Y mientras ahuyentabas sombras
de gentes que no estaban allí,
me decías que soñabas con
un águila de tres cabezas:
la primera te escudriñaba,
la segunda te hipnotizaba
y la tercera te golpeaba
con su pico de bronce,
hasta abrirte el cráneo.
De inmediato añadiste,
encogiendo tus hombros
como si fuese un misterio,
que así dicen que es la bestia
que recibe a quienes fueron
condenados al purgatorio.
Quise decirte entonces que
no no tenías que preocuparte,
pues tal sitio no te estaba destinado,
pero sólo me salió decirte un te quiero.
Y no pude sino pensar en la fragilidad de la vida,
y no pude sino llorar ante la despedida inminente,
que así son, en definitiva, las despedidas todas.
Papá, te extraño.
lunes, junio 22, 2020
Día del padre
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Germán A. Serain
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domingo, junio 21, 2020
Sueño 200621
Hoy soñé con Marcos Mundstock. Lo encontré pensativo, acomodado en un sillón. Cuando me senté, cerca suyo, me miró a los ojos y después de un segundo de silencio me dijo: "Estoy intentando desde hoy recordar un chiste de uno de nuestros espectáculos. Era un chiste muy bueno, de verdad, pero por más que intento no logro recordar. Lo único que recuerdo es que en una parte yo ponía una cara muy graciosa, así..." Y de inmediato puso una cara que, efectivamente, resultaba muy graciosa. Pero adiviné que en el fondo estaba triste.
-Creo que recuerdo ese número. Había una parte en que hacían un chiste con el nombre de Raúl...
Mi padre, que andaba por ahí cerca, miró sobre su hombro. Creo que por alguna razón aquel chiste, que también él conocía, no le había causado demasiada gracia.
-No es algo como para preocuparse. Me sucede todo el tiempo -le dije entonces a Marcos-. Nuestras memorias son así, limitadas, caprichosas. Un día recordamos algo, al día siguiente lo olvidamos.
Curiosamente no recuerdo mucho más de este momento. Sé que había algo importante, una reflexión acerca del paso del tiempo, de los recuerdos, de las memorias. Sí recuerdo que Marcos me regaló una entrada para ir a ver un espectáculo de Les Luthiers.
Cuando llegué al teatro y abrieron las puertas, la gente se apresuró para entrar y acomodarse en sus butacas. En ese momento supe que tenía la entrada en el bolsillo de mi saco. Pero recordé también que estaba en un sueño, y supe que no podría saber cuál era el asiento que me tocaba. Y desperté.
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martes, junio 16, 2020
Despertar del sueño 200614
Estamos los dos durmiendo juntos, en tu cama, abrazados. Y por curioso que pueda parecer, lo que acabo de escribir es a un mismo tiempo verdad y mentira. Porque de hecho allí estamos, realmente, en tu casa, en tu cama, pero al mismo tiempo estamos en otro lado, porque yo lo estoy soñando. Pienso de repente en los llamados sueños lúcidos. Para dominar el arte de los sueños lúcidos es indispensable, por supuesto, que el soñante sepa que de hecho está soñando. Pero esto por sí solo no resulta suficiente. También es necesario poder controlar lo que sucede en el devenir de esos sueños. Y también hace falta -esto último tiene una particular importancia- que el soñante pueda despertar cuando desee hacerlo. En caso contrario, el sueño se transforma en pesadilla. Y aunque no quiero hablar aquí de ello, probablemente esa no sea la peor de las posibilidades.
Estamos los dos durmiendo juntos, en tu cama, abrazados. Y yo te digo algo. Algo que acabo de pensar, a partir de un sueño que tuve, del cual acabo de despertar. Pero me doy cuenta, mientras te hablo, que te estoy diciendo cosas sin demasiado sentido. Y de hecho te lo comento: te digo que no me salen las palabras que de verdad te quiero decir; o al menos creo decírtelo. Porque hay ocasiones en que las palabras parecen rebelarse, y se resisten a expresar lo que uno pretende que digan. Y esto es precisamente lo que me sucede ahora: te digo, pero las palabras que logro decir son como puro ruido, salen de mi boca desordenadas, anárquicas, pastosas, y vos me escuchás entredormida, y estoy seguro de que no entendés lo que te estoy diciendo; y no podría culparte, si yo mismo tampoco comprendo.
Entonces me doy cuenta de que hay algo extraño. Aunque no logro precisar qué sea. Hay como una indescriptible lentitud en el aire, algo así como un incierto estiramiento de todas las cosas. Intento contarte alguna cosa que ya no recuerdo. Algo que en el preciso momento de ser dicho se desvanece en el olvido. Acaso sea algo relacionado con lo que he soñado apenas un instante atrás. Pero vos no prestás demasiada atención a mis palabras. No te preocupes, que no pretendo que esto sea un reproche. Muchas veces te cuento mis sueños en voz alta, en medio de la noche, molestando tu descanso, no tanto para que vos me escuches, sino para escucharme yo mismo y fijar los sueños en mi memoria. Aunque en este caso en particular no se estaría dando nada de esto.
De pronto, en medio de esta incómoda desconexión con la realidad, me doy cuenta de que vas a levantarte. Todavía no te has movido, tu cuerpo desnudo y cálido sigue en contacto con el mío, cualquiera diría que estás plácidamente dormida, pero yo sé que te vas a levantar, y que vas a caminar en medio de la penumbra hacia el baño, y tengo miedo, porque también sé que en ese momento algo malo va a suceder. Por eso es que comienzo a hablar más rápido y más fuerte, e intento mover mi mano para agarrarte, para impedir que te levantes, y vos me decís algo, y ya vas a despegarte de mi lado, y yo ahora sé que estoy soñando, y también sé que para que no te pase nada malo es necesario que despierte; pero como no consigo hacerlo, porque de verdad lo intento, pero no lo logro, empiezo a pedirte a vos, casi con desesperación, que hagas algo, y levanto el tono de mi voz cada vez más, intentando convertir mi susurro en un grito: despertame, por favor, despertame, por favor... ¡Despertame!... ¡¡¡DESPERTAME!!!
Finamente lo consigo: unos sonidos guturales salen de mi garganta, bruscamente me muevo, y también vos te movés, sobresaltada, asustada. Ahora sí, estamos al fin los dos despiertos: qué te pasa, estás bien. Y yo: sí, perdoname, fue nada más un sueño, perdoname, perdoname... Y vos: no pasa nada, el abrazo reparador, amor tranquilizate. Pero es que no entendés: necesito que me perdones, porque me siento culpable. Si yo no lograba despertar, si no conseguía arrancarme del sueño a tiempo y a vos te sucedía algo malo por no poder alertarte, por no poder detenerte justo cuando ibas a levantarte para ir caminando hacia ese peligro que ojalá jamás sepamos qué era, yo iba a ser el único responsable por lo que fuese que ocurriera. Y vos sos tan importante para mí que no podría soportar que nada malo te pasara por mi culpa, ni siquiera tratándose de un sueño.
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domingo, mayo 31, 2020
Despertar del sueño 200531
Con los ojos cerrados, apenas despierto, todavía dormido,
escucho tus pasos y espero, ligeramente ansioso,
con la modesta felicidad de las cosas simples,
el momento en que te acerques despacio,
corras apenas las mantas y te deslices,
tu cuerpo desnudo, suave y tibio,
acurrucado otra vez junto al mío.
Con los ojos todavía cerrados, dormido, apenas despierto,
estoy atento a los sonidos, familiares y extraños,
pisadas de un perro, me doy cuenta
de que no estoy seguro de adónde estoy,
ni de quién soy, ni qué veré si abro los ojos ahora.
Intuyo que algo no está bien. Estás demorando demasiado
en regresar a la cama, pero no atino a moverme.
De repente siento el miedo, mis pies están fríos
y hay demasiado silencio, me abruma
mi desconcierto, estos segundos eternos en que
no logro recordar adónde me he quedado dormido.
¿Estaré en casa de mis padres? ¿O en cuál otra?
¿Qué edad tengo? ¿Por qué demorás tanto
en llegar a la cama, para aliviar este espanto?
Nadie lo sabe, pero cada mañana, al despertar
me siento más débil, me cuesta más recordar
o intuir qué cosas han sido reales y cuáles no.
Alguien ha muerto hace poco, me digo.
Quizás por eso me resisto todavía
a despertar del todo, para no tener que
hacerme cargo de mi propia mortalidad
y de las irremediables ausencias.
Me haría tanto bien sentir tu cuerpo tibio
acurrucado ahora mismo junto al mío.
¿Por qué demorás tanto?
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lunes, mayo 18, 2020
Diario de cuarentena
Hoy recibí un correo electrónico en el cual me invitaban a participar de un "diálogo virtual" (tal fue la expresión que decidió usar el autor del referido correo) sobre tecnología y... En realidad -lo compruebo una vez más ahora mismo- el texto del mail prosigue diciendo: "...sociedad en tiempos de pandemia". Pero de alguna manera me empeciné en leer, sin darme cuenta del equívoco y de manera sistemática, una vez y otra, "soledad". Me digo que no puede ser casual. Que evidentemente se trata de un signo de los tiempos que nos toca vivir. La soledad, la tecnología que de un modo u otro la disimula, pero sin erradicarla, y la flacidez con que hemos resignado nuestras libertades individuales, acobardados por la tan temida pandemia, que se hace visible en las tristes máscaras detrás de las cuales hoy ocultamos nuestros rostros.
En efecto, las libertades individuales han sido las víctimas más notables de esta pandemia que se manifiesta, como una circunstancia inédita, a nivel mundial. Con una cantidad de víctimas abrumadora, según nos dicen los medios, y al mismo tiempo escasa, si la comparamos con otras tragedias peores, consecuencia directa del obrar de otros seres humanos. Y lo notable es cómo el miedo nos ha llevado a renunciar a dichas libertades, prácticamente sin resistencia. Entre tanto, nos conducen a vivir a las pantallas. Y nosotros vamos, mansos, incautos, casi se diría felices.
Es precisamente en una pantalla donde leo que alguien, parafraseando a Borges, y quizás también un poco a Kafka, escribe lo que se me antoja una especie de graffiti electrónico, que yo mismo vuelco en mi muro -otra pantalla- traducido a mis propias palabras:
"Otario comprende, justo antes de morir, que desde el principio ha sido condenado, que le han permitido el balcón, el zoom y netflix, sencillamente porque ya lo daban por muerto. El guardián, casi con desdén, cierra la puerta."
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lunes, mayo 11, 2020
Despertar del sueño 200509
Viajábamos en el colectivo, junto con mi madre. Era de noche y nos dirigíamos rumbo al oeste. Faltaba poco para llegar, pero de todos modos me quedé dormido. Evidentemente también ella, porque al volver a abrir los ojos ya nos habíamos pasado. Era de noche. En la calle no se veía un alma. Nos levantamos de manera apresurada de nuestros asientos. Por la ventanilla alcancé a ver un restaurante cerrado, en una esquina, justo cuando el vehículo abandonaba una avenida para adentrarse en una calle lateral.
- En la parada, por favor -le indiqué al chofer.
Obedientemente, a los pocos metros el colectivo se detuvo. Descendió primero un hombre, le cedí el paso a una mujer, y finalmente bajamos mi madre y yo. Miré alrededor: no había nadie. El hombre y la mujer habían desaparecido. También el colectivo. Estábamos en medio de un descampado.
- Tenemos que tomar el 132 para volver -dijo mi madre.
- El 132 no pasa por acá -respondí, un tanto malhumorado; y de inmediato agregué: - Lo que necesitamos es saber adónde estamos.
En ese momento desperté. Y sucedieron tres cosas. La primera: comprendí que se había tratado de un sueño. La segunda: acaso no lo comprendí del todo, pues quise volverme a dormir de inmediato, para regresar al sueño y resolver el adónde estábamos y el cómo regresaríamos a casa. La tercera... Me dí cuenta del sinsentido: no había ningún problema para resolver. Entonces me dije que probablemente lo mismo suceda en la vida. Que nos preocupemos en vano por problemas que ya no es necesario resolver.

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lunes, mayo 04, 2020
Sueño 200504
Es de noche. Estoy de vacaciones en alguna parte, en alguna pequeña ciudad que no identifico. Camino buscando algo, aunque sin buscar nada en particular. Cuando llego a una costanera me doy cuenta de que eso era precisamente lo que deseaba encontrar. Así son a veces las búsquedas, en los sueños tanto como en la vida real. Avanzo hacia una suerte de explanada, tapizada con un piso de ladrillos, cubierto a estas horas por un par de centímetros de agua. Me digo que debe ser por la marea alta, que tal vez de día ese mismo lugar esté seco, pero lleno de gente. Me gusta más así, bañado pero desierto. Una idea me entusiasma de pronto: me vienen ganas de bailar, o de correr. Comienzo un ligero trote. Hay alguien que me ha estado acompañando todo este tiempo; quizás un amigo. No me doy cuenta de quién sea. Aunque intuyo que en realidad estoy solo; que he llegado a inventarme que estoy con alguien, porque a veces la soledad es así, un espacio para desdoblarse. Una vez alguien me dijo que en los sueños todos los personajes que aparecen somos en realidad nosotros mismos, ni más ni menos.
Corro, entonces, sobre el agua, que curiosamente no llega a salpicarme. No es una carrera rápida; más bien se trata de un trote animado, incluso hasta feliz. El agua está calma. De alguna manera adivino que no es agua salada, sino dulce. No es el mar, entonces, sino un lago, o un río. De repente una voz, que suena autoritaria desde unos altoparlantes que no alcanzaré a ubicar, me dice que está prohibido estar en el agua y me ordena salir. El agua apenas me tapa los pies, y de hecho ni siquiera me moja, algo que debería extrañarme, aunque extrañamente me parezca natural, de manera que no veo razón para obedecer. La voz insiste, esta vez con un tono más amenazante, y yo la insulto mentalmente, aunque también es posible -e incluso probable- que en realidad vocifere una expresión cualquiera, algo así como "¡vení a sacarme, la reputísima madre que te parió!" Sigo corriendo, desafiante, hasta que el agua amenaza con llegarme a las rodillas. Imagino que la explanada se ha terminado, o que la marea alta sigue con su rutina de la creciente nocturna, ajena a lo que hagan los moradores en la costa. Paso entonces del otro lado de un pequeño murallón que divide el mundo de lo mojado y de lo seco. Quisiera hacerle saber al idiota del altoparlante que si salgo del agua es porque yo quiero, no porque alguien me diga que debo hacerlo. Y luego sigo trotando.
La costanera es breve. Termina en una especie de rotonda que, al seguirla, obliga al viandante a regresar sobre sus propios pasos. Eso es lo que hago. Descanso antes un rato, sin embargo, recostándome contra un alambrado. La persona que me acompaña, esa que tal vez en realidad no esté allí, me pregunta entonces por qué no obedecí a la voz del altoparlante. Sé perfectamente de lo que habla, pero me empecino en hacer de cuenta que no lo sé. Una y otra vez le respondo eso: que no tengo idea de qué habla. El poste de la alambrada en el que estoy apoyado de pronto se mueve. Tal vez me confié demasiado al recostarme; finalmente no es más que una madera clavada en la arena; es imposible que tenga una base firme. Acomodo el poste lo mejor que puedo, para que siga en su lugar y nadie me acuse de destruir propiedad privada, y luego sigo caminando. Un hombre gordo sale a mi encuentro. No parece peligroso, pero su actitud es agresiva. Me increpa por algo que al parecer cree que hice tiempo atrás. Le explico que de seguro me confunde con otra persona, que yo solo estoy de paso, corriendo un poco; que es la primera vez que estoy en ese lugar y que ni siquiera sé con exactitud de qué lugar se trata. Para sacarme al gordo de encima le pego un sopapo y le vuelan los lentes. Aunque es probable que también ese gordo sea un producto de mi propia imaginación, porque son mis propios lentes los que se han caído. Veo venir entonces de nuevo a mi amigo imaginario, que llega a la carrera, y me pregunta qué pasó. Le digo de mis anteojos. Creo que se queda a buscarlos, mientras yo sigo caminando. La verdad es que no necesito mis lentes para ver, al menos allí, en ese sueño, en esa noche.
Regreso. Vuelvo sobre mis pasos en mi caminata nocturna, y me pregunto si el vigilante de la voz del altoparlante me reconocerá al verme de nuevo. Ahora me llama la atención una confitería que está abierta y llena de gente. La voz del altoparlante está allí. Pero su función ahora es otra: ofrece café por tres dólares a los comensales. Lo veo. Es un tipo desgarbado, con barba desprolija, de aspecto descuidado, que intenta en vano hacerse el simpático. Cada quien trabaja de lo que puede, me digo. Y con un único trabajo no alcanza. Me siento un momento. "Disfruten de un regio café por tres dólares, que son apenas unos ciento cuarenta pesos", dice el flaco del altoparlante, haciendo mal la conversión. Pero sí, tres dólares suena como si fuese menos, pienso. Alguien toca melodías con un saxofón. Suena agradable. Un mozo ofrece porciones de un budín marmolado a quienes han decidido aprovechar la oferta del café. Yo no he pedido nada, pero de todos modos me dejan dos porciones. Pruebo el budín y es realmente sabroso. La música del saxofón de repente se detiene. Hay cierto tumulto a lo lejos. Me paro y salgo de allí, para ver qué sucede. Me doy cuenta de que me llevo lo que queda del budín, al mismo tiempo que me pregunto si alguien notará que no he pagado nada, pero sin preocuparme demasiado por el asunto.
Veo un tumulto varios metros más allá. Hay policías dentro de un banco, en el sector de los cajeros de autoservicio. Hay una persona tirada, otra que es retenida, gente que comenta. Dos mujeres intercambian opiniones y de pronto una de ellas se molesta visiblemente con algo que ha dicho la otra, y se retira con un ademán ofensivo que deja impávida a su oponente. Yo le digo a la mujer, aunque en realidad creo que se lo digo al mundo, que estamos todos realmente muy locos, y sin remedio.
Sigo caminando... sin rumbo, ciertamente. Me doy cuenta de este detalle en ese instante. Desde que logro recordar vengo andado sin rumbo. No sé adonde estoy, ni quién soy, ni qué busco. Escucho otra vez el saxofón. La melodía viene ahora de otro banco, donde no hay gente, porque allí no ha pasado nada malo. Han dejado los sectores de los cajeros automáticos abiertos por las noches, y el saxofonista parece haber decidido refugiarse allí para seguir su recital, ahora para sí solo. Entro al edificio. Me dejo guiar por el sonido, porque el banco tiene escaleras y muchos recovecos. Finalmente encuentro al músico y en silencio le hago señas, preguntándole si puedo quedarme a escucharlo. El detiene la pieza y me explica algo de lo que va a tocar a continuación, que no entiendo ni me interesa. Pero a cambio le digo: Iba a preguntarte si podía quedarme acá para pasar la noche. Pero entonces me dí cuenta de que esa pregunta sólo estaría bien planteada si la noche fuese algo a superar. Si llegar hasta el día fuese la meta o el objetivo. Pero no es así. El día y la noche son parte de lo mismo.
Solamente quiero descansar y disfrutar un rato de la música, pienso; porque esto último ya no lo digo, sino que nada más lo pienso. También me cruza por la mente la misteriosa continuidad que existe entre la noche y el día, y la noche siguiente, y el día que sigue, y así. Una continuidad que acaso copie la que existe entre la vida y los sueños. Y justo antes de despertarme pienso que la vida entera no es, en definitiva, otra cosa que una sucesión de momentos.
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Cuarentena - Día 47
La noticia poco y nada tiene que ver con la cuarentena. O acaso tenga mucho que ver. Todo depende de cómo se lo considere. El asunto es que ayer falleció un hombre oriundo de la provincia de Córdoba, que seis meses atrás había ganado quince millones de pesos jugando a la quiniela. Eduardo, tal era su nombre, no murió por coronavirus, sino como consecuencia de un accidente cardiovascular. Las fotos que lo muestran feliz, antes de que el mundo supiera que vendría una pandemia que en muchos lugares del mundo clausuraría la vida tal como la conocíamos, son de data reciente. Aunque al momento de ser tomadas ni el Covid-19 ni los ACV figuraban de seguro entre sus preocupaciones.
Los periódicos se refirieron al difunto como "el hombre que hace apenas medio año creyó haberse consagrado como la persona con más suerte de la Tierra". Tal vez sea una exageración, pero tampoco tanta. En octubre de 2019 Eduardo Martí, convertido repentinamente en millonario por un golpe de suerte, celebraba en Villa Dolores en una fiesta que él mismo organizó junto a unos doscientos invitados, para morir pocos meses más tarde, después de permanecer dos semanas internado en un hospital a causa de un ACV.
03, 10, 11, 20, 25 y 30. Estos fueron los números de la boleta con la que Martí creyó sellar, a sus 58 años, su fortuna. “Este es el primer día de mi nueva vida”, declaró a la prensa al día siguiente de la confirmación del premio. Pueblo chico, no se molestó en ocultarse, como lo hubiese hecho quizás cualquier ciudadano de una gran urbe en similares circunstancias. Luego pidió una licencia sin goce de sueldo en su trabajo. Dijo que utilizaría el dinero para saldar deudas y comprar unos departamentos. Sueños a futuro. Durante la fiesta de celebración del premio se dedicó a bailar y a cantar junto a sus amigos durante toda la noche. Me pregunto cuántos no habrán deseado en ese momento estar en el lugar de Eduardo Martí. Luego, la pandemia habrá postergado sus proyectos. Y más tarde la muerte los clausuró.
El caso de este hombre me llevó a pensar una vez más en Enrique. Quisiera anticipar, en este punto, que jamás le he deseado el mal a nadie. Bueno, al menos a nadie que no lo mereciera. Pero confieso que sí me ha sucedido de sentir alguna que otra envidia. Como seguramente habrán sentido envidia muchos ante los quince millones de pesos de Eduardo Martí.
Lo cierto es que todo esto me llevó a recordar una reunión de fin de año en mi trabajo. Corrían los últimos días de diciembre de 2017 y todos parecían felices; pero yo no lo estaba, pues acababan de despedirme y sabía que en un par de días más me habría quedado sin trabajo. No recuerdo haberme fijado particularmente en Enrique, pero sé que ahí estaba él, divirtiéndose, riendo, y estoy seguro de que de haberme fijado puntualmente en él, hubiese sentido lo mismo que sentí por cada uno de aquellos compañeros de trabajo, que pronto iban a dejar de serlo: una inconfesable envidia. Porque yo quería estar en el lugar de ellos, de Enrique, de Pablo, de Marcelo o de cualquiera de los que al mes siguiente continuarían trabajando en aquel lugar.
Casi un año después de aquello, mientras buscaba trabajo en otra emisora, un conocido en común me preguntó si sabía algo sobre la salud de Enrique. Respondí sinceramente que no había vuelto a tener contacto con él. Así fue como me enteré de que cuatro meses después de mi desvinculación laboral a Enrique le habían detectado un tumor en el estómago bastante complicado, que lo había llevado a una quimioterapia y a una internación en terapia intensiva.
Después de eso no volví a saber nada acerca de la salud de Enrique. Sinceramente deseo que se haya recuperado y que esté pasando esta pandemia, lo mismo que yo, en su casa, junto a quienes sean sus afectos. Pero en cualquier caso la lección que me dejan, tanto Enrique como Eduardo, es que no resulta inteligente desear estar en el lugar de un otro. Porque nunca sabemos si ese lugar sea realmente mejor al que nos ha tocado ocupar a nosotros.
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viernes, mayo 01, 2020
Notre vie c'est maintenant
Quiero regresar a ese jardín,
a esa lluvia, a ese momento.
Embrasse moi, alors,
como decía Prévert.
Embrasse moi longtemps,
para que sea posible
ese sueño, estar allí otra vez,
de nuevo, nada más porque sí,
porque vale la pena,
porque la magia es posible
de vez en cuando,
y me consta, porque ahí estás,
y aquí estoy, y aquí estamos,
en aquel jardín, ante esa lluvia,
o mirando este sol, o aquella luna.
Y no lo olvides, que es tal
como Prévert lo advierte:
Notre vie c'est maintenant.
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miércoles, abril 22, 2020
Cuarentena - Día 35
La nota de color salió en varios diarios del mundo y da cuenta de una historia sucedida en Brooklyn. Allí un joven llamado Jeremy Cohen estaba tomando fotografías desde la ventana de su departamento cuando vio a una chica que bailaba en la terraza del edificio de enfrente. En medio de la cuarentena, y luego de haber llamado la atención de la muchacha mediante gestos y saludos a la distancia, decidió hacerle llegar su número de teléfono por medio de un dron. La joven -al parecer su nombre es Tori Cignarella- decidió aceptar el juego. Los dos cenaron, de alguna manera juntos, aunque separados, a través de una videollamada. Para su cumpleaños él le envió saludos virtuales con una canción de su cantante favorita. Y luego llegó al extremo de alquilar una burbuja transparente para poder salir a la calle y encontrarse con ella, separados los dos por una generosa capa de plástico protectora, brutal metáfora que marca a un mismo tiempo la garantía de que ninguno de los dos podría contagiar al otro con ningún virus, en caso de estar infectados, pero también la imposibilidad de llegar a tocarse, el otro como un potencial peligro, del cual en cualquier situación convendrá alejarse, incluso cuando en apariencia lo que se intente sea justo lo contrario. Finalmente es posible que todo esto no haya sido, como lo anticipamos entre líneas arriba, más que parte de un juego. Un show para las cámaras y para las redes sociales, ciertamente efectivo, pues ha llegado en forma de noticia de color hasta nosotros. Detrás de lo que sabemos, puede que haya una relación real, tanto como puede que no haya más que imposturas y escenografías. En definitiva este detalle no nos importa. O por lo menos no me importa a mí, que soy quien está escribiendo esto. Y es probable que lo me ha llevado a escribir sea un detalle marginal, y es que el artículo a través del cual esta breve historia, repleta de guiños que promueven acaso sonrisas en estos tiempos de aislamiento, llega a mi conocimiento, finaliza con una frase que me detuvo, que habla de "aquellos amores trágicos que para existir necesitan de la distancia". Fue esta expresión la que me quedó resonando y la que en definitiva me trajo a escribir este texto. Nada más porque conozco de primera mano la esencia de esos amores trágicos. Y porque por fortuna he aprendido que para mi presente y mi futuro quiero otra cosa.
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Cuarentena - Día 34
En muchos rincones del mundo se repite la misma postal:
un enorme número de personas permanecen en sus casas,
guardados entre cuatro paredes y con suerte alguna ventana.
Se siente satisfecho aquel que por naturaleza solía ser asocial,
pues ahora está en igualdad de condiciones con sus vecinos:
continúa recluido, pero ahora tiene para ello la excusa perfecta.
Muchos tienen miedo de salir, y encerrados se sienten seguros.
Otros también sienten temor, pero deben salir sin más remedio,
para cumplir sus trabajos, que han sido declarados esenciales.
Allí va el recolector de basura, y el farmacéutico del barrio,
y el almacenero, y el que reparte con su camión la mercadería
que compradores presurosos, de rostros cubiertos con barbijos
y pañuelos, apurarán en alguna góndola a precios exagerados.
Pero también está el vecino que no teme.
O mejor dicho, acaso no se trate de un valiente
sino de alguien que le teme mucho menos a ese virus
que al parecer anda amenazando de enfermedad y muerte
que a sentir que pierde su bien más preciado,
que es su libertad de salir a caminar un rato bajo la luz de la luna,
y así lo hace, silbando bajito, porque sí nomás, por ganas.
Y también estará siempre ese otro que, inevitable,
mirando al hombre libre desde su triste bunker
lo señalará con el dedo y hasta es posible
que lo denuncie a las autoridades
porque en el fondo y calladamente desearía ser él
quien se atreviera a dar ese paseo,
pero es un cobarde
que se deja ganar por el miedo
y la triste seguridad de esas cuatro paredes
que lo guardan de todo mal, excepto de sí mismo.
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viernes, abril 17, 2020
Cuarentena - Día 29 (La guerra del cerdo)
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miércoles, abril 15, 2020
Cuarentena - Día 27
La gente se está convirtiendo
lentamente en algo horrible.
Salgamos a las calles en masa,
tosamos y estornudemos juntos.
Hagamos una pira de barbijos
y bailemos alrededor del fuego, felices.
Abracémonos y volvamos a besarnos.
Contagiémonos de todo lo que sea menester
y aceptemos que la muerte
es al fin y al cabo algo inevitable.
Pero no caigamos en la degradación
de dejar de ser humanos
para convertirnos en hienas
que se observan desconfiadas,
listas para destrozarse a mordidas
en cualquier momento.
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martes, abril 14, 2020
Cuarentena - Día 26
alejados, escondidos dentro de nuestras casas,
rodeados por cuatro paredes inmóviles y calladas,
día tras día, noche tras noche, y no encerrar también el alma.
Se hace difícil tomar distancia de los demás sin terminar
cayendo en una recíproca desconfianza.
El miedo nos estimula y nos convierte en delatores,
en alimañas, en aves de rapiña, en policías infames
desprovistos de razón y de humanidad.
Pronto será de nuevo el imperio de la fuerza.
Hoy la gente se ha convertido de repente en algo horrible,
con sus rostros ocultos detrás de máscaras temerosas
y todo un nuevo repertorio de gestos evasivos.
Hay algo que flota en el aire que nos está haciendo daño.
Pero no se trata de un virus, como muchos andan diciendo.
Mientras creemos estar cuidando de no enfermarnos el cuerpo,
nos vamos transformando en fantasmas sin alma
que van hipotecando sus libertades en pos de una seguridad ilusoria.
Es verdad, hoy salir a la calle se ha tornado peligroso.
Ahí afuera, en sus diversas formas, anda rondando la muerte.
Y sin embargo yo quiero que valga la pena correr el riesgo.
Sinceramente te digo: si nos vamos a morir,
y esto es algo inevitable, que no sea en la distancia,
sino en la pasión de un beso.
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lunes, abril 13, 2020
Cuarentena - Día 25
Todos hablan del maldito virus
guarecidos en la seguridad
carcelaria de sus propias casas,
acodados en la baranda de un balcón
o en el borde de una ventana.
Unos aplauden a los médicos,
otros señalan con el dedo
al vecino que sale a pasear su perro.
Todos tienen temor de enfermarse,
algunos incluso miedo de morir,
como si ese no fuera el destino
inevitable de todos nosotros.
Pocos se dan cuenta,
pero el verdadero virus
definitivamente es otro.
El peligro es que de a poco,
sin que nos demos cuenta,
terminemos aceptando
que las cosas sean así,
que ya no seamos libres
de volver a caminar por las calles
porque sí nomás, porque nos da la gana,
sin mirar con desconfianza al otro,
libres de la infamia de juzgar
a aquel que ya no quiere
o acaso no puede esperar más.
No hay peor virus que aquel
que nos enfrenta y nos distancia.
Ese que nos lleva a prescindir
de un abrazo o de un beso
por ese tonto temor a la muerte
que tan a menudo nos lleva
a escondernos de la vida.
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domingo, abril 12, 2020
Cuarentena - Día 24 (Día de Pascua)

Hubo un tiempo en que las Pascuas,
la Navidad y el día de Reyes
integraron mi calendario festivo.
También el Año Nuevo, por supuesto,
y, claro está, mi cumpleaños.
Luego supe que los reyes eran los padres
y más tarde extravié la costumbre
de armar el árbol navideño,
que quedó atascado
-culpa de todos y de nadie-
en los pedazos de la ilusión rota
de un hogar que supo ser sin perdurar.
En cuanto a las Pascuas entendí
que por años apenas habían sido
para mí un huevo de chocolate
relleno con confituras y sorpresas.
Después, cuando ya no hubo golosina,
fueron tan solo algo más que
también se perdió entre
las brumas del tiempo.
Si habrá o no vida después de la muerte
eso lo sabremos -o no- en su debido momento,
después de haber dado nuestro último suspiro.
La buena noticia es que hay resurrecciones
que se dan en el marco de la vida misma,
en cada día nuevo que comienza,
en cada nuevo amor que se intenta
y que jamás será en vano.
En estas resurrecciones cotidianas
es donde debemos descubrirnos.
Hasta que al fin uno encuentre
eso que acaso estuvo
buscando desde siempre.
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sábado, abril 11, 2020
Cuarentena - Día 23
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viernes, abril 10, 2020
Cuarentena - Día 22
Post Scriptum: Mi amigo Ariel Elijovich me hace notar que, desde un punto de vista lógico, existen tres resultados posibles, según se resuelva la suma en sus términos matemáticos literales o bien se resignifique la lógica de la ecuación que presenta la incógnita a la luz de los tres casos anteriores (dando por sentado, claro está, que los mismos aportan una información correcta). Concretamente, ante la forma "a + b = c", un modo de resolución sería (a x b) + a , lo cual daría como resultado 96, y otro modo posible sería tomar todo como una suma consecutiva, integrada también por los resultados parciales, lo cual daría como resultado 40. Lo llamativo es que quienes encuentran como resultado 40 no logran ver con facilidad el modo de llegar a 96, y viceversa. Y es que por lo general, ante la presencia de un problema determinado, tendemos a aferrarnos a la primera solución alternativa que se nos presenta, y automáticamente descartamos cualquier otra que también pudiera ser viable. Y también esto es un fiel reflejo de cómo solemos ser en el mundo.
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jueves, abril 09, 2020
Cuarentena - Día 21
Hay un tiempo que es
De los relojes y los calendarios
Tiempo de las agendas
Que nos indican qué hacer, y cuándo.
Pero hay también un tiempo sin tiempo
Que simplemente transcurre
En el sutil paréntesis que abarca
Desde el amanecer al ocaso
Como si fuera una metáfora
De la existencia misma.
Amanece y anochece
En un mismo día
En una misma hora
En un mismo instante
Y en ese devenir, la vida
Reclama una revelación
Que usualmente se niega.
Alguna vez, no obstante,
He vislumbrado un sentido
En la belleza de un sol que
Se duerme al acabarse el horizonte,
En el vuelo fugaz de un pájaro,
En la pasión de unos ojos,
De una piel desnuda, de un beso.
Pero hoy he amanecido solo.
Estoy encerrado
Y tengo miedo
De no querer salir
Cuando las puertas se abran.
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miércoles, abril 08, 2020
Cuarentena - Día 20
El ser humano no ha inventado el virus que nos obliga a cumplir con esta cuarentena (aunque, esto es cierto: si no fuese porque unos chinos se empecinaron en comer cosas tales como murciélagos y otras porquerías compradas en el mercado de Wuhan hoy acaso todo sería diferente). Este coronavirus, que mata, y contra el cual no hay todavía otra forma de prevenirse que no sea el aislamiento, nos guste o no, es parte de la naturaleza.
El capitalismo, por el contrario, ha sido creado por el ser humano. No es parte de la naturaleza, pero nos condiciona a sus brutales reglas, a todos nosotros, que formamos parte de él. El capitalismo y la cuarentena no se llevan particularmente bien: el capital reclama actividad productiva y consumo. Por eso, ante este parate generalizado, es simple ver que en algún momento este capitalismo va a comenzar a mordernos, a destrozar a dentelladas a los más débiles, sobre todo, y así vendrá a demostrarnos que puede matar tanto como un virus, y también mucho más. No olvidemos que el hombre es el lobo del hombre, por más barbijo que use. El equilibrio, entonces, es muy delicado. Y este detalle, para nada menor, ha comenzado a inquietarme.
¿Qué pasará cuando el peligro que representa el coronavirus comience a ser menor que el riesgo de no tener un modo de llegar a un nivel básico de subsistencia económica? ¿Qué pasará cuando las empresas decidan que sus ganancias no son una variable de ajuste en el marco de una recesión inevitable y comiencen a expulsar gente y a cerrar puertas? Ya se han visto las primeras señales de este proceso, y pronto se irán viendo otras, cada vez mayores.
Entonces, o bien nos mata el virus, o nos mata la crisis. Estamos entre la espada y la pared. Con el detalle -de nuevo- de que el virus forma parte de la naturaleza, y en el caso de tener que enfrentarnos a las consecuencias de un capitalismo descarrilado seremos en definitiva nosotros mismos los padres del eventual monstruo.
Es verdad que si hablamos de naturaleza el ser humano es una especie animal. En ese sentido, nada de lo que haga estará fuera de la naturaleza. Solemos diferenciar, sin embargo, entre naturaleza y cultura, pero resulta que el generar cultura está en la naturaleza del hombre, y que ésta es una de sus armas para preservar la especie. Aunque no siempre funciona así: hay una paradoja, que no es ajena a otras formas de vida, al fin y al cabo, y es que llega un momento en que se plantea un desequilibrio entre el hombre y su contexto. Como si fuese un parásito en relación con su huésped, la especie humana ha comenzado a socavar la viabilidad del mundo que parasita. Si esto se prolonga demasiado en el tiempo, la destrucción del medio ambiente supondrá también la destrucción del hombre. Ya lo sabemos: los parásitos en general se comportan de esta misma manera. Pero los parásitos no tienen cultura, y nosotros sí. ¿De qué nos sirve la cultura, entonces, si con ella no somos capaces de regularnos?
Pero regresemos al tema de económico. El ser humano es la única especie biológica que maneja el concepto de economía. En consecuencia, toda organización económica es una producción cultural, capitalismo incluido. Luego, por supuesto, hay matices para el capitalismo, según se contemple una mayor o menor intervención del Estado para regular el salvajismo al cual -digamos que naturalmente- tiende de por sí este sistema económico, acaso por ser un producto humano.
También es cierto que el capitalismo (definamos: hablamos de una división económica entre quienes poseen un capital de producción y quienes solamente pueden ofrecer a cambio de un pago su fuerza de trabajo) no es el único sistemas de organización social, económica y política posible. Es verdad que hay alternativas, como el socialismo, el comunismo, el tribalismo comunitario y otras. Pero una vez que la maquinaria cultural se puso en marcha, el propio creador de esa cultura resulta modificado por ella, convirtiéndose en algo diferente de lo que era, amalgamándose con esa cultura a un grado tal que ya no será posible distinguir la frontera que los separa. Excepto que lo destruyamos, para volver a armar de nuevo los restos que queden. ¿Será este el destino al cual nos acerca la presente pandemia?
Admitamos que, en tanto especie, en el planeta, el ser humano es algo bastante parecido a una plaga, y la naturaleza tiene mecanismos para controlar las plagas. Tal vez se trate de esto la pandemia. No sé si el virus sea una defensa de la naturaleza contra el hombre, pero podría serlo, y de lo contrario al menos sería una buena metáfora. Pero de un modo u otro somos una especie condenada: tanto hacemos para defendernos de la muerte, cuando un virus nos amenaza, y por otro lado ocasionamos esa misma muerte, salvaje y alegremente, nosotros mismos. En lo personal, si me dan a elegir, prefiero ver morir gente por causa de la naturaleza que por mano propia de los hombres.
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domingo, marzo 29, 2020
Cuarentena - Día 10
No quiero moverme.
O tal vez sí quiera, pero no puedo.
O viceversa.
Las luces hace rato se han ido
y han sido reemplazadas por
un silencio tan inútil como bello
que se impone al tiempo.
Quisiera que la noche dure un siglo.
Deseo que no amanezca,
porque al llegar el día deberé moverme
y no creo que pueda, ni quiera.
Como no quiero ni puedo explicar
por qué mi cuerpo se ha adherido al suelo
y mi alma torpe se ha vaciado
de repente de deseos y sentido.
Observo mis manos y no las reconozco.
Siento un estremecimiento de espanto
ante estas manos que no son mías.
Son las tres de la madrugada.
No hay ni un ruido, ni sopla el viento.
Pero nada durará para siempre,
ni siquiera la quietud de este momento.
Tengo miedo de no volver a moverme.
O de no querer moverme de nuevo,
y de sentirme obligado a hacerlo.
Déjenme dormir.
Déjenme ser y dejar de ser.
Pero, por favor, no me abandonen.
Y sobre todas las cosas,
no permitan que amanezca.
Post Scriptum: Y sí, por supuesto: más allá de las palabras, amaneció, finalmente. Siempre amanece otra vez, incluso cuando también sea cierto que siempre hay quienes no viven lo suficiente como para verlo. Pero al menos hoy, ese no ha sido nuestro caso. Ni el mío ni el tuyo, que estás leyendo esto. Me pregunto si será necesario aclarar que escribir acerca del amanecer, durante la noche, supone una metáfora. O señalar que, como toda metáfora, ésta es ambigua. Porque amanecer puede ser una revelación, mediante la luz que pone fin a las sombras que borronean los contornos, haciendo que cada cosa vuelva a recuperar sus formas y sus nombres. Pero también puede suponer la amenaza del cambio, y por ende un final, el final de un estado que nos sumergirá inevitablemente en otro. Al menos mientras tengamos vida.
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sábado, marzo 28, 2020
Cuarentena - Día 9
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viernes, marzo 27, 2020
Cuarentena - Día 8
Por supuesto, comprendo la gravedad de la pandemia del coronavirus. Sin embargo, también me digo que hay un detalle curioso, y es que en rigor los virus ni siquiera son propiamente seres vivos. Es por este motivo, en definitiva, que me siguen pareciendo mucho más graves otras cuestiones, como las muertes que causan las guerras, por ejemplo, o en general el odio dispensado por unos seres humanos hacia otros. Me preocupan mucho más esas muertes, porque en ellas sí es posible identificar a un enemigo real, uno dotado de pleno ejercicio de la conciencia, a quien hacer responsable. Y ese enemigo es el propio ser humano, víctima y victimario a un mismo tiempo, de un lado o del otro, intercambiando incluso muchas veces el rol conforme la caprichosa dinámica de las circunstancias.
Lo del virus con suerte pasará, tarde o temprano. Lo verdaderamente importante es qué estamos dispuestos a hacer respecto de nuestra propia naturaleza, esa que tan a menudo nos conduce a ser nosotros mismos los lobos del hombre, como bien señalaba Hobbes. Lo sepamos o no, nuestro mayor problema es de orden moral, no sanitario.
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jueves, marzo 26, 2020
Cuarentena - Día 7
En estos días de encierro, las redes sociales ofrecen, por decirlo de alguna manera, una suerte de ventana al mundo, a través de la cual se entremezclan amigos y familiares, conocidos ilustres y de los otros, e incluso numerosos desconocidos que no sabemos cómo han llegado hasta allí, a nuestra lista de contactos, pero ante la duda y por si acaso allí se quedan. Entre los conocidos ilustres que hay en mi propia lista se cuenta el escritor y dramaturgo Hugo Barcia, quien escribe en su muro, en relación a los peligros del aislamiento, que estamos tan ensimismados que ya no leemos realmente al otro, lo que el otro escribe, sino aquello que hubiésemos querido que el otro escribiera.
En este momento me digo que es probable que yo esté haciendo ahora eso mismo. Pero en cualquier caso también pienso que no es cosa de la cuarentena el señalado aislamiento. No es cosa de ahora, sino de siempre, siempre, siempre, que escuchamos y leemos e interpretamos lo que nos viene en gana en cada cosa que el otro manifiesta. Incluso cuando lo hagamos de manera inconsciente.
Luego sigue un breve intercambio de ideas: Barcia confirmando que el aislamiento del que habla va mucho más allá de la cuarentena. Diciendo que sólo si fuésemos capaces de convertirnos por un momento en el otro lograríamos saber lo que el otro siente. Y denunciando la tragedia de tener siempre que subtitular al prójimo, de interpretarlo, fracasando siempre como exégeta. Y luego yo recordando que los maestros budistas proponen el silencio, en lugar de la palabra, como el mejor modo de comunicarse. Pero también que, como cualquier constructivista que se precie nos diría, con tanta sabiduría como pragmatismo, que también el silencio es pasible de ser malinterpretado.
Pienso finalmente que tal vez lo mejor a lo cual podamos aspirar, la mejor opción disponible entre las pocas o muchas que tengamos a mano, sea tener la buena intención de abrir la cabeza, saber que esta falla en nuestra comunicación existe, inevitable. Y acaso leer y escribir mucha poesía. Porque en la poesía esa distancia que media entre lo que la palabra dice y lo que verdaderamente significa, más allá de las lecturas literales, se hace más evidente. Y esa evidencia debería ser la que nos prevenga de los males que son propios de las interpretaciones lineales y pretendidamente unívocas.
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miércoles, marzo 25, 2020
Cuarentena - Día 6
Las noticias dicen que en España, tan solo en las últimas veinticuatro horas, 740 personas fallecieron debido al coronavirus, sumando la friolera de 3434 almas desde el inicio de la pandemia. Es curioso, pero cuanto más grande es el número, y en cierto sentido más grande la tragedia, más difícil es emocionarse, tomar verdadera dimensión del drama. Es mucho más sencillo empatizar con un caso en particular que con miles. Podemos hablar de las catástrofes colectivas, pero al no tener las víctimas un rostro, un nombre con el cual poder individualizarlas, terminan convirtiéndose apenas en un dato. Y no es posible sentir piedad por un número.
Pero en el mismo portal español de noticias que me acerca estos tremendos guarismos, también leo la historia de Hermann Schreiber.
Es probable que haya sido en las ciudades de España o de Italia, dos de los países más golpeados por la pandemia, que surgieron dos costumbres singulares en estos tiempos de encierro. Una, la de cantar o hacer música en los balcones, como un modo de sostener algún grado de contacto con los demás. Otra, la de aplaudir en simultáneo, cada quien desde sus casas, a una determinada hora, como un reconocimiento a los servicios brindados por los profesionales de la salud, que se esfuerzan y arriesgan cada día para tratar de salvar a quienes se pueda.
Hermann Schreiber tiene ochenta años, ya cumplidos hace un tiempo. El mismo no recuerda cuándo, pues también desde hace un tiempo padece de alzheimer. Lo mismo le sucede a su esposa, Teresa Domínguez, a quien conoció en algún momento pasado, cuando ella emigró a Alemania buscando un modo de ganarse la vida. Hoy ambos viven en Vigo, conectados a una realidad diferente de la de los demás. Quién se atreverá a decir si más o menos real que otras realidades. Lo cierto es que a Hermann le gusta tocar la armónica. Hace unos pocos días, justo cuando el anciano tocaba una melodía cerca de una ventana abierta de su departamento, los vecinos comenzaron a aplaudir. Viendo su sorpresa, la asistente que lo acompaña tuvo la ocurrencia de decirle que esos aplausos en los balcones le estaban destinados, a él y a su música. Hermann sonrió y continuó tocando.
Cosas de las redes sociales en tiempos de aislamiento y de internet: ese momento ingenuo, inocente, fugaz, capturado en un video que no pretendía quizás sino dar cuenta del instante, se terminó viralizando. Ahora los vecinos siguen aplaudiendo puntualmente al personal sanitario, por sus denodados esfuerzos por salvar vidas. Y Hermann toca su armónica, acompañándolos. Luego, los vecinos corean el nombre del anciano. Y Hermann se emociona y sonríe.
Es curioso: en medio de la tragedia, hoy a mí me ha emocionado no el drama de una de las tantas víctimas, sino una simple historia de inocencia y de vida.
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martes, marzo 24, 2020
Cuarentena - Día 5
Y si supieras que éste
que acaba de comenzar
ha de ser el último día...
O para no ser tan dramáticos,
el inicio de la última semana, digamos.
Acaso no te cagarías en el puto virus
que según dicen acecha allí afuera
e irías corriendo, esquivando cualquier
barricada, para besar sin medida
a esa mujer que te ama...
Quizás también bailarías desnudo,
y harías el amor con calma,
y abrazarías una despedida a los tuyos
y al fin dejarías atrás tantos lastres;
seguramente le pedirías perdón
a aquellos a quienes has ofendido,
y acaso ofenderías al mundo con
un poema políticamente incorrecto.
Pero no te engañes, la verdad es
que al mundo le importa un carajo
cualquier cosa que escribas.
Escribís para vos mismo porque
creés que no ha de ser éste
el inicio de la última semana
ni, para no ser más drásticos,
mucho menos el del último día.
Incluso cuando el silencio del mundo
esta mañana te desmienta.
Incluso cuando en el fondo sepas
que ello es perfectamente posible.
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lunes, marzo 23, 2020
Cuarentena - Día 4
La cuarentena nos pone de momento a salvo de un virus terrible. Sin embargo, y aunque esto recién comienza, también nos acerca a un futuro oscuro, de brutal recesión económica y previsibles sálvese-quien-puedas que me inquieta. De momento uno (éste que escribe) puede darse el lujo de dar rienda suelta a los matices de su naturaleza ermitaña y pasar los días pensando, leyendo, escuchando músicas u observando el cielo desde su balcón. Pero no todos pueden permitirse lo mismo. Habrá que estar atentos para vislumbrar el punto en el cual el remedio comience a dar lugar a una nueva enfermedad, tan severa como la que intentamos prevenir. La velocidad con la cual el individualismo gana terreno por encima de la solidaridad, o el prejuicio le gana la pulseada al juicio y lo inhibe, porque pensar no importa, sino únicamente el bienestar propio o la imposición de los propios criterios, como si fuesen verdades absolutas. Ese es el gran enemigo. El gran problema de la humanidad es su condición contradictoria: ella está marcada por la belleza del amor, la poesía y la solidaridad, tanto como por una sempiterna tendencia a la imposición salvaje del más fuerte sobre el más débil.
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domingo, marzo 22, 2020
Cuarentena - Día 3
Las redes sociales, que alguna vez pretendieron ser un medio de información, desinforman a más no poder. Y no es una cuestión vinculada a esta crisis sanitaria en particular, sino una verdad universal, que nace junto con Facebook y de seguro también antes, en el correveidile de los vecindarios. Para ser justos, cabría de hecho decir que se seguro la culpa no sea totalmente de las redes, sino también de quienes las utilizan. O mejor dicho: de quienes las utilizamos. Las publicaciones se viralizan sin que importe en lo más mínimo que sus contenidos sean verdaderos o falsos. Este parece ser un detalle sin mayor importancia.
El punto es que en medio de la montaña de basura informativa, de datos inexactos, alarmas innecesarias y desestimaciones peligrosas, algo me lleva a detenerme en un video en particular que alguien envía a mi celular. Dura apenas veintidós segundos, y no logro resistirme a mirarlo no una, sino varias veces. El texto que lo acompaña asegura que se trataría de un hombre que, desesperado por el aislamiento que impone la cuarentena por el coronavirus en todo el mundo, aunque en este caso se trata específicamente de la ciudad de Valencia, se suicida arrojándose al vacío desde la azotea de un hotel. En cierto sentido el video en realidad es falso, pues fue filmado el 24 de diciembre de 2019, cuando el mundo todavía ni tenía noticias del coronavirus. Tampoco se trata de un hombre, sino de una mujer. Pero el video en definitiva es verdadero, y tal vez sea eso lo que lo convierte en algo dramáticamente fascinante. No me da avergüenza confesarlo. De hecho, e incluso cuando yo ni siquiera pensé en hacerlo, es el hecho de que sea fascinante lo que lleva a que la gente lo comparta.
La mujer está en el borde de la cornisa. Parece extrañamente tranquila. Mira a su alrededor, primero a su derecha, luego a su izquierda, como si quisiera adueñarse del paisaje. Por último dirige su mirada muchos pisos hacia abajo. El sujeto que está registrando el momento en video mueve la cámara, se escucha el sonido del motor de un vehículo invisible que se enciende, ajeno al drama. La pantalla vuelve a estabilizarse justo en el instante en el cual la mujer se deja caer hacia adelante, con sus brazos a los costados. Lo que más me impresiona es que casi de inmediato se cubre el rostro con las dos manos, ya en medio de la caída, mientras el cuerpo da vueltas en el aire, como si quisiera protegerse, o no ver la fatalidad que ya no es posible detener, viva y muerta a un mismo tiempo, o acaso para que los eventuales testigos de la escena comprendan que no se trata de un muñeco desbaratado cayendo, sino de una vida que está a punto de extinguirse.
Se escuchan unos cuantos gritos breves, del público. Un golpe seco. Luego el video termina.
¿Y qué tiene que ver toda esta mierda con la cuarentena y con el coronavirus? Pues, nada de nada, esto ya ha sido aclarado al comienzo. Y sin embargo el video circula anclado a la idea de que el suicida lo es debido al encierro. O a cierta desesperación producto del olor a muerte que por estos días invade España y toda Europa. Quizás la gente tiene miedo. Entonces, supongo, atreverse a mirar a la muerte cara a cara a través de un video es un acto catárquico. Aunque medie una pantalla. Aunque no sepamos absolutamente nada del muerto, ni tampoco nos interese.
En realidad a mí sí me interesa. Pero no pude encontrar un solo dato además de lo que ya he dicho. Por qué motivo esa mujer decidió quitarse la vida, cuál era su nombre, cuál su historia, cómo fueron los interminables minutos en los cuales subió hasta esa azotea, qué fue lo que vieron sus ojos un instante antes del final, cuando parecía contemplar simplemente el paisaje, volteando la cabeza a derecha y a izquierda. No sabemos nada. Los medios no publican informaciones relativas a suicidas en España, porque el suicidio es en ese país la primera causa de muerte no natural, con un promedio de diez personas que se quitan la vida cada día. Más de tres mil quinientas personas por año. Un suicida cada dos horas y media.
Por eso no se publican informaciones sobre los suicidas, para intentar evitar el efecto contagio, o lo que algunos llaman el Efecto Werther, esto es, la romantización de la muerte por decisión propia. Otro tipo de epidemia, evidentemente. En ambas, la muerte dice presente cada día. Y nosotros, como un inútil exorcismo, repasamos los números de contagiados y de muertos, y observamos videos donde la gente muere, intentando detener la imagen justo en el segundo previo, curiosos, sin llegar a comprender cómo es posible esa mutación, la de ahora estar y de inmediato ya no estar, ese pasaje incomprensible de la existencia a la nada.
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sábado, marzo 21, 2020
Cuarentena - Día 2
Las clases en la universidad no tienen fecha de inicio en el horizonte. Muchos suponemos que esta cuarentena de hecho incluso ha de extenderse bastante más allá de lo que ha sido previsto. Por sugerencia de las autoridades de la facultad, abro un aula virtual para mis estudiantes, para compartir textos e ideas. Así es como me pongo a reflexionar acerca del positivismo cartesiano, los dioses y nosotros, los creyentes. Me pregunto (les pregunto a ellos) qué sucedería si en realidad Dios terminara siendo algo diferente de lo que cada uno de ellos (de nosotros) supone que es (o que no es).
Casi de repente me doy cuenta de que esta pregunta tiene asimismo eventuales formulaciones mucho más terrenales: ¿Qué pasa si creés que lo del coronavirus es gravísimo o si, por el contrario, decidís creer que es todo una fantasía nacida en mentes enfermizamente paranoicas, y en uno y en otro caso decidís comportarte en consecuencia? Bueno, yo confieso saber poco y nada de epidemiología. Pero tengo siempre muy presente aquella canción escrita por Chacho Echenique, que dice aquello de "Me persigno por si acaso, no sea que Dios exista..." Y podremos acusar al autor de cualquier cosa, menos de no haber sido prudente.
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viernes, marzo 20, 2020
Cuarentena - Día 1
En medio de la catarata informativa, de seguro con toda justificación monotemática, una noticia marginal me llamó particularmente la atención. Provenía de la Sierra Nevada de Santa Marta, en la República de Colombia. En esas latitudes, según parece, una mujer llamada Edilma Loperena Plata, representante del pueblo Wiwa, firmó un comunicado en nombre de los líderes de los pueblos indígenas regionales, a través del cual se exhorta a todos los indígenas de la zona a que dejen de nombrar al Covid-19. El texto asegura que llamar a la enfermedad por su nombre no hará más que atraer al virus a las comunidades que moran en la región. Textualmente, el documento indica que “es importante realizar unos trabajos unificados como pueblos indígenas para prevenir la enfermedad", y específica: "no debemos llamar a la misma pronunciando su nombre, ni divulgación por redes sociales, porque en ese caso estaríamos trayendo el virus a nuestros territorios”.
La anécdota me pareció por demás interesante: lo que no se nombra no existe. Supongo que inevitablemente recordé aquel tema de Sumo, en el cual Luca Prodan cantaba aquello de "mejor no hablar de ciertas cosas". Pensé asimismo en nuestra cotidiana negación de la muerte. Y sin embargo, me dije también que acaso hubiera cierta enorme sabiduría detrás de aquel gesto aparentemente pueril, ingenuo y peligroso. No porque la ignorancia o la desinformación salven, que ciertamente no es el caso. Sino porque solemos pensar que la palabra representa el mundo, y no que lo crea. Sin embargo, podría decirse que más de un demonio existe únicamente por el hecho de ser nombrado. Aunque sería curioso, si en lugar de diablos hablásemos de dioses, que se nos diera por creer en una deidad que para existir necesitara de la fe de sus creyentes. Y sin embargo, en el fondo, no es una idea tan descabellada. Daría para meditarlo.
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jueves, marzo 19, 2020
Cuarentena - Día 0
CoVid-19. Oficialmente la cuarentena solamente rige para aquellas personas que hayan viajado y llegado al país hasta dos semanas atrás, o para quienes hayan tenido síntomas del coronavirus, o contacto estrecho con personas infectadas o sospechosas de estarlo. Pero en la ciudad ya hay instalado un clima que va más allá de estas regulaciones oficiales.
Ascensor. Dentro hay dos personas. Subo yo, tercer pasajero, tras un instante de duda, acaso imperceptible. Nos repartimos tres de las esquinas de la caja. Los dos sujetos que ahora me acompañan tienen rasgos inconfundiblemente orientales. Uno de ellos luce un barbijo. Ellos van al noveno piso, y yo al segundo, pero el ascensor, contrariamente a lo que su nombre sugiere, desciende hasta el subsuelo, requerido por alguien que, al abrirse las puertas, se sobresalta y duda, en su caso de manera ostensible. Sin embargo sube, pero busca mantener tanto la distancia física que su panza (era un hombre panzón) bloquea el sensor óptico de las puertas, que se resisten a cerrarse. Finalmente se baja, mientras lanza un improperio. Las puertas se cierran y el ascensor asciende, como corresponde. Le ofrezco mi mirada a uno de mis circunstanciales compañeros, pero no logro establecer contacto. Se diría que soy invisible. Las puertas del segundo piso se abren y salgo del ascensor. El pasillo está desierto. Hay un aire extraño en la ciudad, una sensación inexplicable.
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miércoles, marzo 11, 2020
Sueño 200311, 5.30 AM
Hacía mucho que no me despertaba llorando así, a mares, con tanto desconsuelo. Y vaya a saber qué fue lo que me hizo soñarte de esta manera, imaginarte así, en esa otra historia posible, aparentemente tan real, tan vívida, como si fuese cierta la existencia de muchos mundos paralelos, y yo me hubiese asomado a uno de ellos, vos acostado en esa cama de hospital, o acaso de geriátrico, triste, un poco resignado, un poco con miedo, no queriendo que te apagaran la luz, ni que te dejaran solo, y de repente ya no logro precisar cuáles eran tus palabras, aunque todavía siento ese último abrazo, ese cuerpo tuyo ya gastado, entumecido, esa terrible presunción de que tal vez fuesen esos los últimos minutos, esa fatal impotencia, Jessica allí cerca, sin querer acercarse ni tampoco alejarse, yo a tu lado, queriendo acomodar una almohada bajo tu cabeza, y entonces el abrazo y el instante preciso en que
Ya sé que no fue así como sucedió. Al menos no en esta realidad, en este mundo, en este plano. Que te moriste solo, horas después de que yo sostuviese tu mano en la media luz de ese cuarto de la clínica, los dos solos, después de que te hablara al oído sin saber si me escuchabas, porque quizás ya te habías marchado días antes, acaso no, imposible saberlo; tu mano y la mía, el desconcierto, ese cruel respirador que secaba tu garganta con su oxígeno gélido al mismo tiempo que facilitaba aquellos, tus últimos alientos.
Y sin embargo fue tan vívido... acaso mi sueño fue la expresión de mi deseo de haber estado allí en ese instante, o de saber que vos supiste que yo había estado allí un rato antes, o de expiar mi culpa por no haber estado más, o de otra manera, o acaso la evidencia de que aunque las cosas hubiesen sido de otro modo el desenlace fatal hubiese sido al fin y al cabo el mismo. Como ha de serlo para todos, para mí también, y hasta para Jessica, que probablemente esté primero en mi lugar, y mucho más tarde en el destino de cada ser vivo en el mundo.
Lo cierto es que ahora, como si fuese una memoria falsa que sin embargo trae consigo todo el dolor y la impotencia de tu verdadera ausencia, temo que no podré olvidar con facilidad ese preciso instante en que tu brazo cae y tu cuerpo se afloja entre los míos, justo en el momento en el cual yo estaba por decirte algo así como que ojalá, al menos eso, hubiese sido bueno haber pasado por la vida habiéndote tocado en suerte ser mi padre, y yo tu hijo. No llegué a decirlo. Y ya no sé si estoy hablando de esta realidad o de la otra.
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jueves, febrero 20, 2020
Sueño 200215 - Ascensores y fantasmas
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Los pies en la tierra
Permitirnos soñar.
O mantener los pies en la tierra.
Menuda disyuntiva...
A quien sueña puede que se lo acuse
de estar en las nubes, de volar en vano
entre fantasías ilusorias e inasibles.
"Lo concreto está aquí abajo", le dicen.
"Deberías hacer como nosotros,
que acostumbramos tener los pies
bien plantados en la tierra".
Bien dicho: los pies en la tierra.
Las plantas bellas, descalzas, mezcladas
con el verde frescor de la hierba
y ese leve polvo, del cual venimos
y hacia el cual vamos, que se adhiere
sin malicia, como parte de nuestra
humilde y mortal naturaleza.
Es un modo de estar en el mundo,
sin lugar a dudas, y hasta es posible
que no deje de ser un modo bello.
Pero también está con los pies en la tierra
aquel que camina en el pantano,
hundido hasta los talones en el fangal
húmedo y resbaladizo que de a ratos
pareciera convertirse en una garra
que nos retiene e impide avanzar.
¿Qué será mejor, entonces?
¿Caminar, correr, volar, arrastrarse?
Sinceramente no lo sé.
Quién acusaría al jilguero
de no tener sus pies en la tierra,
o al corcel de no mantenerlos en el aire.
Nosotros somos un poco corcel, un poco jilguero
y nos vamos moviendo por el mundo
como nos sale, siempre intentando.
Acaso soñemos nuestros pies en tierra,
o con pies convertidos en barro,
mientras alguien nos susurra
que quizás lo mejor sería
dejar de escribir banalidades.
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martes, febrero 04, 2020
Insomnio 03:30
Para quién escribo.
Para qué escribo.
Con qué fin, con qué propósito.
Escribo como si fuese un exorcismo.
Intento a un mismo tiempo
Espantar a mis fantasmas,
Convencerme de que existo,
Gritar y que alguien escuche
Como si en eso hubiese alguna esperanza.
Son las tres y media de la madrugada.
Afuera sopla un viento de tormenta
Al mismo tiempo que no se mueve un alma,
Curiosa mezcla de calma y tempestad.
Sin embargo, no hay afuera,
Todo es parte de un mismo misterio.
Desearía que el tiempo se detuviera.
Pero el tiempo es implacable.
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domingo, febrero 02, 2020
Sueño 02202020 - Pesadillas
Que la pesadilla sea
una caja llena de cenizas
que más que cenizas parecen
una arenisca sucia, podrida,
mezclada con basura
y con infames gusanos.
O la desesperada angustia
de la mujer que pretende
rescatar algo de esos restos;
que pareciera querer forzarme
a mezclar mis manos con las suyas
en la repulsiva tarea de revolver
en aquella triste carroña.
La mandíbula apretada hasta el dolor
como si reventándome las muelas
las cosas pudiesen ser diferentes.
No quiero recordarte así.
La verdadera pesadilla, inevitable,
es despertarme y volver a saber
que ya no estás entre nosotros
así como solías estarlo.
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Germán A. Serain
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sábado, febrero 01, 2020
Aceptarse
Hasta que un día te decís
si no sería razonable considerar
que más allá de los muchos errores
que cometiste en todos estos años,
y más allá de los fracasos
que podrías cargar sobre tu espalda
como una pesada mochila,
también hay de seguro en tu haber
algún que otro acierto importante.
Que en todo caso los errores y fracasos,
más allá de la consabida enseñanza
que siempre aporta toda experiencia,
vienen a confirmar lo sospechado:
que al fin y al cabo uno es
simplemente un ser humano,
con todas sus miserias,
sus desaciertos,
sus maravillas,
sus fragilidades
y sus contradicciones.
Vienen a confirmar también
que uno ha vivido
y sigue viviendo todavía.
Darse cuenta de estas cosas,
y aceptarse con el ánimo
de seguir creciendo cada día
acaso sea precisamente
uno de los aciertos
que uno podría anotar
en su lista del haber.
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Germán A. Serain
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martes, enero 28, 2020
Sueño 200127 - En el mar de Galilea
Alguien avisó que los romanos se acercaban y no tardarían mucho más en llegar. Había que aprovechar la noche y apurarse para salir de allí si queríamos evitarlos, y así se lo manifesté a Jesús, quien más allá de su nombre no era necesariamente el Mesías, aunque al mismo tiempo es probable que tuviese algo de él, quizás como todos nosotros, hijos de los hombres, hijos de algún dios.
Mi plan era escapar en bote, aprovechando la oscuridad para no ser descubiertos, atravesando el mar de Galilea. Pero Jesús no parecía compartir el sentido de la urgencia que me animaba a mí. Su actitud, por el contrario, era de abandono, como si estuviese convencido de que nada de lo que pudiésemos intentar serviría para torcer el rumbo de lo que ya había sido escrito, vaya uno a saber cuándo o por quién. Creo que insistí para que me siguiera, mientras él decía por lo bajo cosas que no consigo recordar, pero su actitud era visiblemente la de una persona desalentada. Quien lo viese ahí tirado en una humilde poltrona acomodada de mala manera contra una pared, hubiese podido pensar que estaba más interesado en seguir durmiendo que en salvar su propia vida. Y probablemente así fuera. Más tarde, después de haber despertado, no pude dejar de relacionar aquella triste actitud con algunos gestos que en más de una ocasión observé en mi padre. Lo cierto es que comprendí que Jesús se sentía derrotado y que no tenía voluntad ni fuerza para enfrentarse a su destino. Y como si continuar escuchando mis insistencias no tuviese mayor sentido, giró sobre el camastro, volviendo su rostro hacia la pared, se tapó hasta la cabeza con una pobre manta rústica que delataba los rigores de los años, me indicó que lo dejara solo, y no volvió a abrir la boca.
Resignado, agarré entonces con fuerza la cuerda que servía para arrastrar el bote que iba a utilizar en mi escape, y de algún modo me las arreglé para bajarlo por las escaleras de madera, intentando no hacer ruido, para no alertar a los vecinos. Estaba en medio de aquella tarea cuando comprendí que aquellas barandas talladas, aquellos mosaicos costosos, aquel ambiente decimonónico que observaba a mi alrededor, no se correspondían en absoluto con el contexto general. "Esto forma parte de algún otro sueño", me dije entonces, sin saber si ese otro sueño también sería mío o el de alguien más. De cualquier manera me pareció bien, como una suerte de signo de los tiempos, aquella economía onírica de recursos. Mientras continuaba con mi fuga sentí un poco de culpa por abandonar a mi compañero a su suerte, pero me dije que todos estábamos, de una manera u otra, condenados a seguir el rumbo de alguna suerte, y que de lo que se trataba era de proseguir, mientras se pudiera, el propio camino del mejor modo que cada quien lograse encontrar. Entonces desperté.
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Germán A. Serain
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jueves, enero 23, 2020
Evoluciones del tiempo
Si hago un poco de memoria
aún recuerdo aquellos días
en que yo era un niño
y los relojes
regulaban su marcha a un ritmo lento.
Las mañanas y las tardes
y también las noches
transcurrían pesadamente,
sin prisa ninguna.
Después un día,
sin previo aviso,
sin que al principio nos
diésemos cuenta siquiera,
el tiempo comenzó a acelerar su paso
los días y las tardes y las noches
se hicieron más breves
y el futuro, otrora lejano e improbable,
asomó en la esquina
caminando a paso firme hacia nosotros.
Y sin embargo
todavía hoy hay tardes
en que mi mano roza tu mano
y el cielo simplemente se detiene
al menos por un rato,
mientras las nubes y unos pájaros
pasean en lo alto
y una brisa tenue aplaca levemente
el rigor de un verano intenso.
La paz es esto, te digo entonces,
casi entre sueños,
Y vos murmurás algo,
como asintiendo,
tu mano junto a la mía,
y es algo tan parecido a la felicidad,
y el tiempo durante un rato ya no importa.
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Germán A. Serain
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