inconfundiblemente orientales. Uno de ellos luce un barbijo. Ellos van al noveno piso, y yo al segundo, pero el ascensor, contrariamente a lo que su nombre sugiere, desciende hasta el subsuelo, requerido por alguien que, al abrirse las puertas, se sobresalta y duda, en su caso de manera ostensible. Sin embargo sube, pero busca mantener tanto la distancia física que su panza (era un hombre panzón) bloquea el sensor óptico de las puertas, que se resisten a cerrarse. Finalmente se baja, mientras lanza un improperio. Las puertas se cierran y el ascensor asciende, como corresponde. Le ofrezco mi mirada a uno de mis circunstanciales compañeros, pero no logro establecer contacto. Se diría que soy invisible. Las puertas del segundo piso se abren y salgo del ascensor. El pasillo está desierto. Hay un aire extraño en la ciudad, una sensación inexplicable.

miércoles, marzo 11, 2020

Sueño 200311, 5.30 AM

Hacía mucho que no me despertaba llorando así, a mares, con tanto desconsuelo. Y vaya a saber qué fue lo que me hizo soñarte de esta manera, imaginarte así, en esa otra historia posible, aparentemente tan real, tan vívida, como si fuese cierta la existencia de muchos mundos paralelos, y yo me hubiese asomado a uno de ellos, vos acostado en esa cama de hospital, o acaso de geriátrico, triste, un poco resignado, un poco con miedo, no queriendo que te apagaran la luz, ni que te dejaran solo, y de repente ya no logro precisar cuáles eran tus palabras, aunque todavía siento ese último abrazo, ese cuerpo tuyo ya gastado, entumecido, esa terrible presunción de que tal vez fuesen esos los últimos minutos, esa fatal impotencia, Jessica allí cerca, sin querer acercarse ni tampoco alejarse, yo a tu lado, queriendo acomodar una almohada bajo tu cabeza, y entonces el abrazo y el instante preciso en que

Ya sé que no fue así como sucedió. Al menos no en esta realidad, en este mundo, en este plano. Que te moriste solo, horas después de que yo sostuviese tu mano en la media luz de ese cuarto de la clínica, los dos solos, después de que te hablara al oído sin saber si me escuchabas, porque quizás ya te habías marchado días antes, acaso no, imposible saberlo; tu mano y la mía, el desconcierto, ese cruel respirador que secaba tu garganta con su oxígeno gélido al mismo tiempo que facilitaba aquellos, tus últimos alientos.

Y sin embargo fue tan vívido... acaso mi sueño fue la expresión de mi deseo de haber estado allí en ese instante, o de saber que vos supiste que yo había estado allí un rato antes, o de expiar mi culpa por no haber estado más, o de otra manera, o acaso la evidencia de que aunque las cosas hubiesen sido de otro modo el desenlace fatal hubiese sido al fin y al cabo el mismo. Como ha de serlo para todos, para mí también, y hasta para Jessica, que probablemente esté primero en mi lugar, y mucho más tarde en el destino de cada ser vivo en el mundo.

Lo cierto es que ahora, como si fuese una memoria falsa que sin embargo trae consigo todo el dolor y la impotencia de tu verdadera ausencia, temo que no podré olvidar con facilidad ese preciso instante en que tu brazo cae y tu cuerpo se afloja entre los míos, justo en el momento en el cual yo estaba por decirte algo así como que ojalá, al menos eso, hubiese sido bueno haber pasado por la vida habiéndote tocado en suerte ser mi padre, y yo tu hijo. No llegué a decirlo. Y ya no sé si estoy hablando de esta realidad o de la otra.

jueves, febrero 20, 2020

Sueño 200215 - Ascensores y fantasmas


Otra vez sueño con ascensores. Y esta vez con cierto sesgo lúcido, aunque esto sea una verdad a medias; porque fue allí mismo  ̶ en el sueño ̶  que le dije al sujeto del traje gris que no se preocupara demasiado, que a mí todo el tiempo me sucede esto de no llevarme bien con los elevadores (¿por qué será siempre ascensor, elevador, y jamás descensor, si el dispositivo en cuestión tanto sirve para subir como para bajar?). Quiero decir: no dije que siempre me da por soñar con ascensores que no se comportan del modo en que uno esperaría, sino que no me llevaba bien con ellos, como si fuese un dato cierto del mundo real, y no de la dimensión onírica; no sé si se comprenderá con exactitud la diferencia.

Eramos tres hombres esperando el ascensor. (En este caso el término es estrictamente correcto, dado que vamos a trasladarnos de una planta baja a un cuarto piso). Entramos, puertas que se abren y se cierran, botones que se oprimen, la cabina comienza a moverse; hasta aquí todo conforme a como uno podría esperar que sucediera. A diferencia de todos los otros sueños con ascensores que he tenido, quien rompe el eje de la normalidad en este caso no será la máquina, sino yo mismo:

 ̶ Es curioso  ̶ le digo de repente a uno de los sujetos que me acompañaban, aunque a ninguno de ellos en particular ̶ . Es posible que en realidad ahora mismo usted esté solo en este ascensor, y que nosotros dos seamos algo así como fantasmas. Acaso ni siquiera estemos aquí realmente.

Los dos hombre me miraron extrañados, como seguramente se debería mirar a una persona que en un ascensor hace un comentario semejante a dos desconocidos. Recuerdo haberles dado mentalmente la razón por observarme de tal manera.

Cuarto piso. Las puertas se abren. Uno de los hombres desciende, visiblemente aliviado. Dos permanecemos dentro de la cabina: el sujeto del traje gris, que ahora lleva un curioso bombín en una de sus manos, como si hubiese salido de un cuadro de Magritte, y yo.

 ̶ Me equivoqué al marcar; yo tenía que ir al quinto piso  ̶ dice el hombre,  aunque también puede que esto lo haya dicho yo.

 ̶ Será un viaje breve  ̶ comento entonces ̶ . Hay apenas un piso de diferencia; no deberíamos demorar demasiado en llegar.

Un botón vuelve a ser oprimido en el panel del ascensor, que sin embargo, con sus puertas ya cerradas, se empecina en no moverse, como si buscara desmentir mis últimas palabras.

 ̶ No se preocupe demasiado por este inconveniente. A mí me sucede todo el tiempo esto de no llevarme bien con los elevadores.

Ahora son muchos los botones que se oprimen, nerviosamente, sin más lógica que la esperanza de que alguno haga algo, lo que sea. Finalmente el ascensor retoma su marcha ascendente, respetando en este caso la coherencia del lenguaje. Sin embargo, el trayecto del cuarto piso al quinto se eterniza. El ascensor se mueve, pero parece no alcanzar nunca su destino. Percibo miedo en el rostro del hombre del saco gris, que vuelve a oprimir botones de un modo caótico, sin obtener esta vez ningún cambio visible.

No recuerdo con exactitud qué sucedió después de eso. Conservo la vaga imagen de una pared interminable, visible a través de la puerta del ascensor, moviéndose ya sin acomodarse a ninguna regla, y sin llegar jamás a un destino. Me pregunto ahora si en verdad no estaría aquel hombre totalmente solo en aquella cabina. O si no sería él un fantasma, y yo el único que realmente se encontraba allí. Más tarde, cuando finalmente me despierte, quizás escriba mis impresiones, para llegar a la conclusión de que tal vez ninguno de los dos estaba en realidad allí, en esa máquina descontrolada, ferozmente anárquica. También pienso que acaso el hombre del bombín esté ahora mismo escribiendo su propia versión de los hechos.

Los pies en la tierra

Permitirnos soñar.
O mantener los pies en la tierra.
Menuda disyuntiva...
A quien sueña puede que se lo acuse
de estar en las nubes, de volar en vano
entre fantasías ilusorias e inasibles.
"Lo concreto está aquí abajo", le dicen.
"Deberías hacer como nosotros,
que acostumbramos tener los pies
bien plantados en la tierra".

Bien dicho: los pies en la tierra.
Las plantas bellas, descalzas, mezcladas
con el verde frescor de la hierba
y ese leve polvo, del cual venimos
y hacia el cual vamos, que se adhiere
sin malicia, como parte de nuestra
humilde y mortal naturaleza.
Es un modo de estar en el mundo,
sin lugar a dudas, y hasta es posible
que no deje de ser un modo bello.

Pero también está con los pies en la tierra
aquel que camina en el pantano,
hundido hasta los talones en el fangal
húmedo y resbaladizo que de a ratos
pareciera convertirse en una garra
que nos retiene e impide avanzar.
¿Qué será mejor, entonces?
¿Caminar, correr, volar, arrastrarse?
Sinceramente no lo sé.

Quién acusaría al jilguero
de no tener sus pies en la tierra,
o al corcel de no mantenerlos en el aire.
Nosotros somos un poco corcel, un poco jilguero
y nos vamos moviendo por el mundo
como nos sale, siempre intentando.
Acaso soñemos nuestros pies en tierra,
o con pies convertidos en barro,
mientras alguien nos susurra
que quizás lo mejor sería
dejar de escribir banalidades.


martes, febrero 04, 2020

Insomnio 03:30

Para quién escribo.
Para qué escribo.
Con qué fin, con qué propósito.
Escribo como si fuese un exorcismo.
Intento a un mismo tiempo
Espantar a mis fantasmas,
Convencerme de que existo,
Gritar y que alguien escuche
Como si en eso hubiese alguna esperanza.
Son las tres y media de la madrugada.
Afuera sopla un viento de tormenta
Al mismo tiempo que no se mueve un alma,
Curiosa mezcla de calma y tempestad.
Sin embargo, no hay afuera,
Todo es parte de un mismo misterio.
Desearía que el tiempo se detuviera.
Pero el tiempo es implacable.

domingo, febrero 02, 2020

Sueño 02202020 - Pesadillas

Que la pesadilla sea
una caja llena de cenizas
que más que cenizas parecen
una arenisca sucia, podrida,
mezclada con basura
y con infames gusanos.
O la desesperada angustia
de la mujer que pretende
rescatar algo de esos restos;
que pareciera querer forzarme
a mezclar mis manos con las suyas
en la repulsiva tarea de revolver
en aquella triste carroña.
La mandíbula apretada hasta el dolor
como si reventándome las muelas
las cosas pudiesen ser diferentes.
No quiero recordarte así.
La verdadera pesadilla, inevitable,
es despertarme y volver a saber
que ya no estás entre nosotros
así como solías estarlo.

sábado, febrero 01, 2020

Aceptarse

Hasta que un día te decís 
si no sería razonable considerar
que más allá de los muchos errores
que cometiste en todos estos años,
y más allá de los fracasos
que podrías cargar sobre tu espalda
como una pesada mochila,
también hay de seguro en tu haber
algún que otro acierto importante.
Que en todo caso los errores y fracasos,
más allá de la consabida enseñanza
que siempre aporta toda experiencia,
vienen a confirmar lo sospechado:
que al fin y al cabo uno es
simplemente un ser humano,
con todas sus miserias,
sus desaciertos,
sus maravillas,
sus fragilidades
y sus contradicciones.
Vienen a confirmar también
que uno ha vivido
 y sigue viviendo todavía.
Darse cuenta de estas cosas,
y aceptarse con el ánimo
de seguir creciendo cada día
acaso sea precisamente
uno de los aciertos
que uno podría anotar
en su lista del haber.


martes, enero 28, 2020

Sueño 200127 - En el mar de Galilea

Alguien avisó que los romanos se acercaban y no tardarían mucho más en llegar. Había que aprovechar la noche y apurarse para salir de allí si queríamos evitarlos, y así se lo manifesté a Jesús, quien más allá de su nombre no era necesariamente el Mesías, aunque al mismo tiempo es probable que tuviese algo de él, quizás como todos nosotros, hijos de los hombres, hijos de algún dios.

Mi plan era escapar en bote, aprovechando la oscuridad para no ser descubiertos, atravesando el mar de Galilea. Pero Jesús no parecía compartir el sentido de la urgencia que me animaba a mí. Su actitud, por el contrario, era de abandono, como si estuviese convencido de que nada de lo que pudiésemos intentar serviría para torcer el rumbo de lo que ya había sido escrito, vaya uno a saber cuándo o por quién. Creo que insistí para que me siguiera, mientras él decía por lo bajo cosas que no consigo recordar, pero su actitud era visiblemente la de una persona desalentada. Quien lo viese ahí tirado en una humilde poltrona acomodada de mala manera contra una pared, hubiese podido pensar que estaba más interesado en seguir durmiendo que en salvar su propia vida. Y probablemente así fuera. Más tarde, después de haber despertado, no pude dejar de relacionar aquella triste actitud con algunos gestos que en más de una ocasión observé en mi padre. Lo cierto es que comprendí que Jesús se sentía derrotado y que no tenía voluntad ni fuerza para enfrentarse a su destino. Y como si continuar escuchando mis insistencias no tuviese mayor sentido, giró sobre el camastro, volviendo su rostro hacia la pared, se tapó hasta la cabeza con una pobre manta rústica que delataba los rigores de los años, me indicó que lo dejara solo, y no volvió a abrir la boca.

Resignado, agarré entonces con fuerza la cuerda que servía para arrastrar el bote que iba a utilizar en mi escape, y de algún modo me las arreglé para bajarlo por las escaleras de madera, intentando no hacer ruido, para no alertar a los vecinos. Estaba en medio de aquella tarea cuando comprendí que aquellas barandas talladas, aquellos mosaicos costosos, aquel ambiente decimonónico que observaba a mi alrededor, no se correspondían en absoluto con el contexto general. "Esto forma parte de algún otro sueño", me dije entonces, sin saber si ese otro sueño también sería mío o el de alguien más. De cualquier manera me pareció bien, como una suerte de signo de los tiempos, aquella economía onírica de recursos. Mientras continuaba con mi fuga sentí un poco de culpa por abandonar a mi compañero a su suerte, pero me dije que todos estábamos, de una manera u otra, condenados a seguir el rumbo de alguna suerte, y que de lo que se trataba era de proseguir, mientras se pudiera, el propio camino del mejor modo que cada quien lograse encontrar. Entonces desperté.


jueves, enero 23, 2020

Evoluciones del tiempo

Si hago un poco de memoria
aún recuerdo aquellos días
en que yo era un niño
y los relojes
regulaban su marcha a un ritmo lento.
Las mañanas y las tardes
y también las noches
transcurrían pesadamente,
sin prisa ninguna.
Después un día,
sin previo aviso,
sin que al principio nos
diésemos cuenta siquiera,
el tiempo comenzó a acelerar su paso
los días y las tardes y las noches
se hicieron más breves
y el futuro, otrora lejano e improbable,
asomó en la esquina
caminando a paso firme hacia nosotros.

Y sin embargo
todavía hoy hay tardes
en que mi mano roza tu mano
y el cielo simplemente se detiene
al menos por un rato,
mientras las nubes y unos pájaros
pasean en lo alto
y una brisa tenue aplaca levemente
el rigor de un verano intenso.
La paz es esto, te digo entonces,
casi entre sueños,
Y vos murmurás algo,
como asintiendo,
tu mano junto a la mía,
y es algo tan parecido a la felicidad,
y el tiempo durante un rato ya no importa.



miércoles, enero 15, 2020

Ese temor a la muerte III

No le tenemos miedo a la muerte.
Le tememos al sinsentido.
La muerte es ante nuestros ojos
el final de todas las cosas.
O peor aún:
el final de lo que somos,
o de lo que creemos ser.
Aunque todo lo demás continúe,
será ya como algo ajeno
por completo a nosotros.
Nada podrá conectarnos
a las maravillas que perduren,
ya nada va a pertenecernos
cuando no estemos.

Y a pesar de todo
la paradoja de la muerte
es que aunque ella sea un misterio
definitivamente insondable
acaso también sea un lugar
en el cual ya todos hemos estado.
Bastaría con recordar,
si tal prodigio fuese posible,
el preciso instante previo
a nuestra irrupción en el mundo,
cuando todavía no éramos
sino esa nada absoluta,
esa completa ausencia
de nosotros mismos en la vida.

Por supuesto, tal idea es un absurdo,
pues antes de nacer éramos nada,
y la nada, nada recuerda.
Los recuerdos son patrimonio exclusivo
de quienes hacia la nada vamos.
O tal vez sea posible decir:
de quienes a ella regresamos.

¿Cuál es tu primer recuerdo?
¿El más antiguo, el más lejano?
No hay modo de estar seguros.
Tal vez nuestra memoria más distante
no sea auténticamente nuestra,
sino la de alguien que nos ha contado
un relato que habla de nosotros,
o mejor dicho: de quienes fuimos
o creímos ser en algún momento;
como una vieja fotografía
descolorida por el paso de los años.


viernes, enero 03, 2020

Sueño 200103 - De llaves, misterios y olvidos


Estoy comenzando a darme cuenta de que mis olvidos vienen ganando paulatinamente terreno. Es verdad, y no ganaría nada con negarlo: cotidianamente olvido cada vez más cosas. Aunque a decir verdad debería mejor escribir "ciertas cosas", porque no sucede del mismo modo con todas ellas. Todavía no llego a identificar un patrón que conecte mis olvidos. Pero no cabe duda en cuanto a algo: la memoria es selectiva y va creando realidades, al mismo tiempo que descarta otras. Somos lo que recordamos, y aquello que no recordamos es, por el contrario, como si jamás hubiese existido.

Soñé que viajábamos en colectivo, vos y yo, y también estaba Martin Wullich. En cierto momento me llamó la atención una llave que estaba tirada en el suelo, hacia un costado de la puerta de descenso trasera. Instintivamente me agacho y la levanto. Hay algo en ella que me resulta familiar. Llevo una mano a mi bolsillo y saco las llaves de mi casa, las comparo, y entonces me doy cuenta: la llave que acabo de encontrar es idéntica a una de las que tengo en mi propio manojo. Me pregunto cómo será esto posible, de qué clase de extraña coincidencia se trata. Y también, por supuesto, me pregunto cuáles serán las cerraduras, colocadas en quién sabe qué puertas, que cederán el paso ante la acción de estas llaves. Porque aquí hay un detalle: esta llave que yo tengo, la que ya estaba desde antes en mi manojo... simplemente no recuerdo a qué puerta pertenece. No la he descartado por las dudas, por si acaso, pero sinceramente desconozco cómo, cuándo o en qué circunstancias ha llegado a mis manos. Y ahora esta segunda llave, idéntica... La llave en sí misma encierra, sin duda, un simbolismo: es un elemento que ofrece el acceso a algo que permanece cerrado, y por lo tanto oculto. Es como una respuesta a una pregunta que en este caso se desconoce, pues tenemos la llave, más no la cerradura que ella podría abrir. Menudo misterio. Y con todo, lo verdaderamente interesante de todo esto es que afuera del sueño, en esa dimensión que identificamos como la realidad, colgada de verdad en el portallaves, al costado de la puerta de entrada de mi departamento, hay en efecto una llave que no me atrevo a descartar. Pero no logro recordar ni cómo, ni cuándo, ni en qué circunstancia es que llegó hasta allí.

miércoles, enero 01, 2020

Ponernos al resguardo de nuestros olvidos

"Ojalá el nuevo año nos permita ponernos a resguardo de nuestros olvidos". Anoche le escribí estas palabras a alguien, a la manera de un saludo de fin de año y sin pensarlo demasiado. Pero la idea me quedó resonando, como el estruendo de una molesta pirotecnia. (Nunca entendí la gracia de los fuegos artificiales, aunque confieso que también me molestan quienes a fin de año se quejan de la pirotecnia como si ese fuera el mayor de nuestros males, pero ese sería otro tema, no quiero disgregarme en demasía). Ponernos a resguardo de nuestros olvidos, decía, y retomo ese pensamiento. Y también a resguardo de ser olvidados, por supuesto. Pero qué olvido podría ser más grave que el propio. ¡Y vaya que solemos olvidarnos! De nosotros mismos y de los demás, que es otra manera de olvidarse, porque no estamos solos en este mundo, aunque a menudo elijamos no verlo. Y al actuar como si los demás no existieran, desde una absurda egolatría, desdibujamos lo que somos, lo falseamos, lo prostituimos. Y ese sí es uno de nuestros males mayores.

Le temo al olvido, lo confieso. Pero ahora me doy cuenta de que esto vale tanto para los olvidos ajenos como para los propios. Ambos nos hacen desaparecer de maneras parecidas. De manera que me prometo, para este nuevo año que hoy comienza, vigilarme un poco más para no olvidarme de mí mismo, que es también estar atento a las personas a las que quiero, y hacer las cosas de un modo tal que al menos el recuerdo que los otros guarden sobre mí no sea demasiado severo. Al menos mientras estemos vivos. Que diluirse en el tiempo es un destino para el cual finalmente no hay remedio.

lunes, diciembre 23, 2019

Ese temor a la muerte II

¿Por qué será que le tememos a la muerte?
¿Será por lo que tiene de desconocida e inevitable?
¿Será por lo que tiene de futura e inflexible?
¿O porque nadie jamás regresó de allí
para revelarnos de qué se trata
esa inconcebible nada?

O será por la triste decadencia
que nos arrastra velozmente hacia ella
sin posibilidad ninguna de
volver hacia atrás,
a ese pasado prometedor en el cual
de haber sabido
hubiésemos hecho
con el diario del lunes a mano
tantas cosas de un modo diferente.

Acaso todo se resuma en el temor
de que todo esto que somos
en definitiva carezca de
cualquier significado o sentido.
Si en verdad estamos destinados
a disolvernos en la nada
entonces para qué.
Y sin embargo
cuando te observo dormir a mi lado
mi no querer morir es la rebeldía
de saber que algún día
este amor me será arrebatado.

Pero mientras tanto

jueves, diciembre 12, 2019

Sueño 191212

Diecisiete meses más tarde soñé con vos. Después de mucho desearlo, finalmente te soñé, y fue como suceden siempre estas cosas: inesperadamente. Y como sucede a menudo, no fue lo que yo esperaba. No hubo epifanías ni mensajes reveladores. Y sí una molesta sensación de enojo. Porque simplemente volvías a casa, como si nada hubiese sucedido. Sin ninguna explicación, como cuando te peleabas como mamá y desaparecías durante varios días, y después regresabas, y había que hacer de cuenta que nada había pasado. Perdoname el tono de reproche, te juro que está más allá de mi intención, pero fue una sensación parecida, una suerte de desagradable reminiscencia, que no deja de ser injusta. Pero ya se sabe, uno no puede manejar las cosas que siente mientras sueña. Y después la extrañeza, por supuesto, si vos estabas muerto, y hasta se me pasó por la cabeza la posibilidad de que tal vez no lo supieras, y cómo iba a ser yo, precisamente yo, quien te lo dijera. Recuerdo además otra faceta de mi enojo: estabas allí, como si nada hubiese pasado, pero yo sabía que te ibas a ir de vuelta. Y me parecía injusto tener que atravesar el dolor de perderte otra vez. Pero ahora, despierto, sé que de ser ello posible eligiría pasar mil veces por la pena de perderte con tal de poder volver a verte una vez más. Me desperté llorando, no podía ser de otra manera. Pero en el fondo sé que ese hombre que soñé no eras vos. Que fue solamente un sueño extraño. Yo te voy a seguir esperando.

lunes, diciembre 09, 2019

Cocteau 2: El testamento de Orfeo


El poeta
      -dice Cocteau-
                es un inválido dormido,
desprovisto de brazos y piernas,
que sueña que gesticula y corre.
Es alguien que recurre a una lengua
que no está ni viva ni muerta,
que pocas personas hablan
y aun menos personas comprenden.
Alguien que busca a sus compatriotas
a través del exhibicionismo
de mostrar el alma desnuda
en medio de un mundo de ciegos.

Y allí va Cocteau, navegando un mar desierto
poblado de inexplicables apariciones
que no son reales ni mucho menos falsas,
malgastando su tiempo en sus esfuerzos por ser,
que son precisamente aquello que
le dificulta la tarea cotidiana de vivir,
a él lo mismo que a todos nosotros.

Que nos acusen de inocencia
cuando nos toque comparecer ante
el inevitable tribunal invisible.
Que se nos señale por atentar contra la
posibilidad de los crímenes que no cometimos
pudiendo ser culpables de todos ellos
en lugar de serlo apenas de unos pocos.

Que nos acusen de pretender resucitar
situaciones muertas, o de reinventar
memorias y mundos inexistentes
dando apariencia de realidad
a aquello que nos desborda
a través de las palabras
y también de los silencios.

Existe un conocimiento del alma
por el cual los hombres se preocupan poco.
Por eso la poesía es indispensable
aunque nadie sepa muy bien para qué.
Estas palabras son parte de ese sinsentido.

sábado, diciembre 07, 2019

Cocteau 1: Le sang d'un poète












Todo poema es un escudo de armas
que resulta necesario descifrar,
escribe Jean Cocteau en el principio
de su film "La sangre de un poeta" (1932).
Surrealismo puro y maravilloso, por cierto,
con pinturas, estatuas, pigmaliones y espejos.

A mí se me ocurrre que acaso
Cocteau debería haber escrito:
...un escudo de armas que reclama
al impensado lector que lo descifre.
Incluso cuando sea improbable
que tal reclamo llegue a ser complacido,
pues ya se sabe que jamás un poema
habrá de ser leído con los matices
que ingenuamente su creador desearía.
Siempre el lector hará su lectura,
tomando posesión de esos sueños ajenos
y sumando al escudo sus propios blasones.

Luego Cocteau continúa:
Cuánta sangre, cuántas lágrimas,
a cambio de estas hachas, estas mordazas,
estos unicornios, estas antorchas,
estas torres, estos martillos,
estos sembradíos de estrellas,
estos campos de cielo.

Y noto entonces que jamás he escrito nada
acerca de hachas, antorchas o unicornios
aunque es probable que sí de mordazas y torres
y también de estrellas y campos en el cielo.

Pero aquí sigue Cocteau:
Libre de elegir los rostros, las formas,
los gestos, los tonos, los hechos,
los lugares que lo complacen,
(el poeta) compone con ellos
un documento realista de sucesos irreales.
El músico subrayará los sonidos y los silencios.

Y yo me digo que de eso se trata
y de ninguna otra cosa,
y añado a mi propio escudo de armas
otro blasón que en vano, seguramente,
reclamará ser descifrado.

Al destruir una estatua se corre el riesgo
de convertirse uno mismo en una de ellas,
advierte más tarde Cocteau.
Pero esta advertencia será vana,
al menos para mí, por el momento,
hasta tanto alcance a descifrarla.

miércoles, octubre 16, 2019

Ese temor a la muerte

No deja de ser razonable
ese temor que todos
o casi todos
tenemos ante la idea de la muerte.
Digo idea no porque ella
no sea algo real, tanto como ineludible,
sino porque aunque todos hacia ella vamos
no la hemos experimentado todavía
y sólo podemos imaginarla.
No deja de ser razonable,
porque vivimos intentando
darle un sentido a todo
lo que hacemos y lo que somos
y la muerte vendrá a borrar todo sentido
posible para arrojarnos inclemente
al mar oscuro de la nada.
Y sin embargo
no deja de ser paradójico
ese temor que todos
o casi todos
sentimos hacia esa muerte
tan inapelable como extraña.
Después de todo
la muerte nos empuja hacia un vacío
que nos espanta por desconocido
pero todos venimos de la nada
que antecede a nuestras vidas.
Vamos hacia el mismo lugar
desde el cual llegamos.
Somos en definitiva apenas eso:
algo que sucede en un breve espacio
de tiempo que llamamos vida
flanqueado antes y después
por dos eternidades de no ser.

sábado, octubre 12, 2019

Sueño 191012

Sentí algo así como un par de gotas de lluvia, primero una y al rato otra; pero supe que no era lluvia, sino otra cosa. Acaso un par de pedruzcos, caídos de quién sabe adónde. Apenas un rato antes un auto blanco había caído adentro de una zanja que no debía estar en ese lugar, como si el suelo se hubiese abierto para tragárselo, congregando a una gran cantidad de curiosos que se habían acercado para observar el percance. Sentí entonces un ruido a mis espaldas. O acaso algo que enrareció de repente el aire o el ambiente. Me di vuelta y te toqué, para que vos también lo hicieras y pudieses ver el portento. En la vereda de enfrente un edificio, que en realidad era más bien una estructura abandonada a medio camino convertida luego en una tapera enorme, concluida a los ponchazos con materiales rejuntados aquí y allá por sus moradores, que vaya uno a saber cómo habían terminado viviendo allí, estaba temblando. De ahí habían venido las pequeñas piedras que había sentido caer unos segundos antes. Los balcones del edificio, terminados con unas paredes de ladrillo precarias, armadas con toda evidencia así nomás, sin siquiera una capa de revoque, se sacudían y se resquebrajaban. Enseguida comprendí que la estructura iba a derrumbarse, algo que efectivamente sucedió apenas unos segundos más tarde. Mientras veía colapsar las losas y las paredes, me apresuré a cubrirte con mi cuerpo, para que nada de lo que pudiera salir despedido de aquel colapso pudiera golpearte y hacerte daño. Te cubrí como pude, con los ojos cerrados, hasta que sentí que la nube de polvo y piedras se había disipado. Cuando volví a abrir los ojos estábamos en un sótano, felizmente ilesos. Salimos de ahí subiendo una escalera de material que daba a la calle. Presentí que el escenario que nos esperaba afuera podía llegar a ser dantesco, con gente atrapada, tanto viva como muerta, entre los escombros. Dijiste algo que no recuerdo mientras subíamos los escalones. Yo te respondí que no sería el último derrumbe del cual íbamos a ser testigos. Sin embargo, sentí que en tanto estuviésemos juntos nada malo podría pasarnos a nosotros. 

miércoles, septiembre 11, 2019

Sueño 190907

Habíamos ido a cenar, y después fuimos al cine. ¿O acaso había sido un recital? No lo recuerdo. Supongo que tampoco importa demasiado, que lo importante era haber pasado un rato juntos. Lo cierto es que ahora estamos aquí, uno al lado del otro, mirando los dos eso que bien podría ser un plano, o bien una enorme maqueta de una zona rural, pendiente encima nuestro, como fijada al techo, mientras nosotros observamos desde la cama, y señalamos aquí y allá con un brazo hacia arriba, mientras con el otro nos abrazamos. De repente me pregunto si de verdad eso es una maqueta. Y si de verdad está arriba de nosotros. Me da entonces un ligero vértigo, porque entiendo que en realidad no estamos acostados, sino volando, y que eso no es una maqueta, sino la tierra, vista desde lo alto. Y me agarro más fuerte de vos, para no caerme, o para que no te caigas, y se siente lindo el calor de tu cuerpo, el abrazo, el abrigo de las nubes, y nos reímos. Te señalo entonces allí abajo, aunque tal vez sea arriba, pero eso ya no importa, un círculo en medio del verde y te pregunto si se trata de una pileta o de un estanque. Me decís que sin los anteojos no ves bien, y te reís, y nos reímos. Y no existe nada más allá de este abrazo y esta magia. Y mientras este abrazo subsista, ya sea que estemos dormidos o despiertos, todo, absolutamente todo, resulta posible.

jueves, agosto 29, 2019

Sueño 190828 - La biblioteca infinita

Sueño. Estoy en una biblioteca. Voy mirando y eligiendo libros, un poco al azar. Aunque pensándolo bien es probable que en verdad el azar no exista en estas cosas. Como no sabemos qué hay realmente detrás de algunas cuestiones, solemos hablar de azar; pero en definitiva esto no es más que un decir, un gesto automático que nos remite a la comodidad de no tener que profundizar demasiado. Volvamos mejor a los libros. Hay varios ejemplares que me llaman la atención. Reconozco por ejemplo un volumen con poemas de Oliverio Girondo, aunque presiento que en realidad debe tratarse de su obra completa. También intuyo una Estética de la desaparición, de Paul Virilio. Paso mis manos por las tapas nuevas, lustrosas, ligera e inexplicablemente húmedas. Por suerte, esta humedad no parece hacerle daño al papel. Agarro ahora uno de los libros (¿al azar?) y lo abro en cualquier parte. Descubro en su interior una combinación de fotografías en blanco y negro con textos breves. En este momento es cuando me doy cuenta de que estoy soñando.

Por alguna razón no es posible leer en sueños. Uno puede adivinar títulos, autores o sentidos genéricos; pero la decodificación de un texto escrito es una tarea improbable. Las fotografías, en el caso de mi libro, de este libro que tengo ahora mismo entre mis manos, son perfectamente visibles, con corte a página completa y una buena calidad de impresión; pero las letras, blancas sobre fondo oscuro, muy a pesar del buen tamaño tipográfico, se resisten. Siempre la palabra escrita se resiste a ser leída en los sueños. Me digo que es una verdadera lástima. Porque de no suceder esto podría encerrarme en esta biblioteca a leer, un ejemplar cada día, o acaso más, mientras afuera, en el mundo real, el tiempo se detiene. Una posibilidad magnífica, que cancelaría la tragedia de una vida demasiado breve para tantas bibliotecas, como escribió alguna vez Julio Cortázar en Rayuela. Por un instante la idea me parece maravillosa, pero de inmediato me gana la decepción: por mucho que lo intente, no es posible leer en sueños.

Más tarde, cuando ya esté despierto, seguramente arriesgaré algunas posibilidades que intenten dar respuesta a por qué sucede esto. Pensaré, por ejemplo, que tal vez la mente no logra resolver la contradicción que media entre la libertad pura del inconsciente, lanzado al juego de sus fantasías más profundas, y las cotas propias de la lógica analítica indispensable para llevar una serie de grafemas convencionales al terreno del sentido. O tal vez, para no caer en una mirada tan tecnicista, sospeche que la mente de quien sueña únicamente puede elaborar contenidos que ya residan en su inconsciente, con lo cual sería imposible soñar libros que no conozcamos con antelación. De ser así la fabulosa biblioteca onírica quedaría limitada a variaciones de los libros que ya hemos leído, sumados a aquellos otros que -con mejor o peor estilo- podamos concebir durante el sueño, escritores soñantes. Tantas veces hemos soñado magníficas ideas, que se disipan irremediablemente al despertar... ¿No sería fantástico escribir esas ideas, mientras estamos en esta biblioteca, para poder leerlas después, cuando volvamos a estar despiertos? Pero vayamos más lejos. Especulemos también con otras ideas. Por ejemplo, ¿no será posible conectarnos durante el sueño con lo que estén soñando otras personas?

Sueño lúcido. Sé que estoy soñando. Tengo este libro abierto entre mis manos y no consigo leerlo. Y comprendo que esto sucede así, precisamente, porque se trata de un sueño. Me frustro. Busco alternativas. Entonces me doy cuenta de que no todo es sueño: en el mundo real, si es que las categorías de real y de imaginario tienen todavía algún sustento, te siento acostada a mi lado, tibia, tranquila, cercana. Supongo que también dormís. Quiero entonces mostrarte el libro que todavía sostengo, pedirte que lo agarres, que lo tengas vos y me lo devuelvas más tarde, para poder leerlo cuando ya esté despierto. No se me pasa por la cabeza la idea de que el libro pudiese no ser real. Tampoco que en verdad vos pudieras no estar allí conmigo afuera del sueño. Que seas también vos, esta sensación que tengo de vos, parte de mi fantasía. Veo el libro en mis manos, a vos te siento... No tengo demasiadas incertidumbres y la idea de que puedas meterte en mi sueño no me parece en absoluto descabellada. Sin embargo, algo de todo esto al final me causa gracia, y me río. Pero me río de verdad. Vos me escuchás, te despertás a medias y me decís algo. También yo me escucho reír, y por un momento me olvido del libro, que desaparece. ¿Era ese libro de verdad o era ciento por ciento un producto de mi imaginación? ¿Existirá en alguna parte ese volumen soñado? ¿Podré volver a tenerlo entre mis manos de nuevo si vuelvo a dormirme? Los laberintos de los sueños son muy extraños y misteriosos. Resulta demasiado fácil extraviarse en ellos. Es verdad que bien podría uno soñar ser Icaro y sobrevolar los muros, pero habrá que tener presente el triste final que tuvo aquel intrépido.

Sigo durmiendo. Y tal vez soñando. ¿No seremos acaso también vos y yo apenas parte del sueño de alguien más? ¿Cómo saberlo? Recuerdo de pronto algo que alguna vez escribió Descartes, que si alguien  duerme y sueña, los sentimientos que deriven de ese sueño, por más que lo soñado no sea real, serán inevitablemente ciertos. La angustia de quien sueña algo triste, el miedo de quien tiene una pesadilla, pertenecen a un mismo tiempo al mundo de lo onírico y al de lo real.

Así me paseo entre la dimensión de la fantasía y la de la realidad, jugando a intentar distinguir la frontera que delimita una de la otra, aquel libro, esta piel, y me resulta extraño no poder unir ambas cosas, esto que veo mientras sueño, y esto otro que siento, que intuyo que llega a mí desde un lugar más lúcido. Aunque no estoy seguro de qué sea más o menos lúcido. Pero sé que me resulta abrumador estar en esta biblioteca infinita, tener todos estos libros al alcance de la mano, y acaso también todo el tiempo del mundo para leerlos, y que no me sea dado develar los misterios que estos libros albergan, por no poder leerlos. Curiosamente no se me ocurre que quizás ninguno de estos libros tenga escrito algo que no pueda conocer de otras maneras. ¿Cómo podría yo mismo, que soy el autor de mi sueño, proyectar en estas páginas cualquier contenido proveniente de una mente distinta de la mía, la de Girondo, la de Virilio o la de cualquier otro? Excepto, claro está, que en los sueños no haya sino una gran mente universal, de la cual todos vengamos a formar parte. La idea no resulta descabellada, después de todo. Pero no puedo decir más, porque de pronto me despierto.

miércoles, julio 31, 2019

Cercanías y distancias

Es curiosa la memoria. Nos conectamos muchas veces a través de ella con la lejanía de un recuerdo... Esta expresión acaso tenga demasiada pretensión poética. Lo que pretendo decir es que, aunque parezca una paradoja, la memoria remite tanto a una cercanía como a una distancia. Esos recuerdos que tenemos, o quizás creemos tener, nos remiten a cosas lejanas en el tiempo, pero tal vez no son en verdad más que construcciones que hacemos. No es verdad que recordemos aquellas vacaciones que hicimos junto a nuestros padres cuando teníamos cinco años. Lo que recordamos es una foto tomada en aquella ocasión, y algunas cosas que nos contaron, y el resto lo inventamos. Cercanía y distancia, entonces. Y ni siquiera es necesario que nos remontemos tanto en el tiempo. Ni siquiera son del todo auténticos los recuerdos que nos remiten a las cosas que han sucedido hace diez años atrás. O acaso incluso ayer mismo.

Hablando de recuerdos, creo recordar haber escuchado decir que Mark Twain alguna vez dijo que los días más importantes en la vida de una persona son aquel en el cual nace y aquel otro en que finalmente descubre el para qué. No me consta que Twain haya dicho esto. De hecho dudo de mi propio recuerdo al respecto. Pero de haberlo dicho me parece que el hombre está condenado a no alcanzar jamás el referido descubrimiento. Eso sí: acaso puede creer que lo ha alcanzado. Como quien cree recordar algo que tal vez no sea más que una impostura, una falsa conciencia, una idea que nos permite sentirnos un poco mejor con nosotros mismos, haciéndonos creer que somos dueños de nuestra propia identidad, de nuestro propósito o de nuestra historia, aunque no sea cierto.

lunes, julio 22, 2019

Palabras sobre nada

No quiero ser nada.
Me asusta la idea
de ser nada.
Aunque no puedo ser nada
mientras estoy diciendo esto.
Y sin embargo,
todo parece indicar que
inconmovible
la nada aguarda allá adelante.

¿Y antes de esto? ¿Qué éramos?
Ni el pasado ni el futuro
nos ofrecen respuesta.
Acaso no seamos más que
un mientras tanto rodeado por
una eternidad de nada antes
y una nada interminable después.
Y sin embargo.

Hay demasiadas preguntas,
y demasiadas pocas respuestas,
y demasiada nada en torno de todo.

Es curioso...
Pero cuando seamos nada,
nada tendrá la menor importancia.
Nada importará en absoluto.
Pero nos aferramos de tal modo
a este enorme misterio que somos
o que creemos ser
que no podemos concebir
ninguna cosa
desde ningún lugar
que no seamos nosotros mismos.


jueves, julio 18, 2019

Palabras sin destino

Siento pena, siento dolor, siento miedo,
pero por sobre todas las cosas
me invade el desconcierto.
No comprendo por qué
desde hace un año
no estás más,
cómo es que no logro
encontrarte en ninguna parte.
No faltan quienes pretenden,
con buena intención y palabras
repetidas una y mil veces,
explicarme lo que ocurre,
como si yo no lo supiera.
Pero no quiero comprender,
no lo acepto, no me conformo,
no me puedo resignar.
Hace un año ya...
Un año desde aquel último gesto
de tomar tu mano entre las mías
sin saber si llegabas a sentirlo;
un año desde aquellas últimas palabras
dichas por mí en medio del silencio
de aquella última noche
en que acaso intuí era una despedida
y que no sé si llegaste a escuchar.
Un año desde que aquella puerta
se cerró detrás de mi espada,
y sería, en efecto, la última vez.
La última vez de todo.
Te extraño tanto, papá.
Y lo digo en voz alta, y lo escribo,
y lo que más me duele es saber
que no tengo manera de
hacerte llegar estas palabras.


sábado, junio 29, 2019

Ciudades

Podría ser en Roma,
O en París, o acaso en Praga.
Este mismo amanecer.
Este mismo resplandor entrando
de manera tenue por una ventana.
Podría ser cualquiera de esas ciudades
o quizás Dublin, Hamburgo, Brujas,
e inclusive Buenos Aires.
Sabremos qué hay detrás de las cortinas
que cubren las ventanas más tarde,
cuando salgamos a caminar en busca
del Café de la Paix, o del Parque Minnewater.
Pero hasta entonces el mundo es esto,
esta tenue luz, este silencio,
el roce de las sábanas sobre la piel,
y el calor de tu cuerpo desnudo
acurrucado junto al mío.
Podría ser cualquier ciudad del mundo,
pero no hay un lugar en el universo
en el cual yo prefiera estar
más que en este preciso espacio
en el cual los dos estamos ahora mismo,
ni ningún amanecer más hermoso
que aquel que me encuentre a tu lado.

jueves, junio 27, 2019

Sueño 190627

El tren había llegado enseguida, pero después se había empecinado en quedarse detenido en la estación. Conmigo estaban Jéssica (edad indefinida), Daniela, y acaso también alguien más a quien no recuerdo. Sí tengo presente, en cambio, que salí del vagón para caminar un poco. O tal vez porque quería estar un rato solo. Solía tener esa necesidad entonces, de alejarme un poco de los demás, incluso tratándose de mi esposa y nuestra hija, y en ocasiones me pasa todavía con el resto de la gente. Lo cierto es que estaba fuera del tren cuando la formación cerró sus puertas y arrancó sin previo aviso. Me insulté por lo bajo, reprochándome mi descuido, pero por suerte el tren siguiente se encontraba ya a la vista, y esta vez no habría ninguna demora antes de que continuara su camino. Me acomodé apoyado contra uno de los laterales del vagón, y seguramente me habré perdido en intrascendencias.

De repente me sorprendí preguntándome en dónde había dejado la bicicleta. ¿Había subido al tren con ella? Estaba casi seguro que sí, pero allí no estaba. Con extraña tranquilidad dí por sentado que ya estaría en manos de alguna otra persona, cuando sonó mi celular. Era Daniela, para preguntarme -su tono de voz me hizo saber de inmediato que estaba muy molesta conmigo- adónde estaba. En situaciones tales solía ser común -acaso lo sigue siendo- que yo tomara la situación de un modo distraído, de manera que con toda naturalidad expliqué que me había tomado el tren siguiente, y que seguramente estaríamos cerca. Para mi sorpresa, Daniela me dijo que ellas ya habían llegado a Once. Cosa curiosa, porque mi tren todavía no había entrado a Liniers. ¿En qué momento se había instalado entre nosotros tanta distancia?

- Cuando llegues fijate, porque está tu papá acá esperándote; necesita la bicicleta -escuché que me decía la voz de Daniela del otro lado del teléfono. Siempre me molestó ese tono, que me hacía saber que yo me encontraba en falta, incluso sin decirlo. Y jamás supe cómo enfrentarlo. Ese fue parte de nuestro desencuentro. Podría haberle dicho que la bicicleta ya no estaba, pero no lo hice. Sin embargo, por una vez no fue para ocultar mi falla, el inexcusable descuido de haber extraviado el rodado, de ni siquiera saber si había subido o no con él al tren o recordar en dónde lo había dejado.

- Decile por favor que me espere -respondí. A decir verdad, la bicicleta ahora era lo de menos. Lo que me importaba era la oportunidad de volver a ver a mi papá.

Desperté antes. Por alguna razón siempre despierto antes. Me resulta muy difícil soñar con mi viejo, después de su muerte. Y por más que intenté volver a dormirme, ya no logré hacerlo.

martes, junio 25, 2019

Aunque parezca un juego de palabras, no soñar nada es muy diferente a soñar con la nada

Anoche soñé una vez más con la nada.
Si me preguntaras cómo es esto
probablemente te diría que
es algo difícil de explicar.
Es como tener de repente la certeza
de que después de la muerte
nos espera exactamente eso:
ni más ni menos que la nada misma.
Un final absoluto y definitivo.
Se me ocurre decir que también absurdo.
Ni alma, ni dioses, ni trascendencia, ni espíritu,
y por supuesto, entonces, tampoco un sentido.
Es como si una angustia sin forma
se te metiese de pronto en el alma...
Nada de lo que hagas podrá salvarte.
Aunque por otra parte, también tuve una idea:
Si nada hay después, tampoco hay reglas.
Cualquier cosa que queramos hacer es lícita
puesto que estamos vivos, ni antes, ni después.
Tal vez el único sentido posible esté en el ahora.


sábado, junio 08, 2019

Sábado 17:59

Se está haciendo de noche otra vez
y una vez más me enfrento
a esta extraña inquietud
que de pronto comprendo
se parece demasiado al miedo.
Será por eso -me digo de repente-
que suelo sacarle fotos al horizonte
cuando desde el ventanal de mi casa
veo cómo el sol se va escondiendo
y la luz y el calor de la tarde
le ceden paso de a poco a la oscuridad.
Saco fotos para tratar de entender,
o para pretender que soy valiente.
Pero eso es mentira.
Cuando ya sea entrada la noche,
acaso mi inquietud cambie de forma,
y tal vez será el amanecer
lo que me inquiete más tarde.
Es el cambio inevitable de las cosas
lo que me angustia.
Incluso cuando mañana
amanecerá y atardecerá de nuevo.
Pero nosotros ya no seremos los mismos.

sábado, junio 01, 2019

Un diálogo inadecuado

- Decime... ¿A vos no te pasa que a veces te dan ganas de decir cosas inadecuadas?

- ¿Cosas inadecuadas?... ¿Inadecuadas cómo?

- Inadecuadas como esta pregunta que acabo de hacer, precisamente. Pero es nada más un ejemplo. Pienso que tal vez sea algo así como el deseo de hacer una prueba. Decir cosas para ver cómo suenan en el momento preciso de ponerlas en palabras. O para ver qué sucede entonces. Incluso cuando tal vez uno en realidad no desea que suceda nada en particular. O mejor dicho... ¿Una doble negación vendría a ser algo así como una afirmación? ¿O es más bien todo lo contrario?

- Sinceramente... no tengo la menor idea de qué me estás queriendo decir con todo esto.

- Lo lamento. Te aseguro que intento ser lo más claro que puedo. Lo que ocurre es que... Bueno, ya ves. De esto es de lo que hablo. Supongo que a vos no te sucede, entonces. De lo contrario no te sorprenderías tanto. Se trata simplemente de esto: de unas ganas imperiosas, como una compulsión, de decir -o escribir- cosas que suelen estar completamente fuera de lugar, o bien pasar por incomprensibles. Y fijate que a la larga lo incomprensible también resulta inadecuado.

- Debe haber cosas inadecuadas que no sean incomprensibles, supongo.

- Quién sabe. Puede ser que al decirlas parezcan comprensibles, pero que en verdad no lo sean.

- ¿Y qué hacés ante ese deseo, cuando se presenta?

- Algunas veces me dejo llevar. En otras ocasiones me gana el silencio. O acaso sea yo quien gana. Supongo que no hay manera de saberlo con exactitud. Y que no debería estar diciendo todo esto.

domingo, mayo 26, 2019

Sueño 190525

No sé de dónde salieron las dos medias de toalla que yo llevaba en la mano, tan parecidas pero al mismo tiempo tan diferentes que me hicieron dudar de si realmente se correspondían o no a un mismo par. Tampoco sé por qué estaban húmedas --en realidad empapadas. Sin pensarlo demasiado decidí hacer con ellas un bollo que terminé guardando en un bolsillo, no sin antes estrujarlas, para escurrir un poco el agua, discretamente, sin que mamá se diese cuenta.

Creo que ella subió las escaleras primero. Era una casa antigua, y claramente estaban preparando una reunión. Lo delataba la cantidad de bandejas y platos que habían sido dispuestos en varias mesas, en los distintos ambientes, a la espera de los comensales. El Tolo fue la primera persona con la que me crucé al llegar. Me llamó la atención encontrarlo allí, sabiendo que había muerto muchos años atrás. También había una niña muy pequeña que me miró con una inquietante familiaridad. Yo no supe quién era, aunque más tarde --una vez que desperté-- acaso lo intuí.  Recuerdo que la chiquita estaba sentada muy cerca del borde de la escalera, y yo me apresuré a apartarla, pues pensé que corría el riesgo de caer al vacío. Me llamó la atención que nadie más le diera importancia al asunto, como si en realidad a la pequeña nada pudiera sucederle.

También se encontraba allí mi abuela, algo molesta, pues al parecer se había empeñado en preparar una salsa casera que no le terminaba de salir como quería. De todos modos me saludó con afecto, pero me llamó la atención verla tan joven. La tercera persona a la que reconocí fue a Irma, la hija de Miguel y madre de Claudia --de quien estuve enamorado de chico, cuando todavía no sabía lo que significaba estar enamorado. Pero ni Claudia ni Miguel estaban allí. Supongo ahora que, por circunstancias diferentes ella y él, todavía no habrían llegado.

También Irma se veía extrañamente joven, y se lo dije. Ella sonrió, pero no hizo ningún comentario. De pronto comencé a sospechar que algo no del todo normal estaba sucediendo. Le pregunté entonces si acaso también yo me veía rejuvenecido en esa casa. Me respondió que no, y enseguida pude verificar por mí mismo que me decía la verdad, al asomarme a un espejo que colgaba en una de las paredes de aquella sala. Yo estaba como siempre. O mejor dicho: estaba tal como se suponía que debía verme con mis años.

Fue en ese momento cuando se me ocurrió preguntar la fecha. Me costó conseguir una respuesta. Primero me dieron la referencia de un día de la semana, sinceramente no recuerdo cuál, porque eso en verdad no me interesaba. Luego logré que me diesen un número de día, y casi al mismo tiempo un mes. Tampoco recuerdo qué me dijeron entonces, pero sí el hecho de que absolutamente nadie me ofreció una respuesta que me permitiese saber en qué año estábamos. En este momento me pregunto si acaso los allí presentes se hubiesen podido poner o no de acuerdo entre ellos en ese detalle. Quizás se trataba de una reunión por fuera del tiempo.

Lo cierto es que me comencé a poner cada vez más nervioso. En ese momento la veo a mi mamá y me escucho a mí mismo diciéndole: "Tenemos que irnos ya mismo. Acá nada de lo que vemos es lo que se supone que debe ser".

Entonces me desperté. Ahora que recuerdo mi sueño, ya despierto, noto que entre los presentes también estaba un viejo compañero de la escuela. No voy a nombrarlo. Hace tiempo que no sé nada de él. Ni siquiera sé si todavía está vivo o si ya habrá muerto.

sábado, mayo 18, 2019

Tierras Santas

Cruzo por el medio de Plaza Once. Un hombre vocifera y gesticula, teniendo como público a un perro vagabundo y tres o cuatro personas que lo escuchan a una distancia prudencial. El hombre grita algo acerca de Dios, y habla también del pueblo de Israel, al cual se refiere como el pueblo elegido. De pronto me descubro pensando en aquellas tristes geografías. En Israel, pero también Palestina, Siria, Líbano y otras tierras aledañas. Me digo entonces que una de las demostraciones más cabales de que los dioses concebidos por los hombres son falaces, es que las así llamadas Tierras Santas son históricamente páramos asolados por la tragedia humana. Lo que uno estaría tentado a llamar, paradójicamente, lugares dejados de lado por la mano de Dios.


lunes, mayo 13, 2019

Entresueño 190512 - Summinia

No podría decir porqué, pero de repente me encontré pensando en Las ciudades invisibles, ese delicioso libro escrito por Italo Calvino, en el cual el autor describe una serie de ciudades imaginarias, algunas de ellas aledañas a lo imposible, cada una de ellas identificada con un nombre de mujer. Quise entonces hablarte un poco acerca de esa obra, contarte alguno de sus capítulos. Más tarde supe que en realidad me había quedado dormido, y que soñé tanto el capítulo en cuestión como mi relato. Es siempre curioso ese discreto límite que separa la vigilia del sueño, y viceversa.

Lo cierto es que soñé que te contaba acerca de Summinia, la ciudad de los espejos. Todas las mujeres de Summinia tienen un espejo mágico que les pertenece. Cuando en Summinia una mujer se enamora de un hombre, lo lleva hasta ese espejo y se acomoda junto a él delante de la plateada superficie para verse reflejada allí en su compañía. Al observar en ese espejo su propio reflejo junto al del hombre elegido, cada mujer de Summinia puede saber con absoluta certeza si ese varón es realmente el marido que habrá de permanecer junto a ella durante el resto de su vida.

Una vez concretada la unión, en aquellos casos en que el dictamen del espejo ha sido favorable, esa mujer y ese hombre permanecen juntos, y viven felices. Todos los días, de un modo casi religioso, por la mañana y por la noche, apenas después de levantarse y antes de irse de nuevo a dormir, la pareja se expone ante el espejo y las mujeres corroboran que todo siga perfectamente bien.

Pero conforme el tiempo transcurre, y el hombre se aproxima al día de su muerte, las mujeres de Summinia también logran ver esto en sus espejos mágicos. Lo que ellas hacen entonces es romper ese espejo en pedazos. Luego escogen una de las astillas, que será utilizada en un último ritual, durante el cual la mujer seccionará con gran delicadeza alguna vena del hombre, que se entregará mansamente a las manos de su amada, para no tener que atravesar la penosa circunstancia de quien está condenado a morir de otro modo. El recurso no deja de ser ingenioso, puesto que de esta manera se termina cumpliendo siempre la profecía de los espejos.

Esto es lo que yo soñé.
Probablemente no signifique absolutamente nada.