miércoles, junio 27, 2007

La historia de mi vida...

Revisando disquetes viejos, me encontré hace un rato con esto que había copiado tiempo atrás, ya ni recuerdo de dónde, pero que sigue manteniendo su plena vigencia:

Un hombre estaba escribiendo un libro. Y cuando sus amigos le preguntaban cómo andaba en la tarea, él respondía:

- Voy bastante bien. Estoy muy adelantado. Ya tengo todas las palabras; ahora sólo me falta juntarlas.


(Y sí... es un poco la historia de mi vida.)

sábado, junio 09, 2007

Una pequeña forma del espanto

Diariamente recibo una enorme cantidad de mails en la casilla de mi trabajo con gacetillas de conciertos y anuncios de variadas actividades. Entre las recibidas hoy, me llamó bastante la atención una que propone:

"¿Nuevos Hombres? Cómo comunicarse a través del Marketing. Estudio actitudinal. Los nuevos paradigmas del Hombre."

Esto estaba a cargo de un tal licenciado X, director de la División Research del Cicmas Strategy Group, una empresa dedicada a investigaciones sobre segmentos específicos de mercado y estilos de vida. El desarrollo del temario anunciaba:

» ¿Cómo es el hombre de hoy?
» ¿Cómo ve y siente los cambios?
» ¿Cómo se para ante ellos?
» ¿Cómo se manifiesta frente a los cambios de la mujer?
» ¿Cómo piensa realmente?
» ¿Cómo se traduce esto en hábitos de consumo?
» ¿Qué productos consume y cómo se vincula con ellos?


Por supuesto, como docente de la carrera de Ciencias de la Conunicación en la Universidad de Buenos Aires, entiendo que los estudios de marketing formen parte del universo de la comunicación, y tanto es así que en la facultad existe una orientación dedicada específicamente a la publicidad. Pero esto no hace que deje de preguntarme si resulta razonable indagar en cuestiones tales como qué es el hombre de hoy, cómo siente, cómo piensa, pero no para comprenderlo mejor, para evitar guerras o para prevenir atrocidades, sino para venderle un nuevo auto o un desodorante.

Me hizo recordar, una vez más, el horror imaginado por José de Saramago en su novela La caverna, cuya acción en buena medida transcurre en el interior de un gigantesco centro comercial, que ha adoptado como lema el siguiente concepto:

NO VENDEMOS TODO LO QUE USTED NECESITA, PUES PREFERIMOS QUE USTED NECESITE TODO LO QUE TENEMOS PARA VENDERLE.

El horror, la pequeña forma del espanto a la que alude el título de esta anotación, reside en este lema, y en el hecho de que esta forma de pensar no es ficticia, sino absolutamente real. Tan poco es lo que importa el ser humano a la actual cultura mercantilista. El ser humano ya no existe. Su existencia se limita al utilitarismo propio de quien consume, produce, vota, se acomoda a un guarismo impuesto por un sistema deshumanizado.

miércoles, junio 06, 2007

Textos, palabras, imágenes

Tres textos que coinciden hoy en presentarse ante mí.

El primero, un envío por mail de una reciente amiga chilena, de su compatriota Teresa Calderón, dice así:

Intento recoger cada momento,
cada gesto tatuado en la memoria,
la antología con los besos que no me dieron,
el sonido de la caracola de mi infancia,
la corona de mis días benditos,
un ramo de amores disecados,
el cofre de secretos que se llevó a la tumba mi abuela
y el enigma de la vida y de la muerte.


El segundo y el tercero, tomados ambos de Eduardo Galeano, fueron ofrecidos por una alumna en un examen parcial. El primero dice:

En su infinita generosidad, el sistema nos otorga a todos la libertad de aceptarlo o aceptarlo, pero el ochenta por ciento de la humanidad tiene prohibido el ingreso a la sociedad de consumo. Se puede verla por televisión, eso sí: quien no consume cosas consume fantasías de consumo.


Y el restante, finalmente...

Hace unos cuatro mil quinientos millones de años, año más, año menos, una estrella enana escupió un planeta, que actualmente responde al nombre de Tierra.

Hace unos cuatro mil doscientos millones de años, la primera célula bebió el caldo del mar, y le gustó, y se duplicó para tener a quien convidar el trago.

Hace unos cuatro millones y pico de años, la mujer y el hombre, casi monos todavía, se alzaron sobre sus patas y se abrazaron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse, cara a cara, mientras estaban en eso.

Hace unos cuatrocientos cincuenta mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los ayudó a pelear contra el miedo y el frío.

Hace unos trescientos mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras, y creyeron que podían entenderse. Y en eso estamos, todavía: queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frío, buscando palabras.

jueves, mayo 31, 2007

Hay alumnos que...

Este es en realidad mi segundo blog. El primero, que todavía sigue activo, nació como una vía de intercambio de ideas con mis alumnos de la Universidad de Buenos Aires. Pero cada tanto aparecen allí cosas que por su naturaleza podrían haber aparecido aquí, o viceversa, y entonces se generan algunos cruces como éste: sin nada que lo justifique (y aquí resida tal vez el mayor mérito del asunto), una alumna anota, entre las entradas destinadas a debatir sobre otras cuestiones, un texto atribuido -digamos que al parecer falsamente- a Pablo Neruda que copio aquí debajo.

Muere lentamente
quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos.

Muere lentamente
quien no arriesga vestir un color nuevo
y no se cambia nunca el peinado.

Muere lentamente
quien no golpea la mesa cuando está enojado.

Muere lentamente
quien destruye su amor propio,
y no se deja ayudar.

Muere lentamente,
quien pasa los días quejándose de su suerte
quien abandona un proyecto antes de iniciarlo,
no preguntando de un asunto que desconoce o
no respondiendo cuando le preguntan sobre algo que sabe.

Muere lentamente
quien evita una pasión,
quien prefiere el negro sobre blanco
y los puntos sobre las "íes" a un remolino de emociones,
justamente las que rescatan el brillo de los ojos,
sonrisas de los bostezos,
corazones a los tropiezos y sentimientos locos.

Muere lentamente
quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño,
quien no se permite por lo menos una vez en la vida,
huir de los consejos sensatos.

Si puede evite esta muerte en suaves cuotas,
recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor
que el simple hecho de respirar.

sábado, mayo 26, 2007

Quizás la Tierra no sea plana pero


Transcribo la cita que escoge una alumna para dar inicio a su parcial.
La sentencia está tomada de Tzvetan Todorov y sostiene: "Se puede admirar la valentía de Colón. (...) Vasco de Gama o Magallanes quizás emprendieron viajes más difíciles, pero sabían adónde iban; a pesar de toda su seguridad, Colón no podía tener la certeza de que al final del océano no estuviera el abismo y, por lo tanto, la caída al vacío; o bien de que ese viaje hacia el oeste no fuera el descenso de una larga cuesta -puesto que estamos en la cima de la tierra- y que después no fuera demasiado difícil volver a subir. Es decir, no podía tener la certeza de que el regreso fuera posible."

Se me hace cierto lo que dice Todorov. Pero no puedo dejar de pensar que, un poco a la manera de Colón, todos estamos en este mundo sin saber cómo, ni para qué, ni mucho menos hacia dónde nos dirigimos, ni tampoco qué nos depara ese incierto mañana. Por eso nos refugiamos en las rutinas y en los pasatiempos. Pero es en vano: allá lejos -quizás sea, sin que lo sospechemos, aquí cerca, a la vuelta de la esquina- nos espera un insondable abismo, del que en verdad nada sabemos.

Por supuesto, lo que nos diferencia de Colón es la imposibilidad de escoger entre llevar adelante o no esta travesía. Y siendo así, ¿cuáles serían nuestras opciones? Quizás relajarnos y disfrutar, a pesar de todo, lo más que podamos del paisaje. No deja de ser llamativo que precisamente ésta sea la tarea más difícil de llevar a cabo.

lunes, mayo 21, 2007

Cuando malentender nos acerca









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Sabido es que los malos entendidos abren la puerta que conduce a todos los desencuentros. Pero de vez en cuando sucede precisamente lo contrario. Y un error promueve el descubrimiento de algo que, de otra manera, hubiese permanecido oculto.

Empecé la presente anotación del modo en que lo hice. Aunque también podría haber comenzado escribiendo, por ejemplo: Hay errores que son inexcusables; tan difícil de justificar es su acaecencia. Y de haber escrito algo así, no debería haberse leído ello como una veleidad, pues debe saberse que el suscripto ha sido responsable de innumerables errores de tal especie. Y ninguno de ellos habrá sido el último.

Lo cierto es que hace algunas semanas recibí el mail de una persona que me ofrecía el envío de un disco para escuchar e incorporar a la discoteca de la radio en la cual trabajo. Respondí que sí, que por supuesto, pero incluso antes de que los discos llegaran Cecilia Almarza se dio cuenta de su error: no era para radio Amadeus de Buenos Aires y de música clásica el mail por ella enviado, ni mucho menos los discos, sino para una radio Amadeus de Chile, el país donde ella vive, que pasa música de estilos populares, como jazz o bossa-nova.

Como más tarde le comenté por mail a Cecilia, no pude convencerme de que semejante confusión haya podido tener lugar, más allá de todas las explicaciones del caso, que de hecho las hubo, aunque no importen aquí. Pero lo que sí importa es que de hecho las cosas hayan tenido lugar del modo en que sucedieron. Y yo me regocijo ante el error que me permitió tomar contacto con la música y la voz de Cecilia, y cantar con ella algunas canciones que ya conocía y algunas otras que, de no haber sido por el error en cuestión, quizás no hubiese conocido nunca.

Alguna vez escribió Ernesto Sábato que el término casualidad no es otra cosa que un barbarismo por causalidad. Yo no sé si tal cosa será cierta, pero en todo caso quiero hacer extensivas las consecuencias de este error con los eventuales lectores de este blog, a través de tres de las canciones de Cecilia Almarza que integran su disco, que se titula Un poco de viento. Son estas canciones Corazón vagabundo de Caetano Veloso, un tema propio llamado La luna te mira y Desafinado, bella pieza de la cual hablo en mi anterior anotación.

Muy poco sé acerca de Cecilia Almarza. Sé que es madre de dos hijos, que es docente en un instituto de enseñanza privado, que es ilustradora de un par de libros para chicos. Sé también que tiene poesía dentro suyo. Que canta y escribe canciones. Que conoce a un guitarrista, Daniel Muñoz, a quien vale la pena escuchar. Y que a la hora de enumerar cosas que pueden plantarse sobre la faz del planeta elige listar, de entre el montón de opciones posibles, tallos de rosas, ruedas de bicicleta, lápices, esquinas de libros, codos y pestañas de niñitas y niñitos, casas antiguas que no se dejarán demoler, letreros y calles pacifistas, pelos de adolescentes y ex hippies con trutrucas, bombos, cellos, guitarras, pianos, poemas y libertades imparables. Es tan poco lo que sé; pero es bastante.

Y entonces me digo que estuve tan cerca de no saber jamás nada de esta mujer, de esta voz, de este ser, que no puedo dejar de asombrarme ante la evidencia de todas las personas, canciones, voces y almas que jamás habrán de tener contacto conmigo o con cada uno de nosotros. Y es una verdadera pena, porque quién sabe qué maravillosas almas han de pasar por el mundo sin cruzarse jamás con nosotros. Sin embargo, también se trata de aprender a valorar a quienes sí hemos cruzado en nuestro andar.

Por eso quedémonos por ahora en el encuentro. En la causalidad que quiso que Cecilia se equivocase y enviase su disco, para que yo pudiese escucharlo, y ofrecer ahora estas tres canciones a quien pase por aquí. Para el caso de que alguien quiera conocer el resto, puede escribirle a Cecilia (calmarza@saintgeorge.cl), que seguramente ella responderá enseguida y de buen grado. En su disco hay mucho más Cecilia Almarza, y también Chico Buarque, y García Lorca, y Violeta Parra, y Edith Piaf, y mujeres, y palomas ausentes, y sevillanas de la vida, y por supuesto también un poco más de viento.

sábado, mayo 05, 2007

Desafinado




Hay una bellísima canción, cuyos textos fueron escritos por Tom Jobim, titulada Desafinado. Para quien no la conozca, o para quien quiera cantarla mientras escucha el maravilloso registro de Joao Gilberto, la letra dice así:

Se voce disser que eu desafino amor,
Saiba que isso em mim provoca imensa dor
Só privilegiados tem ouvido igual ao seu,
Eu possuo apenas o que Deus me deu.
Se voce insiste em classificar,
Meu comportamento de antimusical
Eu, mesmo mentindo devo argumentar,
Que isto é bossa nova,
Que isto é muito natural
O que voce nao sabe, nem sequer pressente,
É que os desafinados também tem um coraçao
Fotografei voce na minha Rolleiflex,
Revelou-se a sua enorme ingratidao
Só nao poderá falar assim do meu amor,
Este é o maior que voce pode encontrar, viu
Voce com a sua música esqueceu o principal,
Que no peito dos desafinados
No fundo do peito bate calado,
Que no peito dos desafinados,
Também bate um coraçao.


O en una versión un tanto libre, en español:

Si usted dice que yo desafinado soy,
sepa que esto en mí provoca un gran dolor.
Los privilegiados tienen un oído como el suyo;
yo poseo apenas lo que Dios me dio.
Si usted insiste en clasificar
mi comportamiento de antimusical,
yo, incluso mintiendo, puedo argumentar
que esto es bossa nova,
que esto es muy natural.
Lo que usted no sabe y ni siquiera presiente
es que los desafinados también tienen corazón.
Yo lo fotografié con mi gran Rolleiflex
y se reveló su enorme ingratitud.
Usted no puede hablar así de mi amor,
esto es lo más grande que usted podrá encontrar.
Usted con su exigencia se olvidó lo principal,
y es que en el pecho de los desafinados,
en el fondo del pecho late callado…
en el pecho de un desafinado
también late un corazón.


Hace varios días que vengo canturreando esta canción, pero acabo de darme cuenta de algo. Que incluso cuando Jobim acaso haya escrito sus versos pensando en alguien que era desafinado al cantar, existen en realidad muchos modos diferentes de desafinar en la vida. Y yo entiendo, entonces -pero lo entiendo recién ahora-, qué es precisamente esto lo que me sucede a veces: es que soy un desafinado. Pero no hablo del momento en el cual canto (Yolanda Cabrelli, la directora del coro en el que participo, dice que yo siempre miento en las notas, pero que mantengo pese a todo la armonía...), sino de cuando vivo.

Hay quienes de algún modo saben siempre ocupar el lugar justo que les corresponde. No sólo el que les corresponde, sino aquel en el cual mejor quedan plantados. Saben hacer siempre los movimientos adecuados, los gestos justos... Dicen las cosas que corresponden y saben callar las que no conviene que sean dichas. Son capaces de mantener su sensibilidad a tono con las circunstancias, para no desentonar tampoco emocionalmente. Yo, en cambio, nunca puedo encontrar el punto justo. Siempre peco por exceso o por defecto. Siempre comprendo las cosas de un modo ligeramente diferente al que en verdad parece ser el correcto, con las previsibles consecuencias de cada caso, gigantescos malos entendidos, malestares consecuentes, fantasías sin un término feliz. Es como si el mundo decidiera dar un ligero paso al costado cada vez que yo decido moverme en determinada dirección. Pero es claro que no se trata del mundo, ni de los demás (por favor, que nadie venga a señalarme semejante obviedad), sino de mí mismo.

Y a pesar de todo... ¡Cómo me gustaría poder decir y explicar que no es culpa mía que así suceda! Al final de cuentas, "yo poseo apenas lo que Dios me dio"...

Triste destino el de los desafinados, sobre todo el de aquellos que, como en mi caso, a pesar de serlo deseamos cantar todo el día a viva voz.

¿Será tan difícil explicar lo que quiero decir?... Sucede, sencillamente, que los desafinados también tenemos corazón.


Post scriptum: Me consuela saber que mi admirado Julio Cortázar también se daba cuenta, en ocasiones, que desafinaba en la vida. Claro que él, a diferencia de lo que sucede conmigo, podía aprovechar esas ocasiones para escribir textos tan maravillosos como éste.

lunes, abril 30, 2007

"Hay que ser feliz, aunque más no sea por orgullo.”

Lo solía repetir mi buen amigo Claudio Vecchione, según él tomando palabras que alguna vez fueron de Jorge Luis Borges. Yo no sé, pues no estuve allí para escucharlo, si es que esas palabras Borges las dijo, ni recuerdo haberlas leído, para el caso de que las haya escrito. Pero no tengo motivos para dudar de la palabra de mi amigo.

Lo que sí me están faltando son motivos para convencerme de que ser feliz, aunque sea por orgullo, sea una misión posible... ¿Será la felicidad una decisión del alma, finalmente?

sábado, abril 21, 2007

Perfiles agresivos

Jueves por la noche. Salgo de la facultad, luego de haber dado clases por segunda vez en el día. Primero fue el taller de escritura en la UdeMM, por la mañana. Luego la jornada en la radio, y finalmente Psicología y Comunicación en la UBA. Lo que se dice una jornada completa. Subo con mi automóvil a la autopista, para llegar más rápido a mi casa, pero a los pocos kilómetros de andar me doy cuenta de que algo anda mal. La fila de coches, allá adelante, se detiene de un modo brusco y comienza luego a andar a paso de hombre. Hasta que un par de kilómetros más adelante comienzan a aparecer las señales inquívocas del accidente: los conos de seguridad cerrando primero un carril, y luego otro más, un par de vehículos de emergencia, la gente desde un puente peatonal mirando hacia adelante, con curiosidad y un mal disimulado morbo, y finalmente la policía y una ambulancia, al lado de un cuerpo tendido sobre el asfalto, tapado con una manta que, pese a todos los cuidados, no logró contener el avance de dos charcos de un líquido que se adivina espeso y todavía caliente, que de a poco crecen hasta invadir el carril aledaño, por donde los autos circulan con lentitud, pero en definitiva ajenos al drama. Al pasar me doy cuenta de mi reacción: hago una brusca maniobra al volante para evitar pisar con las ruedas de mi coche la sangre. El gesto fue impulsivo. Pudo más el rechazo a pasar por encima de ese charco que el temor a ser chocado por el auto que viniese circulando por mi derecha. Unos metros más adelante, una zapatilla. Y enseguida una camioneta, detenida sobre el carril más veloz, con el capot y el parabrisas destrozados.

En ese instante me acordé de pronto de algo que había leído, no tanto tiempo atrás, en el manual del usuario de mi automóvil. Unos minutos más tarde, luego de haber salido de la autopista, me detuve en una estación de servicio, saqué el manual de la guantera y busqué rápidamente. No me había equivocado. Allí estaba: "Si desea dar un aspecto más deportivo a su vehículo, usted dispone de llantas de aleación, volantes de cuero y otros accesorios que armonizan con el diseño de su auto y le otorgan un perfil más agresivo." No decía sobrio, ni tampoco elegante. Lo deseable parecía ser que el auto tuviese un aspecto más agresivo. ¿Cuál es la idea? El mismo manual que tanto abunda en diferentes consejos acerca de la seguridad en el manejo, vende como atractiva la idea de un vehículo cuya característica deseable parece ser la agresividad. Imaginé entonces, como el arquetipo máximo del perfil agresivo de un auto, no un diseño aerodinámico, con poderosos focos y llantas de aleación, sino un capot y un parabrisas destrozados y manchados de sangre todavía caliente.

No me parece posible que manejen del mismo modo una persona que se jacta de tener un auto de líneas sobrias, que aquel otro que se ilusiona con ser dueño de un vehículo de perfil agresivo. Una vez más, me dije para mis adentros, queda claro que las palabras y el mundo de lo simbólico jamás son del todo inocentes.

martes, abril 17, 2007

Ilusiones


Desde hace varios días, semanas, incluso meses, esta imagen me inquieta. ¿Cuál es la razón? La verdad es que no hay ninguna razón aparente; aunque ya se sabe que las apariencias a veces engañan. Tal vez no quiero terminar de saber. Se trata, después de todo, nada más que de una tela, el estampado de un cubrecamas (el mío, para ser más puntual), compartido por dos almohadones sobre los cuales suele descansar cada tanto mi cabeza durante las noches.

Mi mente, sin embargo, se empecina en ver allí otras cosas, formas de hombres y de mujeres, por ejemplo, memorias de tiempos remotos, añoranzas de paisajes imposibles, los afanes de los cuerpos extraviados, allí donde tal vez sólo haya, después de todo, una humilde trama de hilos dispuestos de un modo un tanto caprichoso. Así es a veces nuestra mente, una fábrica de ilusiones. ¿O acaso será posible que, después de todo, esas percepciones que uno termina creyendo falaces sean, al fin y al cabo, la mirada verdaderamente lúcida de las cosas tal como deberían ser?

Hay días en que imagino que estos hombres y estas mujeres cobran vida, y entonces les pregunto acerca de todos los misterios sin resolver que me desvelan. Pero es en vano, por supuesto. No porque estos seres no me respondan nunca, sino que, cuando lo hacen, el sentido común me lleva a pensar que todo no ha sido sino un producto de mi febril imaginación.
Por otra parte las cosas que escucho tampoco son claras. Los mensajes me recuerdan las profecías del Oráculo de Delfos, que tanto podían ser interpretadas en un sentido o en su perfecto contrario. Tal vez estos mensajes debieran ser leídos entre líneas... como todas las cosas siempre, en definitiva.

Lo cierto es que cada noche que apoyo mi cabeza sobre estos almohadones, o me abrigo con ese cubrecama, un mar de delirios parece apoderarse de mí. ¿Serán realmente meras ilusiones? ¿O habrá en algún lugar de la mente una memoria inconfesable que me lleva una y otra vez a revivir una vida distinta de ésta, rodeado de esos hombres y esas mujeres estampados en la tela? Hay días en que siento que realmente necesito volver a estar entre ellos. ¿Será acaso una ilusión posible?

domingo, abril 15, 2007

Hablando de Dios... (humor agnóstico)


El hombre y sus creencias. Le ponemos a Dios rostro de hombre porque nos place, en lugar de imaginarlo mujer, que de ella es que surge la vida. Cometemos las mayores atrocidades en su nombre, que solemos invocar en vano. Y como si eso fuese poco solemos tener la jactancia de pretender que comprendemos sus divinos designios.

El cuento que sigue es conocido, pero tan bonito y aleccionador que vale la pena dejarlo asentado por escrito. Es la historia de un pueblo azotado por una inundación, producida por torrenciales lluvias. Pocos kilómetros arriba del pueblo hay un dique, que a causa de la crecida amenaza con ceder en cualquier momento. Por eso es que las autoridades han decidido evacuar a todos los habitantes. Las lanchas de la defensa civil recorren las calles, tapadas por el agua, para socorrer a los últimos rezagados. Entre ellos se encuentra el Padre Lorenzo, que resiste en su parroquia, indiferente al hecho de que el agua ya no permita ver los mosaicos del piso y amenace con cubrir dentro de poco el mismo altar.

- ¡Padre!... ¡Véngase con nosotros! ¡La presa va a ceder en cualquier momento!, le gritan los socorristas.

Pero el sacerdote permanece indiferente a la emergencia.
- No se preocupen, hijos míos. Yo sé que Dios no ha de abandonarme.

Esta escena se repite una, dos, cinco veces. Y siempre la respuesta del padre es la misma:
- ¡Vayan ustedes! ¡Yo me quedo a cuidar mi iglesia! ¡Y quédense tranquilos, que yo tengo fe en Dios, que no me va a abandonar!...

El agua, finalmente, hace ceder el dique. El valle se inunda por completo, las casas son arrasadas por la fuerza de la torrentada, y con ellas la modesta iglesia, que se derrumba completa, sin ofrecer resistencia.

El Padre Lorenzo, de quien de más está decir que muere ahogado, como ha sido un hombre bueno llega al cielo, donde lo recibe Dios en persona. Y humano, al fin y al cabo, el padre no puede reprimir su reproche:
- Dios mio, dios mío... Yo me quedé a cuidar tu iglesia, cuando todos huyeron del pueblo. Yo tuve fe en que no ibas a abandonarme...

Y Dios, magnánimo pero explícito, frenó con un gesto lo que el sacerdote le iba diciendo para indicarle:
- Lorenzo, has sido un buen sacerdote, pero también un necio. Yo jamás te he abandonado. Cinco veces rechazaste la lancha que yo te enviaba para que te fueras de allí...

Así son las cosas con el Señor. No hay manera de comprender cabalmente sus designios. Y jamás sabremos si al intentar no defraudarlo, no estaremos en realidad despreciando la mano que se extiende para ofrecernos su divino obsequio.

domingo, abril 08, 2007

Domingo de Pascua


...el Doctor Frankenstein miró entonces por primera vez a los ojos del monstruo y no logró contener las palabras azoradas en su boca, esas que con tanto celo habían sido contenidas hasta entonces:

- Eres... una aberración, un engendro, un espanto...

Y la criatura, en el que acaso fue su momento de mayor lucidez desde que tenía nueva vida y memoria, miró a su vez a los ojos de su creador y le dijo, masticando cada una de las vocales que iba encontrando a su paso:

- Herr Doktor... Mal hace usted en juzgarme así, con tanta levedad. ¿Acaso olvida que ha sido usted, y nadie más, quien hizo de mí lo que ahora tiene delante suyo?

jueves, abril 05, 2007

Música de dos mundos...

Cuando uno inicia un blog, muchas veces no tiene claro a dónde terminará conduciendo esa experiencia. Sobre la marcha van cambiando cosas, surgen nuevas ideas o ganas de generar otras cosas... Hay una evolución, en definitiva, lo cual es siempre positivo.

Todo esto viene a cuento de que hoy deseo invitar al eventual visitante de este blog a un nuevo espacio, dedicado exclusivamente a la música. La idea es que semanalmente aparezca, en este nuevo blog, la reseña de un disco que, al margen del género que encare, a nuestro entender valga la pena ser conocido y escuchado.

Serán, casi siempre, producciones independientes o de sellos locales de mediana envergadura, puesto que la idea es poner algunas pistas de audio a disposición del visitante, que sea posible escuchar on line. Y ya se sabe que no es sencillo obtener las licencias necesarias por parte de los sellos multinacionales, incluso cuando el propósito sea la difusión de la música. Si los discos gustan, allí donde sea posible pondremos los datos necesarios como para que nuestro visitante pueda adquirirlos.

Digamos que es un convenio de mutua conveniencia: el usuario puede comprar el disco sabiendo lo que compra, y el artista puede mostrar su material para que el oyente se interese en su trabajo.

El link para acceder a este nuevo blog, en definitiva, se encuentra aquí debajo... ¿El título de este nuevo blog?... Responde a un antiguo programa de radio, que tuve el gusto de conducir años atrás en Radio Nacional. Espero que sea un aporte útil para todos.

Música de dos mundos
(Haga click sobre este título para ir al nuevo blog...)

jueves, marzo 29, 2007

Si Dios fuera una mujer...











¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.

Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.

Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.

Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.

Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.

Mario Benedetti

domingo, marzo 18, 2007

Sueños...

Esta mañana mi hija se despertó llorando. ¿Qué había sucedido? Pues que había soñado con un cachorrito, y al despertar se dio cuenta no sólo de que el cachorro en cuestión ya no estaba, sino que además, incluso cuando alguien (papá o mamá, claro) decidiera que ella podía tener un cachorro, jamás podría ser ESE cachorro, con el cual ella acababa de soñar y al cual, seguramente, ya había comenzado a querer tanto.

Por cierto, mi hija no es en absoluto una de esas criaturas caprichosas, que se ponen insoportables cuando desean algo. Pero sí es, en cambio, una persona sensible, capaz de asombrarse hasta las lágrimas frente a un abismal imposible.

¿Qué es lo que hay detrás de los sueños? ¿De dónde vienen y, sobre todo, a dónde se van las cosas que soñamos? Son en definitiva preguntas que tanto pueden caberle a un niño como a un adulto. Porque todos soñamos cosas. A veces dormidos, otras veces despiertos.

René Descartes, padre del racionalismo, señalaba algo curioso, casi paradójico, sobre lo que le sucede a una persona cualquiera que tiene una pesadilla. Esa persona sueña, por ejemplo, que es perseguida por un monstruo. Es claro y evidente, a la luz de nuestra perspectiva (la de quienes objetivamente analizamos aquello que le sucede a ese soñante), que en realidad no existe monstruo alguno, ni tampoco peligro que justifique su miedo. Todo es producto de una simple ilusión de su mente.

"¿Todo?", preguntaría entonces Descartes. Para tal vez señalar enseguida: "Puede que el monstruo en efecto no exista, y sea sólo el producto de la imaginación de quien sueña. Pero el miedo que siente esa persona en el momento de soñar ese monstruo, ese miedo es absolutamente real."

Nos sucede a menudo: soñamos y todos nuestros ánimos, ajenos al hecho de que se trata de una fantasía, se ajustan a esa ilusión onírica. Y a veces nos cuesta luego volver a adecuar nuestros sentimientos a la realidad, cuando por fin despertamos. Puede ser sencillo en el caso de una pesadilla, donde todo lo que resta, al descubrir el juego, es relajarnos. ¿Qué hacer, en cambio, con todo ese amor, esa esperanza, esa alegría que nos embargaba un instante atrás, cuando nos despertamos de repente de un sueño amable? Esta mañana no hubo ningún cachorrito, pero sí hubo en cambio una niña triste en casa, como consecuencia de algo que había soñado. ¿Cuál es la diferencia, a fin de cuentas, entre la fantasía y la realidad?

De un modo bastante similar nos sucede, muchas veces, que soñamos despiertos. Nos ilusionamos con cosas que más tarde se revelan como meras fantasías. Y sin embargo, hasta el preciso instante en que se impone la lucidez de un darse cuenta, todos nuestros sentimientos y nuestras percepciones del mundo se acomodan a eso. ¿Adónde va a parar todo lo que nos pasa por el alma mientras tanto? ¿Qué hacer con todo ese inútil equipaje una vez que la ilusión se quiebra?

De repente se me ocurre pensar que tal vez todo sea un enorme malentendido. Que tal vez todos nuestros sentimientos deriven de algo que sea independiente por completo de cualquier cosa que pueda llamarse con justicia el mundo real. Tal vez todas nuestras emociones sólo sean el reflejo de aquello que nos parece, más allá de que la realidad de las cosas eventualmente y de un modo misterioso termine o no adecuándose a lo que nosotros soñamos que es.

Amores, penas, esperanzas, miedos, lealtades, traiciones, pasiones varias... Quizás nada de eso tenga ningún asidero. Pero a falta de puntos de anclaje, actuamos como si se tratara de la única realidad que cabe vivir.

Tal vez exista en algún lugar del mundo una criatura inimaginable durmiento, y nosotros seamos apenas el producto de su vacilante sueño. ¿Qué será de nosotros el día en que esa criatura despierte?

jueves, marzo 15, 2007

Evolución



Esta tarde mi hija tuvo, a sus nueve años, su primera lección de piano.
Por la noche me enseñó, a mis cuarenta, todo lo aprendido.
No está nada mal. Aprendemos dos al precio de uno.
No hablo (solamente) de aprender a tocar el piano.
Sino de lo mucho que tenemos para aprender todavía juntos.

jueves, marzo 08, 2007

Dejà vu (Extraños al teléfono)

¿Puede convertirse la música en una amenaza? Pues todo depende de lo que entendamos por música, y de cómo la apreciemos desde nuestro lugar de oyentes. Admitamos, por ejemplo, que una banda de rock y 100.000 watts de potencia reunidos en un estadio podrán resultar una delicia para los sentidos de algunos, en tanto para otros representarán el más claro ejemplo de la irremediable decadencia del hombre contemporáneo. Pero dejemos por el momento estas consideraciones de lado. Ya veremos cómo se relaciona esta cuestión de la diversidad estilística en la música y el modo particular de apreciarla que tenga cada uno con lo que aquí se contará. Aclaremos, por lo pronto, que lo que sigue es una historia verídica. Y que las circunstancias que serán descriptas las vivió un periodista que solía desempeñar sus labores en un medio hoy desaparecido, dedicado a la música clásica.



Todo comenzó una noche de invierno, cuando el periodista (convengamos en llamar a nuestro personaje de este modo) llegó a su casa después del trabajo. Tras cerrar obedientemente la puerta de calle con dos llaves, tal como su mujer solía reclamarle, y luego de quitarse el saco, revisó el contestador telefónico. Tenía dos mensajes. El primero era de su madre: quería saber cómo estaba y le dejaba dicho que le había preparado algo de comida, por si quería pasar a buscarla, esa misma noche o al día siguiente. El segundo era... ¿un mensaje de Antonio Vivaldi? Detengámonos aquí. Resulta evidente que no podía tratarse de un mensaje enviado por el propio Vivaldi, excepto que de pronto estuviésemos dispuestos a creer en la posibilidad de que los difuntos se comuniquen desde el más allá, y encima por vía telefónica. Digamos mejor, en todo caso, que alguien había aprovechado los cuarenta segundos que otorgaba en gracia el contestador por cada llamado para dejar prolijamente registrado un fragmento del primer movimiento del Concierto Op. 8 Nº 1 del compositor italiano, que de los cuatro que componen el ciclo sobre las estaciones es el que se conoce como La Primavera. ¿La versión?... Bueno, son tantas las que han sido llevadas al disco que este detalle resulta poco menos que imposible de determinar. Aunque por alguna razón al periodista se le ocurrió pensar en Yehudi Menuhin. En todo caso, convengamos que este detalle carecía entonces, y sigue careciendo ahora, de demasiada importancia.

El periodista repasó con rapidez el listado de los amigos y familiares más cercanos, en busca de alguien sobre quien se pudiesen cargar las sospechas de haber llevado adelante aquella broma, todavía incompresible. Mentalmente se ocupó de buscar posibles sentidos para el inusual concierto telefónico. Verificó que todavía faltaban varios meses para el 21 de septiembre, con lo cual descartó cualquier relación del llamado con la llegada del solsticio de primavera. Luego intentó imaginar relaciones de palabras, aplicar claves alfanuméricas, buscó en su cabeza cualquier hecho extraordinario que hubiese ocurrido en los últimos días que pudiese vincularse de algún modo con Vivaldi o con su famosa obra. Finalmente, cansado de especular, decidió que lo más conveniente sería limitarse a esperar que el misterio se clarificase por sí solo. Lo cual, por supuesto, jamás sucedió.

La cuestión pronto quedó olvidada. Y así hubiese quedado, de no ser porque el curioso registro volvió a ser dejado en el mismo contestador automático en otras dos oportunidades, exactamente el mismo fragmento, y si la memoria no falló también la misma versión. Esto llevó al periodista a comentar el incidente con un par de colegas. Y entonces descubrirá que el suyo no ha sido un caso aislado. También Mahler, Stravinsky y algunos otros compositores no siempre tan identificables habían dejado sus respectivas huellas musicales en los contestadores habidos en los domicilios de otros periodistas, todos ellos más o menos allegados profesionalmente a la música clásica. Misterio absoluto en todos los casos. ¿Quién?... Pero sobre todo, ¿para qué?... Nadie pareció tener una respuesta para tan caprichosas preguntas.

Luego los llamados sencillamente no volvieron a repetirse. Sin embargo, dos noches antes de que el periodista, ocupado ya en otros medios, pero aún vinculado a la música, se siente delante de su computadora y escriba las líneas que en este mismo momento recorre la vista del lector, el contestador automático volvió a brindar su breve concierto de cuarenta segundos, con el mismo sempiterno fragmento del mismo concierto vivaldiano. La esposa, entonces, cansada ya de estas andanzas y con la lógica implacable que caracteriza a ciertas mujeres, pregunta si no habrá llegado la hora de instalar un identificador de llamadas, moderno adminículo tecnológico que permitiría rastrear la guarida del anónimo melómano. La idea es evaluada por el periodista, pero también es rápidamente descartada. ¿Para qué, al fin y al cabo? No se trata de un mensaje amenazante, ni obsceno; tampoco de un registro de inquietantes jadeos del otro lado del teléfono (y de las tres clases de llamados hemos debido soportar), sino en todo caso de un mensaje amable. Misterioso, sí; pero en definitiva amable.

La promesa a la esposa queda, sin embargo, establecida: el día en que la música de Vivaldi sea trocada por un cuarteto para cuerdas de Schnittke, o por una obra cualquiera de Stockhausen o por una ópera de Ligeti... entonces sí, habrá llegado la hora de tomar el toro por las astas. Simplemente porque, como en todo, también en esto de los anónimos la estética es importante.

martes, marzo 06, 2007

Una cita breve

Es difícil
enterarse de las noticias a través de la poesía.
Sin embargo los hombres mueren desdichadamente
todos los días,
por falta
de lo que allí se encuentra.


(William Carlos Williams, 1883-1963)

sábado, febrero 24, 2007

Cazadores de palabras

"Aquella noche me di cuenta
que yo era un cazador de palabras"
(Eduardo Galeano)

Para hacer honor a la verdad, debería utilizar aquí la palabra pasquín. Porque eso fue lo que me ofreció aquel muchacho: un pasquín que no valía el par de monedas que pagué por él. Pero todos pasamos, tarde o temprano, por un momento en el cual buscamos publicar nuestras palabras, aunque sea en un pasquín, ilusionados con estar haciendo algo importante. La ilusión suele ser vana, por supuesto, y agradezcamos que se inventó el blog; pero no tenía ganas de ser yo quien le estropease el sueño al chico. Ya vendrá, con el tiempo y algo de suerte, la autocrítica. Y bastante tendrán con eso los responsables de aquel impreso. Si con sólo un par de monedas se podía postergar el desengaño, pues toma, venga el pasquín, lo leeré más tarde.

Esto habrá sido hace tres o cuatro meses atrás. Ahora llegó el momento de hacer un poco de orden en la caótica montaña de papeles en que se convierte de vez en cuando mi escritorio, y el destino del pasquín es claramente la basura. Antes, una mirada rápida, para ver si algo merece rescatarse del olvido. Pero atención, que no deseo caer yo mismo en la trampa: rescatar algo en este blog no representa ninguna forma de posteridad. Todo lo contrario, el blog es, por definición, reino de lo efímero. Pero nuestras propias vidas no son, después de todo, demasiado diferentes: todo es fugacidad.

El texto en cuestión, firmado por un tal alejandro raymond (con minúsculas), habla sobre los cazadores de palabras, citando a Galeano (con mayúscula, y más de una vez yo mismo me pensé como tal, como un cazador de palabras que rescata y muestra, a quien desee pasar por aquí, algunas de sus presas). El texto en cuestión -decía- no es original ni poético. Pero las últimas palabras, esas que se atribuyen a una tal Helena, me provocaron lo suficiente como para considerar repetir estas líneas aquí, que más o menos dicen:

Y a la mañana desperté abrazado a un diccionario. Qué sueño extraño, pensé, mariposas de letras volando a mi alrededor y yo, desesperado, buscándole a cada palabra que formaban un significado diferente, único. Pero cuidado, que esa tarea no es pan comido, pues desde temprano, que comencé abarilando las nomenumas del trabacundo, ya había coritado toda la nacarina y había descubierto que los plotenimos tralababan caranimas triculando la rotamuncia y aparacando los asterbunios.

- ¿Cazador de palabras? -me preguntó Helena.
Ja, si son las palabras las que lo atrapan a uno."

sábado, febrero 17, 2007

Un poco de música: Asignatura pendiente III




"El blog se llenó de mujeres", fue el comentario que recibí hace unos días, a la luz de mis dos últimas anotaciones. Y sin embargo, la tercera asignatura pendiente, de la cual en este caso me debo hacer cargo, no tiene que ver con ninguna dama, sino con un caballero guitarrista.

Carlos Groisman editó hace ya unos meses su quinto disco compacto solista. Y por tercera vez tuvo la gentileza de invitarme a participar como responsable de su realización gráfica. El disco quedó postulado en la categoría Mejor disco de música instrumental en los Premios Gardel 2007. Y también en el rubro Mejor diseño de portada. Y sin embargo recién ahora caigo en la cuenta de que no había publicado aún nada al respecto en este espacio. Ya lo dice el dicho, a veces en casa de herrero...

No me hago ninguna ilusión respecto del premio, en cuanto al diseño gráfico respecta, pues son muchos -demasiados- los discos postulados, de los cuales sólo han de quedar tres. Por más que -es cierto- en alguna otra oportunidad mi nombre haya estado finalmente entre los tres que quedaron; pero eran otros años y otra es aquí la historia.

La cuestión aquí es que éste, el disco que Carlos decidió titular Acuarelas, merece ser conocido al margen de su presentación visual. Y es por eso que quiero invitar al eventual lector de este blog a escuchar, como muestra, el Allegretto de la tercera Sonata compuesta por Carlos Guastavino, con el cual se inicia el programa. Una obra magnífica, por cierto, que cobra una dimensión particular en esta interpretación.

Dejo por lo demás constancia de mi agradecimiento a María Florencia Delucchi, la artista plástica que tan generosamente nos permitió reproducir el arte que ilustra la tapa de este disco compacto.






P.S.: Está mal esto de mezclar las cosas. Lo sé, y me hago cargo. Pero no puedo dejar de mencionar aquí, tratándose de asignaturas pendientes, la existencia de ciertas grabaciones a cargo de Carlos Groisman, a dúo con su colega brasileño Carlos Castañera... Un material que, más allá de la breve muestra aquí incluida, merecería llegar finalmente a su etapa de edición comercial. ¿Tal vez este año?... Ojalá.

domingo, febrero 04, 2007

Un poco de música: Asignatura pendiente II








Que haya quedado pendiente un encuentro, café de por medio, no es grave y se disculpa. Tampoco es grave tener que esperar un mes más para escuchar su segundo disco, que ya estaba terminado antes de que ella se fuese para cantar al sur. Lo que no puede disculparse, en cambio, y ésta es la asignatura pendiente en este caso, es que Grisel Bercovich, postulada el año pasado al Premio Gardel como mejor artista revelación en tango (sin suerte en la votación, que su disco Postales sin tiempo merecía ciertamente por sus méritos el galardón), haya decidido seguir incursionando en este género -el tango- antes de darme el gusto de grabar y editar un disco completo dedicado al jazz.

Vaya este botón de muestra: Misty, el clásico tema de Erroll Garner, en la seductora voz de Grisel Bercovich.

sábado, febrero 03, 2007

Un poco de música: Asignatura pendiente I










Esta tarde estuve revisando los discos postulados para los Premios Gardel 2007. Y luego de emitir lo más concienzudamente posible mi voto, en el rubro de música clásica primero, y en las restantes categorías después, decidí hacer público el siguiente reclamo.

Gisel Sandoba ya ganó un Premio Gardel, hace un par de años, como Mejor cantante femenina de folclore, por su disco Luces en otoño.
Un premio a la revelación, verdaderamente. Cuando viajó de su Cañada Rosquín hacia Buenos Aires, acompañada por su mamá y su hijo Mateo, para hospedarse unos días en mi casa, no pensaba que su disco, una producción absolutamente independiente, tuviese posibilidades de ganar.
O tal vez lo pensaba, pero no se atrevía a decirlo en voz alta.

Ganadora del premio, finalmente, regresó a Cañada Rosquín para continuar con su vida.

Y yo te pregunto por qué, Gisel, hoy no he podido ver tu segundo disco entre los nominados a los Premios Gardel 2007. ¿Para el 2008, tal vez?

jueves, febrero 01, 2007

Epílogo

A las puertas del delirio está
el silencio
de una noche extraña,
la soledad,
y todo aquello que no se comprende.

Los recodos del destino
(si es que acaso el destino existe)
son oscuros e insospechables,
y es allí en donde nacen
y se quiebran los sueños.

Señor, yo sólo te pido
que la próxima vez
Romeo se retrase unos minutos,
o bien que Julieta despierte
a tiempo;
porque el universo de los hombres
es muy frágil
y se desmorona demasiado fácilmente.

Dice el oráculo...


El Oráculo de Delfos, que sin duda también algo sabría de tarot y otras artes mágicas similares, jamás se equivocaba en sus predicciones. Y no porque pudiese adivinar verdaderamente el futuro, tan oscuro para él como para nosotros, los mortales, tarotistas incluidos, sino porque sabía manejar adecuadamente las interpretaciones. Ante cualquier consulta, su respuesta siempre era lo suficientemente ambigua. Igual que la lectura, siempre múltiple, siempre divergente, siempre borrosa, de cuatro cartas, una bola de cristal, una borra de café o las señales divinas. En casos de divergencia entre lo predicho y lo finalmente acontecido, el oráculo se limitaba a mostrar cuál era la correcta interpretación de sus palabras. Vale decir, cuál era la interpretación que -según él ahora declaraba- se debía haber dado a las mismas, de no haber mediado la torpeza de los hombres, que todo creen saberlo y en verdad nada saben.

Por supuesto, esta interpretación del oráculo era real y siempre efectiva, pero solamente luego; vale decir, una vez a la luz de lo efectivamente sucedido con aquello sobre lo cual la predicción versaba, cuando los hechos en cuestión todavía no eran tales.

Luego, por supuesto, tenemos otros aspectos del tema, cuestiones tales como la fe ciega, que mueve montañas, conocida asimismo a veces como predicción autocumplida. Y quizás también debamos mencionar aquí al destino, quién se atreverá a negarlo, que del mismo tan poco sabemos, ni siquiera hasta qué punto podremos llegar a modificarlo o no a través de nuestras actitudes y libre albedrío, para el caso de que sea cierto que de tan divino presente podamos disponer.

Si el destino existe, inconmovible, al margen de nuestras acciones, lo cierto es que no vale la pena esforzarnos demasiado. Salvo que, por supuesto, dichos esfuerzos estén escritos, también ellos, de antemano en nuestro destino. En cuyo caso de poco valdrá la pena amargarnos. Aunque, claro está, es también probable que dicha amargura, etcétera.

¿Y a cuento de qué viene toda esta diatriba? No es de extrañar que surja esta pregunta. Puesto que también ella estaba prevista, seguramente, de antemano. Y estas mismas palabras que escribo, sin ir más lejos: tal vez no las escriba yo por mi voluntad, sino que me veo obligado a escribirlas, pues ya estaba escrito de antemano que así sería. Es el oráculo quien me dicta lo que debo hacer. Yo, simplemente, consciente como soy de que no debo, simplemente no logro resistirme.

martes, enero 23, 2007

Tal vez sea hora de volver al oceánico refugio que nos ofrece de vez en cuando la música



Cuando hace cinco años
se hundió aquel barco tan seguro
con cincuenta pasajeros y un piano steinway
los cincuenta se ahogaron sin remedio
pero el piano en cambio logró sobrevivir

a los tiburones no les gustan las teclas
así que el steinway esperó tranquilo

ahora cuando pasan
siempre que sea de noche
barcos de turismo o de cabotaje
suele haber pasajeros de fino oído
que si el eterno mar está sereno
o mejor serenísimo
perciben atenuados
y sin embargo nítidos
acordes de brahms o de mussorgsky
de albeniz o chopin

y luego un golpecito
al cerrarse la tapa.

Mario Benedetti


Audio: Nocturno Op. 27 Nº 1 de Chopin - Al piano: Elisabeth Fiocca

domingo, enero 21, 2007

Recuerdos del futuro

Querida C.:

Hoy he terminado, finalmente, de escribir el demorado libro del cual te hablara tiempo atrás. Se titula “Lo obvio” y está integrado por una inconcebible serie de páginas en blanco (tres, siete, catorce, setenta y nueve... el número queda librado a tu voluntad).

En la penúltima página se reproduce una imagen: es una pared altísima, imponente, adornada con una pequeña puerta, a un costado, que permanece cerrada.

Dando vuelta esta página se llega, ahora sí, al final del libro, ilustrada con una nueva imagen. Y es otra vez la pared de la página anterior; sólo que en esta ocasión la puerta aparece abierta.

A través suyo, lo único que puede verse es el infranqueable muro que alguien ha construido detrás.

viernes, enero 19, 2007

Palabras, palabras, palabras...

El infinito es un instante
dijo simone weil
y en ese instante /digo yo/
la rosa pierde pétalos
un árbol se desnuda
la tierra se estremece
el corazón vacila.



O si no:
No te alegres demasiado
de todos modos no cedas
alégrate cuando puedas
y si la euforia te avisa
no desperdicies la risa.




O si no:
Preciso que me digan algo mágico
o al menos placentero /inesperado/
novedades pero de cielo abierto
con ojos de muchacha que promete
o un zorzal de revuelo generoso
o la estrella fugaz que anda en la noche.




O si no:
Como es sabido la melancolía
no es sinónimo de soledad
aunque una y otra lleguen
con un llanto sequísimo
una ternura en trozos
una tristeza que no tiene nombre.




Cuando yo sea grande (cuando llegue a los 80, quiero decir), desearía poder escribir como Mario Benedetti. Se trata simplemente de palabras, es verdad. Y sin embargo, qué maravilla. Y qué magnífico sería poder decir, por ejemplo, "estas palabras las escribí esta mañana, mientras ocupaba mi mente pensando en vos". Ambos sabemos que no es verdad. Que no fui yo quien las escribió, digo. Pero igual las dejo aquí copiadas, por si algún día decidís caminar por estas calles.

jueves, enero 18, 2007

Un poco de música: John Dowland (1563-1626)


Es sólo una antigua canción de amor. Pero tenía ganas de escucharla. Canta Annelise Skovmand, acompañada en guitarra por Pablo González Jazey. Para escuchar (con Windows Media Player), haga click EN ESTE LUGAR.

miércoles, enero 17, 2007

Modos de pensar (a vos, te digo)

Un hombre debe viajar en avión. Sin embargo, pierde su vuelo por una circunstancia fortuita, que tiene que ser, para que el ejemplo se entienda, lo más doméstica posible. Por ejemplo: en el momento de partir hacia el aeropuerto, no encuentra las llaves para poder salir de su casa. Busca, busca, busca, pero cuanto más nervioso se pone, porque se hace tarde, peor es. Al final las encuentra. Se habían caído al piso, debajo de una silla, bien a la vista y al alcance de la mano. Estas cosas suelen suceder. Ya se ha hecho muy tarde, sin embargo, por lo que decide llamar por teléfono a la compañía aérea, donde muy amablemente le permiten abordar, con el mismo pasaje, el vuelo siguiente, que sale dos horas más tarde. En realidad, si manejase rápido, es probable que el hombre pudiera llegar al aeropuerto como para alcanzar su vuelo. Pero prefiere viajar seguro, sin prisas, pues se trata de un hombre prudente. De modo que aborda, finalmente, el vuelo posterior al suyo. Que será precisamente el vuelo al cual harán referencia los diarios del mundo al día siguiente, que publicarán además, para deleite de los vouyeristas, las impresionantes fotos del fatal accidente aéreo, en el cual no habrá sobrevivientes.

"Las cosas no tendrían que haber pasado de esta manera", dice entonces la gente que conocía a aquel hombre, tanto como los pormenores de su circunstancial cambio de vuelo. Y sin embargo, ¿por qué razón no sería exactamente así, detalle por detalle, como las cosas debieran haber sido? ¿Por qué tendremos la veleidad de suponer que debemos ser nosotros los únicos guionistas de una historia que, muy a pesar de ser la nuestra, en realidad nos excede?

Y sin embargo es así: del mismo modo en que hay quienes propugnan la existencia de una forma perfecta o de una proporción aurea, hay cosas que se disponen de un modo tal que intuitivamente reconocemos en ellas un deber ser. Un deber ser que no siempre se cumple, por cierto, despertando con ello nuestra rebelión. Y no es que seamos veleidosos. Puede que la veleidad sea de los dioses, del destino o tuya acaso, que juegas a desdibujar el límite entre lo real y lo imaginario.

martes, enero 16, 2007

Espejos










Esta mañana al levantarme, me disgustó lo que ví en el espejo.
El mismo rostro de siempre, pero evidentemente más viejo.
Hay jornadas que tienen sobre nosotros ese efecto .
El de que nos demos cuenta al día siguiente, se pretende decir.
Que el tiempo, ese implacable, nos atraviesa siempre.

La fáustica ambición de ser inmortales,
la ingenua ilusión de poder disponer -quizás- de una sólida
inmortalidad de cuarenta o cincuenta años por vivir,
como decía Cortázar, que todos hemos tenido alguna vez,
resulta a la larga insostenible.

La reemplazamos entonces con otras ilusiones,
más terrenas, más carnales, idealismos, sueños y afectos.
Y cuando estas otras ilusiones también se desvanecen,
nuestra vida se desbarata como un castillo de naipes.

Verborragias

Texto atípico con breve cita introductoria en francés


"Cette amplification, que l'on confond si souvent avec le bien écrire, je la supporte de moins en moins... Quelle nécessité de faire un article ou un livre? Où trois lignes suffisent je n'en mettrai pas une de plus."
(GUIDE, "Pages de Journal")


B A S T A .

lunes, enero 08, 2007

Walking in the sand

Un hombre camina una noche por una playa solitaria. Se detiene un momento, muy cerca de la orilla, se agacha, y escribe tres palabras en la arena húmeda. Luego se incorpora, y continúa caminando, sin volver la vista atrás. ¿Por qué razón haría semejante cosa? ¿No sabe acaso que el mar borrará de inmediato esas palabras que acaba de escribir, que no llegarán a ser vistas por persona alguna?

Sí, lo más probable es que lo sepa. Y muy a pesar de eso, lo que ese hombre hace es dejar una marca de su paso por el mundo. Una marca tan fugaz, pensará alguien. Y sin embargo, ¿acaso la inmortalidad de un Cervantes, de un Mozart, de un Cristo, no son también un fugaz instante comparadas con la duración de las estrellas, mudos testigos del gesto de aquel hombre que camina al lado del mar? El tiempo es algo relativo, después de todo. Lástima que tenga la fea costumbre de matarnos.

Nada sabemos nosotros de aquel que caminó una noche por esa playa, que se detuvo un momento y escribió tres palabras en la arena, que enseguida fueron borradas por las aguas. ¿Cuáles fueron esas tres palabras? ¿Y cómo sabemos que fueron solamente tres? Puede que hayamos estado allí, después de todo. Y puede que esas palabras hayan quedado inscriptas en la memoria del mar, de la arena, de la noche.
Que son memorias diferentes de la humana, por supuesto.
Pero memorias al fin y al cabo.

viernes, enero 05, 2007

Veces hay en que tan poco alcanza para


Manera sencillísima de destruir una ciudad

Se espera, escondido en el pasto,
a que una gran nube de la especie cúmulo
se sitúe sobre la ciudad aborrecida.
Se dispara entonces la flecha petrificadora,
la nube se convierte en mármol,
y el resto no merece comentario.

Julio Cortázar

martes, enero 02, 2007

El libro de todos los nombres

Su nombre es Claude Gleyal. Acaso podría haberse llamado de otro modo, sin que lo esencial de estas líneas se modificara sustancialmente. Pero esto es sólo una posibilidad, que también pudiera no ser cierta. Lo que sí es cierto es que en un punto Claude se ha vinculado en la intimidad de mi mente con Don José, ese personaje del cual se sirve Saramago, en su novela El libro de todos los nombres. Don José es escribiente de la Conservaduría General del Registro Civil, para más datos; y vaya paradoja, que quien dedica su vida a anotar de las personas sus nombres y apellidos completos, los de sus padres, cónyuges e hijos, amén de sus fechas de nacimiento, matrimonio y muerte, no sea identificado por el autor más que por un nombre de pila, José, acompañado por el tratamiento sólo para que no quede tan poca cosa, pero anónimo al fin y al cabo, que Josés hay tantos, sin ir más lejos el propio autor de la novela. Por supuesto, esto no debe llevarnos a creer que las personas no sean ellas mismas, al margen de sus nombres, siempre únicas e irrepetibles. Que de eso se trata esta anotación.

Don José, deformación profesional mediante, colecciona recortes sobre personas famosas, siempre y cuando sus fichas pertenezcan al archivo de la Conservaduría en la cual trabaja. En la vida hay muchos personajes como éste, llámense numismáticos o filatelistas, entre tantos otros que tal vez ni siquiera cuenten con una palabra que los defina en su especialidad; y quien más, quien menos, todos hemos cedido alguna vez a la tentación de coleccionar alguna cosa de un modo más o menos sistematizado.

Pero recurro en este punto a la ayuda de Saramago, para que él lo diga mejor que yo: “Personas así, como este don José, se encuentran en todas partes, ocupan el tiempo que creen que les sobra de la vida juntando sellos, monedas, medallas, jarrones, postales, cajas de cerillas, libros, relojes, camisetas deportivas, autógrafos, piedras, muñecos de barro, latas vacías de refrescos, angelitos, cactos, programas de ópera, encendedores, plumas, búhos, cajas de música, botellas, bonsáis, pinturas, jarras, pipas, obeliscos de cristal, patos de porcelana, muñecos antiguos, máscaras de carnaval, lo hacen probablemente por algo que podríamos llamar angustia metafísica, tal vez porque no consiguen soportar la idea del caos como regidor único del universo, por eso, con sus débiles fuerzas y sin ayuda divina, van intentando poner algún orden en el mundo, durante un tiempo lo consiguen, pero sólo mientras puedan defender su colección, porque cuando llega el día en que se dispersa, porque siempre llega ese día, o por muerte o por fatiga del coleccionista, todo vuelve al principio, todo vuelve a confundirse.”

Claude Gleyal colecciona, sistemáticamente, fichas personales, un poco a la manera de don José, sólo que su especialidad no son los famosos, sino los integrantes de su árbol genealógico. Así es como lo conocimos, Internet mediante, buscando –cierto es que con mucho menos método que él- alguna información relativa a nuestros propios ancestros. Lo que hubo luego, además de la sorpresa de encontrarnos con varios parientes lejanos y hasta entonces desconocidos, entre ellos el propio Claude, fue una especie de transacción de intercambio; sumamente amable, es cierto, pero transacción al fin: Claude me facilitó varias fotos y datos referidos al pasado de mi familia, común a partir de cierto punto con el pasado de la suya, y al darle yo mi nombre, el de mis padres, el de mi hija, con nuestras respectivas fechas de nacimiento, nos convertimos todos nosotros, automáticamente, en nuevas fichas que vinieron a enriquecer su colección.

Como parte del referido intercambio, Claude me facilitó asimismo una clave de acceso para visualizar a través de la red su colección de fichas, que en definitiva conforman su árbol genealógico, algunas de cuyas principales ramas son, como ya se dijo, comunes con el mío. Hace un par de días ingresé y noté que las nuevas fichas, las correspondientes a mi persona, a mis padres, a mi hija, ya habían sido incorporadas. Pero hubo entonces algo que me hizo sentir muy extraño; y fue ver, junto con mi nombre y mi fotografía, más precisamente al lado de los datos de mi nacimiento, y otro tanto junto a las fechas de nacimiento de mis padres, de mi hija, de mi hermana, un inquietante signo de interrogación. Por supuesto, no sabe Claude, como tampoco lo sé yo, cuál es la fecha, el lugar, la circunstancia, que vendrían a completar esas fatídicas líneas. Tampoco sabe Claude, como mucho menos lo sé yo, quién será el encargado de asentar, en su momento, los datos hoy faltantes, para que estas fichas -pero también la suya propia- queden por fin completas. Nada nuevo nos revela, en realidad, esta inquietud, en el sentido de que nada sabemos ahora que no hayamos sabido antes. Pero una cosa es saber una verdad, y otra muy diferente es verla por escrito. De alguna manera, el punto es que la colección ideada por Claude no estará completa hasta que cada una de esas líneas en las que hoy aparece un signo de pregunta sean cubiertas. Y ese es el hecho inquietante: la evidencia del reclamo, emanado de la colección misma, que exige el aporte final de estos datos, en silencio, incluso con generosa paciencia, aunque no por eso de un modo menos imperativo.

Pero detrás de todo esto existe todavía otra cuestión: la frialdad de los datos consignados. Es como finalmente entiende don José, en el libro de Saramago: “...a la Conservaduría sólo le interesa saber cuándo nacemos, cuándo morimos y poco más; si nos casamos, nos divorciamos, si enviudamos, si nos volvemos a casar; a la Conservaduría le es indiferente si en medio de todo eso somos felices o infelices.” No digo que a Claude este último aspecto le sea indiferente. Supongo, en todo caso, que no ha encontrado una manera (es probable que no exista) de volcar este aspecto en sus fichas. Y si en ocasiones nos es difícil averiguar, sobre nosotros mismos, si somos o no felices, cuánta mayor será la dificultad para indagar al respecto en nuestros antepasados o parientes lejanos. Ciertos aspectos escapan, evidentemente, a las posibilidades del coleccionista. Pero de todos modos he decidido pedirle a Claude que incorpore la dirección de este blog a mi ficha. No es que aquí se revele si he sido o no feliz, y confieso que en ocasiones me es difícil a mí mismo plantearme semejante pregunta y obtener una respuesta convincente. Pero al menos habrá una marca personal en esa ficha, de la cual seré responsable de un modo más directo, que me revelará con alguna mayor precisión a quien decida aventurarse, quién sabe cuándo o con qué propósitos, en la colección de este lejano primo francés.

domingo, diciembre 24, 2006

Culpa y redención



(Música: Clara Schumann, Allegretto del Trío en sol menor Op. 17)


Todos somos culpables por algo.
No hay hombre ni mujer en el mundo
que no sea responsable de algún crimen.
Somos culpables por lo que decimos
y por cada cosa que callamos;
culpables por nuestras derrotas
pero también por nuestros triunfos,
que suelen suponer la derrota de alguien.

Somos culpables por nuestras necedades,
por nuestras cegueras y nuestras falsedades.
Culpables por nuestras ambiciones
y también por nuestros conformismos.
Y somos asimismo culpables
-acaso más que ninguna otra cosa-
por todo aquello en lo cual pretendemos
no tener culpa ninguna.

En efecto, somos culpables
por cada uno de nuestros miedos,
por cada una de nuestras renuncias,
y por nuestras pretendidas y falsas inocencias.
Como si alguien se llamara a sí mismo honesto
por nunca haberse vendido,
cuando la realidad es que jamás nadie
le ofreció servirse de una prebenda.

Somos culpables.
Y lo único capaz de redimirnos es la belleza.
Es por eso que te busco.
Es por eso que te invoco.
Es por eso que te necesito.
La mía es una búsqueda urgente,
en cierto modo indispensable
y al fin y al cabo inocente.

lunes, diciembre 18, 2006

La pureza vs. la fuerza...







Adoramus te, Christe,
et benedicimus tibi.
Quia per sanguinem
tuum pretiosum
redemisti mundum.
Miserere nobis.




Cuando volví después a su casa me dijo:
- ¿Sabes quién es el más grande de los músicos?
- Pues, no... -le contesté-. Quizás Beethoven...
- No -me dijo ella-. Ven a escucharlo.

Había conseguido algunos discos de Monteverdi; madrigales; y me los puso. Protesté, diciendo que sí, que me gustaba mucho Monteverdi, pero no más que Beethoven.

A ella Beethoven le empezaba a gustar menos que en su juventud. En los tiempos previos a la guerra, parecía preferir a Monteverdi, Bach, Mozart, el canto gregoriano. Desconfiaba cada vez más de la fuerza, incluso en el arte. Muchas veces discutimos respecto de Wagner. Me decía que después de haber escuchado a Wagner tenía la impresión de haber recibido una serie de bastonazos.

También en las artes plásticas sus gustos parecían haber evolucionado de manera semejante. Siempre le había gustado Miguel Angel, pero después le llegaron a gustar tanto, o más, pintores como Giotto, Masaccio, Leonardo, Giorgione. Cada vez más prefería la pureza a la fuerza."

Quien escribe las líneas de más arriba es Simone Petrement, compañera de estudios y amiga de la pensadora francesa Simone Weil, que es a quien en definitiva hace alusión el fragmento. Curiosamente, mi hallazgo de este breve relato coincidió, con unas pocas horas de diferencia, con la recepción, desde Italia, de un hermoso disco con piezas de Monteverdi y Frescobaldi a cargo del ensamble Musica della Corte, que dirige un viejo conocido mío, Eduardo Notrica. Fue esta casualidad la que me llevó a querer reunir ambos elementos en este comentario.

Si en el mundo del arte el lugar preponderante debería ser ocupado por la pureza o la fuerza, es algo sobre lo cual no tengo aún una opinión establecida. No creo estar dispuesto, al menos todavía, a renunciar a Wagner ni a Beethoven, en favor de otras expresiones. No creo, de hecho, en esta clase de exclusiones. Pero reconozco que en estas últimas horas encontré, en estas músicas de Monteverdi, tan bellamente interpretadas, un exquisito bálsamo, que no me canso de escuchar una y otra vez. Por algún motivo, en estos últimos días, la paz y la pureza me resultan cosas tan cercanas y necesarias. Mucho más que la fuerza, mucho más que la razón.

miércoles, diciembre 13, 2006

Las alas del deseo



Esta mañana, al leer la anotación simple de una bella amiga en su blog, recordé de pronto este pasaje, tomado de la película "Las alas del deseo" del cineasta alemán Win Wenders. Es el diálogo entre dos ángeles, dedicados a llevar un registro de los momentos simples de los humanos. Momentos simples que, sin embargo, los ángeles sabiamente rescatan, porque saben que son ellos los que constituyen, en definitiva, la verdadera humanidad de las mortales criaturas. Una humanidad que pronto será el objeto del deseo de uno de estos dos ángeles, cansado de vivir una existencia idealmente eterna, pero carente de poesía.


Salida del sol: 7:22 / Puesta del sol: 16:28
Salida de la luna: 19:04 / Puesta de la luna...
Nivel del agua en el Havel y el Spree...
Hace 20 años se estrelló un caza soviético cerca de Spandau, en el lago Stossen. Hace 50 años, fueron las olimpíadas. Hace 200 años Blachard sobrevoló la ciudad en un globo aerostático.

¿Y hoy?

En el lago de Lilienthal alguien aminoró el paso y miró a sus espaldas, hacia el vacío. En la oficina de correos, alguien quería acabar para siempre. Pegó sellos especiales en sus cartas de despedida, uno en cada una, y luego en Mariannenplatz habló con un soldado americano, en inglés, por primera vez desde que terminó el colegio, y lo hizo con soltura. En Plotzensee, un preso, antes de tirarse de cabeza contra el muro, dijo: “Ahora”. En el subterráneo, el conductor, en lugar del nombre de la estación, gritó de pronto: “Tierra de fuego”. En Rehbergen, un anciano leía La Odisea a un niño. Y el pequeño oyente, que había dejado de parpadear... Y tú, ¿tienes algo que contar?

Una viandante, que cerró el paraguas en medio de la lluvia, y se dejó empapar. Un colegial, que describía a su profesor cómo crece el helecho de la tierra, y el profesor sorprendido. Una ciega, que palpó su reloj al sentir mi presencia...

Es maravilloso vivir sólo en espíritu día tras día, para la eternidad. Atestiguar sólo lo espiritual de la gente. Pero a veces me hastía mi existencia de espíritu. Ya no quisiera este flotar eterno, quisiera sentir un peso que anulara en mí lo ilimitado y me atara a la tierra. Poder, a cada paso, a cada golpe de viento, decir “ahora”, “ahora” y “ahora”. Y no más desde siempre y para siempre. Tomar el asiento libre en una partida de cartas. Ser saludado, aunque sólo fuese con un gesto.

Siempre que hemos participado, ha sido sólo en apariencia. Nos hemos dejado dislocar la cadera en peleas nocturnas, en apariencia. Hemos capturado un pez, en apariencia. Nos hemos sentado a las mesas, hemos bebido y hemos comido, en apariencia. Nos hicimos asar corderos y servir vino, allá en las tiendas del desierto, siempre en apariencia. No pido engendrar un niño o plantar un árbol, pero ya sería algo, de vuelta a casa tras un largo día, dar de comer al gato como Philip Marlowe. Tener fiebre, tener los dedos negros de leer el periódico, fascinarse no sólo por el espíritu sino, al fin, por una comida, por la curva de una nuca, por una oreja... ¡Mentir como respirar! Sentir, al andar, que mi esqueleto anda conmigo. Intuir, por fin, en lugar de saberlo todo. Poder decir “Ay” y “Oh” y “Ah” y “Ja”... en lugar de “Sí” y “Amén”.

Alguna vez poder fascinarse por el mal. Andando entre los viandantes, atraer a todos los demonios de la tierra y al fin expulsarlos al aire.
¡Ser un salvaje!

O sentir al fin lo que es quitarse los zapatos debajo de la mesa y estirar los dedos del pie así, descalzo...

El goce de alzar la cabeza hacia la luz, al aire libre, el goce de los colores iluminados por el sol, en los ojos de las personas.

Dejar que las cosas ocurran...

domingo, diciembre 10, 2006

Algo de música: Esteban Colucci



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Esteban Colucci es otro de los artistas que, vaya uno a saber por qué motivo, han decidido confiar en un servidor la confección de la gráfica de sus discos. Si el agradecimiento por semejante deferencia no fuese motivo suficiente para presentar aquí una breve muestra de su material, Esteban es además un excelente músico, inquieto y particularmente personal en la elección de su repertorio.

Lo que se puede escuchar aquí es una breve selección del material que integra su CD "Contrastes", integrada por el movimiento final de Eclogues, el opus 206 del italiano Mario Castelnuovo Tedesco (1895-1968) y pegado, como si de una misma composición se tratara, dos de las cuatro piezas para clarinete y guitarra que componen la obra titulada Ctri Kusy, del compositor Stepan Rak.

Si Castelnuovo Tedesco es un compositor que aún no ha sido reconocido en la medida justa de sus méritos, Stepan Rak constituye un hallazgo. Es poco y nada lo que se sabe de los orígenes de este músico, nacido en 1945, en fecha imprecisa. Fue encontrado entre las ruinas de una casa bombardeada en Chust, un pequeño prueblo de Ucrania. Unos soldados soviéticos se apiadaron de él, lo subieron a su tanque y lo trasladaron hasta Praga donde quedó al cuidado de un médico ruso primero, para luego ser criado por una gitana. Su música, en todo caso, parece el reflejo de alguno de los misterios que hacen a su particular historia.

Los músicos que acompañan a Esteban en estas pistas son Gabriela Galván en flauta y Liliana Segal en clarinete.

viernes, diciembre 08, 2006

Invocación imaginaria















Yo no sé qué sucedió.
Pero esta mañana
(me parece recordarlo, al menos)
había un arriba y un abajo.
Y ahora, de repente me doy cuenta,
que de algún modo misterioso alguien
ha logrado hacer desaparecer el suelo
y todo lo que queda son nubes.

Entre las nubes escucho una voz.
Es una voz de mujer que me dice:
“¡Cruzaremos todo el mar!”
Y enseguida me saluda: “¡Hola!...”
Yo miro a mi alrededor y no hay nadie.
Pero mi torpeza es evidente:
hay cosas que no pueden verse
si no es con los ojos del alma.

Hoy la jornada es extraña.
Es día de magia y de duendes.
De bellas hadas y desnudas ninfas.
Solamente así se explica
que alguien le haya robado
a todas las calles sus nombres,
y que se haya torcido
el destino de algunos hombres.

martes, diciembre 05, 2006

De memorias y fantasmas




Los fantasmas existen. Ya no me quedan demasiadas dudas al respecto. Y no sólo eso, sino que además podemos verlos fácilmente. Basta con que tomemos cualquier fotografía lo suficientemente antigua como para garantizarnos que quienes aparecen en ella retratados ya no están en el mundo de los vivos. Nuestras propias fotos se convertirán, llegado su momento, en las marcas innegables de otros fantasmas que hoy todavía insisten en permanecer vivos. Por suerte, y que así siga siendo todavía por más tiempo.

Pero hay fotos y fotos. Esta que me enviaron hace algunos días por mail desde Francia, fruto de una serie de curiosas coincidencias, tiene algo muy particular. Los hombres de la foto llevan mi mismo apellido. Quien está sentado es mi biseabuelo, Adolphe Georges Serain (1868-1924), casado con Marie Chagnier, que aparece sentada a su lado. De pie, sus cuatro hijos: Louise Léonie (1898-1983), Georges Amédé (1900-1928), Mathilde Madeleine (1902-1989) y Raoul (1905-1938).

El último de los nombrados, el joven Raúl, que es quien aparece parado en medio de sus hermanas, era mi abuelo. Nunca lo conocí. Ni siquiera lo llegó a conocer mi padre, Raúl Jorge, que era apenas una criatura cuando su padre, mi abuelo, decidió poner fin a su vida ingiriendo un mortífero veneno. Tenía nada más que treinta y tres años. Siete menos de los que yo tengo en el momento de escribir estas líneas.

Es la primera vez que veo una fotografía de mi abuelo. No sabía que tuviese hermanos. Ni mucho menos que sus hermanas se hubiesen casado y tenido a su vez hijos, con un apellido que ya no es el mío, pero que de todos modos vienen a nutrir mi genealogía. Por alguna razón, vinculada de seguro al temor de abrir sin desearlo antiguas heridas, jamás pregunté nada. Ni a mi padre, ni a mi abuela. Ninguno de los dos dijo nunca nada al respecto. Hoy mi abuela ya no está, y a mi padre le respeto el silencio.

Mas no es la genealogía lo que me interesa, al menos en este momento. Sino el rostro inquietante de este fantasma, que mira a la cámara, esperando ser retratado, sin saber que tantos años más tarde, cuando él ya no pertenezca al mundo de los vivos, el hijo de su hijo lo estará observando, descubriendo con inquietud en la fotografía los rasgos de su propio padre, y quién sabe acaso también los suyos propios.

Las preguntas se amontonan, entonces. Un doloroso porqué que tantas veces antes habrá sido elevado por mi padre. Pero que en esta ocasión se propone como un porqué piadoso. Sólo Dios sabe, si es que acaso existe Dios, qué cosas pudieron pasar por el alma y la mente de ese hombre, que lo llevaron a tomar una determinación tan trágica, dejando solos a su esposa y a su hijo. Son preguntas para las cuales no existen respuestas. Sólo una historia oscura, a la cual me tienta, sin embargo, pedirle que vuelque algo de luz sobre algunas cosas del presente.

Es claro y evidente que esta anotación es personal. No hay aquí nada que pueda ser compartido con un lector que no conozca a quien escribe. Y sin embargo tiene que ver con uno de los comentarios que recibí en una de mis anotaciones anteriores. Allí alguien declara su deseo de ver fotos de fantasmas. Pues bien, he aquí una. Claro, cada persona tiene sus propios fantasmas, y yo me he encontrado aquí con algunos de ellos. Si esta foto hubiese llegado a mis manos hace algunos años, acaso hubiese podido conocer a Mathilde Madeleine o a Louise Léonie. No sé aún cuál sea cuál. Me atraen los rasgos de la dama vestida de oscuro. Una joven misteriosa, que curiosamente ha sido mi tía abuela. Extraño contacto éste que hoy establezco con ella, a través de los inconmensurables mares del tiempo.

Pronto me encontraré con una de las hijas de una de estas dos damas, y también con Mirta, que ha sido una de sus nietas. Seguramente no podrán darme las respuestas que busco. Pero esta foto ya es bastante por el momento. Las historias, por más oscuras que sean, tienen también sus luces. Y yo cuento con este cuadro familiar como guía. Como constancia de que el tiempo es implacable. Y la vida tan frágil y paradójica.

sábado, noviembre 18, 2006

Algo de música: Diana Baroni




Hay canciones que uno ha escuchado tantas veces, y en tantas versiones, que nos parece que no será posible hallar alternativas nuevas que nos sorprendan. El de "María Lando", de Chabuca Granda, era uno de esos casos. Y escribo "era", porque contradiciendo aquella impresión llegó a nuestras manos este disco de Diana Baroni, titulado Nuevos cantares del Perú, recientemente editado por el sello rosarino Blue Art Records.

Es extraño el caso de Diana Baroni. La encontramos tocando su flauta travesera barroca en conciertos de música antigua, en discos con obras de Johannes Mattheson (1681-1764) y Johann Sebastian Bach, elogiados por la revista Le Monde de la Musique. Como antigüista integró el ensamble Café Zimmermann, y fue invitada del Ensemble Elyma, Das Kleine Konzert y Les Musiciens du Louvre-Grenoble, pero en el Centro de Experimentación del Teatro Colón se abocó al repertorio académico contemporáneo. La primera vez que dejó su rol de flautista y se decidió a cantar, lo hizo para ponerle la voz a canciones del vanguardista John Cage (1912-1992). En su disco Son de los diablos se ocupó de rastrear rasgos africanos en la música peruana. Y en este flamante Nuevos cantares del Perú su atención y su canto se centran en las canciones de Chabuca Granda.

Pero además está lo arriba señalado: el hecho de que a pesar de que uno ha escuchado tantas veces, y en tantas lecturas distintas, una canción como "María Lando", de todos modos se sorprende al descubrirla en esta bella versión para cuarteto de cuerdas, interpretada por Elías Gurevich y Grace Medina en violines, Benjamín Bru en viola y Marcelo Bru en violoncello, que nos recuerda que la cantante viene de un ambiente académico dentro del cual hay, sin embargo, gente como la nombrada que también se anima a otras posibilidades.

Esta amplitud de criterios nos habla de un modo particular de comprender el arte musical. Más allá de que la música contemporánea, la antigua y el folklore latinoamericano tengan cosas en común, como puede ser el espacio de improvisación que le queda reservado al artista y el hecho de los tres territorios aún ofrecen mucho por explorar. Este modo particular de comprender la música se vincula con una ruptura de fronteras que tal vez jamás deberían haber estado allí. Así nos lo dice Diana: "Yo creo que no mezclamos ciertos lenguajes musicales a causa de los prejuicios. Creo que la coherencia se inventa; se crea y se cree." Y también explica: "Tanto a través de mi canto como de mi instrumento, lo esencial para mí reside en la posibilidad de comunicar a través de la música."

La música es ante todo esto: una forma de comunicación. Más allá queda la cuestión, tan a menudo vacía, de las clasificaciones y los géneros. Y esto es algo que no puede explicarse con razones, sino que sólo puede entenderse desde la emoción. Que es eso que surge, por ejemplo, cuando uno toca una tecla play y escucha nuevamente la voz que canta, y al cantar nos acerca de nuevo esos textos que dicen...

"La madrugada estalla como una estatua,
como una estatua de alas que se dispersan por la ciudad.
Y el mediodía canta capana de agua,
campana de agua de oro que nos prohíbe la soledad..."